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Full text of "Nuestra patria : libro de lectura para la educación nacional"

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NUESTRA PATRIA 

Libro de lectura pana la educación oacionaJ 



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University of Toronto 



http://www.archive.org/details/nuestrapatrialibOObung 



NUESTRA PATRIA 



LIBRO DE LECTURA P^RA 
LA EDUCACIÓN NACIONAL 



C. o. BUN6E 



De íb» Academias de Filosofía y Letras y de Derecho y Ciencias Sociales 
'le la Universidad de Buenos Aires. 



Lecturas para 5.* v 6* orados de las escuelas primarias 
Temas para ios cursos de mae:>tros en ías escuelas normales 




VIGÉSIMA CUARTA EDICIÓN 




BUENOS AIRES 
i^toEL Estrada y Cía. — Editores 

i66 — Calle Bolíoar — 466 



Kéfiimen Legal d« lo Pntp^ 
4ad JnteUctuaX. Ley 11. 729 




! a '.^ 



Jl\. nuestra Patria, en su primer 
centenario, tributo el modesto 
komenaje de este libro, cuyo fin 
es contribuir a su amor y cono- 
cimiento, en las nuevas éenera- 
cíones de aréeiitino». 

BOENOS AIRES, 25 DE MAYO DE I9l& 



PARTE PRIMERA 

LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA DEL 
PUEBLO ARGENTINO 

1. Ofrenda a la Patria. 

1. Por mi Dios y por mi sangre 
te hago ofrenda de mi vida; 

lo que soy y lo que tengo 
te lo debo, Patria mía. 

2. Lo que canto y lo que sueño, 
todo el cáliz de mi vida, 

ante el ara de tus héroes, 
te lo brindo, Patria mía. 

3. No me arredran los embates 
de la lucha por la vida, 

porque sé que la victoria 
siempre es tuya. Patria mía. 

4. Y, si pierdo en la batalla 
los ah'entos de mi vida, 
clamará mi último grito: 
«¡Vive y triunfa, Patria mía!» 

5. Lo que soy y lo que tengo . 
te lo debo, Patria mía 

de mí vida te hice ofrenda, 
¡usa, Patria, de mi vida! 




LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



L LA LEYENDA DE AMÉRICA 

2. Atlántida. 

(fragmento) *' >J^^< 

1, I Ámbito inmenso, abierto 

de la latina raza al hondo anhelo! 

¡El mar, el mar gigante, la montaña 

en eterno coloquio con el cielo..., 

y más allá el desierto! 

Acá ríos que corren desbordados, 

allí valles que ondean 

como ríos eternos de verdura, 

los bosqtjes a los bosques enlazados, 

¡doquier la libertad, doquier la vida 

palpitando en el aire, en la pradera, 

y en explosión magnífica encendida! 

2. ¡ Atlántida encantada, 

que Platón presintió! ¡Promesa de oro 

del porvenir humano — reservada 

a la raza fecunda, 

cuyo seno engendró para la historia 

los cesares del genio y de la espada..., 

aquí va a realizar lo que no pudo 

del mundo antiguo en los escombros yertos. 

la más bella visión de sus visiones! 

¡Al himno colosal de los desiertos, 

la eterna comunión de las naciones! 

0LBGA.R10 V. AnüRAOB. 

3. La leyenda de la Atlántida. 

Los pueblos de la antigüedad creyeron en la existencia 
de una grande y fabulosa isla o continente, que se levan- 
taba en medio del océano Atlántico, más allá de las 
columnas de Hércules, es decir, del actual estrecho de 



LA LEYENDA DE AMERICA 3 

Gibraltar. Llamáronla con diversos nombres, entre otros, 
los de tierra de las Hespérides, islas Afortunadas, islas 
Elíseas. Allí el clima era benigno, el cielo puro, el paisaje 
risueño; las montanas guardaban en su seno tesoros de 
metales y piedras preciosas ; los ríos corrían mansamente 
a través de agrestes y feraces selvas y llanuras. Sus felices 
' moradores vivían en la abundancia y bajo el patriarcal 
gobierno de los descendientes de Neptuno, dios de los 
mares. Según los griegos, de esa tierra bendita partió una 
vez un poderoso ejército a conquistar el Oriente; luego 
debió tragarla el mar... 

La mitología y la leyenda rodearon así el nombre de 
la Atlántida de prestigio y de gloria. No podía confundírsela 
con las islas Canarias, Madera o las Azores; era más 
grande, más bella, más lejana. No se sabía si existía aún, 
y, con certeza, ni siquiera sí había existido. A veces en 
las lejanías del océano parecía descubrirse la silueta de 
sus vastas tierras cubiertas de populosas ciudades. Pero 
los navegantes que, en aquellos tiempos anteriores a la 
invención de la brújula, se aventuraban temerarios hacia 
el Occidente, o encontraban sólo cielo y mar y volvían 
desalentados, o se perdían para siempre en la noche de 
lo desconocido... 

¿Existió realmente una Atlántida, hoy sumergida bajo 
las aguas? La respuesta parece negativa. Al menos en la 
época geológica correspondiente a los tiempos históricos 
no hubo tal isla o continente. Esto nos dicen los sabios. 

Otra cosa nos dicen los poetas. Para ellos, la Atlántida 
ha existido y existe ; es América. Sus costas, sus valles, 
sus bosques, sus imperios fueron presentidos o anunciados 
por la mitología y la leyenda. Con el andar del tiempo, la 
fábula se ha convertido en historia. ¿Dónde, en efecto, si 
no en América se hallarían aquellas tierras legendarias?... 
América es la isla de las Hespérides, con sus selvas y sus 
pomas de oro; es las islas Afortunadas, con su eterno 
bienestar y regocijo; es las islas Elíseas, por la justicia 



4; LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

de SUS leyes e instituciones... ¡Salve, pues, oh nueva Atlán- 
tida, tierra de la Libertad y del Porvenir, América grande y 
victoriosa, sueño del mundo antiguo, realidad del mundo 
moderno ! 

4. América. 

Fragmento de los Cuntas del Peregrino) 

1. América es la virgen que sobre el mundo canta, 
profetizando al mundo su hermosa libertad; 

y de su tierna frente la estrella se levanta 
que nos dará mañana radiante claridad. 

2. No hay más allá en los siglos a la caduca Europa, 
que al procurar mañana se encuentra con ayer; 

bebió con entusiasmo del porvenir la copa, 
y se postró embriagada de gloria y de poder. 

3. La gloria quiere vates, la poesía glorias: 
¿por qué no hay armonía, ni voz, ni corazón? 
La Europa ya no tiene ni liras ni victorias : 

el canto expiró en Byron, la gloria en Napoleón. 

4. Los tronos bambolean y el cetro se despena; 
los pueblos quieren alas y se les clava el pie, 

el pensamiento busca del porvenir la enseña, 
y no halla sino harapos del pabellón que fué. 

5. Hay tumba a las naciones. Se eleva y se desploma 
la Grecia que elevara sus sienes inmortal ; 

al mundo hallaba chico para hospedarse Roma, 
después murió en el nido de su águila imperial. 

6. ¿Adonde irá mañana con peregrina planta, 
la Europa, con las joyas de su pasada edad? 
América es la virgen que sobre el mundo canta, 
profetizando al mundo su hermosa libertad. 

José MXrmol 



LA CULTURA INDÍGENA 6 

II. LA CULTURA INDÍGENA 

5. La leyenda de Manco -Capac. 

Al empezar la mañana, Manco -Capac, a orillas del 
lago, veía la lenta y majestuosa ascensión del astro, que 
derramaba sobre las aguas tranquilas la fulgurante explosión 
de su luz. Y se sintió poseído de un espíritu superior. 
Recogió la vara legendaria, heredada de sus antepasados — 
quizá monarcas de la antigua civilización de Tiahuanaco — , 
dio la mano a Mama-Ocllo, su esposa, y ambos se diri- 
gieron hacia el Norte, con el aliento de una fe y una 
misión. La voz misteriosa que había murmurado a su oído 
le ordenaba detenerse allí donde la vara penetrase en la 
tierra sin resistencia, como para hacerle comprender que 
debía huir de las áridas cortezas de granito, buscando la 
blandura del suelo fértil. 

Anduvieron silenciosamente, siguiendo la meseta, que 
presentaba casi sin cesar duras rocas de basalto y pedernal, 
kasta que, en la cima agreste del Huanacauri, sobre un 
suelo húmedo, la vara se hundió, y se detuvieron en aquel 
término de la primera etapa de su viaje. Rodeados por 
las sorprendidas tribus de ese país, dijéronles: «Somos hijos 
del Sol, que da calor a la tierra, hace brotar la mies y engen- 
dra la vida. Venimos a enseñaros su culto, el trabajo y la 
paz, para cultivar, trabajar y vivir bajo su protección ». 

Tomó el Inca un hacha de cobre, partió un trozo de 
chonta, la madera de hierro, abrió un surco, y dejó caer 
las semillas del quínoa, el rico grano que germinaba en 
las regiones más estériles. Rebotó el pedernal sobre el 
pórfido y formó la pequeña estrella que, sujeta a un mango 
de pisonay, debía constituir en adelante el arma de los 
fuertes, la maza más temible en el combate. Recogió la 
arcilla, la modeló con elegantes contornos, y, secada al 
fuego, presentó un vaso hecho por el tecnicismo de un 
procedimiento nuevo. Unió la piedra a la piedra por medio 



4 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

de una mezcla de hormigón, que al secarse adquiría la 
solidez del granito. Y, por fin, para tener una morada, 
levantó un muro y luego otro, y construyó el techo con 
hojas de maguey, estableciendo así, en un edificio sencillo, 
la base de la que debía ser después, con suntuosas man- 
siones, la gran ciudad del Cuzco. Y las tribus, sumidas 
largo tiempo en la guerra y la miseria, se apresuraron a 
recibir como una divinidad a ese ser de otra generación, 
que les llevaba en una forma práctica y breve el trabajo 
y el bienestar. 

De esta manera fundaron su imperio los Hijos del Sol y 
aseguraron el eslabón prístino de la dinastía incaica. Al día 
siguiente siguieron su rumbo, él al Norte, ella al Sur, a 
dominar por la persuasión, a conquistar por la palabra y 
el perdón, venciendo sin pelea, y a fundir los individuos en 
pueblos, destruyendo sus ídolos y unificando sus creencias 
en un solo culto y su dialecto en un solo lenguaje. 

OlÓGENBS DeCOOD. 

6. La cultura cfuicKua. 

Entre las razas que ocuparon lo que hoy es la República 
Argentina, es indudable que ninguna dejó huellas más vivas 
de su tradición y de su historia que la gran nación quichua, 
y esto debido a las crónicas minucioí;as que nos legaron 
los primeros exploradores, y aun a que 'ué ella la que más 
señales de su genio y de su cultura estampó en esta tierra. 
Ninguna como ella presenta mayor unidad y consistencia 
en sus hechos, y, aunque sus noticias ciertas no se remontan 
más allá del siglo xiv, se ve que su historia principia en 
aquella época, con las nebulosidades de que los pueblos 
nacientes rodean los comienzos de su existencia. 

Como todos los pueblos que se presentan a la historia 
con caracteres de vitalidad y consistencia, la nación quichua 
tuvo sus instituciones especiales, más o menos parecidas 
á las que nos enseñan las antiguas civilizaciones del Asia, 
del África y de la Europa. Tuvo sus guerreros organizados 



LA CULTURA LNDIGENA 



a semejanza de Roma: un gobierno provincial con atri- 
buciones y jurisdicción perfectamente deslindadas; su casta 
sacerdotal como el Egipto, como la India, como la Qerma- 
nia, como la Grecia; sus vestales, sus cortes, sus séquitos 
reales, y sus fiestas populares, en las que la imagen del 
Baco helénico se presentaba transfigurada por un clima tro- 
pical y por una naturaleza distinta, pero siempre rodeada 
de la confusa algarabía con que atronaba las selvas y los 
mares en sus tiempos de gloria... Ella tuvo también, como 
la Grecia primitiva, sus danzas y bacanales, donde el licor 
evoca la alegría, enciende la cólera, despierta el llanto, y de 
donde, después de una larga serie de transformaciones, sur- 
gen la Tragedia y la Comedia... Ella, como todas las razas 
madres de la cultura que admiramos en poemas, en pinturas 
y en esculturas, tuvo sus rapsodas, sus pintores, sus esculto- 
res y sus arquitectos. Sus amantas y haravecus, los sabios 
escritores y lectores encargados de conservar la tradición 
patria, de formar y descifrar los admirables quipos o signos 
de la escritura quichua (hilos de colores con nudos simbó- 
licos), escribieron y cantaron las glorias y las desgracias de 
sus antepasados, sus guerras y sus grandes revelaciones reli- 
giosas. Tuvo, por lo tanto, su poesía nacional en el con- 
junto de todos aquellos cantares salvajes, en que palpitaba 
su sentimiento nativo, y en que expresaba su adoración y 
su admiración por sus dioses naturales. Entre éstos desco- 
llaba el Sol, como calor y alma de la naturaleza, de la 
Madre Tierra, culto prístino de todo ser animado. 

Aunque los orígenes de sus primeros reyes se pier- 
den en las nebulosas de la fábula, las tradiciones de raza 
transmitidas oralmente o por medio de su original sistema 
de escritura, y recogidas después por los primeros cronis- 
tas del descubrimiento de América, nos muestran al pueblo 
quichua con una sociabilidad formada y en vía de evolu- 
ción uniforme. Tenemos noticia de sus grandes y arriesga- 
das expediciones a las regiones andinas y a las amplias lla- 
nuras orientales, y sus rastros, conservados aún a pesar 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



de los estragos de la guerra de la conquista y del tiempo, 
nos indican que llegaron hasta las márgenes del Paraná, 
donde concluía la acción expansiva de la raza guaraní. 
Sabemos también que, de las naciones más remotas, tanto 
de aquellas que vivían al pie de las grandes nieves como de 
las que vivían abrumadas por el horror de la llanura abrasa- 
da, llegaban a la capital del Imperio — la sagrada Cuzco — 
los más abundantes y ricos tributos, forma semibárbara 
del impuesto, pero que revela un sistema de dominio y de 
vasallaje no extraño a la civilización europea hasta princi- 
pios de los tiempos modernos. Conocemos cuánta suntuo- 
sidad y elegancia desplegaron en el ornato de su gran tem- 
plo del Sol (Inti-huasi), merced al oro, la plata y la pedre- 
ría que extraían de los fabulosos veneros de los Andes, 
y cómo se deleitaban en rendir el homenaje del arte a 
ese dios Sol, que consideraban el tínico y sabio autor de 
la naturaleza, y a sus divinidades inferiores. Es igualmente 
notable que en su código religioso se comprendiera un 
primer esbozo de la vida monástica, la institución de las 
vestales, las vírgenes consagradas al servicio del culto 
del Sol, y que debían elegirse entre todas las familias del 
Imperio. 

Según Joaquín' V. QoNZÁLbz. 

7. La cultura c(uickua de Íos Luí es. 

En toda la República Argentina la lengua común, así 
oficial como popular, es el castellano. Ni en Corrientes, 
donde la influencia guaraní fué tan profunda, puede de- 
cirse que la población hable generalmente el idioma indí- 
gena. Un solo Estado constituye propiamente excepción con 
respecto a la regla de la lengua castellana común : es la 
provincia de Santiago del Estero, parte integrante del antiguo 
Tucumán. Por supuesto, que allí mismo el castellano predo- 
mina también en los centros urbanos; pero la población casi 
entera habla el quichua, la lengua de los Incas del Perú. Hasta 
fines del siglo XIX era éste el lenguaje de la clase superior- 



\ LA CULTURA indígena 9 

que lo entendía y hablaba todavía en el siglo XX. Ahora 
bien, alrededor de Santiago, en el resto del Tucumán co- 
lonial hasta los territorios adyacentes al Alto Perú (fuera 
de algún rincón de los valles calchaquíes), no se encuen- 
tra rastro de la lengua adventicia: nunca ha sido hablada 
allí. 

Este extraño fenómeno filológico de la difusión y per- 
manencia del quichua en la provincia de Santiago, que 
tan lejos se halla del antiguo Cuzco, capital del Imperio 
de los Incas, tiene su explicación. Desde época remota, 
ese territorio de selvas y sabanas comprendido entre los 
ríos Salado y Dulce, fué habitado por una numerosa tribu 
india, que por algunos se denomina Jiiri y por otros Lule. 
Estas dos denominaciones no son, a mi parecer, más que 
una misma palabra, ya pronunciada en indio, ya en caste- 
llano. Era aquél un pueblo industrioso y de índole mansa, 
caracteres que resaltan aún en sus representantes actuales. 
Pero, hacia fines del siglo XIV, cuando el poder de los 
Incas llegaba a su apogeo y era el Cuzco la capital de 
un inmenso territorio, aconteció una singular aventura 
histórica, que se consigna en los clásicos Comentarios 
reales del Inca Qarcilaso de la Vega. • 

Parece que estos buenos Lules tucumanos desperta- 
ron al rumor de la gloria peruana. Sin aconsejarse de sus 
vecinos del Norte o del Sur, enviaron una embajada — a 
pie, naturalmente — al ínca Huiracocha, que entonces rei- 
naba. Hay cuatrocientas leguas de áridos desiertos y serra- 
nías con nieves eternas en sus cumbres, donde por largos 
trechos todo escasea, hasta el aire respirable. . . Terrible 
hubo de ser el viaje para los pobres embajadores, acos- 
tumbrados a la molicie tropical del suelo nativo. 

Admitidos a contemplar al Inca, en medio de su corte 
deslumbrante de oro y telas preciosas, los enviados depo- 
sitaron al pie del trono las humildes primicias de su 
lejana tierra. En cambio de su sacrificada independencia 
sólo pedían la civilización. Y este homenaje espontáneo, 



lü LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

este arranque instintivo de una tribu obscura hacia la luz, 
es uno de los rasgos conmovedores de la historia sud- 
americana. Fueron escuchados con benevolencia, y, sin 
duda, servidos según su deseo. Sin demorarse en la con- 
quista del inmenso territorio intermedio, el Inca despachó 
al Tucumán, cuyo nombre acababa de serle revelado, a 
un príncipe de su familia con una numerosa escolta de 
oficiales, curacas (jefes) y artífices, encargados de ini- 
ciar a los Lules en los bienes y en los males de la vida 
civilizada. 

Estos indios asimilaron rápidamente los conocimien- 
tos, las industrias, y, sobre todo, la lengua de sus pacíficos 
amos, con tanta efica:ia, en lo que al idioma respecta, que 
el antiguo lule no tardó en desaparecer, y que el español, 
después de tres siglos de dominación política y social, no 
ha logrado desarraigar al « cuzco », como todavía llaman 
ellos al blando y cantante idioma que sus padres apren- 
dieron con amor. Y así es cómo, en la más europea de 
las repúblicas sudamericanas, hay una provincia entera 
donde se habla aún la lengua del antiguo Perú, traída allí 
en época muy anterior al primer viaje de Colón. 

Según P. Ghooss\c, 

8. Restos de la cultura calckaqluí. 

En época remota, allá, al Noroeste de la República, 
entre las quebradas, los valles y las faldas de nuestras 
sierras, desde el Aconquija hasta los contrafuertes de los 
Andes, vivió un pueblo grande y numeroso, guerrero y 
artista, sufrido y viril. La dominación de este pueblo, ge- 
neralmente llamado Calchaquí, costó a los españoles una 
guerra de cien años. No fué posible reducirlo ; hubo que 
destruir sus ciudades y que extrañar a sus habitantes. Pero, 
como protesta de su larga y dolorosa extinción, nos ha 
legado sus ruinas, sus sepulcros, sus restos de piedra y 
de alfarería, que la ciencia, ávida de hallazgos, profana y 
estudia. En aquella región, el viajero tropieza a cada 



LA CULTURA INDÍGENA 



11 



instante con vestigios de murallas, fortalezas, pueblos, edi- 
ficios aislados, cuyo ciclópeo trabajo prehistórico lucha aún 
con el tiempo. 

Los cardones o cacto (céreas), con su aspecto de 
fiínebre candelabro, arraigan en las junturas de las piedras. 
La serpiente, otrora guardiana sagrada de los muertos, 
custodia esas viejas ruinas, espantando con sus silbidos- a 
las vicuñas y guanacos que vagan en los alrededores. Y el 
cóndor, el viejo cóndor de América, que antes contempló 
la vida palpitante de esos antiguos pueblos, domina todavía, 




con los grandes círculos de su alto y majestuoso vuelo, 
sus vastas soledades. 

Allí, entre el montón de escombros acumulados por el 
tiempo y las razas, o dentro de los viejos sepulcros, el pico 
tropieza, al hundirse en la tierra, con los tesoros arqueo- 
lógicos que-se han librado, enteros o rotos, de la destrucción 
secular: un cetro, un cincel, un simple cántaro, una urna 
funeraria, un puco, un amuleto, un yuro, un ídolo, un fetiche, 
un collar, un hacha de piedra... Mil y mil objetos extraños 
aparecen, uno a uno, evocando la vida íntima, el pasado 
de aquella interesante raza calchaquí. 

El cetro, por ejemplo, nos sugiere la idea del mando 



12 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Represéntanos un jefe o curaca, coronado de plumas, que 
lo blande en su diestra. De pie, sobre una fortaleza de 
piedra pircada, erigida estratégicamente en la cumbre de un 
cerro, entre el chocar de los discos de bronce, el silbar de 
las flechas y los pesados golpes de las hachas líticas, im- 
parte sereno sus órdenes para repeler un furioso asalto del 
enemigo. Lanza sus huestes a los puntos atacados, y hace 
derribar oportunamente grandes montones de piedra, antes 
acumulados al efecto, que se despeñan sobre los asaltantes, 
entre espesa nube de polvo. Los cuerpos caen triturados por 
la lluvia de proyectiles, y los ecos del hórrido fragor del 
combate se repiten en las montañas, de valle en valle. 

Un cincel de bronce nos hace pensar en la penosísima 
extracción de los metales, en su pesada molienda, y en los 
hornos primitivos, alimentados con huano de llama. Un 
pequeño fetiche, que representa un llama, fué una mascota. 
Un ídolo femenino esculpido por un agorero o una hechi- 
cera, era propicio a las esposas que iban a ser madres. 
Otro ídolo de barro, de cejas grandes y arqueadas, de 
brazos cortos y deformes, es la imagen convencional de un 
muerto, un ex voto que acompañó al cadáver. 

La urna funeraria nos sorprende con su complicado 
simbolismo. Es la síntesis de los sacrificios humanos. En 
tiempos de sequía espantosa, para aplacar a los dioses, 
posiblemente se sacrificaba a los niños. ¡ Enterrábaselos 
quizá vivos, casi a flor de tierra, colmados de dones, y no 
sin arrancarles previamente la promesa de que implorarían 
la lluvia tan deseada! 

Toda la vida de aquel pueblo, que se ha convenido 
en llamar Calchaquí — sus costumbres, sus trajes, sus sen- 
timientos, sus ideas — , resurge poderosamente en la ima- 
ginación al extraer sus copiosos restos arqueológicos. Y 
el ánimo se abate y entristece al contemplar tanta actividad 
perdida, tanta grandeza arruinada, tan vasto y poderoso 
reino pulverizado por el tiempo. 

Según Juan B. Ambrosetti. 



l~,L PLEI'.LO F.SPANOL 13 

lí!. EL PUEBLO ESPAÑOL 

9. Entrada clei rey Wamba en Toledo, para 
coronarse rey. 

I Romance anónimo del siglo xvi Asunto de la época gótica, siglo vil) 

1. Por la puerta del Cambrón, 
una de las ii ás nombradas 

que adornan lu gra i To edo, 

inipe ial ciudad de España, 

con gran acompañamiento 

entra el valer so Wamba 

a recibir !a corona, 

con su mujer doña Sancha. 

Por lium idad quiso el rey ^ 

que el alcaide de su alcázar, 

en vez d-; la espada lleve 

d'lante de é su hijada. 

Hombres, niños y muj res, 

por balcone^ y ventanas, 

mirando los altos rev^s, 

les dicen en voces altas: 

« Toledo, España por Wamba, 

y por la reina S ncha » ; 

y el Tajo les responde manso y ledo, 

unas V c-:S «España», otras < Toledo t, 

2. La melena rubia el rey 
lleva compuesta, atusada, 
porque no estorbe a los ojos; 
peinad i y ancha la barba. 
Sobre un vestido morado 

con alcachofa de plata, 

a manera de tusón 

lleva una cruz colorada. 

Lh reina, de tela verde 

Uev ' una saya bordada ; 

el cabello suelto al viento, 

la mitad a las espjldas. 

D .nde lleg i el pa afién 

cubren el patio las damas 

de flores y bendiciones, 

y dicen en voces altas : 

« Toledo, España por Wamba, 

y por la reina Sancha > ; 

y el Tajo les responde manso y ledo, 

unas veces «España», otras «Toledo». 



14 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



10. El Cid y el moro Abdalla. 



(Romance anónimo del siglo 

Por el val de las Estacas 
el buen Cid pasado había : 
a la mano izquierda deja 
la villa de Constantina. 
En su caballo Bab eca, 
muy gruesa lanza traía: 
va buscando al moro Abdalla, 
que enojado le tenía. 
Travesando un antepecho, 
y por una' cuesta arriba. 



XVI. Asunto del siglo xi) 

dábale el sol en las armas. 
¡Oh qué bien qu ^ parecía! 
Vido ' ir al moro Abdalia 
por un llano que allí había ; 
arma 'o de fuert; s armas, 
muy reas ropas traía. 
Djbale Voces el Cid; 
de esta manera decía: 
— Espéresme', moro Abdalla; 
no muestres tu cobardía, — 




A las voces que el Cid daba 
el moro le respondía: 

— Muchos tiempos ha, e! Cid, 
que esperaba yo este día, 
porque no hay hombre nacido 
de quien yo me escondería; 
porque desde mi niñez 
siempre hi í de c bardía. 

— Alabarte, moro Abdalla, 
poco te aprovecharía ; 

1. Forma anticuada ; ifió. 

2. Forma anUcuada ; espérame. 



mas si eres cual tú hablas 
en esfuerzo y valentía, 
a tiempo eras venido, 
que menester te sería. — 
Estas palabras diciendo 
contra el moro arremetía, 
encontróle con la lanza 
y en el suelo lo derriba ; 
cortárale la cabeza, 
sin le hacer descortesía. 



EL PUEBLO ESPAÑOL 



15- 



11. Eloéio del Cid. 

(Romance anónimo del siglo xvi. Asunto ciel siglo xt) 



En Burgos nació el valor, 
gloria y amparo de España, 
que es costumbre en la cabeza 
poner la insignia más alta. 
Aquél que victorias suyas 
de eterna memoria estampa 
en los d s polos su nombre 
y el cielo da gloria al alma: 
De quien españo es reyes 
tienen de su sangre tanto, 
que si duermen los cespierta 
a la guerra y las hazañas: 
El que a los hijos de Agar 
destruyera ;us espadas 
y a siete reyes venció, 
después de muerto, en batalla: 
El valeroso y leal 
a su señor y a su patria, 
que hiz ) famosa a Hesperia 
y a las estrellas la ensrlza. 
A quien prudentes varones 
ponen solo entre las armas, 



y ! or sus grandes proezas 
príncipe de ellas 1 s llaman, 
y moros sus enemigos 
por excelencia llamaban, 
ei invencible Rodrigo 
y señor de la campaña. 
Y siendo cuan bueno fué 
tiró la envidi i su lanza, 
mas las armas de virtud 
el hierro suyo no pasan, 
que, como sucede siempre, 
quien mal anda mal acaba^ 
y golpes de arma trai.lora 
a su mismo di. ño matan- 
No rudiendi las traiciones 
de muchos manchar su fama, 
que con la infamia de aquéllos 
el cielo se las limpi-ba. 
En San Pedro de Cárdena 
su cuerpo la tierra ensancha 
que, como lo hizo en vida, 
allí tam, oco le' falta. 



12. E,l kombre que perdió su sombra. 

(Leyenda de la Universidad de Salamanca) 

Un doctor de ojos de fuego surge un día en la preclara 
Salamanca pontificia, y a los jóvenes declara: 
— No hay secreto que yo ignore ; para mí nada es arcano. 
Tengo el mundo y las estrellas en la palma de la mano. 

Vuestra ciencia os aprisiona con cadenas de Misterio, 
y yo puedo liberaros de tan duro cautiverio... 
Mas mi estado de maestro peregrino es muy precario, 
¡jurad todos abonarme lo que pida por salario! — 



16 LA TRADICIÓjN y LA HISTORIA 

Afanosos de ilustrarse, los valientes escolares 
al sutil doctor responden; — Os halláis en vuestros lares. 
¡Enseñadnos, pues juramos, con el cielo por testigo, 
que tendrá cumplida paga el maestro y el amigo! — 

El doctor de ojos de fuego, alentado en la esperanza 
de cobrar lo que desea, da comienzo a -sii enseñanza. 
En alquimia, por la fuerza de las llamas, con sonoro 
estallido, transfigura cobre en plata y barro en oro. 

En la ciencia de los astros, sin cristales ni astrolabios, 
asegura que los hados son funestos a los sabios; 
y, después, en teología, profetiza con audacia 
singular que, al fin del mundo, para todos habrá gracia; 
que la mística substancia de la esencia de Dios mismo 
es el alma de las almas de la tierra y del abismo... 

Tal blasfemia, como un rayo, a los jóvenes perturba; 
y relucen, en el aire, las espadas de la turba, 
y amenazas y dicterios... 

El doctor de faz sombría 
a la turba con un gesto de desprecio desafía : 

— ¡ Estudiantes que jurasteis, ante el sol de las pasiones, 
abonarme lo que pida por mis mágicas lecciones, 
es indigno de cristianos y españoles caballeros 
engañar como perjuros a los sabios forasteros! — 

Calla el sabio, todos callan, y adelántase un hidalgo, 
cuyos ojos manifiestan, hondos, trágicos, un algo 
como anhelo palpitante de la gloria y del martirio, 
como sangre de leones en los pétalos de un lirio: 
— ¡Es verdad! — repone airado — Os debemos el salario; 
designadlo aunque tengamos que abonarlo en el Calvario — 



EL PUEBLO ESPAÑOL " ' 17 

El maestro forastero le replica con macabras 
4;arcajadas, y dirige esta fúnebres palabras 
a los mozos, que temblaban, domeñados como potros: 

— ¡Mi salario será el alma de cualquiera de vosotros! — 

Su figura gigantesca pone valla a la salida, 
y aparece como un ángel de la hueste maldecida. 

— ¡ Pasen todos, quede el último ! — vocifera ; y ancha horda 
trasnponiendo los umbrales, hacia el patio se desborda. 

Todos pasan presurosos, y es el último el hidalgo 
cuya frente adolescente — lirio y sangre — lleva un algo 
sobrehumano en el silencio... 

— ¡Tu alma es mía! — 
grita el ángel maldecido con su faz más que sombría ; 
y, al asirle con sus garras aquilinas de ¡a capa: 
— ¡Ved! Me sigue un compañero... — dice el joven, y se escapa. 

¡Es su sombra el compañero! 

El doctor, febricitante, 
arrebátale su sombra como prenda al estudiante, 
y, en el antro del infierno, va « guardar la rara prenda. .. 

De la vida de otros siglos, así cuenta la leyenda; 
y, en el siglo que corremos, nos inquieta y nos asombra 
el recuerdo de aquel hombre que perdió su propia sombra^ 



l3. Hidalguía española. 

Carlos V, emperador de Alemania y rey de España, 
ha vencido en Pavía (1525) y tomado prisionero a Fran- 
cisco I, rey de Francia. El duque y condestable de Borbón, 
primo de Francisco 1, ha traicionado a su patria y a su 
rey. Pasado al vencedor, va a ver a Carlos V, en su ca- 
pital de Toledo. El emperador de Alemania y rey de 



18 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

España dispone que sea alojado en el palacio del conde de 
Benavente. No habiendo recibido orden directa, el conde 
cierra su puerta al extranjero; no quiere alojar a un traidor 
bajo su techo. Quéjase el de Borbón a Carlos V. Carlos V 
hace llamar a su alcázar al de Benavente, y le impone 
ahora que, desagraviando al de Borbón, cuyos servicios 
aprovecha, le hospede en su palacio. El grande de España, 
la rodilla en tierra ante su rey, aunque cubierta la cabeza, 
como autoriza a su grandeza el ceremonial, le escucha. 
Obedeciéndole, retírase a casa de un pariente y abre su 
mansión al duque francés. Pero cuando, después de breve 
estada, se va de Toledo el de Borbón, el de Benavente, 
sacrificando las riquezas alli guardadas, prende fuego al 
palacio. ¡ No permite que se mantenga en pie techo que 
ha albergado a un traidor a su patria y a su rey! 

l4. Las dos grandezas. 

I 

LA RÁBIDA 

A la puerta de un convento 
golpea un pobre mendigo; 
el sol, el hambre y el viento 
lo baten y pide abrigo. 

Lleva un hijo pequeñuelo, 
pálido y triste el semblante; 
por él pide suplicante 
pan a los hombres y al cielo. 

Ha sonado la campana, 
y un monje con voz serena: 
— Aquí hay abrigo y hay cena — 
les dice — ; os iréis mañana. 

— Cena busco y busco abrigo — 
contesta meditabundo. — 
¡Llevo en mi cabeza un mundo 
y un humilde pan mendigo! 



EL PUEBLO ESPAÑOL 19 

— I Al cielo alzad la oración, 
Alzad al cielo los ojos ! — 
clamó el monje; y vio de hinojos 
ante la cruz a Colón. 

II 

EL MONASTERIO DE YUSTE 

Sutiles neblinas las sierras envuelven, 
el viento silbando sacude los pinos, 
de nieve cubiertos están los caminos 
y el lobo a lo lejos se siente aullar. 
Cruzaba el viajero con paso seguro 
la senda sinuosa que lleva a! convento, 
y llega y exclama: — ¡Por Dios, que un asiento 
hiás alto que el mío yo vengo a buscar ! — 

Abrieron los frailes. —¿Quién sois? — le preguntan. 

— Un hombre que busca corona de espinas, 
corona de gloria con flores divinas, 

en vez de la suya que mucho pesó. 

— ¿Tuviste los dones que el mundo apetece? 

— Riquezas y glorias mi reino tenía... 
El sol en mis tierras jamás se ponía... 
¡Yo soy Carlos V, mi imperio pasó! 

III 

Así con dolor profundo 
la misma puerta tocaba, 
el que iba en busca de un mundo 
y el que un mundo abandonaba. 

Y en el sagrado recinto, 
libre de humana ambición, 
hubo pan para Colón 
y paz para Carlos V. 

Eduardo de la. Babra. 



20 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



l5. Felipe II y la noticia de la batalla de Lepante. 



( Romance anónimo del siglo xvi) 



Gallardo entra un caballero 
en corte del rey de España : 
corriendo viene a caballo, 
en palacio se apeara; 
entró donde estaba el rey 
y las manos le besara. 
El rey, que le ha conocido, 
del brazo le levantara: 
pregúntale con deseo 
de Levante y de su armada. 
Oyendo esto el caballero, 
albricias le demandara: 
metió la mano en el seno, 
sacó una carta sellada, 
y, besándola en el sello, 
con la cabeza hizo salva. 
Alargó la mano el rey, 
con gran gozo la tomaba: 
leyendo el primer renglón, 
la cruz de encima besaba. 

— Decidme, buen caballero, 
¿quién acabó la batalla? 

— Señor, el favor de Dios 

y fuerza de nuestra España, 



y astucia del general 
que gobierna nuestra armada. 
Hala tornado a leer 
y en un momento la pasa, 
siguiéndole el caballero, 
a donde la reina estaba. 
Sentóse el rey en su silla 
y a la reina dio la carta, 
y, mientras la está leyendo, 
otra vez le preguntaba: 
— Decidme, mi buen amigo, 
¿cuánia gente me costara? 
-Señor, pocos son los muertos^ 
y muchos ganaron fama, 
porque el morir fué vivir 
siendo en tan justa demanda. - 
El rey despachó correos 
que lleven esta embajada 
por las ciudades del reino, 
la cual fué luego llevada; 
y a tan noble embajador 
mil mercedes le otorgaba : 
la honra y g'oria de todo 
el buen rey a Dios la daba. 



16. El éenio español. 

El clima, el aire, los alimentos, el aspecto general de 
la naturaleza y hasta la configuración geográííca de cada 
país, influyen sobre el carácter de sus habitantes. El clima 
demasiado cálido o frío enerva ; el aire puro, no enrarecido 
en exceso por la altura sobre el nivel del mar, vivifica; la 
alimentación rica y variada fortalece; el paisaje estimula 
el ánimo o lo deprime; la configuración geográfica deter- 
mina las necesidades de la defensa territorial. 



EL PUEBLO ESPAÑOL 21 

Formado en un clima benigno, sobre un suelo feraz 
y en medio de pintorescos paisajes, el clásico pueblo espa- 
ñol poseyó siempre un alma inteligente y grande. Imprimió 
indeleblemente a esta alma un sello guerrero la configura- 
ción geográfica del país. Opulenta y hermosa península, 
abierta por el Mediterráneo, los Pirineos y el estrecho de Qi- 
braltar, que antes había sido istmo, a la codicia de todas las 
razas y a la conquista de todos los pueblos de Europa, Asia 
y África, el suelo español existió en continuo estado de de- 
fensa. Sus antiguos habitantes, llamados los iberos, con los 
cuales se amalgamó el elemento celta, viéronse continua- 
mente amagados por fenicios, griegos, cartagineses, romanos. 
Vivieron en guerra secular contra el extranjero invasor, 
que sólo pudo ocupar ciertos puntos de la costa, donde 
fundó colonias. El estado de guerra modeló al pueblo pe- 
ninsular su carácter combativo y le inspiró el épico 
culto del valor. Más tarde, la conquista romana, que en 
otras provincias del imperio se limitaba al paso victorioso 
de un ejército, tuvo que mantener en Hispania guarnicio- 
nes permanentes. El heroísmo español se demostró ya 
en las defensas de Sagunto y de Numancia. Y esa domi- 
nación romana, mezclando su sangre con la de las pobla- 
ciones conquistadas, dejó tan hondas huellas que, cuando 
terminó, el pueblo, de suyo inteligentísimo, había adoptado 
su habla e iniciado una nueva cultura. En virtud de una 
fatalidad geográfica e histórica prodiíjose además la inva- 
sión de los godos, quienes, triunfantes, no se mezclaron 
hondamente con los indígenas, a quienes dieron sólo jefes. 
Estas invasiones y conquistas pudieron realizarse, a pesar 
del indómito valor de los peninsulares, porque sus pobla- 
ciones no estuvieron nunca unidas ni militarmente organi- 
zadas. Manteníanse en el aislamiento, producto de su 
propio espíritu arrogante y batallador, favorecido por la 
geografía de la península. Separadas las distintas regiones 
por las montañas, en cada región se había formado un 
pueblo, solitario como un nido de águilas. 



22 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Vióse España atacada, en el siglo VIII, por una nneva 
invasión. Los árabes, encendidos en la pasión religiosa 
del Islam, penetraron hasta el corazón de la península, 
y sentaron en ella sus reales. Más irritante que las anterio- 
res, por su carácter oriental y su credo, la invasión árabe 
provocó vivo sacudimiento en las poblaciones hispánicas. 
¡ Era menester rechazarla ! Para ello no había más medio 
que la unión entre algunos de los varios reinos en que 
entonces estaba España dividida. Tal unión no pudo pro- 
ducirse sino unificando las creencias religiosas, por órgano 
de la Inquisición y con la política de los Reyes Católicos. 
Opúsose la Cruz al Islam, y los moros fueron expulsados 
del sagrado suelo de la patria, precisamente cuando se 
descubría el Nuevo Mundo. 

La configuración peninsular de España, obrando en 
las costumbres de sus habitantes, les ha forjado, pues, un 
alma esencialmente guerrera. Su bélica arrogancia ha flo- 
recido en todas las manifestaciones de su cultura : la 
rerligión, la política, las industrias, las bellas artes, las 
letras. Y fué en la conquista de América donde se revela- 
ron tal vez mejor que en ninguna parte el heroísmo y la 
inteligencia del genio español. Los hombres que en frá- 
giles carabelas desafiaban y vencían las borrascas del 
océano; los aventureros que cruzaron y transpusieron las 
vírgenes espesuras y las agrias cordilleras de desconoci- 
dos continentes a través de pueblos hostiles; los puñados 
de soldadotes que, con Hernán Cortés o con Francisco 
Pizarro, domeñaron poderosos imperios, preséntansenos 
como verdaderos héroes, j como semidioses! ¿Qué nación 
tuvo nunca hijos más valientes, ni realizó con tan esca- 
sos medios mayores proezas, asombro y maravilla del 
mundo todo?... ¡ Ah ! El genio español, cuyas condicio- 
nes esenciales fueron siempre la bravura y la inteligen- 
cia, podrá haberse eclipsado pasajeramente en la penum- 
bra durante los siglos XVIII y XIX ; pero, ni los soles del 
firmamento ni el genio de los grandes pueblos se apagan 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 23 

-en un día. El genio español ha reaparecido en el siglo xx, 
acaso más esplendoroso que nunca, sobre el cielo de 
ambos mundos, con fulguraciones de una nueva aurora 
de gloria. 

IV. EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 

l7. Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo. 

En los siglos medios se creía que la tierra era un 
disco fijo en el centro del universo. Supúsola redonda 
Cristóbal Colón, un marino genovés, e imaginó que, nave- 
gando de Europa hacia el Occidente, se hallaría un paso 
para el Oriente, hasta la codiciada región de las Indias, 
fabulosa por sus riquezas. Proyecto tan nuevo como 
grandioso fué ante todo sometido por su autor a la com- 
petente opinión de un sabio en la ciencia cosmográfica, 
Toscanelli, quien lo aprobó. Presentólo entonces Colón dos 
veces a su patria, la república de Genova, sin que ésta 
llegase a prestarle su concurso. En don Juan II, rey de 
Portugal, buscó después Colón los auxilios que su vasto 
plan exigía. Coartado el monarca por la opinión de sus 
consejeros, lo desamparó, aunque no sin haber antes ten- 
tado la aventura del descubrimiento. Hizo partir sigilosa- 
mente hacia el Occidente una carabela portuguesa, que 
pronto regresó destartalada por una tempestad y con la 
tripulación temerosa y sin bríos para lanzarse otra vez en 
tan arriesgada expedición. 

Desechado dos veces por su patria y también por el 
soberano de Portugal, hacia 1485 Colón se dirigió a la 
corte de Castilla y León, cuyos monarcas estaban entre- 
gados a la guerra del moro. Adversos momentos eran 
aquéllos para la empresa del genovés. Los Reyes Católicos, 
Isabel y Fernando, preocupados de su propia seguridad 
y de la conquista de Granada, postrer baluarte del Isla- 
mismo, no se hallaban en situación de secundarle. Mas 
íjuiso la benigna estrella de Colón precipitar en 1491 el 



24 LA TRAniClÓN Y LA HISTORIA 

drama secular de la guerra con la completa victoria de 
los españoles y expulsión de los árabes. El proyecto del 
audaz marino fué hostilizado por un congreso de teólogos, 
que por orden del rey Fernando se había reunido en 
Salamanca, y que motejó a su autor de visionario e 
ignorante; pero halló luego decidido apoyo eu' el cardenal 
don Pedro González de Mendoza, valido de la reina Isabel 
de Castilla. Mediante esta influencia y la de otros amigos 
de Colón, los reyes le favorecieron, extendiéndole, en 1492, 
el nombramiento de gran almirante del océano. 

Los vecinos de la villa y puerto de Palos habían sido 
judicialmente condenados a servir al rey, por el término 
de un año, con dos carabelas. Éstas fueron puestas a 
disposición del expedicionario ; y, por convenio con la 
familia de Yáñez Pinzón, oriundo de aquel pueblo, obtuvo 
la otra embarcación que se requería para el viaje. En 
convoy tan reducido para la peligrosa travesía, zarparon 
del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, "la Santa 
María, la Pinta y la Niña, tripuladas por 120 hombres. 
Veinte años aproximadamente, corridos desde 1474 a 1492, 
llevaba empleados Cristóbal Colón en conseguir los medios 
para realizar su empresa, la mayor que vieron los siglos. 
Su más alta gloria fué, no el descubrimiento de ignotas 
tierras, que realizó el 12 de octubre de 1492, arribando a 
las playas de América, sino el haber puesto en práctica 
un proyecto que él sólo concibió y él sólo era capaz de 
realizar. Colón mismo no vivió bastante para avalorar la 
colosal trascendencia de su descubrimiento, pues todavía, 
cuando murió, en 1506, después de llevar a cabo cuatro 
expediciones más a. las tierras descubiertas, creía haber 
llegado a las Indias Orientales, sin sospechar la existencia 
del Nuevo Mundo. 

Seí.'<5ii Mahi \M) A Pklliza. 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 25 



18. A Colón. 

Boga, boga con ánimo valiente, 
empuñando el timón con firme mano, 
y no te arredre ese murmullo vano 
del vulgo necio y del motín reciente. 

Marcha, marcha, derecho al Occidente: 
allí de nuevo mundo está el arcano 
que adivinó tu genio soberano 
y que ves con los ojos de la mente. 

Fíate en Dios cuando los mares sondas, 
que, si no existen mundos ignorados, 
han de surgir del seno de las ondas: 

Naturaleza y genio son aliados, 
y iodo cuanto el genio ha prometido 
Naturaleza siempre lo ha cumplido. 

Bartolomé Mitre. 

l9. Agudeza de Atahualpa. 

Atahualpa fué de buen ingenio y muy agudo. Entre 
otras agudezas tuvo una que indirectamente ie apresuró 
la muerte. Viendo leer y escribir a los españoles, entendió 
que era cosa que nacía con ellos; y, para cerciorarse de 
esto, pidió a un español de los que entraban a visitarle 
o de los que le aguardaban, que en la uña del dedo pulgar 
le escribiese el nombre de su Dios. Así lo hizo el soldado. 
Luego que entró otro, le preguntó: «¿Qué dice aquí?». 
El espaiiol se lo dijo, y lo mismo le dijeron tres o cuatro 
más. Poco después entró don Francisco Pizarro, y, habiendo 
ambos hablado un rato, le preguntó Atahualpa qué decían 
aquella? letras. Don Francisco no acertó a decirlo, porque 
no sabía leer. Entonces entendió el Inca que no era cosa 
natural sino aprendida, y, desde allí en adelante, tuvo en 



26 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

menos al gobernador Pizarro. Aquellos Incas tenían esta- 
blecido en su filosofía moral, que los superiores, así en 
la guerra como en la paz, debían aventajar a los inferio- 
res, a lo menos en todo lo que era necesario aprender y 
saber para su oficio. Y de tal manera íué el menosprecio 
y el desdeñar, que el gobernador Pizarro se lo sintió y se 
ofendió de ello, y acaso apresuró la condena que cayó 
después sobre la cabeza del inca Atahualpa. 

Según el In'ca. Garcilaso de la Vega 

20. El descubrimiento del río de la Plata. 

A la muerte de Américo Vespucio, el feliz marino 
que dio su nombre al nuevo continente, nombró el rey 
de España, en 1512, para sucederle en el cargo de piloto 
mayor, a don Juan Díaz de Solís. Solís fué comisionado 
poco después para mandar una expedición que debía ir a 
descubrir por Malaca y las islas de Especiería; pero, ha- 
biendo quedado aquélla sin efecto, resolvió emprender a 
su costa el descubrimiento, tentado por él y Pinzón seis 
años antes, de las costas meridionales del nuevo continente. 
Esperaba encontrar el paso que debía conducir al mar 
llamado más tarde océano Pacífico, que, atravesando la 
América Central, descubrió en 1515 Vasco Nüñez dé 
Balboa. El 24 de noviembre de 1514 se firmó el contrato 
por el cual se debía llevar a cabo este descubrimiento. 

El rey puso en la empresa 4.000 ducados de oro, 
siendo obligación de Solís preparar una carabela de sesenta 
toneladas y dos de treinta, y correr con todos los demás 
gastos de la expedición. Los beneficios que de ella resul- 
taran serían divididos en tres partes: una para el rey, otra 
para Solís y la tercera para los tripulantes. El rey aportó 
también, con cargo de devolución, cuatro lombardas gran- 
des y sesenta corazas, con sus cascos o yelmos Ade- 
más, le adelantó año y medio de sus sueldos de piloto 
mayor del reino, y un año a su cuñado Francisco To- 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 



27 



rres, que le acompañaba como segundo; todo esto sin per- 
juicio de otras recompensas que le prometía, segiín fuera 
la naturaleza de los servicios que a la Corona prestase 
con la expedición. 

Cerca de once meses tardó ésta en aprontarse ; y, al 
fin, dejando nombrado a un hermano suyo para que des- 
empeñase su empleo en Sevilla, partió Solís del puerto de 
Lepe el 8 de octubre de 1515. La escuadrilla tocó en Te- 
nerife, y pasó a la costa del Brasil, que reconoció proli- 
jamente, marcando las latitudes de todos los puntos, con 




la exactitud que permitían los instrumentos náuticos de 
aquel tiempo. Llegando a las islas de Lobos, hizo rumbo 
al Este y tomó puerto en Maldonado, al que dio el nom- 
bre de Nuestra Señora de la Candelaria. Siguió desde allí 
la dirección de la costa, hasta que, reconociendo la cali- 
dad del agua en que navegaba, descubrió lo que es hoy 
el río de la Plata y le dio el nombre de «Mar Dulce», 

No tardó el experto marino en reconocer que el gran 
estuario donde se encontraba no podía ser sino la des- 
embocadura de un gran río, tanto por la poca profundidad 
como por la dulzura del agua; y, dejando fondeadas dos 
de las carabelas al abrigo de la isla de San Gabriel, entró 



28 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

él mismo en una latina, para reconocer de cerca la costa 
inmediata, que era la del Norte. Así llegaron hasta la isla 
de Martín Garcia; y aproximándose a la costa firme, no- 
taron que había habitaciones de indios, y que muchos ob- 
servaban sorprendidos la embarcación y las gentes desco- 
nocidas que iban en ella. Solís quiso reconocer y tomar 
posesión de aquella tierra en cumplimiento dé sus instruc- 
ciones. El rey le había ordenado que se posesionara de las 
tierras descubiertas ante escribano público y el mayor núme- 
ro de testigos y los más conocidos que hubiere. En su nom- 
bre debía realizar « acto de posesión » cortando árboles y ra- 
mas, cavando y levantando, si pudiese, algún pequeño edifi- 
cio, en algún cerro o junto a un gran árbol. También debía 
levantar una horca, puesto que él representaba la justicia real. 
Desembarcó Solís con dos oficiales reales, y, seguido 
de siete hombres más, se internó algunos pasos, para 
plantar la cruz y hacer el acta de toma de posesión, a la 
vista de los indígenas que le observaban. Pero una embos- 
cada que los españoles no habían visto, hizo caer sobre 
ellos de improviso una nube de flechas, y todos fueron 
víctimas de su extremada confianza, con excepción de 
uno, que quedó entre los indios hasta once años después. 
Aunque sin suficiente fundamento, cuéntase que los salvajes 
les cortaron la cabeza, las manos y los pies, y, ponién- 
dolos a asar en sus fogones, los comieron con feroz ale- 
gría, a la vista de los que permanecieran en la carabela, 
los cuales se alejaron consternados a reunirse con los 
otros dos buques que hablan quedado más atrás. 

Según Luis L Domínguez. 

21. La tradición de Lucía Miranda. 

Apenas descubierto el estuario que se llamaría más 
tarde río de la Plata, sin dejarse intimidar por la trágica 
muerte de su glorioso descubridor, don Juan Díaz de Solís, 
remontó en 1526 sus majestuosas aguas don Sebastián 
Qaboto, marino veneciano al servicio de España. Pene- 



EL DESCUBP.IMIENTO Y LA CONQUISTA 29 

trando por primera vez en el río Paraná, fundó en la 
desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquier- 
da, el fuerte del Espíritu Santo (Sancti Spiíitiis). Clavada 
allí la bandeVa de Castilla, dejó el fuerte a cargo de una 
guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y luego, 
por diversas circuns, anclas, regresó a España. 

Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, 
y el fuerte del Espíritu Santo conservaba su paz inalte- 
rable. Gobernábalo un hombre de distinguido mérito, don 
Ñuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando. Una 
severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los 
suyos toda ocasión de desmandarse. Por su propia segu- 
ridad, los españoles mantenían pacífico trato con una ve- 
cina tribu de indios, los timbües. La buena inteligencia y 
los oficios de la cordialidad más expresiva apretaban de 
día en día los nudos de esa útil alianza. 

Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, 
mujer del soldado Sebastián Hurtado. El cacique de los 
timbúes, Mangoré, prendado de su belleza, olvidó que era 
casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a robarla, 
preparó una horrible traición. Aprovechando una oportu- 
nidad en que salieron del fuerte para procurarse víveres, 
buena parte de sus pobladores, al mando de uno de los 
capitanes, presentóse como amigo, seguido de treinta in- 
dios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus órde- 
nes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su her- 
mano Siripo, al mando de numerosa horda. 

Sin sospechcT los ocultos designios del cacique, don 
Ñuño de Lara, muy agradecido y atento, recibió el dona- 
tivo. Con su castellana generosidad acogió a Mangoré y 
a su séquito bajo su mismo techo. Obsequiólos con un 
espléndido festín, en el que brindaron confundidos españoles 
e indio¿ al dios de la amistad. Cuando terminó el festín, reco- 
giéron'¿e a dormir unos y otros. El sueño rindió a los españo- 
les. Y, entrada ya la noche, en el silencio y las sombras, Man- 
goré cambió sigilosamente sus señas y contraseñas con 



30 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

SU hermano Siripo, hizo prender fuego a la sala de armas y 
abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios 
de Mangoré y de Siripo cayeron sobre los españoles dor- 
midos. Algunos de éstos lograron sus armas, y se trabaron 
en combate siniestro. Con increíble valor, Lara repartía en 
cada golpe muchas muertes. En medio de la refriega buscó 
y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en 
el costado, abrióse paso entre la confusa multitud, hasta que 
pudo herir al traidor. La flecha, entretanto, con el movi- 
miento y la lucha, habíale penetrado hondamente. Ambos, 
el cacique indio y el denodado capitán castellano, cayeron 
muertos. Sólo escaparon con vida del desastre algunos 
niños y mujeres, y entre éstas Lucía Miranda, su inocente 
causa. Todos fueron llevados a presencia de Siripo, su- 
cesor del detestable Mangoré, quien los guardó cautivos. 
Al siguiente día Sebastián Hurtado volvió al fuerte. Su 
dolor fué igual a su sorpresa, cuando, después de encon 
trarse con ruinas en vez del baluarte, buscaba a su-consorte 
y sólo hallaba sangrientos despojos. Luego que supo su 
cautividad, no dudó un punto entre los extremos de morir 
o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y 
llegó hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, 
habiendo muerto Mangoré, cacique él ahora de ios tim- 
búes, olvidóse como su finado hermano que Lucía era 
casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa. Ya que 
se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, 
decidió matarle. Comprendió la heroica mujer la suerte 
que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de éste 
que la propia, renunció al tono altivo con que antes con- 
testaba los avances de Siripo, y tomó a sus pies el tono 
de la súplica y el llanto. De tal modo consiguió que el 
cacique revocara su sentencia de muerte, y salvó la vida 
a Hurtado, mas con la dura condición de que el soldado 
castellano se divorciase para siempre de ella y ehgiera 
otra esposa entre las jóvenes timbúes. Acaso por vanar 
partido en el corazón de la bella mujer blanca, que se 



EL Di;sri;BniMii.Nro y la conol'ista 31 

mantenía firme en su resistencia a aceptarle por esposo, el 
cacique llegó a permitirles que se vieran de vez en cuando. 
No por esto consiguió el consentimiento de Lucía, que, 
como española y como cristiana, estaba resuelta a perder 
antes la existencia que la honra. Al contrario, en algunas 
de las breves entrevistas de los esposos pudo notar que 
ambos renovaban sus juramentos de conyugal fidelidad. 
Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián 
Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó 
arrojar a Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de 
largo martirio y cautiverio, murieron ambos esposos, para 
eterno ejemplo de amor y de virtud. 

Aunque fantástica, esta tradición ha perdurado en la 
mente de los habitantes del río de la Plata. Dos siglos 
y medio después de que un cronista inventara el épico 
y luctuoso suceso, servía de argumento a una hermosa 
tragedia de corte clásico, en verso y tres actos, titulada 
Siripo. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén, que 
nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente 
poco antes de la gloriosa revolución de 1810, puede 
considerarse el más antiguo de los poetas cultos en la 
literatura argentina. Su obra, escrita en sonoros ende- 
casílabos, representóse en el llamado Corral. Componíase 
este sitio, qué hacía las veces de teatro, de un terreno 
rodeado de un cerco o muralla baja, y algún rancho 
en el fondo para guardar las vituallas y adminículos. Una 
chispa de un cohete disparado en la iglesia de San Juan, 
con motivo de celebrarse una fiesta religiosa, ocasionó un 
incendio que redujo a cenizas el rancho. En el incendio 
se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, y sólo 
se conservaron algunos fragmentos. Perdida la obra de 
Labardén, las sombras familiares y heroicas de Lucía 
Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y Siripo esperan, 
pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones 
de argentinos. 

Según Gregoiíio Funbs j' Juan Mauía GuTiiíaREZ, 



32 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

22. La fundación de Buenos Aires. 
I. LA PRIMERA FUNDACIÓN 

Don Pedro de Mendoza, natural de Guadix, gentil- 
hombre de cámara del emperador, acababa de regresar de 
Italia, donde, a las órdenes del condestable de Borbón, 
había tomado parte en el asalto y saqueo de la ciudad 
de Roma. Mendoza volvió rico a España, con su parte de 
botín ; pero no por esto estaban satisfechos su avaricia y 
su amor a empresas arriesgadas; y cuando supo que el 
gobierno, por escasez de fondos, no se resolvía a enviar una 
expedición al río de la Plata, para tomar por retaguardia 
el imperio de los Incas, se ofreció a prepararla a su costa 
y a conducirla a su destino. 

Armó con este fin la más brillante expedición que 
había salido de puertos españoles para la América. Com- 
poníase de veintidós naves y más de 2.C00 soldados 
aguerridos, entre ellos 150 alemanes, a cuyo número 
pertenecía Ulderico Schmidel, uno de los historiadores de 
la conquista. Entre los oficiales venían muchas personas 
de distinción. En las capitulaciones otorgadas por el empe- 
rador, había una que obligaba al adelantado a traer cien 
caballos y cien yeguas, primer origen de los que después 
han cubierto nuestras fértiles llanuras. La armada salió de 
Sanlúcar el 1.° de septiembre de 1534; se detuvo en 
el Janeiro algún tiempo, y, habiéndose enfermado grave- 
mente don Pedro, delegó el mando en don Juan Osorio, 
a quien poco después hizo apuñalar por sospechas de 
infidencia. 

A principios de 1535 entró la expedición en el río 
de la Plata, y fondeó en la isla de San Gabriel. Ei adelan- 
tado mandó en seguida a su hermano don Diego, jefe de 
la flota, a reconocer la costa meridional, se trasladó allí 
con toda ella, y el 2 de febrero de 1536 abrió el ci- 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 33 

miento de una trinchera de tapia, en cuyo recinto se cons- 
truyeron los alojamientos de los españoles. Aquel mismo 
día puso el adelantado en posesión de sus cargos a los 
capitulares que habían venido nombrados desde España. 
A esta población se le dio el nombre de Puerto de 
Santa María de Buenos Aires, patrona de los navegantes- 
Según cierta tradición, originada en la crónica de Schmidel, 
este nombre proviene de haber exclamado el capitán 
Sancho García, al poner pie en tierra: «¡Qué buenos 
aires son los de este suelo ! » 

Según Luis L. Domínguez. 

II. LA COMARCA 

Desde la meseta culminante de la barranca, que do- 
minaba la margen izquierda del Riachuelo de los Navios 
(como se llamó para siempre el « río pequeño » cerca de 
cuya «boca» habían fondeado), aparecía la llanura ilimi- 
tada, desplegando, sin un contraste vivo de relieve o co- 
lor, su sobrefaz verdosa hasta el confín del horizonte. Y 
las próximas exploraciones a todos rumbos no habían de 
traer otro descubrimiento que la traslación indefinida de 
aquel mismo círculo, trazando un marco de invariable y 
tediosa monotonía. La pampa propiamente dicha — que 
tanto han amado algunos poetas argentinos, y celebrado 
muchos más sin convicción sincera — no existía aún : 
como que ha significado, históricamente, casi al igual que 
los cultivos modernos, una primera evolución del mantillo 
vegetal bajo la influencia del elemento europeo. En vez 
de la sabana inmensa cubierta de gramíneas y cardos, de 
la blanda pradera vestida de alfilerillo y trébol, que evo- 
can irresistiblemente al ganado importado de que provie- 
nen — el cual iba a ser luego, sin duda alguna, el acci- 
dente característico del paisaje — , desarrollábase intermi- 
nable el campo yermo, que, para conquistadores recién 
evadidos del golfo amargo, remedaba otro océano inerte 



34 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

y estéril, con erizadas olas de matas y arbustos. A tre- 
chos, no lejos de la costa, los bosquecillos de talas y 
espinos alzaban sus ramas de menudo follaje sobre los 
matorrales vecinos; y aquí y allá, algún añoso algarrobo, 
centinela perdida de la selva interior, retorcía al viento 
del desierto su tronco obscuro de requebrada corteza. En 
las cañadas, sin embargo, y orillas de los ahilados arro- 
yos, la humedad mantenía una fresca vegetación de toto- 
ras y cortaderas, formando tupidos pajonales. Y acentuá- 
base, de vez en cuando, esta fugaz sonrisa de la flora 
pampeana con el encuentro de una cristalina laguna, 
franjeada de juncos y espadañas, y cuyo delgado espejo 
cristalino rayaban con zanca pausada, y como meditabun- 
da, rosados flamencos y cigüeñas de plata, mientras en 
torno suyo, los agrios chirridos de los chajás, teruteros y 
demás aves acuáticas rasgaban el silencio angustioso de 
aquellas soledades. 

La fauna útil de la región — vale decir, la que los 
pobladores recién desembarcados hallaron de inmediato 
provecho — aparecía tan pobre como su flora. Abunda- 
ban las manadas poco ariscas de venados, apenas diez- 
madas por los jaguares y pumas que, agazapados de tarde 
en la espesura, acechaban la bajada de la presa a los 
aguaderos. Pululaban en el campo las aves comestibles y 
los avestruces, cuyos huevos daban un excelente alimento, 
lo propio que el pescado en el estuario y sus afluentes. 
También suministrarían cierto recurso nutritivo los arma- 
dillos, los cuís o apereás o tal cual otro roedor de caza 
más eventual. Pero, ¿qué representaba todo ello como 
ración diaria para un millar de hombres? Y, suponiendo 
que les sobrara pólvora para gastarla en grandes cacerías, 
¿cuánto tiempo quedarían los animales sin alzarse y huir 
al desierto, substrayéndose más y más a las batidas diarias 
de sus perseguidores? 

Tal se pi-esentaba al pronto, ante Mendoza y su 
gente, la región en que debían fundar su primer estable- 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 35 

cimiento, como base de las conquistas futuras, y tales 
eran los escasos recursos naturales que la comarca pare- 
cía brindar a los recién llegados. Ellos se resumían en 
algún suplemento de alimentación animal, caza y pesca 
{para esta última tuvieron que proveerse de redes, qui- 
tándolas a los indígenas), aunque de trabajosa consecu- 
ción, por lo menos en cantidad apreciable, después de 
algunos días, a los que se agregaban ciertas raíces más 
o menos nutritivas. Muy pobres eran los materiales de 
construcción para viviendas, no disponiéndose al pronto, 
fuera de las paredes de barro y los techos de totora, más 
que de maderas mezquinas o distantes y no muy fáciles 
de labrar. Pero a este respecto la estación era propicia: 
por algunos meses iba a ser tolerable la vida casi al aire 
libre, sin grandes inconvenientes, Era la cuestión primor- 
dial, naturalmente, la de la subsistencia. Para encararla 
bajo su debido aspecto, procedieron el factor y despen- 
seros a tomar razón de los víveres existentes y de lo que 
sumaban en raciones diarias para toda la gente. El resul- 
tado no se dio a conocer ; pero nadie dejó de sospechar 
lo grave de la situación por el expediente discurrido, que 
fué el apresto inmediato de la nao Santa Catalina, la 
cual, al mando de Gonzalo de Mendoza, partió el 3 de 
marzo para la costa del Brasil en busca de bastimentos. 
jLa importantísima expedición del adelantado don Pedro 
de Mendoza, con su lucida comitiva de mayorazgos, hi- 
dalgos y oficiales del rey, apenas había embarcado vitua- 
llas para seis meses, pues a pesar de los refrescos alzados 
en Canarias y Río, ya estaban aquéllas a punto de ago- 
tarse ! 

Mientras la mayor parte de los desembarcados se 
ocupaba en la rústica edificación de los primeros abrigos 
provisionales, otros exploraban el campo, a caballo o a 
pie, en procura de recursos alimenticios o de habitantes 
que los proporcionasen. No parece que dieran resultados, 
en uno ni en otro sentido, las excursiones hacia el Oeste 



36 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

(no se intentó por entonces penetrar al Sur, cruzando el 
Riachuelo). Pero una partida que enderezó al Norte, hasta 
cinco o seis leguas del real, dio con otro riachuelo que 
sombreaban sauces, palmeras y ceibos de purpúreos raci- 
mos, y cuyas márgenes habitaban tribus de indios canoe- 
ros y pescadores. 

P. Groussac. 

ni. LA SEGUNDA Y DEFINITIVA FUNDACIÓN 

La repoblación de Buenos Aires, sitio que se concep- 
tuaba estratégicamente ubicado para establecer una pobla- 
ción importante, habíase discutido muchas veces en la 
Asunción. Todos los conquistadores sostenían la conve- 
niencia de respetar la obra de Mendoza, obra que afirma- 
ría el poder español en el Plata y daría a los distintos 
pueblos de la gobernación un punto de apoyo para efec- 
tuar cómodos y seguros intercambios con la metrópoli. 
Pero nadie había osado hasta entonces afrontar un pro- 
blema tan complejo y de tan difícil solución. El destino 
reservaba esta gloria a don Juan de Qaray, que acababa 
de fundar la ciudad de Santa Fe. Para tentar la magna 
empresa contaba con el amor de sus gobernados, el res- 
peto de los naturales y su voluntad a prueba de las más 
terribles adversidades. 

Más de sesenta hombres, en su mayoría criollos, se 
alistaron bajo el estandarte de Garay, y el 9 de marzo del 
año 1580, después de haber adoptado varias disposiciones 
tendientes a la mejor marcha de su gobernación de la Asun- 
ción, partió el capitán en compañía de sus colaboradores. 
La expedición se dividió en dos partes: una, al mando de 
Qaray, iría por agua, en varios barcos de menor impor- 
tancia; la otra, al mando del capitán Alonso de Vera y 
Aragón, encargado de la conducción de los caballos y el 
ganado, iría por tierra. 

El 11 de mayo llegaron al río de la Plata las embar- 



EL DESCUBRIMIENTO Y LA CONQUISTA 37 

caciones que conducían a los soldados de Qaray. Los ex- 
pedicionarios, a la espera de los caballos y el ganado 
enviados por tierra, permanecieron en los barcos hasta los 
primeros días de junio. Reuniéronse entonces en la solita- 
ria costa donde treinta y nueve años antes don Pedro de 
Mendoza había fundado por primera vez la ciudad de 
Buenos Aires. Tres compañeros de Mendoza guiaron a 
Garay, señalando los sitios ocupados por las construccio- 
nes de la primitiva población, de la cual quedaban apenas 
vestigios, semiborrados por la acción del tiempo. 

Escogiendo mejor el sitio que Mendoza, Garay desig- 
nó una vasta meseta situada frente al río de la Plata, a 
espaldas de las barrancas: terreno alto, fértil, seco y sano, 
apropiado para el establecimiento de una nueva población. 
Los indios, ignorantes del desembarco de los españoles, 
no los molestaron, y dieron tiempo para que fundaran la 
ciudad, el sábado 11 de junio de 1580. La ceremonia fué 
sencilla y emocionante. Todos los repobladores asistieron 
al acto solemne de plantar el rollo y levantar el pendón 
real. De acuerdo con los usos tradicionales que caracte- 
rizaban las ceremonias de toma de posesión en nombre del 
rey de España, Garay « echó mano a la espada y cortó 
hierbas y tiró cuchilladas». Redactada y firmada el acta 
por el capitán general, los soldados se entregaron a la 
febril faena de construir defensas. Llamó la atención de los 
habitantes de la nueva ciudad el numeroso ganado caballar 
que pacía en la campaña, libremente reproducido, desde 
que Mendoza abandonó aquellos sitios. 

Construido el fuerte y en situación los españoles de 
defenderse, el general Garay y algunos animosos solda- 
dos resolvieron efectuar una exploración por los alrede- 
dores. Se dirigieron al Riachuelo, distante aproximada- 
mente media legua de la ciudad, e iban a continuar avan- 
zando hacia el Oeste, cuando diez querandíes les salieron 
al encuentro, y se trabó un combate, en el cual los espa- 
ñoles obtuvieron una fácil victoria. Tres indios fueron 



38 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

muertos, dos quedaron cautivos, y los restantes huyeron 
heridos. La voz de alarma no tardó en llegar a los adua- 
res de los indios, quienes se retiraron precipitadamente 
para evitar un nuevo encuentro con los invasores. 

En su fuga olvidaron los indios un cautivo español, 
largo tiempo prisionero, llamado Cristóbal de Altamirano. 
Indeciso éste sobre el partido que debía adoptar, prefirió 
entregarse nuevamente a los naturales, temeroso de que 
ellos le sorprendieran en viaje a Buenos Aires y castiga- 
ran por traidor. Los indios discutieron largamente la suerte 
de Altamirano; pero, sensibles a sus hábiles disertaciones, 
resolvieron perdonarle la vida. 

Decidióse entretanto una guerra general contra los 
españoles. Varias naciones indígenas coaligadas se obli- 
garon a obedecer las órdenes del afamado cacique Tabobá, 
aprontándose para iniciar la campaña sin pérdida de tiem- 
po y llevarla a sangre y fuego. Altamirano, que seguía 
con vivísimo interés los preparativos, resolvió escribir 
secretamente la noticia- de la sublevación, poniendo en 
guardia a sus compatriotas. Trazó con un carbón algunas 
líneas, metió la comunicación en una calabaza, la arrojó 
al Riachuelo, y obtuvo completo éxito. El anuncio llegó 
muy oportunamente a Qaray, quien inició, acto continuo, 
los preparativos de la defensa. 

Deseando evitar el choque, envió al cacique uno de 
los indios que tenía cautivos, con proposiciones de paz y 
una carta para Altamirano. Este, comprendiendo que la 
misión de Qaray despertaría la sospecha de los querandíes, 
pudo esconderse entre los juncos de una gran laguna, donde 
permaneció dos días sin ser hallado por los salvajes. Des- 
pués de grandes angustias logró costear el Riachuelo y 
llegar a Buenos Aires. Hizósele una cariñosa recepción, y 
fué reconocido por el capitán general como uno de los 
más meritorios repobladores. 

Los querandíes se alistaron con el propósito de re- 
chazar vigorosamente la nueva población española. Un 



LEYENDAS INDÍGENAS Y COLONIALES 39 

ejército de 600 indios, al mando de Tabobá, marchó sobre 
Buenos Aires. En las márgenes del Riachuelo, las fuerzas 
se dividieron : una parte, embarcada en canoas, remontó 
e\ río hacia las barrancas, entretanto que la otra atacaba 
por tierra a la población. 

Los españoles esperaron el asalto : unos, en pequeños 
barcos anclados en la ribera, y otros, en los muros de la 
ciudad. Como de costumbre, Qaray estuvo en todas partes, 
disponiendo la defensa y alentando a sus soldados. Los 
primeros en disparar sus flechas contra el bergantín y em- 
barcaciones menores fueron los indios, que atacaron por 
agua. Con inusitado brío, los defensores de la plaza avan- 
zaron en sus barcos, descargando sus arcabuces contra los 
atacantes. La osadía con que correspondieron y la fijeza de 
sus tiros causaron confusión en las canoas de los indígenas.' 
Acosados, heridos, dominados por los conquistadores, los 
naturales mantuvieron el combate corto tiempo. La victoria 
se decidió por los intrépidos defensores de la ciudad. Hubo 
un rapidísimo desbande. Buscando salvación en la playa 
vecina, los indios sobrevivientes se arrojaron al agua. 

Según José Luis Cantilo 



V. LEYENDAS INDÍGENAS Y COLONIALES 

23. Una leyenda indígena y coloníaL 
I. LA LEYENDA INDÍGENA 

Entre las leyendas indígenas de Catamarca y de Entre 
■Ríos es muy popular la del sapo y el suri. Supónesele 
al sapo singular agudeza; el suri es aquí un pájaro 
fantástico, el « ave de la tormenta », un ave de poderoso 
vuelo, aunque generalmente se la representa en forma de 
avestruz. 

Ello es que un día se encontraron el sapo y el suri, 
y el sapo desafió al suri a correr una . carr.era. Advirtióle 



40 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

el suri que él no corría, sino volaba. «No importa, con- 
testó el sapo; aunque vueles, yo te pasaré corriendo o 
saltando ». Seguro de ganar el desafío, aceptólo el suri. El 
sapo llamó entonces a sus congéneres, explicóles el caso, 
y les pidió que fueran varios de ellos saltando de distancia 
en distancia, a lo largo de la pista que habían convenido 
en correr con el suri. Echóse el suri a volar, y siempre 
que bajaba los ojos al suelo, veía delante de sí algún sapo. 
Llegó a la meta, señalada con un mortero de piedra, y del 
mortero salió un último sapo, proclamándose vencedor de 
la carrera. El suri, creyendo que éste, así como los que 
vio en el camino, fuesen el mismo y único que había 
desafiado, dióse por vencido. 

Hase encontrado a esta fábula un sencillo simbolismo 
de la naturaleza. El sapo o batracio, que tanto pulula en 
los días húmedos y nublados, es el estado de la atmósfera- 
El suri es la nube; su carrera es la que impulsa el viento. 
Como vuela, se representa la nube por un ave, « el ave 
de la tormenta ». El mortero es el objeto donde se muelen 
las mieses producidas por la lluvia. Y, como un determi- 
nado estado atmosférico precede a la lluvia, y la lluvia a 
la cosecha, el sapo se adelanta al suri, y el suri y el sapo 
llegan victoriosamente al mortero. 

II. LA LEYENDA COLONIAL 

La leyenda del sapo y el suri es de indudable origen 
precolombiano. Estas leyendas precolombianas han solido 
transformarse ingeniosamente en los tiempos coloniales 
mezclando a los elementos indígenas oíros de pura cepa 
española. Así, a la citada leyenda indígena corresponde 
otra indígena y colonial, la del urubú o cuervo negro 
(Catharthes foetens) y el sapo, muy difundida por todo el 
continente, del Amazonas al Plata. 

El 'cuervo negro fué invitado conjuntamente con el 
sapo a unas fiestas en el cielo. El sapo aceptó ir en com- 



LEYENDAS INDÍGENAS Y COLONIALES 41 

pañía del cuervo, quien no comprendía cómo, no pose- 
yendo alas, se atreviese a tanto. El día fijado preséntesele 
en su casa. El sapo le dijo que a él le gustaba andar 
lentamente, y que le permitiese ir adelante. Su propósito 
era, como lo efectuó, esconderse en la guitarra que el 
cuervo llevaría para tocar en las fiestas del cielo, de ma- 
nera que lo llevase por los aires. Llegado el cuervo al 
cielo, le preguntaron por el sapo. Creyendo que se hubiera 
quedado en la tierra, el cuervo contestó que su compadre 
no podía permitirse tan largo paseo. Después de tales pa- 
labras dejó a un lado la guitarra y se sentó a la mesa. 
El sapo salió sigilosamente de su escondrijo, y, con asom- 
bro general, se apareció ante los convidados, divirtiéndose, 
cantando y danzando. Concluido el baile, todo el mundo 
se retiró. El sapo, viendo distraído al cuervo, ocultóse de 
nuevo dentro de la guitarra. El cuervo, que había descu- 
bierto su maniobra, púsose en marcha de vuelta, sin igno- 
rar ya que en el instrumento llevaba un huésped. Y, vo- 
lando desde lo alto, vuelca la guitarra... El infeliz zapo 
cae de las nubes, gritando a las piedras del suelo que se 
hagan a un lado. Al oirlo, el cuervo, riéndose de él, le 
replica que no tenga miedo, puesto que vuela perfecta- 
mente... Lo que no impidió que el sapo, al caer, se diese 
un golpe formidable. Esta fué la causa de que le salieran 
las manchas de la piel. 

Aquí vemos la leyenda indígena del sapo y el suri 
transformada por ciertas ideas nuevas. La cultura colo- 
nial ha aportado, pues, sus elementos: la guitarra, pro- 
ducto de su técnica; el cielo, concepto propio de sus 
creencias religiosas. Transformada por estos elementos, la 
leyenda del sapo ha perdido su simbolismo primitivo, que 
era resultado del íntimo y continuo contacto del salvaje 
con la naturaleza. Felizmente no ha perdido también toda 
su gracia. Verdad es que el sapo se trueca, de burlador y 
vencedor, en burlador vencido o burlado. Pero, si es inge- 
niosa la manera con que el sapo se fisguea del suri en la 



42 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

fábula indígena, no deja de serlo el final o moraleja de la 
fábula colonial. El sapo, en castigo de su mentira, da una 
caída tremenda, y queda marcado de chichones y magulla- 
duras por los siglos de los siglos. 

Según Adam Quiroga. 



24. Leyendas del País de la Selva. 

I. EL país de la selva, SUS LEYENDAS 
Y TROVADORES 

Llamo País de la Selva a la región argentina que se 
extiende, en el interior de la República, desde la cuenca 
de los grandes rios hasta las primeras ondulaciones de la 
montaña, es decir, entre las llanuras bañadas por el Pa- 
raná y sus afluentes y los contrafuertes iniciales de la 
cordillera de los Andes. En la época del coloniaje corres- 
pondía a esta región el nombre de Tucumán, y abarca- 
ba, más o menos, las actuales provincias de Tucumán, 
Santiago del Estero y Córdoba. En los tiempos anteriores 
a la conquista estuvo poblada por varias razas y pueblos 
indígenas, entre los que descollaron los Lules,-por haber 
recibido y adoptado del Cuzco la cultura quichua o incaica. 

No hay en toda la República Argentina territorio algu- 
no donde existan más tradiciones y leyendas locales que 
en el País de la Selva. Los mitos y argumentos legen- 
darios de la antigua cultura indígena han persistido hasta 
nuestro tiempo, mezclándose y amalgamándose a veces, 
curiosa y originalmente, con las ideas y sentimientos apor- 
tados por la conquista española. Es sobre todo en la 
provincia de Santiago del Estero, que se diría el corazón 
del País de la Selva, donde mayormente se conservan las 
antiguas leyendas indígenas y coloniales, como la de Zupay 
y la del Kacuy. 

Transmítense estas leyendas verbalmente en quichua, 
de padres a hijos. Pero la Selva tiene también sus trova- 



LEYENDAS NDÍGENAS Y COLONIALES 43 

dores, que saben cantar su poesía. La poesía y la música 
se hallan unidas en las costumbres de la Selva, cual lo 
estuvieron en la Grecia clásica. Siendo éstas las manifes- 
taciones estéticas más genuinas del país, los trovadores, 
generalmente, cultivan las dos. La melodía acompaña y 
sostiene la copla, y ambas se integran en la danza por 
un ritmo común. 

Ninguna de las fiestas del país se realiza sin la pre- 
sencia del trovador, especie de sacerdote de la alegría y 
de la muerte. Es su escenario la Selva toda, recorrida por 
él en vida vagabunda. Hoy le llevan a velorios, mañana a 
una trinchera de carnestolendas, después a Nacimientos del 
Niño Dios, luego a holgorios de boda, más tarde a bailes 
tradicionales... El es el órgano expresivo de todos los sen- 
timientos del pueblo. Él agasaja al viajero, al caudillo, al 
magistrado, o simplemente al patrón. Él anima las reunio- 
nes carnavalescas o nupciales ; él plañe en torno del 
féretro de los difuntos monótonas alabanzas, y junto al 
cadáver de los párvulos musita las letanías de los ánge- 
les, pues allí donde no llega la acción sacramental de 
la Iglesia, no sólo realiza la misión profana de alegría 
báquica, sino también las ceremonias de un verdadero culto 
religioso... 

Ninguna particular indumentaria singulariza la silueta 
del cantor; pero el instrumento con que se acompaña 
completa su figura. Cultiva ante todo el amor a su vihuela. 
Protégela de la humedad y del sol ; quiérela como si 
fuera una mujer... Y la vihuela corresponde tanto a sus 
amores, que la trova dice : 

Las cuerdas de mi guitarra 
gimen conmigo a la par, 
y me ayudan a llorar 
el dolor que me lastima... 
¡Si parece que la prima 
hubiese aprendido a hablar! 



44 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

II. ZUPAY 

Entre los mitos del país, Zupay es, sin duda, la encar- 
nación más potente del misterio selvático. Zupay es el 
Diablo de la Selva; y, como tal, no es producto genuino 
del espíritu quichua, ni de la tradición incontaminada del 
demonio español. Más bien es una resultante del uno y de 
la otra. En su estado primordial es un genio latente y 
maligno; es el origen de todo lo adverso que aflige a los 
hombres y el enemigo de Nuestro Señor. Puede estar en 
el agua, en el fuego, en la atmósfera ; y sabe, al par, di- 
rigir estos elementos para sembrar en la Selva pestes, 
inundaciones, sequías y catástrofes... 

El mito de Zupay se relaciona tanto con los de la 
hechicera y la Salamanca que constituyen inseparable 
unidad. Los poderes de la bruja provienen de un pacto 
con Zupay, y la Salamanca no es sino la academia sub- 
terránea, oculta en el 'bosque, donde el neófito aprende 
su ciencia, junto a las cátedras diabólicas. Zupay, maes- 
tro, da sus lecciones a la bruja, su discípula, en su escuela 
tenebrosa, la Salamanca... 

Zupay, universal y ubicuo en su estado latente, es 
multiforme en sus personificaciones y manifestaciones. 
Prefiere en sus metamorfosis figuras humanas. Ha encar- 
nado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo, apare- 
ciéndose en un rancho a cierta mujer ingenua. Se ha mos- 
trado en otra ocasión como un gaucho rico y joven 
que visita la Selva en su caballo enjaezado de mágicos 
arreos. En otra sazón, un paisano, cantor de la comarca, 
atravesando el bosque, con rumbo a la fiesta, vióse de 
pronto acompañado por alguien que le desafiaba a «payar», 
guitarra en mano: era también Zupay, el Malo, como en la 
leyenda pampeana de Santos Vega. Los nativos hablan 
asimismo de un diminuto duende, que es como la encar- 
nación humorística y bromista de Zupay. Es el travieso 
enano de la siesta, con su corta estatura, su rostro magro 



LEYENDAS INDÍGENAS Y COLONIALES 45 

y barbirrucio, el ingenio maligno que bulle bajo el ancho 
sombrerete de copa en embudo... 

Los hijos de la Selva refieren otras revelaciones de 
Zupay. Cierto día los montes saladinos oyeron el bala- 
dro de un fabuloso toro, bestia chucara de olímpica 
frente sobre cuello crinado, ¡y era también Zupay! Otro 
día le vieron, entre las penumbras del ramaje, con su 
rostro de sátiro, sus peludas piernas y hendidas patas de 
chivo... 

He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece 
mezclarse en la diaria existencia de esas campañas. Sus 
dominios se extienden a la espesura toda; y hasta un 
árbol de la flora local señala con nombre inequívoco la 
presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las 
plantas silvestres figura la malop'taco, « algarroba del 
diablo»... 

III. EL KACUY 

Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper 
el silencio de las breñas, estremece las almas con su lú- 
gubre canto. Esta ave tiene una historia; y es la trage- 
dia de su origen lo que evoca con su grito lastimero, 
ayeando entre las arboledas tenebrosas: ¡Turayf... ¡taray!... 
; taray !... 

En época muy remota, dicen las tradiciones indíge- 
nas, una pareja de hermanos (un muchacho y una niña) 
habitaba un rancho en las selvas. El era bueno; ella era 
cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus horas 
huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante 
perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la 
choza, internándose en las marañas ; y ella amainaba en 
el aislamiento sus ¡ras, hilando alguna vedija en la rueca 
o tramando una colcha en sus telares. Mientras vagaba 
por la Selva, el buen hermano pensaba en la hermana, y, 
perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas 
más gordas, los mistóles más dulces, las más sazonadas 



46 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

tunas. Vivían ambos de los frutos naturales en aquel siglo- 
de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía hoy para 
la casa un miküo atrapado a garrote en el estero cerca- 
no; o bien un sábalo pescado en fisga en el remanso del 
río, cuando no un quirquincho de la barranca próxima, o 
algún panal de lechiguana, que manaba rubio néctar por 
los simétricos alvéolos. Palmo a palmo conocía su monte, 
y, siendo cazador de tigres además, protegía la morada. 
Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos 
para seguir a la abeja voladora que le llevaba a su col- 
mena: la de la ashpa-mishqui, escondida en el suelo; la 
del tiu-simi, enjambrada en un cardón, y la de cayanes o de 
queyas, fabricada en el tronco de los más duros árboles... 
Todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; y ella, 
en cambio, mostrábase indiferente, como gozándose en 
sus penas... 

Volvió una tarde, sediento, fatigado, tras un día de 
infructuosa pesquisa; pues, como reinaba la sequía, esta- 
ban yermos los campos. Sangrábale la mano, porque al 
pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída 
entre unas matas, pinchóle el uturuncu - huakachina, el 
cacto espinoso «que hace llorar al tigre». Pidió enton- 
ces a su hermana un poco de hidromiel, para bebería, y 
otro poco de agua para restañarse los arponazos. Trajo ella 
ambas cosas ; mas, en lugar de servírselas, derramó en su 
presencia en el suelo la botijilla de agua y el tupo de 
miel. El hombre, una vez más, ahogó su desventura. Pero, 
como al día siguiente le volcara también la ollita donde se 
cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado, 
resolvió vengarse. Encubriendo en su invitación sus de- 
seos de venganza, invitóla para que lo acompañase a un 
sitio no lejano, donde había descubierto miel abundante 
de moromoros. No vistió su zamarra profesional, ni sus 
guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las 
meleadas, porque juzgaba fácil la aventura. El árbol, un 
abuelo del bosque, era sin embargo de gigantesca talla. 



LEYENDAS IND GENAS Y COLONIALES 47 

Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió a su perversa 
hermana a que debían operar con cuidado, procurando 
beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, 
pues se referían historias de cazadores meleros desapa- 
recidos bruscamente a manos de un dios invisible que 
protege las colmenas... Sobre la horqueta más alta hizo 
pasar su lazo ; y lo preparó en un extremo, a guisa de 
columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por 
el poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la 
maniobra. Tirando al otro extremo, a manera de corrediza 
palanca, la levantó en el aire, hasta llegar a la copa; 
y, cuando ella se hubo instalado allí, sin descubrirse, él 
empezó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo 
a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el 
lazo, y huyó sigilosamente... Presa quedaba en lo alto la 
infeliz. 

Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló... Nadie 
le respondía... Como empezara a temer, levantó ligeramente 
la manta que la tapaba, dejando apenas una rendija para 
espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el 
armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante 
de alas y de trompas. Este rumor confuso revelaba la pro- 
fundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la 
hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje se desembozó 
de súbito, así la acribillaran las moromoros ; y al descubrir 
el espacio, el vacío del vértigo la dominó... ¡Sola, sola 
para siempre!... 

Abandonada en semejante altura, sobre un tronco liso 
y largo, sin otras ramas que esas a las cuales se aferraban 
sus manos, espiaba para ver si el hermano reaparecía por 
ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad 
del golpe la amilanaba. No obstante, si perecía allí, quién 
sabe si los caranchos voraces no vendrían a saciarse en 
ella como en las osamentas de los animales que morían 
ignorados en el monte. 

Mientras tanto, la noche iba descendiendo con progre- 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



siva sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había 
podido, por primera vez, contemplar, sobre el panorama 
de la Selva, la inmensidad de los horizontes y la sucesión 
de las copas verdes, que se unían formando obscuro 
océano encrespado de gigantescas olas. El sol, hundiéndose 
tras de los árboles, la impresionó más soberbio que nunca, 
iluminado el enorme lomo del bosque con su claridad 
apacible y decorado el cielo de Occidente por cosmo- 
gónicos esplendores. Luego vio aquella gran luz aguarse 
hasta disolverse toda en la noche, noche sin astros 
para mayor desventura . . . Nunca se le mostraron más 
pavoroso el cielo ni más callada la breña. Viniéronle 
ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender aquella 
inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio con 
un solo grito. Mas, ahora, se le añuscaba la garganta 
muda, y la lengua se le pegaba al paladar con sequedad 
de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su 
punzante frío, y sentía el alma toda mordida por implaca- 
bles remordimientos. Los pies, en el esfuerzo anómalo con 
que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en 
garras de buho ; la nariz y las uñas se encorvaban ; y los 
dos brazos, abiertos en agónica distensión, emplumecían 
desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante la estran- 
guló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un 
ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las 
sombras... 

Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta 
llamando a aquel hermano justiciero. Y el grito de contri- 
ción de esa mujer convertida en ave, resuena aún y reso- 
nará siempre sobre la noche de los bosques natales: 
/ Taray !. . . / taray !. . . / taray /... 

iegúti Ríe Mino Roía», 



LEYENDAS INDÍGENAS Y COLONIALES 



25. Kl alma del payador. 

(Fragmenlo del |)iiem;i Santos Vega) 



1. Cuand la tarde se inclina 
sollozando al Occidente, 
corre una sombra doliente 
sobre la pampa argentina. 
Y, cuando el sol i.umi a 
con luz brillante y serena 
del ancho campo la escena, 
la melancólica sombra 
huye besando su alfombra 
con el afán de la pena. 

2. Cuentan los criollos del suelo 
que, en tibia noche de luna, 
en solitaria laguna 
para la sombra su vueio ; 
que allí se ensancha, y un velo 
va sobre el agua formando, 
mientras se goza escuchando, 
por singular beneficio, 
el incesante bullicio 
qtie hacen las olas rodando. 

3. Dicen que, en noche nublada, 
si su guitarra algún mozo 
en el crucero del pozo 
deja de intento colgada, 
llega la sombra callada, 
y, al envolverla en su manto, 
suena el preludio de un canto 
entre las cuerdas dormidas, 
cuerdas que vibran heridas 
-como por gotas de llanto. 



4. Cuando en las siestas de estío 
las brillazoi es remedan 
vastos oleajes que ruedan 
sobre fantástico río, 

mudo, abismado y sombrío 
baja un jinete la falda 
tint 1 de bella esmeralda, 
llega a las márgenes solas... 
¡y hunde su potro en las olas 
con la guitarra en la espalda! 

5. Si entonces cruza a lo lejos 
galopando sobre el llano 
solitario, algún paisano, 
viendo al otro en los reflejos 
de aquel abismo de espejos, 
siente indecibles quebrantos, 

y, alzando en vez de sus cantos 
una oración de ternura, 
al persignarse murmura: 
«¡El alma del viejo Santos!» 

6. Yo que en la tierra he nacido 
donde ese genio ha cantado, 

y el pampero he respirado 
que el payador ha nutrido, 
beso este suelo querido 
que a mis caricias se entrega, 
mientras de orgullo me anega 
la convicción de que es mía 
¡la patria de Echeverría, 
la tierra de Scntos Vega! 



(Abreviado I 



Rafael Obligado- 



so LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



26. La leyenda de Santos Veéa. 

Entre las leyendas pampeanas, y puede decirse que 
entre todas las leyendas argentinas, ninguna tan expresiva 
y popular como la de Santos Vega. Santos Vega repre- 
senta la más pura y elevada personificación del gaucho; 
es el hijo, es el señor, es el dios de la Pampa. Su histo- 
ria, que puede reducirse al episodio fundamental de su 
justa poética con el diablo, entraña el destino de una raza 
y es la síntesis de su epopeya. Aunque acaso ha sido 
alguna vez persona de carne y hueso, Santos Vega se 
transforma en verdadero mito, y llega a constituir un sím- 
bolo nacional. 

En tiempos distantes y nebulosos, allá donde se pier- 
de el recuerdo de los orígenes de la nacionalidad argen- 
tina, fué Santos Vega el más potente payador. Su numen 
era inagotable en la improvisación de endechas, ya tiernas, 
ya humorísticas; su voz, de timbre cristalino y trágico, 
inundaba el alma de sorpresa y de arrobamiento; sus 
manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, 
burlas, imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida 
de escucharle, la muchedumbre acudía de los cuatro rum- 
bos del horizonte. En las <- payadas de contrapunto », esto 
es, en los certámenes populares de canto y verso, Santos 
Vega salía siempre triunfante. No había trovador que le 
igualase, ni recuerdo de que alguna vez le hubiese ha- 
bido. Dondequiera que se presentaba, rendíale homenaje 
la turba gauchesca, no obstante, ser tan amante de la 
libertad y tan rebelde a toda imposición. Para el alma 
sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito, 
Santos Vega era el rey de la Pampa. 

A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio 
que atraía siempre su arte, inspirado por el amor de su 
«prenda», una morocha de ojos negros y labios rojos, 
Santos Vega el payador cantaba una tarde sus mejores 



LEYENDAS indígenas Y COLONIALES 51 

canciones. En religioso silencio le escuchaban hombres y 
mujeres, conmovidos hasta dejar correr las ingenuas lá- 
grimas. De súbito presentóse a galope tendido un fo- 
rastero, se arrojó del caballo, interrumpió el canto y desafió 
al cantor. Tan extraño era su aspecto que se temió 
vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, 
Santos Vega aceptó el desafío, templó la guitarra y cantó 
sus cielos y vidalitas. Cuando terminó, creyendo imposi- 
ble ios circunstantes que un ser humano le pudiese ven- 
cer, aplaudiéronle frenéticos. Hízose otra vez silencio» 
tocábale el turno al forastero. . . Su canto divino fué una 
música nunca oída, cálida de pasiones infernales, rebo- 
sante de ritmos y armonías enloquecedores. . . ¡ Había ven- 
cido a Santos Vega ! Nadie podía negarlo, todos lo reco- 
nocían, condolidos y espantados, y el mismo payador 
antes que todos. . . ¡ Adiós fama, adiós gloria, adiós vida ! 
Santos Vega no pudo sobrevivir a su derrota. . . Acaso el 
vencedor, en quien se reconoció al propio diablo, al te- 
mido Juan sin Ropa, pretendiera llevarse el alma del 
vencido como trofeo de la victoria. . . Desde entonces, en 
efecto, desapareciendo del mundo de los mortales, Santos 
Vega es una sombra doliente, que, al atardecer y en las 
noches de luna, con la guitarra terciada en la espalda, 
cruza a lo lejos las pampas, en su caballo, veloz como 
el viento. 

Poetas populares y poetas cultos han cantado hermo- 
samente la leyenda de Santos Vega. La crítica le ha en- 
contrado hoy un sentido épico. El diablo representa la 
moderna civilización, que con las máquinas y fábricas de 
su portentosa técnica vence al gaucho y le desaloja de 
sus vastos dominios. Como los primitivos cantores' no 
podían prever este destino del gaucho, el símbolo viene 
a ser posterior, y, en realidad, no encuadra sino imper- 
fectamente y por coincidencia en los verdaderos términos 
de la leyenda. Su origen está más bien, a mi juicio, en 
la doctrina bíblica del Génesis. Como los metafísicos la 



52 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

adaptaron a la filosofía, con su concepto de la « edad de 
oro», los gauchos la tradujeron en su leyenda de Santos 
Vega. Santos Vega en la Pampa es Adán en el Paraíso 
Terrestre, antes de incurrir en el pecado original. Su 
«prenda» ocupa el mismo lugar secundario de Eva. El 
demonio tienta su orgullo de dueño y señor de la llanura. 
Él, estimulado por la presencia de la morocha, acepta el 
reto, y es vencido. El demonio lo desaloja de sus domi- 
nios. El ombú hace el papel del árbol de la ciencia y del 
bien y del mal. Lo cierto es que la ciencia vencedora, el 
arte del demonio, se identifica con el mal, contraponién- 
dola al bien, al arte espontáneo, a la inspiración del 
payador, que viene de Dios. Así, aunque vencido por 
sobrehumanas fuerzas, y quizá por su misma derrota tan 
conmovedoramente humana, Santos Vega queda triunfante 
en el alma del pueblo, y su sombra ha de verse pasar en 
lontananza mientras exista un palmo de tierra argentina. 

VI. LA ÉPOCA COLONIAL 

27. La ciudad colonial. 

En América, la ciudad española nace egoísta, porque 
nace de una necesidad militar. Propósitos únicamente de- 
fensivos son los que presiden a su formación y la man- 
tienen hermética durante los primeros tiempos de su vida. 
Su prosperidad radiante, asimismo cauta y lenta, es muy 
posterior, pues se mantiene por largo tiempo fortaleza más 
que municipio. Su enorme egoísmo es una consecuencia 
de su función, y su fuerza está precisamente en la ausen 
cia de expansividad, que dispersaría la escasa vitalidad 
creando mayores flancos a la agresión. Mientras pueda, 
las antenas quedarán encogidas, y a pocas « cuadras » de 
sus muros el país será totalmente extranjero. Este es el 
carácter propio de la ciudad hispanoamericana primitiva, y 
la organización resultante de cómo procedían los conquis- 



LA ÉPOCA COLONIAL 53 

tadores en tales casos, entregados a sí mismos y sin que 
el gobierno español tuviera noticia de su existencia. 

La conquista del país argentino se verificó por tres 
distintas corrientes colonizadoras: la que venía directa- 
mente de España por el Atlántico, la del Alto Perú y la 
de Chile. Esta circunstancia da origen a tres diversos 
grupos de poblaciones coloniales, que se miran con des- 
pego, por su índole, su territorio y su aisladora política 
de desconfianza. Tal era el aislamiento, que hubo ciudad 
jamás visitada, no ya por los virreyes, ni siquiera por los 
gobernadores mismos, ni por los obispos más inmediatos. 
Todo esto traía por consecuencia la- falta de fusión de los 
pueblos y la localista concentración de sus sentimientos 
patrióticos. Los primeros escritores de la colonia que ha- 
blan de «patria», lo hacen como sinónimo de «ciudad». 
La patria es solamente la ciudad. 

Pero todo centro de trabajo es más o menos expan- 
sivo, por instinto de propia conservación. Estas ciudades 
pobres y aisladas llegan, una vez consolidada la con- 
quista, en los tiempos pacíficos del coloniaje, a cierto des- 
arrollo industrial. Fuerzas internas las obligan a exteriori- 
zarse, a suplir necesidades por medio de compensaciones 
recíprocas. Viene, en una palabra, el comercio, que las 
obliga a desentumir sus miembros y a buscar contactos 
salvadores. 

Centros de población, los del interior, casi meneste- 
rosos entonces y necesitados de todo, desprovistos de esas 
grandes llanuras donde en el prado natural los fecundos re- 
baños se reproducen sin el trabajo humano, tenían que vivir 
de su propia labor, fomentar el comercio y cruzar la « trave- 
sía ». Transponiendo la montaña, el valle, el río, iban a gol- 
pear la puerta de la ciudad vecina, que, necesitada a su 
vez, les requería sus productos. Así se realizaba un inter- 
cambio comercial de artículos. El provinciano del interior 
hacía por fuerza de ambulante y viajero. Las necesi- 
dades elementales de la vida fomentaron su industria in- 



■ 54 LA TRADICIÓN Y LA HlSTOrxL\ 

genua; y ésta, ese ir y venir de todas las provincias, ne- 
cesitadas las unas de las otras, acabó por vincularlas y 
confundirlas, aprovechando y cimentando al fin los vínculos 
de su origen español, de su común gobierno colonial y de 
su vecindad geográfica. La vida económica del coloniaje 
destruyó, pues, el aislamiento de las ciudades, propio de la 
vida militar en tiempos de la conquista. Córdoba producía 
paños, lienzos de algodón, aguardiente, frutas y maderas, y, 
como ciudad de tránsito más directo para el Perú y asiento de 
una aduana seca, recibía el contacto de casi todas las demás 
ciudades. San Luis tenía sus ponchos y frazadas, que le com- 
praban Salta, Tucumán, Mendoza, las cuales daban a su vez 
sus tejidos y cueros curtidos, mientras otras poblaciones pro- 
ducían trigo, harina, maíz y un algodón de excelente calidad. 
Y ios respectivos cabildos mediterráneos, cuyas escasas ren- 
tas apenas bastaban para llenar una parte de sus necesi- 
dades comunales, hacían verdaderos sacrificios para entrar 
en comunicación mercantil con los de otras ciudades. 

Según José María Ramos Mejía.. 

28. La industria éanadera en la Pampa. 

Los caballos y vacas traídos por los españoles y 
abandonados en las desiertas pampas a mediados del si- 
glo XVI, habíanse multiplicado prodigiosamente. Transcu- 
rrido apenas un siglo, el ganado vacuno salvaje constituía 
ya inagotable fuente de riqueza, explotada de una manera 
primitiva y bárbara. Las naves españolas que, con permiso 
especial, venían de cuando en cuando a Buenos Aires, 
cargaban a su regreso gran cantidad de pieles, y mucho 
más cargaban de contrabando las inglesas, portuguesas y 
holandesas. Las pieles de mercadería eran sólo de toro, 
y no de cualquier toro. Como se decía corrientemente, 
debían ser « de ley », es decir, de cierta medida, siendo 
rechazadas por los mercaderes los que no la tuvieran. Así es 
que, como no todas eran de medida, para enviar cincuenta 



LA ÉPOCA COLONIAL 55 

íTiil pieles a Europa se sacrificaban ochenta mil toros. Algu- 
nos campesinos, por puro placer, perseguían y mataban 
millares de toros, vacas y terneros, y sacándoles sólo la 
lengua, abandonaban el resto en el campo. Mayor estrago 
aun hacían los que iban a buscar grasa, que entonces ser- 
vía en lugar de aceite, de tocino, de manteca, y también 
de materia combustible. Producida una espantosa mortan- 
dad entre los silvestres rebaños, sacaban ellos de los ani- 
males suficientemente gordos un poco de grasa, y, cuando 
habían cargado bien sus carros, regresaban sin cuidarse 
de lo demás. Por esa razón, todo lo que no se utilizaba 
se perdía. Como fuente de rentas, el Cabildo de Buenos 
Aires cobró más tarde un impuesto que se llamaba dere- 
cho de vaquería, para la explotación de aquella ganadería 
salvaje; pero, no siendo fácil de vigilar las grandes 
matanzas de ganado, continuaron sin que se cobrara re- 
gularmente el impuesto. 

El sistema de que se valían los naturales para hacer 
tantos estragos, era el siguiente. Dirigíanse en una tropa 
a caballo donde sabían que se encontraban muchas bes- 
tias, y, llegados a la campaña, rodeaban el ganado hasta 
detenerlo en un punto. Formábase allí el « rodeo », que 
cubría una gran extensión de la campaña, completamente. 
Comenzaban entonces los gauchos a correr a caballo en 
medio del ganado, armados de un instrumento cortante de 
hierro en forma de hoz o media luna, atado a la punta de 
un asta. Con él daban un golpe al toro en las piernas 
de atrás, tan diestramente que le cortaban el nervio so- 
bre la juntura ; la pierna se encogía al instante, hasta que, 
después de haber cojeado algunos pasos, caía la bestia, 
sin poder levantarse más. Entonces seguían los gauchos 
su carrera de muerte a través del rebaño, hiriendo a dies- 
tro y siniestro otros toros y vacas, que, apenas recibían 
el golpe, quedaban imposibilitados de huir. De este modo, 
sólo diez y ocho o veinte hombres postraban en una hora 
setecientas u ochocientas reses. Imaginaos qué destrozos 



56 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

harían prosiguiendo esta operación un día entero y a ve- 
ces más. Cuando estaban saciados de exterminio, se des- 
montaban del caballo, reposaban y se restauraban un poco. 
Entretanto, poníanse a la obra los hombres que habían 
estado antes descansando, enderezaban las reses caídas, 
arrojábanse sobre ellas a mansalva, las degollaban, les sa- 
caban la piel y el sebo, y a algunas también la lengua, y 
abandonaban el resto a los caranchos y chimangos del 
campo. 

Los perros salvajes, llamados «cimarrones», multiplicán- 
dose a su vez ilimitadamente, cubrían las campañas veci- 
nas a la ciudad de Buenos Aires. Vivían en cuevas sub- 
terráneas, que abrían ellos mismos, y cuya embocadura 
parecía un cementerio por la cantidad de huesos que la 
rodeaban. Ellos terminaban la acción de los hombres y de las 
aves de rapiña, devorando los restos de los animales muer- 
tos. En épocas de hambre, los perros cimarrones constituían 
un peligro para las haciendas y hasta para los hombres. Por 
esto el gobernador de Buenos Aires decidió una vez man- 
dar fuerzas para destruirlos. Un piquete de soldados arma- 
dos de mosquetes, hizo en ellos grandes estragos. Pero, 
al volver a la ciudad, los soldados fueron objeto de las 
burlas de los muchachos, que, según parece, eran enton- 
ces algo indisciplinados en estas tierras. Comenzaron a 
gritarles por las calles : « ¡ Mataperros ! » Y tanto se aver- 
gonzaron los soldados, que después no quisieron obede- 
cer al gobernador y continuar la campaña. 

Según el P Cayetano Catíaneo. 

29. Viajes por mar y por tierra. 
I. VIAJE INDIRECTO DE CÁDIZ A BUENOS AIRES 

(EN EL SIGLO XVI r I 

Habiendo sido defraudado en mis esperanzas por un 
genovés a quien serví en Huelva de factor, trasládeme a 
Cádiz, deseoso de hallar oportunidad para irme al Nuevo 



LA ÉPOCA COLONIAL 57 

Mundo. Llevaba una carta de recomendación destinada a 
un mercader andaluz, establecido en aquel puerto y con 
activos negocios en la Casa de Contratación. Recibióme 
afablemente, y me invitó a que acompañara a las Indias, 
en el próximo viaje, a un gestor suyo, para ayudarle a 
liquidar mercaderías que íbamos a llevar al Perú y quizá 
hasta el río de la Plata. Acepté muy agradecido, dispuesto 
a tentar luego fortuna por mi cuenta y riesgo, quedándome 
en aquellas tierras lejanas. Atraíame el río argentino, porque 
allí tenía un pariente, y también por la eufonía de su 
nombre y la tristeza de mi ánimo. 

El pueblo de Buenos Aires es reputado como el más 
tranquilo y solitario rincón de esas Indias occidentales, 
que muchos llaman América, donde hay países tan ricos 
y populosos como México y el Perú. Pero, por su propia 
pobreza y despoblación, no es fácil ir a Buenos Aires. 
Este puerto está casi cerrado al comercio regular de la 
Casa de Contratación, antes establecida en Sevilla y ahora 
en Cádiz, pues hasta él no pueden llegar los navios, sino 
de tarde en tarde, con permiso especial. En cambio, todos 
los aíios parte de Cádiz un flota y armada, que, bajo la 
dirección de un almirante y con fuerzas de tierra al mando 
de un general, va a Portobelo. Iríamos en ella, con la 
indispensable autorización. Desembarcaríamos en Portobelo, 
y cruzaríamos el istmo, hasta la ciudad de Panamá, capital 
de Tierra Firme y puerto del océano Pacífico, donde nos 
embarcaríamos por segunda vez, con rumbo al Callao... 
Tal era nuestro forzoso itinerario, dado que no había otras 
comunicaciones regulares con el Nuevo Mundo. Según se 
nos había informado, aquel año no partiría ningún buque 
para el río de la Plata. 

No intentaré escribir una noticia de nuestra doble 
navegación, primero por el océano Atlántico y luego por 
el Pacífico. Prefiero olvidar aquellos meses tristísimos, en 
que padecimos sed, hambre, fiebre, desarreglos intestinales 
y múltiples peripecias . . . Cuando atracamos al puerto del 



58 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Callao, mi compañero y yo dimos gracias a Dios por no 
haber perdido la existencia, y, pálidos y extenuados, des- 
embarcamos con nuestras mercaderías. Estábamos, por fin, 
en el virreinato del Perú, el antiguo país de los Incas, 
célebre por sus riquezas, punto menos que fabulosas. 

Desgraciadamente, poco pudimos ver, pues el tiempo 
apremiaba. Cruzamos por Lima y por Huancavélica, a lomo 
de muía, y nos dirigimos a marchas forzadas a la villa de 
Potosí. Llegamos oportunamente en la época de la feria, y 
vendimos una parte de lo que traíamos, a precios cuatro o 
cinco veces superiores a los que se pagaban en los mercados 
de España. Apenas hecho allí nuestro negocio, sin haber 
podido visitar las maravillas del Cuzco, partimos para el 
río de la Plata. 

Siempre en nuestras muías, atravesamos las extensas 
y altísimas sierras del Alto Perú, ramificaciones de la 
cordillera de los Andes. Íbamos por caminos al parecer 
impracticables, abruptos veredones y estrechas cornisas, 
en una larga fila, escoltados por peones y arrieros, arma- 
dos para la eventualidad de una sorpresa. Realizada una 
larguísima travesía, en la que las montañas sucedían a 
las planicies y las planicies a las montañas, entramos en 
un delicioso valle denominado de Lerma, hasta parar en 
Salta. 

Esta villa es notable por su prosperidad industrial. Se 
crían y venden allí copiosas arrias de muías para el 
tráfico; se fabrican telas, encajes, vino y bebidas alco- 
hólicas; prepáranse también frutas secas. No me faltaron 
deseos de quedarme en Salta; pero estaba comprometido 
a seguir con mi compañero hasta Córdoba, y venía 
resuelto a establecerme en Buenos Aires. Sintiéndome 
misántropo, atraíame el desierto de las pampas y su vida 
rústica y sencilla. 

Seguimos nuestra ruta con varias arrias destinadas 
a venderse en el mercado de Córdoba o a invernar en 
sus campos. Poca o ninguna prisa llevaban los arrieros. 



LA ÉPOCA COLONIAL 



Deteníamos donde había buenos pastizales, y dormíamos 
al raso. Repuesto del viaje por mar, sentíame con buena 
salud, y pude sufrir vientos, soles, fríos, lluvias, y unos 
granizos cuyas piedras eran como huevos de palorra. 

Algunas noches oímos rugir de hambre a los tigres 
y leones de América, que aquí se llaman pumas y jagua- 
res. Los peones nos tranquilizaban, diciendo que estos 
animales, por regla general, no atacan a los hombres, y 




menos cuando ven muchos juntos ; no son seguramente 
tan peligrosos como los indios... 

En la villa de Córdoba, famosa por su universidad y 
poblada de iglesias, vendieron los arrieros algunas recuas, 
y nosotros vendimos otra gran parte de nuestras merca- 
derías. Mi compañero determinó volverse de allí al Perú, 
para regresar a Cádiz. A cuenta de su comitente había 
alcanzado en el viaje buenas ganancias, de las cuales le 
tocaría una proporción considerable; hallábase a su vez 
en vía de hacerse rico. Despidióse de mi fraternalmente, 
y me dio las pocas mercaderías que restaban, para que 
las llevara a Buenos Aires y realizase en mi provecho. 
Tal era la paga de mis trabajos, y, por cierto, menos 
mezquina de lo que yo había temido. 

De Córdoba a Buenos Aires, el viaje se hace en carre- 



60 LA TRADICIÓN Y LA HISTORLA 

tas. Formábamos un convoy de unas quince, tirada cada 
una por tres yuntas de bueyes. Guiábanlas peones mes- 
tizos con largas picanas. Copiosa tropa de reses nos se- 
guía, para repuesto y para nuestra alimentación. En las 
carretas había colchones o camas. Como la estación era 
aun fresca, andábamos de día y descansábamos de noche. 
En los altos y paradas se encendía una gran fogata para 
preparar la comida. Los peones se alimentaban sólo de 
carne, y bebían una infusión de « yerba », que llaman « ma- 
te », muy digestiva y bastante agradable. Para comer nos 
sentábamos sobre nuestro ponchos y mantas, a la usanza 
árabe; sólo uno de los viajeros llevaba, como extraordi- 
nario lujo, una silla de tijera y una mesita. 

El peor tropiezo fué la falta de agua. Poco había 
llovido aquel año. Tan cansados estaban los bueyes, que 
temimos un día no poder continuar, y nos detuvimos alar- 
madísimos... De pronto los pobres animlaes levantan las 
orejas, tienden el hocico hacia el Este y empiezan a 
correr y a saltar como si se volvieran locos. ¡ Habían 
olfateado agua! Efectivamente, un instante después se nu- 
bló el día y rompió en abundantísima lluvia. Echados de 
espaldas en el suelo, los peones, que también padecían 
sed, abrían desmesuradamente la boca para trasegar a sus 
estómagos una respetable cantidad de liquido. Pero estas 
lluvias tienen sus inconvenientes. El campo se convirtió 
en un fangal. Las ruedas de las carretas se hundían en el 
barro, y el trabajo de los bueyes se hizo muy penoso. 
Tan despacio andábamos después, que, a pie, solía yo 
adelantarme hasta una milla a la caravana, y esperarla sen- 
tado en el borde del camino. 

En cuanto salimos de Córdoba, desaparecieron las 
últimas serranías. El terreno aparecía llano, sin árboles, 
eternamente cubierto de pastos. Semejaba un nuevo mar 
de verdura ; nuestro viaje era como una « navegación en 
tierra». Y los días seguían a los días, y las semanas a 
las semanas... 



LA ÉPOCA COLONIAL' 61 

Junto al fogón, los criollos solían cantar hermosas 
coplas, acompañándose con la guitarra. A veces hablába- 
mos de los « malones » que suelen dar los indios a los 
viajeros; constituían un peligro. Con frecuencia echábamos 
una ojeada a las orejas de los animales para ver si las 
alertaba algún ruido lejano... Pero todo lo aguantaba yo 
ahora de buen humor. Veía próximo el fin del viaje y el 
momento de abrazar a mi pariente, y me sonreía la espe- 
ranza de establecerme en el río de la Plata. 

La llegada de nuestras arrias y recuas había sido un 
acontecimiento en las poblaciones del interior. Así lo fué 
también, en Buenos Aires, la de nuestra caravana de ca- 
rretas, después de un mes de viaje, desde que partimos 
de Córdoba. Puede decirse que todo el pueblo, aprove- 
chando una hermosa tarde, salió a recibirnos. La pobla- 
ción, como las demás villas indianas, tiene sus calles tra- 
zadas en tablero de ajedrez. En los alrededores del Cabil- 
do, donde están la iglesia matriz y el fuerte, que rodean 
la plaza principal, hay amplias casas de grandes patios y 
bajos techos de teja. Más afuera sólo se ven ranchos de 
techo de paja y paredes de barro seco, a veces cubiertas de 
cueros. Casi no hay árboles. El aspecto es triste y pobre. 

No hallé a mi pariente. Después de muchas averigua- 
ciones, supe que había muerto hacia la friolera de cinco 
años, sin dejar bienes ni herederos. Yo estaba solo. Cobré 
ánimo, y me dispuse a luchar y a encontrarlo todo de mi 
gusto. En efecto, de mi gusto encontré pronto una bella y 
hacendosa criolla, con quien casé. Vendí bien mis cosas, y 
establecí una pulpería, con permiso del Cabildo. He funda- 
do una familia, y, rodeado de hijos y nietos, vivo feliz en 
esta tierra generosa. No me cambiaría ni por el emperador 
de la Gran China. 



62 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

II. VIAJE DIRECTO DE CÁDIZ A BUENOS AIRES 

(en el siglo xviii) 

En un galeón, al que se había concedido especial per- 
miso para hacer aquel viaje al río de la Plata, zarpamos 
del puerto de Cádiz. No bien abandonamos a Tenerife, 
aparecieron a bordo dos o tres caras nuevas ; eran « poli- 
zones », gente pobre que había venido escondida en la 
bodega o dentro de alguna caja o saco. Aunque se los 
esperaba, pues no faltan en ningún viaje a las Indias, al 
ver aquellas bocas más, enfurecióse el capitán, y amenazó 
a los intrusos con echarlos al mar. Sabiendo que no cum- 
pliría la amenaza, soportaron sus voces con humildad 
evangélica. ¡ Todo con tal de llegar a la nueva Tierra de 
Promisión! 

íbamos en una estrecha cámara de popa, que venía 
a ser un horno, treinta y cinco pasajeros. La mayor 
parte eran sacerdotes de la compañía jesuítica. Si salíamos 
al puente a tomar aire^ empapábamos en sudor los pa- 
ñuelos. Conforme avanzábamos hacia el Sur, hacíase el 
calor cada vez más insoportable. Mayor trabajo era aún 
la sed. Distribuíase escasísimamente el agua. Algunos pasa- 
jeros vendían a los tripulantes una camisa por tantos 
vasos de su ración, a pagar en diversos días. No faltaba 
quien llegase a ofrecer, por un solo vaso, un par de me- 
dias finas y otras cosas semejantes. A falta de agua 
abundaban distintas especies de pequeñísimos insectos pa- 
rásitos del cuerpo humano, que viven de su sangre. Ni 
dormir podíamos, además, por las chinches; vivíamos ras- 
cándonos las muchas picaduras y ronchas. En el bizcocha 
pululaban los gusanos; cuando partíamos un pedazo, caían 
algunos a revolcarse sobre la mesa, produciéndonos asco 
tan profundo que sólo podía vencerse por la dura nece- 
sidad del hambre. Sin embargo, los españoles no perdía- 
mos nuestro valiente buen humor, y sazonábamos los sin- 
sabores con chirigotas, chascarrillos y risotadas. 



LA ÉPOCA COLONIAL 63 

Encontrábanse a bordo algunos tipos curiosos. Jamás 
olvidaré a un andaluz, a quien formábamos rueda por las 
tardes y noches, sentados en el suelo; espetábamos las 
más estupendas consejas y nos recitaba lindísimos ro- 
mances. Todos le queríamos y agasajábamos ; pero el 
hombre tenía el genio demasiado pronto. Un día en que 
estaba jugando a los naipes, desenvainó la espada, no sé 
por qué futesa, y nos corrió a todos, dando mandobles 
a diestro y siniestro. Produjéronse también varias otras 
reyertas, hijas antes del aburrimiento que del encono, y, 
claro es, no faltó algún navajazo. Pero, como a bordo no 
iban más que dos o tres mujeres, y éstas eran harto 
recatadas, no hubo ninguna camorra seria, y la sangre no 
corrió nunca hasta el mar. 

Al transponer la línea del Ecuador, tuvimos una fiesta 
o farsa que se llama el «rescate», porque cada pasajero 
debe pagar algo por pasarla si no quiere sufrir una pena. 
La víspera de la función vino una compañía de marineros 
vestidos de soldados, con dos oficiales y un pregonero, 
por medio del cual se publicó un largo bando. Intimába- 
senos a todos los pasajeros a acudir al día siguiente a la 
plaza de popa. Debíamos manifestar allí a S. E. el Presi- 
dente de la línea, con qué derecho y por qué causa nos 
atrevíamos a llegar hasta aquellos mares. Si no justificá- 
bamos lo bastante, sufriríamos grave castigo, personal o 
pecuniario. Pregonado el bando, fijáronlo en el palo 
mayor, y se retiraron soldados y oficiales. 

Ante una mesa con carpeta, pluma y tintero, sentóse 
al día siguiente, en la popa, S. E. el Presidente de la línea, 
acompañado de sus dos ministros, los tres lujosamente 
vestidos a la francesa. Eran pasajeros de inagotable ingenio 
y ya avezados a tal farsa. A tambor batiente entró a 
formarles espaldera la compañía de marineros, vestidos de 
dragones, con sables y picas, al mando de sus oficiales 
en traje de gala. Llamó el Presidente al capitán del buque; 
interrogóle sobre quién le ¿facultaba para llegar hasta 



•64 LA TRADICIÓN Y LA IIISTOPJA 

la línea, y le condenó a pagar varios jamones y muchos 
frascos de vino. Castigóse igualmente a los viajeros, 
imponiéndose a cada hombre una multa en moneda u 
objetos, proporcionada a sus haberes. Mientras los ricos 
pagaban al modo del capitán, contentábase el Presidente 
con sacar a los pobres unas libras de chocolate o un 
puñado de frutas secas. Hubo un vizcaíno inocentón 
que entregó espontáneamente cuanto llevaba. Habíasele 
dicho que, al pasar la línea, el buque daría un corcovo 
y probablemente zozobraría. Creyendo el cuitado que 
estaba cercana la hora de la muerte, había hecho voto de 
pobreza. 

Un notario verdadero tomaba minuciosa nota de las 
sentencias del Presidente con el propósito de hacerlas 
cumplir. La escena resultaba divertidísima para nuestros 
ánimos aburridos y atribulados. Con grandes risas y aplau- 
sos cruzábanse agudas razones y groseros dicharachos 
entre jueces, acusados, testigo y público. Para algunos 
pedía éste condenas feroces, como la de que se los 
desollara vivos, y para otros insaciables multas. El objeto 
de las tales multas, impuestas en broma y cobradas de 
veras, era reunir elementos para el refresco o banquete 
que remataba la fiesta. 

Cuando me tocó el turno, avancé lleno de temor a 
la mesa presidencial. Habiendo entregado ya casi todo 
mi equipaje por vasos de agua, no podía pagar nada. Por 
esto se me condenó a ser zambullido. Protesté, y a 
causa de mis protestas se aumentó la pena a serlo tres 
veces. Dos marineros me amarraron de la cintura con un 
cable, me izaron como si fuera un rollo de manteca, y 
me arrojaron al agua. Zambulléronme y me levantaron 
una vez y dos; a la tercera, yo no podía más... Pedí 
socorro, gritando que me atacaba un tiburón, y fué para 
mi mal, pues al abrir la boca fui zambullido por última 
vez, y me entró en el estómago copioso trago de agua 
salada. Cuando me sacaron creí desfallecer, temí morir; 



LA ÉPOCA COLONIAL 65 

no hubiera sido peor el castigo en serio. Necesité un 
generoso vaso de vino para confortarme; y pude ya reirme 
a mi vez, sin temores, de otros a quienes se aplicó la 
misma sanción. 

Tocaba a su fin la fiesta cuando reapareció el capitán 
de la nao, fingiéndose muy sorprendido por aquel alboroto. 
Preguntó su origen, y le respondieron que todo se hacía por 
orden del Presidente de la línea. «¡El Presidente de la línea! 
repuso, como soliviantado. ¡Aquí nadie manda sino yo!» 
Y, para demostrarlo, ordenó a varios marineros que zam- 
bullesen al mismo Presidente y a su primer ministro. Pese 
a sus resistencias, despojáronlos en un santiamén los ma- 
rineros de sus lujosas ropas, los dejaron en camisa, los 
ataron juntos por debajo de los sobacos y los zambulle- 
ron dos veces consecutivas. Sintiéndose muchos de los 
viajeros, a pesar de su buen humor, algo picados con el 
Presidente, por sus multas, castigos y pullas, la pena que 
le impuso el capitán como final, por lo graciosa e ines- 
perada, llevó al colmo nuestro regocijo. Luego pasamos 
a refrescarnos abundantemente, como para resarcirnos del 
obligado ayuno. La fiesta nos dio asunto de conversación 
para varias semanas que aun teníamos de viaje. 

Aprovechábamos las rachas de viento para avanzar 
algunas millas. Luego nos detenían aplastadoras calmas, 
durante las cuales solíamos pescar toninas, tiburones y 
algunas otras piezas, que, por no ser comestibles, servían 
antes para entretenernos que para alimentarnos. A veces, 
las borrascas nos obligaban a retroceder, y, en más de 
una ocasión, por no haberse arriado las velas altas, estu- 
vimos a punto de irnos a pique. Las viejas costillas del 
navio crujían entonces como amenazándonos. Lo peor 
era que la navegación parecía no tener fin, y nos hacía 
desesperar de nuestra arribada a las Indias. Aunque cura- 
dos muy pronto del mareo del cuerpo, acabamos por sentir 
el alma incurablemente mareada por el eterno espectáculo 
deí cielo y el agua, y del agua y el cielo... 



66 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Después de varias semanas de navegación llegamos 
a la margen derecha del río de la Plata, y, aprovechando 
la ^Ita marea, pudimos fondear en la desembocadura del 
Riachuelo de los Navios. Estábamos, pues, frente a Bue- 
nos Aires. Una muchedumbre rústica y cetrina acudió en 
canoas, a pie ya caballo, y nos saludó con gritos de 
júbilo. Parecía que aquellos hombres no hubieran visto 
nunca un gran navio, tales eran sus exclamaciones y su 
deseo de que se les permitiera subir a bordo. 

30. Las Misiones jesuíticas. 

Dulce y monótona era la suerte de los indios en las 
Misiones jesuíticas. Como resultaban incapaces de gober- 
narse a sí mismos en la vida civilizada, consjderábaselos 
una especie de <: niños grandes ». Desde el nacimiento 
hasta la muerte vivían bajo la tutela de los « curas ». 
A la edad de cinco años dejaban de pertenecer a sus 
padres, pasaban al dominio de la comunidad, y comenza- 
ba su educación, religiosa e industrial. Aprendían el cate- 
cismo y un -oíicio ; a muy pocos se les enseñaba a leer 
y a escribir, y sólo en guaraní, para que llevaran la conta- 
bilidad. El guaraní era el idioma corriente; en él estaban 
escritos los pocos libros que se imprimían, siempre de ca- 
rácter religioso. Los rezos, las comidas, las faenas, el des- 
canso, todo se llev ba a cabo según un horario regular y al 
toque de campana. Al trabajo se iba y del trabajo se volvía 
en procesión, siguiendo alguna santa imagen llevada en an- 
das, al son de la música; no duraba más que la mitad del 
día. Su producto pertenecía en común a la colectividad ; na- 
die recogía particularmente sus ganancias, ni poseía bienes 
propios; todo era de todos. Depositábase el fruto de las 
cosechas e industrias en grandes tiendas y graneros; los 
padres jesuítas daban luego a cada familia su parte, y se 
reservaban el resto. La alimentación era abundante y sana, 
generalmente vegetal, a base de mandioca y otros pro- 
ductos de la tierra. No circulaba la moneda, ni siquiera 



LA ÉPOCA COLONIAL 67 

se la conocía. El gobierno de los curas se mantenía en 
casi completa independencia de los poderes locales; ejer- 
cía la autoridad espiritual, y, en cierta manera, también la 
temporal. Con licencia del Papa, aquellos clérigos podían 
confirmar, sin recurrir al obispo. No sólo bautizaban, 
confirmaban y casaban, sino que aun concertaban los 
matrimonios, disponiendo del albedrío de los novios. Su 
poder, benéficamente usado, no tenía límites ; sin estatutos 
escritos, se regía por la costumbre. Fundábase ante todo 
en la inmensa superioridad mental y moral de los jesuítas, 
representantes de la alta cultura europea, sobre los indios 
reducidos, hijos de la ruda e ignorante raza guaraní. 

Encantador aspecto de laboriosísimas colmenas huma- 
nas presentaban las Misiones jesuíticas, extendidas en el 
Norte, a lo largo de las costas de los ríos Paraná y Uru- 
guay. Cada una contaba alrededor de 3.500 habitantes; 
Santa Ana llegó a tener unos 5.000; Yapeyú, la capital, 
unos 7.000. Eran como una treintena, y se calcula que 
sumaron, a mediados del siglo xviii, una población de 
unos 150.000 habitantes. Todas presentaban un tipo uni- 
forme. En el exterior hallábanse resguardadas por fosos, 
empalizadas y tapias. Nadie podía entrar sino con personal 
permiso, y por las puertas de la población, que estaban habi- 
tualmente cerradas con llave. Prevenidos contra ataques y 
emboscadas de los indios salvajes y de los mamelucos del 
Brasil, los padres tenían organizada la defensa. Poseían ar- 
mas, hasta cañones, y los indios contaban con oficiales pre- 
parados, que los domingos daban en la plaza la instrucción 
militar, especialmente a los jóvenes. En el centro de cada 
Misión había una plaza de unas 150 varas cuadradas. 
Sobre uno de sus lados se alzaba la monumental fábrica 
de la iglesia, y, junto a ella, el convento de los jesuítas 
A los otros tres lados se hallaban generalmente depósitos 
y granero?, y a veces también la huerta. Las calles eran 
angostas, sombreadas por naranjos. Las casitas de ios 
indios, una junto a otra, tenían una sola habitación, con 



68 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

una puerta y una ventana. Los techos eran de sólidas 
tejas, inclinados en media agua; las paredes, de piedra y 
arena. Al frente, las casitas tendían su alero, bajo el cual 
se cocinaba. Su moblaje, si tal puede llamarse, estaba 
constituido por los enseres indispensables para dormir. 
Las mujeres hilaban y tejían el algodón en la casa; ge- 
neralmente no sabían coser. A los músicos y a los sacris- 
tanes incumbía el manejo de la aguja ; estos indios, en- 
cargados del servicio doméstico y claustral, eran los que 
llevaban quizá vida más fácil. Los trajes, hechos con la 
burda tela de algodón tejida en las casas, eran harto su- 
marios: para las mujeres, un tipoy atado a la cintura, y, 
para los hombres, pantalones, un saco y un gorro en el 
invierno o sombrero de paja en el verano. Hombres y 
mujeres andaban descalzos. Habían perdido su aspecto 
salvaje, pero presentaban todavía un conjunto agreste y 
pobre. Todo el boato se concentraba en la iglesia y en 
las ceremonias religiosas. Deslumhraban los altares, de 
luces, de flores, de imágenes, de ricas telas. El misticismo 
entraba por los ojos, en las resplandecientes ondas de las 
luminarias; por los oídos, en los sollozantes acordes de! ór- 
gano, y hasta por el olfato, en las olorosas nubes de incienso. 
Así, a través de los sentidos, llegaban a las rústicas almas 
de los indios las bellas y grandes ideas cristianas. Los sa- 
cerdotes, oficiando con sus dalmáticas recamadas de oro, 
antojaríanseles héroes de un mundo sobrenatural y lejano. 

3l. La colación de erados en la Universidad de Córdoba 

La floreciente vida de la Universidad de Córdoba se 
exteriorizaba en la pomposa fiesta llamada de la «colación 
de grados». No se omitía medio de solemnizar la consa- 
gración de los graduandos de las dos Facultades, la de Artes 
y la de Teología, a las que se agregó más tarde la de 
Derecho. Fruto de la Universidad, el ritual para otorgar 
los grados y títulos era esencialmente eclesiástico y sim- 



LA ÉPOCA COLONIAL 



m 



bólico. La institución estimulaba entonces la fantasía del 
pueblo con un espectáculo grandioso y pintoresco, que 
revelaba su importancia social y altísima significación. Y 
«ra sobre todo al otorgarse el grado de doctor en teolo- 
gía cuando la ceremonia tenía mayor realce y resonancia. 

El día antes de la graduación, como para concitar la 
curiosidad y preparar el ánimo del pueblo, comenzábase 
con el clásico «paseo» a caballo. Los doctores y maestrost 
revestidos con sus insignias, en su traje talar, concurrían 
corporativamente a buscar al graduando a su casa, en cuya 
puerta, bajo dosel, se ostentaba, junto a sus armas, el 
escudo de la Universidad. Llevábasele a través de la 
ciudad, en procesión ecuestre. Precedían los músicos, 
con sus chirimías y atabales, y los bedeles, con sus mallas 
de metal bruñido. Venían luego los portaestandartes, los 
maestros, los doctores, con sus capirotes y bonetes con 
borlas, y el Cabildo secular de la ciudad. Cerraba la 
marcha el graduando, con capirote blanco, pero sin 
bonete, entre el doctor más antiguo y el padrino. Todos 
lucían hermosas cabalgaduras. Cuando la procesión pasaba 
ante la puerta de la casa de la Compañía de Jesús, la 
comunidad debía salir a saludarla, y repicaban las cam- 
panas Después del «paseo» por las principales calles 
de la ciudad, se dejaba al graduando en su domicilio, 
hasta el siguiente día. Aquello no era más que el aperitivo 
de la fiesta. 

La fiesta se celebraba en el local de la Compañía, 
ordinariamente en la Iglesia, a la que era llevado otra 
vez el graduando, con el mismo acompañamiento y caba- 
llería de la tarde anterior. En un «teatro* o tablado 
tomaban asiento las autoridades y doctores de la Uni- 
versidad. Alzábase delante del tablado una mesa con tapete, 
y sobre ella, en fuentes o salvillas de plata, colocábanse 
las insignias doctorales (bonete con borlas, anillo y un 
ejemplar del Manual de las sentencias, de Pedro Lom- 
bardo), el libro de los Evangelios, los pares de guantes 



70 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

reglamentarios, y las «propinas», sumas que pagaba el 
graduando a los miembros de la docta corporación por 
su asistencia al acto. Bajo el dosel presidencial resplan- 
decían las armas de la Universidad, y el local estaba 
decorado con ricas y vistosas colgaduras. Posesionados 
todos, maestros y escolares, de sus respectivos sitios, el 
doctorando pronunciaba desde la cátedra una elegante y 
breve oración latina, sobre un tema teológico, y le con- 
testaba el graduante. Luego se le tomaba juramento, que 
debía prestar de rodillas ante los Evangelios, y se le ponía 
en la cabeza el bonete con borla. Por último, acercábase 
el padrino al graduando, que se arrodillaba a sus pies, le 
daba un ósculo en la mejilla, le ponía el anillo en el dedo 
y le entregaba el Manual de las sentencias, acompañando 
cada uno de estos actos con la respectiva y larga fórmula 
latina. 

El complemento de la ceremonia, se diría la apoteosis, 
era la escena de las congratulaciones. Sofocaban al gra- 
duado, con sus parabienes y abrazos, los deudos, los 
compañeros, los amigos. No quedaba ya, cuando la nu- 
merosa y selecta concurrencia se ponía en retirada, más 
que el reparto de los pares de guantes y de las propinas. 
Cada miembro del claustro tomaba rápidamente de la 
bandeja los guantes y la moneda que a su grado corres- 
pondían, echábaselos a la faltriquera y se marchaba. La 
fiesta había terminado. En la pacífica ciudad de Córdoba 
dejaba una impresión de aristocrática y litúrgica pompa. 
¡El mundo y la ciencia contaban, desde aquel momento, 
con nuevos doctores! 

32. La administración de Vértiz. 

El último de los gobernadores y segundo de los 
virreyes de Buenos Aires, don Juan José de Vértiz y 
Salcedo, fué, por una feliz excepción poco común en el 
régimen español, hijo de América y natural de iVléxico. 
Funcionario y gobernante el más ilustrado y progresista 



LA ÉPOCA COLONIAL 71 

út cuantos vinieron al río de la Plata, representa la gloria 
más pura del gobierno colonial. 

Cuando tomó el gobierno, el virreinato y su capital 
se hallaban en bastante abandono. Todo lo que constituye 
una buena administración, para decencia y comodidad 
de la vida común, estaba descuidado. Las calles de Buenos 
Aires eran impracticables la mayor parte del año, porque 
las torrentosas lluvias se habían llevado la tierra blanda 
y movediza de la vía, dejando caprichosos y hondos zan- 
jones al correr, o pantanos al empozarse. Por el Oeste 
entraba un torrente que se dividía en dos brazos, uno al 
Norte y otro al Sur, los que, antes de caer al río por en- 
tre barrancos, formaban dos arroyos profundos, que inco- 
municaban completamente al vecindario de ambos barrios 
con el centro y con la campaña. Sucedía muchas veces 
que las familias tenían que pasar semanas enteras inter- 
ceptadas hasta de una acera a la otra, en la misma cuadra, 
si no ponían puentes de tablazón. 

En lo demás, todo andaba más o menos lo mismo. 
Los habitantes no gozaban de mejora ninguna. Carecían de 
hospitales, de alumbrado público, de policía; y tal era la 
incuria, que el lugar donde ahora se halla el Banco de la 
Nación, en el corazón de la ciudad de Buenos Aires, era, 
hasta fin del siglo xviii y aun a principios del xix, un sitio 
baldío, que, a causa de su lobreguez y de los terribles 
misterios que se le atribuían, se señalaba con el tétrico 
nombre de «Hueco de las Ánimas». 

Lo peor es que esto no nacía de que faltaran rique- 
zas. Las riquezas se hallaban en manos, no de antiguas 
familias de ilustración tradicional, sino de improvisados o 
enriquecidos. En 1778, estos enriquecidos vivían en Bue- 
nos Aires sin aceras, sin caminos, sin calles practicables, 
sin ninguna de aquellas comodidades o solaces reclamados 
por la cultura social. No se les había ocurrido siquiera 
cotizarse para colgar un candil por la noche al frente de 
sus casas. Y no era porque no necesitaran de todo eso, 



72 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

sino porque, antes de poner su contingente en común para 
beneficiar a los que no eran enriquecidos, preferían cerrar 
los ojos ante lo que sufrían todos y aun ellos mismos. 
No tomaban en cuenta la íntima relación que tendría su 
fortuna con los adelantos y las luces del país. Era menes- 
ter que un gobernante bien inspirado emprendiera la obra 
de las reformas y mejoras con los recursos del erario. 
Este gobernante fué el virrey Vértiz. 

Apenas resuelta la antigua cuestión con los portugueses, 
que aspiraban a dominar en la Banda Oriental, dedicó el 
virrey su atención al progreso de la colonia. Para mejorar 
las vías urbanas en la capital emprendió un trabajo de 
nivelación, que, si bien embrionario e incompleto por falta 
de la cooperación de los vecinos, remedió mucho el pésimo 
estado en que se hallaban. Fundó un hospital, la Casa de 
Expósitos, el Asilo de Huérfanos, el alumbrado público, 
el Tribunal del Protomedicato. Hizo levantar un suntuoso 
edificio para las oficinas fiscales y otros servicios adminis- 
trativos de la ciudad. Y, no descuidando las necesidades 
del desahogo de los vecinos, echó la planta de una ala- 
meda o paseo público donde hoy se halla el paseo de Julio. 

Habiéndose autorizado el comercio general del puerto 
de Buenos Aires, antes prohibido, con los principales puer- 
tos de España, por real cédula de 1778, cúpole en suerte 
la satisfacción de ponerla en vigencia. Desde entonces que- 
daron exentas de pagar derechos de entrada las mercaderías 
traídas al puerto en buques españoles debidamente despa- 
chados, y gravados sólo con un pequeño derecho de 3 a 15 
por ciento los retornos americanos. 

Si malo y descuidado era el estado en que Vértiz 
encontró la capital, peor y mucho más digno de lástima 
era el de los habitantes de la campiña. Los salvajes del 
Sur y del Oeste constituían un flagelo que hacía cientos 
de víctimas, robando las estancias, matando a los hom- 
bres y cautivando a los niños y a las mujeres. Por des- 
gracia, la vasta extensión de la pampa, abierta a todos 



LA ÉPOCA COLONIAL 73 

los vientos y sin puntos estratégicos de defensa y de 
vigilancia, hacía imposible poner eficaz remedio a ese 
terrible azote, que sufrían, a la par de Buenos Aires, 
Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza. Vértiz hizo 
adelantar algunos puestos y guardias avanzados; pero 
todo fué ineficaz, porque el radio era tan extenso que los 
salvajes tenían franca entrada para realizar sus sorpresas 
y depredaciones, al paso que el gobierno carecía de re- 
cursos y de tropas sólidas como las que exigía tan vasto 
desierto. Conocióse desde entonces que no habría otro 
plan serio de defensa que el de llevar la frontera hasta 
el río Negro y fortificar sus pasos. Vértiz aceptó la indi- 
cación de los ingenieros y ordenó que se hiciera un 
reconocimiento del curso de ese río y sus campos, re- 
conocimiento que realizó el piloto Villarino, venciendo 
con éxito y energía los peligros e inconvenientes que ofre- 
cía tan difícil trabajo. Pero, por la misma falta de medios, 
no se pudo utilizar el resultado. El Chaco fué también 
objeto de seria atención por Vértiz. Con aquel instinto que 
le hacía presentir los grandes intereses de la tierra que 
gobernaba, favoreció las primeras exploraciones del río 
Bermejo y del Pilcomayo. Para cumplir órdenes de la corte 
hizo asimismo explorar las islas Malvinas, recorrer las costas 
patagónicas y fundar algunos establecimientos, de los cua- 
les sólo nos queda el del Carmen de Patagonia, en las 
bocas del río Negro. 

Con su espíritu de método y de labor administrativa, 
Vértiz puso en orden todos los ramos y las oficinas de 
hacienda : los estancos, la Aduana, el resguardo. Él mismo 
visitaba de improviso las oficinas públicas ; inspeccionaba el 
trabajo y el procedimiento de los empleados, acompañado 
por hombres de confianza, y volvía a su despacho para 
corregir, reglamentar o ampliar el servicio, según las obser- 
vaciones que había hecho. 

En los planes de su gobierno todo entraba: las fron- 
teras, la caridad, el bienestar, el teatro. Buenos Aires ca- 



l'i LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

recia de « esta escuela práctica de buenas letras y de las 
excitaciones del talento ». Vértiz entendía que sus atracti- 
vos podían servir para arrancar a la juventud y a las fami- 
lias del juego y de los vicios, que son propios de la noche 
y de las horas de descanso; pensaba que la heroicidad 
de las pasiones y de los caracteres y la altisonante cul- 
tura del lenguaje teatral eran de una enseñanza fecunda 
para levantar las ideas. En medio de todas sus tareas 
administrativas puso tal empeño en que se edificara una 
Casa de Comedias que al fin logró verla en ejercicio, y 
remitir desde su gabinete las piezas más aparentes, se- 
gún su juicio, para producir los resultados que apetecía. 

No lo consiguió sin que le hiciera grande oposición 
el clero. Mas Vértiz, que era un regalista de la vieja es- 
cuela, sabía, como Carlos III, el rey de España, dónde 
terminaba el derecho del sacerdocio y dónde comenzaba 
el suyo como magistrado político y civil. Un franciscano 
se atrevió a censurar desde el pulpito la Casa de Come- 
dias, declarando en nombre del Espíritu Santo que los 
que asistieran a « esas diversiones públicas fomentadas 
por el virrey» incurrían en condenación eterna. En cuanto 
lo supo Vértiz, ordenó al guardián que desterrara de su 
convento, a otro distante en el interior, al fraile atrevido 
que había osado censurarle en cosas que no atañían a la 
iglesia y que le hiciera desautorizar, en el mismo pulpito, 
por otro predicador. 

Quien tanto interés se tomaba por el teatro, teniéndolo 
por escuela de cultura y de estímulo literario, era natural 
que se lo tomase mucho mayor por señalar su gobierno 
con establecimientos de verdadera y alta instrucción. Y, 
en efecto, puede asegurarse que nada interesó tanto como 
esto en el ánimo de Vértiz. En medio de todos sus demás 
quehaceres, en la capital o lejos de ella, cuando rectificaba 
las fronteras o preparaba los arduos trabajos de la demar- 
cación de límites con el Brasil, había siempre un momento 
del día en que volvía a su idea principal, la instrucción 



LA ÉPOCA COLONIAL 75 

pública, bajo un sistema liberal y novísimo: la creación de 
un gran colegio literario que pudiera servir de nutrición a 
la Universidad de Buenos Aires, que también se proponía 
fundar. 

Segiin Juan María Gutiérrez v Vicente I". López 



33. La sub evación de Tupac-Amaru. 

Hacia los últimos tiempos del coloniaje, treinta y seis 
años antes de la guerra de la Independencia, estalló en el 
Alto Perú una memorable sublevación de los indios. Tupac- 
Amarú, José Gabriel, descendiente de los antiguos incas, 
con la sola ayuda de las gentes de su raza americana, 
intentó nada menos que romper el yugo de la dominación 
española. Fué un sacudimiento de la desesperación de 
pueblos antes soberanos y conquistadores, por no poder 
ya soportar la esclavitud. Estalló tumultuosa y desorgani- 
zadamente. Su 'jefe natural, a pesar de haber sido educado 
en las Universidades de Lima y del Cuzco, no supo o no 
pudo fijarle rumbo y darle una bandera. Tal vez aspiraba 
a ceñir de nuevo en sus sienes la vincha de los Hijos del 
Sol... Pero esto no era ya posible. Entre el español y el 
indio había nacido una nueva raza: el criollo. N6 repre- 
sentando propiamente este elemento predominante ya, 
Tupac-Amarú, después de tres años de sangrienta lucha, fué 
vencido por los españoles. Hubo horripilantes represalias 
para intimidar a los sublevados. Despedazóse el cuerpo de 
Tupac-Amaru, atadas sus extremidades a los cinchones de 
cuatro potros, que tiraban en distintos rumbos. Sus miem- 
bros se clavaron en los caminos. También se impuso pena 
de muerte a la esposa y colaboradora del mártir, y se 
quemó su cadáver. Ahogóse la sublevación con sangre y 
fuego... ¡Los indios quedaban escarmentados! 

Aunque puramente indígena y aislada, la sublevación 
de Tupac-Amaru es un antecedente de la Revolución 
hispanoamericana. No fué ésta sólo una guerra económica 



76 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

y democrática, sino también una verdadera lucha de razas. 
Los revolucionarios invocaron los manes de Manco-Capac, 
de Moctezuma, de Quatimozín, de Lautaro, de Caupolicán, 
de Rengo, en fin, de todos los grandes príncipes y héroes 
de las antiguas naciones. Los Incas constituyeron espe- 
cialmente la mitología de la Revolución. Su memoria fué 
venerada por los pueblos y cantada por los poetas. Al 
estallar la guerra entre los criollos y españoles, los indios, 
al menos donde eran más cultos y adelantados, formaron 
parte de las masas revolucionarias. El ejemplo de Tupac- 
Amaru hizo escuela. Criollos e indios civilizados lucharon 
por una sola y tínica causa: la Causa de la Libertad, 
¡la Causa de América! 

34. Liniers y la Reconquista de Buenos Aires. 

L LOS PREPARATIVOS Y LA MARCHA 
HACIA BUENOS AIRES 

Conquistada por los ingleses en 1806 la ciudad de 
Buenos Aires, Santiago de Liniers tomó su partido: se 
dirigió a Las Conchas, y se embarcó en una lancha para 
la Colonia. Se dice que había pasado parte de la noche 
anterior en oración, en el santuario de la Recoleta; sería 
la vela de las armas de los antiguos caballeros, y, a 
fe, .que no sentaba mal en quien descendía de Guy de 
Liniers, muerto en la batalla de Poitiers. Desde la Colonia 
escribió a Ruiz Huidobro, gobernador de Montevideo, 
reseñando el estado de la capital y proponiéndole recon- 
quistarla « con 500 hombres de tropas escogidas que se 
le confiasen ». La Junta de guerra allí establecida para 
preparar la resistencia a la anunciada invasión de Popham, 
opinó que se debía oír a Liniers. Y se le confió el mando 
que solicitaba. 

El 22 de julio la división salió de Montevideo, entre 
las aclamaciones del vecindario. Al frente iba Liniers, vis- 
tiendo el brillante uniforme azul y rojo, flordelisado de 



LA ÉPOCA COLONIAL 77 

oro, de capitán de navio, y en el pecho la cruz de Ca- 
ballero de Malta. Era de alta estatura, de robusta presen- 
cia, y poseía una belleza risueña y varonil, que formó 
parte de su prestigio entre la muchedumbre. Galante por 
raza y temperamento, saludaba a las mujeres apiñadas en 
los balcones y azoteas, anunciando la victoria que le te- 
nía prometida aquella voz secreta, misterioso confidente 
de todo conquistador. ¡Al fin llegaba su hora histórica! 
Y, radiante de entusiasmo, blandía al claro sol de in- 
vierno, dulce como una caricia, la espada tanto tiempo 
herrumbrosa, que había flameado en Qibraltar y Me- 
norca contra esos mismos ingleses a quienes ahora iba a 
vencer. 

Embarcadas las tropas el día 3 de agosto, la travesía 
de la Colonia a la otra costa se efectuó sin inconveniente 
grave, aunque con bastante labor, por la suestada y los 
chubascos. Parte de la flotilla extravió el rumbo en la obs- 
curidad, teniendo que fondear, sin saberlo, a inmediaciones 
de una fragata enemiga. Al salir la luna, zarparon las na- 
ves, rectificaron su rumbo, y amanecieron a la vista de 
Buenos Aires y de la escuadra inglesa. Arreciando la 
suestada, Liniers resolvió desembarcar en Las Conchas, y 
no ya en Olivos, como se había determinado. Allí fondeó 
el 4 por la mañana, e inmediatamente se realizó el des- 
embarco de tropas y artillería, y se incorporaron además 
los marineros disponibles de la flotilla- El día 5 las 
fuerzas entraron en San Isidro, donde encontraron pro- 
visiones frescas y abrigo; el temporal se había desenca- 
denado, dispersando a las naves enemigas y echando 
a pique cinco lanchas cañoneras. Las tropas emplearon 
el día en limpiar el armamento y apercibirse para el 
combate. 

Al día siguiente, domingo, el capellán celebró la misa 
al aire libre, en el centro de las tropas formadas. Con- 
cluido el oficio, se dio orden de marcha para los Corrales 
de Miserere, adonde se llegó a las diez de la mañana. 



78 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Desde este punto, el jefe de la división española dirigió a 
las once, con su primer ayudante Quintana, una enérgica 
intimación al general inglés. No habiendo sido admitido 
por Beresford en ' los quince minutos fijados, el enviado 
se retiró sin entregar !a misiva ; pero Liniers no aprobó 
este exceso de celo y despachó nuevamente a su ayu- 
dante, que fué recibido en el acto. La respuesta de Be- 
resford fué muy significativa, viniendo de un jefe tan cir- 
cunspecto como valiente. Al contestar que se defendería 
«hasta el caso que la prudencia le indicara», confesaba 
implícitamente lo que dejaban entrever sus pedidos de 
conferencias con las autoridades bonaerenses, y un poco 
más tarde, con Pueyrredón. La situación del invasor se 
presentaba cada día más difícil e insostenible en la atmós- 
fera hostil de la ciudad ; y, si bien estaba resuelto a cum- 
plir con su deber, no se ocultaba la desigualdad de con- 
diciones con que se empeñaba el combate. Vencedor, su 
victoria sería estéril ; vencido, su pérdida era irreparable. 
Puede decirse, pues, que la acción se inició, en esa mis- 
ma tarde, contra un adversario moralmente derrotado. A 
las cinco la división rompió marcha hacia el Retiro, yendo 
de vanguardia el cuerpo de voluntarios catalanes con dos 
Chuses. 

II. LA RECONQUISTA 

El grueso de la división no salvó sin gran trabajo, y 
sólo merced al auxilio del vecindario y de gauchos a caba- 
llo, las dos millas de malísimo camino, sembrado de baches 
y pantanos, que mediaba entre el Miserere (hoy Once de 
Septiembre) y el Retiro. Entretanto, los miñones o migue- 
letes, apoyados por la compañía de infantería de Buenos 
Aires, llegaban a dicha plaza del Retiro « a paso de ca- 
rrera» y atacaban el Parque, defendido por 200 soldados 
ingleses, a quienes desalojaron con una carga a la bayo- 
neta. La fuerza enemiga se replegaba hacia la Fortaleza, 



LA ÉPOCA COLONIAL 79 

dejando varios muertos y prisioneros en el sitio, cuando 
encontró a Beresford, que acudía en su auxilio por la 
calle del Correo (Florida), con una columna de 400 a 500 
hombres. En este mismo momento desembocaban en 
la plaza a marcha redoblada, vivamente estimulados por 
Liniers en persona, los voluntarios de Montevideo con una 
parte de la artillería de Augustini. Tan decisivo fué, al en- 
filar la calle, el fuego del obús cargado de metralla, que el 
enemigo se detuvo bruscamente y emprendió retirada hacia 
la plaza Mayor, dejando unos 30 muertos o heridos y 
abandonando un cañón. 

Era muy tarde para seguir las operaciones, y, además, 
las tropas estaban rendidas de cansancio. Liniers se con- 
tentó con ocupar fuertemente el Retiro y sus bocacalles, 
tomando todas las precauciones del caso contra cualquier 
sorpresa. Las tropas pasaron la noche sobre las armas y 
sin comer. El día 1 1 fué ocupado en montar los cañones 
de 18 desembarcados de la goleta Dolores, y otros de 
igual "calibre que se encontraron en el Parque; había que 
•prevenirse contra un posible bombardeo de la escuadra, y 
también separarse para batir en brecha a Beresford, que 
parecía dispuesto a encerrar su defensa en la plaza Ma- 
yor. El efecto moral de este primer triunfo se hizo visible 
el mismo día; acudieron a engrosar las fuerzas regulares 
o a tomar órdenes muchos jóvenes patricios y hombres del 
pueblo, algunos de los cuales se preparaban antes a una 
lucha de guerrilleros. A mediodía, para probar los cañones 
recientemente montados, Liniers en persona apuntó sucesi- 
vamente a una lancha cañonera y a una fragata enemigas, 
con tan raro acierto que, después de dar en el casco de la 
primera, cortó con el segundo tiro la pena de su mesana, 
donde tremolaba la bandera británica, que cayó al agua. 
Túvose el hecho por un pronóstico feliz. 

Al amanecer frío y brumoso del dia 14 se tocó gene- 
rala, y, después de revistar las tropas, Liniers tomó sus 
últimas disposiciones para el ataque de la plaza. Dividió 



80 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

en, tres columnas su ejército, reducido en número, pero 
exuberante de entusiasmo y de confianza en la victoria. 
La columna de la izquierda, al mando de Liniers, entraría 
por la calle de la Merced; la del centro enfilaría por la 
calle de la Catedral, en tanto que la de la derecha segui- 
ría la calle del Correo hasta el centro, para dividirse allí 
y ocupar las cuadras del Oeste y del Sur inmediatas 
a la plaza Mayor. La artillería debía preparar el avance, 
barriendo el camino y haciendo replegar al enemigo. 
El ataque general se había fijado para las doce del día, 
pero un incidente lo precipitó. Destacados en avanzada, 
un cuerpo de marineros y otro de miñones se habían des- 
lizado por las aceras, rasando las casas a favor de la ne- 
blina, hasta llegar a dos cuadras de la plaza y acantonar- 
se en algunos edificios, desde donde rompieron el fuego 
sobre las partidas enemigas. Habiendo salido a contener- 
los y desalojarlos una columna inglesa, nuestros impetuo- 
sos exploradores se replegaron en guerrilla y avanzaron 
resueltamente. Eran las nueve de la mañana; los impru- 
dentes voluntarios pedían refuerzos y municiones, no re- 
solviéndose a abandonar el terreno conquistado. Las tro- 
pas, enardecidas por la fusilería, querían marchar al fuego... 
Entonces Liniers modificó rápidamente su plan anterior: 
lanzó la caballería de milicias de la Colonia y los drago- 
nes de Buenos Aires con artillería volante por la calle del 
Santo Cristo, en tanto que se movía penosamente la re- 
serva con sus cañones de batir, y él mismo se adelantaba 
por la de la Merced, y se situaba en la plazoleta de la 
iglesia. La refriega se hizo general. El brío de las tropas 
suplió la desbaratada estrategia; el vecindario arrastró los 
cañones sin caballos; todo el plan se reducía entonces, 
para cada jefe de cuerpo, compañía o pelotón, a desalojar 
al enemigo que tuviera al frente, hasta desembocar en la 
plaza Mayor. 

Los ingleses, acantonados en los altos del Cabildo, 
la azotea de la Recova, el pórtico de la Catedral, tenían 



LA ÉPOCA COLONIAL 81 

que hacer frente a los combinados ataques de seis colum- 
nas convergentes. Cedieron primero los de la Catedral; 
los del Cabildo, acometidos por el Sur y por el Norte, se 
replegaron sobre la Recova, ya batida por la metralla de 
Liniers, y desde cuyo arco Beresford dirigía la defensa. 
Aquí se concentró el combate y comenzó a diseñarse el 
triunfo... 

Atacada por todos lados, la posición inglesa se hacía 
insostenible. Casi al mismo tiempo, los dos generales ene- 
migos, Beresford y Liniers, vieron caer a su lado a sus 
respectivos ayudantes. Liniers, atravesado el uniforme por 
tres balazos, se dirigía hacia la plaza. En el momento en 
que Beresford, convencido de que era imposible la resis- 
tencia, daba la señal de retirada cruzando su espada so- 
bre el brazo izquierdo, la diezmada división inglesa se 
replegó hacia la Fortaleza, y su general fué el último 
que ocupó el puente levadizo. El pueblo, victorioso, hizo 
irrupción en la plazoleta del Fuerte, dominando con sus 
clamores el ruido de la fusilería y batiendo sus murallo- 
nes con sus oleadas enfurecidas. Trajéronse escalas para 
emprender el asalto, como si fuera un abordaje; pero en- 
tonces apareció Beresford, espada en mano, por el ángulo 
Nordeste del Parapeto, y se izó bandera parlamentaria. 
Con todo, el humo y la distancia impedían divisarla, y no 
cesó el fuego de los asaltantes. Al pie de la muralla, el 
comandante Mordeille, que contenía difícilmente a sus 
hombres, cruzaba un diálogo en francés con Beresford. 
Preguntando éste «si su vida corría peligro», el otro con- 
testó que estaba salvada con rendirse a discreción. El gene- 
ral arrojó su espada al pie de la muralla, pero Mordeille 
se la devolvió por medio de pañuelos atados; al mismo 
tiempo se izó en el bastión una bandera española sumi- 
nistrada por un marinero; y de repente cesó el fuego, y 
el pueblo exhaló una inmensa aclamación. 

Según P. GnoüssAC, 



82 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

35. Las clases sociales y la vida colonial. 

Los españoles aportaron a América su organizaciórr 
monárquica y aristocrática. Por su origen étnico y por las 
circunstancias económicas, el pueblo de las colonias se 
dividía, según las leyes y las costumbres, en varias cla- 
ses sociales: nobles, criollos, indios, mestizos, negros y 
mulatos. Los nobles representaban la clase privilegiada, 
y eran en su mayor parte españoles ; a esta clase perte- 
necían los altos funcionarios que la metrópoli mandaba 
a las colonias. Los indios debían pagar un tributo al rey, 
la mita, por lo que se los llamaba mitayos; no obstante, 
reconocíanseles ciertos derechos, como a antiguos dueños 
de la tierra. Cuando se resistían al dominio español y 
eran violentamente reducidos, podíaselos esclavizar para 
el servicio doméstico de los conquistadores; en tal caso 
se los distinguía de los mitayos, y se los apellidaba 
yanaconas. En premio de servicios militares, el rey solía 
conceder, a ciertos subditos españoles, el derecho de 
aprovechar parte del trabajo de los indios sometidos en 
las reducciones; éstas se llamaban entonces encomiendas, 
y sus dueños, encomenderos. Los negros introducidos de 
África se utilizaban y vendían en condición de escbvos; 
cuando el amo les otorgaba la libertad, se denominaban 
libertos. A los negros huidos a los bosques y a las sel- 
vas para librarse de la esclavitud, se los denominaba ci- 
marrones, y se los perseguía como a bestias feroces. Las 
leyes eran severas con los negros libertos y mulatos; 
obligábaselos a tributar al rey como los indios, y se les 
imponía una serie de rigurosas prohibiciones, entre otras 
la de andar de noche sueltos y sin permiso por las calles, 
y a las hembras el uso de oro, seda, perlas y mantos. 

Entre la nobleza y las bajas clases sociales formóse 
una categoría intermedia, que ahora denominaríamos «bur- 
guesía», y que entonces se llamaba la gente decente. Esta 
clase, criolla por excelencia, descendiente de españoles e 



LA ÉPOCA COLONIAL 83 

indios, poseía bienes, era relativamente ilustrada, y cons- 
tituyó la clase directora local o colonial. La gente decente 
criolla hacía en cierto modo causa común con las bajas 
clases, mestiza, india y negra; era querida y respetada. 
Sólo llegó a reputarse antagónica del español, al que se 
llamaba gachupín en México, chapetón en el Perú, y más 
tarde godo en el virreinato del Río de la Plata. En manos 
de la « gente decente > estaban el comercio, el sacerdocio, 
el foro, las milicias, y aun el gobierno comunal de los 
Cabildos. Consideróse esta clase con los mismos derechos 
y privilegios que la nobleza española. Para formar parte 
de los Cabildos, del gremio de abogados, del claustro 
universitario, del coro de las catedrales, del colegio de ios 
médicos y de las demás corporaciones gubernamentales y 
directoras, si no se requería precisamente como en España 
ejecutoria de nobleza, era indispensable tener limpieza de 
sangre. Los negros, los mulatos, los indios y los mestizos, 
en general, eran excluidos ; pero se daba cabida al criollo, 
descendiente directo de español, aunque éste hubiese entron- 
cado con indias conversas, que siempre podían suponerse 
nobles en su raza, hijas de caciques y príncipes americanos. 
La clase directora criolla adoptó, o, mejor dicho, con- 
tinuó y adaptó al medio ambiente las ideas y costumbres 
de la nobleza española. Perdiendo parte de la belicosidad 
y arrogancia peninsulares, llevó una existencia simple y 
honesta; la vida colonial era vida provinciana. Los días 
sucedían a los días, y las noches a las noches, sin más 
novedades que las solemnidades religiosas, las fiestas ono- 
másticas y circunstanciales de la real casa española, el 
cambio de altos funcionarios, las tertulias caseras. Por 
acción de la iglesia y de la corona, la «gente decente» 
era piadosa e ingenua, y, a su ejemplo, todo el pueblo 
civilizado. La familia estaba organizada bajo el principio 
de un amplio poder del padre sobre la mujer, los hijos, 
los criados y los esclavos. Al caer la noche, antes o 
después de cenar, todos rezaban en común el rosario, y, 



84 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

al acostarse, los hijos pedían la bendición a los padres. Hijos 
y criados besaban al jefe de familia la mano, generosa en 
la dádiva y severa en el castigo. Religiosamente educada 
en los claustros, ignorante y crédula, la sociedad vivía 
como dormitando su larga siesta colonial, sobre un suelo 
abundante, en un clima templado y bajo un cielo siempre 
límpido. Solamente la inquietaban las exacciones del régimen 
del monopolio y regalía, y sus injusticias dejaban en los 
ánimos un fermento de incomodidad y desconfianza. Aunque 
en estado latente hasta que las invasiones inglesas revelaran 
las ventajas de un nuevo régimen de franquicias comercia- 
les, ahí estaba el germen de la Revolución. 

La Revolución y guerra de la Independencia fueron 
ante todo obra de la burguesía criolla. Ésta les dio impulso, 
forma, organización y fines, y las demás clases sociales 
americanas la siguieron con fidelidad y entusiasmo. Puede 
decirse que en América no hubo, en ios ültimos tiempos 
del coloniaje, más rivalidad de clase que la oposición al 
gachupín, chapetón o godo. Si bien las diferencias sociales 
se hacían sentir con cierto rigor en las colonias ricas 
y tradicionales como México y el Perií, en ninguna parte 
engendraron odios profundos, y en el Río de la Plata 
fueron tan leves que desaparecieron y se borraron en los 
primeros lustros de la Revolución. En las invasiones in- 
glesas, toda la población americana civilizada, sin asomos 
siquiera de antagonismos de clase, se unió para rechazar 
la agresión extraña. El negro y el mestizo formaron he- 
roicas falanges en los ejércitos de la patria. Por otra 
parte, el clima diezmaba de tal manera al elemento afri- 
cano, que, por su disminución, tendió siempre a desapa- 
recer de las pampas argentinas. No hubo así, después 
de la guerra de la Independencia, grandes problemas 
étnicosociales. La partícula ancestral de sangre indígena 
parecía diluida en los descendientes criollos; los indios 
se habían refugiado en los bosques y selvas lejanas; los 
negros, que nunca fueron tantos como en las demás co- 



LA ÉPOCA DE LA LNDEPENDENCIA 85 

lonías, por no requerirlos mayormente las industrias loca- 
les, raleaban y se eliminaban por causas climatológicas. 
Todo venía, pues, a favorecer la naciente democracia. 
Con la difusión de la cultura y el aumento de la riqueza, 
el grupo de la clase directora aumentó y se extendió. 
Así como la « gente decente >> había substituido antes a 
la nobleza, el pueblo vino a substituir a la «gente decen- 
te ». Y hoy, puede rigurosamente decirse, todo verdadero 
argentino, por el solo hecho de serlo, tiene limpieza de 
sangre en sus tradiciones de familia y ejecutoria de no- 
bleza en los cuarteles de su nacionalidad. 

VII. LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 

36. El 25 de Mayo de 181O. 

Amaneció por fin, en Buenos Aires, el 25 de mayo 
de 1810. El cielo estaba opaco y lluvioso como en el día 
anterior, y veíanse a lo largo de la ancha acera del Ca- 
bildo grupos de hombres envueltos en largos capotes, 
armados de estoques y pistolas, en cuyos rostros estaban 
dibujadas las fatigas del insomnio. El punto de reunión era 
una posada situada sobre la misma acera, donde los ciuda- 
danos se guarecían de la lluvia. French y Beruti dirigían 
las operaciones de esta reunión, en cuyos movimientos se 
notaba cierta organización que manifestaba estaban bien 
preparados para la lucha. 

Reunióse temprano el Cabildo para tomar en consi- 
deración la renuncia del virrey y la representación del 
pueblo, manifestaciones del poder colonial que abdicaba 
en su impotencia y de la soberanía popular que se inau- 
guraba. El Cabildo, con esa energía ficticia que es propia 
de las corporaciones que no son impulsadas por sus prin- 
cipios fijos, y que suplen la falta de medios por la ente- 
reza de resoluciones que no han de ejecutar ellas mismas, 
había contestado verbalmente al virrey, en la noche ante- 
rior, que no debía hacerse lugar a la petición del pueblo 



86 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

y que a él le tocaba reprimir con la fuerza de las armas 
a los descontentos, haciéndolo responsable de las conse- 
cuencias. 

Al mismo tiempo que en las galerías altas de la casa 
capitular se celebraba la sesión del Cabildo, una escena 
más animada se realizaba en la plaza. Como la reunión 
se engrosara por momentos y fuese necesario darle una 
organización, imaginó French la adopción de un distintivo 
para los patriotas. Entró en una de las tiendas de la Re- 
cova y tomó varias piezas de cintas blancas y celestes, 
colores popularizados por los patricios en sus uniformes 
desde las invasiones inglesas, y que había adoptado el 
pueblo como divisa de partido en los días anteriores. Apos- 
tando en seguida piquetes en las avenidas de la plaza, los 
armó de tijeras y de cintas blancas y celestes, con orden 
de no dejar penetrar sino a los patriotas y de hacerles po- 
ner el distintivo. Beruti fué el primero que enarboló en su 
sombrero los colores patrios, que muy pronto iban a reco- 
rrer triunfantes toda la América del Sur. Instantáneamente 
se vio toda la reunión popular con cintas celestes y blancas 
pendientes del pecho o del sombrero. Tal fué el origen 
de los colores de la bandera argentina, cuya memoria se 
ha salvado por la tradición oral. Más tarde veremos a 
Belgrano ser el primero que enarbole esa bandera y el 
primero que la afirme con una victoria. 

El pueblo, vestido con los colores del cielo, se dirigió 
en masa a los corredores de la casa capitular, acaudillado 
siempre por French y por Beruti. Estos dos tribunos, presi- 
diendo una diputación, se personaron en la sala de se- 
siones y exigieron con firmeza que se cumpliese la volun- 
tad del pueblo deponiendo al virrey del mando, increpando 
al Cabildo por haberse excedido de sus facultades, y aca- 
bando por anunciar que el tiempo era precioso y que la 
paciencia se agotaba. El Cabildo no creía en el pueblo. 
Le parecía sin duda un sueño que en una colonia escla- 
vizada surgiera repentinamente esa nueva entidad. Así fué 



LA ÉPOCA DE LA LSDEPENDENCIA 



87 



que, en vez de acceder a sus deseos, mandó llamar a los 
comandantes de la fuerza armada para reprimir por medio 
de las armas lo que en su ceguedad consideraba como una 
asonada pasajera. Los comandantes hicieron caer la venda 
que cubría los ojos de los cabildantes. Todos ellos, a 
excepción de tres que guardaron un tímido silencio, decla- 
raron terminantemente que ni podían contrarrestar el des- 
contento público, ni sostener al gobierno establecido, ni 




aun sostenerse a sí mismos, pues sus tropas estaban por el 
pueblo ; que no veían más medio de impedir mayores 
males que la deposición del virrey, «porque así lo exigía 
la suprema ley». 

En aquel momento oyéronse grandes golpes dados 
sobre las puertas por la mano robusta del pueblo, domi- 
nando el tumulto las voces de French y de Beruti, que 
repetían : « El pueblo quiere saber de lo que se trata ». Tuvo 
que salir el comandante don Martín Rodríguez a aquietar 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



a sus amigos, asegurándoles que todo se arreglaría como 
lo deseaban. Don Martín Rodríguez era uno de los pocos 
comandantes que tenían la confianza del pueblo, y sus 
palabras, contestadas con vivas, serenaron a la multitud. El 
Cabildo, intimidado, diputó dos de sus regidores, acompa- 
ñados por el escribano de la corporación, para «requerir 
al virrey a que hiciese absoluta dimisión del gobierno, sin 
traba ni restricción alguna, porque de lo contrario no 
respondía de su vida ni de la tranquilidad pública». Cisneros 
se sometió ; pero, queriendo protestar de violencia y fuerza, 
no se le admitió que lo hiciera. 

Disponíase el Cabildo a acceder a los deseos mani- 
festados por el pueblo ; pero ya el pueblo no se contentaba 
con lo que había pedido. Quería afianzar su triunfo para 
no exponerse a una nueva contrarrevolución. En el inter- 
valo, el fogoso Beruti, iluminado por una de esas inspira- 
ciones súbitas que definen una situación, tomó una pluma 
y escribió varios nombres en un papel. Era la lista de la 
futura Junta revolucionaria, que fué aceptada por aclamación 
popular, nombrándose una nueva diputación para que la 
impusiese al Cabildo. 

Los diputados del pueblo comparecieron nuevamente a 
la barra del ayuntamiento, no como peticionarios sino 
como embajadores del nuevo soberano. Declararon con 
entereza que el pueblo había reasumido la soberanía dele- 
gada en el Cabildo; que era su voluntad se nombrase una 
nueva Junta compuesta por Saavedra, Castelli, Belgrano, 
Azcuénaga, Alberti, Matheu, Larrea, Passo y Moreno, de- 
cretándose en el acto una expedición militar a las pro- 
vincias del interior para que fuese portadora de las órdenes 
de la nueva autoridad. Esta misma petición fué presentada 
por escrito. 

El Cabildo, obcecado, persistía en no creer en el pue- 
blo, y exigía que se congregase en la plaza para conven- 
cerse que tal era su voluntad. Salió el Cabildo al balcón, 
y French y Beruti desplegaron al pie de él su batallón 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 8& 

patriótico, que en aquel momento, a causa de la lluvia y 
de lo avanzado de la hora, solamente contaba poco más de 
un centenar de hombres. No correspondiendo este número 
a la idea que el Cabildo se había formado de aquella en- 
tidad desconocida para él, gritó el síndico procurador: 
« ¿ Dónde está el pueblo ? » A lo que contestaron varios 
que se tocase la campana del Cabildo para que la pobla- 
ción se congregara, y que si no se hacía por falta de ba- 
dajo, ellos tocarían generala y abrirían los cuarteles, y que 
entonces vería el Cabildo dónde estaba el pueblo. 

Cediendo a la presión popular, creyó al fin en el pue- 
blo, e, inclinándose ante su soberanía, proclamó bajo su 
dictado la nueva Junta Gubernativa de las Provincias del 
Río de la Plata, con la precisa condición de que úebía 
prepararse en el término de quince días una expedición 
de 500 hombres para auxiliar a las provincias del interior, 
a fin de que eligieran libremente sus diputados. En seguida 
el Cabildo, desde lo alto de sus balcones, propuso al pue- 
blo las bases constitutivas del nuevo orden de cosas, que 
fueron discutidas y votadas a la manera de las democracias 
antiguas, declarando que aquella «era su voluntad», inme- 
diatamente se instaló la Junta Gubernativa, y prestó ju- 
ramento, promulgándose como Consiitución las mismas 
reglas antes formuladas por el Cabildo, que establecían 
la división de los poderes, la responsabilidad de los fun- 
cionarios, la publicidad de las cuentas, la seguridad indi- 
vidual, el voto de las contribuciones por el municipio y 
la inmediata convocatoria del Congreso general que debía 
estatuir, sobre todo, el nombre del pueblo y determinar 
definitivamente la forma de gobierno. Tal fué la primera 
Constitución política que tuvo el pueblo argentino. Hija de 
una revolución trascendental y votada por un solo muni- 
cipio, fundada sobre la base del derecho colonial, admi- 
tiendo como principio la representación de los Cabildos y 
haciendo intervenir la fuerza para promulgarla, ella conte- 
nía los únicos elementos de gobierno orgánico que por 



90 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

entonces poseyese la colonia, y entrañaba los dos princi- 
pios que debían pugnar hasta dar leyes coherentes apro- 
piadas a su naturaleza, a aquel gigante informe que se 
llamaba el Virreinato del Río de la Plata. 

El presidente de la nueva Junta, después de prestar 
el juramento de conservar fielmente su cargo y de mante- 
ner la integridad del territorio bajo el cetro de Fernan- 
do VII guardando las leyes del reino, exhortó al pueblo al 
«orden», a la «unión» y a la «fraternidad», recomen- 
dándole estimación y respeto por la persona del virrey 
depuesto y su familia. La Junta patriótica se instaló en la 
Fortaleza, morada de los antiguos mandatarios de la co- 
lonia, y empezó a funcionar revolucionariamente invo- 
cando el nombre de la autoridad del rey de las Españas 
don Fernando VII. 

Hartolo.mé Mitre 

37. Libertad e Igualdad. 

(Declaración de un miembro de la Junta de 1810) 

La libertad de los pueblos no consiste en palabras ni 
debe existir en los papeles solamente. Cualquier déspota 
puede obligar a sus esclavos a que canten himnos a la 
libertad, y este cántico a la libertad es muy compatible 
con las cadenas y opresión de los que lo entonan. Si de- 
seamos que los pueblos sean libres, observemos religio- 
samente el sagrado dogma de la igualdad. Si me con- 
sidero igual a mis conciudadanos, ¿ por qué me he de 
presentar de un modo que les enseñe que son menos que 
yo? Mi superioridad sólo existe en el acto de ejercer la 
magistratura que se me ha confiado; en las demás fun- 
ciones de la sociedad soy un ciudadano, sin más derecho 
a otras consideraciones que las que merezca por mis vir- 
tudes. 

Mariano Moreno. 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 91 



38. Mariano Moreno. 



A la sombra del techo paterno, embellecido por la 
presencia radiosa de una madre santa, Mariano Moreno, 
aquel espíritu fiero desde la infancia y susceptible de toda 
pasión grandiosa, se desenvolvía con extraordinaria rapi- 
dez, robustecido por un sentimiento religio;-o eficaz y vi- 
vido, y diariamente adquiría mayor elasticidad y vigor para 
recorrer las regiones de la ciencia que sus maestros le 
abrían. Su discreción prematura era el encanto y el asom- 
bro de las íntimas y modestas veladas de su familia, y el 
capista del colegio de San Carlos no tardó en ser el 
orgullo de las aulas y el terror de las « conclusiones ». Un 
fraile franciscano, de corazón de ángel y alma de revolu- 
cionario, Cayetano Rodríguez, descubrió en el espíritu de 
aquel adolescente fuerzas superiores al radio escolástico, 
de cuyos límites desbordaban, y cuya dialéctica era para 
él un instrumento dócil y familiar; y ponía en sus manos 
libros que le iniciaban en rumbos más abiertos y le ofre- 
cían espectáculos en que pudiera buscar contemplaciones 
dignas de su espíritu. 

Cuando llegó a la juventud, discurría con impetuosi- 
dad genial y su palabra era dominante y atractiva. Po- 
seía una voluntad de hierro, resistente a todo combate y 
tenaz en medio de las agresiones de la suerte. Viajando 
hacia el Perú, un día fué abandonado enfermo y casi ago- 
nizante, sin lecho ni abrigo ; pero ni las torturas ni los 
deslumbramientos del delirio febril enervaron su fibra ni 
arrebataron su razón al dominio de la vida. Quiso, y se 
puso de pie. Quiso, y aquel enérgico arranque le devol- 
vió a la vida y a la salud. Devoraba en Charcas, en casa 
de un canónigo favorecedor suyo, cuantas páginas le ex- 
plicaban la revolución moderna. Allí dejóse subyugar sin 
duda por los espectáculos de la Revolución Francesa, los 
cuales le inspiraron tan viva admiración que no le permi- 
tieron discernir claramente las fuerzas y tendencias le iíti- 



92 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

mas de la democracia, del despotismo popular y revolu- 
cionario. 

Temido por los mandones del foro, que prefirió al 
sacerdocio, al cual estaba destinado, cruzó hacia 1806 el 
territorio argentino, para regresar a Buenos Aires con su 
esposa y su único hijo. Nos ha dejado en páginas palpi- 
tantes la expresión del amargo dolor que las desventuras 
del indio peruano suscitaron en su alma. Lloró y meditó 
más tarde, cuando las armas inglesas conquistaron la tie- 
rra de sus amores, y su carácter se acentuó en las terri- 
bles enseñanzas de aquel período. Las conmociones del 
año 1809 le hallaron en primera línea. Su impaciente prisa 
por la revolución le complicó en la de Alzaga, el l.o de 
enero; pero, en seguida, rectificando su línea de conduc- 
ta, abordó las cuestiones prácticas y vivas. En un escrito 
famoso, la Representación de los hacendados, arrancó de 
labios del virrey Cisneros la emancipación mercantil de 
la colonia. 

En la revolución, superó a sus contemporáneos por 
la visión del porvenir, siquiera flaquease en la inteligencia 
de sus medios. Orador y periodista, magistrado y revolu- 
cionario, él inoculaba en la juventud la savia novísima, 
subyugaba el poder y lo arrastraba con ímpetu y arrojo, 
como si Dantón hubiera resucitado en la colonia, y por- 
fiaba sin reposo por romper toda valla que se opusiera a 
la soberanía popular. ¡En su cerebro se anidaba el rayo 
y en sus rasgados ojos fulguraba el estro divinizado del 
profeta! Los elementos recalcitrantes que hervían en el 
crisol venciéronlo temprano..., y fué a morir. • Su alma no 
atravesó los días de vértigo revolucionario, y salió incon- 
taminado de este mundo. Él hubiera tal vez encaminado 
la revolución en armonía con la índole de los pueblos, 
viviendo así esencialmente el carácter de nuestra historia. 
Tal vez hubiera desfallecido, o incurrido en fanatismo por 
sus ideas francesas y unitarias... Pero es tanto más glo- 
rioso cuanto que a ninguna causa sirvió, sino a la libertad 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENUENCIA 93 

de su país y al impulso inicial de la democracia. Resonó 
su voz como la palabra de la Sibila en la radiosa aurora, 
y se sumergió en su propio resplandor. La pureza primi- 
tiva de la Revolución, como una esfera mágica y lumino- 
sa, envuelve su sombra ante el alma entristecida, y la 
hace brillar lejos de todo rumor humano y de la tierra 
qpe guarda los muertos, entre la inmensidad del mar y la 
inmensidad del cielo. De las ondas saladas y las nubes 
encendidas, hízole la suerte un mausoleo eterno y digno 
de su memoria augusta, jamás empañada en cínicos fra- 
tricidios ni en cobardes desencantos y traiciones. 

José Manuel Estrad.v. 

39. Saavedra y Moreno. 

En el primer gobierno del pueblo argentino, la Junta 
de 1810, su presidente, el coronel Cornelio Saavedra, oriundo 
de la ciudad de Potosí (Alto Perú), representaba el espíritu 
ponderado y conservador de la madurez, y el secretario, 
doctor Mariano Moreno, hijo de Buenos Aires, la fogosidad 
de la edad juvenil. Temperamentos tan opuestos debían cho- 
car en la primera oportunidad. Presentóse ésta con motivo 
de una fiesta que se verificó en el cuartel del cuerpo de Pa- 
tricios para celebrar la victoria del Suipacha. Saavedra, como 
jefe del cuerpo, presidía la mesa del banquete que remató 
la fiesta ; acompañábale su señora, sentados ambos en altos 
sitiales de honor, bajo dosel. Excitado por el vino, un ofi- 
cial apellidado Duarte se puso de pie y recitó un brindis 
en verso al coronel y presidente de la Junta. Llamábale 
pomposamente « emperador », y añadía que « la América 
esperaba impaciente que tomase el cetro y la corona ». 

No estaba presente Moreno porque, cuando había 
intentado entrar en el cuartel, el centinela de guardia, 
acaso sin conocerle, habíale atajado el paso. Profunda- 
mente irritado por el desaire sufrido, más que en su per- 
sona en su calidad de secretario de la Junta, retiróse 



94 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Moreno a su casa. Después de la fiesta fueron a verle 
sus amigos, indignados por el brindis del oficial Duarte, ai 
que Saavedra no dio importancia. 

Moreno, participando de la indignación de sus amigos, 
proyectó aquella misma noche un decreto fulminante, en 
el que se declaraba que Duarte «debía perecer en el ca- 
dalso». Perdonábasele la vida porque se había hallado en 
estado de embriaguez, y se le condenaba a destierro. 
Según decía el decreto, « ningún habitante de Buenos Ai- 
res, ni ebrio ni dormido, debía tener impresiones contra 
la libertad de su país ». Declarábase asimismo que las 
esposas de los funcionarios públicos no participaban de 
las prerrogativas de sus maridos ; no se tributaban hono- 
res a los hombres, sino a los funcionarios, como repre- 
sentantes de la autoridad de la patria. Al día siguiente 
la Junta firmó el decreto, convencida de su justicia. Des- 
de entonces se puso en evidencia, en el seno de la corpo- 
ración, cierto malestar y antagonismo entre Saavedra y 
Moreno. Esto podía provenir, no sólo de oposición de 
ideas y de incompatibilidad de caracteres, sino también de 
los sentimientos localistas de ambos proceres, puesto que 
uno era altoperuano y el otro porteño. 

Poco después llegaron los diputados del interior, re- 
presentantes de las provincias. Moreno se opuso a su 
incorporación a la Junta de gobierno; debían constituir 
una corporación distinta. Pero prevaleció la opinión con- 
traria, sostenida por Saavedra, y los diputados se incor- 
poraron a la Junta. Disgustado por este hecho, Moreno 
dimitió. Como la Junta no aceptase su dimisión, él la 
obligó a ello, declarando que « la renuncia de un hombre 
de bien es siempre irrevocable ». En tan enérgicos tér- 
minos censuraba la conducta de aquellos funcionarios que 
solamente la presentan por fórmula, para consolidarse en 
el poder, pues saben que no les será aceptada. 

Para aprovechar sus servicios, envióle la Junta a In- 
glaterra, como agente de la Revolución. A pesar de su 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 95 

flaca salud, Moreno aceptó el cargo. Desgraciadamente 
murió en el viaje, exclamando: «¡Viva mi patria aunque 
yo perezca ! » Su cuerpo fué arrojado al mar. Y se cuenta 
que, cuando llegó a Buenos Aires la triste noticia, Saavedra 
dijo, con los ojos llenos de lágrimas : « ¡ Tanta agua era 
menester para apagar tanto fuego!». 

40. El deber del marino. 

Formada recientemente la primera escuadra argentina, 
una flotilla de tres pequeños buques remontaba el río 
Paraná. Mandábala Juan Bautista Azopardo, a bordo de 
La Invencible. Por tierra, debían protegerla unas escasas 
baterías. A la altura de San Nicolás de los Arroyos, el 2 
de marzo de 1811, avistóse la enemiga escuadra española, 
compuesta de cuatro grandes naves. Con tan desiguales 
elementos, la victoria era materialmente imposible para los 
patriotas. Ignorantes todavía del arte de la guerra y bisoñas 
en la disciplina militar, las fuerzas de la batería y de dos 
de los pequeños buques argentinos creyeron que debían 
esquivar el combate, y se pusieron en salvo. 

Quedó sola, para hacer frente al enemigo, la nave 
capitana La Invencible. El fuego diezmaba a los patriotas. 
Los marinos españoles estaban sorprendidos de que se 
pudiera sostener semejante lucha. Después de un largo 
tiroteo avanzaron sus naves, y tomaron el pequeño buque 
al abordaje. Para oponerse cuerpo a cuerpo a la irrupción 
de los asaltantes, había sólo un puñado de valientes. De 
los cincuenta tripulantes de La Invencible, apenas restaban 
en pie unos ocho o diez. La cubierta y el puente estaban 
obstruidos de cadáveres. Antes de rendirse y dejar el buque 
en poder del enemigo, Azopardo, que conservaba milagro- 
samente la vida, resolvió incendiar la santabárbara para 
que estallase el depósito de pólvora y volara La Invencible. 
Pero los españoles habían previsto esta decisión, y habían 
cerrado sólidamente las puertas de la santabárbara. Varios 



96 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



hombres rodearon a Azopardo cuando intentó llevar a cabo 
su designio, y le tomaron prisionero. El heroico marino, 
el patriarca de los marinos argentinos, pesaroso de conser- 
var la vida, exclamó entonces: «La desgracia no me ha 
permitido cumplir mi- deber hasta el fin ». 

4l. £1 tambor de Tacuarí. 



1. Es un grupo de argentinos 
el que marcha a combatir; 

es la patria quien los mueve 
y es Belgrano su adalid. 
Con la bala y con la idea 
traen de Mayo el boletín ; 
y las selvas paraguayas 
van abriendo- al porvenir, 
mientras juega con sus chismes 
el tambor de Tacuarí. 

2. Rompe el aire una descarga, 
el cañón entra a crujir, 

y un vibrante son de ataque 
los empuja hacia la lid. 
Bate el parche un pequenuelo 
que da saltos de arlequín, 
que se ríe a carcajadas 
si revienta algún fusil, 
porque es niño como todos 
el tambor de Tacuarí. 



3. Es horrible aquel encuentro: 
cien luchando contra mil ; 

un pujante remolino 
de humo y llamas truena allí. 
Ya no ríe el pequenuelo : 
¡suelta un terno varonil, 
echa su alma sobre e' parche 
y en redo'.'les lo hace hervir, 
que es muñeca la muñeca 
del tambor de Tacuarí! 

4. «¡Libertad! ¡Independencia!» 
parecía repetir 

a los héroes de dos pueblos, 
que, entendiéndole por fin, 
se abrazaron como hermanos ; 
y se cuenta que de ahí 
por América cundieron, 
hasta en Maipo, hasta en Junín, 
los redobles inn;ortales 
del tambor de Tacuarí. 

RAFAEL 0bLIG.\UO 



42. La jura de la bandera. 

I. ORIGEN Y ANTECEDENTES DE LOS 
COLORES PATRIOS 

. Los colores de la bandera argentina, el blanco y el 
celeste, como distintivo popular, aparecieron por primera 
vez en el río de la Plata con ocasión de las invasiones 
inglesas, en 1806 y 1807. Los ciudadanos armados los 
adoptaron en su uniforme. Los Patricios — el primer cuer- 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 97 

po de milicia urbana formado en estos países — usaron 
pantalones blancos, chaqueta azul y penacho bjanco con 
punta azulceleste, por cuya razón se los llamaba vulgar- 
mente « gaviotas ». Estas aves, como es sabido, tienen el 
cuerpo blanco y las alas, asi como la extremidad de la 
cabeza, de un color ceniciento claro que tira a celeste. 
Créese que fué adoptado este color en señal de fidelidad 
al rey de España Carlos IV, que usaba la banda celeste 
de Carlos III. El blanco y el celeste fueron también los 
colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según 
el simbolismo de la Iglesia. Sea cual fuere el significado 
que se les diese en Buenos Aires, desde las invasiones 
inglesas se adoptaron como colores de partido, y empe- 
zaron a popularizarse entre los nativos. El 25 de mayo 
de 1810, French y Beruti repartieron al pueblo, amotinado 
en la plaza de la Victoria, escarapelas formadas con cin- 
tas blancas y celestes, que los patriotas colocaron como 
distintivo en sus sombreros. 

A principios de 1812 tomó el general Belgrano el 
mando del ejército del Norte. Hallábase en el Rosario, 
ocupado en trabajos de fortificación, cuando se tuvo aviso 
de que una escuadrilla enemiga debía partir de Montevi- 
deo, entonces en poder de los españoles, con objeto 
de atacar las baterías del Rosario y posesionarse de La 
Bajada del Paraná. A la aproximación del peligro, el es- 
píritu de Belgrano se exaltó, y, buscando en su alma 
nuevas inspiraciones para transmitir su entusiasmo a las 
tropas que mandaba, concibió la idea de dar a la Revolu- 
ción un símbolo visible, que concentrase en sí las vagas 
aspiraciones de la multitud y los propósitos de los hom- 
bres de principios. Resuelto a acelerar la época de la in- 
dependencia y a comprometer al pueblo y al gobierno en 
esta política atrevida, empezó por proponer la adopción 
de una escarapela nacional (13 de febrero 1812). Fundá- 
base en que los cuerpos del ejército usaban escarapelas 
de distintos colores, siendo necesario uniformarlos a to- 



98 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

dos, puesto que defendían la misma causa. El gobierno, 
cediendo a la exigencia de Belgrano, declaró por decreto 
de 18 de febrero, que «la escarapela nacional de las Pro- 
vincias del Río de la Plata sería de color blanco y azul- 
celeste». El 25 empezaron los ciudadanos a usar el dis- 
tintivo nacional, que hasta entonces había sido sólo una 
divisa popular. En el mismo día se distribuyó a la divi- 
sión de Belgrano, quien, al dar cuenta al gobierno de este 
hecho, le atribuye su verdadero significado: «la firme re- 
solución de sostener la Independencia de la América». 

II. INAUGURACIÓN DE LA BANDERA ARGENTINA 

En posesión de la escarapela, Belgrano asumió sobre 
sí la responsabilidad de enarbolar una nueva bandera, 
cuando todavía flameaba el pabellón español en la casa 
del gobierno revolucionario, el Fuerte de Buenos Aires. 
En vísperas de guarnecer sus dos baterías, el general pa- 
triota ofició al gobierno la grave resolución que había 
tomado. Ya no podían los cuerpos revolucionarios seguir 
usando la bandera de sus enemigos. El día 21 de febrero 
era el señalado para inaugurar las baterías, a las que había 
bautizado con dos nombres simbólicos, que revelaban las 
aspiraciones de su alma. Batería de « La Libertad » llamó 
a la de la barranca, y de «La Independencia», a la de la isla. 
Deseando coronarlas, como lo comunicó al gobierno, con 
un pabellón digno de estos nombres, que representaban dos 
grandes ideas, resolvió enarbolar en ellas el estandarte re- 
volucionario, a cuya sombra debían conquistarse una y otra. 

En la tarde del día indicado se formó la división en 
batalla sobre la barranca del río, en presencia del vecin- 
dario, congregado por orden del comandante militar. A su 
frente se extendían las floridas islas del Paraná, que limi- 
taban el horizonte; a sus pies se deslizaban las corrientes 
del inmenso río, sobre cuya superficie reflejábanse las 
blancas nubes en el fondo azul de un cielo de verano. El 
sol, que se inclinaba al ocasp, iluminaba con sus oblicuos 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 99 

rayos aquel paisaje lleno de grandiosa majestad. En aquel 
momento, Belgrano, que recorría la línea a caballo, man- 
dó formar cuadro, y, levantando la espada, dirigió a sus 
tropas las siguientes palabras : « ¡ Soldados de la Patria ! En 
este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela 
nacional ; en aquél (y señaló la batería « Independencia ») 
nuestras armas aumentarán sus glorias. Juremos vencer a 
nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América 
del Sur será el templo de la Independencia y de la Liber- 
tad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: «¡Viva la 
Patria ! » Los soldados contestaron con un prolongado 
«¡viva!» Y, dirigiéndose en seguida a un oficial que estaba 
a la cabeza de un piquete, Belgrano le dijo : « Señor capi- 
tán y tropa destinada por primera vez a la batería « Inde- 
pendencia » : id, posesionaos de ella y cumplid el juramento 
que acabáis de hacer». Las tropas ocuparon sus puestos de 
combate. Eran las seis y media de la tarde. En aquel mo- 
mento se enarboló en ambas baterías la bandera azul y 
blanca, y su ascensión fué saludada con una salva de ar- 
tillería. Así se inauguró la bandera argentina. 

Según Bartolomí; Mitre. 

43. La Asamblea del año l8l3 y el E-scudo Nacional. 

Aunque la Revolución de Mayo estalló por motivos 
ocasionales, tuvo desde el primer momento altos fines. Sus 
prohombres vislumbraron, desde el primer instante, la gran- 
diosa perspectiva de la Independencia y de la Libertad. 
Por falta de preparación previa en el pueblo, estos ideales 
tardaron un tiempo, harto breve, por cierto, en definirse. 
Su más gloriosa definición se produjo en la Asamblea Ge- 
neral Constituyente reunida el año de 1813, en la ciudad 
de Buenos .Afires, bajo la presidencia de Carlos María de 
Alvear. El gobierno declaró solemnemente que « residía en 
ella la representación y el ejercicio de la soberanía»; re- 
conocíase así que la autoridad del cuerpo era representa- 
tiva y dimanaba del pueblo. Y el pueblo festejó la decía- 



100 



LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



ración del gobierno y la instalación de la Asamblea con 
salvas de artillería, repique de campanas, músicas, ilumi- 
naciones y cánticos en las calles y plazas. 

El primer acto de la Asamblea fué sancionar, para los 
gobernantes, una nueva fórmula de juramento. Haciendo 
desaparecer el nombre de Fernando VII en los actos del 
gobierno, los ciudadanos jurarían en adelante « conservar 
y sostener la libertad, integridad y prosperidad de las 
Provincias del Río de la Plata ». Se recordó el nombre de 
Mariano Moreno como fundador de la democracia argen- 
tina. Se mandó escribir y se aprobó el Himno Nacional. 
Se organizó la justicia, suprimiéndose los recursos de 




apelación para las autoridades judiciales de la antigua 
metrópoli. Se promulgó la abolición de la esclavitud 
para los hijos de los esclavos que en adelante nacieran 
y se prohibió la importación de esclavos. Se declaró la 
libertad de imprenta. Se abolieron los tributos que pesa- 
ban sobre los indios. Se acabó con la Inquisición y con los 
tormentos en los juicios. Se echaron las bases de la Iglesia 
nacional. Se proveyó a la instrucción del pueblo. Se 
substituyó, en la moneda, la efigie de los reyes de España 
por el Escudo nacional. . . 

La creación y el simbolismo del Escudo nacional cons- 
tituyen la mejor síntesis de la obra realizada por la Asamblea 
de 1813. Dos manos entrelazadas sostienen el rojo gorro 
frigio de la Libertad. Lo iluminan los rayos del sol naciente 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 101 

y lo circundan la oliva de la paz y el laurel de la victo- 
ria. Aunque sin suficiente fundamento histórico, dícese que 
su orla ostentaba la leyenda: En Unión y Libertad. 
Las manos entrelazadas representan la confraternidad de 
los hombres y de los pueblos, y el gorro frigio la libertad 
de una nación que nace como el sol, puro y radiante. La 
leyenda, si es que existió realmente en el escudo, y en 
todo caso suprimida por innecesaria más tarde, aclara el 
ya translúcido simbolismo. Y el escudo viene a ser un 
sello que el pueblo se impone a sí mismo, por órgano de 
la Asamblea, con el carácter indeleble de un sacramento: 
¡ el sacramento de la Patria ! 

Muchos cambios y revoluciones ocurren después en 
la tan rápida como intensa vida histórica del pueblo argen- 
tino. La barbarie de los campos ataca la cultura de las 
ciudades. Las provincias se separan y luchan contra el 
ideal unitario por la organización federal. Desencadénanse 
tormentas de tiranía, y el suelo de la patria es regado 
con la sangre de sus hijos. Todo el pasado tradicional 
parece obscurecerse, aclararse, renacer como un fénix, 
transformarse como el Proteo de la mitología clásica . . . 
Pero, entre tantas revueltas y vicisitudes, algo queda siem- 
pre firme y seguro como un baluarte o una montaña: el 
Escudo nacional, símbolo de los ideales de la Revolución, 
y síntesis de la obra institucional realizada por la Asamblea 
General Constituyente de 1813. 

44. Himno Nacional Argentino. 
CORO 

Sean eternos los laureles 
que supimos conseguir: 
coronados de gloria vivamos 
o juremos con gloria morir. 

1. Oíd, mortales, el grito sagrado: 
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! 



102 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

¡ Oíd el ruido de roías cadenas ! . , . 
Ved en trono a la noble Igualdad. 
Se levanta a la faz de la tierra 
una nueva y gloriosa Nación, 
coronada su sien de laureles 
y a sus plantas rendido un León. 

2. De los nuevos campeones los rostros 
Marte mismo parece animar: 

la grandeza se anida en sus pechos; 
a su marcha todo hace temblar. 
Se conmueven del Inca las tumbas 
y en sus huesos revive el ardor, 
lo que ve renovando a sus hijos 
de la Patria el antiguo esplendor. 

3. Pero sierras y muros se sienten 
retumbar con horrible fragor: 

todo el país se conturba por gritos 
de venganza, de guerra y furor. 
En los fieros tiranos la envidia 
escupió su pestífera hiél ; 
su estandarte sangriento levantan 
provocando a la lid más cruel. 

4. ¿No los veis sobre Méjico y Quito 
arrojarse con saña tenaz, 

y cual lloran bañados en sangre 
Potosí, Cochabamba y La Paz? 
¿No los veis sobre el triste Caracas 
luto, llantos y muerte esparcir? 
¿No los veis devorando cual fieras 
todo pueblo que logran rendir? 

5. A vosotros se atreve, argentinos, 
el orgullo del vil invasor: 

vuestros campos ya pisa contando 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 103 

tantas glorias hollar vencedor. 
Mas los bravos que unidos juraron 
su feliz libertad sostener, 
a esos tigres sedientos de sangre 
fuertes pechos sabrán oponer. 

6. i El valiente argentino a las armas, 
corre ardiendo con brío y valor! 

El clarín de la guerra, cual trueno, 
en los campos del Sud resonó. 
Buenos Aires se pone a la frente 
de los pueblos de la ínclita unión, 
y con brazos robustos desgarran 
al ibérico altivo León. 

7. San José, San Lorenzo, Suipacha, 
ambas Piedras, Salta y Tucumán, 

La Colonia y las mismas murallas 
del tirano en la Banda Oriental, 
son letreros eternos que dicen : 
«Aquí, el brazo argentino triunfó: 
aquí, el fiero opresor de la Patria 
su cerviz orgullosa dobló ». 

8. La Victoria al guerrero argentino 
con sus alas brillantes cubrió, 

y azorado a su vista el tirano 

con infamia a la fuga se dio. 

Sus banderas, sus armas, se rinden 

por trofeos a la libertad, 

y sobre alas de gloria alza el pueblo 

trono digno a su gran majestad. 

9. Desde un polo hasta el otro resuena 
de la fama el sonoro clarín, 

y de América el nombre enseñando 
les repite : « ¡ Mortales, oíd ! 



104 LA TRADIGIÓiN Y LA HISTORIA 

Ya SU trono dignísimo alzaron 
las Provincias Unidas del Sud ». 

Y los libres del mundo responden: 
«¡Al gran pueblo argentino, salud!». 

Vicente López -í Planbs, 

45. Güemes. 

Para cortar, de pronto, el pánico y el duelo 
que siembra el español, triunfante en su carrera, 
entre el bosque y el río, la montaña y el cielo, 
como una red sutil, tiende la montonera. 

Y con la roja lanza, al indómito vuelo 
de su potro, por siempre, demarca la frontera, 
diciendo al enemigo : « Hasta aquí es nuestro suelo. 
¡Atrévete a violarlo!... Mi pabellón te espera .^>. 

Siguiéndole hacia el Norte, contra el hierro y el fuego» 
sus gauchos le tributan un amor santo y ciego, 
mientras el godo, huyendo por las cumbres desiertas, 

le rinde el homenaje soberano del odio... 
Y su sombra se yergue, de la patria a las puertas, 
apoyada en su lanza, coítio un ángel custodio. 

46. O combate de San Lorenzo. 

( Kragniento del canto a San Martin). 

Un mundo despertaba 
del sueño de la negra servidumbre, 
profunda noche de mortal sosiego, 
con la sorda inquietud de la marea. 

Y en la celeste cumbre, 

las estrellas del trópico encendían 
sus fantásticas flámulas de fuego 
para alumbrar la lucha gigantea. 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 105 

Un mundo levantaba 
la desgarrada frente pensativa 
del profundo sepulcro de su historia, 
y una raza cautiva 

llamaba al salvador con hondo acento; 
y el salvador le contestó lanzando 
el resonante grito de victoria 
entre el feroz tumulto de las olas 
del Paraná, irritado 
al sentirse oprimido por las quillas 
de las guerreras naves españolas. 

¡Fué un soplo la batalla! 
Los jinetes del Plata, como el viento 
que barre las llanuras, se estrellaron 
con ímpetu violento 
en la muralla de templado acero; 
¡y se vio largo tiempo confundidas 
sobre la alta barranca, 
y entre el solemne horror de la batalla, 
la naciente bandera azul y blanca 
y el rojo airón del pabellón ibero! 

Fué la primer jornada 
del torrente nacido en las sombrías 
florestas tropicales, 
la primera iracunda marejada, 
y su rumor profundo 
llevado de onda en onda por el viento 
del Plata al océano, 
I fué a anunciar por el mundo 
que ya estaba empeñada la partida 
del porvenir humano! 

Olbqario V. Andrade 



108 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



47. El marinero y el capitán. 

En el reñido y glorioso combate naval que la segun- 
da escuadra argentina libró contra el poderío' español, 
frente a Montevideo, en 1814, su jefe, Brown, ordenaba 
activamente las maniobras. Como arreciara el fuego del 
lado en que él se hallaba, sobre la cubierta de la nave 
capitana, permitióse un marinero advertirle : « Señor, pase 
al otro lado para resguardarse de las balas enemigas». Y 
Brown, que desde aquel sitio dominaba la perspectiva del 
combate, repuso enérgicamente: «Si un marinero se ex- 
pone a las balas del enemigo, ¿cómo ha de resguardarse 
el capitán y jefe de la escuadra?...». 

48. Cumplir la consiéna. 

Inspeccionando una mañana el campamento de Men- 
doza, San Martín se detuvo ante una puerta cerrada y re- 
vestida de pieles de carnero con la lana para afuera. Cus- 
todiábala una centinela. «¿Qué es esto?, preguntó a los 
sargentos que le acompañaban. — El laboratorio de mixtos, 
le respondieron. — ¿ Se trabaja ahora ? — Sí, señor. Se están 
haciendo cartuchos, lanzafuegos, estopines, espoletas para 
granadas y otras municiones ». Sin averiguar más, dirigió- 
se allá el general, en actitud de entrar. «¡Alto ahí!, 
exclamó el centinela, poniéndose delante. No se puede 
entrar ». A esta observación, San Martín exclamó con 
vehemencia: «¿Cómo es esto? ¿No me conoces? — Sí, 
señor, le conozco ; pero así no se puede entrar », repitió 
el soldado, refiriéndose al traje militar que vestía el ge- 
neral, con botas herradas y pesadas espuelas. Volvió a 
insinuar San Martín su ademán de abrir la puerta. El 
centinela caló entonces la bayoneta, repitiendo : « Ya he 
dicho, mi general, que así no se puede entrar». Y gritó 
con fuerza : « ¡ Cabo de guardia ! | El general en jefe 
quiere forzar el puesto ! » Al ver esto, uno de los sargen- 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 107 

tos corrió al cuerpo de guardia a llamar al cabo. Llegó 
el cabo, y dijo al general : « Señor, el centinela tiene la 
consigna de no dejar entrar en el laboratorio a nadie 
vestido de uniforme para no ocasionar un incendio. Si mi 
general quiere visitarlo, para hacerlo en la forma permitida, 
sírvase pasar antes a ese otro cuarto y mudarse de ropa». 
Nada respondió el general, entró en el cuarto indicado, 
quitóse el uniforme, y se puso un par de alpargatas y 
saco y gorro de brin. Luego visitó el laboratorio e ins- 
peccionó los trabajos. Cuando se retiraba, después de 
haberse vestido de nuevo el uniforme, pasó por el cuerpo 
de guardia, y ordenó que, después de relevarse, se le man- 
dara a su despacho al soldado que hacía de centinela. 
Cumplió el soldado la orden, y se presentó, temeroso de 
haber merecido una admonición. Pero, al verle entrar, el 
general en jefe se puso de pie y le tendió la mano para 
felicitarle calurosamente. Al obedecer a su consigna había 
cumplido su deber. 

Según Juan M. Espora 

49. La lealtad de San Martín. 

Hallábase el general San Martín en el campamento de 
Mendoza. El edecán de servicio en la antesala de su tienda 
de campaña, entró un día en su escritorio, anunciándole: « Un 
oficial pregunta por el ciudadano don José de San Martín. 
— Hágale usted entrar». Entró el oficial, y se ratificó en 
que venía a ver al ciudadano, y no al general en jefe. 
«Puede usted hablar, le dijo San Martín. —Vengo a confiarme 
a usted como un hijo a su padre, balbució el oficial. Soy 
habilitado de mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de 
guerra, para socorro de los oficiales y soldados, una 
suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando entré 
por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío, que 
se halla enfermo. Varios compañeros estaban jugando a 
los naipes en su aposento, y me invitaron a acompañarlos. 
Al principio rehusé. Luego quise tentar la suerte, y resolví 



108 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

jugar la pequeña suma que me correspondía como oficial 
en la cantidad total que me había sido entregada. Como 
debo al sastre, a la lavandera y a varios proveedores, no 
pudiendo pagar mis deudas con esa pequeña suma, ocu- 
rrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla, saldría de 
apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe, 
quise reponer la pérdida, jugué de nuevo y volví a per- 
der... ¡En fin, arriesgué todo lo que llevaba, y lo perdí 
todo!... He pasado la noche vagando por los alrededores 
del campamento como un loco; estoy deshonrado. ¡Rué- 
gole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi 
honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea 
sirviéndole de criado. ¡ Lo que no quiero es que se me 
ajusticie como ladrón, y llegue luego la noticia a mi pobre 
madre!...» El general San Martín contestó, después de 
una pausa : « Como general estaría obligado a hacerle 
enjuiciar ante el consejo de guerra... Pero usted se ha 
confiado a mi lealtad y me promete enmendarse...» Y tiró 
una gaveta de su escritorio, sacó en onzas de oro de su 
propio peculio la suma que el oficial le pedía, y, al en- 
tregársela, le dijo : « Vaya usted y en el acto entregue ese 
dinero en la caja de su cuerpo. ¡ Que en su vida se vuelva 
a repetir un pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde 
usted en el más profundo secreto el asunto de esta entre- 
vista, porque si alguna vez el general San Martín llega a 
saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el 
acto le manda fusilar ». 

Según Juan M. Espora. 

So. La declaración ele la Independencia. 

El Congreso de Tucumán fué la única de nuestras 
grandes asambleas que alcanzó a ver resuelto el arduo 
problema de los tiempos en que había sido convocada: la 
consolidación de la Independencia por la ley de las armas. 
Penetrada de su alta misión organizadora y gubernativa, 
supo acallar los sentimientos localistas de sus diputados, 



LA ÉPOr.A Di", LA INDEPENDENCIA 



109 



y el 3 de mayo de 1816 nombró supremo director, casi 
por unanimidad, a un eminentísimo patriota y hombre 
público, don Juan Martín de Pueyrredón. El nuevo direc- 
tor manifestó, desde que se posesionó del cargo, su 
opinión de que el Congreso debía declarar la Independen- 
cia nacional. El general Belgrano insistía desde tiempo 







atrás para que se diera ese paso decisivo. San Martín lo 
reclamaba de todos sus amigos; a uno de ellos, como le 
dijera en estilo vulgar que eso « no era soplar y hacer 
botellas », contestóle que era mucho más fácil declarar la 
Independencia que encontrar un solo argentino que hiciera 
una botella. Aunque había quien vacilara en realizar ya un 
acto tan grave, dudando si era aún llegada la oportunidad, 
reclamábanlo vivamente los pueblos y sus prohombres. 
Las cartas de San Martín, la presencia del general Bel- 



lio LA TRADICIÓN Y I,A HISTORIA 

grano y las exigencias del director acabaron por vencer las 
vacilaciones. Una vez decididos, los diputados más avan- 
zados en el influjo de la mayoría tuvieron una reunión pri- 
vada el 8 de julio por la tarde. Discutieron el asunto. La 
vehemencia de los que ya tenían hecha la resolución 
arrastró a los demás; todos quedaron comprometidos en 
que al día siguiente se hiciera moción de tratar sobre la 
Independencia. Como de costumbre, en su modesta casa 
de estilo colonial y techo de teja, baja, con una ventana 
a cada lado de la puerta, reunióse el Congrego ese día, el 
9 de julio, y un voto general apoyó la proposición. El 
presidente del Congreso, don Narciso Laprida, diputado por 
San Juan, formuló el proyecto con estas palabras: «¿Quie- 
re el Congreso que las Provincias Unidas del Río de la 
Plata formen una sola nación libre e independiente de los 
reyes de España?» Todos los diputados a la vez, ponién- 
dose espontáneamente de pie — « llenos de santo amor por 
la justicia», según refiere el acta—, contestaron por acla- 
mación que sí. Y mientras el pueblo, que había concu- 
rrido a la barra y llenaba los patios de la casa, atronaba 
con sus vítores y aplausos, el presidente tomó uno por uno 
los votos de los diputados por la Independencia del país. 
Extendióse en seguida el acta, en la que, « invocando al 
Eterno, que preside el Universo, en nombre y por auto- 
ridad de los pueblos que representaba», el Congreso de- 
claró: «Que era voluntad unánime de las Provincias Uni- 
das de Sud América romper los violentos vínculos que las 
ligaban a los reyes de España, recuperar sus derechos, 
investirse del alto carácter de nación libre e independiente, 
quedando de hecho y de derecho con amplio y pleno po- 
der para darse las formas que exigiere la justicia ». 

El 21 de julio se juró solemnemente la Independencia 
en la sala de sesiones del Congreso con asistencia de 
todas las autoridades civiles y militares de Tucumán, pro- 
testando todos ante Dios y la Patria, « promover y defen- 
der la libertad de las Provincias Unidas, y su independen- 



LA ÉPOCA DE La INDEPENDENCIA IH 

cía del rey de España, sus sucesores y metrópoli, y de 
toda otra dominación extranjera», y se prometió sostener 
este juramento, « hasta con la vida, haberes y fama ». 

AI mismo tiempo que se fijaba la fórmula del jura- 
mento de la Independencia, pidió el diputado Qazcón que 
se fijara la bandera nacional, indicando que ésta debía ser 
la azul y blanca, inventada por Belgrano, que entonces 
se usaba, aunque no estaba autorizada por ninguna ley. 
En consecuencia de esto, el Congreso, en sesión de 25 de 
julio, decretó: «Será peculiar distintivo de las Provincias 
Unidas la bandera celeste y blanca de que se ha usado 
hasta el presente, y se usará en los ejércitos, buques y 
fortalezas ». 

Según Vicente Fjdel López y Bartolomé MitBB. 

Si. La Independencia. 

(1816). 

La tierra estaba yerma, opaco el cielo, 
la derrota doquier. Nuestros campeones, 
que en la tremenda lid fueron leones, 
ven ya frustrado su arrogante celo. 

América contempla en torvo duelo 
la bandera de Mayo hecha jirones. 
El enemigo avanza: sus legiones 
cantan victoria estremeciendo el suelo. 

Pero la Patria, irguiéndose entre ruinas: 
« ¡ Atrás ! » prorrumpe, libre se proclama, 
rompe el vil yugo con potente brazo; 

y triunfantes las armas argentinas, 
llevan la libertad, su honor, su fama, 
desde el soberbio Plata al Chimborazo. 

Cahlos Guido t Spaho. 



ItS LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

§2. £1 paso de los Andes. 

(Fragmento del canto a San Martin). 

jYa están sobre las crestas de granito 
fundidas por el rayo ! 
¡Ya tienen frente a frente el infinito: 
arriba, el cielo de esplendor cubierto ; 
abajo, en las salvajes hondonadas, 
la soledad severa del desierto; 
y en el negro tapiz de la llanura, 
como escudos de plata abandonados, 
los lagos y los ríos que festonan 
de la patria la regia vestidura! 

¡Ya están sobre la cumbre! 
I Ya relincha el caballo de pelea, 
y flota al viento el pabellón altivo, 
hinchado por el soplo de una idea! 
¡Oh! ¡qué hermosa, qué espléndida, qué grande 
es la patria, mirada 
desde el soberbio pedestal del Ande! 
¡El desierto sin límites doquiera, 
océanos de verdura en lontananza, 
mares de ondas azules a lo lejos, 
las florestas del trópico distantes, 
y las cumbres heladas 
de la adusta, argentina cordillera, 
como ejército inmóvil de gigantes! 

¿En qué piensa el coloso de la historia 
de pie sobre el coloso de la tierra? 
Piensa en Dios, en la Patria y en la Gloria, 
en pueblos libres y en cadenas rotas; 
y con la fe del que a la lucha lleva 
la palabra infalible del destino, 
jse lanzó por las ásperas gargantas 
y le siguió rugiendo el torbellino! 

Oi.i.tiAu:o V Anrraob. 



LA ÉPOCA DE LA INDEPEíNDENCIA 113 

53. El paso de los Andes y CKacabuco. 
I. EL PASO DE LOS ANDES 

Pronto puso San Martín, gobernador de la provincia 
de Cuyo, al ejército en estado de comenzar una campaña 
que ya no podía envolverse en el misterio. En la necesi- 
dad de preparar el campo para las operaciones, bien me- 
ditadas de antemano, fomentó sublevaciones de patricias 
al otro lado de la Cordillera, que distrajeron la atención 
de las autoridades españolas, al mismo tiempo que por 
medio de parlamentos con los indios del Sur de Chile, 
persuadió a las mismas autoridades a que, en caso de 
invadir, tomaría una ruta que estaba muy lejos de su ver- 
dadera intención. El campamento de Mendoza tomó la 
actitud que debía tomar en realidad muy pronto enfrente 
del enemigo. Desde la primera luz ya estaba San Martín 
en él; un tiro de cañón anunciaba la formación de todos 
ios cuerpos, y las maniobras militares duraban todo el 
día, prolongándose a veces a la claridad de la luna. 

Pero el ejército no podía aventurarse en los desfila- 
deros sin un reconocimiento formal practicado de ante- 
mano. San Martín qué, ayudado del espíritu de la revolu- 
ción, había sabido convertir en director de sus parques 
a un fraile franciscano, halló a un hábil ingeniero de cam- 
paña entre los jóvenes capitanes de su artillería. Alvarez 
Condarco fué encargado del reconocimiento facultativo del 
camino de la Cordillera, disfrazado con el carácter de 
parlamentario, portador de una nota dirigida al presiden- 
te de Chile, contraída a noticiarle la declaración de la inde- 
pendencia argentina proclamada por el Congreso de Tucu- 
mán. Puede calcularse la impresión que causaría a Marcó 
del Pont esta embajada, verdadero desafío a su poder 
puesto en ridículo, mucho más cuando forzosamente tenía 
■que disimular su enojo por temor de empeorar la suerte 
dé sus compatriotas prisioneros en el territorio de Cuyo. 

Mientras se practicaba por aquel medio ingenioso el 



114 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

reconocimiento del tránsito, dividió San Martín el ejército 
en tres cuerpos principales, de los cuales él tomó el 
mando de la reserva, confiando al mayor general don Mi- 
guel Estanislao Soler la vanguardia, y el centro al general 
O'Higgins. Zapiola, Cra'mer, Las Heras, Alvarado, Plaza 
y algún otro eran los principales entre los valientes jefes 
que le acompañaban. La infantería montaba al número de 
3.000 hombres; ia caballería regular, a 600 granaderos; a 
la artillería, compuesta de diez cañones de a seis, de dos 
obuses y de cuatro piezas de montaña, la servían 300 
hombres. 1.200 milicianos montados y algunos hombres 
destinados a conducir los víveres y forrajes y a despejar 
el terreno, aumentaban el número de estas fuerzas hasta 
componer un ejército de 5.000 y tantos soldados de las 
tres armas. 

Los Andes argentinos se levantaban delante de esta 
expedición que llevaba la libertad a la falda que miraba al 
océano Pacífico. Cumbres más elevadas que el Chimbo- 
razo, nieves perpetuas que se mantienen a la altura de 
cuatro mil metros, montañas de granito que se suceden 
unas a otras desnudas de toda vegetación, constituyen la 
naturaleza de esa cordillera, en cuyos valles angostos, don- 
de serpentean los torrentes, no encuentra el viajero más 
que peligros. Estos valles, algunos de los cuales se pro- 
longan con el nombre de quebradas de un lado al otro, 
facilitan la comunicación entre nuestra República y la de 
Chile. El ejército se internó por dos de estas quebradas, 
la de los Patos y la de Uspallata, que corren próximamente 
paralelas entre sí. En el término de diez y ocho días, y 
después de caminar al borde de los abismos más de ochenta 
leguas, principiaron aquellos bravos a descender las pri- 
meras pendientes occidentales, el 4 de febrero de 1817, 
reunidas las vanguardias de las dos divisiones invasoras, 
comenzando a guerrillear al enemigo. Dos brillantes jóvenes- 
de Buenos Aires, célebres más tarde en la gran guerra de 
la Independencia, Necochea y Lavalle, tuvieron la princi- 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 115 

pal parte en estos encuentros. Los españoles, después de 
varios movimientos en diversas direcciones, que demostra- 
ban la sorpresa y el terror que les infundía el denuedo 
de los independientes, concentraron sus fuerzas al mando 
del general Maroto al pie de la cuesta de Chacabuco. Allí 
los fué a buscar San Martín, el día 12 de febrero. 

II. CHACABUCO 

El ejército se previno desde la noche anterior, arro- 
jando sus equipajes y municiona'ndose cada soldado con 
setenta cartuchos. A las dos de la madrugada del 12 co- 
menzaron a moverse los patriotas, divididos en dos cuer- 
pos, el uno a las órdenes de Soler y el otro a las de 
O'Higgins. San Martín los seguía de cerca y rodeado de su 
estado mayor; a media legua de la cuesta, donde se hallaba 
el enemigo, las divisiones comenzaron a operar, la una a 
la derecha y la otra a la izquierda. La acción se trabó 
poco después, y las cargas a la bayoneta, dirigidas por el 
general O'Higgins, el empuje de los granaderos a caballo 
mandados por Zapiola y el concurso oportuno de Neco- 
chea pusieron en completo desorden al enemigo y lo obli- 
garon a huir, dejando dueño del campo al general San 
Martín. La pérdida del enemigo se computó en 500 hom- 
bres muertos y 600 prisioneros. Poco después del medio- 
día estaban en poder de los vencedores todo el parque de 
los realistas, sus cañones, armamento y el estandarte del 
batallón de Chiloé. Más tarde y a consecuencia de esta 
victoria se tomaron seis banderas más, tres de las cuales 
se conservan en la catedral de Buenos Aires. 

El vencedor en Chacabuco quedó inscripto, desde el 
memorable 12 de febrero, en el número de los grandes 
capitanes del mundo. Su paciente habilidad, su arrojo cal- 
culado con madurez, su admirable travesía de las más ás- 
peras y elevadas montañas de la tierra, le colocaron natural- 
mente al lado de Aníbal y Bonaparte. El pueblo de Buenos 
Aires recibió la plausible noticia catorce días después. A 



116 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

las tres de la tarde del 26 de febrero, el Director, rodeada 
de un lucido cortejo de empleados civiles y militares, 
tomaba en sus manos la bandera rendida en Chacabuco, 
que colocada en lo alto de las casas consistoriales, sirvió 
de trofeo a las banderas nacionales de los batallones de 
patricios. El pueblo se agolpó a presenciar aquel espec- 
táculo, y sus alegres aclamaciones se mezclaron a las sal- 
vas de la artillería y al repiquetear de las campanas de 
los templos. Al describir el júbilo que embargaba a nuestra 
población, la prensa de aquellos días exclamaba con entu- 
siasmo: «¡Gloria inmortal a cuantos han tenido la dicha 
de merecer el elogio sublime del regocijo público de sus 
compatriotas ! ». 

El gobierno del Directorio manifestó su agradecimiento 
al vencedor con algunas honras, entre las cuales son de 
mencionarse una pensión vitalicia de 600 pesos a favor 
de su hija, y el uso, para el general, de un escudo con 
las siguientes inscripciones: La patria en Chacabuco. Al 
vencedor de los Andes y Libertador de Chile. 

Juan María Gutiérrez. 

54. A la victoria de Ckacabuco. 

(Fragmento). 

1. La lid está trabada 

en Chacabuco; del guerrero infante 
se ve la línea en fuegos inflamada; 

su acero fulminante 
en la diestra revuelve ya el jinete, 
y en el veloz caballo ya arremete. 

2. La intrépida carrera 

del relinchante bruto, el corvo alfanje, 
rompen al enemigo, que lo espera 

en cerrada falange; 
al duro choque retemblaba el suelo 
cual si brotara nuevo Mongibelo. 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA tíü 

3. La muerte, conducida 
sobre el rodante carro, hiere, mata 
en ambas huestes; la infeh'ce vida 

del cuerpo la desata, 
los muertos huella, corre sin fatiga: 
la cuadriga fatal la guerra instiga. 

4. Frente a sus escuadrones 
San Martín ya decide la victoria, 
clama, atrepella, rinde las legiones: 

cubierto va de gloria 
cual otro Aquiles fuerte, invulnerable, 
a las troyanas gentes espantable. 

5. Dos rayos de Mavorte, 
de la Patria constantes defensores. 
Soler, O'Higgins, cada uno en su cohorte 

gobierna los furores; 
de los fieros titanes de este día 
triunfara en Chacabuco su osadía. 

6. ¡Oh Patria!, tus guerreros 
los montes y los llanos ocuparon, 

y el pendón de Castilla de ellos, fieros, 

al suelo derribaron ; 
salve, Patria, mil veces: altaneras 
flotan en todo Chile tus banderas. 

7. Vírgenes adorables, 
ninfas del argentino, sacro río, 
cantad también los hechos memorables, 

mientras el llanto mío 
tributo al campeón, que en la victoria 
muriendo por la Patria nos da gloria. 

(Abreviado; Esteban de Luga t PatrAh. 



118 UA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 



55. En la victoria de MaipOv 

1. ¡ Oh, si mi poderío 
la esfera de mis votos igualase 
para cantar el belicoso brío 

de la legión maipuana 
que hundió en el polvo la soberbia hispana 

2. ¡Oh Patria!, tú serías 
de mis loores el sublime objeto: 

tu pasmosa constancia en tantos días 

de apremio y de fatiga 
con que incansable el español te hostiga. 

3. Solitaria en la lucha 

cual si no hubiera pueblos generosos, 
nadie en el mundo tu clamor escucha: 

todos te dejan sola 
en brazos de la cólera española. 

4. Audaz sobre la arena, 
vertiendo sangre y en sudor bañada, 
con la mano de trueno y rayos llena» 

luchas con tus rivales, 
y venciendo enriqueces tus anales. 

5. Mas tu riesgo no cesa, 

que, en sus pérdidas mismas recobrado, 
el tirano otra vez la lid empieza, 

y te arrastra atrevido 
como si vencedor hubiera sido. 

6. Tus fuerzas desfallecen: 

I tanta sangre preciosa has derramado! 
¡Ahí tus conflictos a la par acrecen 

mil monstruos parricidas 
que renuevan atroces tus heridas. 




\ 



LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA 119 



*" 7. Mas San Martín, ese hijo 

que en sus favores te ha donado el cielo 
para colmo de gloria y regocijo, 

se arroja a la palestra 
y arma en tu auxilio la robusta diestra. 

8. A la hidra que vomita 
por millares de bocas cruda muerte, 
el hercúleo campeón se precipita, 

su gran maza levanta 
y la tiende mortal bajo su planta. 

9. Así fué la jornada 

de las célebres márgenes del Maipo, 
en donde fuiste, ¡oh Patria!, coronada 

de lauro inmarcesible 
por San Martín y su legión terrible. 

10. ¡Gloria a tantos varones 

que a los más grandes en la guerra igualan, 
y los vencen en muchas proporciones! 

En igual circunstancia 
no hubo mayor destreza, ardor, constancia. 

(Abreviado.) Vicente López y Planes. 

56. Paralelo entre Belérano y San Martín. 

Existían muchos puntos de contacto entre San Martín 
a Belgrano, que eran dos naturalezas superiores destina- 
das a entenderse, aun por las mismas cualidades opuestas 
que daban a cada uno de ellos su fisonomía propia y 
original. San Martín era un genio dominador, y Belgrano un 
hombre de abnegación. Obedecía el uno a los instintos de 
una organización poderosa, y el otro a los sentimientos de 
un corazón sensible y elevado. Empero, ambos, al aspirar 
al mando . o al profesar el sacrificio, subordinaban sus 
acciones a un principio superior, teniendo en vista el triun- 



120 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

fo de una idea y sobreponiéndose a esas ambiciones bas- 
tardas que sólo pueden perdonarse a la vulgaridad. Bel- 
grano tenía un candor natural, que le hacía confiar dema- 
siado en la bondad de los hombres; San Martín, por el 
contrario, sin despreciar la humanidad, tenía ese grado de 
pesimismo que es tan necesario para gobernar a los hom- 
bres. Esto no impedía que San Martín admirara la gene- 
rosa elevación de carácter de Belgrano ; y éste, su tacto 
seguro y su penetración para juzgar a los hombres, utili- 
zando en ellos hasta sus malas tendencias y aun sus 
vicios. 

Ajenos los dos a los partidos secundarios de la revo- 
lución sin ser indiferentes a la política interna, nunca par- 
ticiparon de sus odios, ni se subordinaron a sus tenden- 
cias egoístas, manteniéndose siempre a una gran altura 
respecto de las cosas y los hombres que no concurriesen 
inmediatamente al triunfo de la revolución americana. Esta 
identidad de ideas sobre punto tan capital, los hacía na- 
turalmente apasionarse por los grandes resultados que 
buscaban, y procurar que sus subordinados, poseídos del 
mismo espíritu, se mantuvieran ajenos a las divisiones in- 
ternas, para concentrar todos sus esfuerzos y toda su 
energía contra sus enemigos externos. Eran dos atletas 
que necesitaban una vasta arena para combatir, y el cam- 
po de la política interna les venía estrecho a sus combi- 
naciones; así es que los ejércitos de San Martín y Bel- 
grano tuvieron la pasión de la independencia y de la 
libertad, y sólo fueron presa de las facciones el día que 
ellos faltaron a su cabeza. 

Los dos poseían ese espíritu de orden y de discipli- 
na, peculiar a los genios sistemáticos, que ven en los 
hombres instrumentos inteligentes para hacer triunfar prin- 
cipios y no intereses personales. El sistema de Belgrano 
era austero, minucioso, casi monástico, y trababa basta 
cierto punto el libre vuelo de las almas, « exigiendo, según 
expresión de uno de sus oficiales, una abnegación, un 



LA ÉPOCA DE LA INDEPBNUENCIA 121 

desinterés y un patriotismo tan sublime como los suyos». 
El de San Martín, por el contrario, aunque no menos seve- 
ro, tendía a resultados generales, y, obrando sobre la masa 
con todo el poder de una voluntad superior, dejaba ma- 
yor libertad a los movimientos espontáneos del individuo. 

San Martín había nacido para la guerra, con un tem- 
peramento varonil, una voluntad inflexible y una perseve- 
rancia en sus propósitos que le aseguraban el dominio de 
sí mismo, el de sus inferiores y el de sus enemigos. Bel- 
grano, débil de cuerpo, blando y amable por tempera- 
mento, y sin ese frío golpe de vista del hombre de gue- 
rra, había empezado por triunfar de su propia debilidad 
dominando su naturaleza, contrariando los sentimientos 
tiernos de su corazón, y suplía por la constancia y la fuer- 
za de voluntad las calidades militares que le faltaban. Am- 
bos se admiraban: el uno por ese poder magnético que 
ejercen las organizaciones poderosas, el otro por la sim- 
patía irresistible que despierta el hombre que sobrepone 
el espíritu a la materia. 

Ardientes partidarios de la independencia, los dos es- 
taban convencidos de la necesidad de generalizar la revo- 
lución argentina por toda la América, a fin de asegurar 
aquélla. Con gustos artísticos uno y otro, pues Belgrano 
era músico y San Martín aficionado a la pintura, tenían 
algo de ese idealismo que poseen los héroes en los pue- 
blos libres. Graves, sencillos y naturales en sus maneras, 
aunque en San Martín se notara más brusquedad y reser- 
va y en Belgrano más mesura y sinceridad, había de co- 
mún entre ellos, que despreciaban los medios teatrales; y 
grande cada cual a su manera, se ayudaban y completa- 
ban mutuamente sin hacerse competencia., En San Martín 
había más genio, más de lo que constituye la verdadera 
grandeza del hombre en las revoluciones; pero en cam- 
bio, había en Belgrano más virtud nativa, más elevación 
moral; y si éste era acreedor a la corona cívica, aquél era 
digno de la palma del triunfador. Bartolomé mithu. 



122 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

57. BucKardo. 

(1817-1819) 

La tierra circundó con su bravura; 
ya la nave ha soltado su cordaje, 
y se escucha su grito de abordaje, 
y se ve sobre el puente su figura. 

Aquel navio indómito perdura 
rompiendo, soberano, el oleaje; 
izada al tope lo encendió en coraje 
nuestra bandera donde el sol fulgura. 

Devorándose el mar vuela el corsario; 
no resisten su empuje temerario, 
desbandados, piratas y negreros; 

Fantasma de los puertos. La Argentina, 
con su nimbo de gloria se ilumina 
después de los sangrientos entreveros. 

ü. Torres Frías 

VIH. LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 

5%. Los 3.000 pesos de Dorreéo. 

Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima 
crisis, revolucionaria más bien que política. En la provincia 
de Buenos Aires se cambiaba de gobierno con deplorable 
frecuencia. Como el gobernador señor Ramos Mexía era 
partidario del directorio, el general Soler, enemigo del sis- 
tema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse 
luego el nuevo gobernador al campamento de Lujan, don- 
de estableció su sede. Dejaba en Buenos Aires, como su 
lugarteniente, en el cargo de comandante general de armas, 
al coronel don Manuel Dorrego. Y, para concluir con los 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 123 

unitarios, puso a precio las cabezas de los principales 
representantes del régimen directorial. 

Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona 
se tasó en 3.000 pesos. Espíritu inquieto y combatiente, 
habíase arriesgado a venir, de su voluntario ostracismo en 
el Uruguay, a la misma ciudad de Buenos Aires. Ocultábase 
en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación era 
harto peligrosa, pues podía ser reconocido y denunciado 
en cualquier momento, hasta por la servidumbre. Además, 
agravábase esta situación por su personal y mortal enemistad 
con el coronel Dorrego, a quien había insultado con la viru- 
lencia de las pasiones políticas de aquel tiempo semibárbaro. 

Como temía una sorpresa trágica y fatal para su hués- 
ped, el señor Marín resolvió salvarle, dando un paso audaz y 
decisivo. Conocía a Dorrego y confiaba en su caballerosidad. 
Sin comunicar su proyecto al doctor Tagle, fué a ver al 
comandante general, en el piso bajo del Cabildo, donde se 
hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio en serio 
y medio en broma: «Sé que estás en apurada situación 
financiera, y vengo a ofrecerte la oportunidad de ganar 
3.000 pesos». En efecto, el dinero escaseaba a causa de 
las continuas revoluciones y violencias, y Dorrego contestó 
agradecido por el ofrecimiento; no disponía en aquel ins- 
tante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a 
las tropas. El señor Marín le anunció entonces que tenía 
al doctor Tagle en su casa. Dorrego se limitó a responder: 
« Muy bien. Esta noche iré a buscarle ». 

Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. 
Aunque tenía plena confianza en la lealtad de Dorrego, 
acerba duda se apoderó de su espíritu. ¿Y si el comandante 
general, llevado al mismo tiempo por el antagonismo 
político y por la necesidad de dinero, entregaba al general 
Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos 
sufrían momentos de ofuscación, y, entonces, todos parecían 
ofuscados por la sangrienta lucha política... 

De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó a 



124 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

conversar y tomar mate con el doctor Tagle. Estaba distraído 
y preocupado. Notándolo su huésped, le preguntó la causa 
de sus cavilaciones. No pudo callar por más tiempo el señor 
Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido y tembloroso, 
el doctor Tagle exclamó: «Estoy perdido». Quiso huir en 
aquel instante ; pero, como era su proyecto harto impru- 
dente, el señor Marín le retuvo en su casa. Librado a la 
hidalguía de Dorrego, corría alguna probabilidad de salvar- 
se; de otro modo su pérdida era segura. 

No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque, 
apenas anocheció, presentóse el coronel Dorrego en la casa 
del señor Marín. « Aquí está el doctor Tagle », dijo, y entró, 
seguido de un ordenanza. Más muerto que vivo, acudió el 
doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manos de su 
ordenanza, y le dijo : « Póngaselo ». El doctor Tagle se lo 
puso. « Ahora, sígame ». El doctor Tagle le siguió. En la 
puerta había dos caballos ensillados, el del coronel y el 
del ordenanza. Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor 
Tagle: «Monte a caballo y véngase conmigo». Y el doctor 
Tagle montó en el caballo del ordenanza, convencido de 
que le esperaban cuatro tiros. 

A galope tendido cruzaron la ciudad, de Sur a Norte. 
Cerrada ya la noche, llegaron al bajo de Palermo. En la 
orilla del río los esperaba una embarcación a vela, apa- 
rejada para partir. « Embarqúese y póngase a salvo en La 
Colonia », ordenó Dorrego a su acompañante. Conmovido 
por tanta grandeza de alma, el doctor Tagle le advirtió: 
« Yo he sido y soy su enemigo, coronel. — En el campo 
de batalla, contestó Dorrego, no hubiera vacilado en ma- 
tarle; aquí, doctor, sólo un mal caballero podría aprove- 
charse de haberle hallado huido e indefenso ». El doctor 
Tagle insistió: «Pierde usted, coronel, 3.000 pesos que 
necesita ». Y el coronel Dorrego, montando de nuevo a 
caballo y despidiéndose, repuso con sencillez: «Todo el 
oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de un 
militar argentino ». 



LA ÉPOCA DE LA OHOANIZ ACIÓN NACIONAL 125 

59. Rivadavia y sus reiormas. 

La principal gloria de Bernardino Rivadavia consiste en 
haber colocado la moral en la región del Poder, como base 
de su fuerza y de su permanencia, y en comprender que 
la instrucción del pueblo es el elemento primordial de su 
felicidad y engrandecimiento. Sobre estas columnas fundó 
una administración que siempre podrá servir de modelo, 
y cuyas creaciones, como astros luminosos, han lucido 
hasta en las negras horas del gobierno bárbaro de Rosas, 
que por tantos años mantuvo detenido el carro de nuestro 
progreso. 

Apenas ocupó el puesto de ministro en el gobierno de 
don Martín Rodríguez (1821), erigió la Universidad de Bue- 
nos Aires, con fuero y jurisdicción académica, como estaba 
acordado por reales cédulas, desde el año de 1778. Fué éste 
su primer paso en la tarea incesante de fundar estableci- 
mientos de enseñanza alta y primaria, bajo un sistema 
general, oportuno para desarrollar la instrucción pública 
al abrigo de la tranquilidad y del nuevo orden que suce- 
dió a la anarquía. Inmediatamente después fundó escuelas 
gratuitas, según un sistema rápido y económico, no sólo 
en los barrios de la ciudad de Buenos Aires, sino hasta 
en los pueblos más apartados de la campaña, y confió 
la inspección de todas ellas a un sacerdote recomendable 
por su ilustración y conocido por su filantropía. El pre- 
mio otorgado por Rivadavia al difundidor de la vacuna, 
fué encargarle de dirigir el espíritu de aquellos mismos 
niños cuya salud corporal había salvado. Pero su pensa- 
miento original y más fecundo respecto de la filantropía, 
fué el apoderarse del corazón de la mujer argentina para 
el bien público y fundar la Sociedad de beneficencia. 

La reforma emprendida por la administración de Ro- 
dríguez e inspirada por Rivadavia, es tan vasta como ad- 
mirable. Ella abrazó todos los órdenes y actividades, desde 
Ja economía interior de las oficinas hasta los actos ejercidos 



126 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

por el pueblo en razón de su soberanía ; desde las prác- 
ticas forenses hasta los hábitos parlamentarios, y desde la 
policía del cuartel del soldado hasta la clasificación de las 
recompensas a que eran acreedores los jefes del ejército. 
Como esta reforma tuviese la intención inflexible de des- 
arraigar abusos e introducir economías en la aplicación de 
las rentas, no pudo ponerse en práctica sin herir intereses, 
personas y corporaciones, que se sublevaron contra sus 
tendencias. Por fortuna, los legisladores de entonces te- 
nían en el Poder Ejecutivo un brazo fuerte para hacer 
obedecer la ley, y una voluntad que no se arredraba en 
presencia de las dificultades. 

La ley de reforma eclesiástica, dictada en 21 de di- 
ciembre de 1822, fué un pretexto para que los malavenidos 
con las innovaciones, los aspirantes y los perturbadores 
de oficio formasen una coalición en nombre de las creen- 
cias de nuestros mayores, haciendo entender al pueblo 
que se atacaban sus dogmas y el lustre de su culto. Los 
principios religiosos del primer ministro fueron puestos en 
duda, y la calumnia declaró ateo a quien había contri- 
buido para que el seminario conciliar, mal organizado y 
pobre en rentas, fuese levantado a ¡a categoría de cole- 
gio nacional de estudios eclesiásticos, al que se había 
empeñado en dignificar el sacerdocio, para que fuese ca- 
paz de desempeñar la alta misión que el gobierno se 
disponía a confiarle. Rivadavia quiso dar al clero de Bue- 
nos Aires, en aquella época, la prerrogativa de participar 
libremente en la educación y en la civilización del pueblo. 
Estas intenciones fueron manifestadas con palabras termi- 
nantes y con hechos notorios. 

La atención de Rivadavia no estuvo enteramente en- 
cerrada en los límites del gobierno de que era miembro. 
Al crear instituciones útiles y al mejorar las formas repre- 
sentativas de Buenos Aires, el futuro presidente creía hacer 
una obra que pudiera servir de modelo y aplicación para 
las demás provincias de la República Argentina, que, de 



LA ÉPOCA DF, LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 127 

mancomún y debidamente representadas, habían procla- 
mado su independencia como un solo cuerpo de nación. 
Los vínculos de la unión general se hallaban desatados 
en 1821. A la representación nacional del Congreso de 
Tucumán, dispersa por la anarquía, había sucedido la 
tentativa de una nueva representación, cuyos miembros, 
reunidos en Córdoba, tuvieron más de una vez que de- 
fenderse contra las acusaciones de conspiración que les 
hacían sus propios comitentes. Esta tentativa de coní^reso 
quedó sin efecto. La reunión de otro nuevo era completa- 
mente imposible en aquellos momentos. Rivadavia tuvo 
que aceptar el papel de ministro de un gobierno provin- 
cia!, a pesar de sentirse con la fuerza y la voluntad so- 
bradas para encargarse de los destinos nacionales. 

La idea de la organización del territorio, que tanta 
capacidad y tantas virtudes había mostrado en común 
durante la lucha de la Independencia, no podía apartarse 
ni por un momento del pensamiento del hombre que 
había sido vocal de las primeras juntas, representante del 
gobierno del directorio ante las cortes europeas y actor 
principal en el movimiento revolucionario a que el país 
entero había contribuido con su sangre y tesoros. El res- 
tablecimiento de la unión de los pueblos argentinos, tan 
deseado por Rivadavia, se preparó por él con habilidad y 
discreción. «Esa unión, decía, es necesario que se obre 
por el convencimiento de que sus ventajas son superio- 
res, respecto de cada una de las partes concurrentes, a 
cualquier perjuicio real o de mera opinión que a alguna de 
ellas pueda ocurrir ». Las ventajas fueron exph'cadas por 
una comisión que a tal objeto recorría los pueblos. Pero 
antes se había tenido la previsión de hacerlas tocar con 
hechos prácticos. Seis jóvenes de cada uno de los territo^ 
ríos que estaban entonces bajo gobiernos independientes, 
fueron mantenidos y educados en los colegios de Buenos 
Aires, estableciéndose así vínculos fraternales entre aquella 
juventud que alguna vez había de tener influencia en sus 



128 LA TRADICIÓN Y LA HISTORLA 

respectivas provincias. La ley de 27 de febrero de 1824 
facultando al Poder Ejecutivo para reunir la representación 
nacional, fué seguida de varias medidas que facilitaron el 
ejercicio de sus funciones al Congreso de 1826 y al presi- 
dente que nació de su seno. Las relaciones y el crédito 
adquiridos por el gobierno provincial permitieron a éste la 
formación de compañía europeas, con fuertes capitales, 
para la explotación de las minas de metales preciosos, para 
facilitar el comercio interior, la navegación en buques de 
vapor y para establecer un Banco nacional que sustentase 
esas mismas empresas proveyendo a las provincias del 
numerario que necesitaban para animar sus respectivas 
industrias. 

El 8 de febrero de 1826, en el salón p incipal de la 
vieja fortaleza de Buenos Aires, ante un crecido número 
de ciudadanos y en presencia de los jefes del ejército y de 
los departamentos todos de la lista civil, se celebró un 
acto trascendental para la suerte del país. El gobernador 
de la provincia de Buenos Aires proclamó a don Bernar- 
dino Rivadavia presidente de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata. El Congreso, haciendo justicia a los méritos 
contraídos por este ciudadano, le había escogido para co- 
locarle en aquel puesto, tan elevado como espinoso. El 
presidente, al tomar las insignias del mando, y el general 
Las Heras, al entregárselas, pronunciaron palabras que 
honran a uno y a otro. Los méritos de la administración 
que se retiraba fueron reconocidos y apla^vdidos por el 
presidente, el cual, a su vez, fué alentado con la perspec- 
tiva de una marcha gloriosa. 

Tan nobles deseos fueron completamente frustrados. El 
gobierno de la presidencia halló un terreno conmovido que 
no le dejó asentarse. La guerra extranjera y las divi- 
siones intestinas no permitieron la duración de dos años 
siquiera a un orden de cosas que de atrás se había pre- 
parado. Tropezando entonces con obstáculos insalvables, 
después de dejar una sólida obra de organización social 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 129 

y política para lo futuro, Rivadavia renunció la presidencia 
y se retiró a la vida privada. Así terminó su vida pública. 
Se eclipsó cuando culminaba en el meridiano. A su luz 
sucedió la obscuridad; a su tolerancia, la persecución; a 
su justicia, la perversión creciente de todas las formas que 
escudan los derechos individuales. 

Bernardino Rivadavia es, sin duda, un argentino digno 
de preferente lugar en el panteón de nuestros grandes hom- 
bres. Su razón fué elevada; su carácter, recto y firme; su 
voluntad, constante; sus intenciones, intachables. Nadie ha 
hecho más que él en favor de la civilización y de la le- 
galidad en estos países. Nadie ha amado con más des- 
interés y más sin lisonjas al pueblo. Nadie ha respetado 
más que él la dignidad de los compatriotas. Tuvo la con- 
ciencia de nuestras necesidades y se desveló por satisfa- 
cerlas. Recompensó y alentó los servicios y las virtudes; 
protegió las artes, y confió más en el poder de la razón 
que en el de la fuerza. Su mérito es tan positivo como 
su gloria será eterna. 

Según Juan María Gutiérrez. 

60. Aleéoría de la victoria de Ituzainéó. 

(Fragmento del canto a la victoria de Ituzuiíigó) 

De lo más elevado 
de los aires desciende de repente 

un trono refulgente 
de azul y oro y resplandor cercado. 

Armoniosos cantares 
mil coros celestiales repetían, 
y las sombras de Brandsen y Besares 
el pedestal del trono sostenían. 
Belgrano estaba en él: su frente orlaba 

el laurel de la gloria, 

y en su mano brillaba 
la espada que nos daba la victoria 
cuando Belgrano fué. « Basta de sangre. 



130 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

el héroe prorrumpió, que este es el día 

en que, en otro febrero, 
rendir vio Salta el pabellón ibero\ 
y cubrirse de honor la patria mía. 
Este estrago terrible, este escarmiento 
es sacrificio a mi memoria digno, 
y digno de la patria el vencimiento. 
¡Argentinos triunfad!» Dijo, y benigno 
a la sien de Alvear en el momento 
hizo el lauro bajar que le adornaba, 
y la visión despareció en el viento. 

Juan Cruz Várela. 

I. 

61. Perder a la patria, salvándola... 

Al frente de sus tropas aguerridas y disciplinadas^ 
en 1831, atravesaba La Madrid la provincia de San Juan, 
iba a atacar en su cubil a Quiroga, el tirano de La Rioja, 
el Tigre de los Llanos. Habíase hecho alto para cenar. La 
Madrid estaba sentado ante un fogón, donde se asaba 
apetitoso costillar de vaca. Seguro de la próxima victoria, 
tañía la guitarra y cantaba. Llególe en esto un chasqui con 
un oficio. El general Alvarado, su jefe, le ordenaba que 
volviese inmediatamente a Tucumán. No pudiendo conte- 
ner su contrariedad. La Madrid exclamó: «¡Hubiera que- 
rido que partiese un rayo al mensajero antes de recibir 
yo semejante mensaje ! ¡ Si se nos permitiera proseguir 
nuestra marcha, salvamos a la patria!» Y dio la orden 
del regreso. 

Un oficial de su confianza le insinuó si no convendría 
más obtener primero la victoria, para volver después . . . 
« Eso no es posible, repuso La Madrid, pues perderíamos 
a la patria ». Perplejo, el oficial manifestó que no se le 
alcanzaba cómo se podía perder a la patria, salvándola... 

1. Alúdese a una feliz coincidencia de fechas. Belfírano venció a los espa- 
ñoles en Siilta el 21) de febrero de 1.S13, y la victoria de Ituzaingó, contra los 
brasileños, tuvo lugar el mismo día de febreio de 1827. 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 131 

«¿No es el ejército la salvación de la patria?, preguntóle 
La Madrid. — Sin duda. — ¿No constituye la disciplina la 
fuerza del ejército? — Así lo creen. — Aunque venciéramos, 
desobedeciendo las órdenes superiores, ¿no romperíamos 
la disciplina? — Es cierto. — Luego, nuestra victoria, sal- 
vando por el momento a la patria, la perdería, pues per- 
dería el ejército, que es la salvación de la patria. ¿Com- 
prende usted ahora cómo se puede perder a la patria, 
salvándola?.. .» 

62. El éeneral Paz y el caudillaje. 

Cada generación ostenta un héroe que condensa toda 
su gloria y su savia. El general José María Paz es el 
punto culminante de la epopeya libertadora, de la línea de 
cumbres que señalan el paso de la libertad a través de la 
barbarie, porque lleva consigo el genio de la guerra culta, 
de la estrategia científica, en medio del caos, en que hasta 
los soldados de la civilización absorben algo de ese ím- 
petu desordenado de las turbas que combatían. Es « el 
hijo legítimo de la ciudad », y representa la tendencia pro- 
gresista de su pueblo, como Facundo Quiroga, el hijo de 
la llanura, representa la tendencia retrógrada. 

Nacido en la ciudad de Córdoba, en medio de una 
atmósfera de ciencia, su espíritu bebe sus influencias con 
el primer hálito que aspiran sus pulmones. Su juventud se 
desarrolla a la sombra de los capitanes de Mayo, y su 
carácter se funde en el molde de los grandes sucesos; ya 
en la Cindadela, su silueta se destaca como la de un genio 
al pie del cañón. Se ha coronado con los laureles que 
Belgrano y San Martín arrancaron de sus victorias; y cuan- 
do el soplo envenenado de la discordia comienza a agitar 
el seno de su patria, agostando los árboles jóvenes de la 
nueva raza, y rechazando las corrientes regeneradoras del 
espíritu público, se le ve vagar como el pájaro sin nido, por 
los países vecinos, dejando, no obstante, en cada uno, la huella 
del genio que hierve en su ser. En Ituzaingó se renueva la 



132 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

epopeya de Mayo, y allí aparece al lado de su cañón fan- 
tástico, sembrando la destrucción y la victoria. 

Cuando los caudillos bárbaros reemplazan en nuestra 
sociabilidad a los héroes del pensamiento y de la espada, 
Paz reaparece de nuevo, y, libertando a Córdoba de la 
cuchilla y de la lanza rústicas, se pone enfrente del ven- 
daval del desierto a resistir sus ímpetus infernales. Su 
influencia renueva el fondo de esa sociedad enervada por 
el despotismo; y aquellos jóvenes, criados sobre los libros, 
lejos de las fatigas de los campamentos, se incorporan 
animados de un fuego secreto que los lleva al sacrificio, 
a morir en masa como las espigas que siega la guadaña. 

La religión, pervertida por sus apóstoles, que inclinan 
la cerviz y ungen con la gracia divina a los bárbaros que 
se apellidan sus defensores, « azotes de Dios » sobre nues- 
tra tierra, despierta de su abyección cuando un talento 
superior le muestra la profundidad de su caída y la esplén- 
dida regeneración. La religión pone entonces su poder 
formidable al servicio de la obra libertadora. 

No hubo en pueblo alguno revolución más completa 
llevada a cabo por la inspiración de un solo hombre. 
Paz borra de un solo golpe de luz las sombras que la 
resistencia a la Revolución había vertido sobre Córdoba. 
Infiltra, por modo y arte admirables, en sus tropas y en sus 
jefes, la austera virtud cívica; modera su valor temerario y 
tumultuoso con la ley de una sabia disciplina, y funda, en 
fin, el ejército inconmovible que ha de burlar las irrupcio- 
nes tempestuosas de la horda de a caballo y de lanza. 

Se diría que su personalidad no ofrece asunto a la 
fantasía, porque sus hechos son del dominio de la ciencia; 
pero hay en sus combates una secreta grandeza que sub- 
yuga las facultades. Esa inmovilidad del artillero donde 
van a romperse las corrientes impetuosas del enemigo, 
como ante una montaña de la que brotan lluvias de fue- 
go, y esas marchas ordenadas y metódicas, ejecutadas en 
medio del estruendo y de! estrago que sacuden la tierra. 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 13^ 

ejercen sobre el espíritu una terrible fascinación. No es 
la leyenda que se alimenta de fantasías risueñas o melan- 
cólicas la que perpetúa esos cuadros y esos caracteres; 
es la epopeya, porque en ella caben las más vastas, las 
más colosales concepciones de la inteligencia, las creaciones 
más inmensurables del sentimiento humano. 

Hay una poesía majestuosa, serena y olímpica en la 
odisea de este hombre extraordinario a través de pueblos 
extraños, persiguiendo la realización de su idea magna: la 
destrucción de los caudillos. Una huella de prodigios señala 
sus pasos. Montevideo le ve en la plenitud de su genio 
militar, que asombra a Garibaldi, el héroe de la redención 
italiana ; Corrientes, asilo predestinado del patriotismo ar- 
gentino en aquel .tiempo, se arma a su voz; el Brasil le 
ve pasar como un peregrino de un mundo desconocido, 
con la frente nublada por un pensamiento. Su cerebro no 
descansa; el gran problema llega a su solución. Forma 
contra el bárbaro su artillería inconmovible y sus infanterías 
impertérritas . . . 

La Tablada y Oncativo son la muerte moral del cau- 
dillaje ; y hubieran sido su destrucción absoluta si uno de 
esos accidentes, que sólo el argentino comprende, no hu- 
biesen dado el triunfo al bárbaro. El sabio que marcha 
descuidado observando la naturaleza, queda aprisionado por 
las lianas de la selva; el general calculador y matemático, 
cae preso de un tiro de bolas del gaucho de la pampa. 
La polvareda densa que levanta en el desierto la horda 
tempestuosa, ha eclipsado el astro que guiaba la libertad a 
su triunfo; pero su luz radiante asoma en lugar distinto 
del horizonte, y hacia él convergen todas las miradas. 

Los más grandes acontecimientos de nuestra historia 
se ligan s su nombre, y su talento literario da a su 
patria una ofrenda colosal : sus Memorias son, en el 
laberinto de nuestras luchas agitadas, el hilo que ensaña 
el camino recto. La tradición nacional tiene en el general 
Paz una de sus glorias más puras. En su figura histórica 



134 LA TRADICIÓN Y LA HlSTOrJA 

resplandece el pensamiento y reverbera una aureola de 
virtudes diáfanas. ¡ Quiera su sombra inspirar el ejemplo 
de su vida a las generaciones del porvenir! 

Según Joaquín V. González. 



63. Al áeneral Lavalle. 

1. ¡Mártir del pueblo!, víctima expiatoria 
inmolada en el ara de una idea, 

te has dormido en los brazos de la historia 
con la inmortal diadema de la gloria 
que del genio un relámpago clarea. 

2. ¿Qué importa que sucumban los campeones 
y caigan los aceros de sus manos, 

si no muere la fe en los corazones, 
y del pendón del libre los jirones 
sirven para amarrar a los tiranos? 

3. ¿Qué importa si esa sangre que gotea 
en principio de vida se convierte, 

y el humo funeral de la pelea 

lleva sobre las alas una idea 

que triunfa de la saña de la muerte? 

4. ¿Qué importa que la tierra dolorida 
solloce con las fuentes y las brisas, 

si no ha de ser eterna su partida, 

si un nuevo vigor, con nueva vida, 

más grande ha de brotar de sus cenizas? 

5. ¡Mártir! Al borde de la tumba helada 
la gloria velará tu polvo inerte, 

y al resplandor rojizo de tu espada 
caerá de hinojos esa turba airada 
que disputa sus presas a la muerte. 



LA ÉFOCA lii: LA Olli iA MZACIÓN NACIONAL 135 

Ó. Y cuando íiwa el horizonte obscuro, 
del porvenir la llamarada inmensa, 
y se desplome el carcomido muro 
que tiembla como el álamo inseguro 
ante las nubes que el dolor condensa, 

7. entonces los proscriptos, los hermanos, 
irán ante tu fosa reverentes, 
a orar a Dios con suplicantes manos 
para saber domar a los tiranos, 
¡o morir como mueren los valientes! 

¡Abreviado I Olegario V. Andradb. 

64. La personalidad moral de Rosas. 

Lo que se hace más visible en el carácter de Rosas, 
apenas se lleva un poco a fondo el análisis, es aquel mís- 
tico y extremado sentimiento de la superioridad de su per- 
sona que jamás le abandonó. Es, en su estructura cerebral, 
una a modo de osatura conjuntiva sustentadora de todos 
los demás resortes que la defienden y le dan estabilidad, 
como los huesos y las cavidades a los órganos principa- 
les de la vida. Dondequiera que echéis la sonda, vais a 
tocar ese fondo de desmedido orgullo,- que es el rasgo 
matriz de su mentalidad. y de donde todo surge. 

Tal sentimiento adquiere después en su conciencia 
una persistencia extraordinaria, y, para que sea aún más 
estable, hasta tiene una base física, porque su talla exce- 
de de lo. general y es esbelta como ninguna. Nadie ha 
sido mejor y más hermoso jinete; y el más indómito «ba- 
gual » no resistió jamás la imposición de su fuerza o el 
dominio de su destreza. Finalmente, cuando nadie era ca- 
paz de gobernar al país entre la pléyade rumbosa de hom- 
bres de letras y de Estado, que uno tras otro fracasaran, 
él fué elegido por todos los gremios y las clases de la 
atribulada metrópoli, hasta arrancarlo al amable calor de 
los fosones. 



136 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Semejante noción, casi orgánica y congénita, diré así, 
para expresar mejor la continuidad de su gravitación, se 
agranda cuando el mismo pueblo endiosa su estirpe y di- 
viniza en los altares, al lado de la suya, la imagen de su 
esposa, por el solo hecho de serlo, reclamando para am- 
bos los beneficios de un gobierno hereditario que perpe- 
túe su sangre, su sistema y el recuerdo de su persona. 
Embriagado por tan constante adulación de su amor pro- 
pio,' que desde la infancia fomenta el cariño admirativo del 
ambiente doméstico, llega al poder arraigada la convicción 
de que ese es un destino suyo y que el mando es la 
única función posible de su personalidad, creada con el 
solo fin de agente providencial de protección. Estos per- 
sonajes, inspirados por la Providencia y tan seriamente 
convencidos de su mística misión política, son planta que 
se encuentra con alguna frecuencia en el río de la Plata... 

Calentado en tan propicio limo el grano del orgullo, 
un poco morboso, que hizo de cada López Osornio (los 
antepasados de Rosas por la línea materna) un mandón 
con ribetes de megalómano, pronto se hinchó, y, como la 
semilla próspera, rompió en una fecundación abundante de 
ambiciones y místicos sueños de dominio. De manera que, 
para él, el poder no viene a sus manos por obra de ca- 
suales circunstancias o concesiones de la debilidad, sino 
por la lógica natural de las cosas sobrehumanas. Es él 
un órgano que ha sido creado por la función de la ne- 
cesidad que desarrolla el ambiente, razón por la cual el 
mando no lo toma con fines o ideas políticas .determina- 
dos, sino es el de ejercerlo puramente, y el de ejercerlo 
dentro de sus más providenciales ampliaciones. Tan colo- 
sal sentimiento de su valer llega hasta hacerle pensar que 
la Iglesia misma, dentro de la órbita donde ella ejerce, 
debe reconocerle la supremacía que él se atribuye. Y, en 
efecto, pronto se impone, no sólo a los jesuítas, tan re- 
beldes a todo despotismo, sino también al resto del clero, 
que se le somete incondicionalmente. Pretende que aqué- 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 13- 

líos se sujeten a la jurisdicción episcopal como el clero 
secular, y que, independizándose de sus superiores euro- 
peos, formen una especie de sociedad cismática, cuyos 
superiores nombraría y de los cuales dispondría él a su 
arbitrio. Aun va más lejos: piensa con respecto a sus de- 
rechos sobre el gobierno como los anarquistas frente a la 
propiedad y raciocina con la convencida exageración de 
todos ellos... Tan firme es en él la conciencia de este 
particular destino, que, después de Caseros, en medio de 
las naturales tribulaciones y peligros, lo que primero sur- 
ge en su mente es la renuncia. Su enorme orgullo pudo 
más que el instinto de conservación, y las agitaciones mo- 
rales no alteraron el sentimiento de la fórmula; se des- 
prende solemnemente de lo que no quiere que le quiten, 
dispone de lo suyo, y así lo hace constar, « renunciando » 
al mismo tiempo que ratifica sus. derechos. 

José María Ramos Mejía. 

« 

65. La presidencia de Urcjuiza. 
I. ANTECEDENTES 

El general Justo José de Urquiza, caudillo y gober- 
nador de Entre Ríos, al frente de las fuerzas coaligadas 
de su provincia, de Corrientes y de Santa Fe, y con ele- 
mentos aliados del Uruguay y del Brasil derrotó completa- 
mente al ejército de Rosas, en los campos de Monte Caseros, 
el 3 de febrero de 1852. El dictador de Buenos Aires huyó 
al extranjero, y sus secuaces y partidarios se dispersaron. 
El vencedor quedaba dueño del campo de la lucha militar 
y política; la ciudad de Buenos Aires se preparaba a reci- 
birle con las palmas de la victoria. Al día siguiente de la 
batalla, reservándose él ya la representación de la Repú- 
blica, nombró gobernador interino de Buenos Aires a don 
Vicente López y Planes, el venerado anciano autor del 
Himno nacional, que había desempeñado durante la tiranía 
el alto puesto de presidente del Supremo Tribunal de 



138 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Justicia, El gobernador interino debía llamar a elecciones 
para constituir el gobierno de la provincia y organizaría. 
Y, sin restricciones de ningún género, declarando que «no 
había vencedores ni vencidos», el general Urquiza permi- 
tió la vue.ta de los emigrados unitarios y antirrosistas al 
querido suelo de la patria. 

El general Urquiza acampó en Palermo, la aníigua 
quinta del dictador, y tomó medidas que creyó indispen- 
sables. Para mantener el orden público mandó fusilar o 
permitió que se fusilara, sin solemnes formas procesales, 
a algunos desalmados partidarios de Rosas, y, como para 
hacer constar el triunfo de su causa federal, más contra 
ciertos conspiradores que contra los antiguos unitarios por- 
teños, intentó restablecer el uso, días antes abolido, de la 
escarapela roja en los sombreros. Estos actos de gobierno 
alarmaron al pueblo de Buenos Aires; se temía, recordán- 
dose el origen popular y rural del prestigio y poder del 
general Urquiza, que aspirase a suplantar la antigua tiranía 
por una nueva. En tal sentido se interpretaba el hecho dé 
que asumiera la representación nacional, a pesar de sus 
declaraciones de que esto sólo tenía por objeto facilitar la 
organización política de la República y abrir al comercio 
extranjero la navegación de los ríos, antes prohibida por 
Rosas, con gran perjuicio de las provincias litorales. 

La posición de las fuerzas vencedoras, acampadas 
frente a Buenos Aires, no era ya necesaria ni prudente. 
Cumplido su objeto, el general Urquiza dispuso su diso- 
lución, a fin de que sus hombres volvieran a sus respec- 
tivas provincias de Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, y a 
sus países los elementos aliados del Uruguay y el Brasil. 
Según arregló con el gobernador interino, antes debían 
entrar triunfalmente y pasar revista en la ciudad de Buenos 
Aires, como apoteosis de la campaña. Fijado para esta fies- 
ta el día 19 de febrero, la ciudad se embanderó y se cubrie- 
ron de ramas y de flores las calles por donde pasaría el 
ejército. Toda la población, rota una dictadura que había du- 



LA ÉPOCA DE I.A ORGANIZACIÓN NACIONAL 139 

rado diez y siete años, acudió jiibüosa a saludar a los ven- 
cedores. Encabezábalos el general Urquiza, con su brillante 
uniforme de parada recamado de oro, pero envuelto en 
amplio poncho y con sombrero de copa. Atronaron el 
aire los aplausos, los vítores, los clarines de los batallo- 
nes en marcha y las salvas de la artillería. El pueblo se 
sentía doblemente dichoso: había caído una dictadura, y 
la que se temió luego, declinaba voluntariamente el impe- 
rio de la fuerza y se retiraba con sus tropas. ¡ Al fin rei- 
naría otra vez la libertad, conseguida a costa de tantos 
sacrificios y de tanta sangre ! 

Practicadas las elecciones en la provincia de Buenos 
Aires, nombróse gobernador en propiedad, o sea, efectivo, 
al que lo era interino, don Vicente López y Planes, quien 
inició un gobierno de reparación y de reconstitución social- 
En tanto, el general Urquiza citó a los gobernadores de 
todas las provincias argentinas en San Nicolás, donde se 
pactó un tratado interprovincial, el 31 de mayo de 1852. 
En sus cláusulas se dispuso la reunión de un Congreso 
nacional federativo, que dictaría una Constitución general 
para la República. Nombróse director provisional al gene- 
ral Urquiza, y se le otorgaron amplias facultades para el 
ejercicio de su cargo, encomendándole la representación y 
las relaciones exteriores del gobierno nacional. El Pacto 
o Acuerdo de San Nicolás fué aceptado por todos los 
gobernadores de las provincias argentinas, incluso el de 
Buenos Aires, que concurrió a firmarlo. 

Cuando se conoció el Acuerdo en Buenos Aires, pro- 
dújose un vivo movimiento de opinión. Protestóse tumul- 
tuosamente en la Cámara de Representantes; en su sala 
y en las calles estallaron tales disturbios que el goberna- 
dor López se vio obligado a presentar la renuncia. Ésta 
fué aceptada por la Cámara, que nombró gobernador 
interino al general Pinto. En tan crítica situación, viendo 
que la provincia de Buenos Aires se oponía resueha- 
mente a su política, el general Urquiza dio un golpe de 



140 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

Estado ; usando las amplias facultades que le había otor- 
gado el Acuerdo de San Nicolás, asumió el mando de la 
provincia e hizo cerrar la Legislatura. El gobernador pro- 
visional quedó de hecho cesante. Los diputados más deci- 
didos en la oposición al Acuerdo, recibieron orden de 
abandonar el país. El general Urquiza nombró entonces un 
Consejo de Estado, delegó el mando de la provincia en el 
general Galán, y partió a presidir, en Santa Fe, la insta- 
lación del Congreso constituyente. No bien abandonó a 
Buenos Aires, estalló una revolución, el 11 de septiembre 
de 1852, que depuso al gobierno delegado y restableció 
la Legislatura, enemiga del Acuerdo de San Nicolás, antes 
cerrada por el golpe de Estado del general Urquiza. Disuelto 
el ejército que había triunfado en Caseros, en vísperas de 
la reunión del Congreso federativo que debía dictar la 
Constitución nacional, la provincia de Buenos Aires que- 
dó separada de la Confederación Argentina, inicióse en- 
tonces un período de tenaz labor administrativa y política 
en ambos campos, el nacional y el provincial bonaerense, 
cuyos resultados debían trae^, tarde o temprano, por la 
paz o por la guerra, la unión de todos los pueblos argen- 
tinos en una sola y única nación. 

II. LA ADMINISTRACIOINÍ EN LA PRESIDENCIA 
DE URQUIZA 

El Congreso constituyente, en el que estaban represen- 
tadas todas las provincias argentinas menos la de Buenos Ai- 
res, se instaló en la ciudad del Paraná el 20 de noviembre 
de 1852. Inmediatamente comenzó su ardua labor. Sobre la 
base de un proyecto del eminente publicista Juan Bautista 
Alberdi, se confeccionó, sanciono y firmó la Constitución 
nacional el I.» de mayo del siguiente año. En la glorio- 
sa fecha del 25 de mayo, el general Urquiza, desde su 
campamento de San José de Flores, la promulgó con un 
decreto histórico, mandando que se cumpliese en el vasto 
territorio de la Confederación. Poco después ordenó que 



LA. ÉPOCA Dlí. LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 141 

se realizasen en todas las provincias, en la forma establecida 
por la Constitución, las elecciones de presidente y vicepresi- 
dente. Con la cooperación de once provincias — exceptuadas 
Buenos Aires, por estar de hecho separada, y Tucumán y 
Santiago del Estero, que se hallaban cada una en guerra intes- 
tina — , eligióse presidente al mismo genera! Urquiza, y vice- 
presidente al doctor Salvador María del Carril. Declaróse 
federalizada la ciudad del Paraná, y se estableció allí, el 5 de 
mayo de 1854, la capital provisional del nuevo gobierno. 

El presidente supo rodearse de hombres distinguidos 
y de ilustrados asesores. A la sombra y protección de un 
poder ejecutivo fuerte y benéfico, el Congreso nacional 
procedió a dictar una serie de leyes, que completaban 
la obra del presidente y de sus ministros. Hízose así 
sentir en todos los ramos de la administración la influencia 
civilizadora de la presidencia del general Urquiza. La propia 
desconfianza suscitada en el pueblo de Buenos Aires debió 
ser poderoso estímulo para la realización de un gran go- 
bierno hi:ítór¡co. ¡Había que xencerla, so pena de desgarrar, 
más honda y acaso irremediablemente, la sagrada naciona- 
lidad argentina ! 

Ante todo, el gobierno se ocupó en la instrucción 
pública. No pjdía serle indiferente al general Urquiza, 
que, cuando fué gobernador de Entre Ríos y se le suponía 
en Buenos Aires un caudillo bárbaro, fundó el Colegio 
nacional de Concepción del Uruguay. El gobierno nacio- 
nalizó la Universidad y el Colegio de Monserrat de Córdoba, 
y los dotó de un buen material de enseñanza y hasta de 
una imprenta. Como en el Colegio del Uruguay, la ense- 
ñanza del Colegio de Monserrat debía ser gratis, la nación 
costeaba hasta los alimentos y vestidos de los estudiantes. 
Concediéronse cinco o seis becas para dicho colegio de 
Monserrat a cada provincia. En las provincias se crearon, 
además, cuatro nuevos colegios nacionales. Subvencionóse 
generosamente a las provincias para la difusión de la 
enseñanza primaria. Con premios oficiales se trataba tam- 



142 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

bien de estimular la aplicación de la juventud. En un 
decreto sobre premios se disponía lo siguiente : « Dense 
las gracias al director y a los alumnos del Colegio nacio- 
nal del Uruguay, en nombre de la Nación, por su brillante 
desempeño ». 

Como la República se hallaba en gran parte despo- 
blada, el gobierno fomentó la inmigración y colonización. 
El presidente mismo, obrando más como particular que 
como gobernante, fundó en Entre Ríos la colonia de San 
José. Comprendiéndose la necesidad de una sana y bien 
informada legislación de las tierras públicas, ofreciéronse 
premios en dinero por los mejores estudios sobre su cla- 
sificación y régimen. Mandáronse efectuar trabajos de ex- 
ploración a los territorios desconocidos del Chaco y a las 
partes inexploradas de Tucumán, Salta y otras regiones, 
por sabios extranjeros, como Amadeo Jacques y Augusto 
Bouvard. No habiendo tiempo todavía para que se forma- 
sen hombres de ciencia en la República, se los trajo de 
donde se encontraron. Por un decreto se fundó, en la 
ciudad de Paraná, un museo de historia natural. Poco 
conocida era entonces en Europa la República, pues no 
se habían hecho de sus vastos territorios estudios geo- 
gráficos generales y sistemáticos. Para que los efectuara, 
contratóse en 1855 al distinguido geógrafo Martín de 
Moussy, quien dotó a la República con su primera geo- 
grafía completa, que hasta ahora sirve de fuente de con- 
sulta. En un país tan extenso como el argentino, faltaban 
vías de comunicación y de transporte. Siendo necesario 
construirlas, el gobierno, que proyectaba un ferrocarril 
trasandino, mandó contratar un ingeniero en los Estados 
Unidos de Norte América 'para que trazara los primeros 
planos de construcción de ferrocarriles. Invirtiéronse sumas 
considerables en los estudios del ferrocarril del Rosario 
a Córdoba. Al mismo tiempo que el gobierno -se ocu- 
paba en las vías terrestres de comunicación, procurá- 
banse la navegación de los ríos Salado y Bermejo y el 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 1 ÍIí 

balizamiento del río Uruguay, -y se subvencionaban em- 
presas de vapores y mensajerías- Organizóse la adminis- 
tración de justicia, creándose la justicia federal, dispuesta 
por la Constitución. Mandáronse imprimir a costa de la 
nación las obras de Juan Bautista Alberdi ; y, enviado 
este ciudadano a Europa en representación de la Con- 
federación Argentina, se inició la organización de la repre- 
sentación exterior. Dictóse una ley especial prohibiendo 
a los miembros del Congreso aceptar empleos de! poder 
ejecutivo. En 1859, producido un grave conflicto entre el 
Paraguay y los Estados Unidos de Norte América, el pre- 
sidente Urquiza interpuso sus oficios de mediador pacífico 
para evitar una guerra que hubiera podido tener deplora- 
bles consecuencias. 

La progresista administración de la presidencia del 
general Urquiza preparó, si no realizó definitivamente, la 
organización nacional. Al terminar su período, en 185^, 
quedó todo pronto para la completa reconstrucción de la 
República Argentina. Después de varios históricos episo- 
dios, reintegrada la provincia de Buenos Aires a la nación, 
correspondió a la presidencia del general Bartolomé Mitre 
(1862-18Ó8) esta nueva y no menos brillante gloria. 

66. La democracia argentina. 

Apenas estallada la guerra de la Independencia, en 1810, 
el primer ejército del Norte realizó por las -provincias una 
expedición emancipadora. Mandábalo el general Balcarce, 
a quien acompañaba Castelli como representante de la 
Junta de Buenos Aires. En todas partes, hombres y mu- 
jeres, jóvenes y ancianos, ricos 'y pobres, recibían a los 
libertadores con júbilo y aclamaciones. Llegado Castelli 
a un rancho en la campaña, sorprendióse del juvenil 
entusiasmo de una viejecita enjuta y encorvada. No pudo 
menos de preguntarle: «¿Cuántos años tiene usted, seño- 
ra?». Ella le respondió: «Parezco vieja; pero sólo cuento 



144 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

unos meses. He nacido, señor, con el primer grito de la 
Independencia, el 25 de mayo ». 

Esta histórica anécdota de la independencia puede apli- 
carse también, substancialmente, a la democracia argenti- 
na. A pesar de que, según las leyes coloniales, la sociedad 
estaba dividida en clases y aristocráticamente organizada, 
las costumbres eran democráticas. La colonización espa- 
ñola en Río de la Plata tuvo un carácter más sencillo que 
en las demás regiones de la América del Sur. La aparente 
pobreza de las pampas, donde no había minas ni fru- 
tos tropicales y donde los indios eran bravos, no atrajo 
hidalgos ni intrigantes. El pueblo creció obscura y tran- 
quilamente, sin conocer la agitación de la riqueza. A 
diferencia de lo que ocurrió en los demás pueblos hispano- 
americanos, cuando estalló la Revolución, los realistas 
no reclutaron un solo hombre en el territorio hoy argen- 
tino ; no había en él partidarios de la monarquía ; todos, 
acaso sin saberlo, amaban la igualdad y abominaban de 
los privilegios y de las injusticias. Por esto, nunca pudie- 
ron los ejércitos realistas pasar al Sur de Tucumán, y 
jamás sufrieron los revolucionarios una derrota en territo- 
rio propio. Aquí, hasta las piedras los defendían ; el pue- 
blo todo combatía en guerrillaá y emboscadas. La guerra 
de la Independencia, más que una revolución, fué, pues, 
como una guerra internacional, una guerra de fronteras. 
Mientras que en el resto de la América española, la lucha, 
verdaderamente civil y fratricida, era sin cuartel — se que- 
maban los archivos, se talaban los campos, sacrificábanse 
los prisioneros — , siempre se respetaron las leyes de la 
guerra en las provincias del río de la Plata. Esta diferen- 
cia fundamental, esta felicísima excepción estriban en que, 
al iniciarse las hostilidades, la democracia argentina existía 
ya, como la viejecita interrogada por Castelli, si bien, lejos 
de haber llegado a la decrepitud, hallábase aún en la ino- 
cente edad de la niñez. 

La bandera azul y blanca no ha sido el símbolo de 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 145 

una clase directiva, sino de todo un pueblo. Aun los ne- 
gros introducidos de África la respetaron y defendieron, 
considerándola como propia. Militaron voluntaria y hasta 
entusiastamente en las filas del ejército contra las invasio- 
nes inglesas, y más tarde, en la guerra de la Indepen- 
dencia, dieron altos ejemplos de patriotismo y abnegación. 
Falucho, un negro que formó parte de los granaderos de 
San Martín, pereció en 1824, en la batalla del Callao, en- 
vuelto en la bandera y exclamando: «¡Viva Buenos Aires!» 
Su heroica muerte, a tantas leguas de la patria, no fué sólo 
un ejemplo de cómo puede caber hasta al más humilde 
soldado la gloria de morir en defensa de su bandera, sino 
también de la hermosa ausencia de odios de raza y de 
clase; cualesquiera que fuesen su color y su origen, los 
argentinos se amaron siempre como hermanos. Puede de- 
cirse que la democracia, a pesar de tantas luchas y revuel- 
tas, no es imitada sino orgánica en la República Argentina. 
Por esto debe llegar al más alto grado de perfección con 
el tiempo y la cultura; es parte de nuestra alma. Si la de- 
mocracia no hubiera existido antes de nosotros, nosotros 
la hubiéramos inventado. 

67. Erl federalismo argentino. 

Observad la vida en una familia huérfana y meneste- 
rosa, pero compuesta de niños sanos de cuerpo y de es- 
píritu. Todo es paz y cariño cuando los pequeñuelos no 
saben aún hablar ni caminar, y se arrastran en andadores 
o dormitan en la cuna. El hermanito mayor, que cuenta 
apenas seis o siete años, a falta de padres o tutores, com- 
prende ya sus responsabilidades de jefe de familia. Ayuda 
a levantarse del suelo al chiquitín que se da un porrazo, 
le consuela si llora, cuida de su alimento, y mece la cuna 
del infante de pocos meses, para que se duerma. Penetrado 
él, como los que le siguen en edad, de sus deberes para 
con los más chicos, la prole desvalida vela por sí misma. 
Abundan las caricias, que aun sobran para el perro y el 



14G LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

gato de la casa; los alimentos y los cuidados alcanzan 
hasta para las gallinas . . . Encantados y enternecidos por 
el cuadro, los vecinos exclaman: «¡Pobres angelitos!» 

Pasan tres o cuatro años. Ahora todos los hermanos 
han crecido, se revuelcan como perros, triscan como ca- 
bras, chillan como loros. Desparramándose por los patios 
y el campo, juegan de la mañana a la noche. Pero, 
privados de una autoridad que los dirija y contenga, sus 
juegos de pequeños salvajes alternan con disputas y ri- 
ñas, con llantos y mojicones, con arañazos, pellizcos y 
puntapiés. Aunque los chicos huérfanos sean inseparables 
y vaya el uno adonde vaya el otro, diríase que cuanto más 
se buscan más discuten, que cuanto más se quieren más 
se pelean. Los coscorrones de hogaño substituyen a las 
caricias de antaño; la casa parece convertirse en un in- 
fierno. El perro ladra furioso; pisado, en la cola, el gato 
aulla y se oculta bajo un mueb!e; las gallinas huyen des- 
pavoridas, cacareando. Y los vecinos, incomodados por el 
alboroto y llamando «demonios» a los antiguos «angelitos», 
los amenazan con el puño . . . 

Pasan unos años más. Los chicos se han desarrolla- 
do a la buena de Dios. Tienen uso de razón, van a la 
escuela, saben leer, aprenden un oficio. Viéndose aban- 
donados, ayúdanse como pueden; lejos de reñir por un 
trompo o una pelota, se prestan los útiles, los cuadernos, 
los libros de texto, las herramientas industriales; son los 
mejores amigos del mundo. ¡Quieren ser hombres! La 
casa se convierte en un taller; el campo donde jugaban 
a la « mancha », al « rescate » o al balompié (football), 
el viejo campo de batalla es ya tierra de laboreo. La 
unión de la familia se restablece sobre la sólida base del 
cariño y del interés común. Separados. los hermanos, serían 
débiles; unidos, son fuertes. ¡Y hay que ser fuertes para 
hacerse hombres! No ya los vecinos, el barrio todo se ha- 
ce lenguas de sus condiciones y virtudes. Los angelitos de 
antes, los demonios de ayer, representan hermosos ejem- 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 14- 

plares de carácter. Tales han sido las transformaciones 
de la familia huérfana y menesterosa, pero compuesta de 
niños sanos de cuerpo y de espíritu. 

Observad asimismo la vida histórica de los Estados o 
provincias que componen la República Argentina. Son 
ellos también, al estallar la guerra de la Independencia, 
pueblos desvalidos y huérfanos de autoridad y organiza- 
ción. Nacido cada uno en la respectiva cuna de su Cabil- 
do colonial, parecen aún infantes en pañales y andadores. 
El mayorcito de la familia, el pueblo de Buenos Aires, 
declara la Revolución y asume cariñosamente la protección 
de sus hermanos menores; crecen todos en amorosa y 
mutua ayuda. Luego, consumada la Independencia, des- 
arrollados ya los pueblos niños, aunque todavía sin sufi- 
ciente discernimiento, andan solos. Iniciase la edad de ios 
juegos políticos o ensayos constitucionales y de las con- 
siguientes disputas y riñas. Los mayores quieren mandar, 
y los menores no quieren obedecer. Buenos Aires parece 
aspirar a una hegemonía; el interior se resiste con toda 
justicia; los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos riñen con 
Buenos Aires; Tucumán se declara «república indepen- 
diente » ; las relaciones interprovinciales se estrechan o se 
aflojan, según las exigencias de los unos y las pretensio- 
nes de los otros. La República, con sus ensayos constitu- 
cionales y sus revoluciones, es ancho campo de guerras 
fratricidas. Diríase que la pujanza y virilidad de la raza no 
halla otra válvula de escape que esos tumultuosos juegos 
políticos y contiendas, peleas por un trompo o una pelota- 
Los vecinos, que tanto admiraban antes la solidaridad de la 
familia argentina, aunque tampoco sean ellos muy experi- 
mentados que digamos, protestan contra sus desórdenes 
y disturbios especialmente el Uruguay y Brasil llegan 
a favorecer a tal cual partido o a tal cual pueblo. Pero tam- 
bién aquí la situación se transforma otra vez. Ya en pleno 
uso de su razón y de su experiencia, los adolescentes quie- 
ren ser hombres. Mácense hombres. Terminan las luchas 



148 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

de la organización nacional, y todos, definitivamente cons- 
tituidos, se unen para siempre, y convierten sus casas en 
talleres, y sus campos de batalla en estancias y colonias. 
Tal ha sido la evolución de los pueblos argentinos, que 
nacieron, para asombrar al mundo, huérfanos de autori- 
dad y pobres de instituciones, pero ricos de energía y 
fuertes de alma. 

68. La Constitución Nacional. 

En el Cabildo abierto de 1810 se subleva el pueblo 
de Buenos Aires contra el régimen colonial. El Congreso 
de Tucumán, cumpliendo los anhelos del Cabildo abierto 
de Buenos Aires, declara en 1816 la independencia de la 
nación, y hace votos para que se constituya y organice. 
Después de varios ensayos de organización política y de 
larga y sangrienta lucha entre la tendencia federal y la 
unitaria, triunfa el federalismo por la fuerza de los hechos. 
El Congreso general constituyente de 1853, reunido en 
la ciudad del Paraná, cumple a su vez los votos del 
Congreso de Tucumán, dictando la Constitución nacional 
argentina. La nación se organiza bajo el régimen demo- 
crático, representativo y federal. Y, en representación del 
pueblo todo, como síntesis suprema de la comunión de 
sus ideales, los constituyentes definen los altos designios 
de su nacionalidad, en el siguiente Preámbulo de la Cons- 
titución, grandioso pórtico y arco triunfal de nuestras leyes 
e instituciones: 

Nos, los Representantes del Pueblo de la Nación Ar- 
gentina, reunidos en Congreso General Constituyente, por 
voluntad y elección de las Provincias que la componen, 
en cumplimiento de Pactos preexistentes, con el objeto de 
constituir la Unión Nacional, afianzar la justicia, conso- 
lidar la paz interior, proveer a la defensa común, pro- 
mover el bienestar general y asegurar los beneficios de 
la Libertad, para nosotros, para nuestra posteridad v 



LA ÉPOCA DE LA OUGANIZACIÓN .NACIONAL 149 

para todos los hombres del mundo que quieran habitar 
el suelo crgentino ; invocando la protección de Dios, 
fuente de toda razón y justicia, ordenamos, decretamos 
y establecemos esta Constitución para la Nación Ar- 
gentina. ■ 

Cuando se dicta la Constitución, en 1853, el Estado 
de Buenos Aires se halla separado de la que entonces se 
llama Confederación Argentina Esta separación, que dura 
unos siete años, acaba con un avenimiento, en 1859, y, 
al' año siguiente, también el Estado o provincia de Buenos 
Aires acepta la Constitución con ciertas modificaciones. 
La República Argentina queda entonces definitivamente 
organizada. Constituida como unidad nacional, al menos 
moralmente, puede decirse que lo está desde el primer 
instante de la Independencia, pues el sentimiento de la 
nacionalidad común es radioso astro que jamás llegan a 
eclipsar u obscurecer las tormentas de la guerra civil. 
Aun cuando transitoria y accidentalmente se aislen los 
pueblos unos de otros, la República existe en el corazón 
de todo argentino. Y su régimen federal viene a consoli- 
darse más tarde, en 1880, con la federalización de la ciu- 
dad de Buenos Aires, declarada capital de la República. 

La Constitución, dictada y aceptada por todos los 
pueblos y los hombres de la República, es el arca santa 
en el templo de la patria. La Constitución es la llave de 
oro de nuestra vida institucional. La Constitución es el 
libro sagrado de nuestra nacionalidad de argentinos; es el 
Talmud, la Biblia, el Corán del ciudadano. Con letras de 
fuego, hállanse escritas en sus páginas nuestras libertades y 
nuestros derechos. El pueblo es el soberano, la justicia es 
su cetro, el progreso es su trono. 

La Constitución ha sido y debe ser siempre respeta- 
da, porque representa la voluntad del pueblo soberano. 
Mientras éste no la reforme, quien la infrinja com.ete un 
crimen de lesa patria y merece escarnio y vituperio. Su 



150 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

desobediencia y menosprecio sólo pueden producir anar- 
quía y despotismo. El pueblo dejará entonces de ser su 
propio soberano; esclavo de la demagogia o de la tiranía, 
vivirá desgraciado y perecerá miserablemente. Para su fe- 
licidad, el pueblo, gobernante y gobernado, ha de respe- 
tar las leyes, y ante todo la Constitución, que es la Ley 
de las Leyes. 

69. £1 nombre de la República Argentina. 
I. ORIGEN DEL NOMBRE DEL RIO DE LA PLATA 

Al descubrir el río hoy llamado de la Plata, en 1516, 
Solís lo denominó « Mar Dulce ». Después de la trágica 
muerte del atrevido navegante, sus compañeros, de regreso 
a España, haciendo justicia a su infortunado jefe, apellidá- 
ronlo «río de Solís». De ellos, unos cuantos quedaron 
náufragos o por su voluntad en la isla de las costas del 
Brasil, llamada luego de «Santa Catalina». Allí fué donde 
se pronunció por primera vez el nombre de « río de ¡a 
Plata». Esos compañeros de Solís, abandonados en el 
nuevo continente, vieron que algunos aborígenes de la 
margen septentrional del río antes descubierto usaban cier- 
tas planchas de plata; según explicaron, obteníanlas de los 
indios que vivían al Norte, en la comarca donde nacía el 
principal tributario de un gran río que dijeron llamarse 
« Paraná ». Los naturales de la isla confirmaban estos datos, 
asegurando que algunas piezas de plata que poseían, pro- 
cedían de los aborígenes de ciertas tierras situadas junto a 
un río que de allí quedaban al Oeste, es decir, en dirección 
correspondiente a la indicada por los otros. Como coincidían 
ambas referencias, algunos españoles se encaminaron a 
esas tierras, llegaron hasta las orillas del Bermejo, y obtu- 
vieron planchas de plata en cambio de abalorios. Cuando 
regresaban, los indios Agaces mataron a cuatro de ellos. 
Con unos pocos indios amigos, lograron los demás llegar 
de regreso a Santa Catalina, trayendo consigo cierta canti- 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 151 

dad del precioso metal. Por esto se llamó entonces a la 
isla « puerto » o « isla de la Plata », aunque también, y 
con más generalidad y propiedad, « puerto » o « isla de los 
Patos ». Después, la diplomacia portuguesa, interesada en 
negar a España la prioridad del descubrimiento, divulgó el 
nombre de «río de la Plata >■. Tal nombre le daba esa 
hábil cancillería en los muchos escritos que dirigió a los 
embajadores y a los ministros de Carlos V, en los anos 
de 1530 a 1535, época en que con más insistencia preten- 
dió Portugal el dominio del río. Sólo en muy raros docu- 
mentos, al referirse al « río de la Plata », agregaba, por 
vía de aclaración, « que algunos dicen de Solís ». Carlos V 
no mostró gran empeño en mantener el nombre del des- 
cubridor. Acaso hasta le fué más simpática la denominación 
de «río de la Plata», porque no rememoraba la catástrofe 
de su descubrimiento, y por su significación alentaría la 
codicia de los conquistadores. 

Se ha supuesto que el nombre de « río de la Plata » 
empezó a dársele a consecuencia de las muestras de este 
metal que Caboto envió a España, en 1528, o que llevó 
por sí mismo, en 1530. Pero basta recordar que aquellas 
muestras pesaron poco más de una libra, y una onza las 
llevadas por Caboto. Nada significaban junto a las enormes 
cantidades que recibía España de México y del Perú. Tam- 
poco podían tener tan gran importancia las «noticias» de 
Caboto respecto de la plata que los indios le dijeron se 
encontraba en las tierras donde nacían los tributarios del 
Paraná... En todo caso, el audaz marino sólo aportó un 
testimonio más en favor del nombre que ya se divulgaba 
e iba generalizándose en el uso común y en los documentos 
oficiales. 

Según Eduardo Madero 

II. ORIGEN DEL NOMBRE DE LA R. ARGENTINA 

Del nombre del río de la Plata deriva el de la Repú- 
blica Argentina. En efecto, la primera vez que se aplicó 



152 LA TRADICIÓN Y LA lIIsiORIA 

el vocablo « Argentina » a estas tierras, fué a principio del 
siglo XVII, por el imaginativo cronista Ruy Díaz de Quzmán, 
quien escribió, en 1612, una -historia» llamada La Argen- 
tina o Del descubrimiento, población y conquisto, del rio de 
la Plata. Más tarde, un soldado de la conquista. Barco 
Centenera, confeccionó una especie de crónica rimada, que 
calificó de «poema histórico», y tituló a su vez La Argentina 
o La conquista del río de la Plata. Tanto en la obra de Ruy 
Díaz como en la de Barco Centenera, las dos más poéticas 
que históricas, el título correspondía al subtítulo, pues se ape- 
llidaba «río Argentino» al descubierto por Solís. Esos cronis- 
tas poetas empleaban la eufónica voz latina argentum (plata), 
al mismo tiempo y aun con preferencia a la voz castellana. 

En la época de la colonización, al separarse las regio- 
nes platenses del gobierno del Paraguay, creóse, en 1617, 
una provincia llamada oficialmente «del Río de la Plata», 
y comúnmente « de Buenos Aires ». El virreinato, instituido 
en 1776, no obstante comprender también el Alto Perú, el 
Paraguay y la Banda Oriental del Uruguay, se denominó 
« virreinato de Buenos Aires », y asimismo « de las Provin- 
cias del Río de la Plata». Aunque no fueran en aquellos 
tiempos tan firmes como en nuestros días la nomenclatura 
geográfica y la política, el nombre poético usado por Ruy 
Díaz y por Barco Centenera no tuvo trascendencia y 
quedó por entonces casi olvidado. Más que un ante- 
cedente del nombre de la República, parece ahora una 
mera coincidencia. 

El rechazo de la invasión inglesa de 1806 fué cele- 
brado por el joven Vicente López y Planes en su canto 
Triunfo argentino. Allí se usó ya la expresión « argentino » 
como algo distinto de lo propiamente español, de lo ofi- 
cialmente colonial. Después de estallar la Revolución, el 
mismo poeta López y Planes compuso el Himno argentino, 
a guisa de canción patriótica o himno nacional del pueblo 
revolucionario. En el cuerpo de la composición llama 
« argentino » a este pueblo, y « argentinos » a sus miem- 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 153 

bros o ciudadanos, por oposición a españoles y extranje- 
ros. Consigna también como rótulo genérico de la nación 
sublevada contra la dominación española, el de « Provin- 
cias Unidas del Sud ». 

En el Congreso de Tucumán se declaró solemnemen- 
te, el 9 de julio de 1816, la Independencia de las «Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata ». Éste fué el nombre 
generalmente usado hasta 1852, para designar a la nación 
sin herir los sentimientos federalistas de autonomía pro- 
vincial. Sólo en ocasiones y por accidente o licencia retó- 
rica, empleáronse el de < Provincias Argentinas » y el de 
«Pueblo, Nación o Federación Argentina >. El nombre déla 
' Argentina » se consagró definitivamente por el Congreso 
del Paraná, de 1852, que dictó en 1853 la Constitución 
nacional para la « Confederación Argentina ». Fué éste el 
título oficial de la nación durante el período de separación 
del Estado o provincia de Buenos Aires. A la reincorpo- 
ración de esta provincia y reintegración del país, cuando 
se modificó la Constitución y se sancionó definitivamente, 
en 1860-1861, substituyóse, por fin, el apelativo de «Con- 
federación » por el de « República Argentina ». 

Tal es el origen del glorioso nombre de la Repúbli- 
ca: como Venus del seno turbulento de los mares, nace, 
invocado por un elegante latinismo de los poetas, de las 
armoniosas ondas del río de la Plata. Tal es el origen de 
un nombre amado y respetado por todos los pueblos de 
América y del mundo entero : el nombre de una nación 
invicta, que, si se hace respetar por su cultura y su riqueza, 
también se hace querer universalmente por su amor a la 
justicia. 

7o. Nuestra patria y las demás Naciones. 

La República Argentina ha sostenido siempre una 
política internacional de paz y de justicia. Rodeada de 
naciones que tuvieron un mismo origen colonial, las ha 
considerado como amigas y aliadas naturales. Jamás pro- 



154 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

vocó las guerras o conflictos que pudo tener con algunas 
de ellas. Ha dado a sus cuestiones de límites, felizmente 
concluidas todas, la pacífica solución del arbitraje. Inter- 
vino también, en cuanto pudo, para que encontrasen so- 
lución semejante las cuestiones de límites de otras repú- 
blicas hispanoamericanas; su acción ha sido de orden y 
de confraternidad. Como una hermana mayor de esas 
repúblicas, ha velado por su progreso y grandeza, sin 
mezquinos celos localistas ni sueños át hegemonía. 

No podrá atribuirse la política fraternal de la Repú- 
blica Argentina a falta de nervio y de valor. Cuando le 
ha sido necesario defenderse, el pueblo argentino ha de- 
mostrado vigorosa fibra guerrera. Debiendo rechazar, en 
el transcurso de su historia, unas cinco agresiones del 
extranjero, venció siempre en la lucha; la nación no fué 
nunca vencida. Puede añadirse que, dentro del territorio 
propio, jamás ha sido francamente derrotado o siquiera 
rechazado un ejército argentino, ni aun por fuerzas mu- 
cho mayores y más aguerridas y disciplinadas. 

Las cinco guerras o conflictos armados que deben 
considerarse internacionales, sostenidos por el pueblo ar- 
gentino, son: las invasiones inglesas de 1806 y 1807; la 
guerra de la Independencia, de 1810 a 1824; la agresión 
brasileña de 1824; el conflicto del dictador Rosas con 
Francia, de 1827 a 1840, y la guerra del Paraguay, de 1865 
a 1870. 

Las invasiones inglesas fueron heroicamente recha- 
zadas. El más inteligente de sus jefes ha declarado que 
el pueblo mismo, aun la masa de valetudinarios, mujeres 
y niños, que en toda guerra es más bien un obstáculo para 
la organización de la defensa, contribuyeron aquí a ella 
poderosamente, de manera no vista ni prevista en la historia 
de las conquistas británicas. En la guerra de la Indepen- 
dencia, contra la dominación colonial, los victoriosos ejér- 
citos argentinos dieron libertad, no sólo a los pueblos de 
la República, sino también a las naciones vecinas: el 



LA ÉPOCA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL 155 

Paraguay, el Uruguay, Chile, Bolivia y el Perú. La aven- 
turada agresión brasileña de 1824 fué repelida, en la Banda 
Oriental del Uruguay, por rápida y brillante campaña. La 
agresión francesa contra la dictadura de Rosas resultó im- 
potente para intervenir en la política interna del país. Y, 
finalmente, la guerra del Paraguay, lejos de ser provocada 
por la República Argentina, fué impuesta por la dura ne- 
cesidad de la defensa nacional contra los ataques de un 
tirano, el presidente Francisco Solano López. 

Nada ma's hermoso que la actitud de la República 
Argentina en Icb emergencias internacionales, actitud al 
propio tiempo enérgica y pacífica, valiente y generosa. Ha 
opuesto siempre, a las pretensiones ajenas, sean cuales 
fueren su fuerza y su derecho, el principio jurídico del 
arbitraje. Así, sus cuestiones de límites con Chile se zan- 
jaron sucesivamente en las convenciones de 1881, 1888, 
1893 y 1896. La cuestión con el Brasil, en el tratado de 
arbitraje de 1889. La cuestión con el Paraguay, en 1876. 
Esto último entraña el más típico ejemplo de la política 
fraternal de la República Argentina. Después de terminada 
la guerra del Paraguay, en vez de ocupar militarmente el 
Chaco Oriental, separado del territorio paraguayo por el río 
Paraná, y al que creía tener derecho por los antecedentes 
coloniales, sometió la contienda al fallo del presidente de 
los Esíados Unidos de Norte América, y éste la resolvió, 
en 1895, a favor del vencido y más débil. La República 
Argentina, sacrificando sus intereses y hasta volviendo sobre 
los hechos consumados, en virtud de su ideal de confra- 
ternidad hispanoamericana, perdió aquella ancha y rica 
región llamada Chaco Oriental. 

El antiguo virreinato del Río de la Plata comprendía 
vastos territorios, cuya capital y puerto era la ciudad de 
Buenos Aires. Estos territorios constituyeron, después de 
la guerra de la independencia, distintas naciones: la Ar- 
gentina, el Paraguay, el Uruguay y Bolivia. Separáronse leal 
y amistosamente, sin que pretendieran las autoridades de 



156 LA TRADICIÓN Y LA HISTORIA 

la antigua capital mantenerlas unidas bajo su preponde- 
rancia. Ni Buenos Aires ni la República Argentina revelaron 
jamás aspiraciones imperialistas; lejos de ello, su ideal fué 
más bien la confraternidad, aun la confederación espontánea 
y libre, si fuera posible y conviniese a los intereses de las 
nuevas nacionalidades. 

La República Argentina es acreedora a la simpatía y 
hasta a la solidaridad de los antiguos pueblos que com- 
pusieron el virreinato del Río de la Plata. En efecto, debe 
creerse que este sentimiento de solidaridad exista, más 
poderoso y dinámico de lo que a primera vista parece, 
en las cuatro naciones constituidas. La guerra del Para- 
guay no fué de ningún modo una lucha verdaderamente 
popular, sino más bien la resistencia a una tiranía agre- 
siva. Pasada la agresión de la tiranía, el sentimiento de 
confraternidad reapareció, como el sol de primavera cuando 
se disipa la tormenta. También a veces pequeñas cues- 
tiones locales parecen dividir hondamente a uruguayos 
y argentinos. Sin embargo, argentinos y uruguayos se 
han considerado hasta ahora solidarios en varios conflictos 
con otros Estados. De Buenos Aires partieron fuerzas, 
durante el coloniaje, para oponerse a las invasiones 
portuguesas en el Uruguay, y, más tarde, después de 
la Independencia, en 1824, contra la agresión brasileña. 
También de Montevideo partieron, en 1806, fuerzas para 
rechazar la primera invasión inglesa en Buenos Aires, 
y, en la guerra del Paraguay, contra las pretensiones 
de ciertos caudillos que se aliaron a la república agre- 
sora, la opinión pública derrocó al gobierno e impuso 
su alianza con la República Argentina, el país agredido. 
Las pasajeras contiendas o disputas locales de ciertos 
vecinos y los argentinos pueden compararse con las 
discusiones violentas que suelen estallar entre hermanos 
varoniles y leales de opiniones diversas, y que, en cuanto 
un extraño ataca a cualquiera de los hermanos, se cal- 
man como por ensalmo ; los hermanos se unen contra el 



LA ÉPOCA DF. LA ORGANIZACIÓN" NACIONAL 157 

extraño, inspirados por su inquebrantable vínculo de amor 
y de sangre... 

Uniendo a sus naturales riquezas el constante esfuerzo 
de sus hijos y su lucha por la cultura, ocupa ya la Repú- 
blica Argentina, en el universal concierto de las naciones, 
prominentísimo sitial. Antes de cumplirse el primer cente- 
nario de su vida independiente, durante la segunda presi- 
dencia del í^eneral Roca, por medio de la doctrina de Drago, 
proclamada a la faz del mundo, en 1902, ha negado a las 
potencias europeas la facultad de reclamar por la fuerza 
el pago de la deuda pública contraída por los países ame- 
ricanos, o sea lo que en derecho de gentes se llama 
ahora «ei cobro compulsivo;; de las deudas. Ha interpuesto 
así su escudo de bronce para repeler los posibles golpes 
y ataques abusivos de los pueblos fuertes de Europa contra 
los pueblos aun débiles de América. Por su política inter- 
nacional de concordia y de progreso y por su política inter- 
continental de legítima defensa, se ha hecho doblemente 
digna de la consideración y amor de las demás naciones 
americanas y de todo el mundo civilizado. Por otra parte, 
posee un ejército y una escuadra - ¡y sobre todo un pue- 
blo ! — que la colocan en situación de resistir cualquier 
ataque a su libertad y a su suelo, sin pactar frágiles alian- 
zas ni pedir problemáticos socorros. En su comercio, en 
su política, en su cultura, la República Argentina se basta 
a sí misma. Siempre justa y siempre vencedora, preséntase 
ante la historia y antQ los otros puebíSof. de la tierra como 
la vivida imac^en de la Victoria v del Derecho. 




PARTE SEGUNDA 
LA POESÍA ARGENTINA 

7'1. I/a Poesía argentina* 

t. La libertad en ruda guerra estalla, 
y ella, la Poesía, 
es el vivo clarín de la batalla. 

2. Surge la roja sombra del tirano, 

y ella, la Poesía, 
enluta el arpa con doliente mano. 

3. Triunfa y marcha la paz hacia adelante, 

y ella, la Poesía, 
canta la marcha de la paz triunfante. 

4. ¡ Salve, clarín, leyenda, musa, historia, 

oh patria Poesía, 
alma del pueblo y numen de la gloria! 

1. LA POESÍA POPULAR 

72. La poesía éaucKesca. 

En la historia de todas las literaturas, la prosa rítmica 
y el verso preceden a la verdadera prosa, y la poesía po- 
pular a la poesía artística. Imitando el ritmo de la respi- 
ración, el verso se presta mejor a ser declamado que la 
prosa, y es más fácil de recordar. Por esto, antes de la 
invención de la escritura, el pueblo recita con mayor pla- 
cer y recuerda con menor esfuerzo la composición rítmica o 
versificada que una mera narración prosaica. El ritmo llega 



LA POIiSÍA POPULAR lü'j 

a hacerse necesario para la continuación y durabilidad de 
las tradiciones. Luego, con el andar del tiempo, e! des- 
arrollo de la inteligencia y los avances de la cultura, el 
poeta ilustrado, gramático y retórico, aprovecha el rico 
material de la poesía popular, perfecciona sus giros y 
ritmos, y crea la poesía artística, que constituye la « gaya 
ciencia » o bella arte de la poesía. 

Con las demás literaturas verdaderamente nacionales, 
también la argentina tuvo su poesía popular originaria: la 
poesía gauchesca. Antes que la nación existiera politica- 
mente, durante la época colonial, el criollo del camipo y 
de los suburbiQs, el gaucho, cantaba a la patria, amaba la 
libertad, y, sin saberlo, preparaba la independencia. Bardo 
de los tiempos heroicos, era inconsciente profeta. 

Obraron de consuno, para formar la antigua poesía 
gauchesca, el temperamento étnico del gaucho y el am- 
biente de su vida. Descendiente de españoles y árabes, 
a menudo de andaluces, el gaucho poseía un genio emi- 
nentemente contemplativo y poético. En sus venas hervía 
la sangre de sus antepasados guerreros y artistas, nóma- 
das y cantores. La poca sangre indígena que se sumó a 
su ascendencia europea y asiática, vino sólo a agregar a 
su idiosincrasia cierta salvaje pasión de libertad. El infini- 
to desierto de las pampas le invitaba a la contemplación, 
y las continuas luchas con la indiada vecina templaban su 
coraje. Así, por la herencia, por la adaptación, por la fa- 
talidad, el gaucho resultó un interesante tipo, cuyos dos 
cultos principales eran el valor personal y la guitarra. 

Habiendo importado este instrumento de España, !a 
guitarra era su inseparable amigo, el confidente de sus 
horas tristes y compañero de sus horas alegres. No con- 
cebía otra bella arte que la poesía, acompañada de la 
música; poesía y música formaban para él, como en las 
civilizaciones primitivas, un solo arte, el arte único, el arte 
por excelencia. Los mejores cantores y guitarristas se 
llamaban payadores. No todos los gauchos eran tales; 



lüO LA poesía argentina- 

muchos había, quizá la mayor parte, que no poseían la 
doble habilidad sino harto mediocremente; pero, cualquiera 
que fuese en cada uno la capacidad de ejecutar y cantar, 
todos amaban el arte de la poesía y música como su me- 
jor distracción. Cuando el payador tomaba la vihuela — ya 
para cantar solo, ya en justa o payada de contrapanto 
con algún émulo — , hacíase siempre el silencio, y los 
espectadores se agrupaban a su alrededor, a fin de no 
perder una palabra ni una nota. 

Tan íntima es en la poesía popular la unión de la 
palabra y la música, que los géneros se distinguen princi- 
palmente por la música que los acompaña. Los tristes y vi- 
dalitas están generalmente en tonalidad menor; los cielitos, 
en mayor. La melodía de estos cantos populares tiene algo 
de oriental ; sus notas alargadas recuerdan antiguas melo- 
peas. En realidad, el gaucho ha venido a transportar a las 
pampas ciertas maneras típicas de las interminables salu- 
taciones al sol en lo alto de la mezquita, que los árabes 
aportaron a España. Es curioso que en la península se 
perdieran o se desfigurasen mayormente estas formas asiá- 
ticas, que tanto persisten en la música popular de América. 
La explicación de! hecho está acaso en el aislamiento del 
gaucho, y asimismo en cierta semejanza entre las pampas 
y los desiertos árabes. La melancolía de los cantos orien- 
tales persiste en el estilo de los cantos americanos. 

El verso popular gauchesco es siempre octosílabo, y 
casi siempre asonantado, a la manera de los romances del 
siglo XV. Su metro y sus asonantes se presentan llenos 
de imperfecciones. Como se trata de cantos improvisados 
y transmitidos verbalmente, no se puede suponerles ningu- 
na corrección. Tantos son sus naturales defectos, que, 
cuando se escMben textualmente según los cantan los más 
notables payadores, resultan de lectura difícil y fastidiosa. 
De ahí que los más populares versos gauchescos sean, 
aun en la campaña, los imitados por hombres cultos de la 
ciudad, como José Hernández y Estanislao del Campo. 



i.A poesía populai; 



161 




102 LA poi'.si \ argi;ntina 

La imitación sincera y feliz viene a eclipsar y substituir 
al original casi desconocido 

El lenguaje de la poesía gauchesca, más que un ver- 
dadero dialecto, representa una ligera corrupción de la 
lengua castellana. Los llamados gaucliísmos o barbarismos 
gauchescos son generalmente meras alteraciones fonéticas. 
Por ejemplo, se dice nü.'des por anadie», pagao por apa- 
gado», estrumento por «instrumento». O. ras veces cons- 
tituyen sólo expresiones arcaicas, en desuso en España: 
ansina por << así >>, vide por « vi », fierro por « hierro ». 
Hase mantenido el tratamiento de vos, y no se ha adap- 
tado el de tú. El vení, el anda, el tonidi, apócopes de 
' venid, andad, tomad », implican expresiones corrientes, 
conservadas en América, del antigua habla popular an- 
daluza. También se conserva el che valenciano. Puede 
decirse, por lo tanto, que, en ciertas formas, el lenguaje 
gauchesco se presenta hasta como más castizo que la 
moderna lengua española. 

En la prosodia, los gauchos, y en general los argen- 
tinos y otros americanos, conservamos un dejo del acento 
andaluz. Pronunciase la c y la z como s, y la r como b. 
Además, el gaucho no pronuncia ciertas consonantes de 
fin de sílaba: dice dotor, fóforo, inorante, ciudá. Sin em- 
bargo, las consonantes suprimidas son pronunciadas por la 
gente culta, la cual, además^ aunque confunda la .9, la c y 
la z, suele distinguir la i' de la b. Algunas veces, en ciertas 
expresiones y giros, el habla del criollo recuerda, no sólo 
al andaluz, sino al propio gitano. La conservación de tales 
formas se explica por el aislamiento de la vida colonial. 

Los temas de la poesía popular gauchesca son princi- 
palmente el amor y la guerra. Cántase el amor en tristes, 
vidalitas y cielitos, un amor al propio tiempo impulsivo y 
contemplativo, salvaje y religioso. Cántase la guerra con 
la antigua indiada, que incendiaba las poblaciones, cauti- 
vaba a las mujere.s mataba cuanto podía. Esos cantos de 
amor y de guerra poseen alto lirismo, y los últimos, hasta 



LA poesía popular H)3 

cierto vuelo épico. En algunos momentos se hacen sin 
embargo desagradables, para el hombre moderno y de ia 
ciudad, sus frecuentes y exagerados alardes de valor. Los 
cantos populares gauchescos, que tuvieron su época de 
oro antes del nacimiento de la poesía artística argentina, 
es decir, antes de la mdependencia nacional, degeneran 
después. Han llegado a nosotros en formas un tanto deca- 
dentes, en las que a veces el amor se transforma en sen- 
sualidad, los celos en vulgar matonismo, el antiguo pun- 
donor en fanfarronadas y en sanguinarias y antisociales 
ferocidades, la altivez en desprecio de la opinión y de las 
leyes, y, sobre todo, el gracejo ordinario en vulgar bufo- 
nería. Y aun así, a pesar de tan lamentable como lógica 
decadencia, tienen en nuestros días esos cantos populares 
su grandiosidad y belleza, ¡ tan bellos y grandes debieron 
ser en los tiempos heroicos ! 

73. Anastasio el Pollo. 

Estanislao del Campo (1835-1875), distinguido poeta 
y hombre publico de Buenos Aires, que fué diputado al 
Congreso Nacional y secretario del gobernador de la 
provincia en cnya capital nació y vivió, ha obtenido su 
más extensa y duradera gloria con el rústico y jocoso 
pseudónimo de Anastasio el Pollo. Su actuación periodística, 
parlamentaria y política, y aun su tomo de Poesías serias, 
todo parece hoy olvidado, mientras que ¡os cantares gau- 
chescos de Anastasio el Pollo viven y vivirán poderosa- 
mente en la imaginación del pueblo. Es que, en efecto, el 
joven payador ha venido a representar una fase de carácter 
gauchesco, acaso la más simpática: su humorismo, al 
propio tiempo alegre y tierno, suspicaz e ingenuo, burlón 
e imaginativo. Así como Santos Vega es el gaucho de la 
leyenda, y 'Martín Fierro, en cierto modo, el de la historia, 
Anastasio er'Poílo es eT "gaucho de la literatura, y~3'e una 
literatura que, lejos de degenerar en exageraciones o bufo- 



ít)4 LA rOE>ÍA AUGUNTINA 

nadas, en melodrama o saínete, se mantiene siempre honesta^ 
sencilla, verdaderamente artística. 

De las poesías gauchescas de Estanislao del Campo, la 
más larga y popular, sin duda la de mayor mérito, es el 
poema Fausto (Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo). 
Anastasio el Pollo es un paisano payador que ha venido 
a la ciudad de Buenos Aires para cobrar el importe de 
unos fardos de lana. Como sus deudores le entretienen 
aplazando el momento de pagarle, se queda unos días en 
la ciudad, y una noche, viendo dirigirse mucha gente 
al teatro Colón, allá se dirige él también. Compra su 
entrada y ocupa su sitio en la más barata, y, por con- 
siguiente, más alta galería del teatro, « donde va la paisa- 
nada ». Represéntase la ópera Fausto, de Gounod. El rús- 
tico ve azorado levantarse el telón y desarrollarse el drama 
musical, como en un sueño; no sabe* si aquello es ilusión 
o realidad... 

A los pocos días, antes de haber salido de la profunda 
impresión que le ha causado el espectáculo, encuéntrase 
a orillas del río con otro paisano, su amigo don Laguna. 
Ambos se saludan con la sencillez de su amistad campestre, 
tratándose de «hermanos» y cuñaos, y entablan un diálogo 
lleno de la intención y picardía propias del gaucho. Don 
Laguna menta al diablo, y Anastasio el Pollo le dice que 
le ha visto la otra noche... ¿Cómo? ¿Dónde?... Ahí encaja 
su larga narración. El pavador cuenta el punzante drama, 
segiín lo siente y lo interpreta. Describe la pasión de 
Fausto, su pacto con el diablo, la belleza de Margarita, sus 
desdichas, su muerte... Al principio, don Laguna le escucha 
con incredulidad; pero, poco a poco, le va dominando a 
él también la emoción de su «amigazo». El narrador y 
su oyente se apasionan en el relato, hasta creer en su 
realidad y derramar lágrimas... Al final, entusiasmado y 
agradecido, don Laguna invita a comer a Anastasio el Pollo. 
Tal es el original argumento. 

El grande éxito de este poema gauchesco estriba prin- 



LA. poesía popular 1G5 

cipalmente en el natural gracejo del diálogo y la linda 
poesía del relato. Toda la composición está salpicada de 
felices ocurrencias y de oportunos chistes. Anastasio y 
don Laguna, a pesar de su candor y rusticidad, poseen un 
espíritu vivo y humorista. Comprenden a su modo los 
caracteres de los personajes y hasta la eterna belleza de 
la vieja leyenda y del drama de Goethe, que sirven de 
tema a la ópera de Gounod. Imagínanse un tal don Fausto 
gaucho, enamorado de alguna picara rubia de la ciudad... 
¡Y le compadecen, vituperan y perdonan, como identifi- 
cándose con su singular y sin embargo tan humana aven- 
tura de vender el alma al diablo por una mujer! 

La lectura del Fausto gauchesco deja una duda en el 
ánimo. ¿Creía o fingía creer Anastasio el Pollo la reali- 
dad del drama ? Si nos atenemos a la letra, cierto es que 
el payador parece completamente engañado... Si nos ate- 
nemos al espíritu del poema, resulta inaceptable que inge- 
nio tan agudo incurriese en confusión tan torpe... Tam- 
poco puede aceptarse que la aparente torpeza del gaucho 
sea un mero recurso cómico del autor, porque, si así fuera, 
su personaje carecería de relieve y de literaria sinceri- 
dad. La psicológica solución de la duda es más com- 
pleja. A mi juicio, Anastasio el Pollo, ni creía, ni dejaba 
de creer... 

El gaucho, como se dice vulgarmente, « no tiene un 
pelo de zonzo ». Es desconfiado y hasta escéptico por 
temperamento ; sin embargo, es también imaginativo, y 
por excelencia. Como si su imaginación propendiera es- 
pontáneamente a creer todo lo maravilloso, su viva y na- 
tural inteligencia le pone un freno de esceptismo y de des- 
confianza. Al levantarse el telón, Anastasio el Pollo tiene 
plena conciencia de la ficción dramática. Luego, entusias- 
mándose con el drama, deja correr su cálida fantasía; 
todo aquello puede ser verdad... ¡Todo aquello, siendo tan 
hermoso, debe ser verdad!... ¡Todo aquello es verdad!... 
Por las leyendas, trovas y creencias populares, está ya él 



I6B LA POESÍA ARGENTINA 

familiarizado con las diabluras del diablo. ¿Por qué, como 
a Santos Vega y a tantos otros, no se le ha de aparecer 
el Malo, el temido Juan sin Ropa, a ese don Fausto, 
aunque sea en público teatro? No es, pues, Anastasio el 
Pollo un simple, ni tampoco un farsante. Más bien es 
un poeta, con el alma de un- niño, pero de un niño mali- 
cioso, y la imaginación de un dios, pero de un dios in- 
genuo. Posee algo del buen sentido de Sancho, mucho 
de la soñadora fantasía de don Quijote, y más aún de 
la ignorancia de Segismundo. Si la vida es como un sueño, 
¿no ha de ser el sueño tan real como la vida?... Piensa 
que es bello creer, desea creer, cree creer, cree, y, en todo 
caso, siente como si creyera. ¡Y no sólo para payar ante 
los demás, sino también para consigo mism.o ! ¿No es por 
ventura un poeta?... 

Es un gaucho poeta, la quinta esencia del gaucho. 
Cuando ve por primera vez cruzando la Pampa una loco- 
motora que arrastra un convoy de vagones, murmura el 
gaucho: <^ A mí no me engañan. Los caballos que tiran 
van dentro ». Sin embargo, cuando le sorprenda más tarde 
su patrón en un aeroplano, ha de exclamar: «Si yo tu- 
viera ese coche, no m.e andaría por la tierra, iría a visitar 
la luna y las estrellitas del cielo ». Y, una vez remontán- 
dose su imaginación con el vuelo del aeroplano, no le 
costará mucho describir la luenga barba blanca del señor 
San Pedro y la luminosa, sonrisa de la Virgen María... 
Así nos describe y nos cuenta Anastasio el Pollo las tre- 
tas de Mefistófeles, las pasión de Fausto y las penas de 
Margarita, 

74. YX éaucKo Martín Fierro. 
I. EL GAUCHO MALO 

En las pampas, desiertas durante el coloniaje, como 
no había autoridades judiciales, el gaucho se hacía justicia 
por su propia mano. Heredero de los viejos sentimientos 



LA poesía popular 



167 



de su raza, él también apelaba al juicio de Dios en singular 
desafío. Retaba a su ofensor para un duelo a cuchillo, 
arrol.aba el poncho en el brazo izquierdo, desenvainaba la 
faca en la diestra amenazadora, y combatía hasta caer o 
dejar tendido en el campo a su adversario, impuesto el 
castigo o satisfecha la venganza, el vencedor recibía el 
premio de su valor y destreza, en forma de público aprecio. 
No era un criminal, sino un caballero de su derecho. 

Cuando las pampas se poblaron más densamente y se 
organizaron las autoridades políticas y jurídicas de la 
campiña, después de la Independencia, a mediados del 
siglo XIX, la situación del gaucho resultaba difícil y peli- 
grosa. Habituado a no reconocer otra jurisdicción que lá 
de su voluntad soberana, ni otra autoridad que el ejercicio 
de su derecho, la ley venía a chocar con sus costumbres 
seculares. La ley castigaba al homicida, matara o no en 
leal duelo, y la policía le perseguía hasta aprehenderle y 
encerrarle en la cárcel. Esta intromisión de la ley, la policía 
y los jueces en su vida íntima no pudo ser atacada, ni 
llegó fácilmente a ser siquiera comprendida. El gaucho, a 
pesar de las reformas de la nueva organización social, se 
sentía tan dueño como antes de sus actos y de su faca. 
Obraba según la costumbre, que era, para su conciencia, 
la verdadera ley de Dios y de los hombres... Sin pensar ni 
remotamente en la existencia de los tribunales que debían 
castigar las afrentas, continuó viviendo y procediendo según 
las ideas de su antiguo régimen de barbarie. Más que la 
lejana y novedosa sanción de las leyes, estimaba la inme- 
diata sanción moral de sus semejantes, quienes abrumaban 
con el desprecio al cobarde que sufría en silencio la injuria 
o la agresión. 

Esta disparidad, esta irreducible contradicción entre los 
sentimientos arraigados y las innovaciones de los tiempos, 
hicieron del gaucho una víctima de las circunstancias. Si no 
era valiente y dejaba sin castigo la ofensa, decaía en el 
concepto de los suyos; si lo era y la castigaba, la ley el 



IQ>8 LA poesía argentina 

perseguía y le imponía durísima sanción. Prefiriendo expo- 
nerse a la pena jurídica antes que soportar el desprestigio 
moral, el gaucho mantuvo su clásico duelo a cuchilló. 
Ocurría entonces que, habiendo matado a su enemigo, huía 
para evitar la cárcel y el patíbulo ; refugiábase en el 
desierto; no le era permitido ya volver a su pago; susten- 
tábase como podía, de gamas y quirquinchos, o carneando 
las reses que encontraba a su paso. La policía enviaba 
diestras partidas en su persecución ; él estaba fuera de la 
ley; cazábasele como a una fiera. La lucha por la libertad 
y por la vida le obligaban al merodeo y a defenderse 
matando milicianos. Transformábase en « gaucho malo », 
ladrón y homicida, más que por su naturaleza, buena y 
generosa, por una triste fatalidad. 

El pueblo, que sabe distinguir al bueno del malo, le 
perdonaba su yerro en saberse defender. Considerábasele 
una víctima del destino. «Se ha. des graciao », decíase, por 
toda explicación de su delito. El « gaucho malo », matrero 
y cuatrero, encontraba en cada rancho un techo hospitala- 
rio, y en cada paisano un amigo. Todos comprendían que 
a cualquiera de ellos podía tocarle alguna vez en suerte 
matar y andar huido, y se mostraban caritativos y frater- 
nales, no sólo por simpatía, sino hasta por previsión. 
Ocultaban al prófugo, eran sus naturales encubridores, des- 
pistaban a la policía. Los mismos milicianos, gauchos asa- 
lariados por el poder público, no estaban muy seguros de 
su derecho de perseguir al «bandido». Dábanle tiempo para 
huir, le buscaban con desgano, y, al hallarle, peleaban sin 
entusiasmo. ¡ El perseguido, en cambio, yéndole la vida en 
la victoria y la fuga, defendíase como un héroe! 

Si se le sorprendía a pie, hería a un gendarme en el 
rostro, a otro en la mano, tal vez a alguno en el vientre. 
Los agresores se retiraban temerosos, mientras que él, 
aprovechando el momento de confusión producido por su 
recio ataque, saltaba sobre el caballo, ya casi seguro, y 
huía a todo correr, indinándose sobre el cuello del animal 



LA POESÍA POPULAR 169 

para no presentar bulto a las balas oficiales que silbaban 
a su espalda. Admirábanle los mismos milicianos. Simpa- 
tizando decididamente con el personaje, la paisanada exa- 
geraba su bravura. Este íntimo aplauso, esta oculta publi- 
cidad de sus actos, le estimulaba hasta embriagarle como 
un vino generoso. Sabía que era el centro de todas las 
miradas, y esforzaba sus proezas, rayando en la temeridad. 
Llegaba hasta presentarse en sitios públicos, en la pul- 
pería o en las carreras, con garbo de vencedor, a cose- 
char lisonjas y admiraciones. ¡No sólo luchaba por la vida, 
sino también por la gloria! 

En razón directa con la popularidad del gaucho, cre- 
"cía- la impopularidad de sus perseguidores. Las autorida- 
des de origen ciudadano eran malqueridas en las pampas. 
A causa del antagonismo económico del campo y la ciu- 
dad, nunca hubiesen podido ser bien vistas, aunque hubie- 
ran sido comprendidas por el pueblo y correctas en el 
desempeño de sus funciones. Comprendidas no lo fueron, 
y, por desgracia, la falta de educación social de los fun- 
cionarios civiles y militares, sobre todo de los comisarios 
y jefes políticos, hacíanlos odiosos, doblemente odiosos: 
como autoridad contraria a las costumbres seculares, y por 
desempeñar malamente esta autoridad. Abusaban del man- 
do y solían imponer al gaucho vergonzosas humillaciones. 
Caudillejos vulgares y sensuales, creíanse a veces facul- 
tados para atropeilar los más sagrados derechos. Dueños 
de la fuerza, acababan por suponerse también dueños de 
la hacienda, de la honra y hasta de la conciencia de sus 
gobernados. No sólo les imponían sus opiniones políticas, 
en las parodias de democracia, obligándolos a votar en 
barbecho, sino que, con la amenaza de persecuciones, 
más o menos disfrazadas de legalidad, también los ataca- 
ban, llegado el caso, hasta en su vida privada. Contaban 
con la impunidad ; nadie podía fiscalizar en el desierto el 
poder de sus fusiles y sables. Por otra parte, servían a 
algún caudillo de la ciudad, que, agradecido a sus ser- 



170 LA POESÍA ARGENTINA 

vicios, los escudaría en el improbable caso de que el Estado 
los llamase a cuentas por sus desmanes. 

Así, del choque de las antiguas costumbres y del moder- 
no derecho, agravado por los abusos de autoridad que 
representaba este derecho vencedor, como una chispa del 
choque de dos pedernales, ha brotado la leyenda del « gau- 
cho malo » o desgraciao. Juan Moreyra, Pastor Luna, 
Juan Cuello y tantos otros paisanos más o menos justa o 
injustamente condenados por la policía civil, resultan, aun- 
que forajidos, verdaderos héroes populares. El pueblo los 
ama, los aplaude, los venera. Son mártires ignorados; son 
creaciones de la historia embellecidas por la fantasía. De 
ahí, de sus hechos y vidas, nace la novela criolla. De 
ahí nace también el teatro nacional argentino. 

II. MARTIN FIERRO 

Entre todos los tipos de « gaucho malo » presentados 
en la literatura popular argentina, el más acabado y poé- 
tico es Martín Fierro. José Hernández, un hombre culto, 
entrerriano, periodista de profesión, creó el personaje en 
un poema gauchesco (1875). A pesar del lenguaje inco- 
rrecto y de la mala versificación propia del género, y tal 
vez por estas mismas imperfecciones, el poema es her- 
moso y sincero. La inspiración alcanza a veces destellos 
épicos. El carácter del protagonista es intere'sante, aunque 
algo desigual, y el cuadro tiene cierta verdad y realismo", 
como si fuera miás histórico que poético. 

Martín Fierro representa un gaucho del tipo común, 
nada idealizado por el poeta. Es valiente, generoso, pen- 
denciero, payador, y, por desgracia, aficionado a bebidas 
alcohólicas. Tiene el vino agresivo ; va a una pulpería, 
bebe unos tragos para inspirarse y cantar en la guitarra, 
y arma camorra, como sin quererlo, a algún concurrente. 
Salen ambos al campo, pelean a cuchillo, y mata a su 
adversario. Parece sucederle esto con deplorable frecuen- 
cia. Naturalmente, la policía persigue al homicida. Martín 



LA POESÍA POPULAR 171 

Fierro tiene que huir, abandonando en el rancho a su 
mujer y a sus hijos. Alcánzale una partida miliciana, y, 
no pudiendo fugarse, hace frente. Con admirable denuedo 
deja fuera de combate a varios de sus perseguidores. Sin 
embargo, acosado por el número, está a punto de caer 
vencido. Preséntase entonces providencialmente a secun- 
darle en su lucha otro paisano, Cruz, también perseguido 
por la policía, a causa de un homicidio semejante a los 
cometidos por Martín Fierro. Los dos gauchos arremeten 
tan fieramente que ponen en huida a los gendarmes. 
Quedan dueños del campo, y, para evitar nuevos encuen- 
tros con las fuerzas de la autoridad, que saben han de 
vencerlos alguna vez, huyen juntos a la frontera, a pedir 
hospitalidad a los indios y refugiarse en sus aduares. Aquí 
termina el poema llamado EL gaucho Martín Fierro. 

Años después de aparecer este poema, con unánime 
éxito de librería y de crítica, José Hernández publicó su 
segunda parte, titulada La vuelta de Martín Fierro. El 
protagonista y su amigo Cruz llegan inoportunamente a 
la frontera. Ocupados los indios en preparar un « malón », 
reciben a los dos gauchos con recelo y en disposición de 
matarlos. Un cacique, menos feroz que sus compinches, 
les salva la vida, pero los mantiene aislados y cautivos. 

Los dos gauchos pasan largas y múltiples peripecias. 
Presencian un malón y una espantosa epidemia de virue- 
la. Esta enfermedad arrebata la vida a Cruz. Martin Fie- 
rro queda solo en el desierto. Conoce allí a una cautiva 
de los indios, a la que inflige un cacique los tormentos 
más atroces. Indignado, lucha con él, le mata, y^ huye lle- 
vando a la cristiana en las ancas de su caballo. Entonces 
vuelve, por fin, a su pago, después de una ausencia de 
dos lustros. Su rancho está en ruinas; es una «tapera». 
Su mujer ha muerto en el hospital. Sus hijos andan des- 
parramados por el mundo: uno ha estado preso injusta- 
mente; otro, a quien una tía recogió y dejó una herencia, 
fué' robado por la gente de curia... Felizmente, también 



172 LA POESÍA ARGENTINA 

ha desaparecido el juez que perseguía a Martín Fierro, 
el «gobierno» le deja ahora tranquilo. ¿Hasta cuándo?... 
El poema no lo resuelve. El lector piensa que hasta que 
cometa un nuevo crimen... 

Esta parte segunda de Martín Fierro, como tantas 
otras parles segundas de obras notables, aunque salpi- 
cada de agudos rasgos de ingenio, carece de la armonía y 
hasta de la pujante verdad de la primera. La vuelta del 
gaucho y su rehabilitación jurídica parecen un tanto arti- 
ficiosas. Diríase que el autor las cuenta para que en defi- 
nitiva resulte su héroe triunfante. Pero de hecho no es así: 
en la imaginación del pueblo, el héroe resulta derrotado. 
Forzosamente deben triunfar, sobre el antiguo y rústico 
derecho consuetudinario, el nuevo derecho legal, las insti- 
tuciones, la cultura. Esto es lo que nos enseñan la histo- 
ria y la experiencia. La vuelta de Martín Fierro no pasa, 
pues, de ser un juego de imaginación, con páginas tan 
felices como los sesudos consejos del viejo «Vizcacha», el 
trozo más popular de todo el poema. 

Martín Fierro tiene el valor de un documento histó- 
rico. Podrá Hernández haber imitado más o menos fiel- 
mente el lenguaje gauchesco ; podrá acertar o equivocarse 
en tal cual episodio o detalle; pero su obra es una sín- 
tesis de cierto estado social, y su personaje alcanza las 
proporciones de un símbolo. El gaucho Martín Fierro, 
más que un determinado hombre, es el tipo genérico del 
gaucho a mediados del siglo xix, y su figura, real o fan- 
tástica, ha de perpetuarse en la memoria del pueblo ar- 
gentino como la de un héroe de los tiempos bárbaros. 

H. LA POESÍA ARTÍSTICA 

75. E,l Himno nacional aréentino y su autor. 

Llámase himno a un canto de abalanza. En el himno 
se expresan los grandes sentimientos sociales, patrióticos 
o rehgiosos. Exaltada el alma, necesita esta forma poética 



i.A POF.si.v artística 173 

y musical para manifestar su exaltación ; el himno brota 
como una flor en la planta llena de savia y besada por el 
sol de la primavera. Palabras y sonidos, versos y acordes 
se levantan entonces del alma y constituyen el himno, que 
es poesía y música, ritmo y pensamiento, amor y acción. 
¡Elevemos los corazones!... 

Nacido con la guerra de la Independencia el excelso 
sentimiento de la nacionalidad argentina, el pueblo recla- 
maba una canción que lo expresara. La Asamblea de 1813 
resolvió adoptar un < himno nacional », y encomendó su 
composición a los poetas. El solemne momento histórico, 
obtenidas las victorias de Salta y Tucumán, había de 
inspirarlos. Y, en efecto, el joven don Vicente López y 
Planes, que bahía cantado ya el rechazo de las invasiones 
inglesas en el Triunfo argentino, escribió, como de un 
enérgico rasgo de pluma, la canción nacional. Propúsola a 
la Asamblea, y, leída que fué, se la adoptó por aclamación. 

El poeta anuncia ante los pueblos todos de la tierra 
el sagrado grito de « Libertad ». Las Provincias Unidas 
del Sur, el gran pueblo argentino, proclama y defiende 
su soberanía. Los antiguos dioses de la guerra animan 
a sus campeones. Las tumbas de los Incas se conmueven 
por el hórrido fragor de la lucha. Los españoles, defen- 
diendo su imperio, se arrojan sobre México, sobre Quito, 
sobre Potosí, Cochabamba, La Paz. El pueblo argentino 
se levanta entonces para salvar a los pueblos hermanos, 
y triunfa en una serie de gloriosos combates: San José, 
San Lorenzo, Suipacha, las Piedras, Salta, Tucumán, la 
Colonia. Ante su empuje, el enemigo huye, rindiendo 
armas y banderas... ¡El pueblo, que había jurado morir 
antes que vivir sin gloria, vive y triunfa! ¡La América 
es libre ! 

Tal es el pensamiento que desarrolla la composición, 
con una altura digna del asunto. El pueblo argentino 
canta ya en su fiimno las cualidades características de 
su alma: la generosidad y el honor. Quiere la libertad, 



174 LA POESÍA ARGliNTIMA 

para sí y para todos los pueblos de América, y, armada 
de su lanza, con el ímpetu de un dios adolescente, se 
arroja al campo de batalla, a combatir con el majestuosa 
León de las Españas. ¡Va a vencer o a morir! Y, como 
es un predestinado de la gloria, vence y vueive coronado 
de laureles. 

Aunque la crítica severa puede señalar en el Himno 
tal cual defectillo de retórica, la composición tiene el vigor 
y la espontaneidad de un verdadero canto épico. No está 
zurcido con los lugares comunes de otros himnos nacio- 
nales hechos de encargo en circunstancias semejantes. Lo 
mueve un soplo de inspiración valentísima; Sc; ve que 
el verso ha brotado grandilocuentemente del numen del 
poeta. El poeta es el portavoz del pueblo. No busquéis,. 
pues, literatura en el Himno nacional argentino: buscad 
al pueblo argentino, que se levanta sobre la haz de la 
tierra, con la conciencia de su grandeza, de su fuerza y de 
su porvenir. 

La casi mística exaltación del himno, como género 
poético, requiere música. El himno, propiamente, no se 
dice, se canta. Debió así componerse, para el Himno 
nacional argentino, la correspondiente partitura. Tocó tan 
insigne honor al maestro catalán Blas Parera. Su obra, 
escrita en el estilo de Mozart, es agradable y melódica. 
No obstante, debe notarse que, acaso por las exigencias 
de la letra, resulta demasiado dramática y variada para 
que se la considere un verdadero himno, composición 
que debe ser serena y simple. Es más bien una canción 
marcial. 

Si se la analiza, vese que consta de cuatro partes 
seguidas sin interrupción. La primera es una introducción 
relativamente larga, que no carece de cierta majestad 
algo ingenua. Después viene el canto de la estrofa. 
Como la poesía de López y Planes es demasiado extensa 
para cantarla toda (compónese de ocho estrofas de ocho 
versos decasílabos cada una y las cuartetas del coroj. 



LA poesía artística 173 

sólo se canta la primera estrofa. La melodía es agradable 
y fácil de retener. Está en tonalidad mayor para los seis 
primeros versos; para los dos últimos, en tonalidad me- 
nor, lo cual les infunde cierta tristeza patética. Terminaua 
la estrofa viene un breve intermedio en tonalidad mayor, 
que consiituye lo que llamaríamos la tercera parte. Las tres 
primeras discurren en un tiempo lento, característico de 
todo himno; pero, después de terminar el general modc- 
rato, iniciase la cuarta y última, un final en tiempo rápi- 
do, vívace, que es algo como la coda de la piezd. Corres- 
ponde al coro de la letra, esto es, a esa breve cuarteta de 
versos octosílabos que debe repetirse como una letrilla, 
después de cada estrofa. Y la partitura termina allí, de- 
jando en el alma de quienes la escuchen o canten, d? pie 
y con la cabeza descubierta, la honda sensación de la 
gloria y de la patria. 

El joven poeta don Vicente López y Planes (1784- 
1856), que escribió la letra e inspiró la música del Himno 
nacional, fué un interesantísimo modelo de su brillante 
generación de argentinos. Nacido en Buenos Aires y edu- 
cado en estudios clásicos y jurídicos, tocóle iniciarse en 
la vida en vísperas de la guerra de la Independencia. To- 
mó las armas y fué un soldado de la Reconquista contra 
la agresión británica, y cuando las dejó, triunfantes, re- 
quirió la lira y cantó la victoria. Al vencer San Martín, 
cantó también la gloria de la batalla de Maipo. Era sol- 
dado, era poeta, era demócrata, era político, era jurista, 
era hombre de Estado; era lo que la patria reclamaba de 
sus condiciones, según aquellos momentos críticos y las 
arduas necesidades históricas. Más tarde, durante el inte- 
rregno de barbarie de la dictadura de Rosas, fué un ele- 
mento conservador de la cultura y de las tradiciones por- 
teñas en la presidencia del Supremo Tribunal de Justicia. 
Y, anciano ya, cuando cayó la dictadura, puso todo su 
esfuerzo en evitar las disgregaciones provinciales, bregando 
como gobernador de Buenos Aires por la unidad nacional. 



176 LA POESÍA ARGENTINA 

Así, el que había luchado por la libertad de la patria y la 
había cantado, trabajó después políticamente por su orga- 
nización. ¡La patria había de existir, no sólo independiente, 
sino también una y orgánica, para que fueran eternos, co- 
mo dice el «coro» del Himno, los laureles que supieron 
conseguir nuestros mayores, por el esfuerzo de su brazo 
y la nobleza de su alma! 

76. La muerte de Esteban de Luca. 

Entre los poetas de la independencia destácase bella- 
mente la juvenil figura de Esteban de Luca y Patrón. 
Nacido en Buenos Aires el 2 de agosto de 1786, se edu- 
có en el Colegio de San Carlos y formó en las filas del 
ejército que rechazó las invasiones inglesas. Espíritu ins- 
pirado, admirador de los clásicos latinos y de la sonora 
versificación del poeta español don Manuel José Quintana, 
cantó las glorias de la guerra. Son notables sus odas 
A la victoria de Chacabiico y A los valientes cochabam- 
binos, su composición A Bernardino Riv adavia en la 
muerte de su hermano Santiago, y, sobre todo, su mag- 
nífico canto A la libertad de Lima, escrito por encargo 
oficial. 

Tuvo también Esteban de Luca su breve actuación 
pública. Fué director acertadísimo de la Fábrica de armas, 
y en 1822 nombrósele sargento mayor de artillería. El 
virtuoso sacerdote José Valentín Gómez, enviado al Brasil 
por el gobierno, en una misión diplomática, llevó al joven 
poeta como secretario. De regreso a Buenos Aires, em- 
barcáronse ambos en el bergantín Agenor. El 17 de marzo 
de 1824, este buque, navegando ya en el río de la Plata, 
encalló en el banco inglés. Luca aprovechó entonces sus 
conocimientos de mecánica para hacer construir una balsa 
con maderas del buque, y se embarcó en ella con algu- 
nos compañeros, sin esperar el socorro que podía venir 
de la costa. Horas después llegó a Buenos Aires este 



LA POESÍA ARTÍSTICA 177 

socorro, y todos los pasajeros que estaban a bordo lo- 
graron salvarse. Sólo se perdieron el poeta y sus acom- 
pañantes, pereciendo probablemente ahogados; el gobierno 
los mandó buscar, y no se hallaron ni sus cadáveres... 

Exaltada por el trágico suceso, la fantasía popular ha 
forjado sobre la prematura muerte del patricio una her- 
mosa leyenda que se cantó en altos versos y se trans- 
mite de generación en generación. Esteban de Luca, el 
«poeta gentil de arpa de oro», se aventura en una balsa, 
a merced de las corrientes y de los vientos; ansia arribar 
cuanto antes al suelo nativo; quizá su imaginación sueña 
un crucero fantástico, que le llevará hasta una isla encan- 
tada y desconocida... Con los ojos del alma, el pueblo 
le ha visto, el pueblo le ve aún, de pie, sobre la frágil 
embarcación, con el arpa en la mano, perdiéndose en la 
lontananza de los mares. 

77. Florencio Balcarce, el poeta adolescente. 

Todo poeta tiene algo de niño ; todo niño tiene algo 
de poeta. Los primeros cultos e ilusiones impulsan a los 
adolescentes, cuando estudian retórica y literatura, a es- 
cribir versos. ¿Quién no lo ha intentado alguna vez, antes 
de los veinte años?... Pero esos ensayos no son casi 
nunca más que torpes imitaciones de las lecturas favoritas. 
Después de algunos años, al releerlos el espíritu ya ma- 
duro, cuya vocación ha tomado un rumbo harto distante 
de la poesía, en el comercio o la política, ríese de sus 
ensueños juveniles. Tan lejanos los ve, que le parecen 
fruto de una personalidad extraña a la suya. El adolescente 
poeta se ha transformado en hombre de negocios. 

Sólo el verdadero poeta no sufre tal transformación, 
y, en el alma, es un adolescente hasta el fin de sus días. 
Algunas veces, esa interna juventud del poeta le hace me- 
nospreciar la vida que no sea siempre juventud ; él mismo 
se siente incapaz de madurar y envejecer. Corresponde 
así frecuentemente, a la delicadeza de su espíritu, cierta 



178 LA poesía argentina 

debilidad orgánica, cierta falta de salud. La poca incli- 
nación psíquica a vivir en la madurez se une a una 
insuficiente aptitud física. El poeta adolescente, que ha 
nacido bajo el influjo de una estrella radiante y fugaz, 
tiene entonces en la inspiración un presentimiento de su 
muerte... A esta categoría especial de ingenios peregrinos 
se refirió un poeta griego cuando dijo: «Los hombres 
amados por los dioses mueren jóvenes». Y tales hom- 
bres, amados por los dioses y bendecidos por las musas, 
como si les diera prisa la idea de su muerte cercana 
suelen realizar ya en la primera juventud obra seria y defi- 
nitiva. ¡ Ellos no renegarán, no, de los versos escritos antes 
de los veinte años, puesto que pronto han de pasar, ado- 
lescentes aun, a las elíseas regiones de la inmortalidad! 

Florencio Balcarce, nacido en Buenos Aires a fines 
de 1816, es el más típico, si no el único ejemplo del poeta 
adolescente en la literatura argentina, Hijo del general 
Antonio González Balcarce, vencedor en Cotagaita y en 
Suipacha, cursó sus estudios en la Universidad de Bue- 
nos Aires, y en abril de 1837 fué a completarlos a Francia. 
Escribió entonces, cuando no contaba más que diez y siete 
años de edad y apenas le apuntaba el bozo sobre el labio, 
su sentidísima composición La partida, en la que, angus- 
tiado por la más honda pena, se despide del suelo patrio. 
Corno Dios mismo le manda partir, da él ese doloroso 
adiós de su temperamento exquisito en versos vibrantes 
de pasión, y presiente su muerte. Compara su vida con 
la hoja que pende marchita de la rama y es batida por 
el viento; un continuo temblor anuncia la próxima caída... 

Tal seca mi vida de muerte el aliento; 
mi paso vacila, se arruga mi faz; 
y ya desprenderme del árbol me siento, 
y entre lioja<, ¡ay!, secas al suelo bajar. 

El poeta adolescente pudo volver a Buenos Aires 
antes de que se cumpliera su presentimiento; pero poco 



LA POESÍA ARTÍSTICA 179 

después una cruel enfermedad, agravada tal vez por el 
exceso de trabajo, arrebató, el 17 de mayo de 1839, la 
hoja marchita pendiente en el árbol de la vida. Dado este 
fin prematuro, sorprende el caudal de poesía y de prosa 
que ha legado Balcarce a la posteridad. No sólo es autor 
de composiciones tan hermosas como La partida, EL leche- 
ro, Las hijas del Plata y otras; también tradujo del fran- 
cés difíciles obras de filosofía y de literatura. Si «le ano- 
checió en la mañana de la vida», puede decirse que en 
la mañana había realizado ya la principal labor del día. 

78. Juan Cruz Várela, el poeta clásico. 

En los tiempos coloniales, la alta enseñanza era esen- 
cialmente- clásica y literaria. Estaba prohibida hasta la 
importación de libros modernos. El aislamiento económico 
y político de la colonia era también intelectual. Por esto, 
educados en la Universidad de Córdoba, la de Chuquisaca 
y el Colegio de San Carlos de Buenos Aires, los prime- 
ros poetas de la Revolución — Vicente López y Planes, 
fray Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca y Patrón y 
Juan Cruz Várela , pertenecieron, acaso sin saberlo o 
sin proponérselo deliberadamente, a la antigua escuela 
clásica. Pero, de esos poetas, López y Planes se hizo 
ante todo hombre de Estado; Rodríguez era un sacer- 
dote, que escribió versos como por accidente, y Esteban 
de Luca murió tan joven que dejó trunca su obra poética. 
Sólo Juan Cruz Várela pudo, pues, completar la . suya, 
dedicándole todas las energías de su vigoroso tempera- 
mento estético. 

Nacido tres lustros antes de la guerra de la indepen- 
dencia, en la ciudad de Buenos Aires, el 24 de noviembre 
de 1794, y, formado su espíritu en la secular Universidad 
de Córdoba, su alma de patriota conservó hasta el fin de 
sus días el sello de su educación española, Juan Cruz 
Várela es, por lo tanto, el poeta clásico típico y por antono- 



180 LA POESÍA ARGENTINA 

masia del parnaso argentino. Pero debe advertirse que fué 
imperfectamente clásico y a su manera. El genio argenti- 
no es espontáneo; mal ha podido nunca avenirse con los 
tiránicos cánones e inflexibles principios que constituyen el 
verdadero clasicismo literario. Aunque los primeros poe- 
tas nacionales admirasen a los antiguos, nunca llegaron a 
imitarlos servilmente. Hija del siglo xix, la Revoluciórt fué 
romántica en sus ideas, en sus innovaciones, en el espíritu, 
ya que no siempre en la letra de sus bardos. El mismo 
Juan Cruz Várela, el más clásico si no el único clásico 
de los poetas argentinos, tiene sus románticas veleidades. 
Y no podía ser de otro modo en la sinceridad de un poeta 
argentino que, si bien nacido en el siglo xviii, vivió en 
el XIX. 

Con feliz y significativa coincidencia de fechas, inició 
Várela sus estudios universitarios en el año de la Re- 
volución, 1810, y los terminó graduándose de bachiller 
en cánones y teología, en el de la declaración de la 
Independencia, 1816. Pasó, pues, la heroica época de la 
lucha emancipadora, aislado del gran movimiento revo- 
lucionario y absorbido por las especulaciones de la más 
pura escolástica. Mientras los patriotas vencían en Salta, 
en Tucumán, en Chacabuco, en Maipo, el joven manteista 
empleaba sus laboriosas horas en la lectura de los teó- 
logos y de los grandes poetas latinos. Era latinista insigne; 
no sólo conocía a Horacio y a Virgilio, sino que también 
versificaba en latín correctamente. Con una educación clá- 
sica semejante, aunque no tan completa quizá, don Vicente 
López y Planes, durante aquella misma época, como era 
de más edad que Várela, hacía política y perdía poco a 
poco en la lucha sus reminiscencias virgilianas. Várela, 
más penetrado del clasicismo, nunca pudo olvidar a su 
maestro, Virgilio, ni a su modelo, la Eneida, aunque a su 
vez sufriese más tarde la influencia del romanticismo y 
diera un giro especial a su espíritu clásico. 

Abandonando la carrera de la Iglesia, trasladóse a 



LA poesía artística 181 

Buenos Aires y se inició en la vida política. Ocupó al- 
gunos puestos públicos y fundó varios periódicos; fué 
apasionado patriota y acérrimo liberal. Unitario y parti- 
dario de Rivadavia, causas políticas le obligaron a emi- 
grar a Montevideo en 1828. Allí se entregó por completo 
al periodismo político y a la literatura. Por su ilustración 
y experiencia le reconocieron como maestro muchos jóve- 
nes que pasaron después a esa ciudad, en tiempo de la 
dictadura de Rosas. 

En su amor a las bellas letras halló distracción y 
consuelo para las nostalgias y amarguras del ostracismo. 
Ferviente cultor de los autores latinos, Várela, que de es- 
tudiante había traducido ciertas composiciones de Ovidio, 
vertió al castellano varias odas de Horacio. Su más nota- 
ble ensayo en este género fué la traducción de algunos 
libros de la Eneida. « Mi sistema de traducir a Virgilio, escri- 
bía a su amigo Rivadavia, no es otro que el de imitar en lo 
posible su estilo, y aun usar sus mismas palabras, en cuanto 
lo permitan la lengua y las inmensas trabas que cuando se 
traduce presenta la versificación ». No sólo tradujo en parte 
la Eneida; compuso también una tragedia original, Dido, 
adaptando dramáticamente el libro IV del poema épico 
de Virgilio. Puede considerarse a Dido, por haberse per- 
dido casi toda la tragedia Siripo, de Labardén, como la 
primera tragedia argentina. Es, sin duda, una composición 
más sentida y personal que las meras traducciones del 
mismo Várela. A pesar de su erudito origen, no carece 
de fuego y de pasión, sobre todo en los monólogos de la 
infortunada reina de Cartago. 

La obra más personal y duradera del poeta no está, 
empero, entre sus clásicas traducciones y adaptaciones ; 
es el canto lírico A La victoria de Ituzaingó. El triunfo 
de las armas argentinas inspira su musa y arranca a su 
arpa marciales acordes. Después de invocar la inspiración, 
recuerda sintéticamente las victorias de la patria, cuyos 
campeones llegan vencedores hasta Quito. El Brasil los 



182 LA poesía argentina 

desafía a la sazón. Y la patria triunfa otra vez gloriosa- 
mente en la batalla de Jtuzaingó. Desde los elíseos cam- 
pos del firmamento, en una alegoría que es como la 
apoteosis de la guerra, Belgrano llama hacia sí a los hé- 
roes caídos en la batalla, y se arranca el lauro de su 
frente para coronar con él las sienes del general vencedor, 
Carlos María de Alvear. 

Murió Juan Cruz Várela el año de 1839, en su 
destierro. No le cupo, pues, como a otros emigrados 
argentinos más jóvenes, la suerte de contemplar el derrumbe 
de la dictadura y de contribuir luego a la reorganización 
institucional. Aunque no cayera, como su hermano Flo- 
rencio, apuñalado traidoramente por la espalda y por 
orden o instigación del dictador, tuvo la misma desgracia 
de morir demasiado temprano, antes de ver satisfechos 
sus nobles anhelos de patriota. Sin embargo, su enseñanza, 
su voz y su ejemplo, así como también los de su hermano 
« e! mártir de la tiranía», fueron ¡ecundos para la labor 
organizadora. En realidad, el poeta y el hombre de es- 
tudio, más que una acción directa en el gobierno, ejercen 
una acción indirecta sobre los gobernantes. Los maestros 
que murieron en la expatriación inspiraron la obra de sus 
discípulos. 

79. EcKeverría, el poeta romántico. 

Esteban Echeverría, una de las más grandes, si no 
la más grande figura de las letras argentinas en el siglo 
XIX, nació en la ciudad de Buenos Aires el 2 de sep- 
tiembre de 1805. Niño aun, entró a servir como de- 
pendiente de aduana en una importante casa comercial. 
Pero la vocación literaria impulsaba su mente hacia 
otro rumbo. Entre los fardos y cajas de artículos comer- 
ciales, púsose a estudiar el francés, y la historia y la 
poesía. Al mismo tiempo, su imaginación poética buscaba 
en la vida aventuras y amoríos. Felizmente, hallándose 
su familia en posición holgada, pudo substraerse a la 



LA POESÍA ARTÍSTICA 183 

doble influencia del comercio y de la disipación; muy a 
tiempo, cuando contaba veinte años, emprendió un viaje 
de estudio a Europa. Fijó en París su residencia, y se aplicó- 
ai conocimiento de libros y de hombres; a sus lecturas 
añadía el trato de espíritus selectos e ilustrados. Enérgico 
de alma, era enfermizo de cuerpo; aquejábale ya seria y 
crónica dolencia al corazón. Y, aunque fué provechosa a 
su salud y a su espíritu su permanencia en el extranjero, 
tuvo a los cuatro o cinco años que regresar a. Buenos 
Aires, probablemente por falta de recursos. 

Cuando partió, en 1825; la patria parecía en camino 
de organizarse políticamente. Cuando volvió, en 1830, 
-eran por desgracia otros los tiempos. El poder de Ro- 
sas amenazaba como una calamidad social. La gloriosa 
república en formación, que el joven poeta había soñado 
desde lejos, con los dulces espejismos del amor, presen- 
tábasele ahora como un país embrutecido por la ignorancia 
y ensangrentado por la tiranía. Echó a su alrededor ansio- 
sa y atónita mirada, y vio sólo ruinas y sangre. Desolador 
espectáculo ofrecía la patria. Doquiera triunfaba la barba- 
rie de los caudillos rurales sobre la antigua civilización 
de las ciudades. La hidra de la anarquía enroscaba sus 
anillos en el hermosísimo cuerpo de la doncella inviolada 
e inviolable. El contraste entre la luz y la sombra, entre 
la cultura europea que Echeverría acababa de aprovechar 
y la violencia americana que entonces contemplaba, atri- 
bularon profundamente su espíritu juvenil y soñador. Él 
mismo, en breves anotaciones biográficas, nos ha dejado 
descrito su estado de ánimo. « El retroceso degradante en 
que hallé a mi país, mis esperanzas burladas, produjeron 
en mí una profunda tristeza». «Al volver a la patria, ¡ cuán- 
tas esperanzas traía!... Pero todas estériles: ya no existía 
la patria ». Y agregaba el clásico grito de decepción mortal: 
« Todo es vanidad ! » 

No podía, sin embargo, espíritu tan rico y lírico darse 
para siempre por vencido. Vencido, acallado por entonces 



184 LA poesía argentina 

el repúblico soñador, de su silencio surgió el poeta. « Me 
encerré en mí mismo, escribió, y de mí, queriendo poner 
en el papel pedazos de corazón, nacieron infinitas pro- 
ducciones, de las cuales no publiqué sino una mínima 
parte, con el título de los Consuelos ». ¡ Feliz el poeta que 
halla en su propia alma consuelo para las tristezas y com- 
pañero para las soledades de la vida ! ¡ Feliz la patria que 
halla el poeta que ha de cantarla, en sus glorias como en 
sus quiebras !... 

Los primeros poemas de Echeverría tuvieron cierto 
éxito entre los jóvenes. Pero, como era un innovador y 
rompía los moldes del clasicismo, hubo naturalmente quien 
le tildara de prosaico y de vulgar. No le amilanaron tales 
críticas ; él no ambicionaba « reputación », sino « gloria », 
verdadera «gloria». «¿Sabe usted lo que es la reputación?, 
preguntaba en sus Pensamientos. Eche una mirada en la 
sociedad... » La reputación se presentaba allí como vene- 
noso fruto de la intriga, de la pedantería, de la mentira, 
y como «vaho impuro» de la estupidez humana. «Renie- 
go de la reputación. Gloria querría, sí, si me fuese dado 
conseguirla, o al menos si a la eficacia de mis deseos 
correspondiesen mis fuerzas... » 

En los momentos menos literarios seguramente de la 
historia patria, cuando se celebraron oficialmente los triun- 
fos del general Quiroga, apareció anónimo el poema Elvi- 
ra. Poco más tarde fueron publicadas las Rimas, conti- 
nuación de los Consuelos. Muy escasos lectores, natural- 
mente, eran entonces capaces de apreciar la belleza de 
esos versos, y menos aun los que comprendían la belleza 
de alma del joven poeta. 

El estudio y la guitarra, su querida guitarra, que en 
París sirvió de derivativo a las añoranzas de la patria, 
no bastaban ya para calmar su espíritu henchido de pa- 
triotismo y anhelante de progreso. Tampoco le basta- 
ban las dulce inspiraciones de la musa. Ávido de liber- 
tad, quiso pronto iniciarse en la acción contra los tira- 



LA POliSÍA ARTÍSTICA 185 

nos. Hambriento de orden y de justicia, quiso sentar los 
cirtiientos de una sólida y racional organización política. 
A tal efecto cambió ideas con sus amigos Juan María 
Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi para formar una sociedad 
de jóvenes ilustrados y patriotas, que estudiara las más 
urgentes reformas sociales y propendiera a realizarlas. 
Fundóse así por su iniciativa, en 1837, la Asociación 
Mayo, organizada a semejanza de la asociación Joven 
Italia, que Echeverría había visto en Europa, y cuyos 
fines eran la independencia y la unidad italianas. Reunidos 
en asamblea secreta unos treinta jóvenes, pronunció Eche- 
verría un elocuente discurso, echando las bases de la 
corporación. Proclamósele su presidente. Nombrada una 
comisión para redactar el programa, el presidente, am- 
pliando y desarrollando su discurso inaugural, y acon- 
sejado por los demás miembros de la comisión, escribió 
su célebre Dogma socialista, verdadero catecismo de polí- 
tica republicana y democrática y de organización social. 
Poco después, viendo en la Asociación Mayo un serio 
peligro para la dictadura, clavó Rosas su garra en ella, e 
impuso a sus miembros la amarga expatriación. Pero, 
como «las ¡deas no se matan», los altísimos principios 
del Dogma socialista no pudieron ser destruidos. Que- 
daron vivos y palpitantes en las almas de los jóvenes 
miembros de la asociación, y sirvieron más tarde, des- 
pués de la caída del tirano, para la organización cons- 
titucional de la República. Alberdi y Gutiérrez pueden 
considerarse, más que compañeros, verdaderos discípulos 
de Echeverría. La Constitución nacional de 1S53 es, en 
cierto modo, algo como la realización de los fines de 
la Asociación Mayo ; pero, ¡ ay !, después del largo parén- 
tesis de barbarie que puso la tiranía de Rosas en la historia 
argentina. 

La vida en Buenos Aires se iba haciendo intolerable. 
« La Mazorca, escribía el joven repúblico y poeta, mos- 
traba el cabo de sus puñales en las galerías de la Sala de 



186 LA POESÍA ARGENTINA 

Representantes, y se oía doquier el murmullo de sus 
feroces y sarcásticos gruñidos. La habían azuzado, y estaba 
rabiosa y hambrienta la jauría de dogos carniceros. La 
«divisa», el luto por doña Encarnación, esposa de Rosas, 
el uso del bigote, todo era motivo para que se buscara, 
con el rebenque en la mano, víctimas o siervos que 
estigmatizar... Aunque los jóvenes cultos y liberales 
hubieran emigrado ya casi todos, Echeverría no se resig- 
naba a seguirlos ; emigrar era morir para la patria. El 
patriota prefirió retirarse a su estancia de «Los Talas». 
Allí le sorprendió la aparición del general Lavalle en la 
provincia de Buenos Aires, « rápida y funesta como la de 
un fantasma ». Con otros vecinos y hacendados del partido 
de San Andrés de Giles, Echeverría declaró entonces, en 
un valentísimo documento público, que Rosas era « un 
abominable tirano, usurpador de la soberanía popular». 
Retiróse Lavalle con su ejército llamado « Libertador », y 
la posición del joven unitario, que no podía seguirle por 
la flaqueza de su salud, se hizo insostenible dentro de las 
fronteras; tuvo forzosamente que emigrar para salvar la 
vida. Pasó a la Colonia del Sacramento, donde se detuvo 
algunos meses, y de allí a Montevideo, cuya hospitalaria 
sociedad y los muchos emigrados argentinos le recibieron 
con los brazos abiertos. Era una víctima más en la común 
desgracia de la patria. 

Para olvidar las amarguras del destierro y el pun- 
zante recuerdo de la tiranía, entregándose en cuerpo y 
alma a su labor literaria, sólo escribió en Montevideo 
obras de inspiración, sus « poemas ». Con tanto estro 
poético como rigurosa exactitud, desarrollaba en ellos el 
< drama de la vida », él, que desgraciadamente no podía 
vivirlo en la realidad. Por su enfermiza complexión, aunque 
de alma apasionada y tierna, permaneció solitario y soltero, 
y, aunque de viril fibra cívica, no le fué dado servir en 
los ejércitos de la libertad. Las ficciones de sus poemas 
substituyeron la acción material; las pasiones y aventuras 



LA POESÍA ARTÍSTICA 187 

de sus personajes reemplazaban a las del autor; en una 
monótona y triste vida externa vivía así la rica vida interna 
de los verdaderos y grandes poetas, tejida de sueños y de 
silencio. En La sublevación del Sur y en Avellaneda can- 
tó la lucha del pueblo por la libertad. En El Ángel caído, 
las bellezas y encantos del amor. En La Cautiva, su 
obra maestra, el más intenso y hermoso de sus poemas, 
el único que es todavía popular y lo será probablemente 
mientras existan las letras argentinas, describió la adusta 
soledad de las pampas, el malón de la indiada, la vida 
de los aduares. Todo en esta composición, y puede de- 
cirse que en la obra entera del poeta, es natural y sin- 
cero. Canta lo que ve, lo que siente, sin grandes arti- 
ficios retóricos ni literarios efecticismos, como un bardo 
de los tiempos heroicos. 

Echeverría inició una nueva escuela y abrió una época 
nueva en la historia de la poesía argentina. Fué su pri- 
mer poeta romántico, el poeta romántico por excelencia 
de nuestra literatura. Hasta entonces, los poetas cultos 
pertenecían o creían pertenecer todos a la escuela clásica ; 
formados en la claustral enseñanza de los tiempos colo- 
niales, su inteligencia había sido nutrida con los autores 
antiguos, especialmente los latinos, Horacio y Virgilio. De 
los poetas españoles, amóse sobre todo, cuando fué co- 
nocido, el grandilocuente Quintana. Los vates de la Re- 
volución invocaban, como los antiguos, a los dioses del 
Olimpo pagano, de los cuales era naturalmente su favo- 
rito Marte, el dios de la guerra. Con ellos mezclaban 
curiosamente algunos héroes y dioses americanos, como 
Epunamún, Lautaro, Caupolicán... Sus composiciones, aun- 
que muchas de ellas elegantes y de cierto mérito litera- 
rio, resultaban, para el gusto de la generación nueva, 
un tanto artificiosas, solemnes, demasiado retóricas. Tal 
aparecía, en general, el clasicismo de los poetas argenti- 
nos a principios del siglo xix. 

Contra el clasicismo, cuya característica había sido 



188 LA poesía argentina 

la imitación de las formas antiguas, reaccionó el ro- 
manticismo, la proclamación de la libertad del poeta, 
para librarse de las reglas establecidas por la retórica. 
Coincidían así la democracia de la política con el roman- 
ticismo de la literatura. En cierto modo, el romanticismo 
era la democracia de la literatura, y la dem.ocracia, el ro- 
manticismo de la política. De ahí la perfecta unidad de la 
obra de Echeverría, en lo político y en lo literario. Cuando 
sentaba los principios de la futura organización del país, 
como cuando iniciaba su nueva retórica, era siempre un 
individualista, que protestaba en nombre del yo personal 
contra las imposiciones y las tiranías. El estudio de las 
obras políticas de Montesquieu y de Rousseau fué comple- 
tado, en Europa, con el conocimiento de las grandes obras 
literarias del romanticismo, especialmente de Lord Byron y de 
Lamartine. Coincidiendo esta preparación europea con su 
americana idiosincrasia de repúblico y de poeta, pudo remon- 
tarse tan alto en el cielo de la patria aquella águila de dos 
cabezas que se llamó Esteban Echeverría. Porque Esteban 
Echeverría, que a veces parecía no dominar la técnica del 
verso y tropezar en el camino de la prosa, caminaba en la 
tierra difícilmente, pero volaba con majestad en el espacio. 
Los primeros poetas argentinos habían cantado sólo 
las grandes glorias de la patria. Verdadero romántico, 
Echeverría se atrevió a cantar también su yo, sus penas 
y pasiones. Sabía idealizar cuanto le rodeaba, y sobre 
todo, alma elegida y amada por las musas, idealizábase 
a sí propio. Pero este idealismo subjetivo no excluía, sino 
completaba y aun profundizaba una exacta intuición obje- 
tiva. Además de los estados de alma, sabía presentar los 
paisajes y las cosas. Su descripción de Tucumán en el 
poema Avellaneda es tan vivida que, al leerla, aspírase el 
fresco aroma de los naranjos en flor. Con tan prolijo rea- 
lismo, fruto de su temperamento delicado y preciso para 
sentir las sensaciones del ambiente, describe las pampas 
en el poema La Cautiva, que el texto sirvió a un na- 



I, A POESÍA ARTÍSTICA 189 

íuralista de su tiempo para cpnfeccionar una nomencla- 
tura de la fauna pampeana. ¡ Excelso privilegio de la Poe- 
sía el de adelantarse y guiar y alumbrar los pasos de la 
Ciencia ! 

Implacable destino persiguió a Esteban Echeverría 
hasta el instante de su muerte. Espíritu cultísimo, refinado 
en la civilización del Viejo Mundo, llegó en la juventud 
al Mundo Nuevo, cuando friunfaba la federal barbarie de 
los caudillos. Fundador de la ciencia política argentina y 
de la nueva literatura nacional, no alcanzó a contemplar 
los frutos de esa obra transcendente y fecunda. Amante 
de la libertad y de la patria, murió en Montevideo el 20 
de enero de 1851, es decir, durante la tiranía y lejos del 
suelo querido. El heraldo de la luz se extinguió en la 
sombra ; el mesías acabó su vida en vísperas de la re- 
dención ; la barca de su existencia generosa naufragó 
al llegar al puerto. . . j Un año más, sólo un año más de 
destierro y de dolores, y hubiera podido volver en hora 
feliz a la tierra natal, después del triunfo de la libertad 
para ser aclamado en apoteosis ! 

80. Mármol, el poeta proscripto. 

Habiendo nacido en Buenos Aires en 1818, tocóle a 
José Mármol la dura suerte de educarse y formarse bajo 
el gobierno de Rosas. Espíritu impetuoso, apasionado por 
la libertad, soñador de la gloria, constituyó desde la ado- 
lescencia un peligro para la tiranía. Por esto, cuando el 
poeta contaba apenas veinte años y estudiaba derecho 
en la Universidad de Buenos Aires, cierto día, al salir 
del aula, le hizo prender por sus esbirros y aherrojar en 
una cárcel. ¿Qué delito había cometido? Él mismo lo 
ignoraba, pues su delito era poseer un alma grande y 
hermosa. 

En la prisión, cargado de cadenas, no le abandonó su 
musa, esa inseparable compañera de todo verdadero poeta. 
Inspiróle, contra el tirano de su patria, vibrantes estrofas 



190 LA POESÍA ARGÉN UNA 

de protesta, que escribió con carbón en las paredes. Ha 
quedado de ellas, entre otras, la siguiente imprecación: 

Muestra a mis ojos espantosa muerte, 
mis miembros, todos en cadena pon. . . 
¡Bárbaro! ¡Nunca matarás al alma, 
ni pondrás grillos a mi mente, no! 

Como había entrado, sin causa ni forma alguna de 
proceso, salió de su prisión al poco tiempo. La brutal 
agresión no era más que una amenaza; sabía ya el joven 
poeta cuál iba a ser su destino si continuaba en Buenos 
Aires su vida de estudiante. Tuvo entonces que expa- 
triarse, como tantos otros espíritus nobles e ilustrados de 
la generación a que pertenecía. Valentín Alsina, Félix Frías, 
Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Domingo 
Faustino Sarmiento, Vicente Fidel López, toda la brillante 
pléyade de lo futuro, vióse en la triste necesidad de aban- 
donar sus lares, y se refugió en el extranjero, especial- 
mente en Montevideo, Santiago y Río de Janeiro. 

José Mármol pasó primero a Montevideo. Su pobreza 
allí era tal que, debiendo recibir un premio ganado por 
una composición suya en un certamen poético, sus amigos 
tuvieron que prestarle un traje para que se presentara 
decorosamente. Correspondió a Juan María Gutiérrez el 
primer premio, y el segundo le tocó a Mármol, sobre cuya 
composición y personalidad literaria publicó Florencio Vá- 
rela elogiosa crítica. Escribió después el joven poeta, en 
Montevideo, dos dramas románticos, que fueron represen- 
tados y tuvieron éxito ; publicó varias poesías en los pe- 
riódicos, y su principal labor fué dar cima a un gran 
poema, también romántico, titulado Cantos del Peregri- 
no. Proscripto y errante, el bardo, protagonista de su 
poema, se da el nombre de Carlos y se apelli-a <; el Pe- 
regrino». En realidad. Mármol era por temperamento un 
poeta lírico, esencialmente lírico. La forma a veces narra- 
tiva en que cantaba sus viajes y visiones, más que espon- 



LA POESÍA ARTÍSTICA i'Jl. 

táneo producto de su alma, parece un artificio retórico 
imitado del poema Child Harold, del gran romántico ingles 
Lord Byron. El propio Mármol llama a su Carlos, al 
Peregrino, se llama a sí mismo, puede decirse, nuevo 
Harold ». Esta tendencia del poeta a imitar un genio distinto 
del suyo resta vigor y unidad al poema; sólo descuella en 
ciertas invocaciones, como la del porvenir de América, y en 
algunas descripciones entusiastas, como la de los trópicos, 
ese «radiante palacio del Crucero». Es que, en realidad, en 
vez de poseer Mármol el alma compleja y tormentosa de su 
autor favorito, poseía un alma sencilla, amante de la natu- 
raleza, de la vida, y sobre todo de la patria. Su Carlos, por 
mucho que quiera acercarse a Harold, no tiene con él más 
semejanza que la de andar errabundo por tierras extrañas. 
Además, Mármol, al romper los moldes clásicos, da a su 
poema tal diversidad de metros, de rimas y aun de tonos, 
que le quita la armoniosa aunque variada unidad que 
caracteriza toda grande obra de arte. 

De Montevideo pasó Mármol a Río de Janeiro, y de 
allí se embarcó para Chile. En los mares del Sur, sorpren- 
dido su bajel por una tormenta, no pudo doblar el conti- 
nente, y se vio obligado a volver a Río de Janeiro, el punto 
de partida. Recorrió un largo espacio entre los mares del 
trópico y los del polo, y alguna vez divisó las costas de 
su patria, que veía esclava de un mandón absoluto. Tales 
peregrinaciones le inspiraron hermosos cantos. Y, de regreso 
en Río de Janeiro, su alma se adormeció al arrullo de las 
brisas tropicales, y pasó allí dos años, acaso los más 
felices de su vida. 

A pesar de la atención que dedicó Mármol a sus 
Cantos del Peregrino, que representan por su extensión 
más de la mitad de su obra poética, su mejor composición 
es indudablemente su Canto a Rosas, escrito en Montevideo, 
en algún intervalo que le dejó libre la producción de 
su largo poema, y fechado en 1843. En el Canto a Rosas, 
Mármol no imita ya a Byron. Es original, siente con 



192 LA POESÍA ARGENTINA 

SU alma, y su inmenso amor por la patria y por la 
libertad se desborda en versos fulgurantes. Las estrofas 
endecasílabas que antes había balbuceado en la cárcel, 
conviértense en sonoros cuartetos alejandrinos, donde el 
poeta invoca majestuosamente al tirano, le desafía, le 
maldice, le anonada : 

I Sí, Rosas ! Te maldigo. Jamás dentro mis venas 
la hiél de la venganza mi-; horas agitó. 
Como hombre, te perdono mi cárcel y cadenas; 
pero, como argentino, las de mi patria, no. 

Apenas caída la tiranía, en 1852, volvió Mármol al 
seno de esa patria tan amada. Sus conciudadanos le 
recibieron con júbilo y respeto, le confiaron una misión 
extraordinaria en el Brasil, y, cuando al poco tiempo 
regresó, el voto popular le eligió senador. En Buenos 
Aires terminó la novela histórica Amalia, principiada en 
el ostracismo. Alcanzó este libro éxito ruidosísimo, y 
constituye hoy una de las obras clásicas de la literatura 
nacional. Publicáronse también varias ediciones de sus 
poesías, divididas en dos partes: Cantos del Peregrino y 
Poesías diversas. Terminado el período de senador, fué 
nombrado director de la Biblioteca publica. En este puesto 
tranquilo, rodeado del general respeto y del cariño de 
los suyos, sorprendióle una enfermedad que le hizo perder 
la vista. Entonces renunció el cargo, y murió poco después, 
el 12 de agosto de 1871, como un patriarca, en brazos de 
sus hijos y amigos. 

Para los argentinos, Mármol, más que un poeta, es 
un símbolo: el del amor a la libertad. Él mismo dice, 
en el prólogo de sus Poesías varias, que « dos gene- 
raciones han surcado el mar de la revolución argen- 
tina»: la de la Independencia y la de la Libertad. -Enér- 
gica, espléndida, orgullosa, como los triunfos militares, 
como las glorias patrias que cantaba, la Musa de la 
Independencia es la historia rimada de su tiempo. Triste, 



LA POrSÍA ARTÍSTICA 193 

pensadora, melancólica, como la suerte de la patria al son 
de cuyas cadenas se inspiraba, la Musa de la Libertad, 
proscripta y desgraciada como ella, ha puesto también 
sobre las sienes de la patria la corona de su época sal- 
picada de lágrimas y sangre ». Si a Vicente López y Planes 
le inspira la Musa de la independencia, su hermana, la 
Musa de la Libertad, inspira a José Mármol. José Marmol 
es, en efecto, la personificación poética de la Libertad ; 
en la forma, por su innovación de los cánones clásicos; 
en el fondo, por sus amores y visiones, y sobre todo en 
su vida, en su azarosa vida de bardo errante, protesta 
infatigable contra la tiranía que le había expulsado de 
la patria. En la tradición del pueblo argentino aparece 
escribiendo con su sangre en los muros de la cárcel su 
valiente desafío al tirano, o bien, vésele pasar en la cu- 
bierta de un buque, anotando sus versos inspirados, mien- 
tras le azota el rostro la tormenta. Es el ruiseñor que 
canta en las tinieblas del bosque, o que, enjaulado, sublima 
su canción cuando cruel mano le arranca, con una punta 
de hierro ardiente, la vivaz pupila. 

81. Juan María Gutiérrez, el maestro poeta. 

Ninguna vocación más poderosa que la enseñanza. 
De los hombres que la poseen, unos se entregan al dia- 
rio y duro ejercicio de la cátedra ; otros, sin aplicarse 
directamente a las tareas docentes, más bien dedican su 
laboriosa vida al ejemplo de la juventud, a la confec- 
ción de obras didácticas y al estudio y alta dirección 
de la instrucción pública. Unos militan como soldados 
y capitanes ; otros, como administradores v políticos. 
Maestros éstos y aquéllos, todos coadyuvan y realizan 
la difícil faena de formar las nuevas generaciones en el, 
amor y el conocimiento de la patria y de la verdad. 
Juan María Gutiérrez (1809-1878\ educador nato, perte- 
neció a la categoría de los grandes teóricos y directo- 
res de la enseñanza. Por sus pensamientos y simpatías, por 



194 LA POESÍA ARGENTINA 

SU acción de funcionario público y por su obra de escritor^ 
el hombre y el poeta no fueron substancialmente más 
que un maestro, un gran maestro de la juventud argentina. 

Cursó Juan María Gutiérrez sus primeras letras en 
una escuela particular, y luego ingresó en la Universidad 
de Buenos Aires, su ciudad natal. A pesar de su afición 
al estudio, no llegó a graduarse en aquellos difíciles 
tiempos de la dictadura de Rosas. Si no alcanzó de la 
Universidad el título de doctor, la crítica y el pueblo se 
lo otorgaron más tarde, con toda justicia, pues era real- 
mente docto. Perteneció naturalmente al grupo de la 
juventud opositora ; con Echeverría y Alberdi, constituyó 
el núcleo de la famosa Asociación Mayo. Por no doble- 
gar su generoso espíritu a las exigencias del dictador, 
emigró en 183/ a Montevideo. Colaboró allí en perió- 
dicos y revistas. Por su Canto o Mayo fué laureado, 
conjuntamente con otros poetas jóvenes, como Echeve- 
rría, Mármol, Acuña de Figueroa y Domínguez. De Mon- 
tevideo pasó a Europa, para completar con el oportuno 
viaje sus conocimientos, y regresó a Chile, donde se radicó. 
Dedicado en Santiago a la enseñanza, desarrollóse su vo- 
cación docente. El gobierno le confió la dirección de la 
Escuela náutica o naval. No le impidieron esas tareas el 
cultivo de la poesía, pues en aquellos tiempos publicó una 
antología de poetas hispanoamericanos; su personalidad de 
maestro se desdoblaba en el culto de las musas. Caída la 
tiranía de Rosas, volvió a Buenos Aires, con los demás 
emigrados de su generación y de su temple, lleno de jú- 
bilo y ávido de servir a la patria. Hizo sentir su acción 
civilizadora como ministro de la histórica presidencia del 
general Urquiza. Sus excepcionales dotes fueron luego 
aprovechadas en altos puestos directivos de la enseñanza, 
*a la que marcó un rumbo patriótico y democrático desde 
el rectorado de la Universidad de Buenos Aires. 

Tan vasta y varia es la obra escrita de Juan María 
Gutiérrez, que sorprende pertenezca a un solo hombre, y 



LA poesía ARTÍíSTICA 195 

más a un hombre de acción y de gobierno. Entre sus mu- 
chas producciones, aun no recopiladas, hállanse interesan- 
tes estudios históricos (Bosquejo biográfico del general 
San Martín; Noticias históricas sobre el origen y des- 
arrollo de la enseñanza pública en Buenos Aires; Origen 
del arte de imprimir en la América española; Bibliografía 
de la primera imprenta de Buenos Aires, desde su fun- 
dación hasta el año 1810); estudios de crítica h'teraria 
(sobre Algunos poetas sudamericanos del siglo xix, sobre 
Juan Cruz Várela, sobre Florencio Balcarce y sobre varios 
otros publicistas argentinos, y el Elogio del profesor de 
filosofía doctor Luis José de la Peña); antologías (Amé- 
rica poética; Pensamientos de escritores, oradores y hom- 
bres de Estado de la República Argentina) ; textos esco- 
lares (El lector americano; Historia argentina para los 
niños; Elementos de Geometría); obras poéticas originales 
(un volumen, titulado Poesías). 

En el cúmulo de esta bibliografía de estudios y géneros 
tan diversos, descúbrese sin dificultad, entre otros, un 
sentimiento generador y una idea matriz: constituir, orien- 
tar y documentar la enseñanza nacional. Faltaban para 
ello, al mediar el siglo xix, por la esterilidad intelectual e 
institucional de la dictadura de Rosas, los elementos más 
indispensables, i Había que improvisarlos! De ahí que 
Juan María Gutiérrez, al abrazar la educación pública a 
modo de apostolado social, se entregara a su febril trabajo 
de publicidad. Si nada o casi nada se había hecho, todo 
o casi todo debía hacerse. Y, celoso gobernante y admi- 
nistrador, Gutiérrez lo vigilaba y aun lo hacía todo por sí 
mismo. Así se explica el carácter enciclopédico y peda- 
gógico de su obra, que perdía en intensidad cuanto ga- 
naba en extensión. En cualquiera de sus géneros, la pro- 
ducción de Gutiérrez adolece literariamente de su pecado 
original; no puede decirse que sobresalgan el historiador, 
ni el crítico, ni el estilista, ni el poeta... Lo que sobresale y 
resalta de todo ese conjunto, es el Educador, quien por la 



196 LA POESÍA ARGENTINA 

necesidad de los tiempos, no sólo es alma y dirección 
de la instrucción pública, sino también historiador, crítico, 
estilista, poeta. 

La historia nos presenta, pues, en Juan María Gutié- 
rrez a un eminente maestro. Por otra parte, la crítica 
literaria ha juzgado su obra histórica y sociológica supe- 
rior a su obra poética. Sin embargo, para el niño argen- 
tino, que recita en la escuela y guarda en el corazón para 
toda la vida alguna de sus poesías, Gutiérrez es un poeta; 
podrá ser un maestro si se quiere, pero un maestro poeta. 
Sus poesías A mi bandera, A la juventud argentina, El 
árbol de la llanura y La mujer son para el escolar, que 
no posee el agudo juicio crítico del retórico, verdaderas 
obras maestras. Es que, realmente, a pesar de su rela- 
tivo mérito literario, representan dechados de sencillez 
y de ternura. Contra la crítica y a pesar de la historia, 
el niño tiene razón. Este autor, en sus composiciones 
que resultaron escolares, acaso sin que él mismo volun- 
tariamente se lo propusiera, por espontánea florescen- 
cia de su temperamento docente, se revela todo un poeta. 
Y el escolar tiene razón hasta desde un punto de vista más 
general, que no puede comprender todavía: Gutiérrez, 
sólo por el hecho de su vocación educativa, es íntimamen- 
te un poeta. Lo sería aunque no hubiese escrito versos. 
¿Qué es, al fin y al cabo, todo verdadero maestro, sino 
un poeta de los niños? Ser maestro es saber enseñar. 
Saber enseñar es amar a los niños. Amar a los niños es 
como amar a las flores o a las estrellas: ¡es ser poeta! 

82. Juan Chassainé. el poeta soldado. 

El poeta canta a la patria, y el soldado la defiende. 
El soldado es un poeta de la guerra, y el poeta, un sol- 
dado de la poesía. El poeta estimula el valor del soldado, 
y el valor del soldado inspira al poeta. La patria vive y 
es grande y bella porque es amada y defendida, y nadie la 
ama más que el poeta, y nadie la defiende mejor que el 



LA poesía artistíc.a i 97 

soldado. Teniendo así en el poeta y el soldado sus dos 
hijos predilectos, la patria los corona de laurel. 

En los tiempos difíciles y heroicos, todos los hombres, 
sin distinción de clase, jerarquías ni vocaciones, forman 
en los ejércitos de la patria. Entonces los poetas suelen 
ser también soldados. Tal es el caso de Juan Chassaing 
C1838-1864\ Temperamento ardoroso y combatiente, em- 
pleó su corta vida sirviendo a la patria como soldado, 
como escritor, como orador, como poeta. Estuvo en tres 
campañas, y asistió a las batallas de Pavón y Cepeda. 
Distinguióse en las democráticas luchas del periodismo y 
de las asambleas políticas. Su palabra elocuente fué escu- 
chada en el seno del Congreso nacional, adonde se le 
llevó en representación de Buenos Aires, su ciudad natal, 
por el voto unánime de sus compatriotas. 

Como poeta, tiene hermosas composiciones, entre ellas 
el Canto a la instalación del Ateneo del Plata, por el cual 
fué laureado, y A mi bandera. Es de notar en esta última 
composición, tan frecuentemente recitada por los niños ar- 
gentino en las escuelas, su generoso patriotismo. El poeta 
no es un retórico sino un soldado, que habla a su bandera 
con el corazón henchido de amor patrio y las armas en la 
mano, dispuesto en todo momento a dar por ella su vida. 

83. Ricardo Gutiérrez, el poeta cristiano. 

Miembro de una familia de intelectuales, Ricardo 
Gutiérrez (1840-1895), aunque estudió medicina en París 
y se distinguió como médico en Buenos Aires, su patria, 
sobresalió como poeta. Fué ante todo un poeta, hasta en 
el ejercicio de su profesión, pues se dedicó a la más 
poética de sus especialidades, los niños. Y fué un poeta 
eminentemente soñador, idealista, místico. Sentía y predi- 
caba la moral cristiana en todos los cánticos de su lira. 
Amaba con amor del alma a los tristes y a los deshere- 
dados. Pedía a ios ricos que se acordasen de los pobres; 
a los hombres felices, que socorrieran a los huérfanos, y, 



¡98 LA poesía argentina 

a los vivos, que rezaran por los muertos. El más sincero 
misticismo daba alas a sus versos, sencillos en la forma, 
pero altamente sentidos y abundantes en imágenes. Sus 
cantos más sonoros eran alabanzas del fraile misionero, 
de la hermana de caridad, del amor espiritual. Abominaba 
de la guerra, de la pena de muerte, del mundo, del poder. 
Soñaba con un imperio universal de confraternidad, donde 
no hubiese castigos, porque no se cometían delitos; donde 
no hubiese guerras, porque todos los hombres eran her- 
manos, y donde no hubiesen odios, porque todo era pie- 
dad y sacrificio. Soñaba una edad de oro en que la tierra 
se poblara de ángeles. 

En cada verso, en cada pensamiento, en cada nota 
de su lira vibraba su inspiración cristiana. Ni un instante 
se desmintió, conservándose siempre pura, en una región 
de idealidad, sin descender a prédicas sectarias. Tan 
completo era su cristianismo, que amaba a sus enemigos, 
creía que no debía ya existir ni el nombre de extranjero, 
y hasta compadecía a los perversos y criminales, porque 
son quizá los más dignos de piedad. Cantaba el perdón, 
como la más grande de las humanas virtudes. Era el poeta 
de la Misericordia. 

En medio de tan beatíficos sentimientos, sólo se re- 
beló el ciudadano contra la tiranía. Maldijo a Rosas, el 
tirano, y hasta le emplazó para el juicio de Dios. Cuando 
alevosos sicarios asesinaron por la espalda, en Monte- 
video, a Florencio Várela — ¡lustre poeta, crítico y juris- 
consulto, y ardoroso apóstol de la libertad — la musa de 
Ricardo Gutiérrez, su dulce y cristiana musa, se desbor- 
dó también en denuestos e imprecaciones. No podía su- 
frir, no comprendía que el hombre vertiera la sangre del 
hombre. Pensaba que hemos nacido para amarnos; ni la 
necesidad del Estado, ni el patriotismo ni la justicia, nada 
justifica el hecho inconcebible de que un hombre vierta 
la sangre de otro hombre... 

Sus dos principales poemas son La fibra salvaje y 



LA poesía popular 199 

Lázaro, ambos de corte romántico. Aunque interesantes 
y elevados, supéranlos en mérito sus poesías líricas, re- 
unidas en El Libro de las lágrimas y El libro de los 
cantos. Ahí canta su dulce pasión evangélica. No sólo 
sus sentimientos y temas son profundamente místicos; 
hasta sus personajes llevan casi siempre nombres bíblicos: 
Lázaro, Ezequiel, Raquel, Magdalena. Cita alguna vez las 
Sagradas Escrituras, pero no en las fulminaciones de 
Jehová, sino en las promesas de Jesús: los humildes 
serán ensalzados, el que busca ha de encontrar, quien 
pide ha de recibir, se le abrirán las puertas a quien llame... 
Está íntimamente penetrado, por simpatía más que por 
estudio, en las ideas teológicas : el hombre es un peregrino 
en la tierra, el cuerpo es un servidor del alma, la natural 
patria del alma es la ciudad de Dios. Verdadero asceta 
por temperamento, en sus raptos de amor, en sus nostal- 
gias, en sus salmos, en todos los momentos, hasta en 
sus desplantes patrióticos, recuerda siempre la idea pre- 
dominante de la Muerte. La Muerte se le presenta más 
doliente que conquistadora, más tierna que cruel, casi como 
una figura bondadosa y simpática, sin visiones del demonio 
ni pensamientos del infierno. La muerte es triste, sólo 
porque im.plica separarse de los seres queridos... Pero, 
esencialmente, para su alma de poeta y de cristiano, la 
Muerte es la Redención. 

84. Andrade, el poeta fastástico. 

Gobernador de Entre Ríos, el general Urquiza fundó el 
Colegio nacional del Uruguay, y, para darle vida y relieve, 
dispuso que de cada uno de los departamentos en que se 
dividía la provincia se enviaran a sus aulas cuatro niños, 
los más aventajados en las respectivas escuelas, según sus 
exámenes y la opinión de sus maestros. En la escuela de 
Gualeguaychú llamó entonces la atención de su director un 
niño pálido y soñador, un carácter precoz y apasionado, a 
quien inmediatamente se designó como digno de cursar con 



200 LA poesía argentina 

provecho estudios superiores. Este niño era Olegario V. 
Andrade (1841-1884), el futuro gran poeta de Entre Ríos 
y de la República Argentina. Como se había distinguido 
en la escuela de Qualeguaychú, distinguióse también en el 
Colegio del Uruguay. Allí escribió los primeros versos 
juveniles, a la patria, a sus héroes, a la gloria, al amor. 
Cuando terminó los estudios secundarios, el general Urquiza, 
presidente en aquel tiempo de la Confederación Argentina, 
trató de enviarle a Europa, para que continuara estudiando, 
como agregado a la legación argentina que el doctor Alberdi 
desempeñaba en París y Londres. El joven poeta no 
aceptó. Tenía ya novia, a quien amaba con toda la exal- 
tación de su alma. Casóse al ano siguiente, sin otro patri- 
monio que su energía y su talento, y entonces comenzó 
una vida harto dura para aquel padre de familia que era 
todavía un niño. Trató de ganar la subsistencia y de 
abrirse camino como periodista, y redactó y fundó sucesi- 
vamente periódicos políticos y literarios, en Qualeguaychú, 
el Uruguay, Paraná, Santa Fe, Concordia. Estimulado por 
la necesidad y por el cariño de los suyos, no le desalentaban 
los fracasos. Acabó por irse a Buenos Aires, campo más 
amplio para su capacidad, y allí dirigió uno de los más 
importantes periódicos políticos, hasta que le sorprendió la 
muerte, cuando aun se hallaba en plena tarea y juventud. 
El gobierno nacional, por ley del Congreso, mandó comprar 
a la viuda sus manuscritos, y publicó, en homenaje a su 
memoria, una lujosa edición de sus obras poéticas. Espar- 
cidas éstas en revistas y periódicos, habían alcanzado ya 
popularidad y alto renombre. 

Como la mayor parte de los grandes poetas argentinos, 
Andrade es ante todo un cantor de la patria. Pero se 
distingue de los demás en la manera de cantarla. Posee 
un temperamento esencialmente imaginativo, y siente la 
naturaleza agigantada y transformada a través de su fantasía. 
Sobre la tierra ve sólo piélagos, cordilleras, torrentes, po- 
blados de cóndores, de águilas de leones; en el espacio, 



LA POESÍA POPULAR 201 

el antiguo Olimpo griego, los héroes de la patria, titanes 
y dioses; en la historia, legiones ebrias de gloria y de 
triunfos, cánticos, sombras. Salvo unas pocas composicio- 
nes más sencillas, como La vuelta al hogar y El consejo 
maternal, todo en él es terrorífico o grandioso. Sus imá- 
genes son como una sucesión de visiones apocalípticas; 
su palabra, enfática y violenta, abunda en signos admirativos; 
su verso tiene la sonoridad del trueno, y a veces también el 
fuego del rayo. Son mejores composiciones, aquellas en 
que verdaderamente se revela su genio, son siempre fanta- 
sías: Atlántida, El nido de cóndores, Prometeo, El arpa per- 
dida, La Creación. Cuando no canta tan fragorosamente, 
invoca con alta y vibrante entonación a San Martín y a La- 
valle, a los héroes de Paysandü, a los mártires de la libertad. 
También cantó a los, poetas, esos heraldos de la liber- 
tad y de la gloria. Apasionado admirador de Víctor Hugo, 
cuya escuela influyó poderosamente en su numen, tuvo 
para el gran poeta francés los más altisonantes ditirambos 
y grandilocuentes elogios. Represéntaselo a la cabeza de 
épicas multitudes. El bardo es un moderno Prometeo, des- 
tinado ahora a vencer a los falsos dioses y a marcar a la 
humanidad, en un desierto de tinieblas, los nuevos derro- 
teros hacia la luz y el progreso. Otro no menos fantástico 
y hermoso aunque distinto cuadro del poeta y la lira, se 
halla el inspirado poema que dedica a la muerte de Este- 
ban de LüCd y Patrón, aquel joven cantor de la indepen- 
dencia, que perece arrastrado en su balsa por los vientos 
oceánicos... ¡Vivo símbolo de iodo poeta verdaderamente 
lírico, cuya existencia es como una frágil barquilla a mer- 
ced de sus nobles pasiones y de su violenta inspiración ! 
Si Andrade nos describe, pues, en sus versos a Víctor 
Hugo, la acción social y externa de la poesía épica, en 
El arpa perdida descríbeiios asimismo la acción individual 
e interna de la poesía lírica. Aquélla es como una hogue- 
ra de troncos seculares; ésta, como una luz en el seno 
de una ánfora de alabastro. 



PARTE TERCERA 
EN EL PAÍS ARGENTINO 

85. El tesoro del país aréentíno. 

1. Las catorce provincias argentinas, un día, 
reuniéronse a la sombra protectora del Ande, 
para saber cuál de ellas dichosa poseía 

del país lo más noble, más hermoso y más grande. 

2. Mentó la sabia Córdoba su claustro de doctores: 
Tucumán, sus ingenios y cañaverales; 

San Luis, sus tersos mármoles, rayados de colores; 
Corrientes y Santiago, sus selvas tropicales ; 

3. La Rioja y Catamarca, sus valles y montañas; 
Salta y Jujuy, sus bellas y antiguas heredades; 

San Juan, la vena de oro que hierve en sus entrañas; 
Buenos Aires, sus pampas cubiertas de ciudades; 

4. Santa Fe, sus pobladas y fértiles campiñas; 
Entre Ríos, sus costas de perlas y esmeraldas, 

y Mendoza, la sangre de las pomposas viñas, 
que cuelgan de sus cerros tejidas en guirnaldas. 

5. Presente la República, alzó la faz altiva: 
— Ninguna de vosotras en sus lindes encierra — 
les dijo noblemente — , como dueña exclusiva 

la más preciada joya de la argentina tierra. 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 



203 



6. En todos vuestros campos existe ese tesoro; 
donde hay un argentino se encuentra por doquiera... 

— ¿Cuál es? — le preguntaron las provincias en coro. 
Ella, mostrando el cielo, repuso: — La bandera.— 

7. Y entonces las provincias, tendiéndose las manos, 
clamaron inspiradas por la gracia divina: 

— Es cierto. Ni ciudades, ni montañas, ni llanos. 
¡Es nuestra mayor gloria la Bandera Argentina! — 

1. EN LA REGIÓN ORIENTAL 

86. El Paraná y el Uruéuay. 

cFraiímeiito del poema A Montcirideoi. 



De las entrañas de América 
dos raudales se desatan : 
el Paraná, faz de perlas, 
y el Uruguay, faz de nácar. 
Los dos entre bosques corren, 
o entre floridas barrcincas, 



Como ante reyes se inclinan 
ante ellos ceibos y palmas, 
y arrójanies flor del aire, 
aroma y flor . e naranja. 
Así, siguiendo su senda, 
sobre sus lechos se arrastran ; 



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m,m.^.*ji>im... .. 












i 


é 




■*'f 





Vista del río Paraná (Bourquln). 



como uos grandes espejos 
entre marcos de esmeraldas. 
Salúdanlos a su paso 
la melancólica pava, 
el picaflor y el jilguero, 
el zorzal y !a torcaza. 



luego en el Guazú se encuentrai 
y, reuniendo sus aguas, 
mezclando nácar y perlas, 
se derraman en el Plata. 



Luis L üomínüu: / 



204 EN EL país argentino 

87. La formación del Paraná y de sus islas. 

Hubo en la historia de la Tierra un tiempo, no de 
los más remotos seguramente, porque apenas se trataría 
de unos ciento o ciento cincuenta mil años, en que las 
aguas del río Paraná no corrían por el cauce actual. Toda 
la Mesopotamia Argentina, y muchas otras comarcas de 
este país, se hallaban sumergidas bajo las aguas del océa- 
no. Las ostras se multiplicaban cerca de Corrientes; los 
tiburones llegaban hasta Santa Fe, y las anchoas, que hoy 
suben poco más allá de Buenos Aires, servían quizá de 
alimento a muchos de los habitantes ribereños del inmen- 
so brazo de mar poco profundo que se extendía en lo 
que hoy ocupa la cuenca del Paraná. 

Poco a poco modificáronse las costas. Variados mo- 
vimientos cambiaron la superficie de las tierras, y el Pa- 
raná derramó sus aguas tropicales en el ancho seno abierto 
entre sus orillas. En su masa colosal siguieron fluctuan- 
do las arcillas y arenas, y, al llegar a su desembocadura, 
donde se le oponía la valla de las aguas del piélago y 
alcanzaba el nivel de las mismas, detenía su impetuosa 
corriente, depositando en su fondo extensos bancos de las 
substancias que mantuviera suspendidas. El flujo y reflujo 
del mar determinaron alternativas en su marcha; formá- 
ronse canales en esos bancos, canales que más tarde po- 
dían constituir cauces poderosos. Disminuido el caudal de 
sus aguas, descubierta con intervalos una parte del fondo, 
y bañada ya por el aire y la luz, los juncos invadieron 
esos bancos, y desde aquellos momentos comenzó la gé- 
nesis de las islas del Paraná. Esta obra secular no ha ce- 
sado todavía. Nuevas islas se forman a nuestros ojos; y 
no es muy antiguo, apenas del siglo xviii, un mapa que 
representa un fondeadero para buques de alta mar en los 
parajes, entonces completamente cubiertos por las aguas, 
donde hoy se encuentran las poblaciones del Tigre y de 
Las Conchas. 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 205 

Para explicarnos la formación y el curso del sistema 
hidrográfico del Paraná, observemos el nacimiento de sus 
afluentes en las vertientes orientales de los Andes. La 
nieve del invierno se consolida en las cumbres, y allí, 
donde las leyes de la Naturaleza marcan su límite a los 
eternos depósitos de hielo, con los calores del estío se 
deshace, se derrite, y las líltimas goteras, agudas y afiladas, 
se rompen, se quiebran, y por último se desvanecen. Las 
aguas que de ellas manan se filtran en las laderas, o bajan 
por los flancos de los Andes, cual hebras chispeantes 
primero, silenciosas, tranquilas, sin rumores, sin borbollo- 
nes... Paulatinamente su caudal se enriquece con el humilde 
tributo de nuevas hebras ; son ya hilos de agua que a 
veces murmuran, que saltan por las piedras y forman 
cataratas embrionarias. De todos estos hilos nacen arro- 
yuelos, arroyos, caudales turbulentos al fin, que rompen 
los obstáculos de piedra y arrojan a los valles inmediatos 
las moles, chicas y grandes, invencibles al parecer en 
su mutismo, pero dóciles por último al impulso de tanta 
pequenez y blandura asociadas en un esfuerzo común... 
Así nace el Pilcomayo, así brota el Bermejo, y así avan- 
zan, descendiendo de las cumbres, las legiones de arroyos 
y torrentes que en breve se dispersan, se agrupan, se 
unen, se separan, y concluyen por inundar — glorioso 
cuadro — el Chaco y las comarcas argentinas, con todos 
los tesoros arrastrados por sus aguas fertilizadoras, desde 
las pendientes vecinas a las nieves eternas, hasta las 
últimas playas donde su fuerza se equilibra o adormece 
en el seno del mar. 

Como descienden de los Andes el Pilcomayo y el 
Bermejo, afluentes del Paraná, descienden el Paraná y 
el Uruguay de las sierras del Brasil. Las dos vertientes, 
la oriental andina y la occidental brasileña, vienen, pues, a 
unirse en la confluencia del Paraná y el Uruguay, consti- 
tuyendo un sistema hidrográfico que los geógrafos llaman 
del Plata. Las aguas del océano Atlántico, en una acción 



206 EN EL PAÍS ARGÉN riNO 

lenta y grandiosa que aun en nuestros días podemos 
observar, han sido desalojadas por las corrientes que bajan 
de las cumbres. 

La obra de la vegetación fué también indispensable 
en la formación de las márgenes y sobre todo de las 
islas. En los bancos cuya convexidad se encuentra cerca 
de la superficie del agua, germinan y brotan los juncos, 
que muy pronto asoman sobre aquélla y anuncian la 
proximidad del fondo. Sus endebles vastagos crecen en 
apiñada muchedumbre, y, aunque dóciles al impulso de 
la corriente, detienen en sus filas considerable parte de 
las arenas que suspendía el agua. El banco í-igiie eleván- 
dose. Nuevas legiones de vastagos enriquecen el juncal ; 
nuevas masas de arena y de arcilla se detienen al!í, y 
lentamente se marca más su nivel. A medida que la 
emersión del banco aumenta, se elevan sus bordes, porque 
bastan los juncos que hay en ellos para detener una 
mayor cantidad de residuos aportados por !a corriente. 
Fórmase una isla completamente descubierta, aunque depri- 
mida en el centro, o más bien elevada hacia las márgenes. 
Allí se detienen también los despojos de las crecientes, 
y su concurso, agregado al incesante trabajo de los 
juncos sobre las materias que trae el agua, contribuye 
a levantar más y más el depósito. La isla ha emergido 
ya del todo; sólo las grandes crecientes alcanzarán a 
cubrirla por completo. 

A la emersión y consolidación se agre^^a ia presencia 
de los camalotes. Proceden éstos del desarrollo de semillas 
de plantas acuáticas, que, germinando en .'as pequeñas 
ensenadas y recodos, han formado una tupida e intrincada 
malla o red de raíces, tallos y retoños; la corriente, arran- 
cándolos del fecundo limo en que nacieron, los arrastra 
libremente, y flotan y se deslizan como balsas, hasta que un 
obstáculo los detiene. Traídos por la corriente del ancho 
río, los camalotes tropiezan con la isla en formación. Los 
vegetales que los constituyen arraigan en la reciente ribera 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 



¿o: 



estiran como guirnaldas sus iargos vastagos ilotaiitei, y, 
asegurados ya, ai penetrar las numerosas raíces en la nue- 
va tierra, detienen nuevos despojos y preparan entretanto 
la tierra negra que pronto ha de servir de albergue a un 
enjambre de plantas de diversas especies. Las semillas que 
flotan en el agua, o que el viento arrebata en otra parte y 
que se depositan allí, encuentran húmedo y rico sedimento 
para desarrollarse. Verdes trozos de sauce o de ceibo que 
vagan en el río encallan también en las orillas, y su dócil 
tejido, plástico para echar raíces, envía pronto al suelo 
las hebras que le aseguran estabilidad y alimento. No tardan 
los numerosos retoños en constituir tallos. En ellos enredará 
sus volubles vastagos la «dama» o «reina de la noche», 
de grandes flores que abren al crepúsculo su blanca corola 
de delicioso períume. Los ceibos esmaltan ya el paisaje 
con sus racimos rojos, y ios llorones sauces humede:en 
en el agua que los ha traído el extremó de sus ramillas 
colgantes. Consolídase el suelo de los bordes por el des- 
arrollo de los troncos; mueren los juncos, privados ahora 
de aguas movibles ; y las totoras y cortaderas, con sus lar- 
gas cintas; las sagitarias, con sus grandes flechas; las bre- 
tómeas, de flores vaporosas ; la guirnaldas de hidrocótiles, 
y otras m.il plantas que se complacen en las aguas sin 
movimiento de los charcos, elevan sus hojas multiformes 
y abren sus flores de escaso perfume. A la sombra de 
los sauces crecen los matorrales de las cúfeas, con sus 
racimos rosados. Las begonias de vidrioso tejido alzan los 
escuálidos tallos. El « pitito » asoma sus encarnados car- 
tuchos en la abundante masa de sus obscuras hojas recor- 
tadas. La pasionaria ata sus zarcillos en ¡as hierbas o en los 
matorrales, y ofrece por doquiera, a la admiración de los 
filósofos y a la piedad de los creyentes, las maravillas de 
su inimitable estructura. Los mirtos sacuden al aire el velo 
de sus primores, el caraguatá levanta en las riberas su 
abundante manojo de espinas y curvas flores; ,'as cor- 



208 EN EL PAÍS ARGENTINO 

taderas balancean en todas partes el blanquecino penacho 
de sus flores esponjosas. 

A causa del continuo acarreo de las aguas y de las 
explosiones de la vida vegetal, hanse formado así, partí- 
cula por partícula, grano por grano, planta por planta, las 
espléndidas islas del Paraná y de su delta. 

SeRÚll EuUAIiUO L. Hoi.MBERfi. 

88. £1 Tempe aréentino. 

(El delta del rio Paraiii'i) 

No lejos de la ciudad de Buenos Aires existe un ame- 
nísimo recinto agreste y en parte solitario, limitado por 
las aguas del Plata, el Paraná y el Uruguay. Todo el que 
tenga un corazón sensible y tierno lo sentirá inundado de 
las más gratas emociones al surcar sus plácidas corrientes, 
bordeadas de lozana vegetación ; se extasiará bajo sus 
frondosas arboledas, veladas tle bejucos, y verá con deli- 
cia serpentear los numerosos arroyuelos que van a unirse 
con los grandes ríos. 

En mi infancia, arrancado por primera vez de los 
muros de la ciudad nata!, me hallé un día absorto y al- 
borozado en aquel sitio encantador. Más tarde, en la edad 
de las ilusiones, lo visité impelido por los placenteros re- 
cuerdos de la niñez, y creí haber hallado el edén de mis 
ensueños de oro. Y hoy, en la tarde de la vida, cuando 
las decepciones han obscurecido la aureola de mis espe- 
ranzas, lo he vuelto a visitar con indecible placer. He 
vuelto a gozar de sus encantos.. He aspirado con cierta 
expansión interior las puras y embalsamadas emanaciones 
de aquellas aguas saludables y de aquellos bosques siem- 
pre floridos. Este recinto tan ameno, ceñido por los tres 
caudalosos ríos en su confluencia, es el espacioso delta 
del Paraná. ¡ Quién pudiera describir las innumerables islas 
que lo forman! 

Una mansión campestre, en un clima hermoso, em- 
bellecida con bosques sombríos y arroyos cristalinos. 



EN LA REGrÓN ORIENTAL 209 

animada por el canto y los amores de las aves, habitada 
por corazones buenos y sencillos, ha sido y será siempre 
el halagüeño anhelo de todas las almas en la edad en 
que la imaginación se forja los más bellos cuadros de 
una vida de gloria y de ventura. Y, después de la lu- 
cha de las pasiones, de los combates de la adversidad 
y de los desengaños de la vida en los términos de su 
carrera, son todavía la paz y el solaz de una mansión 
campestre, la última aspiración del corazón humano. Por 
esto los genios de Grecia consagraron los más bellos 
colores y armonías a la celebridad de su valle de Tem- 
pe; y por esto serán también algún día celebradas por 
los ingenios argentinos y uruguayos las bellezas y exce- 
lencias de las islas delicioias, que a porfía acarician las 
aguas del Paraná, el Plata y el Uruguay, situadas feliz- 
mente casi a la¿ puertas de la populosa ciudad de Bue- 
nos Aires. Habrá en el globo sitios más pintorescos, por 
las variadas escenas y románticos paisajes con que la 
Naturaleza sabe hermosear un terreno ondulado y monta- 
ñoso; pero ninguno que iguale a nuestras islas en el lujo 
de su eterno verdor, en la pureza de su ambiente y de 
sus aguas, en el número y en la gracia de sus canales y 
arroyuelos, en la fertilidad de su tierra, en la abundancia 
y dulzura de sus frutos. 

La leve canoa, al impulso de la palilla, se desliza rá- 
pida y suave por la tersa superficie de los canales y los 
ríos, semejante a un inmenso espejo guarnecido con la 
cenefa de las lujosas y floreadas orillas, reduplicadas por 
el cristal de las aguas, en simétricos dibujos. El sol brilla 
en su oriente sin celajes; las aves, ai grato frescor del 
rocío y de la fronda, prolongan sus cantares matinales, 
y se respira un ambiente perfumado. Las islas, por una 
y otra banda, se suceden tan unidas que parecen las 
definitivas márgenes del río, no siendo el caudal de agua, 
a veces considerable, que hiende la canoa, más que un sim- 
ple canalizo del grande Paraná, cuyas altas riberas se pier- 



210 



EN EL país argentino 



den a lo lejos, bajo el horizonte. A medida que se ade- 
lanta, nuevas escenas aparecen ante la vista hechizada. A 
cada momento el navegante se siente deliciosamente sor- 
prendido por el encuentro de más y más riachuelos, 
siempre bordeados de hermoso verdor, sendas misteriosas 
que tran portan la imaginación a elíseos encantados. 

Entre la lujuriosa maleza de las islas del delta pu- 
lulan animales hermosos y útiles. El delicado colibrí, esa 
joya del aire, vuela de flor en flor. El chajá pasta en la 




hierba. El zorzal, la calandria y el jilguero alegran el 
ánimo con sus cantos deliciosos. El pipirí corre por el 
suelo en busca de insectos y de pequeños reptiles. El 
cuís corretea y se oculta en sus cuevas El carpincho 
brinda su carne al sustento del hombre, y la nutria le 
ofrece su preciosa pie! para abrigarse. El pécari, cono- 
cido con el nombre de cabalí, posee una carne más sa- 
brosa que la del carpincho. El jaguar o tigre presenta al 
isleño la oportunidad de ejercitar su bravura. La coma- 
dreja muestra al observador la curiosidad de la bolsa ex- 
terna donde lleva sus hijos, después de nacidos. En la- 



EN LA RF.GIÓN ORIENTAL 21.' 

aguas abunda riquísima pesca, sobresaliendo por su exqui- 
sito sabor el pejerrey, como si dijéramos el rey de los peces. 
Oculta e ignorada existe la dulcísima miel del camuatí, re- 
pública de avispas melíferas y maravilla de la Naturaleza... 
Todas estas bellezas y riquezas del delta ¡o hacen 
comparable a aquel sitio de delicias de la antigua Grecia, 
cantado por los poetas y ponderado por los filósofos, que 
se llamaba el valle de Tempe, en Tesalia. Ambos Tem- 
pes, el griego y el argentino, el antiguo y el moderno, 
gozan de un mismo clima, siendo semejantes en tempera- 
tura, en salubridad y hasta en algunas producciones. Uno 
y otro son patria del laurel y el mirto, emblemas de la 
gloria y del amor. Hay con todo una diferencia inmensa 
entre el helénico valle y el delta del Paraná, y es que 
aquél ha perdido ya parte de su primera fertilidad, y con 
ella su antigua fama, mientras que nuestro Tempe es ahora 
más fértil y acaba de abrirse a la vida de la civilización. 

Según M.v'xos S.\.stre. 

89. Peludeando en el País de los Matreros... 

(En el interior del delta del rio Paraná). 

La noche era espléndida, una de esas noches de 
verano en que las estrellas brillan como a través de un 
velo. La luna reinaba en el cielo límpido, sin una mancha; 
las nubes parecían vagar diluidas en el azul plateado del 
aire. Era una de esas noches que arrebatan la imagina- 
ción y ponen en el ánimo la dulce languidez del ensueño. 
Aprovechando su claridad salimos a cazar peludos, o, como 
dicen más brevemente los gauchos, a peludear. 

Silenciosos y de a uno en fondo cruzamos el cardal 
por una senda tortuosa y estrecha, que parecía, sobre la 
llanura verdinegra y ondulada, un hilo de agua que corría 
a impulso de ios caprichos del nivel. íbamos hacia las 
laderas y « cuchillas » del terreno, donde, según la opinión 
de los prácticos, van por la noche los peludos a buscar su 
alimento, desenterrando raíces jugosas y suculentas larvas. 



212 EN EL PAÍS ARGENTINO 

Con la cola levantada y husmeando el suelo, marchaban ade- 
lante los perros, también en el silencio de la expectativa. 

Salimos del cardal y nos detuvimos a deliberar sobre 
el rumbo. Los perros fueron a echarse alrededor del 
capataz, que llevaba la pala para cavar las cuevas y la 
bolsa para recoger la caza. Sacaban la lengua, jadeantes 
ya, como acostumbra todo perro campesino, para quien 
parece ley ineludible demostrar un cansancio despropor- 
cionado a la jornada. A lo lejos se oía el sonido de un 
cencerro, pausado, soñoliento. 

Determinado el rumbo de nuestra excursión, nos pusi- 
mos de nuevo en marcha. Precedíannos siempre los perros, 
con la nariz pegada al suelo y moviendo la cola con 
mayor presteza cuando era mayor la impresión que recibía 
su olfato. Rastreaban entre el pasto, revolvían la maleza, 
y cuando encontraban una alimaña, parábanse a reco- 
nocerla. Si valía la pena, dábanle muerte zamarreándola 
del pescuezo, donde el vigoroso y agudo colmillo hacía 
presa segura. 

De pronto escuchamos, hacia la derecha, continuado y 
persistente ladrido. Corrimos. Uno de los perros había 
dado, allá, en el repecho de la ladera y en medio de un 
manchón de macachines, con un gran peludo. Sorprendía 
al muy goloso, que entretenido en remover la tierra, no 
había advertido nuestra llegada. 

Acometido el peludo por el perro, rivalizaban ambos 
en astucia. El perro, experimentado en otras cacerías se- 
mejantes, conocía la férrea coraza del peludo, y no igno- 
raba que, si le ponía de espaldas, sobre el lomo, quedaría 
el animalejo inhábil para darse vuelta y escapar, como 
un escarabajo. Por esto, habiéndole cortado la retirada, lo 
quería tumbar sobre su caparazón, sirviéndose del hocico 
como de una palanca para levantarlo. Pero el peludo se 
prendía al suelo con sus garras de acero, para no dejarse 
levantar y tumbar de espaldas, y trataba de ganar la cueva, 
en mal hora abandonada... 



EN LA PJCGIÓiN ORIENTAL 213 

Llegamos nosotros, y la rnano del capataz logró muy 
pronto lo que el perro tentaba en vano. Ahí fué la des- 
esperación del pobre animalejo cazado, que parecía cono- 
cer la suerte que le esperaba ; cruzaba sus patitas delan- 
teras sobre el cuello corto y recio, buscando acaso un 
punto de apoyo, y lanzaba murmullos, guturales que se 
dirían quejas. La superstición del gaucho ha encontrado en 
ellas una invocación a Jesús, ¡ como si el peludo le enco- 
mendara su alma en el trance de la muerte ! 

El filo del cuchillo, cortando el cuello de la víctima, 
puso fin a la escena. Cargamos con la res y continuamos 
la excursión. No lejos, los perros volvieron a ladrar. Ha- 
bían descubierto un nuevo rastro o alguna nueva cueva. 

Según José S. Alvaui;z (Fray Mocho) 

90. La Mesopotamia Aréentina. 

En el interior del Asia existe una región feliz que, 
por estar situada entre dos grandes ríos, el Eufrates y el 
Tigris, llamósela <í Mesopotamia », voz griega que significa 
« entre ríos ». Tan pintoresca es y fértil, que la imaginación 
antigua colocó en ella nada menos que el « Paraíso Terre- 
nal». En los vastos territorios de la República Argentina, 
entre los ríos Uruguay y Paraná, existe también una Me- 
sopotamia, y aun más generosamente dotada que la asiática 
por la mano de la Naturaleza. Comprende dos progresistas 
y ricas provincias del litoral : Entre Ríos y Corrientes. 

Desde el delta paranaense hasta la laguna Ibera, su 
suelo está compuesto de fértiles aluviones; lo ondulan 
suaves « cuchillas » y riegan innumerables arroyuelos. En 
la parte Sur lo cubren ricos pastos; hacia el Norte, bajo 
un clima más cálido, abundan las selvas y bosques subtro- 
picales. La selva de Montiel, que se extiende al Norte de 
Entre Ríos, prolóngase en el bosque de Payubre, al Sur 
de Corrientes. En Entre Ríos prospera la ganadería y el 
cultivo de cereales; en Corrientes, además de la ganadería, 
el cultivo de caña, algodón, tabaco y demás productos de 



214 EN EL PAÍS /RCir.NTINO 

las tierras cálidas. Sus bosques naturales representan con- 
siderable riqueza. Al Norte de las lagunas Ibera y Maloyas, 
la selva correntina se confunde con la misionera. 

Si valiosos son los productos naturales e industriales 
de la Mesopotamia Argentina, más valioso aun es el sumo 
producto de sus hombres. El entrerriano y el correntino 
poseen, entre los pueblos de la República, sus interesantes 
caracteres particulares. La benignidad del clima ha hecho 
de la provincia de Entre Ríos un centro de inmigración 
y de colonias agrícolas. Todos los pueblos blancos de la 
tierra, puede decirse, han mandado allí hijos suyos, que 
el medio americano ha asimilado y adaptado. Por la 
diversidad de sus razas, la provincia presenta una confu- 
sión semejante a la antigua torre de Babel. Mas sus inmi- 
grantes, algunos de ellos desheredados en el Viejo Mundo, 
encuentran en el Nuevo un medio tan favorable y pro- 
picio para el desenvolvimiento de sus actividades, que, 
olvidando el país de origen, constitüyense en industriosos y 
entusiastas ciudadanos de la República. Frecuentemente, 
a la primera generación olvidan el idioma originario; ha- 
blan el castellano y se sienten argentinos. Así, en Entre 
Ríos, por una complicada amalgama étnica, surge en el 
siglo XX un pueblo que parece sumar las condiciones de 
todos sus antepasados. 

El clima más caliente de Corrientes no ha permitido 
allí tal afluencia de inmigración europea. En cambio, ha 
formado un tipo criollo de los más notables, por su vigor 
físico y su audacia intelectual. Los gauchos correntinos se 
defienden en el río, cuerpo a cuerpo, de los feroces yacarés; 
cazan con lanza el jaguar y el puma; dícese que detienen 
en la carrera a la yegua salvaje, asiéndola del copete. Su 
valor y su destreza rayan en la leyenda. La patria tuvo siem- 
pre en ellos celosísimos defensores de sus fronteras. Con 
la difusión de la instrucción pública, estos hijos de Co- 
rrientes, históricos enemigos de todo despotismo, están lla- 
mados a ser importantísimo factor en la cultura argentina. 



X 



EN LA REGIÓN ORIHNTAL 



21£ 



9l. La vuelta aí ko^ar. 

(En Gualeguaychúi. 



1. Todo está como entonces: 
4 la casa, la calle, el río, 

los árboles con sus hojas 
y las ramas con sus nidos! 

2. Todo está, nada ha cambiado, 
el lior zonte es ti mismo; 

¡lo que dicen esas brisas 

ya otras veces me ío han dicho ! 

3. Ondas, aves y murmullos 
son mis viejos conocidos, 
¡confidentes del secreto 

de mis primeros suspiros ! 

4. Bajo aquel sauce que moja 
su cabellera en el río, 
¡largas- horas he pasado 

a solas con mi delirio ! 

5. ¡ Las hojas de esas achiras 
eran el tosco abanico 

que humedecía mi frente 
y refrescaba mis rizos ! 

6. Todos aquí me confiaban 
sus ¡enas y sus delirios; 
con sus suspiros las hojas, 
con sus murmullos el río. 

7. i Qué triste estaba la tarde 
la última vez que nos vimos! 
Tan sólo cantaba un ave 

en el ramaje florido. 

(Abreviado) 



8. Era un zorzal que entonaba 
sus más dulcísimos himnos, 

I pobre zorzal que venía 
a despedir a un amigo! 

9. « i Adiós ! parecían decirme 
sus melancólicos trinos: 

I Adiós, hermano en los sueños! 
¡ Adiós, inocente niño ! » 

10. ¡Yo estaba triste, muy triste' 
El cielo, obscuro y sombrío; 
los juncos y las achiras 

se quejaban al oirlo. 

11. Han pasado muchos años 
desde aquel día tristísimo, 

i muchos sauces han tronchado 
los huracanes bravíqs! 

12. Hoy vuelve el niño hecho hombre, 
no ya contento y tranquilo, 

I con arrugas en la frente 
y el cabello emblanquecido! 

13. ¡Ah! Todo está como entonces: 
los sauces, el cielo, el río, 

las olas, hojas de plata 
del árbol del infinito. 

14. Sólo el niño se ha vuelto hombre, 
¡y el hombre tanto ha sufrido, 
que apenas tiene en el alma 

la soledad del vacío! 

Olegario V. Andraob. 



2Í6 EN EL PAÍS ARGF.NTINO 

92. Los éaucKos judíos. 

i,En las colonias judias de Entre Kíosi 

I. EL HIMNO NACIONAL 

Era en los primeros tiempos de la colonia. Los judíos 
de Entre Ríos conocían poco el lugar, y sus ideas sobre 
las costumbres del país eran en extremo confusas. Admi- 
raban al gaucho y le temían, envolviendo su vida en una 
vaga leyenda de heroísmo y de crimen. Sabíanle peligroso 
e irascible. Las fábulas de sangre y de bravura,, referidas 
en las noches de luna por los cantores poco frecuentes del 
pago, mal interpretadas por los nuevos campesinos, con- 
tribuyeron a fomentar semejante concepto sobre el paisano. 
Para el judío de Polonia y de Besarabia, resultaba el ban- 
dido romántico, feroz y caballeresco, como el héroe de 
novela cuyas aventuras leían las muchachas obreras al 
regresar del taller, en Odessa, o al terminar las tareas 
habituales, en la existencia riística de la colonia... Así, en 
la sinagoga, que funcionaba en tal o cual rancho de Rajil, 
jóvenes y viejos discutían cosas relacionadas con la Ar- 
"gentina. E! entusiasmo de vida libre, soñada en los días 
amargos de Rusia, aun no se había amenguado. Un amor 
idílico rebosaba en todas las almas, y los ojos eran cis- 
ternas de ensueño. Por los alrededores de Rajil, los ara- 
dos abrían gloriosamente la tierra; la esperanza unánime 
estallaba en canciones. Los sábados hasta mediodía y al 
atardecer se recordaban, frente a la puerta de la sina- 
goga y no lejos del corra!, las penurias antiguas, los epi- 
sodios del éxodo, como si la emigración del imperio mos- 
covita fuera la bíblica Huida, historiada en las noches de 
Pascua. 

Se oían afirmaciones distintas. José Haler, que habla 
hecho en Rusia ei servicio militar, sostenía que la Argentina 
carece de ejército. Rabí Isaac Hermán, anciano todo encor- 
vado, tembloroso y enfermo, que enseñaba a rezar a los 



\T^ 




/^ EN LA REGIÓN ORIENTAL 2l7 

chicos de la vecindad, se opuso con energía a las opiniones 
de José. «Tú nada sabes, le dijo; eres un soldadote. ¿Cómo 
quieres que la Argentina no tenga milicia? Fíjate que hay 
soldados en Rusia, y eso que se trata de una monarquía. — 
Por esa misma razón, rabí Isaac, repuso José. Aquí el zar 
es un presidente y no necesita soldados para defenderse. — 
¿Y los que están en la estación Domínguez?», interrogó 
rabí Isaac. La pregunta del anciano turbó a José, no 
sabiendo él explicar de un modo satisfactorio la presencia 
en Domínguez del sargento, cuyo corvo sable constituía el 
espanto de ios niños. 

Una tarde, un vecino llegado de Villaguay trajo la 
noticia de fiestas próximas. Describió arcos y adornos 
colocados en las calles de la municipalidad. La noticja se 
comentó, y otro vecino propuso investigar el motivo de 
las fiestas. Rec én llegados al país, no sabían aún los 
colonos una palabra de español. 

Los mozos copiaron pronto las costumbres gauches- 
cas, pero no lograban explicarse con los criollos más allá 
de las necesidades cotidianas. Resolvieron, sin embargo, 
interrogar al boyero, un ex soldado de Crispín Velázquez, 
el caudillo tradicional de la región y veterano de la guerra 
del Paraguay. Aquél opinó que debía tratarse de una 
yerra, o bien de elecciones. La versión pareció lógica al 
principio, mas fué rechazada después. Por fin, el comisario 
de la colonia, don Benito Palas, fué quien comunicó a 
los judíos el objeto de los preparativos, y en una forma 
elocuente y rudimentaria explicó al matarife el significado 
del 25 de mayo. 

El hecho preocupó a los habitantes de Rajil. En las 
tertulias nocturnas, en los descansos de las faenas, en 
las amelgas, los vecinos se reunían conversando sobre 
la fecha. Cada uno exponía a su modo la importancia 
del suceso, y, por último, nació la idea de celebrar el 
aniversario. La' iniciativa se debía a un antiguo delegado 
de Jytomir, Israel Kelner, que había ido a Jerusalén, para 



218 EN EL PAÍS ARGENTINO 

organizar la emigración, en 1889. Hebraísta estimado 
públicamente por el matarife — el que sacrifica las reses, 
dignidad sacerdotal entre los judíos de la colonia Rajil — , 
Kelner gozaba de prestigio y pronunciaba discursos en las 
modestas solemnidades de la colonia. Expresamente hizo 
un viaje a Las Moscas, donde un estanciero le informó 
sobre el asunto. 

La celebración del 25 de mayo quedó decidida, y 
se designó al alcalde y al matarife para organizar la fiesta. 
Jacobo, peoncito de éste, el más acriollado, vistió sus 
más vistosas bombachas, y, sobre su gallardo petizo, avisó 
de casa en casa que iba a reunirse una asamblea en la 
sinagoga. En ella se discutieron los detalles del acto. Se 
resolvió desde luego no trabajar el día patrio, embanderar 
los portones y reunirse en el potrero común, donde rabí 
Israel pronunciaría un discurso. Al acto fueron invitados el 
comisario y el administrador general de las colonias, un 
extranjero áspero y nada expansivo, a quien poco conmovía 
el acontecimiento de mayo. 

Surgió una grave dificultad. Se ignoraba el color de la 
bandera argentina, y este detalle fué advertido muy tarde. A 
pesar de ello los preparativos continuaron, y el día clásico 
llegó. Rajil amaneció adornada como un buque, llenos de 
colores los portones, ¡de todos los colores, menos los 
argentinos! Un sol magnífico iluminaba la campiña; los 
arbustos amarillentos y los tártagos cobraron regocijo con 
la inundación de luz. El comisario mandó su pequeña 
banda, y la colonia se llenó con las notas del Himno. La 
música hinchó de júbilo los corazones, y la fiesta de la 
patria, confusamente comprendida, puso en el espíritu una 
profunda alegría. Reuniéronse en la sinagoga hombres y 
mujeres, luciendo sus trajes mejores. Las túnicas hierosoli- 
mitanas brillaron al sol su blancura, y el matarife bendijo la 
República en la solemne oración del Mischa-beraj. 

Afuera, los jóvenes y las muchachas proyectaban un 
baile, mezclando a los comentarios del día rumores sobre 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 219 

probables noviazgos. Después de la lectura del Libro sa- 
g'-ado, el alcalde predicó. Era el menos instruido en cues- 
tiones rabínicas, si bien sabía usar con frecuencia alguna 
cita de los textos talmúdicos, oída al azar. En cambio, era 
elocuente. Gesticulaba a la manera de los predicadores 
sinagogales, y mesaba su barba castaña, una hermosa barba, 
que se extendía sobre su pecho envue'to en la . túnica 
santa». «Me acuerdo, dijo, que en la ciudad de Elisabetgrad, 
después de la matanza de judíos, la sinagoga fué clausu- 
rada porque no quisimos bendecir al zar. Aquí nadie nos 
obliga a bendecir a nadie. ¡ Por esto bendecimos a la Re- 
pública y al presidente!» No se sabía aún quién era el 
presidente, pero el caso importaba poco. 

El almuerzo fué rápido y jovial. En seguida la pobla- 
ción se congregó en el potrero. Las flores silvestres de la 
estación brillaban en la improvisada glorieta, junto a la 
cual la banda repetía sin cesar los acordes del Himno. 
Los mozos braveaban sobre sus caballos, y los peones del 
tajamar, reunidos en grupo, miraban en silencio, partici- 
pando a ratos de los dulces y de los abundantes pasteles 
preparados por las vecinas. La damajuana de vino esperaba 
al comisario. 

A las tres de la tarde, don Benito Palas asomó con su 
escolta y una bandera desplegada. Resonaron aplausos y 
la ceremonia oficial comenzó. El comisario bebió su copa 
de vino, y rabí Israel Kelner ocupó la tribuna. En jerga 
vulgar saludó en nombre de la colonia al país donde no 
ocurren matanzas de judíos», y refirió la parábola de los 
dos pájaros, que los colonos le habían oído en diversas 
oportunidades. Extraída de las discusiones talmúdicas de 
Segovia, la parábola simbolizaba para el orador la liber- 
tad de los pueblos. 

« Había un pájaro, dijo, prisionero en una jaula de 
hierro. Creía que todos vivían así, hasta que cierto día 
vio a otro pájaro revolotear en el espacio y posarse 
sobre los tejados y los árboles. Entonces el canto del pri- 



220 EN EL país argentino 

sionero se hizo triste. Tanto meditó en su esclavitud, que 
concibió un pensamiento. Durante las noches picoteaba 
las rejas, y llegó por fin a libertarse. Tornáronse alegre 
su canto y su vida, y no tardó en volar tan alto como 
los demás pájaros». 

Jacobo explicó a don Benito Palas, criollo poco enten- 
dido en símbolos talmúdicos, el sentido del discurso. Y, por 
toda contestación, el comisario recitó las estrofas del Himno. 
No lo comprendían los israelitas; pero al llegar a la pa- 
labra « Libertad », el recuerdo de su antigua desdicha, la 
amargura, las persecuciones seculares sufridas por la raza, 
exaltó sus ánimos, y, con el corazón y con la boca, ini- 
ciándose en el generoso amor de su nueva patria, todos 
exclamaron, como en la sinagoga: «¡Amén!». 

II. LA TRILLA 

Cuando los peones apartaron las últimas bolsas de 
nuestro trigo, eran las nueve de la mañana. La máquina 
paró, y a la sombra de la parva cercana la gente se dis- 
puso a tomar el café; un sol fuerte nos ahogaba, tiñendo 
en llamaradas la campiña segada, que parecía un inmenso 
cepillo de oro. Lejos, en el potrero, en las quebradas, en 
torno de las pequeñas lagunas, los bueyes pacían, lentos 
y graves, en medio de la chachara de los teruteros. 

El alcalde de la colonia, viejo de grandes barbas, 
elocuente y astuto, elegido por el vecindario en una asam- 
blea efectuada en la sinagoga, comentaba los resultados 
de la cosecha y alababa las calidades de nuestro trigo. 
Era analfabeto casi, y sólo conocía por referencias ciertos 
pasajes de las Escrituras, que citaba a menudo al inter- 
venir en la entrega de una reja o en la compra de un 
rollo de alambre. Y aquella mañana cálida, rodeado por 
los vecinos, a la sombra de la parva, peroraba sobre- las 
ventajas de la vida rural. «Bien sé yo, decía, que no es- 
tamos en Jerusalén; bien sé yo que esta tierra no es 
aquella de nuestros antepasados. Pero sembramos y te- 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 221 

liemos trigo, y de noche, cuando regresamos de la era 
detrás del arado, podemos bendecir el Altísimo porque nos 
ha conducido fuera de Rusia, donde éramos odiados y vi- 
víamos perseguidos y pobres ». 

El matarife replicó : «. El trigo de Besarabia es más 
blanco que el de la colonia », y expresó pausadamente 
su descontento. « En Rusia, dijo, se vive mal, pero se 
teme a Dios y se obra de acuerdo con la ley. Aquí los 
jóvenes se vuelven unos gauchos». El agudo silbato de la 
máquina desparramó a los vecinos. Tocaba el turno a las 
parvas de Moisés Hintler, quien permanecía silencioso, 
junto a la casilla rodante del maquinista. Era bajito, 
flaco, y sus ojos redondos y diminutos traducían en su 
mirar de miope una alegría profunda. A su lado, la mu- 
jer, envejecida en la miseria del pueblo natal, contemplaba 
la faena, y la hija Devora, moza robusta y ágil, preparaba 
el almuerzo. 

Comenzó el trabajo. Subimos a la parva de Moisés 
para alcanzar las gavillas, y los peones engrasaban, en 
tanto, la máquina formidable. « Moisés, exclamó el alcal- 
de, ¿tenías también parvas en VilnaPAllí trabajabas de 
joyero y componías relojes, ganando un par de rublos al 
mes. ¡ Aquí, Moisés, tienes campo, trigo y ganado !... » 
Levantó una copa de caña y brindó : « Moisés, como 
decíamos en Rusia, yo deseo que tu tierra sea siempre 
fecunda, y que, por abundante, no logres juntar su fruto ». 
Moisé§ permaneció silencioso detrás de la máquina. En su 
cabeza se revolvían continuos recuerdos, los recuerdos de 
su vida lúgubre de Vilna, de su vida martirizada y triste 
de judío... 

La rueda mayor giró, y el grano empezó a derra- 
marse, como lluvia de perlas bajo la bíblica bendición del 
cielo inundado de luz. Interpuso lentamente la mano so- 
bre la cual el trigo caía en clara cascada, y así la tuvo 
mucho tiempo. A su lado, la mujer miraba con avidez, y 
también Devora miraba. «¿Veis, hijos míos? Este trigo es 



222 EN EL PAÍS ARGENTINO 

nuestro... » Y sobre sus mejillas, aradas por una larga mi- 
seria, corrían dos lágrimas, que cayeron, junto con el grano, 
en la primera bolsa de su cosecha... 

Según Albeutu Geucih.'noff 

93. Escena de una creciente del río Paraná en Corrientes. 

Era una plácida tarde, a mediados de mayo. El cielo 
de la ciudad de Corrientes, límpido y radiante, de un azul 
intenso, parecía sonreír en uno de sus mejores días. El 
sol, en el ocaso ya, hinchado como un glóbulo rojo en el 
campo de aquella lente celeste, iba a entrar en el seno de 
las aguas, rizadas por una ligera brisa. 

Apenas había sonado por última vez aquella tarde la 
campana del Colegio nacional, salimos todos los mucha- 
chos, en bullangueros grupos, con rumbo a la Punta de 
San Sebastián. Llamábase « La Casilla aquella lengua de 
tierra pedregosa que sirvió de asiento a una capilla jesuí- 
tica, y que, como un brazo hercúleo, para el golpe de las 
aguas en una de las siete corrientes que dan su nombre a 
la ciudad fundada por Vera y Aragón, Algo extraordinario 
había allí, que atraía con indecible y misterioso encanto 
a la alegre estudiantina. Era el Paraná, que, en una de 
sus crecientes máximas, salido de madre, lo inundaba todo 
a su paso, sobre el borde de sus hondos barrancos. 

En la pequeña bahía que forman las aguas del río a 
la diestra de aquella lengua de tierra, las balleneras y 
goletas, con sus velas latinas más blancas que las gavio- 
tas que revoloteaban en torno, habían enfilado sobre la 
costa en línea de combate y en orden defensivo contra 
las fuertes corrientes que amenazaban arrastrarlo todo. Y, 
en la punta misma de San Sebastián, donde las aguas en 
grandes masas se revolvían furiosas contra las moles de pie- 
dra y formaban un vórtice diabólico, para esparcirse luego 
caracoleando en burbujas e espumas fugaces, una bandada 
de pescadores, viejos y jóvenes, ejercía, por mero pasatiem- 
po, con la clásica « pateja », la pesca fabulosa del sábalo. 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 2S] 

No hay colores en la paleta del artificio humano para 
pintar aquel cuadro, una caída de sol que aun vive en 
mi retina. Las sombras del crepúsculo abrían su manto, 
dando a las aguas un tinte melancólico. La brisa había 
calmado, y el viejo Paraná retrataba, en la tersa superficie 
de sus aguas bronceadas, la serena limpidez de aquel cielo. 
Había no sé qué de trágico en la líquida planicie que 
corría con felina mansedumbre. A trechos, en las revo- 
luciones internas de la marcha, abortaban en la superficie 
capullos de aire comprimido, y se extendían en torno 
manchas limpias y redondas, que fingían espejos de pulido 
acero. Sólo rompía el cristal de la corriente uno que otro 
camalote desprendido de las islas o barrancos, en el cual 
navegaba, sorprendido por la inundación, un lagarto aga- 
zapado entre las zarzas o un ciervo erguido, con la mirada 
alta y la violenta tensión de un salvaje. Y a lo largo de 
la orilla opuesta, en la margen derecha del río, extendíase 
sobre las aguas, como un fleco fantástico, la sombra de 
los alisos y los sauces que festoneaban la playa con 
germinación maravillosa. 

Habíamos pasado en la ribera un par de horas, sin 
asomo de aburrimiento, embelesados por el espectáculo, 
cuando, de pronto, vimos asomar a nuestro frente, despren- 
dida de la costa chaqueña, una larga piragua. Evidentemente, 
sus tripulantes abrigaban la intención de vadear aquel río 
como un mar y atracar al pequeño puerto de la bahía. La 
navegación se hacía por instantes más y más peligrosa... 
Breves momentos más, y la emoción invadía nuestros 
corazones en presencia del cuadro que se presentaba a 
nuestros ojos. La piragua indiana, de regular calado — 
tripulada por tres hombres, dos mujeres, con su pequeñuelo 
en la falda cada una, y un muchacho-^, aproximábase a la 
casilla, por el seno izquierdo. Tendía audazmente a correrse 
hacia la derecha, pasando sobre las rompientes mismas de 
la Punta, donde las aguas hervían crepitando en espumas 
de miel... Cargada de copiosas rajas de leña de urunday, que 



224 EN EL país argentino 

constituían entonces el único comercio de las mansas y 
laboriosas tribus de indios guaraníes que poblaban la vecina 
región del Chaco, obedecía la embarcación al remo flexible 
y ágil manejado por aquellos músculos, que parecían de 
bronce por el color y por la fuerza del nervio. 

Todas las miradas estaban fijas, casi atónitas, en el 
grupo de seres, que, por el mezquino fruto de sus faenas 
en el bosque, jugaban tan heroicamente con la vida La 
escena tocaba a su término. Aquellos hombres, de pómulos 
salientes, tez bronceada y ojos oblicuos, habían resuelto, 
cambiando breves monosílabos en su idioma gutural, poner 
la proa contra la corriente, y, rompiendo el golpe si- 
multáneo de los remos con vigoroso esfuerzo, salvar la 
barrera, llegar a la meta y descansar cuanto antes de las 
fatigas. Pero, al virar la piragua, la torrentosa corriente 
la atacó por el flanco, con furores inauditos, y la sacudió 
hasta vencerla... 

Agudo grito de espanto salió de nuestras filas: «¡Auxi- 
lio!...» La piragua había dado un vuelco, allí no más, a 
nuestros pies, junto a la orilla, en el abismo de las rom- 
pientes rápidas... El grupo de valientes desapareció en una 
instantánea zambullida, y, reapareciendo luego, luchaba por 
desprenderse de las garras de la muerte. Los náufragos 
nadaban con desesperación ; los hombres trataban de salvar 
a las mujeres, y las mujeres a los niños... 

Con vigorosas brazadas llegaron todos a tierra, menos 
una india débil y agostada, que aun se hundía y reaparecía 
en el agua, con su hijo en los brazos... Entonces surgió 
un héroe salvaje, que iluminó aquel cuadro de dolor. El 
muchacho, de unos diez y siete años de edad, hallándose 
ya en salvo, ve desde la orilla a la india que se ahoga; 
lánzase de nuevo al río, acude en su socorro, ásela 
fuertemente y la saca triunfante a tierra... La india des- 
fallecía, con su pequeñuelo muerto en los brazos... 
Cuando volvió en sí, lanzó un grito y se arrojó sobre el 
cuerpecillo helado, llorando su infinito dolor de madre... 



EN EL PAÍS ORIENTAL 225 

Aquella vez sentí yo en el alma algo como la vibración 
intensa del orgullo y la gloria de mi humana especie. 
¿Qué soplo sublime y gigantesco, qué fuerzas misteriosas 
del sentimiento levantaron el alma del joven salvaje a la 
región de la abnegación y el sacrificio?... ¿Quién hubiera 
podido trazar en ese instante la línea que deslinda la civi- 
lización y la barbarie?... Mi espíritu vio entonces surgir 
embellecida la filosofía del Supremo Creador, al amasar en 
común el barro de las distintas razas de la familia hu- 
mana. Y recordé el texto bíblico, que dice: «De uno solo 
hizo Dios todo el linaje humano, para que habite sobre 
toda la haz de la tierra ». 

Según Julio G. Guastavino. 

94. La selva misionera. 

Del propio modo que en las comarcas del Brasil y 
del Paraguay, situadas a igual latitud, el bosque no es 
continuo en la región misionera. La gran selva se inicia 
con manchones redondos, que tienen ya toda su espesura; 
pero faltan todavía algunas plantas más peculiares, como 
los pinos y la hierba, cuya aparición señala el comienzo 
de los bosques continuos. Éstos, como en las dos nacio- 
nes antedichas, están formados por los mismos individuos; 
pero, en la región argentina, más broceada por la explota- 
ción industrial, no son ahora tan lozanos. 

Generalmente circulares, fuera de los sotos, donde, 
como es natural, serpentean con el cauce, su espesura se 
presenta igual desde la entrada. No hay matorrales ni 
plantas aisladas que indiquen una progresiva dispersión. 
Desde la vera al fondo, la misma profusión de almacigo; 
el mismo obstáculo casi insuperable al acceso; la misma 
serenidad mórbida de invernáculo. 

Su silencio impresiona desde luego, tanto como su 
despoblación; los mismos pájaros huyen de su centro, 
donde no hay campo para la vista ni para las alas. Nunca 
el viento, muy escaso por otra parte en la región, con- 



226 EN EL PAÍS ARGENTINO ♦ 

mueve su espesura. Los herbívoros se arriesgan pocas- 
veces en ella, y tampoco la frecuentan entonces los feli- 
nos. Algún carnicero necesitado, o aventurero marsupial 
como el coatí y la comadreja, afrontan, trepando al ace- 
cho por los árboles, tan difícil vegetación, en busca de tal 
cual rata o murciélago durmiente; pero aun esto mismo acon- 
tece rara vez. Los árboles necesitan estirarse mucho para 



ih 



alcanzar la luz entre aquella densidad, resultando así esbel- 
tamente desproporcionados entre su altura y su grueso. 

Los escasos claros, redondeados por la expansión 
helicoidal de los ciclones, o las sendas que cruzan el 
bosque, permiten distinguir sus detalles. Admirables pará- 
sitos exhiben en la bifurcación de los troncos, cual si 
buscaran el contraste con su rugosa leña, elegancias de 
jardín y frescuras de legumbre. Las orquídeas sorprenden 
aquí y allá, con el capricho enteramente artificial de sus 
colores; la preciosa «aljaba» es abundantísima, por ejem- 
plo. Liqúenes profusos envuelven los troncos en su lana 
verdácea. Las enredaderas cuelgan en desorden como los 
cables de un navio desarbolado, formando hamacas y tra- 
pecios a la azogada versatilidad de los monos, pues todo 
es entrar libremente el sol en la maraña y poblarse ésta 
de salvajes habitantes. 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 227 

Abundan entonces los frutos, y en su busca vienen a 
rondar, al pie de los árboles, el pécari porcino, la avizora 
paca, el agutí, de carne negra y sabrosa, el tatú, bajo su 
coraza invulnerable; y, como ellos son cebo a su vez, 
acuden sobre su rastro el puma, el gato montes elegante 
y pintoresco, el aguará en piel de lobo, cuando no el 
jaguar, que a todos ahuyenta con su sanguinaria tiranía. 

Bandadas de loros policromos y estridentes se abaten 
sobre algún naranjo extraviado entre la inculta arboleda; 
soberbios colibríes zumban sobre los azahares, que a porfía 
compiten con los frutos maduros; jilgueros y cardenales 
cantan por allá cerca; algún tucán precipita su oblicuo 
vuelo, alto el pico enorme, en que resplandece el ana- 
ranjado más bello; el negro vacutoro muge, inflando su 
garganta, que adorna roja guirindola; y, en la espesura, ama- 
da de las tórtolas, lanza el pájaro campana su sonoro tañido. 

Haya en las cercanías un arroyo, y no faltarán los 
capivaras, las nutrias, el tapir, que al menor amago se 
dispara como una bala de cañón por entre los matorrales, 
hasta azotarse en la onda salvadora;^ el venado, nadador 
esbelto. Cloqueará con carcajada metálica la chuña anun- 
ciadora de tormentas; silbarán en los descampados las 
perdices, y más de un yacaré soñoliento y glotón sentará 
sus reales en el próximo estero. 

En el suelo fangoso brotarán los heléchos, cuyas ele- 
gantes palmas alcanzan metro y medio de desarrollo, ora 
alzándose de la tierra, ora encorvándose al extremo de su 
tronco arborescente, con una simetría de quitasol. Tréboles 
enormes multiph"carán sus florecillas de lila delicado; y la 
ortiga gigante, cuyas fibras dan seda, alzará hasta cinco 
metros su espinoso tallo, que arroja a la punción un cho- 
rro de agua fresca. 

Por los faldeos y cimas, la vegetación arbórea alcanza 
su plenitud en los cedros, urundayes y timbóes gigantes- 
cos. El follaje es de una frescura deliciosa, sobre todo en 
las riberas, donde forma un verdadero muro de altura uni- 



228 EN EL PAÍS ARGENTINO 

forme y verdor sombrío, que acentúa su aspecto de seto 
hortense, sobre el cual destacan las tacuaras su panoja, 
en penachos de felpa amarillenta, que alcanzan ocho metros* 
de elevación; descollando por su elegancia, entre todos 
esos árboles ya tan bellos, el más clásico de la región: la 
planta de la yerba, semejante a un altivo jazminero. 

Reina un verdor eterno en esas arboledas, y sólo se 
conoce en ellas el cambio de estación, cuando, al entrar 
la primavera, se ve surgir sobre sus copas la más emi- 
nente de algún lapacho, rugoso gigante que no desdeña 
florecer en rosa, como un duraznero, arrojando aquella 
nota tierna sobre lá tenebrosa esmeralda de la fronda. 

Nada más ameno que esos trozos de selva, destacán- 
dose con decorativa singularidad sobre el almagre del suelo. 
Sus meandros parecen caprichos de jardinería, que encie- 
rran entre glorietas verdaderas peloiises. Los pastos duros 
de la región fingen a la distancia peinados céspedes; y el 
paisaje sugiere, a porfía, correcciones de horticultura. 

Las palmeras— sobre todo el precioso pindó, de hojas 
azucaradas como las del maíz—, ponen, si acaso, una nota 
exótica en el conjunto, al lanzar con gallardía, me atrevo 
a decir jónica, sus tallos blanquizcos, a manera de cim- 
breantes cucañas; pero nada agregan de salvaje, nada si- 
quiera de abrumador a la circunstante grandeza. Esta se 
conserva elegante sobre todo, y los palmares que comien- 
zan cada uno de esos bosques, dan con su columnata la 
impresión de un pronaos ante la bóveda forestal. 

Serrezuelas entre las cuales corren ahocinados arro- 
yos clarísimos, que acaudalan con violencia a cada paso 
las lluvias, figuran en el paisaje como un verdadero adorno 
formado por enormes ramilletes. Los pantanos nada tienen 
de inmundo, antes parecen floreros en su excesivo verdor 
palustre. Los naranjos, que se han ensilvecido en las rui- 
nas, prodigan su balsámico tributo de frutas y flores, todo 
en uno. El más insignificante manantial posee su marco de 
bambúes; y la fauna, aun con sus fieras, verdaderas mi- 



EN LA REGIÓN ORIENTAL 229 

niaturas de las temibles bestias del viejo mundo, contri- 
buye a la impresión de inocencia paradisíaca que inspira 
ese privilegiado país. 

Reptiles numerosos, pero mansos, causan daños apenas; 
los insectos no incomodan, sino en el corazón del bosque; 
hasta las abejas carecen de aguijón, y no oponen obstáculo 
alguno al hombre que las despoja, o al hirsuto tamandúa 
que las devora con su miel. Las mismas tacuaras ofrecen 
en sus nudos un regalo al hombre de las selvas, con las 
crasas larvas del tanibú, análogas, si no idénticas, en mi 
opinión, a las del ciervo volador, que Lüculo cataba goloso. 

El clima, salubre a pesar de su humedad extraordi- 
naria, presenta como único inconveniente un poco de pa- 
ludismo en las tierras muy bajas. La escarcha de algunas 
noches invernales no causa frío sino hasta que sale el 
sol, y el promedio de la í:mperatura viene a dar una pri- 
mavera algo ardiente. Viento apenas hay, fuera de las tur- 
bonadas en la selva. Neblinas que son diarias durante 
el invierno, envuelven en su tibio algodón a las perezo- 
sas mañanas. Ahogan los ruidos, amenguan la actividad, 
retardan el día, y su acción enervante debe influir no poco 
en lá indolencia característica de aquella gente subtropical. 

Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. 
El cielo se glorifica profundamente; verdean los collados; 
silban las perdices en las cañadas; y por el ambiente, de 
una suavidad quizá excesiva, como verdadero símbolo de 
aquella imprevisora esplendidez, el Morpko Menelaus, la 
gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil, joyando 
al sol familiar sus cerúleas alas. 

Leopoldo Lugones 

95. La maravilla de América. 

(La catarata del Iguazúi. 

Después de andar una hora, sofrené mi yegua. Es- 
cuché con toda el alma; me bajé, apliqué el oído al 
suelo. Nada: ni un rumor; el mismo silencio pesado y 



230 



EN EL país argentino 



amenazador de la selva circunstante. ¡Si me habría per- 
dido! Iban a ser las once ya: hacía tres horas que andá- 
bamos. ¿Cómo podía ser? Una perplejidad angustiosa me 
embargó. ¡Y aquella tormenta que amenazaba! Monté de 
nuevo y castigué con furia mi cabalgadura, que, entre 
la áspera maleza, se lanzó bravamente al galope. Anduve, 
tironeado y sacudido, otro rato mortal. De pronto sentí 
que el terreno subía y mejoraba un poco la picada. Miré: 
a la derecha, por entre el denso verdor de las ramazones, 
me pareció ver, aun a alguna distancia, no sé qué cosa 
blanca, inmensa y temblorosa, como un monstruoso tém- 
pano en deshielo, que silenciosamente se m3vía. Preten- 
dí sujetar; pero la yegua, enardecida, continuó su galope, 
y ya no vi nada. ¿ Será ?. . . ¡ Pero no puede ser ! ¡ Cómo 
no iba a sentir ningún ruido !. . . Ignoraba yo que, según el 
estado de la atmósfera, se oye el estruendo de las cata- 
ratas a gran distancia, o no se oye hasta estar junto a 
ellas. . . Lo oí de repente, tartáreo, abrumador, tonitronan- 
te, y entrevi a la vez casi claramente entre los árboles 
las primeras cascadas. Un poco más : ¡ ahí estaban ! 

1 Gran Dios ! ¡ Cuan visible era la obra de tu mano !. . . 
Senté la yegua sobre los jarretes, de un bárbaro tirón, y 
sentí que ante aquella belleza poderosa, soberana, infinita, 
inesperada, ni sospechada siquiera a pesar de la intensa 
expectativa, el corazón se me exaltaba y crecía — algo de 
la gran fuerza universal entraba en él — , y me embarga- 
ron lágrimas de gratitud, llanto de fuerza, expresión de un 
sentimiento inenarrable, de una cosa inaudita y recóndita 
que la lengua no sabe decir. . . 

Aquellos no eran, sin embargo, los saltos más gran- 
des. Eran como el prólogo, como la desmesurada « overtu- 
ra », como los heraldos de la maravilla. A mí me parecie- 
ron insuperables, suma y término de la grandeza posible. 
Pero simplemente eran bellos al lado de los otros, que 
mi cabalgadura, sin que yo me diese cuenta, pasando por 



#■ 



EN LA REGIÓN ORIRNTAL 



231 



SU voluntad o su costumbre o otra picada, puso de improviso 
ante mis ojos atónitos. 

El sol, misericordioso, salió breves minutos para mí, y 
vi a mis pies el grandioso semicírculo en que brama y se 
despeña una muchedumbre de cataratas, que no se muestran 
a la mirada avara sino púdicamente, veladas por una gasa 
de pálido celeste, en que el sol pone a veces bullones de 
rosa. Aquella vasta zona de cascadas apacienta los ojos, 
sacia el alma de emoción, y la levanta y la lleva, como 
con alas, a regiones, excelsas. ¡ No se puede decir lo que hay 
allí! Las aguas, que ya vienen hostigadas, corriendo con 
frenesí, sobre un plano vastísimo, llegan a la ceja inmensa, y 




Bourquín. 



se deslizan al vacío, o chocan antes de saltar, con enormes 
peñascos, y rebotan, y en los aires hacen juegos atléticos, 
que la luz colorea con mágicos cambiantes: efusiones de 
plata ; chorros ingentes ; surtidores sonoros, que se alzan en 
arcos; anchos desbordamientos de aguas plomizas, que caen 
pesadamente con un mugido sordo, y, al estrellarse en la 
roca aplanada y fortísima, se deshacen en gigantescas nubes 
de vapor, de un blanco inmaculado cuando surgen flotantes 
del hervoroso abismo, y luego teñidas de rosa, de carmín, 
de violeta translúcido, o hechas como de polvo de oro por 
el mágico sol... Y, detrás de aquel amontonamiento de 



232 



EN EL país argentino 



saltos, y a la izquierda, y a la derecha, cerca y lejos, 
arriba, abajo, alia en las alturas, acá a los pies, trenzándose 
a pechadas con las rocas,, que, aunque aguantan, retiemblan, 
otros, y otros, y otros saltos, cubriendo una superficie de 
cuatro mil metros: unos, con deslizamientos de culebra; 
otros, con fieros brincos de jaguar; éstos, obscuros, resba- 
lando en silencio; aquéllos, vistosamente empenachados de 
espuma... Todos corren en vértigo, y, al llegar a la arista 
de los altos y negros paredones, pierden pie y ruedan al fatal 
e infinito derrumbe, y allí abajo, reventados, deshechos, 
rugientes, siguen su curso arrastrando en jirones su túnica de 
encaje, mientras del uno al otro extremo del inmenso anfi- 
teatro de cascadas, entre aquel estruendoso dislocamiento 
de violencias, sobre aquel paroxismo, cien arcos iris se 
tienden, como puentes de paz. 

Según Manuííi. lí unáuiií ' 



II. EN LA PAMPA 

96. Kl Desierto. 

(Fragiii nlo del poema La Cautiva 



1. Era la tarde y la hora 
en que el sol la cresta dora 
de los Andes. El desierto 
inconmensurable, abierto 

y misterioso a sus pies 

se extiende; triste el semblante, 

solitario y taciturno, 

como el mar, cuando un instante, 

al crepúsculo nocturno, 

pone rienda a su altivez. 

2. Gira en vano, reconcentra 
su inmensidad, y no encuentra 
la vista, en su vivo ¿nhelo 

do fijar su fugaz vuelo, 
como el pájaro en el mar 



Doquier campos y heredades 
del ave y bruto guaridas ; 
doquier cielo y soledades 
de Dios sólo conocidas, 
que Él só o puede sondar. 

5. A veces la tribu errante 
sobre el potr>) rozagante 
cuyas crines altaneras 
flotan al viento ligeras, 
lo cruza cual torbellino 
y pasa; o si toldería 
sobre la grama frondosa 
asienta, esperando el d a 
duerme, tranquila reposa, 
sigue veloz su camino. 



EN LA PAMPA 



Íc2^ 



4.j Cuántas, cuántas maravillas 
sublimes y a par sencillas, 
sembró la fecunda mano 
de Dios allí! ¡Cuánto arcano 
que no es dado al mundo ver! 
La humilde hierba, el insecto, 
la aura aromática y pura, 
el silencio, el triste aspecto 
de la grandiosa llanura, 
el pálido anochecer. 

5. Las armonías del viento 
dicen más al pensamiento 

q e todo cuanto a porfía 
la vana filosofía 
pretende altiva enseñar. 
¿Qué pincel podrá pintarlas 
sin deslucir su belleza? 
¿Qué lengua humana alabarlas? 
Sólo el genio su grandeza 
puede sentir y admirar. 

6. Ya el sol su nítida frente 
reclin:iba en occidente, 
derramando por la esfera 

de su rubia cabellera 
el desmayado fulgor. 
Seré:. o y diáfano el cielo, 
sobre la gala verdosa 
de la llanura, azul velo 
esparcía, misteriosa 
sombra dando a su color. 

7. El aura, moviendo apenas 
sus olas de aroma llenas, 
entre la hierba bullía 

del campo que parecía 
como un piélago ondear. 



Y la tierra, contemplando 
del astro rey la partida, 
callaba, manifestando, 
como en una despedida, 
en su semblante pesar. 

8. Sólo a ratos, altanero 
relinchaba un bruto fiero 
aquí o allá, en la campaña ; 
bramaba un toro de saña, 
rugía un tigre feroz; 

o, las nubes contemplando, 
como estático y gozoso, 
el chajá de cuando en cuando 
turbaba el mudo reposo 
con su fatídica voz. 

9. Se puso el sol ; parecía 
que el vasto horizonte ardía 
la silenciosa llanura 

fué quedando más obscura, 
más pardo el cielo, y en él 
con luz trémula brillaba 
una que otra estrella, y luego 
a los ojos se ocultaba, 
como vacilante fuego 
en soberbio chapitel. 

10. El crepúsculo, entretanto, 
con SLi claroscuro manto 
veló ,1a tierra ; una faja 
negra como una mortaja, 

el Occidente cubrió ; 
mientras la noche bajando 
lenta venía, la calma, 
que contempla suspirando 
inquieta a veces el alma, 
con el silencio reinó. 



Esteban Echeverría 



234 



EN EL país argentino 



97. Al Pampero. 

Hijo audaz de la llariura 
y guardián de nuestro cielo, 
que arrebatas en tu vuelo 
cuanto empaña su hermosura: 
I Ven y vierte tu frescura 
de mi patria en el ambiente 1 
¡Ven, y enérgico y valiente, 
bate el polvo en mi camino, 
que hasta soy más argentino 
cuando me azotas la frente! 



Rafael Obligado. 



98. El Ombú. 



1. Cada comarca en la tierra 
tiene iin rasgo prominente : 
el Brasil su sol ardiente, 
minas de plata el Perú, 
Montevideo su cerro; 
Buenos Aires, patria hermosa, 
tiene su Pampa grandiosa; 
la Pampa tiene el ombú. 

2. ¡El ombú! Ninguno sabe 
en qué tiempo ni qué mano 
en el centro de aquel llano 
su semilla derramó. 

Mas su tronco tan nudoso, 
su corteza tan roída, 
bien indican que su vida 
cien inviernos resistió. 

3. Al mirar cómo derrama 
su raíz sobre la tierra, 

y sus dientes allí entierra 
y se afirma con afán. 



parece que alguien le dijo 
al levantarse altanero: 
«¡Ten cuidado del pampero, 
que es tremendo su huracán!» 

4. Puesto en medio del desierto, 
el ombú, como un amigo, 
presta a todos el abrigo 

de sus ramas con amor; 
hace techo de sus hojas 
que no filtra el aguacero, 
y a su sombra el sol de enero 
templa el rayo abrasador. 

5. Cual museo de la Pampa 
muchas razas él cobija: 

la rastrera lagartija 
hace cuevas a su pie; 
todo pájaro hace nido 
del gigante en la cabeza; 
y un enjambre en su corteza 
de insectos varios se ve. 



EN LA PAMPA 



235 



6. Y al teñir la aurora el cielo 
de rubí, topacio y oro, 

de allí sube a Dios el coro 
que le entona al despertar 
esa Pampa, misteriosa 
todavía para el hombre, 
que a una raza da su nombre 
que nadie pudo domar. 

7. Desde esa turba salvaje 
que en las llanuras se oculta 
hasta la porción más culta 
de la humana oci.dad, 
como un linde está la Pampa, 
sus dominios dividiendo, 

que va el bárbaro cediendo 
palmo a palmo a la ciudad. 

8. Y el rasgo más prominente 
de esa tierra — donde mora 

e' Si Iva je que no adora 
otro di s que el Valichú; 
que en chemaly poncho envuelto, 
con los laques en la mano, 
va sembrando por el llano 
mudo horror — es el ombií.' 

9. ¡Cuan a escena vio en silencio! 
¡ Cuántas voces ha escuchado, 
que en sus hojas ha guardado 
con eterna lealtad! 

El estrépito de guerra 
su quietud ha interrumpido ; 
a su pie se ha combatido 
por amor y libertad. 



10. En su tronco se leen cifras 
g abadas con el cuchillo, 
quizá por algún caudillo 

que a los indios venció allí; 
por uno de esos valientes 
dignos de fama y de gloria, 
¡y que no dejan memoria 
porque nacieron aquí!... 

11. A su sombra melancólica, 
en una r.oche serena, 
amorosa cantilena 

tal vez un gaucho cantó; 
y tan tierna su guitarra 
acompañó sus congojas, 
que el ombü, de entre sus hojas, 
tomó rocío y lloró. 

12. Sobre su tronco sentado 
el señor de aquella tierra, 

de su ganado la yerra 
presencia alegre tal vez; 
o tomando el «matecito», 
bajo sus ramos frondosos 
pone paz a dos esposos 
o en las carreras es juez. 

15. A sus pies trazan sus planes 
haciendo círculo al fuego, 
los qu.^ van ;i salir luego 
a correr el avestruz... 
Y quizá para recuerdo 
de quí allí murió un cristiano 
levantó piadosa mano 
bajo su copa una cruz 



1. Los indios Pampas, asi como casi todas las tiernas tribus imiigenas del 
territorio argentino, envoivian el cuerpo, desde la cintura hasta las pantorriUas, 
en una manta de lana que se llamaba chemul, de que deriva el chiripá de los 
gauchos También adoptaron éstos las bolas, arma de caza y guerrera, c.iyo 
nombre indígena es laques. 



EN EL país argentino 



14. Y si en pos de amarga ausencia 
Vuelve el gaucho a su partido, 
echa penas al olvido 
cuando alcanza a divisar 



el ombú, solemne, aislado, 
de gallarda, airosa planta, 
que a las nubes se levanta 
como faro de aquel mar. 



(Abreviado* I-uis L. Domínguez 

99. £n la Pampa. 

Sobre la inmensa soledad dormida, 
salvando el mar ondeante de verdura, 
va el centauro pastor de la llanura 
como flecha de un arco desprendida. 

Da a la tarde postrera despedida; 
parece la delicia y la amargura 
de salvaje existencia de aventura 
arrebatar en su violenta huida. 

Y cuando el sol el horizonte encierra 
tras el linde lejano de la tierra, 
en él, vertiginoso, es una sombra 

rauda volando cual visión de un mito, 
que, trascendiendo de la herbosa alfombra, 
fuese a seguir el astro en lo infinito. . . 

Ángel de Estrada i hijo). 

100. Lluvia en la Pampa. 

Una nube, una sola, arrastrada violentamente por el 
pampero, manchaba el firmamento azul celeste claro, en 
que brillaba el sol, alto aun. Parecía que nos hallásemos 
bajo una inmensa campana, y el horizonte circular estaba 
libre en un radio de leguas. La nube marchaba al encuen- 
tro del sol, muy alta también, cargada de lluvia, con una 
rapidez vertiginosa. 

« Vamos a tener un chaparrón », me dijo un paisano. 



EN LA PAMPA 



2^1 



Las matas de paja brava y de cortadera no se movían en 
nuestro alrededor; las capas inferiores de la atmósfera 
parecían dormir; zumbaban en torno los tábanos, los mos- 
quitos, los gegenes; la tropilla se arremolinaba y se apeñus- 
caba en círculo, bajo el ardiente sol, y los pobres jamel- 
gos, desesperados, agitaban las colas en defensa de sus 
flancos sangrientos, tratando de ocultar la cabeza melan- 
cólica entre la masa formada por sus compañeros. 

Me quedé a la puerta del rancho, interesado por el 
drama de aquella nube, arrebatada en medio de tanta tran- 
quilidad, cuando no se movía una brizna en el campo, y 
vagos vapores transparentes, como vibraciones del aire, 
hervían entre los matorrales, a ras del suelo, con la 
evaporación violenta de la tierra caldeada por el sol. La 
nube era alargada, recortada con curvas caprichosas, cual 
de copos de algodón en los contornos más cercanos, 
blanquísimos, que cambiaban de forma, como derrumba- 
mientos súbitos a cada instante; ancha orla de plumón de 
cisne circundaba el cuerpo fusiforme y ceniciento de la 
nube, que corría de Norte a Sur, muy opaca en el cen- 
tro, algo más clara luego, en escala descendente, como 
si se esfumara y su límite indeciso quisiera confundirse 
con el azul casi blanco del cielo. Bogaba con rapidez 
vertiginosa, como extraño barco que navegara hendiendo 
el agua con la banda en lugar de la proa, y, a medida 
que se acercaba, iba afectando, en la continua variación 
de sus perfiles, una forma semicircular, cóncava, cuyo 
centro pareció, de pronto, situarse en el lugar en que yo 
me hallaba. Un instante después, la nube, aislada, ocultó 
el sol; perdió la orla su blancura de cisne; la masa, aun 
más opaca, proyectó sobre una vasta extensión de la 
Pampa, sobre el verde cálido y vibrante de la hierba, 
como una mancha neutra que corría por el suelo amol- 
dándose a sus menores accidentes, a modo de apocalíp- 
tico reptil que sólo tuviera dos dimensiones: el ancho y 
el largo. 



238 EN EL PAÍS ARGENTINO 

Dos paisanos que seguían a caballo la huella polvo- 
rienta, como dos manchitas del color ardiente del sol, se 
trocaron de repente en dos notas grises, y galoparon un 
rato a la sombra, hacia mí, como antes, pero más lejos, 
llevados gran distancia atrás por la luz difusa que los en- 
volvía. La nube siguió su carrera desolada. Los gauchos, 
iluminados de pronto por el sol que me deslumhró al 
reaparecer, dieron un enorme salto hacia adelante. La 
nube pasó sobre mi cabeza, cuando ya su sombra huía a 
lo lejos; pasó como ave fantástica de ala sin rumores, 
arrebatada por el vendaval de la altura, dejando al sol 
triunfante tras ella... 

En el ambiente diáfano, tranquilo, fulgurante, de una 
claridad, de una transparencia de pureza infinita, bajo la 
vibración blanquecina del cielo y la aureola de guarda del 
sol, allá en el aire dormido, hubo una avalancha, un de- 
rrumbamiento de piedras preciosas, brillantes tallados, ro- 
jos rubíes, topacios, amatistas, turquesas, esmeraldas, una 
lluvia de gemas sorprendentes de hermosura, embriagado- 
ras de riqueza, fascinantes, como si ellas también fuesen 
luz. Derramábase en la atmósfera un caudal, un tesoro, 
una maravilla, como no la soñó el mismo Aladino, como 
no se alcanza a desear en el más fantástico de los cuen- 
tos orientales. La nube, al pasar, había volcado su joyel 
sobre la Pampa, y caían a montones, precipitadas desde 
lo alto, las estupendas pedrerías con que se forma el iris; 
pero no ya en la fastuosa diadema, sino en cascada ruti- 
lante, en un desbordamiento desordenado y artístico, in- 
verosímil y caprichoso, de riquezas que fueron mías, sólo 
mías en aquel instante, y que en vano buscará luego la 
codicia entre la humilde hierba, en el suelo de la Pampa, 
que, ávido y avaro él también, las recogió antes de que 
el sol pudiese devolverlas a la nube. 

AOBEHTO J. PaYRÓ 



2N LA PAMPA 23í> 

101. Los nidos de los cuervos pampeanos. 

En el Nuevo Mundo se designan impropiamente mu- 
chas especies animales, con nombres que, en el Viejo, 
corresponden a otras muy distintas. Así, apellídase al 
jaguar, «tigre», y al puma, «león». Una ligera semejanza 
ha bastado a veces para esta aplicación de nombres de 
las especies conocidas en Europa a las americanas des- 
conocidas en la época del descubrimiento y de la conquis- 
ta. En la provincia de Buenos Aires se llama « cuervo » al 
Ibis chalcoptera (falcinellus) ; en las provincias andinas, 
al Catharthes foetens-, pero ni uno ni otro tienen afinidad 
zoológica con el auténtico cuervo europeo (Corax nycti- 
cofax). El primero pertenece al orden de las aves zancu- 
das; el segundo, al de las rapaces, y el cuervo propia- 
mente dicho, al de los pájaros. 

Para evitar confusiones, podríamos llamar aquí « cuer- 
vo pampeano » a la especie denominada « cuervo » en el 
litoral, al Ibis chalcoptera. En efecto, esta especie abun- 
da en las lagunas y arroyos de las pampas argentinas. Su 
técnico nombre latino indica su familia y también su color. 
Es negro, mientras su plumaje no refleje rayas luminosas, y, 
según las incidencias de la luz, verdoso metálico o rojizo. 

Todos en las llanuras argentinas lo hemos visto cruzar 
en bandadas, formando una sola y larga faja sinuosa, que 
ondea hacia adelante y hacia atrás, por la falta de unifor- 
midad en el vuelo. Fcuén, fciién, los cuervos pampeanos 
siguen sus largos viajes, buscando el ambiente hospitalita- 
rio; los bajíos y bañados, las cañadas, las orillas de las 
lagunas, y aun las lagunitas, restos de los últimos tem- 
porales. 

Hacia el fin de la primavera, cuando pasa una ban- 
dada, la siguen otra, y otra, y otra, y el éxodo dura días 
enteros. El observador ve desde luego que parecen irra- 
diar de un punto más o menos lejano del horizonte, y si 
en la provincia de Buenos Aires buscara este común punto 



240 EN EL país argentino 

de partida llegaría a la vasta región de los pajonales y 
juncales del Sur; a los bañados de Castelli, de Dolores, 
de General Guido, de General Conesa y de General La- 
valle. De allí parten las bandadas, llevando los adultos a 
los pichones que aun no saben volar bien. Pasarán lejos 
el verano y el invierno, para retornar, la mayor parte, ha- 
cia el comienzo de la próxima primavera, a los mismos 
sitios de su niñez. 

Los curiosos de la ciudad suelen preguntar a la gente 
de campo dónde anidan los cuervos. Los paisanos del 
Norte se encogen de hombros, sin saber dar respuesta; 
los del Sur, próximos a los bañados, indican probable- 
mente, a los lejos, una nube negra que sube y baja... ¡Allá 
están los nidos de los cuervos ! 

Acompañado de tres gauchos baquianos, resolví lle- 
gar un día hasta aquel sitio. « Mire, señor, que es difícil 
y peligroso, me advirtió uno de los paisanos. — No im- 
porta, repuse. ¿Supongo que no tendrá usted miedo de 
perderse?...» Frunció la boca el aludido, y partimos. 

¡Cuántas peripecias y fatigas para llegar a la ciudad 
de los cuervos ! En una canoíta, arrastrada a la chincha por 
un manso y robusto caballo, tuvimos que cruzar un pajo- 
nal. Concluyó el primero, y detrás de él había otro, y 
después otro... Aquello era de no acabar nunca... Al fin, 
había una lomita... Allí teníamos que arrastrar nosotros 
mismos la canoa. ¡Qué sudar! Venía luego un nuevo pa- 
jonal, y luego una nueva lomita... Faltaba todavía como 
media legua... Adelante, y, fatiga tras fatiga, llegamos por 
último a la orilla de la laguna. 

Aun restaba lo peor. Los cuervos habían anidado, se- 
gún su costumbre, en medio del juncal, a bastante dis- 
tancia de la orilla. La laguna, cubierta de juncos y cama- 
lotes, tenía sus dos brazas de agua. El paraje era casi 
inaccesible. A caballo no podía ni intentarse llegar a él, 
pues el camalote impediría al animal todo movimiento 
para nadar. Nadando uno, peor aun. En bote común, irrea- 



F.N LA PAMPA 241 

lizable también. Sólo la pequeña canoa (a lo sumo de dos 
metros y medio de largo), completamente chata, angosta 
y terminada en dos puntas, para que pudiera virar, hacía 
accesible ei paraje, siempre que se pusieran a contribución 
una fuerte musculatura y una robusta caña tacuara, a guisa 
de botador. La canoíta debía deslizarse sobre el camalote, 
navegar casi en seco, abriendo las matas de paja o junco, 
para poder avanzar. Si el botador se rompía (lo que podía 
fácilmente ocurrir) quedaría el excursionista condenado a 
esperar el problemático auxilio en aquellos pantanos 
desamparados... 

Con uno de los peones, mientras en la orilla quedaban 
los otros dos preparándonos un churrasco, arribé finalmente 
a los nidales. Levantóse copiosa nube de cuervos. Millares 
y millares de alas batían el aire, y el aleteo producía un 
ruido raro, mezclándose con el fcuén, fcuén de las aves 
que giraban sobre sus nidos, de los cuales se apartaban 
a lo sumo unos cuarenta o cincuenta metros. Si se miraba 
hacia arriba, mareaba aquel vaivén desordenado ; la tibia 
atmósfera se saturaba del olor de las plumas; el sol que- 
daba casi obscurecido por las bandadas que volaban en 
distintos rumbos. 

¡Cuántos nidos! Uno al lado del otro, en contacto 
casi ; cuáles arriba, cuáles más bajos"; cientos y cientos, 
miles y miles, una populosísima ciudad de nidos y más ni- 
dos. Los cuervos doblan con su delgado pico los juncos, 
de tal manera, que la mata queda con las puntas hacia 
abajo y convergiendo en un punto, como una extraña y 
gigantesca flor marchita, a ras del fango. Pocos juncos 
bastan para sostener el nido, constituido -por escaso nú- 
mero de fragmentos de paja seca, debajo, y camalote seco, 
encima. Unos nidos quedan en alto, y otros al nivel del 
camalote. De esta manera, el conjunto ofrece el más raro 
y pintoresco aspecto. Diríase que las hembras echadas 
parlotean con sus vecinas del lado o de los altos, mien- 
tras ponen e incuban ordinariamente cinco huevos del 



242 EN EL PAÍS AllGENTlNO 

tamaño de los de polla y de un vivo color verde azulado. 

No sé qué atávico vértigo de adquisición nos embargó 
el ánimo. Ello es que resolvimos llevar una gran cantidad 
de aquellos preciosos huevos, que, por cierto, son co- 
mestibles, y aun de agradable sabor. Los tomamos pre- 
ferentemente de los nidales que sólo tenían dos o ires, 
para que no estuvieran empollados. A fuerza de seleccionar, 
entre el peón que entró conmigo en la laguna y yo, 
recolectamos unos tres mil huevos. La canoa no podía 
cargar más. Y, con las precauciones del caso, salimos de 
la laguna. 

Después de comernos el sabroso churrasco preparado 
por los otros peones, emprendimos la retirada, muy 
satisfechos con el botín. La marcha fué haciéndose cada 
vez más lenta. Era menester que se turnasen los caballos 
de los peones y el mío para tirar de la canoa en seco; 
pesaba demasiado para los pobres animales, y la faena sólo 
se repartía entre dos, pues el tercero, demasiado robusto 
y brioso, no ofrecía la menor garantía para la seguridad 
de la frágil carga. 

La tarde empezó a declinar, nublada y fría; se apro- 
ximaban las sombras, acompañadas de llovizna penetrante. 
Faltaban aún como tres leguas para llegar a Dolores, 
cuando nos encontrábamos en plenas tinieblas. La noche 
era sombría; no nos veíamos a dos metros. El peón que 
conocía e! camino iba adelante; yo, al lado del bote que 
arrastraba el caballo del peón ; los otros dos compañeros, 
enancados, puesto que ya no era posible ir en el botecillo, 
iban detrás, sin perder de vista las ancas de mi caballo 
tordillo blanco. Pero, a los pocos metros de distancia, 
sumíanse estas ancas en la obscuridad, y uno de mis 
acompañantes, sea que fuese nictófobo, sea que temiera 
perderse o que me perdiera, me llamaba a cada mo- 
mento, rogándome que no me separase demasiado; para 
evitar esto, resolví ir silbando, a fin de quj el sonido le 
guiara. Al poco tiempo se detuvo el peón; su caballo 



EN LA PAMPA 



243 



no podía más y era necesario utilizar al tordillo. Así se hizo, 
¡y adelante en plenas tinieblas!... De repente oímos ruido 
de coces, tablas que crujían sobre los terrones, el redoble 
de los cascos sobre el suelo y gritos del peón... ¡Una ca- 
tástrofe! El caballo, enredado en la cuarta, quién sabe 
cómo, corcoveó, volteó al peón y se disparó con la canoa... 
Al fin para. Se le busca, y, después de largo rato, se le 
encuentra.... ¡A desensillar y ensillar nuevamente, para 
proseguir viaje!... 

Calados hasta los huesos, llegamos al puente llamado 
de la Picaza. Veíanse ya las primeras .luces... Una hora 
después entrábamos en el caserío. Consistía ahora la tarea 
en poner las cosas en orden. Los compañeros de trabajo 
debían llevar las partes del botín común que les correspon- 
dían... «¡Luz, venga luz!...» Trájose el candil; miramos... 
¡Y vimos batida, en el fondo de la canoa la más desco- 
munal tortilla que puede imaginar la fantasía humana! 

Según Rodolfo .Si;.\et. 

102. La yerra. 

Bajo un cielo ceniciento que amenazaba tormenta nos 
dirigimos al rodeo. La pampa rasa, sin una ondulación, 
se perdía en lontananzas inconmensurables, que iba descu- 
briendo la luz matutina. Sobre los pastos húmedos blan- 
queaba el tapiz crujiente de la escarcha, que el casco de 
nuestras cabalgaduras moteaba de manchones obscuros. Y 
allá lejos, entre las descoloridas irradiaciones del amane- 
cer, comenzaba a elevarse lentamente el disco del sol, 
redondo, enorme, teñido de color naranja. A nuestra espal- 
da, dominando el llano, surgía entre la vaga bruma la copa 
verdegueante de un ombú, y más atrás los techos de teja 
del caserío de la estancia empezaban a colorearse. 

En un descampado del pajonal, como un manchón 
moviente de abigarrados colores, mugía el ganado y se 
apeñuscaba chocando las astas, para mirar el grupo de 
jinetes que andaban eligiendo los terneros orejanos, con 



244 EN EL PAÍS ARGENTINO 

esos ojos enormes y mustios que parecen henchidos de 
la apacibih'dad de las praderas. Un vaho tenue, formado de 
alientos, flotaba sobre aquella masa uniforme que agujerea- 
ba al pronto la aguda cornamenta de algún toro al levan- 
tarse bramando amenazador. Hacia un costado del rodeo, 
una carreta desuñida alzaba en la diafanidad azulada el 
crucero del pértigo; al lado ardía el braserío de una fo- 
gata donde se calentaban las marcas, y, -en torno, varios 
mocetones de catadura y vestimenta diversas se movían 
con desgano friolento, preparando sus lazos. 



Elegido el ternero, taloneaba el jinete su caballo re- 
voleando la «armada» hasta tenerlo a tiro, zumbaba la 
trenza viboreando en el aire, y se ceñía en las astas o en 
el pescuezo del animal; huía éste hasta que el lazo se 
estiraba cimbreando, bregaba reculando aún, enterraba las 
partidas pezuñas en el pasto húmedo y balaba desesperado; 
pero el jinete, castigando la cabalgadura, se dirigía hacia 
el fogón al trote largo. 

Dos o tres piales, frustrados generalmente, y el terne- 
ro, ya medio asfixiado, caía balando, mientras los pialado- 
res le maneaban las patas con un cordel. La operación, 
casi sin variantes, se repetía varias veces, hasta que el 



EN LA PAMPA 245 

tarjador gritaba : « j Basta 1 » En un momento se procedía a se- 
ñalar todo el lote. Una leve humareda, al asentar la marca can- 
dente sobre el cuero peludo, seguida de un balido lastimero; 
y los animales, libres de la§ ligaduras, chorreando sangre, 
con los ojos turbios de dolor, se enderezaban temblorosos 
para alejarse en busca de las madres, que allá en la orilla 
del rodeo trotaban inquietas, mugiendo con ecos broncos. 
Algún muchacho que hacía los primeros ensayos en la 
ruda faena, corría detrás del ternero procurando pialarlo, y 
si por casualidad lo conseguía, jamás faltaba la sonrisa bur- 
lona o el comentario mordaz para amenguar su naciente 
destreza, con esa malicia expresiva, de gesto chucaro y 
sabor original, inconfundible de nuestros campesinos. 

-Mautimaxo Leguizamón 

103. El éaucko. 
I. SEMBLANZA DEL GAUCHO 

Los conquistadores de estas tierras litorales, muchos 
de ellos soldados de los tercios que impusieron su ley a 
Italia y llevaron el pánico a Flandes, procedieron en bue- 
na parte de Andalucía, esto es, del corazón de la madre 
patria. Como si ya hubiesen hollado todos los reinos de 
Occidente, venían a buscar en este extremo del mundo 
los imperios de la China y de Golconda, entrevistos por 
Marco Polo, o bien la misma Atlántida de los antiguos, 
sumergida más allá de las columnas de Hércules. ¿No 
percibían acaso, desde las costas, al caer la tarde, el tañi- 
do de las campanas de oro de la ciudad dormida bajo las 
aguas, llamando a un ensueño de gloria y de fe?... Mas 
no hallaron, por estas pampas, ni los halagos de Jauja, 
donde bastaba tender la mano para cosechar los más ex- 
quisitos frutos de la naturaleza ; ni los tesoros de Eldo- 
rado, pródigo en luminosos diamantes, sangrientos rubíes, 
pensativas esmeraldas y ópalos funestos; ni tampoco, a pe- 
sar de suponerla situada en la parte meridional del con- 



246 EN EL país argentino 

tinente, la triple ciudad de los Césares, cuyas elíseas 
auras hacían a los hombres inmortales como los dioses. . . 
Sólo descubrieron yermos recorridos por indios tan fieros 
de ánimo como de cuerpo. Y fué este ingrato encuentro 
el primer beneficio que les dispensaron los hados, pues, 
no pudiendo entroncar regularmente con tan repulsivo 
plasma étnico, legaron a sus vastagos, con la relativa pu- 
reza de su sangre, su sonrisa de andaluces y su ceño de 
castellanos. 

Descendiente de aquellos gloriosos conquistadores, el 
gaucho se formó en la planicie y bajo un clima tem- 
plado. Fué el hijo de la Pampa, desierto siempre verde 
bajo un cielo siempre límpido, antes de que la moderna 
cultura la poblase de industrias y de ciudades. Entre- 
cortaban la desolación del paisaje algún ombú solitario, 
tal cual bosquecillo de talas, y, si acaso, el rumor de 
los arroyos o el espejo de las lagunas, donde miríadas 
de aves reflejaban sus plumajes de púrpura y de nácar. 
A lo lejos sorprendía la vista, fatigada por la sensación 
de la inmensidad, el grupo multicolor de caballos cima- 
rrones. Salpicaban el mar de la llanura, como islotes, acá 
y allá, en grandes manchas calizas, montones de osamen- 
tas de vacadas silvestres. Cuando por su copiosidad pare- 
cían cubrir la haz de la tierra, habían sido sacrificadas 
por tropas de gauchos, para vender los cueros y la grasa. 
La carne se abandonaba a los caranchos y chimangos, 
que, posados señorilmente sobre aquellos restos, se dirían 
mitos de una religión exterminadora. Tras la línea del 
horizonte estaban los indios, siempre en acecho. Al sonar 
la hora del malón, brotaban entre el silencio y la sombra, 
alanceaban a los hombres y a los niños, arrebataban a las 
mujeres, dispersaban el ganado, y huían mezclando en el 
viento sus ensangrentadas melenas con las crines de sus 
potros. 

Sólo por extensión se aplica ahora el nombre de 
«gaucho » al criollo de la montaña y de la zona subtro- 



EN LA PAMPA 247 

pical. El paisano de las «llanura? secas» del interior tenía 
otra sangre, en mucha mayor proporción mezclada con la 
de diversas razas indígenas, y otras costumbres y medios 
de vida. Era tropero; no se dedicaba a la ganadería, sino 
a la industria de transporte, con recuas de muías o con 
carretas tiradas por bueyes. A causa de los accidentes del 
terreno, opuestos a la configuración geográfica de las 
pampas litorales, creó con el andar del tiempo la guerra 
de montoneras, contra el español, muy distinta de la gue- 
rra gaucha, que lo fué de desierto y campamento, contra 
el indio. El gaucho ha sido, por lo tanto, un tipo local y 
transitorio. No obsta ello a su trascendencia en la historia 
patria, pues superaba, por razones de raza, de espíritu y 
de clima, a los demás criollos, y ocupó las regiones más 
dilatadas y favorables del país. 

Era fuerte y hermoso por su complexión física; cetrino 
de piel, tostado por la intemperie; mediano y poco ergui- 
do de estatura; enjuto de rostro como un místico; recio 
y sarmentoso de músculos por los continuos y rudos ejer- 
cicios; agudo en la mirada de sus ojos negros, habituados 
a sondar las perspectivas del desierto. Su temperamento 
se había hecho nervobilioso, por la alimentación carnívora 
y el género de vida. Si sobre su corcel era como un 
centauro, a pie, por la misma costumbre de vivir desde 
niño . cabalgando a través de inconmensurables distancias, 
resultaba de figura un tanto deslucida, ligeramente ago- 
biado de espaldas y combado de piernas. Por sus facciones 
correctas, sus sedosos cabellos y barba, y sobre todo por 
la gracia emoliente de sus mujeres, recordaba al árabe 
transplantado a las orillas del Betis. 

II. VIDA Y COSTUMBRES DEL GAUCHO 

Entregóse el gaucho al pastoreo, su medio de subsis- 
tencia; pero en una forma peculiar, distinta de las hasta 
entonces conocidas. La inmensidad de los rebaños caba- 
llares y vacunos dispersos en estado silvestre y su fácil 



248 EN EL PAÍS ARGENTINO 

propagación sin los cuidados del hombre, dieron a esta 
industria, en las pampas, un carácter que participaba del 
de la caza. El gaucho dividía sus faenas entre el apresa- 
miento del ganado salvaje y su domesticación a campo 
raso. En cambio, desdeñaba la agricultura, que apenas 
conocía. Su estirpe guerrera, su alimentación substanciosa, 
la fuerza y destreza que necesitaba para explotar su gana- 
dería, la soledad de las llanuras donde moraba libremente, 
sin sujeción a autoridad alguna, así como sus repetidas 
luchas para defenderse de las incursiones de la indiada, 
en unas fronteras movibles que le circundaban por doquie- 
ra, le templaron el cuerpo y el alma. No en vano deriva 
su nombre, según una etimología probable — por la «inver- 
sión silábica apellidada metátesis, y por la acentuación y 
preeminencia de la vocal fuerte » — , de la voz quichiía 
guacho, que significa huérfano, sin padres conocidos, aban- 
donado, errante. Confirma esta hipótesis filológica el hecho 
de que, hasta tiempos recientes, se consideraba dicterio en 
la campaña el epíteto de <c gaucho ». 

Felizmente era dueño de fuerzas y energías para so- 
breponerse a su orfandad y aislamiento. En toda la época 
colonial y hasta el último tercio del siglo xix, cazador de 
ganado bravio, domador de potros, capataz y peón de 
rodeos, y soldado y centinela de la civilización en los 
dominios seculares del indio, ha vivido todo una epopeya 
de emboscadas y sobresaltos. Como en el desierto el 
árabe, cuya sangre corría sin duda generosa por sus ve- 
nas, tenía en las pampas, para sus luchas y vicisitudes, un 
aliado y compañero inseparable: su caballo. 

Poseía un espíritu contemplativo y religioso. Falto de 
escuelas, imaginativo y analfabeto, su filosofía era simple 
ciencia de la vida, formulada en abundantes sentencias y 
refranes. Falto de iglesias, su misticismo se convertía en 
poéticas supersticiones de aparecidos y «luces malas». 
Dios y sus bienaventurados tenían para él una existencia 
abstracta y lejana; sólo el diablo — Mandinga, el Malo 



EN LA PAMPA 2Í9 

O Juan sin Ropa — , asumía una realidad más concreta y 
asequible, mostrándose en formas varias a los mortales, 
para burlarlos, aterrorizarlos y perderlos. 

Su vivienda era una miserable choza, a la que lla- 
maba « rancho », construida con barro y techada con paja. 
Llevaba ahí una existencia individualista, de esforzada 
ayuda propia, sin formar comunidades domésticas ni po- 
líticas, pues no las reclamaban las condiciones de su ru- 
dimentaria economía. Aunque poseedor de rebaños, con 
cuyas carnes se alimentaba, no hacía fructificar sus ri- 
quezas por falta de ambiente y de aptitudes para el 
comercio. Vivía en la admirable sencillez de los hom- 
bres primitivos; era sobrio y hospitalario como los pas- 
tores de las églogas ; llamaba « hermanos » a sus próji- 
mos, y, bajo su techo, les brindaba el apetitoso churrasco 
con que reponían sus fuerzas. Siempre a caballo, consi- 
deraba indigno de su prestancia y señorío, y como una 
desventura, que algún accidente le obligase a andar a pie 
por las pampas, aunque fuese corto trecho. Con todo, lo 
prefería a montar en yegua, lo cual simbolizaba, para su 
espíritu simple y gallardo, la última e inconcebible miseria. 

Su vida era más o menos nómada, según la localiza- 
ción de las aguadas y las migraciones del ganado. Como 
armas, y al mismo tiempo como instrumentos de trabajo, 
usaba las boleadoras, el lazo y el facón. Amarraba siem- 
pre las boleadoras y el lazo al recado con que ensillaba 
su cabalgadura, y llevaba el facón sujeto con un cinto de 
cuero, adornado a veces con monedas y herrajes de plata. 
Dejábase caer el cabello en ondas, casi hasta los hom- 
bros. Presumido y donjuanesco, ostentaba con infantil or- 
gullo los bríos y pilchas de su redomón y las galas 
de su indumentaria. Bien decía el refrán que « al gaucho 
van las prendas». En aquel medio nivelador como el de 
las envidiosas democracias, cada cual demostraba su su- 
perioridad en su equipo. Por lo común, al menos desde 
fines del siglo xviii, el gaucho vestía poncho, chiripá de 



250 EN EL PAÍS ARGENTINO 

paño obscuro y acaso calzoncillo de hilo desflecado; to- 
cábase con airosa chamberga, a lo mosquetero, y calzaba 
bota de potro, con pesadas espuelas nazarenas. Así nos 
aparece su poética silueta, desvaneciéndose a uña de ca- 
ballo en las lejanías de la Pampa. 

Abandonado a sí mismo en el desierto, el gaucho se 
formó, de acuerdo con sus necesidades y con las ideas 
éticas traídas de España, su derecho consuetudinario, de 
un tipo sorprendentemente primitivo, casi salvaje. Desconocía 
la propiedad privada de la tierra; sólo respetaba la de la 
casa-habitación, con su huerto o chacra, así como la del 
ganado doméstico. ¡ La Pampa era de todos y para todos ! 
En los bienes muebles, identificábase la propiedad con la 
posesión, hasta el punto de que, cuando se extraviaba un 
objeto en el campo, su dueño carecía de derecho para 
reivindicarlo de quien lo hubiera recogido. La « cosa ha- 
llada », según la expresión corriente, significaba siempre 
cosa propia ; si por hereditario escrúpulo de conciencia se 
devolvía, no era a título gratuito, sino mediante el cobro 
de « albricias ». Por supuesto, no se sospechaba la testa- 
mentificación, y apenas se conocía el derecho hereditario. 
La locución « bienes de difunto », usada aún por el pue- 
blo para significar, bienes mostrencos, es indicio de que 
no heredaban los parientes más cercanos, sino quienes, 
por la mayor proximidad material, se hallaban en situa- 
ción más favorable para la desordenada partija del haber 
sucesorio, apenas enterrado el de cujas. El derecho pro- 
cesal y el penal se confundían con la venganza, más que 
de familia a familia, de individuo a individuo, en forma de 
batalla singular. 

Distraía el gaucho sus soledades y gastaba sus ener- 
gías sobrantes en algunos deportes rústicos, como las 
carreras, las «corridas de sortija» y el homérico juego 
del pato. Las carreras, en las que se cruzaban apuestas, 
lo eran de caballos parejeros, así llamados porque corrían 
de a dos, por parejas. Cada gaucho tenía el suyo, al que 



EN LA PAMPA 2")1 

cuidaba con especial atención, con cariño, casi con grati- 
tud. Las « corridas de sortija » consistían en ensartar en 
un palillo que llevaba en la mano el jinete, pasando a la 
disparada, un anillo que pendía de un lazo Para el juego 
del pato se dividían los gauchos en dos bandos numero- 
sísimos. Alineábanse estos bandos, frente a frente, como 
para entrar en colectivo torneo o campal batalla. Un ancia- 
no lanzaba, tan alto como podía, una pelota de cuero con 
dos asas o manijas; dentro se encerraba un ave muerta. 
Quien atrapase la pelota en el aire debía sostenerla con el 
brazo levantado, por una de las manijas, presentando la 
otra a los contrincantes, que se la disputaban a «pechazos» 
de los caballos, no siempre dóciles. El vencedor, al que- 
dar definitivamente dueño del trofeo, lo llevaba a un ran- 
cho, donde estaba prevenido el convite de « asado con 
cuero» y «tortas fritas». Preparada el ave, la presentaba 
a la dama de sus pensamientos. Conjeturo que el nombre 
del juego provenía de haberse usado primitivamente al 
efecto un pato salvaje, cazado vivo, cuyas alas, quebradas 
o rotas, hacían de asas. Luego, por razones fáciles de 
presumir, se utilizó la pelo'ta de cuero, y fué substituido 
el pato por un pollo desplumado y limpio. Este juego, que 
era tal vez el más característico, cayó completamente en 
desuso desde mediados del siglo xix. Por su brutalidad y 
lamentables consecuencias lo prohibieron las autoridades ; 
hoy queda apenas su recuerdo. Otro de los deportes favo- 
ritos del gaucho era bolear avestruces y gamos, así como 
la caza de perdices con un lazo corredizo atado al extre- 
mo de una caña. Jugaba a los naipes (al truquiflor o truco 
y al monte) y a la taba. Tenía también gran afición a las 
riñas de gallos. Apenas probaba el alcohol, que era esca- 
so y caro en las poquísimas pulperías dispersas en las 

pampas. 

III. EL PAYADOR 

Trovador de abolengo, el gaucho se había traído de 
Andalucía la guitarra, confidente de sus amores y estímu- 



252 EN EL PAÍS ARGENTINO 

lo de sus donaires. Sentado sobre una calavera de vaca, 
bajo el alero del rancho, o bien sobre las salientes raí- 
ces de un ombú, tañía las armónicas cuerdas, para acom- 
pañar sus canciones dolientes o chispeantes, a cuyo ritmo 
bailaban los jóvenes. De este modo se unían en una 
sola manifestación, como en las culturas primitivas, las 
tres artes: danza, música y poesía. En la danza alterna- 
ban movimientos graciosos, casi solemnes, y alegres zapa- 
teos. En la música — cielitos, vidaiilas, tristes, a veces 
no sin marcado sabor morisco — rememorábanse las me- 
lodías populares de la bendita tierra de los claveles y cas- 
tañuelas. En la poesía, todo era espontaneidad y gracejo. 
Olvidadizo y versátil, el gaucho no poseía romances tra- 
dicionales, de esos que se perpetúan de padres a hijos, 
sin alterarse fundamentalmente el texto. Su característica 
era la improvisación, generalmente lírica, y en ocasiones 
picaresca. Abandonándose a la inventiva e inspiración del 
momento, también en lo poético, como en lo económico, 
vivió siempre al día. 

Su costumbre de repetir poco las trovas ajenas y de 
olvidarlas, y su aptitud imaginativa para improvisar acom- 
pañándose con la templada guitarra, produjeron el arque- 
tipo de la raza: ¡el payador! Era el profesional de la 
poesía y la música, el rapsoda errante que se disputaban 
las mozas y andaba de pago en pago luciendo su incom- 
parable habilidad. Se le requería, se le agasajaba, se le 
amaba ; su sola presencia implicaba una fiesta en aquellas 
soledades, donde casi no se conocía más género de d¡> 
versiones públicas que las riñas de gallos. Maestro en su 
doble arte, manejaba con sin par donosura el castizo len- 
guaje gauchesco, conservado con ligeras modificaciones 
locales como lo importaron los conquistadores en el si- 
glo xvi, aunque reduciendo desgraciadamente el vocabu- 
lario, por carencia de literatura escrita. Era fértil en imá- 
genes, como los poetas orientales ; casi no se expresaba 
más que con metáforas y en estilo figurado. Fácil lirismo 



EN LA PAMPA 253 

tenía en el fondo del alma, y el chascarrillo a flor de piel. 
Prolongaba inmensamente notas trémulas, vibrantes, cáli- 
das, que se dirían nacidas, más que de humano pecho, de 
las entrañas mismas de la Pampa, como por evocación 
divina. Con tal soltura versificaba en el octosílabo de los 
romances viejos, barajando asonancias y consonancias, que 
el verso parecía su natural medio de expresión. Nadie le 
igualaba en inventar la cuarteta de oportunidad, con la 
que entablaban dos cantores, ante la rueda de público y 
animados por sus aplausos, la payada de contrapunto. 
Consistía ésta en una especie de torneo del ingenio; los 
contrincantes se proponían, el uno al otro, chungueándose, 
obscuros y candidos enigmas. Al sentirse rendido por el 
esfuerzo de contestar en rimas y de improviso, tenía el 
más débil que poner punto final a la retórica contienda, 
terminada alguna vez en sanguinaria lid. 

IV. DECADENCIA Y SIGNIFICACIÓN DEL GAUCHO 

Por su intenso amor al nativo suelo, aunque no po- 
seyese sino confusa idea de la patria, nunca desoyó el 
gaucho su llamamiento. Ayudó a rechazar las invasiones 
inglesas, a las órdenes de Liniers. Siguió a Belgrano, a 
San Martín, a todos los generales de la guerra de la 
Independencia. Cuando las luchas de la organización na- 
cional, formó en las huestes de los caudillos rurales que 
levantaban pendón y caldera. Mas, apenas organizada la 
república, al concluir con las resistencias del indio fron- 
terizo, caducó su gloria. En el último tercio del siglo xix, 
falto de papel en el drama de la vida, estaba como demás 
sobre la tierra. 

La decadencia del gaucho comenzó entonces, cuando 
se introdujo en los campos la ficción de la democracia. 
El juez de paz, el comandante y el comisario le explota- 
ban, especialmente con motivo de las parodias electorales; 
arreábasele a los comicios, como en rebaño. Quien se 
insubordinaba contra el caudillo oficialista, sufría atroz per- 



254 EN EL país argentino 

seguimiento. A veces tenía que huir del pago, acosado 
por la jauría policial, y se entregaba a la vagancia, al 
cuatrerismo y al alcohol. 

Agravóse esta situación con el completo cambio de 
la economía ambiente. No se hallaban ya vaquerías sal- 
vajes, y el abigeato se castigaba con severidad. Los cam- 
pos, cuyo valor se multiplicaba de año en año, dejaron 
de ser yermos. Las propiedades, divididas y subdivididas, 
se deslindaban con cercos de alambre, impidiendo así, al 
gaucho fugitivo o matrero, correr a campo traviesa como 
acostumbraba, «cortar campo . Los puebleros tomaban 
posesión de las estancias, expulsando a los ocupadores, 
si carecían de títulos de dominio; si por ventura los habían 
adquirido, como no supieran sacar a la propiedad la renta 
indispensable, el Estado, agobiándolos a impuestos, los 
ponía en el trance de enajenarla. Poco después, el ferro- 
carril y el telégrafo interrumpían nuevamente la inmensi- 
dad, acortaban las distancias y transformaban los medios de 
transporte. Renovada la técnica, el estanciero criollo aban- 
donaba los antiguos procedimientos, por demasiado costo- 
sos y poco fructíferos, y adoptaba herramientas europeas de 
trabajo, no siempre de fácil manejo. El ganado mismo se 
mestizaba, con ejemplares de razas selectas, traídos del ex- 
tranjero; debía ahora tratárselo con otros miramientos y 
hasta con ciencia; no era ya como cosa sin dueño o de 
escaso valor, sino rica y frágil mercadería. Puesto que se 
estropeaban y herían las reses finas con las boleadoras y el 
lazo, se limitó su uso; las habilidades de que tanto se ufa- 
naba el peón criollo llegaron a ser, más que inútiles, nocivas. 
Con el tiempo y para remate, la despreciada agricultura iba 
a ensayarse en grande escala, reduciendo las tierras desti- 
nadas a la ganadería. Por todas partes se veía la hercúlea 
mano de una nueva civilización, que barría la leyenda y el 
romanticismo de los tiempos bárbaros y heroicos. 

¡Mal podía avenirse a tan nuevas e imprevistas cir- 
cunstancias el gaucho, semisalvaje y seminómadal Señor 



EN LA PAMPA 



antes y dueño de la llanura y de la inagotable riqueza de sus 
rebaños, desdeñaba el trabajo manual, como indigno de su 
hidalga estirpe. Sólo a regañadientes podía obedecer a esos 
amos «maturrangos», afeminados por la molicie de la vida 
de ciudad. Resultaba hasta mediocre peón, incapaz de otra 
tarea que la doma varonil y el rodeo en campo abierto. 

Hízose necesario atraer al inmigrante, que afluyó a 
las pampas, como a una nueva Tierra de Promisión. Más 
dócil y disciplinado, más adaptable y ahorrativo, aunque 
no tan sobrio ni valiente, iba desalojando al gaucho de las 
faenas rurales. Así éste, a fines del siglo xix, eterno 
proscripto de la nueva civilización, si bien representante 
de la antigua, fué apenas una sombra de lo que había 
sido. Obscurecióse su alma, al paso que iba trocando al- 
gunas de sus prendas tradicionales : la bota de potro por 
la alpargata, el chiripá por la bombacha, las boleadoras 
por el arado. Solía olvidar hasta la noble vihuela, para 
substituirla por el plebeyo acordeón. Aunque despreciara 
al inmigrante, a quien apellidaba despectivamente grngo 
o gallego, de él aprendía el uso de la moderna técnica, 
agauchándole a su vez, por recíproca influencia. El mismo 
extranjero, encariñado con su tierra de adopción, requería 
a las morochas del pago para los honestos fines del ma- 
trimonio. De esta suerte se ha venido propagando el tipo 
vario y complejo d£ una nueva generación de gauchos 
europeizados o de europeos agauchados, que, por cierto, 
parecen heredar las buenas cualidades de su doble abo- 
lengo. Es el argentino del futuro y casi diría del presen- 
te... ¡Es hoy el argentino! 

Aparte de contribuir a poblarla con este retoño mo- 
derno y de no escatimarle jamás el tributo de su sangre, 
que corrió a raudales en la defensa y como para la fecun- 
dación del suelo, el gaucho ha prestado a la República 
mayor servicio aun y más alto homenaje. ¡ Ha sido entre 
nosotros el sembrador del Ideal! ¿Quién mejor que el 
desvalido hijo de las pampas difundió por estas tierras la 



256 EN EL país argentino 

fortaleza de espíritu, la ayuda de sí misrno, el culto del 
valor, el principio de la lealtad, el amor a la patria?... En 
el lenguaje popular «ser gaucho», lo que otrora fué in- 
sulto, significa ahora ser fuerte y diestro, y « hacer una 
gauchada», realizar una hazaña. Por este arte, la voz de 
Dios, que constituye la voz del pueblo, ha proclamado al 
gaucho modelo de energía y de nobleza. 

No obstante tales méritos, acaso exagerados por el 
patriotismo y la literatura, fuerza es confesar que no todo 
ha sido gloria en su carácter. Cada cual tiene los defec- 
tos correspondientes a sus virtudes. Descrito el anverso 
de esta medalla antigua, veamos el reverso. La arrogancia 
del gaucho fué también ánimo de venganza; el espíritu 
de contemplación, incuria e ineptitud para el trabajo me- 
tódico y el ahorro. Vengativo como el corso, al sentirse 
ofendido en sus derechos, no paraba hasta matar o ser 
muerto. Fatalista como el árabe, cuando no pudo ya com- 
petir con el moderno industrialismo, dejóse vencer por 
vicios tabernarios, hasta acabar condenado a servir en los 
ejércitos de las fronteras y a consumirse en las cárceles, 
A pesar de todo, se conservó siempre relativamente verí- 
dico, y nunca fué por idiosincrasia ladrón. El cuatrerismo, 
hijo más de la necesidad que de la codicia, no contrade- 
cía su honradez, pues el ganado, según la tradición del país, 
era como res niilliiis, cuando silvestre, y, cuando doméstico, 
artículo tan abundoso y de reducido valor que se brindaba al 
peregrino. He ahí, en esas condiciones de veracidad y pro- 
bidad, una prueba psicológica, si fuera necesaria, del esca- 
so entroncamiento del gaucho con el indio, dado que éste 
jamás cumplió su palabra ni respetó la propiedad ajena. 

Y es fuerza confesar también, con los defectos del 
gaucho, que, no obstante el patriotismo y la literatura, el 
pueblo culto no parece hoy apreciarle en todo lo que me- 
rece. Convencionalmente, no diré que le admira como en 
tiempo de Echeverría, apenas le tolera; supónele potencia 
de retroceso y barbarie, de pereza y ferocidad... Es que 



EN EL INTERIOR 257 

se confunden las cualidades con sus correspondientes de- 
fectos, y las épocas y los sujetos. Desconociendo lo que 
fué el gaucho auténtico, el histórico, el héroe de las pam- 
pas, se da ahora este nombre, más que al legítimo producto 
de su mezcla con el inmigrante, a ciertos espurios imita- 
dores, como el compadrito arrabalero y el matón de pul- 
pería, que, so color de gauchismo, ignoran las virtudes de 
su pretérita grandeza para imitar los vicios de su presente 
decadencia... ¡Hora es de reaccionar contra tan injusta im- 
presión! Precisamente, para destruir la caricatura abominable, 
¿no será el medio más eficiente conocer y honrar al origi- 
nal?... El gaucho ha, muerto. No pudiendo sobrevivir a las 
nuevas condiciones ambientes, no pudiendo sobrevivirse a 
sí mismo, el gaucho ha muerto. No es ya más que un sím- 
bolo. Pero sus manes, por lo que antes encarnó su persona 
y hoy debe representar su recuerdo, no podrán menos de 
sernos propicios. Acaso su sombra vela sobre nosotros. 

III. EN EL INTERIOR 

104, Erl país de las colonias. 

I. EL país 

Las cinco mil leguas cuadradas que ocupa hoy la pro- 
vincia de Santa Fe — dos veces el tamaño de la Grecia — 
teóricamente debían constituir una de las regiones más aptas 
para la vida humana: setecientos kilómetros de costa sobre 
el Paraná, abundante en pesca y navegable siempre; dos 
grandes fajas regadas por el Salado y el Carcarañá; espesos 
bosques en la región del Norte; agua potable por doquier, a 
ocho o diez metros de la superficie; capa de tierra vegetal 
de muchos centímetros de espesor; falta de rocas, de are- 
nales y de salinas; temperatura templada; ausencia de palu- 
dismo o de fiebres endémicas. Representa, sin duda, un 
problema interesante y digno de estudio, el hecho de que 
tal territorio permaneciera casi despoblado, no sólo cuando 



258 EN EL PAÍS ARGENTINO 

los indios lo ocupaban, sino también durante los tres siglos- 
que subsiguieron a la llegada de los europeos. 

Un examen atento permite comprobar que en ese país 
fértil, llano y extenso, la Naturaleza, abandonada a sí mis- 
ma, no ofrecía facilidades para la vida. Los bosques inmen- 
sos, frecuentados por animales feroces, carecían de árboles 
frutales: en medio de la lujuriosa vegetación, el indio moría 
de hambre si no acumulaba en el momento oportuno las 
coriáceas vainas del algarrobo. Siglos de observación y de 
miseria no le permitieron sacar del monte más alimento 
que la harina de esas vainas (patay), el zumo de algunas 
otras plantas, el agua sucia conservada entre las hojas del 
caraguatá y la miel de las avispas silvestres. 

No vivía en toda la región un animal domesticable 
que pudiera producir leche, arrastrar un arado o un carro, 
o soportar un jinete No había en ella metales ni piedras; 
de modo que fué necesario fabricar con madera las armas 
y los utensilios. El barro, el cuero y el hueso suministra- 
ron los restantes elementos de construcción, haciendo casi 
imposible la tarea de preparar la tierra y cavar "pozos. 

La uniformidad de la llanura, excelente para las moder- 
nas máquinas agrícolas, motivaba espantosas sequías al bor- 
de mismo de los grandes ríos, destruyendo periódicamente 
la fauna y la flora. Mientras llegaba la idea humana de 
fabricar molinos y elevar así el agua del subsuelo, el viento 
sólo sirvió para dificultar la vida, resecando la superficie y 
marchitando las hojas. Al Sur del Carcarañá, allí donde las 
barrancas del Paraná no prestaron su abrigo, sólo un árbol 
pudo sostenerse; y este árbol, escasísimo, el ombú, que 
no daba fruta ni producía leña utilizable, apenas si sirvió 
como punto de referencia, como accidente geográfico de 
la desolada llanura, antiguo lecho del mar. Imposible con- 
seguir sobre ella un tronco para hacer fuego. 

Llovía con frecuencia; pero así y todo la sequía era 
inevitable. El sol, hiriendo la tierra duraní.í el día, evapo- 
raba la humedad, favorecido por el viento; y los vapores 



EN EL INTERIOR 259 

emitidos no podían condensarse de noche, porque a esa 
hora irradiando la tierra el calor absorbido, rarificaba la 
atmósfera. 

El Paraná suministraba peces en abundancia; pero 
ante la falta de metales y de las herramientas correspon- 
dientes, los indios no podían navegarlo sino en troncos 
horadados a fuego, o en recipientes de cuero. Regar con 
él no era posible, por la misma falta de herramientas en 
primer término, y porque de un extremo a otro de los se- 
tecientos kilómetros de la costa santafecina, la diferencia 
del nivel del agua no llegaba — ni llega — a un metro por 
cada tres leguas. A estas dificultades debe agregarse otra 
más seria aun : periódicamente, el río se desbordaba de 
octubre a marzo, en todos aquellos sitios en que la ba- 
rranca no fuese superior a dos metros; y tal desborde 
inutilizaba — e inutiliza aún hoy — inmensas zonas de te- 
rreno. De tarde en tarde, terribles crecientes extraordina- 
rias, elevando cinco y seis metros el nivel de las aguas, 
cubrían las islas barriéndolas durante meses, con una fu- 
riosa corriente de tres y cuatro millas por hora, y arran- 
cando enormes masas de plantas, sobre las que se refu- 
giaba la fauna salvaje de la región : caimanes, serpientes, 
venados, jaguares a veces. 

Abierta la llanura a todos los rumbos, fué caracterís- 
tica de su clima depender en gran parte de los vientos 
reinantes. Soplando el Sur, temperatura baja; soplando el 
Norte, temperatura alta. De aquí, heladas en primavera, 
calor en invierno, instabilidad siempre. 

La falta de montañas debía teóricamente facilitar el 
transporte ; pero ni había animales que lo hicieran, ni el 
suelo, falto de consistencia, resistía pesos considerables: 
la menor lluvia dejaba intransitables unos senderos que no 
era posible pavimentar por la carencia de piedra. 

Desde el Carcarañá al Norte, empezaba la vegetación 
natural a elevarse con infinitas precauciones contra el 
viento, contra los mamíferos, contra los insectos y contra 



260 EN EL PAÍS ARGENTINO 

las aves. Por entre los pastos, duros como cerdas, pulula- 
ban animalitos provistos de gruesas corazas córneas, con- 
trastando singularmente con los ágiles avestruces y las 
esbeltas gamas. Arbustos chatos y recios, con hojas pe- 
queñísimas rodeadas de monstruosas espinas, donde los 
guanacos dejaban jirones de su lana, alzábanse retorci- 
dos y achaparrados como esos productos exóticos que ar- 
tificialmente produce la fantasía japonesa. Al amparo del 
matorral, la vegetación se iba elevando cada vez mayor, 
cada vez más firme contra el viento, conservando cada 
vez más humedad bajo las copas, hasta que, vencido el 
enemigo, las espinas empezaban a desaparecer y el bos- 
que lujurioso del Chaco entrelazaba su espesísimo ramaje. 
Dos plagas bien temibles agregábanse para esterilizar el 
esfuerzo del hombre: las hormigas, habitantes permanentes 
del territorio, y las langostas, que en nubes devastadoras 
bajaban a depositar sus huevos, desde los bosques del 
trópico. Toda agricultura permanente fracasaba ante ellas. 

11. LA POBLACIÓN INDÍGENA Y LA COLONIZACIÓN 

ESPAÑOLA 

Este era el país. Libradas a sí mismas las tribus in- 
dias que miserablemente erraban sobre el territorio, nin- 
gún problema hubiesen resuelto. La Naturaleza, terrible, 
aplastadora, cerníase sobre ellas, matando toda iniciativa 
con la desolación de su pobreza. Forzoso era que alguien 
trajese ganados, metales, herramientas, ideas ; y este al- 
guien apareció en las llanuras santafecinas durante el 
siglo XVI, en forma de aventureros europeos a quienes 
la fiebre de riquezas lanzaba ciegamente a uno de los mu- 
chos lugares de la América donde era imposible enrique- 
cerse con rapidez. 

Apenas instalados, la Naturaleza volvióse contra ellos, 
langostas y sequías, heladas e inundaciones comenzaron a 
imprimir su recuerdo doloroso sobre aquellos soñadores 
rapaces, dispersos por entre los campos duros y los montes 



EN EL INTERIOR 261 

salvajes. Y así, aferrados a su esperanza, fueron viviendo 
lentamente sobre la inhospitalaria región varias generacio- 
nes, fatigándose ante la pérdida de una cosecha, y otra, 
y otra más, y ante la evidencia de que en diez, de que 
en doce años seguidos, hubiese sido imposible extraei 
una sola bolsa de trigo de la llanura inmensa y áspera. 
Cuando en los años buenos obteníase cosecha exuberante, 
fuerza era que esta cosecha se vendiese a bajo precio, 
dada la imposibilidad de llevarla a vender a otros países. 
Las guerras gloriosas, los corsarios gloriosos, transforma- 
ban en fácil presa de la rapiña internacional a aquellos 
cargamentos que de tarde en tarde podían ser lanzados 
al través del océano, después de conseguirse con mil tra- 
bajos el carro que llevase la mercadería a puerto, el 
pequeño buque de vela que la transportase y el per- 
miso real que concediera a los hombres el derecho de 
gozar el fruto de sus sudores. Da padres a hijos, de hijos 
a nietos, se fué transmitiendo la desesperada convicción 
de que eternamente había de ser inseguro el esfuerzo de 
los hombres dedicados a labrar la tierra, y de que eterna- 
mente habían de ocultarse el desierto y la miseria detrás 
de cualquier accidente meteorológico. Poco a poco, abru- 
mados por la realidad, los herederos de aquellos coloni- 
zadores audaces del siglo xvi tornáronse gauchos indo- 
lentes que se olvidaron de comer pan, y que, de fatalismo 
en fatalismo, fueron limitando su calidad de hombres civi- 
lizados, a vivir en chozas de barro, sin muebles, sin piso, 
sin tabiques, sin chimeneas siquiera para dar salida al humo; 
a nutrirse de vacas que se cuidaban solas, y a chupar en 
calabazas silvestres una infusión de yerba, amarga, porque 
no había azúcar. 

III. LA COLONIZACIÓN ARGENTINA 

Un tercer esfuerzo, realizado en la segunda mitad del 
siglo XIX, llevó en sí la consoladora demostración de que 
es la lucha diaria, la lucha obscura e inteligente de los 



2*32 EN EL. PAÍS ARGENTINO 

hombres que a trave's de la distancia se alientan y se 
ayudan, lo que mejora la vida, con más eficacia que el 
sangriento relampagueo de las batallas. 

No fué una intervención mágica, no un simple genio 
benéfico, quien transformó en espigas de maíz y de trigo 
a los recios pastos y quien edificó ciudades habitables con 
el polvo reseco de las pampas. Fueron dolores humanos, 
ideas de varias generaciones, esfuerzos colectivos de mi- 
llares de seres, quienes con telégrafos y ferrocarriles y 
buques de vapor mataron al desierto ^y suprimieron al 
océano. Fueron oleadas de sudor humano las que arran- 
caron de cuajo a\ pasto puna, hundieron en la tierra los 
arados y manejaron sobre la llanura los miles de trillado- 
ras a vapor que hoy espolvorean de oro los campos que 
otrora hollaran estérilmente los jinetes de Viamonte y de 
Lavalle. Fueron cerebros torturados quienes vieron en la 
alfalfa a la planta que, alcanzando con sus raíces las 
aguas del subsuelo, había de vivir sobre la superficie des- 
provista de humedad. Otras ideas, otros dolores más, y 
surgieron alambrados y molinos y arboledas y galpones, 
uniendo a todos los pobladores del planeta en la empresa 
de redimir al desierto. 

Y si aun no está vencido el enemigo ; si aun los la- 
bradores santafecinos escudriñan con angustia el horizonte 
en espera de las nubes que significarán lluvia; si aun las 
langostas heridas por el sol marcan con sus alas puntos 
luminosos en el espacio; si aun el río inunda y las hela- 
das destruyen, podemos fya confiar en que esos males di- 
fícilmente alcanzarán a un tiempo a todo el territorio, a 
todos los plantíos y a todos los ganados. Con el millón o 
millones de toneladas de trigo que produce un año bueno 
y que se almacenan a lo largo de los puertos en líneas de 
colinas huecas, es posible ya esperar tranquilamente los 
años malos; praderas y arroyos artificiales defienden a los 
ganados; ejércitos de máquinas esperan órdenes para ayu- 
dar al hombre, y los varios cientos de miles de habitan- 



EN EL INTERIOR 263 

tes pueden ya jactarse de que, sobre la Pampa domada, han 
dejado de imperar sin contralor, los insectos y los vientos 
que en otro tiempo fueron sus señores absolutos. 

Juan Alvarbz. 

105. Las sierras de Córdoba 

Situada entre la llanura del Este y del Sur, y las Sa- 
linas Grandes y los terrenos pantanosos de la laguna de 
los Porongos y de la Mar Chiquita, hállase la íamosa re- 
gión de las sierras de Córdoba, que abarca una ancha 
zona al Noroeste de la provincia. El aspecto general de 
estas sierras es característico. Separadas por cortos va- 
lles, sucédense en interminable serie de cerros de escasa 
altura, vestidos de abundante verde y engalanados por 
arbustos y árboles generalmente espinosos. Aunque la 
Naturaleza no sea propiamente magnífica, el paisaje es 
variado y risueño. Por las hondonadas, a la sombra de 
algarrobos, talas, chañares, churquis, aguaribáis y otros 
árboles y arbustos, profusos arroyuelos serpentean en su 
lecho de cantos rodados. Sus aguas, saltando de piedra 
en piedra y de valle en valle, son rápidas y cristalinas. 
Por lo comiín pueden transponerse a pie, sin necesidad 
de puentes, y sin mojarse el calzado siquiera; basta bus- 
car un paso de piedras, o improvisarlo, colocándolas opor- 
tunamente a cortas distancias, sobre el lecho del arroyo y 
aun del pequeño río. En épocas de lluvia, el hilo de agua 
se convierte en torrente, que forma acá y allá rumorosas 
cascadas, abriéndose paso entre las piedras cubiertas de 
musgo. Por su poca profundidad y corriente vertiginosa, 
esos límpidos caudales carecen generalmente de peces. 
Con frecuencia se sumen parcial o totalmente en la tierra 
y desaparecen, para reaparecer, después de breve trayecto 
subterráneo, bajo las piedras, en un manantial, un « ojo de 
agua», un filtro de la Naturaleza, del que brota la linfa aun 
más fresca.y pura. En ciertos sitios, la industria humana ha 



264 



EN EL país argentino 



colocado represas, formando grandes tanques llamados 
«tajamares», que sirven para el riego y conservan siempre 
agua suficiente para abrevar el ganado. A veces se desbor- 
dan; su nombre resulta gráfico y exacto en épocas de 
grandes lluvias, pues entonces atajan y represan un verda- 
dero mar de agua dulce, un torrente que arrastra troncos 
y grandes piedras de la montaña. Pululan en sus tranquilas 
aguas las « moiarritas » y algunas veces también las angui- 




las ; la trucha y la carpa europea se propagan allí rápida- 
mente y ofrecen excelente pesca. De trecho en trecho, esos 
lagos salpican el panorama de las sierras como espejos 
engarzados en marcos de esmalte. 

Además de los múltiples arroyos, cursan la región 
algunos ríos caudalosos, aunque no navegables. Entre ellos 
está el Primero, que atraviesa la ciudad de Córdoba. Sus 
aguas son represadas, en ios tiempos de creciente, por el 
dique San Roque, el mayor de América, obra tan magna 



EN EL INTERIOR 265 

como Útil, con capacidad de 260.000.000 de metros cúbi- 
cos. Forma entre dos montañas un inmenso lago artificial 
que riega y surte la región circundante, hasta la misma 
ciudad, corriendo a través de numerosos acueductos. Esta 
forma de riego por medio de diques, represas y taja- 
mares fertiliza los campos secos y arenosos, y los con- 
vierte en deleitosas quintas, entrecruzadas por una red de 
oportunas acequias. 

Entre la maleza de las sierras, la caza abunda. Há- 
llanse la delicada perdiz montañesa, la tierna paloma del 
monte, la rápida liebre europea, el avestruz americano, 
más veloz aun que la liebre, y hasta el arisco guanaco y 
el puma feroz. Pelo y pluma, indefensos animales y fieras 
peligrosas, el cazador encuentra siempre buenas piezas. 
La excursión cinegética, que da ocasión para contemplar 
las accidentadas perspectivas del paisaje, resulta tan pro- 
vechosa como agradable. La Naturaleza, en un clima seco 
y templado, ofrece sus pródigos dones y brinda al hom- 
bre un bello albergue donde recrearse y reponer sus fuer- 
zas, desgastadas en la vida febril de las ciudades. 

Aunque la temperatura es generalmente benigna, sue- 
le sentirse el frío de las madrugadas de invierno en los 
sitios altos, como Cosquín, Capilla del Monte y la Falda; 
en los menos altos, ya que no bajos, como Calera, Toto- 
ral y Alta Gracia, incomoda a veces el sol meridiano del 
estío. Constituyen así, éstos, excelentes estaciones clima- 
tológicas invernales, y aquéllos, encantadores puntos de 
veraneo. De toda la República y en todas las estaciones 
afluye a las sierras de Córdoba, gente que viene a repo- 
ner su salud, a descansar o a distraerse. En el verano es 
considerable la concurrencia de Buenos Aires, Rosario y 
Tucumán. Las sierras representan un punto de cita y de 
turismo. Si se llama a las plazas públicas, en las gran- 
des poblaciones, los « pulmones de la ciudad », las sierras 
de Córdoba podían apellidarse los « pulmones de la Repú- 
blica». Allí se va, según una expresión corriente, a «al- 



266 EN EL PAÍS ARGENTINO 

macenar oxígeno », el vivificante gas que alimenta y esti- 
mula nuestro organismo. Las sierras de Córdoba son algo, 
pues, como el « almacén de oxígeno » de los argentinos. 
Para que sirvan a tal efecto se levantan en sus sitios más 
pintorescos y sanos, modestas y graciosas casitas de recreo, 
quintas hermosísimas, amplios y lujosos hoteles modernos. 
Como por influencia del medio ambiente, la vida so- 
cial en las sierras de Córdoba pierde sus severas etique- 
tas urbanas, se facilita y simplifica. La gente es allí más 
comunicativa y hasta se diría que más tierna y sensible. 
El conocimiento se hace pronto ; la conversación se ani- 
ma espontáneamente; en pocos días se traban duraderas 
amistades. Sin temor a los óbices de la maledicencia, de- 
pónese el pomposo formulismo del mundo elegante, como 
si se estuviera « en familia ». El trato adquiere algo del 
dulce perfume de las flores silvestres y de la arcádica 
franqueza de las edades patriarcales. Nunca faltan puntos 
cercanos donde realizar animadas cabalgatas y suculentas 
meriendas. En trajes campestres, sin que se sueñe en 
deslumhrar por la fantasía de la modista o por la corrección 
del sastre, buscando cada uno su comodidad más que la 
elegancia, repítense los paseos a los parajes cercanos. Los 
días se deslizan, y nadie se acuerda de consultar el alma- 
naque; el tiempo transcurre como en un idilio. Olvidadas 
las ingratas preocupaciones de las tareas profesionales, aca- 
llados los pequeños resquemores de la aristocrática vani- 
dad, dormidos los sentimientos de la emulación y de las 
rivalidades, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, pobres 
y ricos, todos parecen disfrutar de sus vacaciones escola- 
res; se sienten otra vez niños. La férula del maestro y 
el rigor de la disciplina, las luchas de la riqueza, la pre- 
eminencia o la gloria, el mundo, en fin, está lejos, muy 
lejos, oculto tras la recortada línea azul del horizonte, 
más allá de las sierras de Córdoba. 



EN EL INTERIOR 267 



106. La sierra puntana. 

La « sierra puntana » constituye, en la provincia de 
San Luis, un sistema orográfico característico, con muchas 
ramificaciones, que se extienden en una vasta zona, forman- 
do cumbres de 2.000 metros de altura, elevadas mesetas, 
grandes valles y gargantas profundas, por donde corren 
arroyos de aguas cristalinas y murmurantes. Por todas 
partes, una rica vegetación se escalona en lentas gradacio- 
nes, desde la llanura, con sus bosques de caldén, alga- 
rrobo y tala; en las faldas, con el moUe, el retamo y el 
coco, y, en las altiplanicies, con sus hierbas fragantes, las 
gramíneas y las flores más variadas. Sobre aquel paisaje 
se pueden admirar todas las tonalidades de la luz con 
sus reflejos brillantes en la cristalizaciones del cuarzo y 
de la mica. 

Dan vida al espléndido escenario el canto de la ca- 
landria y el zorzal en la enramada de sus frondas; el 
zumbar de la abeja en busca de la materia prima para su 
insuperable laboratorio, mientras se ciernen en el espacio 
el águila y el cóndor de las regiones andinas. Majadas de 
cabras van al asalto de los tiernos cogollos, escalando las 
alturas más escabrosas, y a lo lejos repercuten el eco de 
sus balidos o los gritos de los pastores para devolverlas 
al redil, antes que al amparo de la sombra caiga sobre 
ellas la garra del puma, oculto en los senos de las mon- 
tañas. El ganado mayor pace tranquilo. No así el perse- 
guido guanaco, que tiene en sus pies la ligereza del ala 
cuando presiente el peligro cercano. 

Abundantes vertientes se escurren como hilos de agua, 
entre el berro, la hierbamota y la zarza, cuyas propieda- 
des medicinales adquieren antes de ir a fecundar los cam- 
pos vecinos. También la enorme masa granítica guarda en 
sus entrañas veneros de oro, plata, cobre, hierro, plomo; 
depósitos de alumbre, yeso, caolín, y los yacimientos de 



268 EN EL PAÍS ARGENTINO 

SUS mármoles esmeralda que invitan al artífice a cincelar 
la obra de arte. El oro se ha explotado desde la época 
colonial, encontrándose como clavos incrustados en las 
vetas o en pepitas en los riñones aislados, verdaderos 
«placeres» por su riqueza. Después de las lluvias apare- 
cen por doquiera sembrados los granos de oro: en las 
arenas de las corrientes que bajan de los cerros de la 
Carolina, y otros quedan en descubierto aprisionados en 
las raíces de las gramíneas, como si éstas también codi- 
ciaran el precioso metal. Y en esta Naturaleza privilegiada 
por sus agrestes bellezas se goza de un clima sano y de 
un cielo límpido, nítido como un cristal ligeramente azu- 
lado, donde brillan los astros en las noches serenas, con 
todo su esplendor. 

Bajo ese cielo y al pie de la sierra, donde ésta ter- 
mina en forma de una « punta » granítica, para dar paso 
al valle longitudinal del Chorrillo, está situada la ciudad 
de San Luis. La modesta población tiene, como muchas, 
todos los elementos de cultura, merced a la munificencia 
del gobierno nacional y a sus propios esfuerzos; pero no 
ofrece más rasgo característico que su ubicación, en uno de 
los sitios más pintorescos del país. A medida que se ascien- 
de la pendiente hacia la sierra — que la provincia ostenta 
como un emblema de su escudo — , se domina un amplio 
horizonte limitado al Oeste por el cordón del Pencaso, 
sobre el cual aparecen aún las cumbres más elevadas de 
los Andes. Dentro del vasto cuadro se percibe la super- 
ficie plateada de las aguas del lago Bebedero y la faja 
blanquecina de la gran cañada del Balde, especie de lecho 
desecado de un mar interno, con su prolongación al Nor- 
te, y entre estos claros del paisaje divísanse las manchas 
ondulantes de la vegetación regional. 

La parte Este de la ciudad es la más interesante. Allí se 
encuentran el dique del Chorrillo, con su grueso muro y su 
torreón medioeval donde se guarda la maquinaria hidráulica; 
las canteras de granito, las alamedas frondosas, las fuentes 



EN EL INTERIOR 269 

naturales que van a aumentar los depósitos de las galerías 
filtrantes para dotar de agua a la ciudad, y el hermoso 
lugar «Aguadita de Pueyrredón », así llamado en recuerdo 
de la estada, como proscripto, del ilustre patricio. En este 
lugar se conserva todavía, con mcuhos retoños vigorosos, el 
ombú que llevó desde Buenos Aires el general Pueyrredón, 
y qu"e es como un símbolo de su gloria, pues ni el fuego 
ni el huracán tienen poder para destruirlo. Algo más allá, 
trasmontando la sierra, se ve el valle de Las Chacras, 
donde el general San Martín organizó las bizarras legio- 
nes puntanas que con Pringles, Pedernera y otros valientes 
ilustraron el nombre argentino en la lucha homérica por 
la libertad. 

En aquellos sitios tan pintorescos como sanos co- 
mienzan a levantarse mansiones de recreo. Un día no 
lejano se construirán allí grandes sanatorios, pues se res- 
pira un aire seco y la brisa de la altura trae, con los 
perfumes silvestres, manantiales de oxígeno que dilatan 
los pulmones y estimulan el mecanismo de la respiración. 
Y es grato pensar que toda aquella región hermosa, rica y 
saludable, es también un pedazo de la patria que conserva 
vivas las tradiciones de nuestro pasado glorioso. 

Juan \V Gez. 

107. Los bosques de Santiaéo del Estero. 

Al entrar en la provincia de Santiago del Estero por 
cualquiera de los caminos que cruzan los confines del 
Oeste, la Naturaleza se nos presenta ostentando su vistoso 
ropaje, periódicamente renovado por el lujo de sus pri- 
maveras. Gigantes vegetales que han resistido el empuje 
de un siglo y se yerguen impertérritos dominando el 
escenario ; quebrachos colorados, que desafían las intem- 
perancias del clima ; quebrachos blancos, algarrobos, mis- 
toles, chañares, breas, talas y muchos más árboles forman 
el tupido bosque. Otras plantas menores, casi todas ar- 



270 EN EL PAÍS ARGENTINO 

madas de espinas insidiosas, allegándose a los troncos- 
más robustos, confundiéndose, enredándose, agolpándose 
en la penumbra formada por la copa de los mayores en 
edad y preponderantes por su naturaleza, ocultan casi 
por completo la superficie del terreno. En vano pretende 
penetrar la mirada en el interior de aquella masa de ve- 
getación exuberante : el lugar lo substrae todo a la Hgera 
curiosidad del viajero. De vez en cuando se nota un claro» 
un camino que serpentea y se pierde en la selva llena de 
misterio: este claro revela el trabajo de un hombre, de 
un labrador sin pretensiones, que ha dominado el monte 
con bien asestados golpes de su hacha. Tal vez el camino 
compendia las fatigas de algún « puestero » (criador de 
ganado en pequeña escala) que penetró en busca de un 
animal perdido ; tal vez revela las peripecias de un pobla- 
dor que se ha perdido buscando un animal. 

Otras variaciones, a más de las que se deben a la 
acción del trabajo, se notan en el aspecto general de los 
bosques santiagueños. En donde el terreno se hunde for- 
mando bajos y prolongándose en cañadas, el monte se 
manifiesta macizo, obscuro, impenetrable, y la vegetación 
de las plantas inferiores se desarrolla vigorosa en la fres- 
cura del ambiente. En otros puntos llanos o poco elevados 
encuéntrase los quebrachos blancos, distantes uno de 
otro; dejan vacíos notables entre sí y permiten ver el 
suelo desnudo, más arenoso y seco, salpicado de cactos 
que se arrastran recorriendo tortuosamente un trecho de 
pocos metros. Partes hay completamente desvestidas, sin 
más plantas que algún algarrobo que fué siempre pe- 
queño, exentas de la molestia de los arbustos espinosos 
y de los quimiles. Son las excepciones del bosque, los 
oasis para el ganado, que halla en ellos un pasto abun- 
dante, restaurador de su fuerza diezmada y puesta a prue- 
ba. Los pobladores designan con el nombre de abras esos 
puntos privilegiados, que ofrecen un aliciente recomenda- 
ble con su aive generoso, una especie de pasto tupidí- 



EN EL INTERIOR 27L 

simo, corto, fino, buscado especialmente por las muías, que 
tanto abundan y tanta suma de trabajo representan en la 
provincia de Santiago. 

De vez en cuando, siguiendo un camino vecinal, el 
viajero nota mayor claridad en el bosque, ve más distantes 
los árboles el uno del otro, observa los rayos del sol que 
penetran en forma de desiguales figuras hasta extenderse 
en el suelo como piezas de lienzo. Las múltiples plantas 
menores se hacen más raras. Empiezan a mostrarse agru- 
paciones de plantas no vistas aún : arbustos jorobados, 
raquíticos, que se defienden con un verdadero arsenal de 
espinas largas, gruesas y de una consistencia que les 
permitiría penetrar en la madera. Se asoman los cactos 
que se arrastran en el suelo en conjunto con otro arbusto, 
cuyas hojas hinchadas, jugosas, con el color de la ceniza, 
constituyen una abierta contradicción con la poesía vegetal ; 
son éstos los jume, que crecen enredándose entre sí. De 
su combinación resulta un montón de ramitos casi redondo, 
que evoca la idea de una isla en medio de aquel terreno 
llano, cubierto de un polvo blanco, una florescencia salina, 
llamada por los habitantes con su verdadero nombre de 
«salitre». Allí la vegetación se muestra difícil, anémica, sin 
desarrollo. El terreno asume el aspecto de un manchón 
completamente blanco, con un sobrio adorno de fajas 
menos ingratas de verdes hierbales. A mediaa que se 
avanza hacia el Sur aumentan tales manchones, hasta 
que se llega a las Salinas Grandes y a las saladas lagunas 
de los Porongos, cuya esterilidad y monotonía contrasta 
como para hacer resaltar mejor la riqueza y hermosura de 
los bosques del Norte. 

iSegda LuuENzo Fazio 



272 EN EL PAÍS ARGENTINO 

108. Tucumán. 

(Fragmento del poema Avellaneda). 

¿Conocéis esa tierra bendecida 
por la fecunda mano del Creador, 
de cuyo virgen suelo sin medida 
fluye, como el aroma de la flor, 
la balsámica esencia de la vida, 
y se palpa su espíritu y su aliento 
en la tierra, en la atmósfera, en el viento, 
en el cielo, en la luz, en la hermosura 
de su varia y magnífica natura? 
Tierra de los naranjos y las flores, 
de las selvas y pájaros cantores, 
que el inca poseyera, hermosa joya 
de su corona regia, donde crece 
el camote y la rica chirimoya 
y el naranjo sin cesar florece 
entre bosques de mirtos y de aromas, 
brindando al gusto las doradas pomas. 

...Tierra de promisión y de renombre, 
engendra en sus entrañas virginales 
cuanto apetece y necesita el hombre 
para vivir feliz — en animales, 
en frutas y productos tropicales, 
en colosal vegetación. — En vano 

el adusto verano 
la quema con su sol ; el Aconquija 

que entre las nubes fija 
la nevada cerviz, de sus raudales 
el tesoro derrama y la fecunda, 
la baña con sus frígidos alientos, 

y sus campos sedientos 
de fresca lluvia y de vigor inunda; 



EN EL INTERIOR 273 

entonce ella, de lumbre 
y de brillantes galas revestida, 

bajo la azul techumbre 
cual magnifico templo se presenta 
del infinito Ser que le dio vida 
y su eternal espíritu alimenta. 
¡Cuan bella entonces es al pensamiento! 
¡cuánto inspira de luz y arrobamiento! 
¡cuánto de eterna nutrición florece! 
La mirada de Dios bañar parece 
sus selvas virginales y sus montes, 
sus campiñas y claros horizontes, 
y transformar con su inefable hechizo 
aquella tierra en otro paraíso, 
paraíso de gloria y esperanza, 
de pura, inagotable bienandanza. 

(Abreviado). Esteban Echeverría 

109. Panorama de Tucumán. 

En una mañana de primavera, antes que el cielo se 
■nuble, como casi siempre sucede en verano, o esté la 
■atmósfera empañada por el polvo y humo que se levantan 
de los ingenios durante el invierno, si se gira la vista en 
contorno, desde un mirador elevado de la ciuda-d, se tiene 
un panorama característico y casi completo de la pequeña 
provincia. La vasta llanura del naciente se despliega hasta 
los confines del horizonte, fragmentada con bosques y 
campos de caña de azúcar, de cuyo centro emergen los 
ingenios. El río Saií retuerce sus meandros, que llevan la 
vida a toda la región, como la arteria aorta de aquel or- 
ganismo. El Norte y el Sur son bosques y sembradíos. Ai 
Oeste, la cumbre nevosa del Aconquija se levanta por so- 
bre el grupo alegre de las primeras colinas como un an- 
ciano rodeado de niños. Las laderas, con sus repliegues 
llenos de nieve, espejean al sol naciente, a manera de un 



274 EN EL PAÍS ARGENTINO 

cambiante moaré. Sobre los picos más agudos, algunos 
cirros se elevan, desflecados por los agudos dientes de la 
sierra. Las hileras de montañas, por rango de altura, lle- 
nan todo el Poniente, bajando hacia el Norte para volver 
a subir después. El cerro Bayo toma un tinte opalino a 
esta hora de rejuvenecimiento universal. La última ramifi- 
cación o cerro de San Javier, la más vecina a la ciudad, 
extiende su falda de color verde obscuro, a la que las co- 
pas apiñadas prestan de lejos una contextura granujienta. 
De trecho en trecho se destaca una mancha clara, como 
una escama caída de la envoltura terrestre: es un derram- 
be. La base de la montaña se confunde con la llanura; 
es un n>ar de verdura con algunos blancos islotes de po- 
blación. Más cerca, ya se alcanza a distinguir los árboles 
por sus follajes: las copas esféricas de los naranjos, salpi- 
cadas de puntos de oro, se desbordan de las quintas ; los 
sauces columpian su lacia y desmayada cabellera. Un gi- 
gantesco pacará se alza como una torre de follaje. Re- 
balsan de los patios los anchos abanicos de los bananeros, 
los locos arabescos de las madreselvas y jazmines. Una 
nota severa, no obstante, en ese concierto de matices ale- 
gres: acá y allá, un eucalipto levanta su frente lívida, 
que parece descolorida por las emanaciones febricientes 
quitadas a la tierra; es un árbol de hospital o lazareto, 
con su follaje cobrizo y su tronco escamoso. Pero se 
oculta detrás de los miradores, las torres, las cornisas de 
las azoteas, que proyectan violentamente su color deslum- 
brante sobre el fondo verde, con ese mal gusto risueño 
de los países del sol. En el aire puro y delgado el tañido 
de las campanas llega más claro y argentino. Es el lla- 
mamiento a los afanes de la vida: id coqueta ciudad se 
despereza lentamente... 

P. Grou«s\c. 



EN EL INTERIOR 275 



110. Frente al Aconcjuija. 

Desde la mesita en que escribo, con sólo alzar los 
ojos veo, ahí vecino, el deleitable paisaje de la sierra 
cerrando el horizonte con su alto y extenso perfil sinuoso, 
que, como una línea garabateada con mano torpe sobre 
la página del cielo tucumano, se desarrolla de izquierda 
a derecha. Sube despacio, diríase que con dificultad y a 
tropezones — cayendo a veces y formando senos que re- 
sultan montuosas quebradas — , hasta que toma aliento, 
se alza y ensaya el dibujo de una cumbre, la de Santa Ana, 
que le sale borrosa, como si la pluma tuviese un pelo. 
Vuelve luego a caer, vacilando ; pero reacciona, esta vez 
con más bríos, y, cual si de pronto le hubiesen brotado 
alas, se lanza al espacio y deja, en un trazo firme y lim- 
pio, a 5.300 metros sobre nuestra soberbia, el enhiesto 
perfil del Aconquija estampado en el éter. 

Hacia allá, en ansia de ascensión, se va la vista como 
polarizada, cebándose sin saciarse en aquella belleza y 
vida que se extiende en el delicioso valle, verdegueante 
y dorado por los cultivos, a mis pies mismos, donde, con 
sordo y continuo mugido que estremece la comarca, un 
colosal ingenio azucarero, como un insaciable Pantagruel, 
devora cañaverales día y noche. Engulle y tritura entre 
sus potentísimos molares una carretada de caña por mi- 
nuto, o sea ochenta mil kilos por hora, esto es, dos millo- 
nes de kilos por día. El épico banquete dura cuatro meses 
sin cesar un segundo, y luego se pasa el monstruo repo- 
sando silencioso, espatarrado al sol, como en una pesada 
digestión de boa, todo el resto del año. 

Me atrae el grandioso Aconquija, y me seduce aquel 
tema del trabajo, que llena la inmensa vega de rumores, 
de cantos, de chirriar de rodados y engranajes, de voces de 
mando, de ludir de fardos, y de pitadas y resoplidos de lo- 
comotoras, que van y vienen, acarreando largos convoyes 



276 EN EL PAÍS ARGENTINO 

de caña. En el vastísimo mar de los cañaverales, ama- 
rillentos por las heladas tempranas, se ve el avance 
de las cuadrillas de cortadores que andan, machete en 
mano, con un canto monótono, acostando a millares, con 
golpes cadenciosos, las apiñadas cañas, cuyo dulce hu- 
mor salpica las caras atezadas. Brillan al sol las armas 
del trabajo; los carros se colman y emprenden pesada- 
mente el camino del ingenio, se vuelcan y tornan por 
más; los cortadores avanzan sin cesar, y, en el manto 
inmenso y dorado de los cañaverales sin término visible, 
van agrandándose los manchones obscuros de los rastrojos. 
Mujeres atareadas se ven ir de un lado a otro, en las 
faenas domésticas, o llevando el desayuno a sus hom- 
bres. Un resuello de actividad, un vigoroso y continuo 
afán de trabajo se percibe ; sube, como un jadeo, del 
inmenso valle en fiebre, sacudido por la ráfaga activa, 
de confín a confín. Hacia todos los rumbos del horizonte 
lanzan las altas chimeneas de los ingenios sus largos pe- 
nachos de humo, como oriflamas del incruento combate. 
Cantan gallos matinales en las alegres granjas de los colonos 
y en las humildes chozas de los peones cañeros. Donde- 
quiera hay un hogar, en el que pululan niños de piel cobri- 
za; unos febricitantes, ojerosos, con el verme del chucho 
en la sangre; otros sanos y bien nutridos, con frecuencia 
pegajosos por lo dados y por la melaza que los satura. 
Hasta los perros de los ranchos están gordos: ¡buena señal! 
«Nunca llegues a posar donde veas perro flaco». Los 
perros cañeros saben que el que llega, sea quien sea, es 
bien visto en la casa, y no le ladran. Salen, olfatean, por- 
que el perro no puede dominar el afán de saber a qué 
huele cualquier novedad ; pero proceden amistosamente, y 
dicen todas esas cosas tiernas que saben expresar los pe- 
rros, especialmente con la cola, echando rúbricas al aire, 
como si firmaran un tratado de amistad que ellos no violan 
jamás, porque el perro no es de aquellos que borran con 
el colmillo lo que han subscripto con el rabo. 



EN EL INTERIOR 277 

Los cercados de los cañaverales, que eran de tuna, van 
siendo reemplazados por otros de alambre; pero, por lo 
general, éstos están cubiertos por tupidas y frondosas cor- 
tinas de multiflora, que durante ocho meses del año encie- 
rran en marcos encantadores los cañaverales, de un verde 
esmeralda. Ahora no tienen flores, por las heladas; pero sí 
su tupido follaje verde obscuro, que hace resaltar, como- en 
un engarce modernista, la masa temblorosa, de color de 
oro muerto, de las cañas. Raro es el rancho donde no hay 
jazmines y diamelas en el patio, y tiestecitos de albahaca, 
regados con amor por las chinas laboriosas, que cuidan 
sus flores y sus gallinas, tienden ropas al sol, parten leña, 
van por agua a la acequia, ordeñan las cabras, cuya pre- 
sencia útil y retozona es frecuente aun en los ranchos de 
peones. Las chinas, siempre que pueden, mascan caña dul- 
ce, el manjar predilecto del criollo. Son, por lo común, 
bastante limpias de ropa; algunas, muy aseadas, visten sim- 
plemente camisa y enagua, todo muy planchado y muy 
blanco. Compañeras excelentes para el jornalero de los ca- 
ñaverales o el peón de los ingenios, que saborea ya la vida 
regular de la casa y la familia, a la hora del descanso, des- 
pués de una terrible jornada bajo el fuego del cielo. El hogar 
está encendido y la olla hirviendo; los indiecitos y los chi- 
vos nuevos retozan en el patio, perfumado con los olores 
de salvia, albahaca y hierbabuena; el trabajador se lava y 
sonríe a su mujer amorosa y mansa; y hay allí un ambiente 
de conformidad y buen humor, que no es común en el hogar 
del obrero, cuyo descanso casi siempre es triste. 

Según M\NUEL [íernárdez. 

111. Tipos clásicos del campo. 

(Crónica cíe mediados del siglo xix) 

L EL RASTREADOR 

El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el 
rastreador. Todos los gauchos del interior son rastreadores. 
En llanuras tan dilatadas en donde las sendas y caminos 



278 EN EL PAÍS ARGENTINO 

se cruzan en todas direcciones, y los campos en que pacen 
o transitan las bestias son abiertos, es preciso saber seguir 
las huellas de un animal, y distinguirlas de entre mil; cono- 
cer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de 
vacío. Esta es una ciencia casera y popular. Una vez caía 
yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el 
peón que me conducía echó, como de costumbre, la vista 
al suelo. « Aquí va, dijo luego, una mulita mora, muy bue- 
na... Esta es la tropa de don N. Zapata... Es de muy buena 
silla... Va ensillada... Ha pasado ayer...» Este hombre venía 
de la sierra de San Luis, la tropa volvía de Buenos Aires, 
y hacía un año que él había visto por última vez la mulita 
mora cuyo rastro estaba confundido con el de toda una 
tropa, en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto que 
parece increíble, es con todo la ciencia vulgar; éste era un 
peón de arria, y no un rastreador de profesión. 

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, 
cuyas aseveraciones hacían fe en los tribunales inferiores. 
La conciencia del saber que posee le da cierta dignidad 
reservada y misteriosa. Todos lo tratan con consideración: 
el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o de- 
nunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede 
faltarle. Un robo se ha ejecutado durante la noche; no bien 
se nota, corren a buscar una pisada del ladrón, y, encon- 
trada, se cubre con algo para que el viento no la disipe. Se 
llama en seguida al rastreador, que ve el rastro, y lo sigue 
sin mirar sino de tarde en tarde el suelo como si sus ojos 
vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. 
Sigue el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en 
una casa, y, señalando un hombre que encuentra, dice fría- 
mente: « ¡ Éste es! » El delito está probado y raro es el delin- 
cuente que resiste a esta acusación. Para él, más que para 
el juez, la deposición del rastreador es la evidencia misma; 
negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a este tes- 
tigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo 
mismo he conocido a Galibar, que ha ejercido en una pro- 



EN EL INTERIOR 279 

vincia su oficio durante cuarenta años consecutivos. Tiene 
ahora cerca de ochenta años; encorvado por la edad, con- 
serva, sin embargo, un aspecto venerable y lleno de dignidad. 
Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta : « Ya 
no valgo nada, ahí están los niños » ; los niños son sus 
hijos, que han aprendido en la escuela de tan famoso maes- 
tro. Se cuenta de él que, durante un viaje a Buenos Aires, 
le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el 
rastro con una artesa. Dos meses después Galibar regresó, 
vio el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y 
no se habló más del caso. Año y medio después. Galibar 
marchaba cabizbajo por una calle de los suburbios, entra 
en una casa, y encuentra su montura ennegrecida ya, y 
casi inutilizada por el uso. ¡ Había encontrado el rastro de 
su raptor después de dos años! El año 1830, un reo con- 
denado a muerte se había escapado de la cárcel. Galibar 
fué encargado de buscarlo. El infeliz, previendo que sería 
rastreado, había tomado todas las precauciones que la 
imagen del cadalso le sugirió. ¡Precauciones inútiles! Acaso 
sólo sirvieron para perderle; porque, comprometido Galibar 
en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempe- 
ñar con calor una tarea que perdía a un hombre, pero que 
probaba su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todas 
las desigualdades del suelo para no dejar huellas; cuadras 
enteras había marchado pisando con la punta del pie; 
trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio, 
y volvía para atrás. Galibar le seguía sin perder la pista ; 
si le sucedía momentáneamente extraviarse, al hallarla de 
nuevo exclamaba: «¡Dónde te mi-as-dir!». Al fin llegó 
a una acequia de agua en los suburbios, cuya corriente 
había seguido aquél para burlar al rastreador... ¡ Inútil ! 
Galibar iba por las orillas, sin inquietud, sin vacilar. Al 
fin se detiene, examina unas hierbas, y dice: «Por aquí ha 
salido , no hay rastro, ¡ pero estas gotas de agua en los 
pastos lo indican ! ». Entrando en una viña, Galibar recono- 
ció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentro está». La 



280 EN EL país argentino 

partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar 
cuenta de la inutilidad de las pesquisas. « No ha salido », 
íué la breve respuesta, que, sin moverse, sin proceder a 
nuevo examen, dio el rastreador. No había salido, en efecto, 
y al día siguiente fué ejecutado. En 1830, algunos presos 
políticos intentaban una evasión : todo estaba preparado, 
los auxiliares de afuera prevenidos; en el momento de 
efectuarla, uno dijo: «¿Y Galibar? — ¡Cierto!, contestaron 
los otros, anonadados, aterrados. — ¡ Galibar ! ». Sus fami- 
lias pudieron conseguir de Galibar que estuviese enfermo 
cuatro días contados desde la evasión, y así pudo efec- 
tuarse sin inconveniente. 

¿Qué misterio es este del rastreador? ¿Qué poder 
microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de 
estos hombres? ¡ Guán sublime criatura es la que Dios hizo 
a su imagen y semejanza! 

II. EL BAQUIANO 

Después del rastreador viene el baquiano, personaje 
eminente y que tiene en sus manos la suerte de los par- 
ticulares de las provincias. El baquiano es un gaucho grave 
y reservado, que conoce a palmo veinte mil leguas cua- 
dradas de llanuras, bosques y montañas; es el topógrafo 
más completo ; es el único mapa que lleva un general para 
dirigir los movimientos de su campaña. El baquiano va 
siempre a su lado. Modesto y reservado como una tapia, 
está en todos los secretos de la campaña; la suerte del 
ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una pro- 
vincia, todo depende de él. 

El baquiano es casi siempre fiel a su deber; pero no 
siempre el general tiene en él plena confianza. Imaginaos 
la posición de un jefe condenado a llevar un traidor a su 
lado y a pedirle los conocimientos indispensables para 
triunfar. Un baquiano encuentra una sendita que hace cruz 
con el camino que lleva: él sabe a qué aguada remota 
conduce ; si encuentra mil, y esto sucede en un espacio 



EN EL INTERIOR 28t 

de cíen leguas, él las conoce todas, sabe de dónde vienen 
y a dónde van. El sabe el vado oculto que tiene un río, 
más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cien 
ríos o arroyos ; él conoce en las ciénagas extensas un 
sendero por donde pueden ser atravesados sin inconve- 
niente, y esto en cien ciénagas distintas. 

En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques 
o en las llanuras sin límites, perdidos sus compañeros, 
extraviados, da una vuelta en círculo de ellos, observa los 
árboles; si no los hay, se desmonta, se inclina a tierra, 
examina algunos matorrales y se orienta de la altura en 
que se halla; monta en seguida, y les dice para asegurarlos: 
«Estamos en dereceras de tal lugar, a tantas leguas de las 
habitaciones; el camino ha de ir al Sur»; y se dirige hacia 
el rumbo que señala, tranquilo, sin prisa de encontrarlo y 
sin responder a las objeciones que el temor o la fascinación 
sugiere a los otros. 

Si aun esto no basta, o si se encuentra en la Pampa y 
la obscuridad es impenetrable, entonces arranca pastos de 
varios puntos, huele la raíz y la tierra, las masca, y después 
de repetir este procedimiento varias veces, se cerciora de 
la proximidad de algún lago o arroyo salado, o de agua 
dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El 
general Rosas, dicen, conocía por el gusto el pasto de cada 
estancia del Sur de Buenos Aires. 

Si el baquiano lo es de la Pampa, donde no hay 
caminos para atravesarla, y un pasajero le pide que lo 
lleve directamente a un paraje distante cincuenta leguas, el 
baquiano se para un momento, reconoce el horizonte, 
examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a 
galopar con la rectitud de una flecha, hasta que cambia de 
rumbo, por motivos que sólo él sabe, y, galopando día y 
noche, llega al lugar designado. 

El baquiano anuncia también la proximidad del ene- 
migo, esto es, a diez leguas, y el rumbo por donde se 
acerca, por medio del movimiento de los avestruces, de 



282 EN EL país argentino 

los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección. Cuando 
se aproxima, observa los polvos; y por su espesor cuenta 
la fuerza: «Son dos mil hombres»^ dice, «quinientos», 
«doscientos», y el jefe obra bajo este dato, que casi siempre 
es infalible. Si los cóndores y cuervos revolotean en un 
círculo del cielo, él sabrá decir si hay gente escondida, o 
es un campamento recientemente abandonado, o un simple 
animal muerto. 

El baquiano conoce la distancia que hay de un lugar a 
otro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y, a 
más, una senda extraviada e ignorada por donde se puede 
llegar de sorpresa y en la mitad del tiempo; así es que las 
partidas de montoneras emprenden sorpresas sobre pueblos 
que están a cincuenta leguas de distancia, y casi siempre 
las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No! El general Rivera, 
de la Banda Oriental, es un simple baquiano que conoce 
cada árbol que hay en toda la extensión de la República 
del Uruguay. No la hubieran ocupado los brasileños sin su 
auxilio, y no la hubieran libertado sin él los argentinos. 
Oribe, apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años 
de lucha con el general baquiano, y todo el poder de Buenos 
Aires, hoy con sus numerosos ejércitos, que cubren toda 
la campaña del Uruguay, puede desaparecer destruido a 
pedazos, por una sorpresa, por una fuerza cortada mañana, 
por una victoria que él sabrá convertir en su provecho, por 
el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia 
del enemigo, o por otro accidente inadvertido o insig- 
nificante. 

El general Rivera principió sus estudios del terreno 
el año 1804, y haciendo la guerra a las autoridades, enton- 
ces como contrabandista, a los contrabandistas después 
como empleado, al rey en seguida como patriota, a los 
patriotas más tarde como montonero, a los argentinos 
como jefe brasileño, a éstos como general argentino, a 
Lavalleja como presidente, al presidente Oribe como jefe 
proscripto, a Rosas, en fin, aliado de Oribe, como general 



EN EL INTERIOR 283 

oriental, ha tenido sobrado tiempo para aprender un poco 
de la ciencia del baquiano. 

III. EL CANTOR 

Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revuel- 
tas, de civilización, de barbarie y de peligros. El gaucho 
cantor es el mismo bardo, el vate, el trovador de la edad 
media, que se mueve en la misma escena, entre las lu- 
chas de las ciudades y del feudalismo de los campos, 
entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor 
anda de pago en pago, « de tapera en galpón », cantando 
sus héroes de la Pampa perseguidos por la justicia, los 
llantos de la viuda a quien los indios robaron sus hijos 
en un malón reciente, la derrota y la muerte del valiente 
Rauch, la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que 
cupo a Santos Pérez. El cantor está haciendo candorosa- 
mente el mismo trabajo de crónica, costumbres, historia, 
biografía que el bardo de la edad media, y sus versos 
serían recogidos más tarde como los documentos y datos 
en que habría de apoyarse el historiador futuro si a su 
lado no estuviese otra sociedad culta con superior inteli- 
gencia de los acontecimientos que la que el infeliz des- 
pliega en sus rapsodias ingenuas. En la República Argen- 
tina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un 
mismo suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo 
que tiene sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos 
ingenuos y populares de la edad media; otra, que, sin 
cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los 
últimos resultados de la civilización europea. El siglo xix 
y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, 
el otro en las campañas. 

El cantor no tiene residencia fija; su morada está donde 
la noche lo sorprende; su fortuna, en sus versos y en su 
voz. Dondequiera que el cielito enreda sus parejas sin 
tasa, dondequiera que se apure una copa de vino, el can- 
tor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el festín' 



284 EN EL PAÍS ARGENTINO . 

El gaucho argentino no bebe si la música y los versos 
no le excitan, y cada pulpería tiene su guitarra para poner 
en manos del cantor, a quien el grupo de caballos esta- 
cionados en la puerta anuncia a lo lejos dónde se necesita 
el concurso de gaya ciencia. 

El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación 
de sus propias hazañas. Desgraciadamente, el cantor, con 
ser el bardo argentino, no está libre de tener que habérse- 
las con la justicia. También tiene que dar la cuenta de 
sendas puñaladas que ha distribuido, una o dos desgracias 
(muertes) que tuvo y algún caballo o alguna muchacha 
que robó. En 1840, entre un grupo de gauchos y a orillas 
del majestuoso Paraná, estaba sentado en el suelo y con 
las piernas cruzadas un cantor que tenía azorado y diver- 
tido a su auditorio con la larga y animada historia de sus 
trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto de una 
mujer, con los trabajos que sufrió; lo de la desgracia y 
la disputa que la motivó; estaba refiriendo su encuentro 
con la partida y las puñaladas que en su defensa dio, 
cuando el tropel y los gritos de los soldados le avisaron 
que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se ha- 
bía cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba 
hacia el Paraná, que corría veinte varas más abajo, tal era 
la altura de la barranca. El cantor oyó la grita sin turbarse, 
viósele de improviso sobre el caballo, y, echando una mi- 
rada escudriñadora sobre el círculo de soldados con las 
tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, 
le pone el poncho en los ojos y clávale las espuelas. Al- 
gunos instantes después se veían salir de las profundidades 
del Paraná, el caballo sin freno, a fin de que nadase con 
más libertad, y el cantor, tomado de la cola, volviendo la 
cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, 
hacia la escena que dejaba en la barranca. Algunos bala- 
zos de la partida no estorbaron que llegase sano y salvo 
al primer islote que sus ojos divisaron. 

Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, 



EN EL INTERIOR 285 

monótona, irregular, cuando se abandona a la inspiración 
del momento. Más narrativa que sentimental, llena de 
imágenes tomadas de la vida campestre, del caballo y las 
escenas del desierto, que la hacen metafórica y pomposa. 
Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado malé- 
volo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, 
prosaico de ordinario, elevándose a la altura poética por 
momentos, para caer de nuevo al recitado insípido y casi 
sin versificación. Fuera de esto, el cantor posee su reper- 
torio de poesías populares, quintillas, décimas y octavas, 
diversos géneros de versos octosílabos. Entre éstos hay 
muchas composiciones de mérito, y que descubren inspira- 
ción y sentimiento. 

Aun podría añadir a estos tipos originales muchos 
otros igualmente curiosos, igualmente locales, si tuviesen, 
como los anteriores, la peculiaridad de revelar las costum- 
bres nacionales, sin lo cual es imposible comprender 
nuestros personajes políticos, ni el carácter primordial y 
americano de la sangrienta lucha que despedaza a la 
República Argentina. Andando esta historia, el lector va a 
descubrir por sí solo dónde se encuentra el rastreador, el 
baquiano, el gaucho malo, el cantor. Verá en los caudillos, 
cuyos nombres han traspasado las fronteras argentinas, y 
aun en aquellos que llenan el mundo con el horror de su 
nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus 
costumbres, su organización. 

Domingo F. Sarmiento. 

112. El arriero de la llanura interior. 

La llanura interior está cubierta, en vastas extensiones, 
por arbustos espinosos y retorcidos. El monte es bajo, 
clareado, seco, y se alternan en él los algarrobos, los 
chañares, las jarillas, los piquillines y las retamas. El suelo 
liviano, arenoso y salino, con un tinte gris en algunos 
parajes, como espolvoreado con ceniza, sustenta pocos y 
pobres pastos, que crecen duros, agostados y ralos, entre 



28(3 EN EL país argentino 

manchas de tierra desnuda. La sequedad del clima tiene 
atormentada a la vegetación leñosa y triste. 

A trechos, el monte es interrumpido por grandes 
salinas, cuyas blancas eflorescencias brillan al sol, reflejando 
la luz con crudeza, y por guadales o médanos desolados, 
que constituyen las travesías más penosas y más desiertas. 
La carencia de agua es el perenne tormento de esas 
regiones. Los rayos solares caen tórridos, y la atmósfera 
abrasadora agrava la sed. 

Bajo un cielo límpido, el viento sopla con fuerza, 
levantando columnas de arena, que, como el humo, se 
elevan en espirales y se disipan. En primavera y en estío, 
el zonda huracanado corre como el simún en el desierto 
árabe. Nuestros llanos interiores se asemejan, en muchas 
de sus fases, a las llanuras de Oriente. Tal similitud, 
señalada ya por Sarmiento, ha determinado en sus habi- 
tantes caracteres análogos a los que ofrecen algunos 
pueblos asiáticos. 

La falta de lluvias, la escasez de ríos o de arroyos 
que permitan el riego, la pobreza de pastos, la abun- 
dancia de páramos y de salinas, han impedido el desen- 
volvimiento de industrias basadas en la explotación de la 
tierra. Las ciudades del interior fueron fundadas en lugares 
donde una pequeña corriente de agua permitía satisfacer 
las necesidades de los hombres y favorecía el cultivo 
indispensable para la alimentación. Catamarca fué cons- 
truida junto al río del Valle ; La Rioja, edificada al lado 
del arroyo que baja de la sierra de Velazco; la villa de 
San Luis, ubicada al borde del hilo de agua que desciende 
de los cerros vecinos; Santiago del Estero, en la ribera 
del río Dulce; Córdoba, en la hondonada que el río 
Primero fertiliza. 

Las pocas villas desparramadas constituían los núcleos 
sociales organizados. El desierto las envolvía y las aislaba. 
Las rutas, únicos lazos que unían a las poblaciones, 
eran recorridas por lentos convoyes de carretas, por ve- 



EN EL INTERIOR 287 

loces postillones y por tropas de muías, que, envueltas en 
nubes de polvo, trotaban conducidas por los arrieros cuyos 
gritos se oían desde lejos en la planicie solitaria. 

Los paisanos de la llanura seca no pudieron, como 
los de la Pampa, morar en cualquier parte. En los campos 
húmedos y fértiles del litoral, el hombre encontraba, en 
todos los parajes, lagunas, prados cubiertos de hierbas y 
ganados errantes, que suministraban fácilmente elementos 
para la vida. Los habitantes de los yermos sedientos tu- 
vieron que radicarse en las proximidades de los caminos, 
por donde se t aían los objetos indispensables para la 
subsistencia; en los lugares menos hostiles;, en las balde- 
rías, donde la tierra, más generosa que la de las trave- 
sías y la de los salitrales, brindaba con su seno abierto 
el agua potable codiciada. 

El comercio entre el litoral, los Andes y las villas 
mediterráneas, que cruzaba toda la llanura seca por las 
rutas próximas a las diseminadas poblaciones, necesitaba 
de auxiliares para su trajín, y los encontró en los paisa- 
nos de esa llanura. Los arrieros, las peonadas conductoras 
de tropas y de carretas, procedieron principalmente de las 
poblaciones interiores. 

Los hombres, impedidos para el trabajo sedentario por 
la naturaleza de la región, organizáronse, en su mayoría, 
como transportadores. De ahí surgió un tipo social con 
caracteres peculiares: el de la tropa errante, que se parece 
al de la caravana oriental. Sarmiento ha descripto, en Fa- 
cundo, este tipo de nuestras provincias mediterráneas, creado 
por el comercio transportador. En una bella página señala 
la similitud entre la tropa de carretas que cruza la llanura 
desierta y la caravana de camellos que se dirige hacia 
Bagdad o Esmirna, y pinta al capataz como un caudillo 
asiático, que contiene con su fiereza la turbulencia de los 
filibusteros que ha de gobernar y dominar, él solo, en el 
desamparo del desierto. 

Es exacto el cuadro de Sarmiento. Estos hombres de 



288 EN EL PAÍS ARGENTINO 

la llanura interior, en gran parte arrieros y conductores, 
luchaban constantemente contra los peligros de las expe- 
diciones, asociados, bajo un régimen de disciplina, como 
si fueran guerreros. Las carretas, en larga hilera, cruzaban 
despacio, chirriando las ruedas macizas que se enterraban 
pesadamente en las hondas huellas; los bueyes, jadeantes, 
tiraban hostigados por las piernas y estimulados por las 
interjecciones; el capataz recorría, como un jefe militar, la 
columna en marcha. Durante la noche la caravana repo- 
saba, y la escena en torno del fogón tenía algo de pavo- 
rosa cuando el viento, que agitaba con ligero susurro las 
hierbas resecas, traía rumores lejanos que sugerían la pro- 
ximidad de la horda salvaje... 

Carlos Ibarguren. 

ll3. La vuelta de la zafra. 

En los plantíos y en los ingenios azucareros, al ter- 
minar el trabajo, cada peón tiene derecho a llevarse dos 
cañas. ¡ Y es de ver con qué amor las eligen ; cómo saben 
descubrir en una carretada, al primer vistazo, la caña más 
larga, la más gorda, la más madura, la más jugosa !... 
Salen para sus hogares en procesión, con una caña bajo 
el brazo, para la china y los indiecitos, y la otra, embocada 
como una larga flauta, que no suena, pero que sabe a 
gloria... La primera vez que los vi se me ocurrió que 
aquellos muchachos grandes iban de broma, remedando 
una grotesca estudiantina, con las cañas en la boca. No 
era así: iban metiéndoles el diente, devorándolas con el 
ansia de seis horas continuas de trabajo y de sed. Si se 
les permitiera, comeríanse cañaverales enteros. «Cada indio 
es un trapiche », suelen decir los dueños de los ingenios, 
para expresar su consumo de cañas de azúcar. Llega a 
calcularse que entre todas las peonadas consumen el dos 
por ciento de la cosecha, es decir, ¡ lo bastante para fa- 
bricar dos mil toneladas de azúcar! 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 289 

El espectáculo de la vuelta de los peones a sus ca- 
sas con las cañas, resultábame de lo más característico y 
atrayente. La chiquillería en cardumen corría por gru- 
pos a recibir al padre y peleaba por la caña, que él 
entregaba a la madre, no menos ganosa que sus hijos de 
hincar los blancos dientes en la dulce y pastosa fibra. 
Con un gran cuchillo separaba la china su parte y cor- 
taba por los nudos el resto, en tantos trozos como hijos. 
El vasto cuadro aparecía, en unos minutos, cubierto de 
muchachitos, chinas y peones, cada uno con su flauta en 
la boca, produciendo, al masticar la pulpa fibrosa, ese ru- 
mor áspero y sordo de los rumiantes cuando mueven a 
compás sus molares. Era el momento propicio para todos, 
hasta para las gallinas, los chivos y los perros, que co- 
rrían detrás de los chicos, esperando que tirasen la caña 
ya chupada y masticada, para comer ellos el resto. No 
faltaba así a nadie su ración. Y esto en todo el vasto cua- 
drilátero de las simétricas casitas de los peones, construi- 
das por el capital de los ingenios para alojar su contin- 
gente de braceros, y desparramadas entre el verde de los 
árboles, sobre cuya fronda volaban bandadas de palomas 
domésticas. En cada hogar hervía su fuego, donde se co- 
cinaba el locro de carne y maíz; pero nadie se arrimaba 
a la olla mientras quedara un bocado de caña. ¡ Y había allí, 
en aquella hora de regodeo, una alegría visible, que casi 
se podía tocar con la mano, y gozarla también. . . si nues- 
tra alma insaciable y penitente pudiera alcanzar de los 
dioses benignos esa suprema gracia de ser dichoso chu- 
pando una caña! 

Según Manuel Bernárdez 

IV. EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 

ll4. Mendoza, la moderna ciudad de los Césares. 

Los españoles del tiempo de la conquista encontra- 
ron, en algunas ciudades indígenas y regiones privilegia- 
das de América, riquezas fabulosas, como jamás se habían 



2^0 EN EL PAÍS ARGENTINO 

visto en la historia del mundo. Los templos y jardines 
del Cuzco y el natural cerro de plata de Potosí, por 
su magnificencia en metales preciosos, sobrepujaban los 
más atrevidos sueños de la princesa Cherezade en las 
Mil y una noches. Fácilmente se comprende el entu- 
siasmo de los conquistadores ante semejantes hallazgos, 
que a muchos hicieron millonarios en contados días y 
aun horas. España, por la ruina de sus industrias y los 
gastos de sus guerras, estaba a la sazón harto necesitada 
de recursos. Además, por un falso concepto de la época, 
se creía que la riqueza de los pueblos consistía, más que 
en sus producciones, en su acopio de oro y de plata. Las 
indias Occidentales, no sólo enriquecían a los conquis- 
tadores, sino que asimismo colmaban las arcas exhaustas 
del Estado. 

Excitada la árabe y latina imaginación de los espa- 
ñoles, como si fuera poco lo que traían entre manos, 
soñaron tesoros aun mayores que los del Cuzco y Potosí. 
Soñaron urbes que fueran todas de oro y de piedras 
preciosas, y las buscaron entre selvas y montañas, entre 
fieras e indios. Los mismos indios contribuyeron no poco 
a formar esas ilusiones. Para alejar a los españoles que 
los amagaban y desviarlos en dirección opuesta, azuzaban 
su codicia dándoles astutamente noticias imaginarias de 
la existencia de tales ciudades. Así nació la leyenda de 
Eldorado, cuya ubicación debía estar entre el Potosí y el 
Paraguay, y la de la ciudad de los Césares., situada hacia 
el Sur del continente. 

Aunque creación de la fantasía, la ciudad de los 
Césares, durante el coloniaje, era conocida y comentada 
hasta en sus menores detalles. Estaba defendida por 
murallas, con fosos, revellines y un puente levadizo en 
su única entrada. Los edificios eran de piedra, y los templos 
de oro. También de oro eran los muebles y adornos, espe- 
cialmente las sillas y butacas. De plata, otros enseres más 
humildes, como las ollas y cazuelas, y los arados. Los 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 291 

habitantes, rubios, altos, sobrios, inteligentes, gastaban 
casaca de paño azul, chupa gualda, zapatos grandes con 
hebilla, sombrero de tres picos. Por supuesto, nadie había 
visto con sus propios ojos nada de la ciudad ; pero algu- 
nos aseguraban haber oído el tañer de las áureas campa- 
nas. Tan popular era la leyenda en Chile que, al correr 
el año de 1782, temiéndose que la ciudad fantasma pu- 
diera ser presa del inglés, se levantó una sumaria para 
resolver el problema de su realidad y ubicación. Las con- 
clusiones fueron favorables. ¡ La ciudad de los Césares 
debía existir! 

Pues bien, la ciudad existe, en la parte meridional 
del continente; pero no de aquel, sino de este lado de 
los Andes. ¡Si la Atlántida fué una poética anunciación 
de Am.érica, Mendoza ha venido a ser esa fantástica ciu- 
dad de los Césares, que quiere decir ciudad de magnates 
y emperadores, o sea, para hablar en lenguaje más mo- 
derno, de grandes industriales y millonarios! Imponderable 
feracidad, para la producción de la viña y de los árboles 
frutales, hace de su suelo una Tierra de Promisión. 

Construida al pie de los Andes, a una altura de 761 
metros sobre el mar, blancamente se destaca sobre el fondo 
azulado de las montañas. Rodéanla interminables viñedos 
y huertas de árboles frutales. La parte vieja, donde vive la 
población trabajadora y obrera, se halla en el sitio que 
ocupó la antigua ciudad, destruida por el terremoto del 
20 de marzo de 1861. Aun se ven allí algunas ruinas 
como las de los templos de Santo Domingo y de San 
Francisco, cuyos espesos muros aplastaron cientos y milla- 
res de fieles que se habían refugiado en sus naves, creyén- 
dose protegidos por la solidez de la fábrica. Como llueve 
poco en Mendoza, las casas pobres son de adobe, con 
ligero techo de paja. La parte nueva, levantada después 
de 1861, se compone de un agradable conjunto de casas 
lujosas, aunque casi siempre bajas, por temor a los tem- 
blores de tierra. Felizmente, la moderna arquitectura ha 



292 EN EL PAÍS ARGENTINO 

inventado un sistema de flexibles construcciones de ce- 
mento con armazón de hierro. Se las cree seguras contra 
los terremotos, que, al sacudirlas, las hacen tambalear, sin 
echarlas al suelo. 

El agua corre abundante y turbia de arcilla por las 
acequias de las vías públicas. En aquel clima seco, repre- 
senta la riqueza, la vida de Mendoza. Las calles, bordea- 
das de árboles y empedradas con cantos del río, ofrecen 
un conjunto limpio y claro, j Lejos estamos de aquellos 
tiempos en que las gentes se bañaban en las acequias, ante 
las puertas de sus casas! Numerosas plazas matizan la 
nueva ciudad, que cuenta con un magnífico parque, hacia 
el Oeste, y con el nunca bien ponderado paseo del cerro 
del Pilar. Por todas partes, la exuberancia de la arboleda, 
generosamente regada, da a la ciudad un atrayente aire de 
parque. Hay todavía muchedumbre de álamos, planta intro- 
ducida por un español, Cobos, y que hizo merecer a Men- 
doza el apodo de la «ciudad de los álamos». En las calles 
centrales se los ha substituido por otras especies de árbo- 
les no menos hermosos, como los plátanos y los tipas, 
cuyas raíces no amenazan tanto las paredes de las casas 
y la regularidad del pavimento. Por todas partes desborda 
en la ciudad la profusión del riego, el agua que baja de 
las montañas en pequeños e innumerables caudales, verda- 
deros ríos de oro, que hacen de Mendoza la moderna 
ciudad de los Césares. 

Capital de la antigua provincia de Cuyo, no ha olvidado 
Mendoza, ni olvidará jamás, el gobierno desempeñado por 
el general San Martín, de 1814 a 1817, para formar el 
ejército de los Andes, con el cual dio libertad a medio 
continente. En ninguna parte es más hondo que allí el 
culto al Libertador. Por rico que sea el suelo de esta mo- 
derna ciudad de los Césares, contiene ella, pues, en todos 
los corazones, un tesoro aun más grande y más bello: el 
recuerdo de sus glorias. 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 293 



ll5. Las alboradas en la ciudad de Mendoza. 

Las alboradas de Mendoza son encantadoras. Al con- 
tacto de los primeros rayos de sol, los campos, humede- 
cidos por el rocío, exhalan vapores y perfumes delicados, 
Blancas nubéculas coronan la frente de las montañas asen- 
tadas sobre alfombras, en los momentos de dudosa claridad 
que preceden al día. La nieve desaparece de sus cumbres 
en seguida, y una faja roja las circunda. Las bases empie- 
zan entonces a pintarse del color de la amatista. Aquellos 
grandes promontorios adquieren instantáneamente un nuevo 
aspecto: se encandecen como si fueran de metal y ence- 
rraran en el seno inmensa retorta. A proporción que el sol 
se eleva, modifícase este colorido, que va fundiéndose pau- 
latinamente, hasta tomar el tinte de las rosas, precedente 
al del nácar, que le sucede cuando el luminar del día do- 
mina el vasto sistema de los Andes. 

El gorjeo de las aves anidadas en los almendros y 
los avellanos se une al canto del obrero y el labrador. El 
ruido que forman los carros y los coches ahoga las voces 
que saludan a Dios. La luz y la actividad madrugan en 
aquella ciudad, que no duerme sino para descansar de las 
fatigas del trabajo. La laboriosidad del mendocino es pro- 
verbial en la República. El cultivo de la tierra, que es su 
principal ocupación, ha excluido la molicie de todas las 
esferas sociales. 

Santiago Estrada. 

116. Travesía de la cordillera de los Andes 
por el paso del Portillo. 

,Eii 1869) 

No obstante el deseo que abrigábamos de conocer los 
históricos desfiladeros de Uspallata y sus maravillas natu- 
rales, tuvimos, mi compañero y yo, que tomar la vía del 
Poriillo, que conduce al Sur de Chile. Es este camino, 



294 EN El. PAÍS ARGENTINO 

más corto que aquél, el preferido por los granaderos a 
causa de la abundancia de pastos. Escogiólo nuestro ofi- 
cioso guía, cuyos servicios habíamos aceptado con grati- 
tud, y nosotros tuvimos que seguirlo porque estábamos a 
sus órdenes. 

Partimos en muía de Vista Flores (Mendoza) el 29 
de marzo. Mi compañero y nuestro guía se detuvieron en 
el camino para despedirse de algunos amigos. Yo me 
adelanté acompañado por un capataz que conducía a Chile 
una tropilla de caballos, varias aves, y entre ellas un loro, 
que no se resignó a marchar encerrado y se encaramó en 
el anca del caballo del amo. Poca variedad presenta el 
camino que media entre Vista Flores y la hacienda de los 
Chacayes. Este establecimiento toma nombre de un árbol 
que existe en sus alrededores. 

Cuando salimos de Chacayes, después de haber dado 
reposo a las cabalgaduras, declinaba el día. Al frente te- 
níamos las primeras ramificaciones de los Andes, y más 
allá, envueltas en nubes, las elevadas cumbres que debíamos 
escalar dos días después. Las piedras entorpecían la mar- 
cha de las muías; uno que otro guanaco aparecía a lo lejos. 
Varios rebaños de cabras se deslizaban por entre las pie- 
dras, hiriendo el espacio con sus balidos. La media luz de 
la tarde no permitía distinguir el quintral, de flores rojas, 
ni la hierba risilla que tapiza las oleadas de granito que 
preceden a la cordillera. En este sitio comienzan las mon- 
tañas a elevarse y a estrechar la distancia que las separa, 
hasta formar un gran claustro, de cuyo fondo brota una 
vertiente. El agua de este manantial se desliza a pocos 
pasos de la casilla de la guardia del Portillo. 

Luego que salimos de aquella especie de túnel, en- 
contramos un arroyo, que vadeamos sin dificultad. Inme- 
diatamente ascendimos la cuesta que conduce hasta el 
resguardo de la aduana argentina. Marchábamos por una 
quebrada encerrada entre dos filas de cerros salpica- 
dos de nieve. Dos grandes picos formaban el fondo de 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 295 

aquel cuadro colosal. El sol, que acababa de ocultarse, 
encerraba el horizonte, del cual se destacaban aquéllos 
como dos grandes pirámides de lapislázuli. La majestad 
de las montañas, la hora eminentemente triste y el canto 
de los pastores hablaron entonces a mi alma, con esa voz 
impregnada de misticismo que despierta en el hombre la 
memoria de la familia y de la patria. 

En el agreste lugar en que nos encontrábamos abun- 
daba la piedra pómez, empleada en Mendoza en la fabri- 
cación de filtros. La casucha del resguardo y sus muebles 
habían sido construidos con la misma materia. Las pare- 
des de la humilde habitación hacían las veces de álbum o 
registro, pues en ellas estaban inscriptos los nombres de 
los viajeros a quienes se había hospedado. 

Largo tiempo hacía que había anochecido cuando lle- 
garon mis compañeros, y con ellos los peones que con- 
ducían nuestros equipajes. Como todavía podíamos decir 
que estábamos en poblado, comimos conservas y un sa- 
broso asado tostado por la llama de los chacayes, que los 
peones encendieron al reparo de una gran piedra. 

Al día siguiente, cuando mis compañeros abandonaron 
la cama y el jefe de la expedición dio la voz de marcha, 
el sol se había levantado ya completamente, y, Júpiter de 
los astros, lanzaba desde las alturas sus rayos de fuego. 
Inclinamos de salida nuestro rumbo hacia el Sur y atrave- 
samos un camino pedregoso y desigual, que nos condujo 
a un plano cubierto de arena, en cuyo fondo pastaba 
tranquilamente una familia de guanacos. A poco trecho se 
tropieza con grandes aglomeraciones de piedras. Los ce- 
rros presentan un aspecto muy original. Algunos parecen 
órganos inmensos, cuyos tubos se elevan a una gran dis- 
tancia de la base. Otros cerros parecen colecciones de 
sólidos geométricos: sus cimas recuerdan el cono, el 
triángulo y el rombo. 

Empezamos a observar la modificación del calórico y 
de la vegetación. A medida que ascendíamos, el aire se en- 



:96 EN EL PAÍS ARGENTINO 

rarecía y enfriaba a causa de la elevación, que impide al 
sol derretir las nieves de las cumbres. Las capas superiores 
de la atmósfera, que se enfrían en las cimas envueltas 
en nieve, aumentan su densidad y bajan constantemente, 
arrojando el aire a las capas inferiores. Así se explica el 
frío intensísimo que se experimenta en los cajones de la 
cordillera. 

La composición de los terrenos ocasiona la esterilidad 
o abundancia de ciertos cerros. La abundancia sonríe a 
las montañas envueltas en tierra vegetal ; la esterilidad 
reina en los cerros cubiertos de estratificaciones. El ár- 
bol del valle no nace junto al arbusto achaparrado de las 
primeras zonas de la cordillera, ni éste se eleva donde 
apenas brota la hierba, que tampoco crece allí donde no 
encuentra aire respirable o no puede absorber el calórico 
necesario para su fecundación. . . Las grandes alturas no 
producen sino nieve y grandes pensamientos. En la cum- 
bre de los Andes yo he medido mi pequenez. La magni- 
ficencia de la cordillera causó en mi espíritu un efecto 
semejante al que opera en los vegetales la rarefacción 
del aire. 

En Mal Paso, digno de su nombre, encontramos al- 
gunos de esos emigrantes chilenos que, atravesando a pie 
los Andes, llevan a la República Argentina la ropa que 
los cubre, el deseo de mejorar su condición y la fuerza 
de su brazo infatigable. Allí vimos los primeros cóndores. 
Esta ave, cantada por los poetas, pertenece a la familia 
de los buitres. 

En Ojos de Agua, sitio precioso cubierto de vegeta- 
ción y regado por las vertientes de su nombre, compren- 
dimos que en las horas del día que nos quedaban no 
podíamos llegar al pie del Portillo, el primero de los ór- 
denes de montañas que teníamos que atravesar. Habíamos 
salido tarde de nuestro alojamiento, a lo cual se agregaba 
que los peones se habían quedado muy atrás con las ca- 
mas y las provisiones. Por ambas causas nos detuvimos 



EN La región central andina 297 

en Las Varetas, lugar frío y abundante en arbustos acha- 
parrados y espinosos 

Formamos nuestro campamento al reparo de unas 
grandes piedras, semejantes a los dólmenes de los druidas 
(monumentos célticos consistentes en una gran piedra 
horizontal superpuesta a dos o más verticales). Habíamos 
hecho alto en hora inoportuna: a las cuatro de la tarde. 
Pocas cosas hay que me molesten más que perder, por 
cualquier motivo, algunas horas de marcha. A esta inco- 
modidad se agregaba el encontrarme apunado (malestar o 
dolencia producido por la rarefacción del aire). Además, el 
lugar era sombrío, y al caer la tarde se nos presentaron 
dos viajeros, cuya pobreza y enfermedad me consternaron. 
Admitidos en nuestro campamento, partimos con ellos 
nuestras provisiones y nuestro fuego. Luego que se lamen- 
taron e hicieron su colecta, volvieron, a pesar de la noche, 
a emprender su interrumpida marcha. 

Las nieves que blanqueaban en la cumbre de las 
montañas y el fuego de nuestra hoguera de yareta inte- 
rrumpían, en lo alto y en lo bajo, la monotonía de las 
sombras. El silencio era alterado, de tiempo en tiempo, por 
el ruido de los rodados que descendían de las cimas al 
plano. 

Nuestro guía se acercó a mi cama, y, advirtiendo que 
yo estaba despierto y con la respiración fatigosa, me hizo 
levantar y me condujo junto al fogón. Luego que avivó la 
lumbre, me obligó a acostarme en su cama, que era más 
abrigada, y pasó toda la noche a mi lado, atendiéndome 
con la solicitud de un hermano. 

Los cuidados de mi amigo y el calor del fuego y de la 
cama me restablecieron completamente. En la madrugada 
del 31 de marzo emprendimos nuestra marcha hacia el 
Portillo, que pone en comunicación a las Repúblicas Ar- 
gentina y Chilena, y que el invierno cierra con barreras 
de nieve. Ascendimos inclinándonos hacia el Sur; bus- 
cábamos el boquete situado a nuestra izquierda. El camino, 



298 EN EL PAÍS ARGENTINO 

bastante ancho, está cubierto de una arena movediza, en la 
cual se hunden los cascos de las cabalgaduras. 

Desde cierta altura volví los ojos al espacio recorrido. 
En una zona más baja que la en que nos encontrábamos, 
se elaboraba una tormenta. Las nubes gravitaban sobre 
las muías conductoras de los equipajes. Nosotros las 
veíamos salir, unas después de otras, de adentro de aquella 
densa masa de vapores, iluminada a intervalos por el 
relámpago. 

Llegamos por fin al Portillo. Estamos en la cumbre 
de la montaña, que tiene a sus pies el pintoresco y fan- 
tástico valle de los Penitentes. Desde esta cima, situada 
a 4.000 metros sobre el nivel del mar, la mente domina 
con su mirada un grandioso panorama. Dondequiera que 
se fije la vista adquieren forma las visiones del espíritu. 
Se ven los Andes surgiendo de las aguas australes, si- 
guiendo la costa del océano Pacífico, pasando abrumados 
por el peso de la vegetación bajo el arco brillante de los 
trópicos y perdiéndose en las soledades de la América... 
Allí está la cuna del inmenso Amazonas, del caudaloso 
Plata, del soberbio Orinoco, del Cauca, del Magdalena y 
de doscientos ríos que fecundan con su limo las tierras 
colombianas. En el espacio brillan los fuegos del Misti, 
el Cotopaxi, el Pichincha y el Puracé, que alumbraron un 
día las bodas del Continente con la Libertad. Acá, en la 
base de la montaña, corre el tempestuoso mar del Sur, 
que refleja en sus corrientes la luz del Ave del Paraíso, 
del Fénix, del Áspid índico, del Triángulo y del Crucero, 
briíjulas celestes e inmutables que señalan perennemente 
el polo al perdido marino. Hacia el Sur se descubren los 
bosques frondosos de Chile; al Norte se percibe el humo 
de sus fundiciones de metales; a la espalda están las 
pampas inmensas de nuestra patria. Allí abajo se colum- 
pian el álamo, el olivo, la viña, el chirimoyo. En las la- 
gunas de los campos chilenos se posa el flamenco de ro- 
sado plumaje; en sus huertos floridos vaga el brillante 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 299 

picaflor buscando la miel de que carecen las siemprevivas 
y las violetas de la cordillera. 

Según Santiago Estrada. 

Il7. Valles vecinos a la ciudad de San Juan. 

Marchando al trote de cuatro fuertes caballos serranos, 
que sacaban chispas del pedregullo reseco, en cuya ruda 
y sedienta sociedad sólo medran los cactos, efectuamos 
una deliciosa excursión a la quebrada de Zonda, situada a 
cosa de tres leguas de la ciudad de San Juan. Por aquel 
camino de salida, donde una avenida de las aguas cor- 
dilleranas, lanzadas en furioso alud sobre la ciudad, so- 
cavó dos metros de nivel en menos de cuatro horas, se 
empieza a ver el singular aspecto de la naturaleza san- 
juanina: una serie de valles escalonados entre eminencias 
más o menos empinadas o abruptas, forman otros tantos 
vergeles en donde hay regadío, u otros tantos páramos 
hostiles y pedregosos donde falta el agua, elemento su- 
premo de la vida. En el sentido del trayecto que seguía- 
mos, charlando animadamente, quedaba a la espalda, más 
allá de la ciudad, el cerro llamado de Pie de Palo, a cuya 
falda verdean los viñedos. 

Al frente, los primeros cordones sistemados de la cor-'^ 
dillera se van escalonando, más altos cada vez; en sus 
intervalos dejan pintorescos y fértiles valles, escondidos 
como retiros de anacoretas. El primer cordón pétreo, el 
Zonda, extendido de Norte a Sur, ofrece sus amontona- 
mientos obscuros, amelonados y rugosos como lomos de 
rinoceronte. Está cerca, y su corteza y su perfil aparecen 
ásperos, mientras que las cumbres más lejanas se van 
dulcificando, arrebolando, hasta que las últimas, como espi- 
ritualizadas, vagamente celestes, se diría que flotan en la 
atmósfera. Detrás de ese primer cordón de serranía está 
el valle de Zonda, todo cultivado de viña, alfalfa y árbo- 
les frutales, entre los que el olivo impone su follaje d 



300 EN EL PAÍS ARGENTINO 

plata. En este valle invernan los ganados que se exportan 
a Chile. El Zonda ha sido tradicionalmente una región 
veraniega, y los ojos que lo ven en sus días de esplendor 
conservan de él un verdadero encanto. 

Andando un poco más, por un abra que parte el 
murallón pétreo de alto a bajo, aparece lejano, trémulo 
en el ambiente de la tarde, el altísimo Tontal, que llega 
hasta Uspallata, con su testa coronada dominando fiera- 
mente las eminencias de los contornos. Los valles culti- 
vados se suceden detrás de esas murallas ingentes: más 
allá del cerro que limita el Zonda está el valle de Mar- 
dona; después otro cerro, y el valle de Leoncitos; des- 
pués otro cerro, y luego rompe a reír, con toda su alegría 
floreciente, el espléndido valle de Calingasta... 

Al paso va apareciendo más concreto el paisaje. La 
flora cordillerana, austera de color y agresiva — cactos y 
brusquillas — se insinúa donde falta riego ; es aquello una 
siembra de espinas. Pero a la derecha se extiende, como 
un tapiz de terciopelo verde, bordado vistosamente con 
arboledas y caseríos, un vallecito encantador, La Bebida, 
que es a la vez pueblo veraniego de moda. Este valle ha 
sido antes el cauce de un río, del San Juan probablemente, 
como el mismo asiento de la ciudad es a todas luces otro 
cauce abandonado hace siglos. ¡Aquellos ríos son así! 
A lo mejor, después de haber cerrado su propio curso con 
el formidable arrastre de su corriente, se enojan y se echan 
a correr en otro rumbo, llevando el estrago por donde 
atropellan. Pero, justo es reconocerlo, el cauce que queda 
detrás se transforma en un huerto; abona, pues, el río una 
especie de compensación por las tierras que brutalmente 
oxpropia para labrar su nuevo cauce. 

Según Manuül Biíunáudez 



EN La región CENTRAL ANDINA 301 



118. Una bodega.. 

Llámase con razón al país de Cuyo — es decir, a las 
provincias de San Juan y Mendoza — la « patria de la 
vid». En pocas regiones del mundo se produce esta planta 
con tal exuberancia, y en ninguna con mayor. Existen allí, 
fructíferos viñedos, cuyas generosas vendimias se aprove- 
chan en la confección del vino. San Juan y Mendoza 
poseen los más importantes establecimientos vitivinícolas 
de toda la América hispánica. Para hacerte una idea de la 
industria, joven lector, deberías visitar algunos de esos 
ingenios, si te fuera posible. 

Después de atravesar las ricas hectáreas de tierra 
donde las plantaciones de vid forman líneas paralelas, entras 
en el ingenio mismo o las <^ bodegas». Allí se pisa la 
uva y se deposita el mosto en barriles, para que fermente 
y envejezca, hasta adquirir el preciado sabor y color del 
buen vino. Las bodegas, en general, se construyen en 
lugares de quietud, en terrenos sanos, con dobles techos, 
dobles paredes y dobles puertas; son de higiénica ven- 
tilación, y los pisos, como los muros, se revocan con 
morteros hidráulicos. Al entrar en ellas y al trabajar debe 
evitarse la acción de la luz solar directa, lo mismo que 
el aire cargado de oxígeno electrizado ; sólo así se fabrican 
vinos de buena calidad. Por todas partes hay comodidad 
y aseo, y doquiera que dirijas la vista, notarás una 
competente dirección. 

El departamento de las bodegas, parte capital del 
ingenio, comprende las secciones de elaboración, fermen- 
tación, maquinaria, depósito y tonelería. En la bodega de 
elaboración se ve cierta máquina llamada «demoledora», 
movida a vapor y colocada sobre un gran estanque metá- 
lico, en el que se mezcla y refrigera el mosto, antes de 
ser llevado, mediante una bomba centrífuga, a la bodega 
de fermentación. Ésta comprende grandes piletas de man- 



302 EN EL PAÍS ARGENTINO 

postería provistas de sus respectivas compuertas, y de un 
diafragma para la sumersión del orujo. Cada pileta está 
dotada de refrigerantes, unidos por un sistema completo 
de cañerías a la máquina frigorífica, con el objeto de 
dominar oportunamente las altas temperaturas que alcanzan 
en aquel clima los mostos en fermentación, asegurando de 
tal manera la marcha normal del proceso, y, por consi- 
guiente, la calidad de los vinos. En ciertos ingenios de 
San Juan existen las más vastas, poderosas y completas 
instalaciones frigoríficas que se aplican en el mundo entero 
a la vinificación. Una bomba a vapor facilita el trasiego 
de los vinos nuevos a la bodega de depósito. La bodega 
de depósito está a un nivel un poco más bajo del suelo ; 
es semisubterránea. La singular disposición de sus dobles 
techos y paredes, dotados los techos de poderosos venti- 
ladores, permite mantener, aun en los días más ardientes 
del verano, una temperatura algo baja. Completan las 
reparticiones indispensables, vastos talleres mecánicos, he- 
rrería, carpintería, etc., para la fabricación y reparación de 
herramientas y maquinaria. Un elegante chalet sirve de 
local a la administración. El establecimiento representa un 
capital de varios millones de pesos. 

Al visitar las bodegas, probablemente el oficioso guía, 
para hacerte conocer los productos del establecimiento, te 
invitará a catar vinos de distintas clases y épocas. ¡Mucho 
cuidado! En la probanza del cálido licor de este y de 
aquel barril, con un trago de vino tinto y otro de vino 
claro, con tal del seco y cual del dulce, corres el riesgo 
de echarte entre pecho y espalda mayor cantidad de la que 
soportan tu cabeza y tu estómago. Puedes caer en ese 
mísero estado de beodez, que hace perder al hombre su 
inteligencia y su dignidad. El vino, que en pequeñas dosis 
alegra tanto las fiestas y el ánimo, tomado continuamente 
o en abundancia es un verdadero veneno. 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDLNA ■SOS 



ll9. La noche en las montañas de la Rioja. 

La sierra de Velazco anuncia ya con sus picos atre- 
vidos, donde las nubes bajan a formar diademas, la gran 
cordillera de los Andes. Son esas montañas, inagotables a 
la observación. Cuando se ha creído conocerlas, nos sor- 
prende el morador de sus valles con noticias de un mo- 
numento histórico o de la Naturaleza, del hombre culto o 
del indígena extinguido. Las huellas de este último se en- 
cuentran frescas todavía en el suelo y en las costumbres, 
en la habitación y en la fortaleza, en los usos y en los 
festivales de sus descendientes. 

Rastros de los ejércitos de la conquista ; restos de la 
tosca vivienda del misionero, a quien no arredraron las 
flechas ni los desiertos; muestras indestructibles del es- 
fuerzo civilizador en la construcción del granito : todo esto 
se ve diariamente en el tortuoso camino que abre paso 
hacia las comarcas donde se pone el sol. Enormes masas 
de piedra, cuya altura aumenta a medida que se avanza, 
los flanquean por ambos lados; y así, por largo espacio, 
parece aquella hendedura la selva que, poblada de tan ra- 
ras bestias, extravió al poeta en el Infierno. 

Allí la noche tiene lenguaje y tinieblas extraordina- 
rios. El viajero marcha inconsciente sobre la muía, por 
entre bosques de árboles gigantescos y casi desnudos, que, 
al aproximarse en la obscuridad, se asemejan a espectros 
alineados que esperasen al caminante para detenerle con 
sus manos espinosas. Se siente a su aproximación ese frío 
que inmoviliza y espeluzna, cuando, con la imaginación 
excitada por el terror de lo desconocido, nos figuramos 
vagar entre los muertos. 

¡Y qué soledad tan llena de ruidos extraños! ¡Qué 
armonía tan grandiosa la de aquel conjunto de sonidos 
aunados en la profunda noche de la altura! El torrente 
que salta entre las piedras, los gajos que chocan entre sí, 



304 EN EL país argentino 

las miríadas de insectos que en el aire y en las grietas 
hablan su lenguaje particular, el viento que cruza estre- 
chándose entre las gargantas y las peñas, las pisadas que 
resuenan a lo lejos, el estrépito de los derrumbaderos, los 
relinchos que el eco repite de cumbre en cumbre, los 
gritos del arriero que guía la piara por entre sombras den- 
sas, como protegido por genios invisibles, cantando una 
vidalita lastimera que interrumpe a cada instante el seco 
golpe de su guardamonte de cuero, y ese indescriptible, 
indescifrable, solemne gemido del viento en las regiones 
superiores, semejante a las notas de un órgano que hubiera 
quedado resonando bajo la bóveda de un templo abando- 
nado : todo esto se escucha en medio de aquellas monta- 
ñas, es su lenguaje, es la manifestación de su alma hen- 
chida de poesía y grandeza. 

Esos músicos de la montaña, los vientos, como artis- 
tas novicios, se ocultan para entonar sus cánticos. La luz 
los oprime, los coarta, como si vieran un auditorio en los 
demás objetos de la selva; porque, en las noches de luna, 
cuya claridad ilumina los huecos más recónditos, la es- 
cena cambia como movida por un maestro maravilloso. 
Los estruendosos acordes, los crecsendos colosales, los 
rugidos aterradores que surgen del fondo de las tinieblas, 
se convierten en melodía dulcísima, casi soñolienta, como 
si todos los seres que allí viven tuvieran miedo de turbar 
la serena marcha de esa sonámbula del espacio, que, des- 
plegando blancos tules, cruza sobre las montañas, las lla- 
nuras y los mares. 

Alzando los ojos a la cima pueden entonces distin- 
guirse, sobre el fondo límpido del cielo, los contornos ca- 
prichosos de las rocas, que ya figuran torreones o cúpulas 
ciclópeas, ya grupos de estatuas levantadas sobre tamaños 
pedestales. La imaginación se puebla de idealizaciones 
sonrientes, suaviza las curvas del dorso granítico, da for- 
mas humanas a los rudos contornos de la piedra, y ve 
deslizarse por las laderas, bajo el plenilunio, fantasmas de 



EN LA REGIÓN CENTRAL ANDINA 305 

mujeres luminosas que pasan deshojando coronas de flo- 
res silvestres, y aplícase el oído para percibir el canto 
melancólico perdido en las alturas. El torrente resplandece 
ai quebrarse entre los peñascos, y los juegos de luz dejan 
aparecer las visiones de mármoles diáfanos y animados, 
que luego se desvanecen entre las grietas y los arbustos. 
Risas cadenciosas surgen de aquellos baños fantásticos y 
gritos infantiles, arrancados quizás por el contacto de una 
hoja con el cuerpo terso y transparente de las vírgenes 
que juegan entre las espumas. 

Según Joaquín V. Gomzález. 

120. El valle de Catamarca. 

La provincia de Catamarca pertenece casi por entero 
a la región andina. Varios ramales de los Andes vienen 
a fenecer en su territorio, donde se levanta el Aconquija. 
El suelo es irregular, aunque hay valles bastante exten- 
sos. El aspecto físico de la provincia es variado : picos 
eternamente blancos, campos áridos, valles de una prima- 
vera continuada, bosques de gigantescos árboles, campiñas 
atravesadas por mansos arroyuelos. 

El valle de Catamarca es el más fértil y mejor culti- 
vado de la provincia. Tiene la forma de un ángulo como 
de 45 a 50 grados, formado por el Ambato al Occidente 
y el Aneaste al Oriente, y con su vértice a siete leguas 
de la capital, en Romancillo. Mide unas cincuenta leguas 
de largo. Es regado por el río del Valle Viejo o de Ca- 
tamarca, cuyo nacimiento tiene origen en la parte alta del 
Norte del Ambato y las barrancas del Puesto de Bazán. 
Desciende por la quebrada de la Puerta, cruza unas siete 
leguas por el Valle Viejo, entra después en el valle de 
Catamarca, atraviesa la capital y va a perderse en los 
arenales. 

El valle abunda en pastos y posee árboles naturales de 
variadas clases. Se extiende hasta el campo que limita con 



306 EN EL PAÍS ARGENTINO 

la provincia de la Rioja por el Sur, y por el Sudeste con 
las salinas de Córdoba, donde la vegetación se despoja 
de todas sus galas. Hacia el Sur y en el centro hay pozos 
de balde o molinos, que suplen la falta de agua para los 
ganados. El suelo es generalmente arenoso e igual. 

La capital de la provincia se halla situada en la parte 
Noroeste del valle de Catamarca. Siendo esta región la de 
su mayor altura, las montañas escalonadas a sus flancos 
y las vegetaciones de las poblaciones vecinas ofrecen una 
perspectiva hermosa y variada. Por un lado los árboles 
elevadísimos de las quintas, por otro las altas cumbres, 
por otro el mezquino desarrollo de la vegetación silvestre 
que separa las alegres y sucesivas poblaciones, por otro 
las praderas de hierbas menudas, todo, en fin, forma un 
magnífico panorama de la Naturaleza. 

El clima es benigno y sano, fuera de los meses de 
diciembre y enero, demasiado calurosos en los puntos 
más bajos. El invierno es tan suave que rara vez llega 
a congelarse el agua durante la noche. La lluvias caen 
de tarde en tarde, y, poco copiosas en verano, son rarísi- 
mas en invierno. Suele reinar, especialmente en el otoño 
y el invierno, un viento del Norte bastante fuerte y seco, 
y no faltan durante todo el año corrientes de aire que 
renuevon perennemente la atmósfera. 

Sesún Peijerico Espi-caE. 

V. EN EL NORTE 

121. Panorama de la ciudad de Salta. 

Acostada en el fondo del valle de Lerma, la ciudad 
de Salta se reclina graciosamente en la falda de su cerro 
de San Bernardo, que vio a sus pies desarrollarse los 
episodios de la batalla historie?., gloriosa victoria de Bel- 
grano ; aun los sintió en su cumbre misma, donde, una 
vez declarada la derrota, se refugiaron algunos tercios 
deshechos del ejército de Tristán, y allí fueron rendidos- 



EN EL NORTE 



301 



por las fuerzas patriotas. Es, pues, el cerro un vecino pro- 
tector, un testigo ocular de la dramática epopeya gaucha; 
para la ciudad constituye un punto de excursiones, desti- 
nado a ser, con el tiempo, encantador y concurrido paseo. 
Representa, además, un poderoso auxiliar para el viajero 
apurado y nervioso, que lo quiere ver todo de una mira- 
da, pues desde su altura se domina el hermoso panorama 
de la ciudad y del valle. 

Como tantos otros viajeros curiosos y ávidos de emo- 
ciones, debo este servicio al cerro de San Bernardo. Trepé 
por él cierta mañanita de claro sol salteño, acompañado 
de tres gentiles amigos. En aquella ciudad de Salta, original 
para nuestros tiempos de áspero escepticismo afectivo, se 
conserva tan sano, tan ingenuo y tan cordial el espíritu 
de la hospitalidad a la antigua española que las relacio- 
nes del día anterior son como amistades de toda la vida. 
Subí, pues, con tres amigos, que no nombro porque no 
me acuerdo del nombre de uno de ellos y no quiero que 
se me quede nadie en el tintero. Ellos saben que yo sé 
quiénes eran, conocen la afectuosa sinceridad de este re- 
cuerdo, y basta. 

El cerro es duro de subir, y los caballos llegan ja- 
deando. Está cubierto de cebiles nuevos, que enmarañan 
la cumbre y le quitan la aridez de los montes pelados. 
Allá arriba, en la cumbre, una gigantesca cruz abre los 
brazos protectores sobre la ciudad; las nubes llegan a 
veces a envolver la cúspide del monte, y, mirando desde 
abajo, se ve emerger la cruz en el cielo, rígida como si 
saliera de un limbo luminoso y candido... 

Aquel día la mañana tenía cristalina diafanidad. Aso- 
mados a la arista del monte, sentados en unas piedras 
que refuerzan la base de la cruz, gozábamos el paisaje 
que allí abajo se ofrecía, pintoresco y lejano, como detrás 
de un tul azulado, pero admirablemente diáfano, que de- 
jaba ver, como a través de un sueño, los detalles del 
cuadro panorámico que se desarrollaba en el valle. Prir 



308 EN EL P/ÍS ARGENTINO 

mero, abajo y cerca, como si descendiesen a pico desde 
la cumbre, huertas extendidas entre el monte y la ciudad, 
semejantes a tapices bordados con los varios matices del 
verde. A la derecha, el histórico campo de Castañares, por 
donde apareció el ejército de Belgrano sobre las huestes 
realistas, que lo esperaban por el Portezuelo, única entra- 
da conocida y posible entonces para la ciudad de Salta, 
viniendo de Tucumán, como venía el ejército patriota. En 
el centro del campo de Castañares, que en el tiempo de 
la batalla era un bosque fragante de churquis (el llamado 
espinillo o aroma en el litoral), se erguía hasta hace poco 
la cruz que Belgrano mandó alzar « en memoria de los 
vencedores y vencidos », enterrados todos en una vasta 
hoya, que agregó a la igualdad de la muerte la fraternidad 
perdurable de la fosa común. Ahora se levanta allí un 
monumento costeado por el pueblo. 

Desde la altura del cerro de San Bernardo es de don- 
de Salta aparece con todo su aire gracioso y típico de 
ciudad española de pura estirpe. Con sus tejados a dos 
aguas, de teja acanalada, sus largos canalones de estaño 
acabados en pico de pájaro, que salen de las cornisas 
para echar, cuando llueve, el agua de los techos sobre 
los transeúntes; con su arquitectura sobria y maciza, en 
que luce la reja moruna y suele hacer su aparato de arte 
decorativo el dibujo arabesco, esculpido en vetustas por- 
tadas conventuales; con sus numerosas torres de iglesia 
y su apacible sosiego de ciudad recatada y sedentaria. 
Salta se ofrece a los ojos como una pequeña Burgos, llena 
de gracia, de decoro y de sencillez en la vida, y de carácter 
en sus aspectos histórico y pintoresco y en sus nobles 
reminiscencias. 

Los compañeros de excursión van detallando el pano- 
rama, que, en sus líneas generales, después del cerro aquí 
por nuestro lado y el campo de Castañares por la dere- 
cha, se extiende en el frente hasta la serranía de San 
Lorenzo, a cuya falda, como una bandada de palomas posa- 



EN EL NORTE 309 

das al azar, destacan sus siluetas atractivas, entre verdo- 
res realzados por la nota escarlata de los ceibos en flor, 
las villas del delicioso pueblo veraniego donde la aristo- 
cracia salteña disfruta el ideal agasajo de una temperatura 
de primavera. Durante los ardientes meses del estío, San 
Lorenzo es realmente un risueño paraíso, un retiro agreste 
y patriarcal. 

Fijando más acá la mirada, el caserío apeñuscado, 
blanco y risueño, la ciudad alineada con sus manzanas 
simétricas, se ofrecen ya concretos al examen. Y lo primero 
que llama la atención es un núcleo de « ciudad nueva » 
que se ve condensarse a la derecha, dejando un vacío 
entre su recinto y la « ciudad vieja ». interrogo sobre este 
dualismo, y me lo explican en una frase, señalando hacia 
la ciudad nueva: «Allí está la estación del ferrocarril». 
¡ Es claro, allí está el progreso, ese bárbaro moderno, 
que destruye las seculares armonías con su arrastre pe- 
rentorio y brutal! Aquello era campo liso y despoblado, 
dormido bajo la leyenda de la jornada épica que turbó 
su silencio tantos años atrás. Pero llegó la locomotora, 
apresurada y silbando; y, como si su silbido fuera un 
toque de llamada, todo un trozo de la ciudad marchó ha- 
cia aquel rumbo y se amontonó en orden, declarando, con 
el gesto autoritario del progreso, que allí estaba la cabe- 
cera de la ciudad. Y así ha tenido que ser, porque, detrás 
de la estación, en el valle, surgieron el Buen Pastor, el 
Palacio de Gobierno, espacioso y lindo, la «usina» de luz 
eléctrica, un convento de padres redentoristas, un hermoso 
hospital, el Asilo de Huérfanos, casas particulares, una 
plaza, ¡en fin, un pueblo, todo él congregado, a partir 
de 1890, como un majestuoso cortejo de notabilidades 
provincianas, en torno de Su Alteza la Ferrovía! 

La ciudad vieja ofrece, sin embargo, un sabor más 
grato, de hospitalaria sencillez y de distinción hidalga. Des- 
tácanse en su macizo pintoresco las plazas de Belgrano y 
9 de Julio; ornadas de grandes árboles, ponen notas de- 



.310 EN F.L PAÍS ARGENTINO 

color amable en la austeridad del blanco de las paredes 
y en la aridez obscura y uniforme de las techumbres. 
Sobre el nivel de los edificios — en el cual la azotea, sin 
quitar el dejo morisco del estilo arquitectónico, suele agre- 
gar una comodidad a la casa y una variante a la vista — 
álzanse las torres y las cúpulas de media docena de igle- 
sias: la catedral, de ingenuo estilo, no exento de grandeza; 
el centenario convento de San Francisco, con una torre 
moderna que domina las demás alturas de la ciudad; la 
« capilla del Obispo », que no es sino la antigua catedral, 
y la torre de la Merced... Allí, en esa torre de la Merced, 
que desde arriba se ve chiquita, como agobiada en su 
vetustez por el peso de la cruz que la remata, flameó el 
poncho azul y blanco de Dorrego, anunciando la victoria 
del ejército patriota... 

Todavía, antes de espaciar la mirada hacia la izquier- 
da, se hacen notar dos rasgos característicos de Salta: los 
tajaretes o zanjas de desagüe, destinados a ser suprimidos 
por las obras de salubridad, y los burritos leñeros, que 
por el Portezuelo entran en largas arrias, todas las maña- 
nitas, trayendo cargas de leña seca. Ellos mismos, los sa- 
gaces y diligentes animales, las reparten a domicilio; el 
burro llega a la puerta, llama no sé cómo, entra hasta el 
fondo de la casa y entrega su carga a la cocinera, todo 
con tanta inteligencia como un vendedor ambulante... Ade- 
más, el burrito leñero viene a tener casi la categoría de 
barrendero y basurero de la ciudad, porque, al efectuar su 
reparto, va recogiendo de paso y echando a su insaciable 
buche cuanto halla por las calles, con tal que tenga si- 
quiera una apariencia de cosa comestible. A las diez de 
la mañana, estando ya las cocinas provistas y las calles 
limpias, los burritos, satisfechos y livianos, con la concien- 
cia del deber cumplido, emprenden el regreso en largas 
caravanas, por la calle Alvarado, que corta por el eje la 
ciudad; la siguen en su prolongación hasta que, oblicuando 
ligeramente, se convierte en agreste camino, y por él mar- 



EN EL NORTE 311 

chan para transponer el puente de la antiquísima Zanja 
Blanca, que corre entre la ciudad y el cerro San Ber- 
nardo ; repechando luego el boquete del Portezuelo, se 
pierde poco a poco en los enrevesados vericuetos de 
la senda serrana. . . 

Hacia la izquierda extiéndese en lontananza, a lo 
largo, el justamente ponderado valle de Lerma. Crúzalo 
por el centro el ferrocarril qus va de Salta a Zuviría y 
Talapampa, donde el valle se acaba y muere en la que- 
brada de Escoipe, puerta de los valles Calchaquíes. Mi- 
rando desde la altura del cerro de San Bernardo, se dilata 
el valle encantador, hasta la lejanía indecisa, de un celeste 
desvaído. Primero, entre los cuadros obscuros de los ras- 
trojos, verdean alfalfares y cebadales, en que se adivina la 
bendición del regadío. Arbolados de fincas, como islas de 
sosiego en aquel piélago afanado de trabajos agrícolas, 
destacan sus manchones verdinegros, en cuyo centro blan- 
quean alegremente las viviendas. Una extensa alameda 
de gigantescos álamos carolinos se desarrolla como una 
cinta verde sobre el suelo blanquecino ; sale de la ciudad 
y avanza larga distancia, hasta llegar al puente de. Are- 
nales. Pasando el río Arias se insinúan turgencias de loma: 
son los Cerrillos, cuyas hondonadas servían de escon- 
dite a los tenientes de Quemes, para disimular su pre- 
sencia, mientras rondaban la ciudad, preparando una de 
aquellas fiestas del valor que diezmaban un escuadrón 
realista, o arrebataban una patrulla a la vista del ejército, 
o sacaban de la misma ciudad a la cincha a un centinela 
enlazado del pescuezo, entre las imprecaciones de la 
guardia, sorprendida por la terrible audacia del gaucha- 
je. . . Ahora Cerrillos es simplemente una estación ferro- 
viaria de mucho movimiento, porque frente a ella desem- 
boca en el valle de Lerma la quebrada del Toro, por 
donde vienen las tropas de carros que conducen desde 
Tres Morros, a 200 kilómetros de distancia, la riqueza de 
ias borateras salteñas, cuya excelente calidad compite con 



312 EN EL país argentino 

las mejores de la Puna. Alrededor de la estación ferro- 
viaria, las bolsas de bórax se apilan en montañas. 

Más allá de Cerrillos, mejor dicho, desde que se pasa 
el río Arias, a ambos lados de la vía férrea, se extien- 
den los tabacales, que dan una fisonomía propia a la vida 
de este rico valle de Lerma, el cual, con un riego abun- 
dante, puede transformarse en una vega cubana. Las par- 
celas de tierra con regadío cobran crecidos arrendamien- 
tos y procuran buenas ganancias al arrendatario ; y así como 
en Tucumán todo el mundo tiene algo que ver con el 
azúcar, en Salta no hay casi persona activa que no esté, 
de un modo o de otro, ligada a plantaciones de tabaco y 
a la industria correlativa del engorde de novillos para ex- 
portar a Antofagasta. Este negocio de engordar novillos 
para el consumo de los mercados de Chile es un renglón 
importante, que ocupa muchas actividades en los valles 
sáltenos. Desde arriba del cerro veíamos en las chacras 
las manchas variopintas de los grandes novillos que pastaban 
en los alfalfares. Son excelentes animales, de origen cha- 
queño, grandes y fuertes, inmunizados por su procedencia 
contra las epizootias reg.onales. Son muy huesudos y lar- 
gos de patas; pero esto, que en las estancias de Buenos 
Aires constituiría un defecto, representa en Salta una pre- 
ciosa ventaja, pues da a los novillos la indispensable apti- 
tud para las grandes travesías con que tienen que ir a 
buscar el mercado, a cien leguas, al otro lado de la cor- 
dillera, por sendas tan ásperas que hay que errar a las 
reses, para que no queden deshechas en el camino. Este 
negocio de engorde y exportación de ganado a Chile no 
ha alcanzado sus naturales proporciones, porque la repú- 
blica vecina, protegiendo la industria de sus ganaderos de 
las estancias del Sur, cobra un fortísimo impuesto por res 
a las importaciones argentinas. 

Tal es el vasto panorama de la ciudad de Salta, con- 
templada desde el cerro vecino, y tales son los recuerdos 
de su pasado y las observaciones sobre su presente que 



EN EL NORTE 313^ 

sugiere la contemplación de su belleza y su prosperidad. 
Ganadera, hortícola, dueña de esa maravillosa huerta del 
Campo Santo, donde el naranjo y el chirimoyo confunden 
sus azahares; tabacalara, azucarera también ; balnearia, con 
sus fuentes termales, privilegio exclusivo de la Naturaleza, 
Salta, la antigua, la hidalga, la industriosa, es una de las 
regiones más fértiles y ricas de la República Argentina y 
del mundo entero. 

Según Manuel Bernárdez. 

122. Los «tajaretes» de Salta. 

La configuración del suelo presenta en Salta, especial- 
mente en el valle de Lerma y sus alrededores, la clásica 
peculiaridad de los taj aretes. Desde los tiempos de la 
conquista se ha llamado así a unas breves quebradas, que 
son como tajos o hendeduras de la montaña, o bien como 
zanjas angostas y a veces bastante profundas, socavadas por 
las aguas pluviales. Generalmente están secos; tomaríanse 
por una especie de caminos naturales, en los que puede 
marchar cómodamente un hombre, desapareciendo hasta 
la coronilla a las miradas de quienes andan por el valle o 
la montaña. Con su fondo de lavadas piedras y sus paredes 
cubiertas de heléchos y de flores silvestres, brindan al 
viajero, en las horas de sol, fresca y discreta sombra. 

Durante la guerra de la Independencia constituyeron un 
precioso recurso para los gauchos montoneros de Güemes. 
Después de haber acosado al enemigo, desesperándole con 
sus inesperados ataques, hombres y caballos desaparecían, 
como sumidos en la tierra. Metíanse en algunos de los 
muchos tajaretes, donde era casi imposible descubrirlos, por 
el sesgo y caprichoso curso de la hendedura, que, al 
serpentear por la montaña, formaba en cada curva o pliegue 
un escondite. Después de descansar y reponerse hombres 
y potros, emprendían de nuevo, en el momento más 
imprevisto, el ataque o la carrera. 



314 EN EL PAÍS ARGENTINO 

Tuvieron capital importancia los tajaretes en la fundación 
de la ciudad de Salta; débeseles la elección del sitio 
donde se levantó, y hasta su curioso y eufónico nombre, 
que se extendió a toda la región. La belleza y feracidad 
del valle de Lerma no fué lo que determinó a los 
conquistadores españoles, en 1582, a echar los cimientos 
a la ciudad. Como las demás poblaciones indianas, nació 
más bien de la militar necesidad de la defensa contra 
los indígenas. Vecinos estaban los belicosos Calchaquíes, 
a quienes nunca pudo verdaderamente reducirse. Pues 
bien, los tajaretes del lugar significaban una gran ventaja 
para la guerra, sirviendo de inagotables fosos y contra- 
fosos. El nombre de Salta dado a la nueva población 
proviene, según los cronistas, de una frase típica, repetida 
a cada momento, ya en burlas, ya en serio, por aquellos 
animosos conquistadores. Cuando alguno se hundía en 
las quebradas, donde corría si acaso un arroyuelo, decía- 
sele: «¡Salta, salta, para que no te ahogues!». 

123. Los ríos de Jujuy. 

El magnífico panorama de Jujuy es, puede decirse, el 
mismo en todas las estaciones: los valles y faldas están 
siempre verdes, y las altas cumbres siempre blancas. Sólo 
cambian los ríos en las crecientes. Ni por su manso 
aspecto habitual, ni aun por las señales que dejan de su 
obra destructora, es posible formarse una idea de lo que 
son los ríos de Jujuy cuando se desbordan. Es necesario 
haberlo visto, y entonces el espectáculo es imponente. 
Durante la mayor parte del año, uno de estos ríos es apenas 
bulliciosa corriente, que, en un espléndido marco de mon- 
tañas cubiertas de lujuriosa vegetación, se desliza ser- 
penteando sobre un manto de piedras rodadas. De orilla 
a orilla, mide unos cuatro, cinco o diez metros. Pero el 
plano cubierto de rodados, que denota las proporciones 
que el río llega a alcanzar, presenta un ancho de cuatro- 



EN EL NORTE 31& 

cientos a quinientos metros de una a otra barranca. Sobre 
este pedregal crecen pequeños árboles que lo han inva- 
dido : tuscas, churquis, breas y garabatos. En él hay mo- 
les de piedra que las aguas han arrastrado y que pesan 
cuatro o cinco toneladas, troncos de gigantes ceibos, no- 
gales, tipas o cebiles, que las lluvias descuajan, y en las 
orillas largos trechos de barrancos desmoronados. Tal es 
el aspecto genérico de los ríos jujeños, hasta el día en 
que, llegando densas nubes del Sudeste, se precipitan por 
las faldas de los cerros en que nacen... 

De pronto, los rumores aumentan y se aproximan. 
Vese flotar una masa de árboles que vienen rompiéndose 
y arrastrando las piedras y obstáculos a su paso; el le- 
jano rumor se convierte en un trueno continuo; los árbo- 
les del pedregal caen, la corriente se los lleva, se alejan ; 
el valle queda cubierto por la masa de las aguas que se 
han enrojecido con las areniscas componentes de los 
cerros. La corriente, concentrando su fuerza sobre puntos 
determinados, por las curvas que describe, desmorona 
barrancos y se diría que hasta arrastra los mismos ce- 
rros. La duración de estas avenidas es variable, pues de- 
pende de la cantidad de agua; pero siempre son de la- 
mentables resultados para los agricultores, que unas veces 
pierden con ellas las bocatomas de sus acequias, y otras, 
si los sembrados están próximos al rio, buenas fracciones 
de tierras cultivadas. Cuando el caudal de agua disminuye, 
cesa la inundación y el río vuelve a su cauce normal, 
sólo queda, en vez de los montecillos que invadían el 
pedregal, el amplio manto de piedras lavadas por las 
aguas. 

Según EOUAHUU A. HuLHBSHG (14J0). 



^6 



EN EL país argentino 



124. Erl indio viejo. 



Era un indio viejo y pobre 
que vivía allá en Jujuy, 
solitario en su ranchito, 
que en una quebrada vi. 
Tocaba el indio la quena 
con tan tristes sones y 
con tanta melancolía 
como nunca, nunca oí. 
Nadie había en la quebrada, 
desde la punta hasta el fin ; 
nadie, nadie que cantase 
como él un yaraví. [pos, 

Cuentan que en sus buenos tiem- 
al llegar el mes de abril, 
el indio de la quebrada 
se aprestaba para ir 
con su quena y con sus bailes 
a la feria de Jujuy, 
y que ninguno como él 
bailaba — dicen así — 
chacareras y palitos 
al son de bombo y violín. 
Refieren en la comarca, 
desde Humahuaca a Yaví, 
que cierta vez un señor 
que recorría el país, 
le oyó cantar y le dijo: 




— Si usted me quiere seguir, 
venga conmigo y ganamos 
mucha plata por ahí. 

— Gracias, señor; pero de este 
rancho no me quiero ir. 

— Saldrá usted de la pobreza 
de este sucio cuchitril, 

con bailar la chacarera 
o cantar un yaraví. 

— Señor, en este ranchito 
esperando estoy mi fin. 

— Conocerá nuevas tierras, 
conocerá su país... 

— Le agradezco, señor ; pero 
no quiero salir de aquí. 

— Usted vive solitario 
a cien leguas de Jujuy, 
sin familia sin amigos, 
sin tener que comer, sin 
abrigos para la noche 
cuando haya heladas y... 

— Ahí está; todo eso es cierto; 
pero yo vivo feliz... — 

Así dijo el indio viejo 
que vivía allá en Jujuy, 
solitario en su ranchito, 
que en una quebrada vi. 

Manuel Gálvbs. 



125. Una aventura en el Ckaco. 

(Del diario de un ingeniero) 

Me ha ocurrido esta mañana una aventura que jamás 
podré olvidar, aunque viva cien vidas. De ahí que la con- 
signe en estas páginas, entre los apuntes de mis mensuras 
y algunas anotaciones técnicas y comerciales. Como era 



EN EL NORTE 317 

día de fiesta, determiné suspender mis trabajos, y salí a dar 
un paseo por los alrededores de nuestras carpas. Llevaba 
por precaución una escopeta de varios tiros y algunas mu- 
niciones, ya para defenderme de las fieras, llegado el im- 
probable caso, ya para tirar sobre algún puma o ciervo 
que tuviera la inocente idea de ponerse a tiro. 

Guiado sólo por mi brújula, procuraba no alejarme 
gran trecho de la orilla del río Pilcomayo. Iba pensando en 
el pasado, el presente y el porvenir del inmenso territorio 
subtropical donde a la sazón estaba yo ocupado en tareas 
profesionales. ¡ Éste, que medía y hollaba bajo mis plantas 
y con mis instrumentos, era el antiguo, el legendario, el 
impenetrable <- Gran Chaco » o « Chaco Gualamba », ahora 
dividido entre las tres repúblicas de Bolivia, el Para- 
guay y la Argentina! Interesábame la parte argentina, sin 
duda la más rica y principal, que comprende las gober- 
naciones de Formosa y del Chaco propiamente dicho. 
Pensaba en la riqueza de sus naturales bosques de que- 
brachos centenarios ; en las plantaciones de caña y los inge- 
nios azucareros; en el gran desarrollo que va tomando la 
producción del algodón ; en las estancias de la región del 
Sur ; en la flora exuberante del país y en su rica fauna. 
Recordaba asimismo que todavía existen en el interior de 
sus selvas, aunque en disminución y decadencia, varias 
razas de indios: los Tobas, los Matacos, los Choritis, de 
la estirpe guaycurú, y los Chiriguanos, de la estirpe gua- 
raní. Estaban destinados a desaparecer, a refundirse con 
los blancos, a medida que avanzara la civilización. Llegué 
a representarme el futuro Chaco argentino, todo poblado 
de cultivos y de establecimientos industriales. Sin duda, el 
territorio iba perdiendo su primitivo carácter salvaje; tal 
vez fuera conveniente que el Estado conservara algún buen 
retazo para hacer de él una especie de paseo público 
nacional; engarzada como una esmeralda en la indus- 
triosa República, perduraría la selva virgen, con su ruda 
belleza ofrecida al viajero, sus bosques abiertos al natura- 



318 EN EL país argentino 

lista, SUS fieras para el cazador... ¡Si casi ni se veían ya 
fieras en aquella parte poblada de Chaco! En seis meses 
no se nos había presentado un solo jaguar, aunque, en 
verdad, hablábase con frecuencia de inoportunos encuen- 
tros. Temíase sobre todo a los jaguares antropófagos, 
que habiendo probado la carne humana, preferíanla a todo 
alimento y aguzaban el ingenio para seguir la pista de los 
hombres... Pero no había que temerlos por allí, pues la 
pólvora y el fuego los tenían ahuyentados de los parajes 
próximos a los grandes ríos. 

Vagando yo distraído en estos pensamientos, me sor- 
prendió de súbito un tropel que se abría camino en los 
matorrales. Ante mi vista pasaron, huyendo despavoridos, 
los ciervos de copiosísimo rebaño; lanzáronse al río, cru- 
záronlo a nado y desaparecieron en la orilla opuesta. Fal- 
tóme tiempo para preparar la escopeta; cuando tiré, esta- 
ban ya fuera de mi alcance. Impresionado poriaquella huida, 
que no me explicaba, detúveme un momento. Vi entonces 
algo que me pareció más extraño aun ; con esfuer'zos des- 
esperados, un zorro trepaba a un árbol. Al principio, sin 
poder dar crédito a mis ojos, pues jamás oí de zorros que 
poseyeran tal habilidad o costumbre, supuse que fuese 
un gato montes. Acerquéme, y comprobé azorado que 
era realmente un zorro, quizá un zorro innovador, quizá 
loco... 

Excitada mi curiosidad por la disparada de los ciervos y 
la extravagancia del zorro, mis oídos percibieron un ligero 
susurro de las matas. Latióme el corazón violentamente, 
como anunciándome un peligro; eché una rápida mirada 
hacia adelante, y de pronto lo comprendí todo... A la dis- 
tancia de unos veinte pasos, dos ojos redondos y como 
luminosos me acechaban... Era un jaguar, un feroz tigre 
de América, tan terrible y potente como el de Benga- 
la: probablemente venía persiguiendo el rebaño de cier- 
vos, y al verme se había detenido... Crítico era el 
trance; demasiado inocente, había caído yo en la impru- 



EN EL NORTE 319 

dencia de avanzar solo, sin un guía, sin un perro si- 
quiera. . . 

Mi inteligencia se iluminó en aquel instante con fe- 
briles recuerdos y temores. Si perecía bajo las zarpas de 
la fiera, ¿cuál sería el porvenir de la esposa y de los 
cinco hijos que había dejado en el Rosario?... Pero, 
lejos de desmayar, el enternecimiento de mis añoran- 
zas pareció infundirme valor. Como en un sueño, alcé 
la escopeta, que tenía cargada de bala, y apunté largar 
mente. ¡Si erraba el tiro, era hombre muerto!... La fiera,. 



V., 



que estaba aún algo distante, no se movía ; entre el 
matorral, iluminado por el tibio sol de invierno, divi- 
saba yo su grupa baya y manchada... Juzgui? prudente 
esperar a tenerla más cerca; hasta podía suceder que ella 
optase por una retirada, sin atacarme, y en tal caso re- 
sultaba temerario provocarla. No dándome la .fiera mucho 
tiempo para pensar, decidióse y avanzó hacia mí, lenta- 
mente, casi rampando sobre sus nerviosos jarretes, pronta 
a atraparme de un enorme salto. . . Fijé bien el punto de 
mira de mi escopeta en el testuz del animal, entre ambos 



320 EN EL país argentino 

ojos, y, aunque no muy seguro de mi puntería, puesto 
que no soy diestro cazador, apreté el gatillo, antes de 
que fuese demasiado tarde. . . Sonó el tiro, oyóse al mismo 
tiempo un bramido doloroso, eché el cuerpo atrás, y el 
tigre, dando el esperado salto, cayó algunos pies delante 
de mí, con el pecho cubierto de sangre ; estaba herido en 
el cuello, ¡ pero más rabioso, más terrible aun !. . . 

No podría decir lo que pasó entonces por mí. Tenía 
otras balas en la escopeta, que era de repetición, y tiré, 
rápido como el relámpago, apuntando apenas, casi incons- 
ciente de lo que hacía... Esta vez tuve mejor suerte. La 
fiera, sin exhalar un quejido, cayó redonda sobre el flanco 
y estiró las patas en un rápido estertor. . . 

Cauteloso, reculé unos pasos y esperé todavía unos 
sesudos, aspirando el aire en grandes bocanadas. Pare- 
cióme que nacía de nuevo. Miré a mi alrededor, y hallé 
al cielo, al mundo, a la vida, una hermosura antes des- 
conocida para mí. Apoyé en el suelo la culata del arma, 
me descubrí, me enjugué el sudor de la frente con la 
diestra, y, al fin, me acerqué al cuerpo rígido del jaguar. 
¡Estaba muerto, sí! Agácheme sobre su robusta cabeza 
y la levanté en mis manos. La primera bala le había 
dado en el cuello, le había atravesado probablemente 
el esófago y había salido por la paleta ; otra le entró 
por las fauces abiertas, penetró por el paladar, y pare- 
cía haberse alojado en el cerebelo... ¡Allí estaba, ten- 
dido para siempre, como un tibio despojo de la Natura- 
leza, el terrible dueño y señor de las selvas americanas! 
Y, al ver ; tanta fuerza destruida, tuve un sentimiento de 
compasión por la bestia sacrificada. . . ¡ Cuan cierto es que 
no hay ni puede haber, para el hombre, una alegría com- 
pletamente 'pura y exenta de la más ligera sombra de 
tristeza ! 



EN EL SUR 321 

VI. EN EL SUR 

126. Los faros de las costas argentinas. 

La navegación en las proximidades de la costa es 
siempre más peligrosa que en alta mar. Diríase que la 
naturaleza defiende los continentes y pueblos marítimos 
por medio de riscos y peñones, a veces traidoramente 
ocultos bajo la superficie del agua. En ciertos parajes, 
huracanadas corrientes chocan contra las rocas costeñas, 
rompiéndose en numerosos penachos de espuma. El paso 
de los grandes estuarios y ríos suele obstruirse con escon- 
didos bancos de arena, que parecen trampas para apresar 
por la quilla a los navios. Opacas nieblas envuelven en 
ocasiones la cercana costa, como para engañar al inexper- 
to marino, que, creyéndose en alta mar aun, podría aven- 
turarse imprudentemente entre los riscos y los bancos. 
Todavía hay que añadir, a estas múltiples asechanzas, el 
movimiento de los grandes puertos, donde continuamente 
entran y salen embarcaciones, con posibilidad de choques 
fatales. Los naufragios más horribles se producen a menudo 
frente a las costas, y no dan siempre tiempo al salvamento. 

Para la seguridad de la navegación en la proximidad 
de la tierra y en la entrada de ios puertos, especialmente 
durante la noche, la moderna civilización usa de eficaces 
medios. En los puntos más peligrosos y en los puertos, 
construyese una alta torre coronada por un, poderoso 
foco de luz, el faro. Para que el navegante no vaya a 
confundirlo con una estrella, puesto que irradia sobre 
el horizonte hasta veinte y treinta millas de distancia, 
dase a la luz sus señas y caracteres propios, y, sobre 
todo, regulares y mecánicas intermitencias. El faro argen- 
tino del cabo San Antonio, por ejemplo, en el extremo 
sur de la ensenada de Samborombón, posee una luz in- 



322 EN EL PAÍS ARGENTINO 

confundible, con destellos de duración de 12 segundos y 
un eclipse de 18. 

No siempre basta el faro asentado en tierra firme o 
en alguna isla para advertir al navegante. A veces, el 
peligro no es fácil de indicar por medio de faros erigidos 
en sitios relativamente distantes. En tal caso se recurre 
al procedimiento de buques-faros y de boyas luminosas, 
sólidamente anclados junto a los riscos o sobre los ban- 
cos de arena. Hácese esto especialmente útil en la entrada 
de los puertos. Así, en la del río de la Plata, la República 
Argentina ha puesto y mantiene una serie de oportunas 
indicaciones: el buque-faro Recalada ;>, el buque faro de 
Punta del Indio, la boya luminosa « Cuirasier », la boya 
luminosa de Banco Chico, las farolas de los malecones 
del puerto de la Plata y las farolas del puerto de Buenos 
Aires. También en el puerto de Bahía Blanca hay un 
buque-faro de « Recalada » y varias boyas luminosas. 

A estos recursos de faros, buques-faros y boyas lu- 
minosas hay que agregar las estaciones radiotelegráficas, es- 
tablecidas también para seguridad de la navegación cerca 
de las costas. El telégrafo sin hilos, la moderna invención 
de Marconi, sirve para que los buques comuniquen con 
la tierra firme y viceversa, de modo que los riesgos oca- 
sionales de la entrada en un puerto pueden ser conocidos 
a la distancia, en alta mar. 

La República Argentina, además de los citados faros 
y señales, tiene establecidos en sus costas los faros de 
punta Médanos, punta Mogotes, río Negro, cabo San 
Antonio, punta Delgada, punta Pingüino, punta Gallegos, 
cabo Vírgenes, punta Dungeness, islas Año Nuevo, y, asi- 
mismo, estaciones radiotelegráficas en Buenos Aires (dársena 
Norte), Bahía Blanca (Puerto Militar), punta Mogotes, 
punta Delgada, isla Leones, isla Pingüino, monte Entrance, 
cabo Vírgenes, cabo Penas, cabo San Pío, puerto Harber- 
ton e islas Año Nuevo. Todas estas instalaciones están 
servidas por la marina de guerra. El observatorio magné- 



EN EL SUR 323 

lico de las islas Año Nuevo es el más completo de la 
América del Sur. 

' Aplicando los últimos adelantos de la técnica, la 
República Argentina facilita, pues, la navegación comer- 
cial en las épocas de paz, y posee en sus costas los ele- 
mentos necesarios para la defensa nacional en el caso 
de ser agredida por una escuadra enemiga. Sus faros, 
esos guías amistosos y protectores, son también como 
centinelas de la patria avanzados en el mar, y siempre 
de pie, con su vigilante mirada de luz tendida sobre el 
horizonte. 



127. La Australia Aréentina. 

La República Argentina posee un vastísimo territorio 
austral, llamado la Patagonia, que podría denominarse 
también, por su situación y sus caracteres, la « Australia 
Argentina». Comprende este territorio tres regiones: la 
zona de la costa, la zona central y la zona andina o de 
los Andes. 

La zona vecina a la costa contiene pastos acaso no 
muy abundantes, pero de una calidad muy especial, que 
permite aprovecharlos para la cría de vacas, ovejas, caba- 
llos y cabras. La práctica demuestra que el ganado so- 
porta allí el clima al aire libre todo el año. Los valles de 
los ríos y cañadas son aprovechables para la agricultura. 
La zona central es menos fértil, y su clima, por la dis- 
tancia del mar, menos templado. No obstante, posee gran- 
des planicies, donde, con ciertos cuidados, pueden plan- 
tearse establecimientos ganaderos. La zona andina, o sea 
la montañosa, empieza en los primeros conirafuertes de 
ja cordillera. Sus paisajes son bellos e imponentes. Está 
toda ella caracterizada por espesos e interminables bosques 
de hayas antarticas y una vegetación herbácea que satis- 
faría al estanciero más exigente. 



324 EN EL PAÍS ARGENTINO 

La Australia Argentina es, pues, salvo ciertas partes 
del interior, un territorio propicio al desarrollo de la ga- 
nadería y de la agricultura. Sus condiciones lo llaman a 
ser, en un porvenir no lejano, un gran centro de civiliza- 
ción y fuente de riqueza. Sin embargo, puede decirse que 
está despoblado aún. Sus extendidas praderas esperan nue- 
vas generaciones que las cultiven y civilicen. 

Imaginad, jóvenes argentinos, esos millares de leguas 
poblados de estancias, de industrias, de ciudades. En cada 
abra de la costa atlántica se alzará un puerto, en cada 
valle un ferrocarril, en cada planicie un pueblo. Entonces, 
la República, con veinte o treinta millones de habitantes, 
será una de las primeras potencias del mundo. Y tales 
tiempos pueden acercarse a nosotros si las nuevas gene- 
raciones se lanzan audaz y virilmente a la colonización 
del hermoso desierto. ¡Adelante! ¡La Australia Argentina 
espera nuestros esfuerzos! 

Según Garlos M. MoyanO y Roberto J. Patró 

128. La Suiza Aréentina. 
I. PAISAJE DEL LAGO NAHUEL-HUAPI 

Desde las eminencias de la península del Oeste presenta 
el gran lago Nahuel-Huapí un paisaje glacial típico, aunque 
fértil en extremo: los grandes trozos graníticos se elevan 
en las ondulaciones de las morenas, sobre espléndidos 
frutillares silvestres. Las morenas tienen una altura de 
cien metros sobre el lago, y parecen levantarse en líneas 
paralelas, siendo las más elevadas las más próximas. 
Predomina el granito; hay trozos hasta de ciento ochenta 
metros cúbicos. Obsérvase igualmente una roca porfírica 
y traquitas verdosas y rojizonegruzcas. Desde un alto pe- 
ñasco se contempla el claro lecho del ventisquero, que en 
otra época cubrió el lago. Profundas hendeduras de lados 
redondeados dan al peñasco el aspecto característico de 
los lomos de ballenas, y las estrías y canaletas pulidas se 



EN EL SUR 325 

conservan netamente. Este promontorio está situado a tres- 
cientos metros sobre el nivel del lago. A su pie se extiende 
el paisaje morenisco del valle oriental y vasta extensión 
del lago Nahuel-Huapí, con sus cuatro islas y las precio- 
sas ensenadas del Oeste. En toda la orilla, hasta donde 
la vista alcanza, una faja de árboles, en que predominan 
los cipreses, separa del lago la ondulada morena. 

La cordillera nevada, enorme, dentada y redondeada, 
segiín la roca de sus cerros, forma el telón de fondo, al 
Oeste y Sudoeste; al Norte, los bosques ocultan las abrup- 
tas rocas neovolcánicas. Se ve que los trozos de granito 
proceden de las cadenas del Oeste y Sudoeste, y que, 
para llegar hasta el promontorio desde el cual se observa 
el magnífico paisaje, tuvieron que cruzar la parte del lago 
cubierta por el ventisquero hoy desaparecido. En esta 
región, el ventisquero más inmediato es hoy el del Tro- 
nador, en las nacientes del río Frío ; pero no se ye el 
gigante blanco ; su presencia se anuncia, a pesar de la 
considerable distancia, sólo por los broncos y profundos 
truenos producidos por el desplome del hielo. 

Al pie del promontorio, que está a su vez dominado 
por una montaña, se extiende una explanada de frutillas. 
Encuadrada por el bosque alto y por la vegetación que 
desciende al lago, la orilla está cubierta de grandes trozos 
erráticos, lamidos perezosamente por las aguas mansas 
cuando hay calma, y contra los cuales chocan con es- 
truendo las olas en los días de huracán. Son las aguas 
del lago de color azul obscuro en el centro, y celestes, 
blancolechosas y luego de color de plata líquida cerca de 
la playa, donde espejean las pajillas de mica y el cuarzo 
cristalino blanco. Los pequeños torrentes, que nacen den- 
tro del bosque, en las raíces de los viejos troncos, des- 
cienden con fuerte pendiente, y sirven, con los árboles que 
les dan sombra, de pequeños cercos a encantadores jar- 
dines naturales. 



32$ EN EL PAÍS ARGENTINO 

11. LA SUIZA ARGENTINA 

Por el magnífico escenario de su naturaleza, en la re- 
gión de los lagos, la Patagonia es la rival de la Suiza 
europea. La Suiza parece una reducción habitada de la 
Patagonia Andina ; ésta supera a aquélla en grandiosidad 
y belleza. Aunque semejantes, ninguno de los ponderados 
lagos de Suiza presenta la majestad imponente, indescrip- 
tible, del lago Viedma ; ninguno de sus ventisqueros puede 
rivalizar con el mar de hielo, comparable con un pedazo de 
costa groenlandesa, dominado por el volcán de Fitz Roy. 
El lago Argentino es más salvaje, más indómito que sus 
rivales suizos ; sus montañas son más elevadas y pinto- 
rescas; sus ventisqueros reemplazan, con su escuadra de 
témpanos colosales, mágicos, que desfilan ante las selvas 
vírgenes, las blancas embarcaciones o vapores que en 
Suizí conducen al viajero. El lago San Martín, separado 
por los montes Lavalle de los canales andinos, no tiene 
igual entre los análogos de Suiza. Nahuel-Huapí es como 
varios lagos suizos sumados. El Monte Blanco, tan cele- 
brado en Europa, tiene un hermano en el patagónico 
Tronador, gigante geológico siempre airado y siempre 
rugiente. 

Según Fhancisco P. Moueno. 

129. Navegación, en los canales de Tierra del Fueéo. 

A partir de Punta Arenas, el itinerario de nuestro 
buque era- el siguiente : Canal de la Magdalena, canal 
Cockburn, paso de Breacknock, canal Darwin, canal de 
Beagle, bahía de Ushuaia... Y los paisajes iban desarro- 
llándose cada vez más interesantes a nuestra vista, con 
un lujo de color que nadie esperaría encontrar en aque- 
llas regiones. Por momentos aparecía el sol, dorando las 
alturas crecientes, y dando caprichosos matices a los grue- 
sos montones de nubes, que al propio tiempo señalaban 



KN EL SUR 327 

y ocultaban los montes elevado^, casi eternamente envuel- 
tos en una capa de densos vapores. Comenzaba la vege- 
tación, y desarrollábase paulatinamente, formando una línea 
que se extendía hasta perderse de vista, sobre la que se 
destacaba, con tonos más obscuros y enérgicos, la roca 
pelada, salpicada aquí y allá por alguna mancha de 
nieve. 

Parecíame estar en plena cordillera de los Andes; 
pero después de un desastre colosal, de un diluvio que 
hubiera cubierto valles y hondonadas, dejando sólo descu- 
biertas las cumbres de las montañas. Aquí, la isla Quema- 
da, por cuyas grietas parece correr aún el humo, y cuyo 
desolado aspecto tiene algo de fantástico y teatral ; allí, 
un montón de verdura en que crece el musgo amarillento 
junto a las gramíneas de un verde más intenso y vivo; 
allá, una ensenadita de aguas especulares donde se re- 
trata la costa rígida, de líneas violentas ; acullá, la ligera 
ondulación de la corriente, en el canal. . . Y todo esto 
móvil, envuelto en las gasas ligerísimas de una neblina 
apenas perceptible, esfumado en las lejanías como un 
sueño vago, con masas de nubes y claros de azul purí- 
simo. . . ¿Por qué no van allí los pintores argentinos? 
¿Por qué no se inspiran en aquella naturaleza salvaje, tan 
rica de color, tan variada y tan nueva? Allí encontrarían 
tema para tantos paisajes, para tantas manchas admira- 
bles. . . Ya un lago tranquilo, cubierto de hojas de cachi- 
yuyo, rodeado de altas rocas, por las que trepa el ejército 
del nothofagus, ese árbol austral por excelencia, que resiste 
las nieves y los huracanes, con su copa verde tendida a 
favor de los vientos más frecuentes y terribles; ya un pa- 
norama polar, con los irisamientos del hielo transparente 
y la blancura mate y fría de la nieve; ya un pedazo de 
selva virgen, con las hierbas altas, y en que se entrelazan 
los troncos del nothofagus y del caucho, y donde crecen 
grandes flores, blancas o rojas como la sangre, selva que 
parece tropical, tanta es su vitalidad; ya — cuando el oto- 



328 EN EL país AIíGENTINO 

ño comienza — el cariñoso matiz sonrosado que toman las 
hojas perennes de la haya, contrastando sobre los dife- 
rentes verdes del resto de la vegetación. 

Algunas de las pequeñas bahías a cuyo frente pasá- 
bamos, eran encantadoras. Pero, cuando no se navegaba 
muy de cerca, sólo se veían sus grandes líneas, el ver- 
dor del cielOj y los árboles, tan diminutos que parecían 
juncos, aunque a veces tuvieran un tronco respetable. 




bsas bahías, muchas ae ellas escondidas, suelen ser puerto 
de refugio de los loberos, su escondite, mejor dicho, o es- 
tación y campamento de los buscadores 4e oro, ocultos 
allí a toda mirada indiscreta. Puntos de esos hay sólo 
conocidos por unos pocos, donde cualquier pirata, cual- 
quier malhechor puede desaparecer de la vista de sus 
perseguidores, aun con embarcaciones de cierto porte, sin 
que éstos logren hallarlo. 

Una abertura entre dos rocas, sólo visible desde un 
sitio dado, un paso ancho y sin peligro, y luego una bahía 
''uvas puertas se cierran tras el buque, y cuyas costas 



EN EL" SUR 329 

ofrecen el más seguro abrigo. Cierto comerciante de uno 
de los puertos visitados en este viaje, y cuya goleta vi- 
mos de pronto a corta distancia del transporte, navegando 
con su mismo rumbo, sin que hubiéramos sospechado 
su presencia, que nos sorprendió, cuenta que él sabe un 
sitio de esos, en el que ha solido dejar su embarcación, 
completamente sola, sin más precaución que la de ama- 
rrarla en arganeo, y seguro de que nadie la vería... Y 
como él habrá tantos, casi todos los navegantes de los 
canales. 

De vez en cuando veíase flotar en la superficie, como 
blanco buque, algún pequeño témpano de hielo, despren- 
dido de los ventisqueros cercanos. Nunca son de gran 
tamaño, aunque abunden mucho en la estación avanzada. 
No es raro que sobre ellos se pose algún shag (ave ma- 
rina), como una mancha de tinta en una superficie blanca, 
ni verlos repentinamente darse vuelta, carcomida su base 
por las aguas del canal, cuya temperatura es más elevada. 
Marchan uno tras otro, arrastrados por la corriente en la 
misma dirección, o se arremolinan y detienen en los reman- 
sos, para derretirse lentamente junto a las peñas. Estos 
témpanos, al desprenderse de los ventisqueros y caer ai 
agua, suelen producir grandes olas que van a estrellarse 
contra las rocas de la costa y que pondrían en serio pe- 
ligro a las embarcaciones que se hallaran en las cercanías. 
Pero pocas veces se ve por allí otra embarcación que 
alguna piragua fueguina, o las goletas de Punta Arenas, 
que toman siempre el medio del canal para evitar que 
una racha las lance contra la costa. 

Al regreso, en otoño ya, vi centenares de témpanos 
que navegaban por el canal; aparte de las aves, eran lo 
único animado de aquel paisaje ¡dea!, al que sólo faltaba 
el movimiento de la vida humana para que su pintoresco 
dejase de ser tan selvático y melancólico como es hoy en 
ciertos parajes. Alguna vez, cerca de nosotros, a tiro de» 
fusil, pasaba un vuelo de avutardas: el macho, blanco, bri- 



330 EN EL país argentino 

liante, a la cabeza de las dos hembras, parduscas, forman- 
do triángulo. O, junto a la costa, observábamos el hervidero 
del agua, producido por la marcha del pato a vapor, esa 
ave que nada con la rapidez que le ha valido su nombre, 
levantando con las alas rudimentarias gotas y espuma, co- 
mo si fueran ruedas de paletas puestas en movimiento por 
una máquina poderosa. El pato a vapor no puede volar; 
pero no he visto ave alguna que nade con tanta celeridad, 
pues la suya es comparable sólo con la de un pez. O, en 
en el cielo tranquilo, alguna palomita del Cabo, de alas 
pintadas como una falena; o la mancha negra primero, 
y el abierto abanico más cerca, del darup, el carancho de 
Tierra del Fuego, siempre a caza de cadáveres, vecino del 
pingüino, cuyos pichones devora si logra burlar la paternal 
solicitud. O, en la costa cercana, y sobre las aguas mansas, 
el blanco plumaje de la avutarda, pescando entre las peñas; 
o de los gaviotines, diseminados aquí y allí, devorando los 
langostinos o los pececillos que se ponen al picanee de su 
pico agudo, con gallardos movimientos del cuello, y ele- 
gantes revuelos rápidos en que mojan las patas en el agua, 
para levantarse en seguida un metro o dos, y tornar a 
descender. O la golondrina de mar, de patas palmeadas, 
pequeña y de intenso color pardo obscuro, a la que la 
superstición del marinero atribuye el don de pronosticar 
desastres, y que le anuncia temporal si llega a posarse en 
su barco. 

Pero toda esa vida animal, toda la que bulle en las 
aguas del canal de Beagle, no logra desvanecer la pro- 
funda impresión de soledad que producen aquellos sitios, 
impresión que ha comenzado en el Atlántico Sur, donde 
raras veces se ve una vela, y que se hace más intensa 
allí. El canal tiene todo el aspecto del desierto, o una ex- 
traña autosugestión lo hace creer. El hecho es que aque- 
llas peñas, aquella nieve, parecen no holladas nunca por 
-el pie humano, y los árboles, corpulentos en la costa, más 
pequeños a medida que trepan a las alturas, hasta hacerse 



EN EL SUR 331 

achaparrados y muy diseminados cerca del límite de la 
nieve, muestran sus hojas siempre verdes, con la languidez 
triste de lo que no alberga a ser viviente alguno. 

Ni aun pasaba por nuestra imaginación que sobre 
aquellos acantilados, o en aquellas playas, detrás de un 
tronco o de una piedra, pudiera ocultarse alguno de esos 
indios fueguinos en cuyo detrimento se han forjado tantas 
leyendas, haciéndolos antropófagos, ladrones y asesinos 
por tendencia, leyendas que no se desvanecerán muy pronto 
aunque ya se haya trabajado en ello. 

De súbito nos sorprendió el espectáculo de uno de los 
ventisqueros, el primero que veíamos en los canales, y 
también uno de los más pequeños, cuya nieve llegaba 
hasta el mar, con tonos azulados suaves y tenues, muy 
finos, que hacían resaltar más la blancura casi absoluta de 
la nieve en la cima, destacada a su vez sobre el fondo 
plomizo del cielo. Hermoso espectáculo, que nos produjo 
profunda impresión, aunque entre nosotros fuéramos varios 
los que habíamos visto glaciares en los Andes. No es lo 
mismo encontrarlos en una grande altura, que verlos allí 
al nivel del mar, rodeados de vegetación, en medio de 
una temperatura agradable, como de un día plácido de 
primavera, y donde parecería que la nieve no pudiera con- 
servarse sino breves instantes. Sorprende el espectáculo, 
cuya visión se conserva en la retina, y ha de conservarse 
largos años sin duda. 

Según Roberto J. Payró 



PARTE CUARTA 
CUADROS y FASES de la VIDA ARGENTINA 

l30. Nuestra vida. 

1. Nuestra vida es un río. Tormentas y pasiones 
anegan y derrymban y pulverizan todo; 

son los ocultos riscos mentiras y traiciones; 
el egoísmo trueca los caudales en lodo. 

2. Las fallas del carácter son los bancos de arena, 
rencores y desdenes son témpanos de hielo, 

las raudas cataratas son las crisis de pena, 
y treguas y bonanzas los días de consuelo. 

3. Si nuestra vida baja desde la cumbre incierta 
al hogar y a la patria y al mundo y al vacío, 

que nunca en un torrente ni en lodo se convierta, 
j que corra nuestra vida serena como un río! 



I. EL HOGAR 

l3l. El consejo maternal. 

1. «Ven para acá», me dijo dulcemente 
mi madre cierto día ; 
aun parece que escucho en el ambiente 
de su voz la celeste melodía. 



FA. HOGAR 333 

2. «Ven y dime qué causas tan extrañas 
te arrancan esa lágrima, hijo mío, 

que cuelga de tus trémulas pestañas 
como gota cuajada de rocío. 

3. «Tú tienes una pena y me la ocultas: 
¿no sabes que la madre más sencilla 

sabe leer en el alma de sus hijos 
como tú en la cartilla? 

4. «¿Quieres que te adivine lo que sientes? 

Ven para acá, pilluelo, 
que con un par de besos en la frente 
disiparé las nubes de tu cielo - 

5. Yo prorrumpí a llorar. « Madre, le dije, 
la causa de mis lágrimas ignoro; 

pero de vez en cuando se me oprime 
el corazón, ¡y lloro!... » 

6. Ella inclinó su pensativa frente, 

se turbó su pupila, 
y, enjugando sus ojos y los míos, 
me dijo más tranquila: 

7. « Llama siempre a tu madre cuando sufras, 

que vendrá, muerta o viva; 
si está en el mundo a compartir tus penas, 
jy si no, a consolarte desde arriba!...» 

8. Y lo hago así cuando la suerte ruda 
como hoy perturba de mi hogar la calma: 

j invoco el nombre de mi madre amada, 
y entonces siento que se ensancha el alma! 

Olegario Y. Andradb. 



33i CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

l32. Amor paterno. 

Los niños no comprenden, no pueden comprender 
cuánto los aman sus padres. Es preciso ser padre para 
comprenderlo. Los padres viven de la vida de los hijos, y 
aun, si sufren la inmensa desgracia de perderlos, tiénenlos 
presentes siempre, como si vivieran... 

¡Pobre hijita mía! La amaba con el sentimiento re- 
flexivo de la edad experimentada; la amaba con los idea- 
les de la juventud; la amaba con la ingenua ternura del 
bebé para con su muñeca. Las risas de otras niñas, los 
cantos de los pájaros, y, sobre todo, los pequeños cráneos 
que veo en el museo donde estudio, evocan en mi cora- 
zón su silueta llena de gracia y de ternura. En las pupilas 
de aquella pequeña alma el engaño había puesto todas 
las alegrías de la vida, la dulzura de todas las primaveras. 
Un amor puro y tranquilo como el agua de las fuentes 
unía nuestros corazones y calmaba mi espíritu agitado por 
la brega diaria. 

Cuando salía a recibirme, sonriente, en alto las mani- 
tas, esforzándose por correr sobre el desnivelado piso de la 
acera, tendía yo a mi vez las manos, mis brazos se juntaban 
a sus brazos, y todo se condensaba en un silencioso, cálido, 
largo beso, lleno de ternura, que un ligero transporte del 
espíritu consagraba como una felicidad. Todas las preocu- 
paciones, rencores, intrigas, odios, que sumados arrojan 
el dolor, intenso a veces, a veces disimulado como un 
eco, de lo que mina muy hondo, se disipaban en mí má- 
gicamente a los balbuceos de la pequeña, que ya quería 
penetrar como un sabio los misterios de la Naturaleza, ya 
interrogaba como una insana el porqué de lo insignificante. 

Había nacido para ser querida. «¡Qué encanto!», 
exclamaba la gente al pasar; y era menuda y frágil, 
aunque con la tez coloreada como una cereza. Tenía en 
su mirada algo prematuro de noble melancolía, que pren- 
daba y decía que aquella criatura sería un consuelo pa- 



EL HOGAR 335- 

ra los desventurados. No era posible suponer su rostro 
profanado por el enojo; no era posible imaginar alterada 
aquella cabeza modestamente hermosa. Sentada en mis 
rodillas, en las plácidas noches de verano, dirigía ella 
sus ojos a la Luna y a las estrellas, y la Luna y las es- 
trellas eran sus amigas; las nombraba. Estrechamente 
unidos, juntas a ratos las mejillas, mis brazos ceñidos a su 
cintura, a sus muslos, a sus inocentes encantos, estimula- 
ba ella mi pasión con cualquier actitud simulada de enojo 
o de placer, acogiendo con ayes rosados los pellizcos que 
de mí recibía. Así, arrullada por mis caricias, cerraba los 
ojos y abandonaba su cuerpo sin recelos; yo hundía mi 
cara en su cabellera de oro y la llenaba de besos, y de 
lágrimas alguna vez, cuando en la meditación cruzaba mi 
mente un pensamiento obscuro : cuando pensaba que todo 
aquello podía faltarme, arrebatado por un accidente común 
cualquiera. Un ser menos, ¿qué importaría en este mun- 
do?... ¡Pero no me sería tan trágico ver partida la Tierra! 

Una tarde dijo: «Cama, mamá . La madre le tocó 
la frente, notó fiebre y el termómetro marcó 40 grados; 
la aflicción fué grande. El médico la examinó sin darnos 
el diagnóstico; mas sus evasivas dejaron inquietos nuestros 
ánimos. La pequeña, después de tomar una bebida, durmió. 
Sus ojos entreabiertos, los estremecimientos de sus brazos, 
la respiración corta y fatigosa, nos alarmaban. Era ya 
avanzada la noche. La madre velaba su sueño ; yo fui al 
escritorio, con el inútil propósito de estudiar; mi cabeza 
era un volcán de pensamientos lúgubres que el silencio 
intensificaba con tenaz empeño. No había vuelto una 
página, y, sin embargo, hacía tiempo que leía. Cerré el 
libro ; dejé la silla, asomé la cabeza por la puerta entre- 
abierta, y vi un pañuelo que enjugaba lágrimas. Un nudo 
llenó mi garganta y ahogué los sollozos en un rincón de 
la sala. . . 

Los doce tañidos del reloj se oyeron distintamente 
en la maiestuosa calma de la noche. Una voz débil, an- 



336 CUADROS Y FASES DF, LA VIDA ARGENTINA 

gustiosa, me llamó, y acudí como un relámpago. La 
pequeña no dormía ya ; su vista estaba fija ; sus labios, se- 
cos ; su respiración era anhelosa; el cuerpo, una brasa. Una 
voz suplicante repitió : « ¡Mamá, mamá! ». . , ¡El termómetro 
marcaba siempre 40 grados! En un momento preparamos 
el baño, y las compresas de agua fría dominaron poco a 
poco la fiebre, quitaron el rojo a las mejillas, el calor a 
la frente. La pequeña, chapaleando el agua con sus manos, 
me miró, bella, candorosamente bella, y sus labios son- 
rientes dijeron : « ¡ Papá ! ». . . 

Casi tranquila, dormía a intervalos, vigilada por la 
madre, mientras yo preparaba con delicia infinita los 150 
gramos de leche que la alimentaban cada dos horas. El 
día pasó en alternativas. Las relaciones acudían pregun- 
tando por la pequeña ; las más ofrecían sus servicios. 
Pero, si la amistad es un consuelo en los grandes infor- 
tunios, en esta ocasión no alcanzaba a mitigar nuestras 
preocupaciones, y se la miraba como a una intrusa que 
ahondaba el dolor. La noche vino, tan poética y amorosa 
como las que con la muñeca gozábamos mirando la Luna 
y las estrellas. Nos quedamos solos, la madre y yo, tur- 
nándonos la pequeña en nuestros brazos. Estaba consu- 
mida; dos ojeras, brevemente cárdenas, servían de marco 
a sus ojos siempre hermosos... 

Pasa el día en nuevas y siempre renovadas inquietudes. 
Otra vez suena en la noche el doloroso tañido de las 
doce campanadas. La pequeña mueve a derecha e iz- 
quierda la cabeza de oro; se estremecen de tiempo en 
tiempo sus brazos; vuelve el alimento; la fiebre sube; se 
enrojecen las mejillas ; abre la boca ; las inspiraciones 
aumentan; una voz ansiosa balbucea a intervalos medidos: 
«Mamá, mamá». El cuerpo arde. ¡El baño, otra vez el 
baño, y las compresas de agua fría y de vinagre aromati- 
zado I A través del agua y de la piel distingo la rótula, 
las costillas, la clavícula, el ancho desproporcionado de las 
articulaciones, y, sobre este cuerpo desleído, un rostro 



EL HOGAR 337 

de porcelana con la encantadora cabellera por adorno, sos- 
tenido por un cuello delgadísimo. El calor baja, pero ya no 
chapalea ella el agua con sus manitas, ni alza la cabeza 
para sonreirme. ¡Ya no me mira, ya no me mira! «Ma- 
má, mamá, mamá», repite siempre, como si fueran el amor 
y la queja mezclados para disipar una congoja profunda. 
¡Pobrecita! La paseo en mis brazos, y esto parece ali- 
viarla; mas sus quejas hieren mi corazón como un adiós 
del que parte para no volver. 

La madre, rendida por los sobresaltos y fatigas de 
cinco días terribles, se ha dormido. Ahora yo solo velo, yo 
solo miro sus ojos abiertos, yo solo escucho su débil voz 
suplicante. Sintiendo el alma cargada como una nube, doblo 
mi cabeza sobre su cabeza, y la hundo, ¡oh!, la hundo con 
ansia en sus cabellos. «Pasa la felicidad, ¿qué manos po- 
drán detenerla?...», me pregunto súbitamente, en una ciega 
agitación de esperanza y de amor. ¿Qué manos podrán 
detenerla? El espíritu necesita un templo donde elevarse. 
¿Y el cuerpo de esta pequeña no tiene la santidad y mag- 
nificencia de un templo? La beso, la beso, la beso muchas 
veces, la estrecho contra mi corazón, la quiero, sí, la quiero 
más que nunca, ahora, ahora que huye de mí... Ha com- 
prendido ; fija sus ojos, hace un esfuerzo para sonreír, 
quiere ceñir su braciío a mi cuello. ¡Oh dicha inefable! 
Mis ojos se humedecen y confundimos nuestro cariño... 
Mas no tardan en volver la fiebre, y la agitación, y la 
fatiga, esta vez desesperantes en un cuerpo tan debi!;tado. 

A los diez minutos sumergimos a la pequeña en el agua 
tibia, y la pequeña lloró. El baño fué tan largo como lo 
prescribiera el facultativo ; pero la pobrecita era presa de 
una gran molestia; gritaba «no, papá», «no, mamá»; con- 
fundía sus ruegos en un solo nombre: pama; acudía a todo 
su vocabulario para que la sacáramos del suplicio ; se aga- 
rraba a nuestros brazos , erguía el cuerpo ; su voz de terror, 
de súplica y de protesta nunca la escuchamos tan violen- 
ta. Éramos dos verdugos: empleábamos todas nuestras 



338 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

fuerzas para desprender aquel esqueleto de nuestros bra- 
zos; le gritábamos para tenerla con el agua al cuello; ella 
cedía trémula y sollozante. ¡ Extraño recrudecimiento de la 
vida, que nos dejaba sorprendidos! Envuelta en una sábana 
y bajo un fino cobertor celeste, se durmió, cerró los ojos..- 

Despertó, despertó abatida, pálida, muy pálida, sin 
agitaciones, sin movimientos, entreabierta la boca, morados 
los labios, frías las manos. Tomé a la pequeña en mis brazos, 
tomé sus manitas. No sé qué había en su mirada fija en mis 
ojos; no sé qué había en aquella tranquilidad de hielo. 
Noté la respiración débil, como si apenas saliera de la 
garganta; la aproximé a mi pecho, puse mi rostro sobre 
su rostro, y la sentí fría, fría como el mármol... 

«¡Hija!», le grité con ansia profunda, y la pequeña dijo: 
«Papá», con calma infinita, y expiró... ¡Oh mi cabecita de 
cabellos de oro, de ojos celestes, de mejillas de cereza! 
¡Oh mis esperanzas, mis ilusiones, mi muñequita! 

Según VicTOH Mercante 

l33. En el koéar. 

f At Iioinej. 

1. Bella es la vida que a la sombra pasa 
del heredado hogar ; el hombre fuerte 
contra el áspero embate de la suerte 

puede allí abroquelarse en su virtud. 

Si es duro el tiempo y la fortuna escasa, 

si el aéreo castillo viene abajo, 

queda la noble lucha del trabajo, 

la esperanza, el amor, la juventud. 

2. Hijos, venid en derredor; acuda 
vuestra madre también, ¡fiel compañera!, 
y levantad a Dios con fe sincera 
vuestra ferviente, candida oración. 

Él es quien nos reúne y nos escuda, 
quien puso en nuestros labios la sonrisa, 



l:l hogar 339 

da su aroma a la flor, vuelo a la brisa, 
luz a los astros, paz al corazón 

3. Después de la fatiga y del naufragio 
ansio rodearme de cariños; 

la serena inocencia de los niños 
de la herida mortal calma el dolor. 
Es para el porvenir dulce presagio 
que al hombre con el mundo reconcilia, 
el ver crecer en torno la familia 
bajo las santas leyes del amor. 

4. El vano orgullo, la ambición insana, 
aspiren a las pompas de la tierra; 

su nombre ilustre en la sangrienta guerra, 
lleno de encono, el bárbaro adajid. 
Nuestra misión es, hijos, más cristiana: 
amar la caridad, amar la ciencia; 
puras las manos, pura la conciencia, 
dar el licor a quien nos dio la vid. 

5. El sol de cada día nos alumbre 
el sendero del bien ; nada amedrente 
al varón justo, ai ánimo valiente 

que fecundiza el suelo en que nació; 
la libertad amemos por costumbre, 
por convicción y por deber; en ella 
el despotismo estúpido se estrella: 
de la Patria los hierros destrozó. 

6. ¡Honra y prez a sus padres denodados! 
Entre ellos se encontraba vuestro abuelo; 

hoy descansa su espíritu en el cielo, 
noble atleta vencido por la edad. 
Venid en sus recuerdos impregnados, 
y llena el alma de filial ternura, 
su venerada, humilde sepultura, 
con flores y con lágrimas regad. 



340 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

7. Tomad el ejemplo en él; y cuando un día 
emprenda yo mi viaje sin retorno, 
erigidme una cruz, y de ella en torno, 
sin una mancha en la tranquila sien, 
llenos de amor, de paz que es la armonía, 
podáis decir de vuestro padre amado: 
«Latió en su pecho un corazón honrado; 
no fué un procer, fué más, hombre de bien ». 

Garlos Guido y Spamo. 

l34. La obediencia de los Kijos. 

Un padre tenía tres hijos: el mayor era por tempe- 
ramento un indolente; el segundo, un vago, y el tercero, 
un goloso. Para corregir sus defectos, el padre enviaba al 
mayor todos los días a la escuela, prohibía al segundo 
sus escapadas por la ciudad, y mandaba al tercero que 
sólo comiera a sus horas y moderadamente. Los tres le 
obedecían de mala gana. 

Llamólos un día, y dijo al mayor: «Tú deseas des- 
obedecerme y dejar de ir a la escuela. — Es cierto, padre, 
repuso el muchacho. — Si dejas de ir a la escuela, ¿serás 
más adelante un hombre instruido? — No. —Sin serlo, ¿po- 
drás ganarte la vida y hacerte un sitio en el mundo? — 
Probablemente no... — Por lo tanto, ¿ no te hago un beneficio 
al corregirte de tu indolencia y mandarte a la escuela?...» 

Dijo luego el padre al segundo: «Tú deseas desobede- 
cerme e irte a vagar por los campos y montañas. — Es 
cierto, padre, repuso el muchacho. — Siendo tan pequeño 
que no tienes aún edad ni para ir a la escuela, ¿no correría 
tu vida mil peligros si vagaras sólito lejos de tu casa? — Así 
creo... — Pues bien, ¿no te convendría más crecer por ahora 
e instruirte, para que, conservando la vida y la salud, 
puedas más adelante recorrer a tu gusto el mundo?...» 

Dijo luego el padre al tercero: «Tú deseas desobe- 
decerme y atracarte de dulces. - ¡ Ojalá pudiera !, repuso 



EL HOGAR 341 

el muchacho. — ¿No te enfermarías si comieses demasiado? 
— Me ha sucedido ya eso. — ¿No sabes, por habértelo di- 
cho el médico, que abusando ahora en tus comidas te 
echas a perder el estómago para siempre ? — Sí. . . — En 
suma, ya que tanto te gusta la buena mesa, ¿ no te parece 
que debes ante todo cuidar de niño tu estómago, para no 
ser de grande un desgraciado enfermo ? . . . » 

Y el padre terminó diciendo a sus tres hijos : « Los 
niños, por falta de experiencia, no saben lo que les conviene. 
Sábenlo en cambio sus padres, porque tienen esa expe- 
riencia. De ahí que esté en el interés de los niños obe- 
decer a sus padres. Los niños que los desobedecen, labran, 
para cuando sean mayores, su propia desdicha. Los niños 
que los obedecen de mala gana revelan, además de torpes 
sentimientos, escasa inteligencia. ¡Sed niños obediente^ si 
queréis llegar a ser hombres de provecho ! ». 

l35. La asistencia de los kijos. 

Al salir de mi casa veía yo todas las mañanas, en 
la calle, un grupo de cinco niños, pobremente vestidos. 
Eran dos chicas y tres varones, sin duda hermanos. El 
mayor, una mujercita, contaría apenas unos catorce o quince 
años de edad, y el menor era un chicuelo que no pasaba 
de los siete. Llegaban a una esquina, se detenían un mo- 
mento, daba allí sus instrucciones la hermanita mayor, 
y cada uno seguía después soló su rumbo con una ca- 
nasta o bulto. Moyido por la curiosidad, detúveme una 
vez ante ellos y les pregunté: «¿Van ustedes a la escue- 
la?». La niña mayor, que parecía el jefe del pequeño gru- 
po, me contestó: «No, señor, vamos al trabajo. — ¡Cómo! 
¿Tan jóvenes y trabajan ustedes ya?- Se hace lo que 
se puede, señor. — ¿Saben siquiera leer y escribir? — 
Sabemos leer y escribir todos menos el menor de nos- 
otros, a quien yo se lo enseño los domingos y días de 
fiesta... — ¿Y en qué trabajan ustedes? — Mi hermanita 



342 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

y yo somos aprendizas de costura y bordado ; uno de mis 
hermanos trabaja con un carpintero; otro, con un herrero, y 
el menor hace mandados en una imprenta y será tipógrafo... 
— ¡Pero, a su edad, no han de ganar ustedes mucho! — 
Algo, algo... No tenemos madre, y nuestro padre no puede 
trabajar porque está enfermo de reumatismo ». Iban a re- 
tirarse los niños, cuando no pude menos de precisar mi 
pregunta: «¿Ganan ustedes lo suficiente para mantener a 
su padre?». La niña me miró como sorprendida, y repuso: 
« Si el padre mantenía antes a cinco hijos, muy bien pue- 
den ahora cinco hijos mantener al padre ». 

l36. Los kertnanos malos y el buen kermano. 

Érase una familia de varios hermanos. Considerándole 
el más apto de sus hijos, el padre llamó en la hora de la 
muerte al primogénito, y le encomendó la administración 
de la hacienda común. Bajo su dirección, las cosechas 
fueron abundantes y la familia vivió en la prosperidad, 
Pero en el pecho de los hermanos menores anidaba la 
serpiente de la Envidia. Sentíanse desgraciados de vivir 
bajo la férula del hermano mayor y sufrían porque se le 
tributaba público aprecio. 

No pudiendo refrenar sus bajos sentimientos, reunié- 
ronse un día y le dijeron : « Hermano, administras nuestro 
patrimonio como si te perteneciera y nos mandas como 
si fuéramos tus hijos. Somos ya capaces de manejarnos 
solos y no estamos dispuestos a obedecer más tus órde- 
nes. Si quieres mandar, cásate y manda a tus hijos en tu 
casa, y no a nosotros en la nuestra». 

Con la muerte en el alma, el hermano mayor com- 
prendió que los suyos le habían perdido el cariño. Como 
eran huérfanos de padre y madre, no había autoridad a 
que pudiera recurrir para hacerlos entrar en razón. Limi- 
tóse, pues, a responderles : « Hermanos míos, os juro por 
las cenizas de nuestros padres que sólo quiero vuestro 



EL HOGAR 



343 



bien. — Si quieres nuestro bien, le replicaron, debes demos- 
trarlo repartiendo el patrimonio en partes iguales y deján- 
donos en posesión de nuestra casa». Y el hermano mayor 
hizo como le dijeron; repartió el patrimonio entre sus 
hermanos menores, tomó sólo una pequeña parte, y se 
marchó, con los ojos arrasados de lágrimas. 

En vez de ayudarse luego los hermanos menores unos 
a otros, no reconocían entre ellos autoridad alguna, y mu- 
tuamente se envidiaban. La serpiente de la Envidia al 
primogénito y jefe de la familia, que antes anidaba soli- 
taria en sus corazones, habíase multiplicado. Cada uno 
llevaba en el pecho un nido de serpientes. 

En el desamor y el desorden, la hacienda se disipó 
y los jóvenes quedaron en la miseria. Entonces, acosados 
por la necesidad, fueron a llamar a la puerta del hermano 
mayor. Recibiólos él con los brazos abiertos; pero, a pesar 
de que en su casa reinaba la abundancia, sólo pudo ofre- 
cerles una pequeña ayuda. 

<- Disculpadme, hermanos míos, les dijo, que no me 
sea dado ayudaros como en otro tiempo. Seguí vuestro 
consejo; edifiqué mi casa y tengo hijos. Ahora me cum- 
ple alimentarlos y educarlos. ¿Y sabéis lo que les enseño 
para que sean felices? ¡A alegrarse todos con el éxito 
de cada uno, de modo que el éxito de cada uno haga la 
felicidad de todos ! » 



l37. La mujer. 



1. Luchamos en la vida 
eon la fortuna ciega, 
con ambiciones locas, 
eon vicios y flaquezas ; 
pero entre los conflictos 
de tan terrible guerra, 
la mujer es el ángel 
qüQ. junto al hombre vela. 



2. En la inocente cuna 
al dolor ya condena 
Naturaleza al hombre 
que a la existencia llega. 
¿ Quién secará su llanto 
con sin igual ternura? 
La madre, que es el ángel, 
que junto al hijo vela. 



344 



CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 



3- Cuando brota en el alma 
un fuego que la quema 
y el corazón suspira 
por otro que le entienda^ 
entonces de mil flores 
dispone su cadena, 
la mujer, que es e. ángel 
que para amarnos vela. 



4. ¡ Feliz el que en su infancia 
tuvo una madre tierna! 
¡Más feliz el que halla, 
andando su carrera, 
la esposa que en sus sueños 
buscó dulce y perfecta, 
porque ése encontró un ángel 
que en torno suyo vela! 



Juan Mahía Gutiérrez. 



l38. La familia. 



I. LA CONSTITUCIÓN DE LA FAMILIA 

La base fundamental de la sociedad es la buena cons- 
titución de la familia. En esta unión primaria de indivi- 
duos tan diferentes por sus edades, temperamentos, carac- 
teres, gustos, deseos y tipos, obligados por lo mismo a 
someterse a leyes para vivir en comunidad y sin anarquía, 
se encuentran los primeros elementos del cuerpo social. 
Las personas que componen la familia se manifiestan con 
sus hábitos, sus costumbres, su probidad ingénita o sus 
inmoralidades hereditarias; pero las buenas instituciones 
tienen poder bastante para efectuar en la familia una salu- 
dable fusión, aminorando los defectos y vicios por el con- 
tacto y con el ejemplo de los méritos y virtudes. 

II. EL MATRIMONIO 

La base principal de la constitución de la familia es 
el matrimonio. Solamente la legítima unión de un hombre 
y una mujer libres, atraídos recíprocamente por la simpa- 
tía, puede asegurar la pureza y estabilidad de la familia. 
El matrimonio enlaza dos seres racionales y sensibles, 
a fin de que el uno encuentre en el otro un auxiliar 
seguro, y de que, tanto en el buen estado de salud 
como en las enfermedades, tanto en la ventura como en 



EL HOGAR 345 

la adversidad, se alivien el peso del destino, compartién- 
dolo. 

III. EL GOBIERNO DE LA FAMILIA 

Fácil es comprender que, en la familia, el padre y la 
madre deben tener atribuciones especiales. El marido ha 
de proteger a la mujer, y la mujer ha de obedecer al ma- 
rido. Pero, naturalmente, no se trata de una autoridad 
despótica ni de una condescendencia servil, sino de una 
superioridad deferente y cariñosa y de una obediencia 
amable y razonada. 

Para que la sociedad conyugal subsista es preciso que 
uno de los esposos tenga cierta preeminencia sobre el 
otro. La Naturaleza y la ley civil han dado esta preemi- 
nencia al marido, y en ella se origina su deber de prote- 
ger a la esposa. La obediencia de la esposa es un home- 
naje al poder que la protege y una consecuencia necesaria 
para la unión conyugal. 

El gobierno de la familia debe semejarse al monár- 
quico, y no ser absoluto. El esposo será el soberano; y 
la esposa, su ministro y alter ego, el «otro yo», responsable 
y con atribuciones propias ; subordinado, mas con voz de- 
liberativa ; debe consultársele en todo asunto importante 
y de interés común. La opinión del soberano sólo llegará 
a preponderar, en caso de disentimiento, cuando sea por 
todo extremo indispensable tomar una decisión. Los hijos 
representarán a los subditos, guiados por esa benévola y 
compleja autoridad, que será tanto mejor para el bien- 
estar de todos cuanto más armonía y unidad haya en su 
acción. Si este gobierno está bien entendido, y en él son 
sabiamente respetados los derechos y deberes de cada 
miembro de la familia, hállase asegurada la realización de 
su gran fin social y su felicidad. 

Según José M. Torrbs. 



346 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

11. LA CASA Y LA HUERTA 

l39. La casa paterna. 

(ün hogar de provincias, en San Juan, en el siulo xix). 

La casa de mi madre, la obra de su industria, cuyos 
adobes y tapias pudieran computarse en varas de lienzo 
tejidas por sus manos para pagar su construcción, ha re- 
cibido en el transcurso de estos últimos años algunas adi- 
ciones, que la confunden hoy con las demás casas de 
cierta medianía. Su forma original, empero, es aquella a 
que se apega la poesía del corazón, la imagen indeleble 
que se presenta porfiadamente a mi espíritu, cuando re- 
cuerdo los placeres y pasatiempos infantiles, ias horas de 
recreo, después de vuelto de la escuela, los lugares apar-, 
tados donde he pasado horas enteras y semanas sucesi- 
vas en inefable beatitud, haciendo santos de barro para 
rendirles culto en seguida, o ejércitos de soldados de la 
misma pasta, para engreírme de ejercer tanto poder. 

Hacia la parte del Sur del sitio de treinta varas de 
frente por cuarenta de fondo, estaba la habitación única 
de la casa, dividida en dos departamentos : uno, sirviendo 
de dormitorio a nuestros padres, y el mayor, de sala de 
recibo, con su estrado alto y cojines, resto de las tradi- 
ciones del diván árabe que han conservado los pueblos 
españoles. Dos mesas de algarrobo indestructibles, que 
vienen pasando de mano en mano desde los tiempos en 
que no había otra madera en San Juan que los algarro- 
bos de los campos, y algunas sillas de estructura des- 
igual, flanqueaban la sala, adornando las lisas murallas 
dos grandes cuadros al óleo de Santo Domingo y San 
Vicente Ferrer, de malísimo pincel, pero devotísimos y 
heredados a causa del hábito dominico. A poca distancia 
de la puerta de entrada elevaba su copa verdinegra la 
patriarcal higuera que sombreaba aún en mi infancia aquel 
telar de mi madre, cuyos golpes y traqueteo de husos, 



LA CASA Y LA HUERTA 347 

pedales y lanzadera nos despertaba antes de salir el sol, 
para anunciarnos que un nuevo día llegaba, y con él la 
necesidad de hacer por el trabajo frente a sus necesidades. 
Algunas ramas de la higuera iban a frotarse contra las 
murallas de la casa, y calentadas allí por reverberación 
del sol, sus frutos se anticipaban a la estación, ofreciendo 
para el 23 de noviembre, cumpleaños de mi padre, su 
contribución de sazonadas brevas para aumentar el rego- 
cijo de la familia. Deténgome con placer en estos detalles, 
porque santos e higuera fueron personajes más tarde de 
un drama de familia en que lucharon porfiadamente las 
ideas coloniales con las nuevas. 

En el resto de sitio que quedaba, de veinte varas es- 
casas de fondo, tenían lugar otros recursos industriales. 
Tres naranjos daban fruto en el otoño, sombra en todos 
tiempos. Bajo un durazno corpulento había un pequeño 
pozo de agua, para el solaz de tres o cuatro patos, que, 
multiplicándose, daban su contribución al complicado y 
diminuto sistema de rentas sobre que reposaba la existen- 
cia de la familia; y como todos estos medios eran aún 
insuficientes, rodeado de cerco, para ponerlo a cubierto de 
la voracidad de los pollos, había un jardín de hortalizas 
del tamaño de un escapulario, y que producía cuantas 
legumbres entran en la cocina americana, el todo abrillan- 
tado e iluminado con grupos de flores comunes, un rosal 
morado y varios otros arbustillos florescentes. Así se reali- 
zaba en una casa de las colonias españolas la exquisita 
economía de terreno y el inagotable producto que de él 
sacan las gentes de campaña en Europa. El estiércol de 
las gallinas y la bosta del caballo en que montaba mi 
padre, pasaban diariamente a dar nueva animación a aquel 
pedazo de tierra que no se cansó nunca de dar variadas 
y lozanas plantas; y cuando he querido sugerir a mi ma- 
dre algunas ideas de economía rural, cogidas al vuelo en 
los libros, he pasado merecida plaza de pedante, en pre- 
sencia de aquella ciencia de la cultura que fué el placer y 



348 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

la ocupación favorita de su larga vida. Hoy, a los setenta 
y seis años de edad, todavía se nos escapa de adentro de 
las habitaciones, y es seguro que hemos de encontrarla 
aporcando algunas lechugas, y respondiendo en seguida a 
nuestras objeciones, con la violencia que se le haría, de 
dejarlas, al verlas tan maltratadas. 

Todavía había en aquella arca de Noé algún rincon- 
cillo en que se enjebaban o preparaban los colores para 
teñir las telas, y un pudridor de afrecho de donde salía 
todas las semanas una buena porción de exquisito y 
blanco almidón. En los tiempos prósperos se añadía una 
fábrica de velas hechas a mano, alguna tentativa de ama- 
sijo, que siempre terminaba mal, y otras mil granjerias 
que sería superfluo enumerar. Ocupaciones tan variadas 
no estorbaban que hubiese orden en las diversas tareas, 
principiando la mañana con dar de comer a los pollos, 
desherbar, antes que el sol calentase, las eras de legum- 
bres, y establecerse en seguida en su telar, que por largos 
años hizo la ocupación fundamental. Está en mi poder la 
lanzadera de algarrobo lustroso y renegrido por los años, 
que había heredado de su madre, quien la tenía de su 
abuela, abrazando esta humilde reliquia de la vida colonial 
un período de cerca de dos siglos, en que nobles manos 
la han agitado casi sin descanso ; y, aunque una de mis 
hermanas haya heredado el hábito y la necesidad de tejer 
de mi madre, mi codicia ha prevalecido, y soy yo el de- 
positario de esa joya de familia. Es lástima qne no haya 
de ser jamás suficientemente rico o poderoso para imitar 
a aquel rey persa que se servía en su palacio de los ties- 
tos de barro que le habían servido en su infancia, a fin 
de no ensoberbecerse y despreciar la pobreza. 

La lucha se trabó, pues, en casa, entre mi pobre ma- 
dre, que amaba a sus dos santos dominicos como a miem- 
bros de la familia, y mis hermanas jóvenes, que no com- 
prendían el santo origen de estas afecciones, y querían 
sacrificar los lares de la casa al bien parecer y a las preocu- 



LA CASA Y LA HUERTA 349 

paciones de la época. Todos los días, a cada hora, con 
todo pretexto, el debate se renovaba; alguna mirada de 
amenaza iba a los santos, como si quisieran decirles: 
« Han de salir para afuera » ; mientras que mi madre, con- 
templándolos con ternura exclamaba: «¡Pobres santos! ¿Qué 
mal les hacen, donde a nadie estorban?» Pero en este con- 
tinuo embate, los oídos se habituaban al reproche, la re- 
sistencia era más débil cada día; porque, vista bien la 
cosa, como objetos de religión, no era indispensable que 
estuviesen en la sala, siendo mucho más adecuado lugar 
de veneración el dormitorio, cerca de la cama, para en- 
comendarse a ellos ; como legado de familia, militaban las 
mismas razones; como adorno, eran de pésimo gusto; y 
de una concesión en otra, el espíritu de mi madre se fué 
ablandando poco a poco, y, cuando creyeron mis herma- 
nas que la resistencia se prolongaba no más que por no 
dar su brazo a torcer, una mañana que el guardián de 
aquella fortaleza salió a misa, o a una diligencia, cuando 
volvió, sus ojos quedaron espantados al ver las murallas 
lisas donde había dejado poco antes dos grandes parches 
negros. Mis santos estaban ya alojados en el dormitorio, 
y, a juzgar por sus caras, no les había hecho impresión 
ninguna el desaire. Mi madre se hincó llorando en pre- 
sencia de ellos, para pedirles perdón con sus oraciones; 
permaneció de mal humor y quejumbrosa todo el día, 
triste el subsiguiente, más resignada al otro día, hasta que, 
al fin, el tiempo y el hábito trajeron el bálsamo que nos 
hace tolerables las más grandes desgracias. 

Esta singular victoria dio nuevos bríos al espíritu de 
reforma; y, después del estrado y los santos, las miradas 
cayeron, en mala hora, sobre aquella higuera que vivía en 
medio del patio, descolorida y nudosa en fuerza de la se- 
quedad y los años. Mirada por este lado la cuestión, la 
higuera estaba perdida en el concepto público ; pecaba 
contra todas las reglas del decoro y de la decencia; pero 
para mi madre era una cuestión económica, a la par que 



350 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

afectaba su corazón profundamente. jAh! ¡si la madurez de 
mi corazón hubiera podido anticiparse en su ayuda, como 
el egoísmo me hacía, o neutral, o inclinarme débilmente 
en su favor, a causa de las tempranas brevas ! Querían 
separarla de aquella su compañera, en el albor de la vida 
y el ensayo primero de sus fuerzas. La edad madura nos 
asocia a todos los objetos que nos rodean ; el hogar do- 
méstico se anima y vivifica; un árbol que hem.os visto 
nacer, crecer y llegar a la edad provecta, es un ser do- 
tado de vida, que ha adquirido derechos a la existencia, 
que lee en nuestro corazón, que nos acusa de ingratos, y 
dejaría un remordimiento en la conciencia si lo hubiése- 
mos sacrificado sin motivo legítimo. La sentencia de la 
vieja higuera fué discutida dos años, y, cuando su defen- 
sor, cansado de la eterna lucha, la abandonaba a su suerte, 
al aprestarse los preparativos para la "ejecución, los senti- 
mientos comprimidos en el corazón de mi madre estalla- 
ban con nueva fuerza, y se negaban obstinadamente a 
permitir la desaparición de aquel testigo y de aquella com- 
pañera de sus trabajos. Un día, empero, cuando las revo- 
caciones del permiso dado habían perdido todo prestigio, 
oyóse el golpe mate del hacha en el tronco añoso del 
árbol, y el temblor de las hojas, sacudidas por el choque, 
como los gemidos lastimeros de la víctima. Fué éste un 
momento tristísimo, una escena de duelo y de arrepenti- 
miento. Los golpes del hacha higuericida sacudieron tam- 
bién el corazón de mi madre; las lágrimas asomaron a 
sus ojos como la savia del árbol que se derramaba por 
la herida, y sus llantos respondieron al estremecimiento 
de las hojas; cada nuevo golpe traía nuevo estallido de 
dolor, y mis hermanas y yo, arrepentidos de haber cau- 
sado pena tan sentida, nos deshicimos en llanto, única re- 
paración posible del daño comenzado. Ordenóse la suspen- 
sión de la obra de destrucción, mientras se preparaba la 
familia para salir a la calle y hacer cesar aquellas dolorosas 
repercusiones del golpe del hacha en el corazón de mi 



LA CASA Y LA HUERTA 



351 



madre. Dos horas después la higuera yacía por tierra, en- 
señando su copa blanquecina, a medida que las hojas, 
marchitándose, dejaban ver la armazón nudosa de aquella 
estructura que por tantos años había prestado su parte de 
protección a la familia. 



Domingo F. Sarmiento. 



l40. El ratoncillo. 



(Fábula) 



1. Dos ratones viejos 
dan sabios consejos 

a su ratoncillo : 

— Sé diablo, ^é pillo, 
corre por doquiera; 
pero huye al momento, 
huye como el viento, 
de t'ída trampera. 
¡Tiene este aparato 
un alma de gato ! — 

2. Corre el ratoncillo, 
y un dulce olorcillo 
guía su carrera 

hasta la trampera. 

— ¡Pues ya es disparate 



clama el botarate — , 
llamar a esto un gato !. 
i Yo no tengo miedo !... 
i Bien mirarla puedo 
de ejos un rato ! — 

3. Se para, la mira, 
su períume aspira; 
con audacia loca 
se acerca, la toca ; 
junto a ella se sienta; 
d scubre allí preso 
un tiozo de queso; 
lo huele, se tienta, 
el queso se zampa... 
i Y cae en la trampa! 



l4l. E,l naranjo.' 

Transplantado de España, creció bajo el cielo de Bue- 
nos Aires, en un patio de la casa de mis abuelos. Quizás 
porque extrañaba la tierra, desenvolvióse miserable, casi 
atacado de raquitismo, así como esos niños que, concen- 
trando en los ojos una belleza impropia de la edad, tienen 
una infancia triste. En el naranjo, los ojos fueron tempra- 
nas flores; tan tempranas, que parecía darlas aprisa, y 
fundir en ellas toda su enfermiza savia, presintiendo que 
la muerte le esperaba en la próxima estación. Pero, poco 
a poco, los cuidados le hicieron olvidar el aire primero 
que respirara y hasta la vieja fuente árabe que mezcló su 



352 CUADROS V FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

murmurio al de sus hojas recién nacidas. El agua que le 
echaban religiosamente, con cariños de manos de enfer- 
mero; la poda, que ponía en la tijera la solicitud de un 
médico amigo, convirtieron al débil en un fuerte arbusto, 
y, por último, un invierno benigno y una primavera extra- 
ordinaria lo transformaron en un árbol magnífico. 

Desde entonces^ con avidez, esperaba los nuevos sep- 
tiembres que le traían las golondrinas de Europa. Toda la 
belleza del cielo, toda la transparencia del aire, tenían 
por objeto engendrar el traje nupcial del árbol, sonrisa de 
gloria entre los muros amarillentos del patio. Los niños 
habían crecido con él ; y para sus novias encontraron 
azahares en sus ramas. Ya hombres, entregaron a sus hijos 
las cuatro o cinco naranjas que producía y de que ello§, 
con el mismo placer y a la misma edad, lo despojaron. 

Varios ataúdes desfilaron después al pie de su tronco. 
Su sombra cayó rápida sobre el ébano, queriendo dibu- 
jarse en el brillo de esa negrura. Él también se despedía, 
armonizando con los viejos retratos que, presidiendo la 
vida luctuosa o alegre, impregnábanse de las emociones 
del hogar, melancólicamente pensativos. 

De tres generaciones había sido ya camarada, cuando 
empezó a reconquistar sólo la mitad de sus hojas en las 
nuevas primaveras. Su sombra fué más leve en las baldo- 
sas desgastadas por los juegos de otro tiempo. Parecía 
más triste ante el rastro de los pies que ya no corren. 
Sus pocas hojas mostraban un verdor más intenso, más 
obscuro, y sentían en la luz misma el germen de la muerte. 
Al marchitarse, su amarillo no llegaba a convertirse en 
oro, pues, con un dejo del verde anterior, diríase entre- 
cano, y se dejaba arrebatar sin fuerza al prirrrer soplo vivo 
del Plata. El tronco se hendió, para mayor miseria, ahora, 
cuando no tenía casi copa que soportar; quizás el re- 
cuerdo de la frondosidad de otro tiempo le hizo romper 
su entraña, imitando a los profetas bíblicos, que en los 
días de duelo desgarraban sus vestiduras. 



LA CASA Y LA HUERTA 353 

Hubo que sostenerlo con iin barrote, y se apoyó en 
el báculo, suavizando la dureza del hierro con la gracia 
melancólica de sus últimas floraciones. Un niño tuvo en- 
tonces la ocurrencia de quererlo mandar al Paraguay, para 
que reviviera en un hospitalario clima, y la gente rió por 
cierto de aquella forma ingenua del cariño. Su sombra, en 
tanto, daba pena; era un alma buscando su viejo cuerpo 
desvanecido. Alguien plantó una glicina al pie del tronco. 
La muleta de hierro fué envuelta. El árbol enfermo sufrió 
un asalto, y las flores azules, recuerdo del cielo, cubriendo 
el tronco y las ramas, lo embalsamaron piadosamente. 
Cuando cayeron, al fin de la estación, el naranjo no podía 
tenerse en pie, y la raíz sola, arrancando aún jugos a la 
tierra, con un último esfuerzo, ayudaba al sol, en cuyos 
rayos, para el árbol de la casa, había, con el amor de los 
vivos, algo del espíritu de los muertos. Todo fué inútil, y, 
para evitar su completa degradación, el hacha de un joven 
jardinero, descendiente de quien lo cuidó en su infancia, 
lo abatió de un solo golpe. 

El patio, desde entonces, fué el sepulcro de algo que 
había desaparecido llevándose muchas cosas. Un farol que 
brillaba en invierno al lado del centinela rígido y negro, 
y en estío a través de las hojas, adquirió, al fulgurar libre 
en las noches, un inusitado brillo, lleno de fuerza para 
velar un cadáver invisible. 

En el invierno que sucedió a ese otoño, el árbol reapa- 
reció, ¡pobre viejo amigo!, convertido en leña. Se le vio 
inflamarse en la chimenea, como metido en el corazón de 
la casa, para transformarse en viva llama. La muerte del 
patriarca era digna y gloriosa. Una ráfaga vibrante se alzó, 
consumiendo los trozos en un relámpago; fué menester 
ethar más para animar su transporte. Júbilos de niños, 
alegrías o tristezas de hombres y mujeres se mezclaron, 
y palabras incomprensibles de antiguas voces, murmuraba 
el canto del fuego, que era el alma de una elegía. Evo- 
caciones distintas, claras, acudían de rincones de los cere- 



35i CUADROS Y FASES DZ LA VIDA ARGENTINA 

bros, confundiéndose en un sentimiento, en una común 
hoguera, cual los despojos. A veces se animaban los re- 
tratos. Veíase a los gentileshombres españoles y franceses, 
desconocidos de sus nietos, y a as damas con trajes 
hechos exóticos por el tiempo, al resplandor del madero, 
transplantado, como sus sangres, de Europa a América. 
Creíase que iban a desprenderse de los muros para asistir 
al sacrificio y mirarle con el pensamiento. Con ellos se 
movían los de los muertos queridos, sin tener aún la pá- 
tina del tiempo, con los colores que les prestaba también 
el recuerdo. En una virazón de la llama salieron del fondo 
de un alto espejo semblantes familiares sólo por las imá- 
genes pintadas, con los ya efímeros y fantásticos, ayer en 
la luna reales y vivientes. 

El último chisporroteo devoró el último leño. Una tris- 
teza, hecha de un moribundo fulgor, se tendió sobre un 
reguero de rescoldo; y la sombra intensa de la muerte 
del fuego fué el sudario de un montón de cenizas. Los 
niños, entonces, tomaron puñados de ellas, cual si fuesen 
las de un muerto sacrosanto... El destino errabundo dis- 
persa a veces a los hombres, de modo que sus ataúdes 
no se construyen con los árboles que dan sombra a las 
casas paternas. ¡Qué importa! No todos pueden peregri- 
nar, a semejanza de los Natches, con los huesos de sus 
padres: vosotros peregrináis con esas cenizas. ¡Ellas fecun- 
darán en cualquier parte el germen de nuevos árboles, en 
cuyas copas habrá frutos y flores, murmurantes con la 
armonía de las viejas y santas tradiciones! 

Angul de Estrada (hijo i 

l42. Las aves de corraL 

Todas las noches desaparecía algún pollo del corral. 
Justamente alarmadas, las aves domésticas se reunieron en 
conciliábulo. De acuerdo por vez primera en su vida, re 
solvieron defender la pequeña ciudad contra las asechanzas 



LA CASA Y LA HUERTA 355 

del ladrón nocturno. Por ser los más fuertes, encomen- 
dóse la defensa al gallo de agudos espolones, al ganso 
de los picotazos a diestro y siniestro y al pavo de los 
formidables glu, glu. 

Alarmado también el jardinero, soltó el perro para 
que rondara el corral. Pero tanto la vigilancia exterior del 
perro como la defensa interior de las propias aves resul- 
taban inútiles... Los pollos seguían desapareciendo, noche 
tras noche, uno por uno. 

Comprendiendo que el misterioso ladrón había de ser 
alguna comadreja que se colaba por arriba en el corral, 
el jardinero lo hizo techar sólidamente, con un tejido de 
alambre. En efecto, desde entonces no volvió a desapa- 
recer pollo alguno. 

Felicitáronse las aves domésticas, y, como no se ha- 
bían dado cuenta de la innovación del jardinero, atribuía 
cada una a su heroísmo la huida del ladrón nocturno. 
«¡Yo le vencí con mis espolonazos! cacareaba el gallo.— 
¡Yo fui quien le asustó con mis picotones!, rectificaba el 
ganso.— ¡Nada de eso!, soplaba el pavo. ¡Fui yo quien le 
espantó con mis glu, glu!». 

Desde afuera, el perro afirmaba a su vez: «¡Vaya con 
los valientes! ¿Cómo podrían ustedes, desgraciados volá- 
tiles, poner en fuga a un ladrón? ¡Felizmente estaba yo 
aquí para defenderlos y ahuyentarle ! ». 

Llegó en esto el jardinero, acompañado por las criadas. 
Contáronse las aves, y, como ellas mismas lo habían no- 
tado, vióse que ninguna faltaba. Sempiternas charlatanas, 
las criadas no pudieron menos de trenzarse en una ani- 
mada disputa sobre quién habría sido el ladrón. Impa- 
ciente con su chachara, el jardinero exclamó : « ¡ Cállense, 
cotorras ! El ladrón era una comadreja, y yo hice techar el 
corral para que no volviese a entrar... ¡ No hablen ustedes 
de lo que no entienden!». 

Y un loro astuto, que traía una criada posado en el 
hombro, repitió a su modo, apostrofando directamente a 



356 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

las aves y al perro : « ¡ Cállense, cotorras ! El ladrón era 
una comadreja, y el jardinero hizo techar el corral para 
que no volviese a entrar... ¡ No hablen ustedes de lo que 
no entienden, ni se jacten de lo que no pueden 1 ». 

III. EL NIÑO 

l43. Recuerdos de la infancia. 
I. LOS PRIMEROS RECUERDOS 

Como los demás hombres, he olvidado los meses que 
pasé en la cuna y en el regazo de mi madre. Mis más 
antiguas añoranzas se remontan a un viaje por agua, que 
debí realizar con los míos, de Buenos Aires a Rosario, 
cuando tenía cuatro o cinco años de edad. Recuerdo, en 
efecto, que me caí de un vapor enorme, cuyo casco estaba 
pintado de negro, a las ondas del río. Una ballena avan- 
zó hacia mí con las fauces abiertas, e iba a tragarme ya, 
cuando me izaron desde el vapor, pescándome con una red. 

Con tales detalles tengo grabada en la memoria esta 
singular peripecia — el frío del agua, mi terror, las mar- 
cas de la malla en la carne — , que de niño hubiera ju- 
rado su verdad sobre los Santos Evangelios. Hoy mismo 
me cuesta convencerme de su inexactitud. Debo, sin em- 
bargo, convenir en que sería un tanto atrevido suponerla 
indiscutiblemente cierta: en el río Paraná no hay ballenas; 
las ballenas no se tragan a los niños; mis padres me 
aseguran que nunca me he caído de un buque al agua; 
además, si esta desgracia me hubiera ocurrido, tal vez no 
se me hubiera pescado como un pejerrey... 

¿Soñé la aventura? No podría decirlo. Probablemente, 
en aquel viaje, estando yo asomado a la borda del buque, 
alguien me dijo, para que me estuviera quieto, que me 
iba a caer al río y me comerían los peces... Tanto rne 
impresionó la amenaza, que aun la tengo presente, como 
si se hubiera cumplido. 



EL NIÑO 357 

Háceme esto pensar que nuestras reminiscencias di- 
manan, en puridad, de otras anteriores. Más que de las 
sensaciones iniciales, nos acordamos de habernos acordado 
otras veces, de modo que un recuerdo no es más que el 
último de una larga serie de recuerdos repetidos y enca- 
denados. Cuando se rompe un eslabón de la cadena, bó- 
rrase la idea y la memoria se extravía en la noche de la 
inconsciencia. 

Como la peripecia del viaje, todas mis primeras año- 
ranzas son fantásticas. No se distingue en ellas la línea 
que separa la imaginación de la realidad. Lo ficticio y lo 
histórico constituyen un mundo pintoresco y trágico. 

A pesar de ser yo de complexión fuerte y sana, el clima 
demasiado cálido en verano y un exceso de alimentación 
prescripto por el médico, me produjeron penosas'digestio- 
nes. Asediábanme entonces, durante la noche, hórridas pe- 
sadillas, que aun recuerdo como verídicos sucesos. Arañas 
gigantescas, velludas, de ojos múltiples y magnéticos, se 
ocultaban en los rincones de mi dormitorio para asaltarme 
y chuparme la sangre en cuanto se apagara la luz... 

Una luna roja, que se veía como una gota de sangre, 
lejos, muy lejos, comenzaba a acercarse, agrandándose. 
Mi cama huía girando vertiginosamente alrededor del apo- 
sento, por el suelo, el techo y las paredes; pero no podía 
escapar porque las puertas estaban cerradas, y, en tanto, ¡la 
luna roja se me venía encima!.. Al fin estallaba, lanzando 
de su seno una lluvia de coludos diablillos con pupilas de 
fuego y armados de tridentes, tenazas, limas, garfios... 
¡Para atormentarme, el infierno se constituía en mi apo- 
sento! Otras veces sólo veía a un diablo gigante, con alas 
de murciélago, en un páramo, adonde le iba a buscar mi 
ángel de la guarda para desafiarle con su lanza de oro... 

Llegué a creer que era ley indefectible el soñar du- 
rante la noche con cuanto pensaba durante el día. Por esto 
me esforzaba en tener, despierto, ideas agradables. ¡Vano 
empeño ! No faltaba nunca un criado que, para repren- 



358 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

derme por mis travesuras, me amenazaba con cosas tan 
horripilantes como el Cuco y Mandinga. 

Cuando incomodaba, chillando o revolviéndolo todo, 
anunciábaseme su presencia: « Mira que te vienen a bus- 
car... > Y yo callaba repentinamente, pues temía que se 
aparecieran y me llevasen a alguna cueva tan negra como 
el depósito doméstico del carbón. Dábame también a ve- 
ces por echármelas de valiente y proseguir mi ocupación 
favorita, la de molestar al prójimo. Pero lo hacía con 
más prudencia ya, y no sin atisbar de reojo a cada 
instante. 

El Cuco era para mí un Proteo omnipresente, de va- 
riadísimas metamorfosis. Araña, pulpo, sapo, dragón, ser- 
piente o tigre, su alma era siempre la misma, ¡ un alma 
implacable! Mandinga y sus diablillos me eran menos an- 
tipáticos; encontrábalos más humanos. Por otra parte, 
cuando se desmandaban, presentábase mi vigilante ángel 
de la guarda para llamarlos al orden... 

Sintiendo yo alto respeto por el ángel y hondo miedo 
a los espíritus maléficos, trataba de propiciarme la buena 
voluntad del uno y de aplacar la ira de los otros. Antes 
de recogerme solía dejarles sobre la chimenea, como so- 
bre un altar bárbaro, lo que más apreciaba y lo único 
que en realidad poseía: golosinas y juguetes. Muchas ve- 
ces desaparecían durante la noche; dioses y demonios 
debían haberlos recogido... Pero yo abrigaba mis dudas. 
Para salir de ellas rocié una vez el cuarto con harina, 
después de acostarme. A la mañana siguiente descubrí, en 
efecto, estampadas en la harina, huellas que coincidían con 
los gruesos zapatos de la criada... Más tarde comprobé 
que era ella quien tomaba, para llevárselos a sus chicos, 
mis ofrendas y holocaustos. Desde entonces renuncié a 
sacrificarlos a mis dioses y demonios. 

Mi travesura de enharinar el piso mereció severa re- 
primenda. Alguien llegó a calificar el acto de « inconcebi- 
ble tontería». En verdad, mis actos parecían generalmente 



EL M.ÑO 359 

idiotas a los mayores. . . Es que yo tenía, como todos ios 
niños, un mundo aparte, mi mundo subjetivo y lierméti- 
co. Sólo mi padre sospeciiaba vagamente la lógica oculta, 
la lógica ¡lógica de mis pensamientos. Había ya renun- 
ciado a explicarlos ; nadie me comprendía' y todos se bur- 
laban de mí. 

Hallándome una vez algo enfermo en cama, me dis- 
traían extraordinariamente ciertos pequeños ruidos que se 
escuchaban nítidos en el silencio del aposento. Provenían 
de los ratones que minaban la vieja casa de campo 
donde pasábamos el verano ; contra tal plaga resulta- 
ban impotentes gatos y trampas. Yo oía a los anima- 
lejos pasearse por el cielo raso y por la tela que cubría 
las paredes, por entre los muebles, debajo del piso, en 
todas partes, y conversar, enojarse, llorar, reír. Ocurría- 
seme que tenían sus enseres y útiles, que abrían y cerra- 
ban baúles, que se persignaban y cantaban misa, en fin, que 
vivían una vida de pequeños seres humanos. Con el oído 
alerta, pasábame espiando los días de mi convalecencia, 
siempre ansioso de sorprender sus secreteos y discreteos. . . 

Gustábame observar, desde la cama, la franja que la 
luz del gas dibujaba sobre la pared del dormitorio. Veía 
desfilar por ella, como en inagotable cinta cinematográfica, 
siempre de izquierda a derecha, rígidas figuras de viejas 
con nariz- de pico de loro, gatos negros arrebujados, hom- 
bres con caras de bestias feroces, no sé qué raros y te- 
naces jeroglíficos y arabescos. . . Gustábame igualmente, 
al despertar, el alegre espectáculo del chorro de sol que 
se colaba por una rendija del postigo entreabierto. Las 
mirladas de corpúsculos suspendidos y flotantes en el aire 
se me antojaban hombrecitos diminutos, hombrecitos del ta- 
maño de un grano de anís o de una partícula de polvo, 
que subían y bajaban, y bajaban y subían, ya de pie, ya 
de costado, y más a menudo con las piernecillas abiertas 
para arriba y para abajo la luminosa cabecita y los bracitos 
pendidos. 



3^>0 CUADROS Y FAStS DE LA VIDA ARGENTINA 

La obscuridad me asustaba, sobre lodo por temor a 
los ladrones. Los ladrones eran para mí unos entes fa- 
bulosos, dignos hermanos del Cuco y de Mandinga. Supo- 
níales formas y potencias sobrenaturales; vastagos ubicuos 
de la noche, atravesaban los muros más sólidos, como la 
luz el cristal, y en cualquier momento podían hacerse 
invisibles. Al acostarme, pensaba siempre que hubiera al- 
guno de ellos escondido debajo de la cama. Pero no 
me toínaba la molestia de mirar o de pedir a otros que 
mirasen por mí. ¿Para qué? ¿Acaso se le iba a descu- 
brir? ¡Ya cuidaría el ladrón de desaparecer a tiempo en 
el aire, como un jirón de niebla! 

Entre las absurdas ideas que me preocupaban en 
aquella época, la más absurda — hoy lo reconozco — era 
la que me había forjado de París, la ciudad de París, 
la capital de Francia, ni más ni menos. Representábamela 
como un dilatado plantío de repollos. Tan fuertemente se 
asociaron estas dos ideas de la ciudad y la verdura en 
mi espíritu que, ahora mismo, cuando de París se me 
habla, pienso en un monumental repollo, y cuando como 
repollo, aunque sea en la más avinagrada Chukrut con 
salchichas legítimas de Frankfort, suelo acordarme de París... 

Ello es que, cada vez que nacía un nuevo hernianito 
o algún primito nuevo, decíame mi abuela que de allí 
« me lo habían traído ». Por otra parte, una criada me 
había-informado que los chicos se sacaban de las coles ; 
yo mismo había visto pintado en la pared de una botica 
un anuncio, en el que se representaba un recién nacido 
mofletudo sentado dentro de un repollo y tendiendo al 
mundo sus /inocentes bracitos. . . Luego, con la mejor 
lógica, si los chicos venían todos de París y nacían cada 
uno de su repollo; ¿ qué podía ser París, sino un popu- 
loso plantío de repollos?... 

Estas estrambóticas asociaciones de ideas que se 
traban sólidamente en la infancia de ciertos espíritus, 
pueden tal vez servir más tarde para explicar inauditas 



EL NI. ÑO 361 

expresiones literarias y iiasta actos extravagantes. Piérdese 
a menudo el origen de tales asociaciones, y sólo queda y 
persiste el remanente... Así, un pollo fiambre envuelto en 
un papel me sugiere siempre la idea de un largo viaje en 
ferrocarril. ¿Por qué? Yo mismo no sabría decirlo a cien- 
cia cierta, aunque supongo l\ue sea por haber visto llevar 
semejante comestible en algún viaje. A otros, un dominó 
celeste les evoca la idea de un asesinato; un perro cojo, 
la de una bailarina; un cerdo asado, la de un retablo; un 
hombre narigón, la de una farmacia; en fin, cada uno 
tiene en su alma las más disparatadas asociaciones de 
ideas... El mejor modo de comprenderlas sería, sin duda, 
escudriñar en los recuerdos de la infancia. 

II. LOS PRIMEROS ENTUSIASMOS 

Mi pasión eran los cuentos. Prefiriéndolos a los ju- 
guetes, a los dulces, a los mismos paseos, amábalos . de 
todos los géneros. Los de hadas o fantásticos me cautivaban; 
los realistas, de hombres y mujeres, como siempre había 
en ellos robos, incendios, asesinatos, me conmovían y 
arrancaban dulces lágrimas; los de animales — sobre todo 
el de Cochanchíto, aquel lechoncillo tan mal educado — , 
me hacían reír hasta desternillarme y provocar ciertas in- 
oportunidades fisiológicas... 

Por la noche, por la mañana, por la tarde, el día en- 
tero pedía que me contaran cuentos y más cuentos, a mi 
abuela, a mi madre, a las criadas, a todo el mundo. Apenas 
mi abuela concluía uno, le suplicaba yo: «¡Otro, otro cuen- 
to!» Agotado su repertorio, ella se defendía. No sabía más; 
todos me los había contado... «¡No importa, insistía yo, 
cuéntame alguno otra vez!... ¡Cuéntame el de la Cenicienta/». 

Cansada de tanto repetirlo, abreviábalo en algún pa- 
saje mi abuela: «....Entonces la Cenicienta, al salir del 
salón, perdió el zapatico de cristal...» Yo protestaba: :No 
es así, abuelita... Entonces la Cenicienta salió escapada 



3í92 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

del baile, y, al bajar la escalinata del palacio, perdió su 
zapatico de cristal... — Si lo sabes mejor que yo, objetá- 
bame la buena señora, ¿para qué quieres que te lo cuente?» 
Pero yo respondía, convencido : « Cuanto más lo sé, más 
me guste oirlo ». Y era cierto. Satisfecho el vulgar anhelo 
de la curiosidad provocada por la trama la primera vez 
que lo había escuchado, y, conociendo ya sus personajes 
y episodios, su repetición me producía un placer estético 
más desinteresado y puro. 

Harta de repetir, glosaba mi abuela en ocasiones, con 
ligeras variantes, los viejos cuentos. Pero yo, partidario 
de la exactitud, corregíala también en tales casos: «Eso 
es el cuento de ALibabá con otros nombres y mal contado. 
¡Cuéntamelo bien, abuelita, y con los nombres verdaderos!» 
No había, pues, más escapatoria que espetarme el cuento 
como lo pedía, sin variar ni omitir detalle. 

Al terminar una historia, sobre todo cuando la narraba 
mi madre, era yo aficionadísimo a improvisar una con- 
tinuación insólita. «...Y sucedió, decía ella, que la Bella 
Durmiente se casó con el príncipe Amable. Fueron muy 
felices, tuvieron muchos hijos, y, si no han muerto, viven 
aún ». En el mismo tono de cuentista, continuaba yo : « Y 
así fué cómo la Bella Durmiente en el Bosque se casó 
con el príncipe Amable, y tuvieron dos hijos. El mayor 
era lindo como el sol y bueno como Dios; el menor 
era malo como el Diablo y picado de viruelas...». 

Siendo yo el primogénito, esto olía a inmodestia, y 
mi madre me enmendaba la plana: «El hijo menor era 
lindo como el sol y muy bueno; pero no como Dios, 
porque nadie puede serlo tanto. En cambio, el hijo mayor 
era bastante malito y picado de viruelas, pues no se había 
dejado vacunar...» Al oiría, estallaba mi indignación: «¡Yo 
me he dejado vacunar!» Y mi madre concluía, sonriendo: 
«¡Tontuelo! ¿Acaso me refiero a ti ? ¿No estábamos en 
que toao era un cuento ;' », 



EL iNKNO 363 

Mis cuentos resultaban siempre abominables. Sin el 
menor sentido artístico, mezclaba yo lo sublime y lo gro- 
tesco. « Había una vez una señora, decía, que estaba ha- 
ciendo dulce de guindas. Su hijito metió la mano en la 
olla, sacó un puñado de dulce, y se lo tragó, caliente y 
con los carozos Como iba a enfermar, la madre se enojó 
tanto que le pegó en la cara con el cucharón que le servía 
para revolver el dulce, y le sacó un ojo. El ojo del hijito 
cayó en la olla, y la madre, sin fijarse, siguió revolviendo, 
revolviendo... Cuando estuvo el dulce en punto, sirvió un 
poco en un platito y se lo llevó a la abuela del niño para 
que lo probara. La abuela, que estaba cortando un vestido 
con unas tijeras grandísimas, fué a probar el dulce, y se 
encontró con el ojo del nieto entre las guindas; lo recono- 
ció porque era más claro. Furiosa entonces con la madre, 
para castigarla por lo que había hecho, con su tijera 
grandísima le cortó las dos orejas ». 

Mi madre desaprobaba. Un niño bien educado no debía 
decir tales disparates. Ninguna señora en el mundo sacaba 
los ojos a los hijos chicos o cortaba las orejas a las hijas 
.grandes... «¡Tontuela! prorrumpía yo. ¿Acaso lo digo 
por ti ? ¡ Los cuentos son cuentos ! >^ 

Cuando pretendía yo obsequiar con .¿stos engendros a 
mis padres, tanto me rectificaban que acababa por embro- 
llarme y desistir. Los criados, aunque nada rectificasen, me 
dejaban hablar, ¡ oh ignorancia del vulgo !, sin escucharme. 
Menos aun me entendían los chicuelos de mi edad. Deci- 
didamente, mi literatura no tenía público... 

Por suerte había en casa dos hermanitos menores, 
uno de cuatro años y otro de dos, que me parecían man- 
dados hacer a la medida para escuchar mis relatos. Con 
regalos de trompos y bolitas trataba yo de conquistar su 
atención. Pero sucedía que, apenas mentaba al « ogro de 
hocico de cerdo » y a los « chiquitos destripados » y avan- 
zaba con los ojos revueltos, la trompa horrible y los puños 
amenazadores, los hermanitos se desgañitaban pidiendo 



364 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

auxilio. Acudía mi madre, y me prohibía severamente que 
volviese a contarles cuentos, so pena de darme unas pal- 
madas, he olvidado dónde... 

Sin saber ya cómo dar gusto a mis exigencias, ago- 
tados los recuerdos de sus lecturas, mi madre me obsequió 
una tarde con el argumento de Fausto, su ópera favorita, 
adaptándolo a mi caletre. Al vuelo atrapé que a aquello le 
correspondía música, y, desobedeciendo órdenes terminan- 
tes, corrí al piano a improvisarla. Mi técnica era por demás 
sencilla. Acompañaba las partes dulces y tristes («Mar- 
garita era una rubia preciosa... » ), insinuando una tenue 
melodía con un dedo en las teclas negras de los altos. 
Pero, en los pasajes fuertes y patéticos ( « se le apareció 
el Diablo al viejo Fausto... »), golpeaba despiadadamente 
en los bajos, con las manos, con la cabeza, hasta con los 
pies, y sintiendo no poseer dos cabezas, diez manos, 
cien pies... 

Mi padre, que estudiaba algún proceso judicial en la 
habitación contigua, acudió al estrépito, con la pluma en la 
mano. Sacóme de un brazo y cerró de golpe el martiri- 
zado instrumento. Yo me sentí mortalmente triste. Había 
decidido que cuando fuera grande, mi ocupación sería es- 
cribir cuentos, y ¿caso ponerles música... ¡Y he aquí que 
indubitablemente se demostraba mi incapacidad para tan 
engorrosa profesión! ¿No sería mejor que me dedicara a 
algo más fácil y positivo, por ejemplo, a confitero?... 

De tanta desilusión me compensaron algunas nuevas 
aficiones. Entusiasmábame el desfile de tropas, marchando 
los soldados en escuadras tan simétricas que parecían de 
juguete, al son del tambor y del clarín. Según se me había 
dicho, desafiaban al enemigo y defendían a la patria. Yo 
los admiraba de todo corazón, aunque también los temía. 
En mi alma infantil, temía todo lo que admiraba, no con- 
cibiendo otra forma de admiración que la impuesta por el 
poder y la fuerza. 

Jamás olvidaré un batallón que pasó una vez por la 



EL NIÑO BtíS 

puerta de mi casa; oficiales y soldados me miraban ce- 
ñudos al pasar, amenazándome con sus sables y bayone- 
tas... ¿Cómo pudo ocurrírseme semejante cosa? Proba- 
blemente la criada, como pretendiese yo correr detrás de 
la tropa, me dijo : « Mira cómo te miran ; si te mueves, 
te van a matar». Y yo, ¡pobre de mí!, aterrado miré, sí, 
cómo me miraban, temiendo que fueran a matarme de un 
momento a otro... 

Después de los militares, impresionábanme los curas. 
No sé donde vi desfilar a los chicos de un seminario, en 
larguísimas hileras, de dos en dos y de menores a mayo- 
res. Eran santos de nacimiento ; nacían con su sotana 
como la tortuga con su caparazón, y el curita y la sotana 
crecían con el tiempo, hasta no caber en la tierra e irse 
derechitos al cielo. 

Era yo entonces, no sólo crédulo, sino creyente y hasta 
devoto. Mi madre, apenas me acostaba, hacíame rezar 
mis oraciones : un Padrenuestro, una Salve, un Credo, un 
Bendito. Ella las recitaba en voz alta, sentada junto a 
mi lecho ; yo repetía dócilmente sus palabras. Pero es el 
caso que solía distraerme y repetir sin parar mientes en 
lo que decía; cuando mi madre me anunciaba que había- 
mos terminado, parecíame que aun nos faltaba una ora- 
ción, generalmente el Credo o la Salve. Y, como yo quería 
rezarlo todo, para que el buen Dios premiase al día si- 
guiente mi piedad cristiana, había que comenzar de nuevo. 
Esto se hacía demasiado largo y fastidioso para mi madre, 
que, a fin de evitarlo, díjome una vez : « Es preciso que 
te fijes en lo que rezas; si no, de nada te valdrá». Tanto 
me impresionó la advertencia que aun no he podido olvi- 
darla. Para que en el día siguiente todo estuviera bien y 
fuese yo bueno — creía yo que a los buenos les iba siem- 
pre bien — , ponía los cinco sentidos en mis^ oraciones, 
tratando de no distraerme un instante. 

Años más tarde, cuando estudiaba en el colegio, acor- 
dábame en vísperas de los exámenes de las recomendaciones 



366 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

de mi madre. Rezaba al acostarme, si no con todo fervor^ 
por lo menos con gran atención. ¡No había que distraerse 
en el curso del Credo o de la Salve, pensando en alguna 
posible pregunta sobre los ángulos poliedros o los verbos 
irregulares! Y cuando, a pesar de mi voluntad, me distraía 
en mis oraciones, recordábalo al despertarme el día si- 
guiente y me levantaba de mal humor, seguro de que 
tendría mala estrella en los exámenes. 

Solían darme, de muy niño, agudas crisis de santidad. 
Un día proyectaba no pecar más en la vida, para merecer 
el nimbo de los santos después de la muerte. Soñaba con 
la dulce paz del anacoreta y resolvía levantar, una ermita 
en el arriate del patio. No obstante, carecía de tempera- 
mento para llevar a cabo la resolución ; era ya inquieto, 
de espíritu curioso y movedizo. Como ahora, gozando de 
cabal salud, no podía pasar un segundo sin ocuparme en 
algo. Pero, en vez de ocupanne en escribir libros y en 
estudiar arduos problemas sociales, entonces mi actividad 
interna no tenía otras manifestaciones que continuas tra- 
vesuras. Todo lo despanzurraba para ver lo que había 
dentro. Todo lo ensuciaba para construir casitas de ba- 
rro, o buques de cartón, o bien algún mecanismo raro, 
que suponía ingenioso. Gustábame pelearme con los de- 
más — pequeños o grandes — para ver cómo se enojaban 
y qué me decían... En una palabra, habíame hecho un 
chico insoportable entre las cuatro paredes de una casa 
de ciudad. 

ni. LAS PRIMERAS LECCIONES 

Habiéndome hecho insoportable, se resolvió enviarme 
a la escuela, para librar a la casa de mi presencia, siquiera 
durante algunas horas del día. No estaba aún en edad de 
aprender, pero se opinaba que la tenía ya de estar 'sujeto. 
¡ Era como si se intentase sujetar el agua del arroyo o 
las cabras del monte!... 

Decidiéronse mis padres con ocasión de un desgra- 



F,L NIÑO 807 

ciado acontecimiento de mi vida. Comía yo siempre, vigi- 
lado por una niñera, en la mesa de los chicos», y pen- 
saba, naturalmente, que la « mesa de los grandes », donde 
me estaba vedado comer, era un perpetuo banquete de 
dioses; allí todos los manjares serían mieles y ambrosías... 
Admitióseme una vez a ella — ¡oh gloria! — , en virtud 
de mi reiterada insistencia. Había visitas, gente de la fa- 
milia, que apoyaron mis pretensiones. 

Al principio aquello marchó bien; todos estaban en- 
cantados de mi juicio; pero ello fué que alguien me dio a 
beber dos dedos de vino... Como tantos otros, en la bote- 
lla encontré la perdición. Sintiéndome animoso, comencé a 
charlar hasta por los codos, y, para dar más relieve a no 
sé qué historieta escuchada en la cocina, repetí, sin co- 
nocer su verdadera acepción, dos o tres palabras que 
había oído a un criado... ¡ Maiditas palabras! ¡Eran los 
más soeces y obscenos juramentos! Avergoncé a mis pa- 
dres, avergoncé a las visitas, avergoncé al criado de quien 
las aprendí y que servía a la mesa, me avergoncé yo 
mismo, i todos nos avergonzamos!... El epílogo de tan 
triste aventura, muy digno de ella, colmó mis desdichas: 
me enviaron a la escuela. 

Como no había entonces jardines de infantes, apiicó- 
seme allí la antigua disciplina escolar. Ingresé en una 
clase de alumnos bastante mayores y más adelantaditos 
que yo, y, en verdad, no se necesitaba mucho para serlo. 
Mi única obligación era pasarme el día entero sentadito 
ante el pupitre, sin hacer nada, absolutamente nada. ¡ No 
concebía yo mayor suplicio ! 

Mi principal entretenimiento, en las primeras lecciones, 
tan prematuramente comenzadas, fué contemplar los mapas 
zoológicos que colgaban en las paredes, llenos de ani- 
males curiosos, y escuchar las escalas que una niña to- 
caba todo el día en el piano. Estas escalas eran, ya 
breves y ligeras como revoloteos de mariposas; ya largas 
y unidas como las ondas del mar; ora alegres como una 



368 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

carcajada; ora tristes como un lamento; a veces, diver- 
gentes o convergentes como los ojos de un bizco; en 
ciertos momentos, pesadas como pasos de gigantes; en 
otros, amenazadoras como el huracán... 

Pero pronto me cansé de las figuras de los mapas y 
de las escalas del piano, y al fin traté de comprender las 
explicaciones de la « monitora ». ¡ No era tan fácil, no ! 
Aquella buena señorita tenía el don de hacer obscuras 
las cosas más claras. Creo que nadie, ni los mayorcitos 
del curso, le comprendían una palabra. Sin embargo, cuan- 
do preguntaba: «¿Han comprendido ustedes?», todos con- 
testábamos a voz en cuello: «Sí, señorita». Lo decíamos 
así para halagarla, por hacer ruido, y, sobre todo, para 
que se callara. Su voz era áspera, monótona, siempre 
igual, y hablaba, hablaba, hablaba, como un fonógrafo, 
como un ventilador, como un torbellino. Tenía cuerda 
para todo el día — ¿qué? — , para toda la vida. Y, ade- 
más, tenía ojos en los cuatro lados de la cabeza, porque 
todo lo veía, todo... ¡Ni un alfiler se caía en la clase sin 
que lo viera ! 

Gustaba aquella monitora de una disciplina militar, 
acaso porque sólo así podíamos tener alguna. Con sus 
dientes salidos, como de caballo, vociferaba — sin quedar 
jamás ronca — a la menor de nuestras incorrecciones. Po- 
níame yo a dibujar con tiza sobre el banco, y ella me 
reprendía: «Juan, no ensucie usted el banco». Cazaba 
yo una mosca... «Juan, no cace usted moscas». Hablaba 
yo media palabra a mis vecinos.. «Juan, cállese usted». 
Tocábales luego con las manos o con los pies, para dis- 
traerme y distraerlos... «Juan, estése usted quieto». Al- 
zaba el dedo para que se me permitiera salir de clase... 
«Juan, baje usted el dedo; hace apenas cinco minutos 
que estuvo usted afuera... —Pero, señorita, solía yo re- 
plicar, y muy sinceramente; tengo necesidad... Me ha hecho 
mal el almuerzo y me parece que voy a volverlo... — ¡No 
es cierto ! — Sí, señorita... — ¡ Pues si tiene usted tantas 



EL NIÑO 369 

necesidades, hágalas sin salir de la clase, en un rincón !...» 
Confieso que más de una vez me sentí tentado de llevar 
a cabo una barrabasada en algún rincón de la clase ; así 
enseñaría a la monitora a ser más, condescendiente ; pero 
la sola idea me daba vergüenza... ¡Harto sabía la muy pi- 
cara que yo era un muchachuelo bien criado, incapaz de 
obedecer al pie de la letra su escandalosa y pérfida indi- 
cación! 

Tanto me desagradaba la escuela que, para retardar 
la hora de la llegada, había descubierto que era de mal 
gusto, y aun de peor augurio, pisar las junturas de las 
baldosas al caminar por la acera. Andaba por la calle a 
saltos si las baldosas eran grandes, de puntillas si eran 
pequeñas, y, como a cada paso tenía que meditar para 
saber dónde debía poner el pie, hacía en media hora un 
trayecto de diez minutos. Cuando el criado gallego que 
me llevaba a la escuela protestaba enérgicamente contra 
mi desesperante lentitud, le exponía yo mi doctrina sobre 
cómo debía andar por la calle una persona que se respe- 
tase, invitándole a que adoptara él también mi sistema. Lejos 
de ello, movía él la cabeza, como apiadado por mi falta 
de seso... Para que no fuera a quejarse al volver a casa, 
empleaba yo a favor de mi tesis la dialéctica más sutil y 
especiosa... ¡Era inútil! Aquel hombre, sordo a mis razo- 
nes, pisaba sin remordimiento, con sus anchas patazas, 
hasta dos y tres junturas a la vez... 

Exasperado, solía yo vengarme manifestándole que era 
demasiado bruto para comprender los refinamientos de la 
alta cultura, y, a manera de conclusión, le preguntaba: 
«¿Sabes tú cuál es el animal más parecido al hombre?» 
En su dialecto cerril, contestábame indefectiblemente: «Non 
sei, neno^». Y yo indefectiblemente añadía: «¡Te he dicho 
ya que es el gallego!... Y la prueba está en que todavía 
no has llegado a comprender cómo anda la gente distin- 
guida por las calles de las ciudades civilizadas. — Túa niai, 

1- ' No sé, niño ". 



370 CUADROS Y FASE DE LA VIDA ARGENTINA 

teu paP...» objetábame el fámulo. A lo cual interrumpía 
yo : « M¡ papá y mi mamá andan generalmente en coche. 
Cuando van a pie, ten por seguro que antes se dejarían 
tundir que pisar las junturas de las baldosas, como los 
gallegos ». 

A veces, para no ir a la escuela, recurría al extremo 
de suponerme enfermo; quejábame de inaguantables dolores 
en la cabeza, en el corazón, en el vientre, en la garganta, 
por doquiera. Pero en mi casa tenían un remedio infalible 
para sanarlo todo : el aceite de castor, disuelto en jugo de 
naranja... Tal repugnancia cobré yo al odioso brebaje que, 
no bien Fiie lo ofrecían, curaba como por ensalmo y me 
marchaba en silencio. Aun ahora no puedo pasar la na- 
ranjada, pues me parece sentirle el gusto del clásico pur- 
gante y sufrir ya los retortijones de las visceras. 

Si nada me gustaba menos que la disciplina escolar, 
nada me gustaba más que los días de lluvia, no sólo porque 
no iba a la escuela, sino también porque la lluvia tenía para 
mí especial atractivo. Con sorprendente tranquilidad pasá- 
bame esos días las horas muertas, viendo correr el agua... 
Es que, según me había informado la hija de la cocinera, 
en las burbujas que producían al caer las gotas de lluvia, 
se formaban « espíritus ». No sabía yo muy bien qué era 
esto de « espíritus » ; pero me agradaba intensamente verlos 
nacer y estallar como pompas de jabón. ¿De dónde ve- 
nían? ¿A dónde iban?... ¡Misterio, y era precisamente este 
exquisito misterio lo que para mí constituía, después de 
dejarme sin escuela, el indecible encanto de la lluvia! 

Era yo lo que se llama un chico « preguntón ». Aunque 
nada comprendía, y tal vez por lo mismo, quería saberlo 
todo. Desmostrábame infatigable en la ardua tarea de pre- 
guntar indefinidamente el porqué y el cómo de todas las 
cosas habidas y por haber, dichas y calladas, verdaderas 
y falsas.. Hartos de contestar aquellos a quienes ponía en 
aprietos con mis preguntas, acababan por impacientarse y 

' " Tu inaciro, tu padre 



EL NIÑO 371 

reprenderme, exclamando exasperados: «¡Cállate, pregun- 
tón ! Los chicos no deben estar siempre interrogando a 
los mayores». 

El iracundo tono con que se me reprendió así alguna 
vez, hízome pensar que el ser « preguntón » constituía 
gravísimo delito. Por esto dejé de interrogar a los mayores, 
aprovechando su lección de urbanidad. Pero sucedió que 
una tarde reñía en la escuela con otro chico, porque, ha- 
biéndome él propuesto cambiar un cortaplumas que traía 
por unos sellos de la Gran China que yo llevaba, pre- 
tendió al fin quedarse con los sellos (¡de la Gran China!) 
y el cortaplumas... 

Como tenía yo muy desarrollado el sentimiento de la 
justicia distributiva, tan grande abuso me indignó, hasta 
el punto de que, antes de pasar a las vías de hecho, 
agoté mi vocabulario de recriminaciones... La última que 
se me ocurrió fué gritar al chico del cortaplumas: <^¡ Pre- 
guntón, preguntón !... Creía injuriarle tan terriblemente 
como si le llamara «infame, asesino, mujercita ». 

Oyóme la monitora, y, después de poner paz entre 
los príncipes cristianos, no pudo menos de interrogarme, 
pensativa: «¿Qué te ha preguntado ese muñeco?» Yo me 
encogí de hombros y repuse: «¿A mí? Nada. ¡Por pre- 
guntarme a mí no le diría yo preguntón! Es que pregunta 
a los mayores... » Estupefacta, pidióme la señorita que me 
explicara, y, como no era tonta, acabó por comprender el 
origen del valor despectivo que atribuía yo al término... 
Después de reírse a carcajadas de mí, no sospechando hasta 
qué punto era yo incómodo cuando me daba por querer 
saberlo todo, rióse también de los « mayores » ; suponía 
que, por ignorancia, dejaban mis padres de responder a 
mis preguntas. Sospechando yo la suposición, aunque no 
le diese entero crédito, desde aquel instante comencé a 
dudar de la sabiduría humana... Así me inicié, por la ma- 
licia de una monitora burlona, en las vacilaciones de la 
crítica y del escepticismo, que luego habían de convertirse 



372 CUADROS y fases de la vida argentina 

en el tormento y.— ¿por qué no decirlo? — también en la 
delicia de mi vida de rata de archivos y de bibliotecas. 

Cuando fué pedida la mano de una niña de mi fami- 
lia, afirmé yo con toda soltura que había visto la conmo- 
vedora escena metido debajo del sofá de la sala. Muy 
correcto, de frac y guante blanco, arrodillado ante su pro- 
metida, el novio le besaba la mano, llevándose la suya af 
pecho, en apasionadísima actitud; ella, de descote y con 
rosas blancas en el cabello, bajaba la adorable cabeza, 
abrumada de felicidad, En esto, como un ventarrón, enira 
la madre... Y yo contaba la patética escena hasta en sus 
menores detalles, con grandes risas de los circunstantes 
y viva protesta de los aludidos... ¡Todo era imaginación! 
¡ Las cosas, por supuesto, habían pasado de muy distinta 
manera! ¡Yo no había visto nada!.. 

Indignado, el novio me echaba en cara mis mentiras. 
« Si este chico no se corrige, exclamaba, se hará ahorcar ». 
Para mí, él era quien faltaba a la verdad, y su descaro 
me hacía llorar de rabia. «¡Yo mentir! ¡Yo, hacerme ahor- 
car!..» Lo cierto es que, no siendo mentiroso ni bromista, 
creía yo en mi historia con la mejor fe del mundo. ¿Cómo 
se me había ocurrido? ¿La habría soñado?.. Pienso ahora 
que todo me fué sugerido por algún cuadro romántico. 

No me disgustaba, además — lo confieso — , el hacer 
rabiar un poco al novio. En el fondo de mi corazón le 
execraba; el hecho es que me atormentaban los celos. Y 
no seguramente porque pretendiera casarme con la nina, 
que no me llevaba más que veinte años de edad, sino 
porque comprendía que su nuevo amor iba a robarme, 
buena parte de sus mimos y caricias. Mis celos, pues, eran 
como los de un perrillo faldero 

Casados los novios, fueron a pasar la luna de miel 
en un pueblo de campo. Invitáronme al poco tiempo para 
que los acompañara unos días. Y a la quinta me llevó 
una criada, que tomó, por equivocación o por economía, a 
pesar de mis enérgicas protestas de caballero, billetes de 



EL NIÑO 373 

segunda clase en el ferrocarril... Pero el campo me hizo 
olvidar pronto el mal rato del viaje. 

Libre como el aire, discurría en la quinta el día entero, 
inventando travesuras. Cierta mañana llegué a fabricar una 
pasta con harina, azúcar, masilla, perejil, nuez moscada, 
canela, argamasa y no sé qué más ingredientes. Amasa- 
das y cortadas las deliciosas tortitas, plíselas en el horno, 
a hurtadillas del cocinero, que era un hombre feroz, y 
tanto, que a veces sospechaba yo en él a un ogro disfra- 
zado de cocinero. . . 

Desastrosos fueron los resultados de mi ensayo culina- 
rio. Quemóse la pasta, se descompuso el horno, apestó la co- 
cina, gruñó el ogro, y todos nos quedamos aquella mañana 
sin almorzar. Mi nuevo pariente político me corrió por la 
quinta para castigarme. Huyendo de él, me tiré de barriga en 
un charco de barro caldeado por el sol. Sacóme de allí el 
jardinero, y por orden del patrón me sumergió en una pileta 
de agua fría. . . Decidido yo a no mostrar la menor debi- 
lidad ante mi anfitrión y enemigo, tragué mis lágrimas en 
silencio. ¡Quería ser valiente y fuerte en la desgracia! 

Más tarde llevé mis quejas a la recién casada. Su 
marido era un perverso al aprovecharse de mi niñez para 
castigarme ; cuando yo fuera mayor, compraría una pistola 
y le mataría.. . ¿Cómo podía ella querer a semejante hom- 
bre?. .. Y, para explicar las torturas sufridas y conmoverla, 
díjele que había pasado por «todos los calores del infier- 
no y todos los fríos del cielo »• . . Tanta gracia hizo mj 
frase a la joven señora, que me preguntó capciosamente: 
« ¿ Y qué te gustaba más, el infierno o el cielo ? » Quedé 
un rato suspenso, y repuse: «Mucho me gustaría viajar 
en ferrocarril, y en primera clase, naturalmente, por el 
cielo y el infierno. . . Pero, para vivir, me gusta más la 
Tierra ». Así lo creía. Gustábame más sin duda vivir en 
aquella quinta, junto a una madrecita mimosa y vestida de 
encaje, bajo los duraznos en flor: No hubiera cambiado 
mi situación por las delicias del séptimo paraíso. 



374 CUADROS Y F.^SES DE LA VIDA ARGENTINA 

Sin embargo, era yo entonces absolutamente incapaz 
de sentir verdaderos afectos. Egoísta como un salvaje, no 
pensaba más que en mí mismo. La noticia de la muerte 
de mi abuela me dejó tan fresco. Veía llorar a las perso- 
nas mayores, y esto, en el primer momento, me pareció 
ridículo y sólo me hizo reír. Después pensé que llorar 
era lo indicado en tales casos, puesto que todos llora- 
ban. Traté de afligirme, recordando el cariño de la noble 
e inteligente matrona ; había yo sido su predilecto ; ella 
creía en mi capacidad y esperaba de mí grandes cosas. . . 
Como buen chico, muy bien había conocido yo su debi- 
lidad y tratado de aprovecharla, sacándole a mansalva ca- 
ramelos, juguetes y paseos. . . Ahora se moría la pobre, 
¡y yo, sin una lágrima! jQué vergüenza! Decididamente, 
debía yo de ser malísimo. . . ¡ Muy pronto aprendí después 
¡ah!, muy pronto, a llorar la muerte de las personas queri- 
das ! ¡ Por qué no habré conservado el dulce egoísmo de 
la infancia! 

IV. LOS PRIMEROS EXPERIMENTOS 

De aquella época, en que empezaba a usar de mi 
razón, data mi primer experimento que diría científico. En 
el arriate del patio planté cascaras de huevo y un mechón 
de cabellos. Temeroso de la burla de mis semejantes, 
cuidaba y regaba en secreto mi siembra; pensé cosechar 
pollos y quizá seres humanos. No sé cómo una tía entro- 
metida descubrió mis afanes, y la familia entera se burló 
de mi candidez. Sólo mi padre me defendió; a mi edad, 
el experimento, aunque harto defectuoso, revelaba cierta 
observación de la Naturaleza y la voluntad de conocer 
sus más recónditos enigmas. 

Para olvidar el ruidoso fracaso de mi silencioso en- 
sayo, traté de hacerme más hombre. El mejor recurso era 
indudablemente aprender a silbar, ¡y a silbar aprendí, con 
ímprobo esfuerzo! Deseando ejercitarme en tan difícil 
arte y lucir mi nuevo conocimiento, silbaba desde que 



EL NIÑO 375 

me despertaba hasta que me dormía, y aun no estoy muy 
seguro de que no silbara soñando. ¡ Pero los hombres son 
injustos! {Después de haberme impulsado por este rumbo, 
aunque indirectamente, al burlarse de mis experimentos, 
no me dejaban ahora demostrarles que era todo un varón, 
y, so pretexto de que los aturdía, vedábanme hasta el ino- 
cente desahogo del silbido ! ^ 

Entre ofras muchas prohibiciones que pesaban sobre 
mi importante persona, una había que me mortificaba sin- 
gularmente: la de comprar pasteles al «negro pastelero». 
Éste pasaba todos los domingos y días de fiesta por la 
puerta de mi casa, con una cesta en la cabeza, prego- 
nando así su mercancía : « ¡ Pasteles calientes, que queman 
los dientes!». Vendía, en efecto, unos pasteles rellenos 
de carne y cubiertos de azúcar, canela y grajea; no con- 
cebía yo que existiese en el mundo nada más exquisito. 
Sin embargo, en el antecomedor se nos servían diaria- 
mente cosas que mi madre reputaba mucho mejores, y 
yo me negaba a comerlas; a menudo había que obligarme 
a que me alimentara. ¿Por qué codiciaba tanto los pas- 
teles del negro? Entonces yo no lo sabía; desgraciada- 
mente lo sé ahora muy bien: eran «fruta prohibida»,, eran 
«fruta del cercado ajeno»... Hartas veces después, en el 
curso de la existencia, he debido privarme de satisfacer 
mis deseos, exclamando: «¡Paciencia, son los pasteles 
del negro! ». 

Créese generalmente que la infancia es una edad siem- 
pre feliz. Lejos de ello, los niños, sobre todo los que se 
crían en las ciudades, tienen también sus preocupaciones 
y sufren sus disgustos. Su mayor placer estriba, sin duda, 
en la libertad, y raras veces, ¡ay!, pueden disfrutarla; 
viven como pajarillos enjaulados. Además, habiendo sido 
todo hecho para uso de los mayores, se sienten cohibidos 
por las desproporciones del medio ». De ahí una aspira- 
ción, la más íntima, la más constante en todo niño: 
« Cuando yo sea grande...». 



876 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

Nunca sentí yo más ardiente el deseo de crecer que 
cuando comencé a ir a la escuela. No veía el momento 
en que terminase aquel odioso año de mis primeras clases, 
mis primeros experimentos y mis primeros silbidos. Al 
fin llegaron las vacaciones, y, afortunadamente, nos fuimos 
al campo. La quinta era una verdadera chacra, con alame- 
das, montes de árboles frutales y potreros; en el fondo, 
a cierta distancia de la casa, había una « laguna ». Corre- 
teando de la mañana a la noche, con mis hermanos me- 
nores y la copiosa chiquillería del quintero, en busca de 
nidos, de frutas, de insectos raros y de cuanto Dios creó, 
nos sentíamos felices. 

Sobre todos los encantos de la villegglatura, atraíame 
la charca del fondo, tal vez porque nos estaba prohibido 
ir allá... No obstante la prohibición, un día resolvimos 
explorarla. Fuímonos procesionalmente, llevando en hom- 
bros una mesita baja de nuestro particular uso; la bota- 
ríamos al agua y sería nuestro buque. 

Por el camino, el chico menor del quintero comió 
una frutita roja. A nosotros se nos había dicho que esta 
frutita era veneno y se llamaba « revientacaballos ». Si 
hacía reventar a los caballos, también haría reventar a los 
niños; luego, el chico estallaría en cualquier momento, 
como una bomba de dinamita... Esto nos alarmó y acon- 
gojó hondamente. ¡ Había que salvar a la desdichada cria- 
tura! 

Para salvarla, el recurso era hacerle vomitar la frutita 
explosiva. Depositando la mesa en el suelo, con las patas 
al aire, pusimos manos a la obra. Hicimos beber al chico 
un gran vaso de agua sucia; alguien le metió los dedos en 
la boca; otro le pegaba en el pecho, y yo, en la espalda. 
Con todo, no llegó a vomitar el paciente, y aun perdió 
la paciencia, defendiéndose a puntapiés y manotones. Hubo 
que soltarle; el hombre se llevaría su merecido. 

Llegamos a la costa y botamos la mesa al agua, no 
sin haberle puesto en las patas un lienzo que hacía de 



EL NhNO 377 

vela y una pequeña bandera a^ul y blanca. Antes de em- 
barcarnos, discutimos un momento sobre si admitiríamos 
o no a bordo al chico que debía reventar. Alguien hacía 
presente los peligros de un reventón en plena travesía, 
dentro de aquel buque tan pequeño; pero el chico insistía 
en que eso de reventar o no, era de su exclusiva cuenta, y 
por su empeño en acompañarnos le admitimos. ¡ Si reven- 
taba, peor para él ! En todo caso, el accidente haría más 
emocionante la atrevida exploración. 

Embarcámonos, pues, los cuatro o cinco chicuelos, y 
la mesa, la picara mesa, a pesar de su vela y de su ban- 
dera, lejos de lanzarse hacia alta mar, empantanóse en 
la orilla... ¡Y no hubo medio de sacarla a flote! Tuvimos 
que abandonarla allí, como resto del horroroso naufragio, 
para respeto y admiración de las futuras generaciones y 
de los venideros siglos. 

De hombre, he vuelto alguna vez a aquella quinta, 
donde yacen tantos dulces recuerdos de mi infancia. Heme 
sorprendido de su tam.año real ; todo lo que entonces 
me parecía enorme, gigantesco, inconmensurable, me ha 
resultado ahora de regulares proporciones. Evidentemente, 
no tenía yo de niño el sentido de la medida; y por cierto 
que lo sabía, y que siempre me preocupaba esta incógnita... 
¿ En qué distinguían los hombres a los petizos de los ca- 
ballos? Para mí, todos los petizos, salvo algún poney del 
tamaño de un perro, eran caballos... 

Tampoco distinguía yo lo bello y lo feo. Mi padre 
encontraba fea a la institutriz; mi madre, en cambio, la 
encontraba demasiado bonita... ¿Era bonita? ¿Era fea?... 
Considerando yo iguales a todas las mujeres, no podía 
comprender cuándo y cómo era una mujer fea o bonita... 
¡Ojalá no hubiera llegado jamás a comprenderlo! 

Lo que -comprendí, y creo que demasiado pronto, es 
la relatividad de las proporciones universales. Fué mi 
primera idea verdaderamente filosófica. Jamás olvidaré los 
antecedentes y circunstancias del descubrimiento. En la sala 



378 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

de mi casa había un piano perpendicular, de regulares 
proporciones, más bien pequeño- Para mí era un monstruo 
cuaternario. Gustábame observar cómo mi padre, con sus 
enérgicas manos, lo dominaba, arrancándole armoniosos 
cantos. A escondidas, yo mismo, encaramándome sobre el 
banquillo, hallaba grato solaz en atormentarlo, golpeándole 
feroz en sus innumerables dientes blancos y negros, para que 
se enfadase y rugiera... En fin, no concebía yo que en el 
mundo entero existiese un monstruo semejante, tan grande, 
tan negro, tan manso y con tanta dentadura como el piano 
de la sala de mi casa. Y he aquí que una vez fui con mi 
madre a un almacén de música, y vi pianos en profusión, 
y mayores, hasta mucho mayores, como los llamados de 
media cola y de cola y media... 

Cuando volví a casa, mi primera diligencia fué correr 
a la sala para contemplar el piano. Me pareció tan pe- 
queño que no pude menos de hacer una mueca de desdén, 
y hasta traté de escupir por el colmillo, como lo había 
visto hacer a un guaso, en la calle. ¡Éste era mi piano! 
Vamos, luego, las cosas nos parecían grandes cuando las 
comparábamos con otras más pequeñas, y viceversa; las 
cosas sólo se apreciaban por comparación... Por lo tanto, 
induje, si todos y todo, ¡ de repente !, nos volviésemos al 
mismo tiempo tan pequeños como un mosquito o tan 
grandes como una montaña, no advertiríamos el cambio; 
nos creeríamos siempre del mismo tamaño... En suma, 
nada es grande ni chico en sí. ¡ Una gota de agua puede 
llenar el mundo, y el mundo cabe en una gota de agua ! 

V. CONCLUSIÓN 

Tales son mis principales recuerdos de la infancia. 
Nada les he añadido, nada les he quitado. Pues bien, estos 
recuerdos, ¿no compendian y reproducen, paso a paso, el 
origen de la cultura, el pretérito de los pueblos, la natural 
evolución de las edades?... 



EL NIÑO 379 

En mi vida, como en la historia, la leyenda representa 
los tiempos remotos y salvajes. La imaginación prevalece 
sobre la experiencia, y la síntesis sobre el análisis. No 
se distingue lo real de lo ficticio, y grotescas supersticio- 
nes amedrentan o confortan el ánimo. De un vago feti- 
chismo, de la adoración a los juguetes y a las golosinas, 
se pasa a un verdadero politeísmo, a la visión y el 
sentimiento de dioses, de demonios y de héroes, zoomor- 
fos y antropomorfos. De entes tan fantásticos como el 
ángel de la guarda se hacen seres positivos; de seres tan 
positivos como los ladrones, se hacen entes fantásticos. 
Los bandidos son héroes, los héroes son dioses. . . 

Viene luego el culto de lo militar y de lo religioso, el 
respeto al soldado y el amor al sacerdote. Fórmase una 
noción más elevada de la divinidad; el politeísmo se 
convierte en monoteísmo ; se cree en un solo Dios todo- 
poderoso, al cual se dirigen, no ya ofrendas, sino más 
bien súplicas y plegarias. Perdiéndose por grados el egoís- 
mo primitivo, adquiérense en esta época los primeros sen- 
timientos altruistas. Seguimos adelante, y se inician, torpe 
y groseramente, experimentos científicos que aun no pue- 
den conducir más que a falsas generalizaciones; el espí- 
ritu de observación substituye paulatinamente a la poética 
'fantasía de la ignorancia, y la crítica a la credulidad. De 
ahí nace, por ultimo, el pensamiento filosófico, y con él 
la verdadera ciencia, la que iba yo a aprender más tarde 
en el colegio.. . 

Hase dicho que « la humanidad es como un hombre 
que aprende siempre y nunca muere». Podría igualmente 
decirse que el hombre crece y se forma como la huma- 
nidad. La humanidad es como el desarrollo social de un 
hombre ; un hombre es como la síntesis individual de la 
humanidad. Todos estamos en cada uno, y cada uno está 
en todos. Esto es lo que he confirmado invocando los re- 
cuerdos de la niñez, ¡y, en verdad, que no he perdido el 
tiempo ! 



380 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

Generalizando mi caso con tantos otros que he ob- 
servado y estudiado, podría formular así mi conclusión: el 
niño es un salvaje, que, poquito a poco y a modo de un 
pueblo, va transformándose en un hombre civilizado. El 
desarrollo individual rememora, simplificada y rápidamente, 
la histórica evolución ancestral. El crecimiento del ser hu- 
mano es una especie de resultante, personificada en una 
sola generación y en un solo individuo, de las transforma- 
ciones sufridas, a través de las generaciones, por una larga 
serie de antepasados. La infancia representa la época del 
salvajismo originario; la adolescencia, la época de la bar- 
barie; la edad adulta, los tiempos de la civilización, y, por 
fin, la madurez, el último estado cultural, el siglo presente. 

Nada más provechoso que el conocimiento de esta ley 
sobre el desarrollo de la infancia, para los padres, para 
la escuela, hasta para la propia conciencia del niño. Los 
padres y tutores no han de juzgar el egoísmo, la crueldad 
y la imprevisión de sus hijos pequeños, como rasgos de- 
finitivos y descorazonadores de su psicología. Sin que se 
los reprenda o castigue en todo instante, sólo aconseján- 
dolos oportunamente, ellos deberán cambiar por sí mismos. 
Ha de corregirlos a su tiempo la mano de la Naturaleza, 
y, por decirlo así, de la historia. 

Los maestros no pueden ya sospechar incapacidad 
intelectual al conocer los pensamientos extravagantes y 
absurdos de sus pequeños discípulos. Así como en la anti- 
güedad los pueblos más inteligentes — la India, Egipto, 
Grecia — han poseído las más disparatadas cosmogonías, 
los niños más disparatadores suelen ser a menudo los más 
capaces. Igualmente, los más inquietos y violentos, siem- 
pre que no lleguen a excesos morbosos, son los más 
fuertes y sanos. Como la familia, la escuela, sin forzar ni 
quebrantar la idiosincrasia propia de la edad con torpes 
severidades, puede educarlos coadyuvando blandamente, 
casi diría subrepticiamente, en la obra lógica y evolu- 
tiva de la inercia. Para hacer comprender a un niño 



EL NIÑO 381 

la parte de verdad científica a- su alcance, valdrá más un 
razonamiento ingenuo e incompleto que erudita y sutil 
disertación. 

Por último, no huelga que, en las sociedades actuales, 
tenga el propio niño, al menos cuando entra en la adoles- 
cencia, noticia razonada de su barbarie. Respetará así a 
los mayorei, no por instinto o por miedo, antes bien por- 
que reconoce la superioridad de la civilización. Este reco- 
nocimiento, por parte de los antiguos pueblos bárbaros de 
Europa, respecto de la cultura grecorromana, contribuyó 
poderosamente a formar el alma de las naciones modernas. 
Lo mismo puede contribuir a civilizar rápida y eficazmente 
a ese bárbaro de nuestros días que se llama el niño. 

l44. Los jueéos de los niños. 

¿ Existe, por ventura, un espectáculo más sano, más 
alegre, más hermoso que el juego de los niños? El juego 
es una función natural de la infancia. Los niños juegan 
espontáneamente, como gorjean las aves en la enramada 
y murmuran los arroyuelos entre las peñas. 

Los niños, varones y mujeres, deben correr, saltar, 
divertirse. La actividad física estimula las funciones del or- 
ganismo: la circulación de la sangre, la asimilación de los 
alimentos, el ritmo de la respiración y el descanso del 
sueño. No sólo desarrollan los juegos la fuerza y la elas- 
ticidad de los músculos, sino que también templan los 
nervios, disciplinan la voluntad y alegran el carácter. 

Cuando se os invite a jugar, nunca rehuséis la invita- 
ción, niños. Si os halláis preocupados o desganados en 
ese momento, haced un esfuerzo, levantad el ánimo y en- 
sayad el juego. Jugando os vendrán las ganas de jugar. 

Los juegos son buenos, en general. Pero no puede 
jugarse en todos los momentos, ni todos los juegos son 
igualmente buenos. Sólo se puede jugar cuando las cir- 
cunstancias y los mayores lo permitan. ¡Y hay juegos y 
juegos ! Conviene, pues, que los niños consulten de cuan- 



382 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

do en cuando a sus padres y maestros sobre los juegos 
y la manera de jugarlos. Siempre será preferible, para 
jugar, el patio a una habitación cerrada, el jardín al patío, 
el campo a la ciudad. Los juegos de los niños requieren 
espacio, aire y luz. 

Aunque a todos los niños les gusta jugar, no lodos 
saben jugar. Algunos desean imponer siempre su voluntad,. 
como déspotas; otros no admiten que nadie los aventaje; 
otros se someten con demasiada facilidad a ajenas impo- 
siciones... Ha de jugarse con modestia y buena voluntad, 
exponiéndose a perder o a llevar la peor parte, pero siem- 
pre con la esperanza de adelantar y de distinguirse. Ni leo- 
nes furiosos ni tontos corderitos, los niños deben ser niños. 
¡Los niños deben ser leales y libres como los hombres! 

Cuando juega, Diego quiere mandar siempre; Luis se 
pelea si pierde ; Pepe no gana ni acierta nunca, y nada le 
importa que Diego le mande' y que Luis le ataque. Diego es 
un tirano, Luis un necio, Pepe un simple. En cambio, Juan, 
Ernesto, Rosita y otros niños y niñas juegan hermosamente, 
sin mandarse unos a otros, sin enojarse; tratan de divertirse. 
Corregios, niños, si sois como Diego, Luis o Pepe. Jugad 
en paz y buena armonía. Sed condescendientes los fuertes 
con los débiles, los mayores con los menores, los ricos con 
los pobres, los varones con las niñas. Dad ventaja a los dé- 
biles y flojos; de otra manera el juego es demasiado se- 
guro de sus resultados y carece de armonía e interés. Imi- 
tad a Juan, Ernesto, Rosita y sus compañeros. ¡Encanta 
verlos jugar! Siempre están contentos, y corren y gritan y 
saltan y ríen. Parecen una bandada de gorriones que en- 
sayan su primer vuelo en una mañana de primavera. 

La niñez es la mañana y la primavera de la vida. La 
vida despierta en el verde de los campos, en el follaje de 
los árboles, en los cantos de los pajarillos, en los revolo- 
teos de las mariposas, en las brisas, en las flores. ¡La 
vida despierta en los juegos de los niños! Jugad, niños. 
¡Niños, vivid la vida! 



IJi NATURALEZA 383 



IV. LA NATURALEZA 



l45. Adivina, adivinador. 

I Cuatro acertijos 1 



Soy fuerte, soy débil, soy blanda, soy dura; 
hiervo, corro, bajo, subo, riego, 
y estoy en la sangre, en la sima, en la altura^. 
Sólo falto o escapo del fuego. 

il 

Las viandas preparo, 
y en la noche obscura 
hago el día claro. 

Ando con premura, 
y marqué la pista 
de toda cultura: 

Pues salta a la vista 
que fui para el hombre 
la primer conquista... 
¿Cuál será mi nombre? 

III 

Circula en mi seno la plata y la onda, 
alzo de mi seno la lluvia de lava, 
arraiga en mi seno la hierba y la fronda, 
la fiera en mi seno su tálamo cava. 

Brota de mi seno la ley de la vida, 
pues tengo en mi seno la fuerza del fuerte, 
y brindo en mi seno bálsamo a la herida, 
pues guardo en mi seno la paz de la muerte. 



884 CUADROS Y FASES DE LA VIUA ARGENTINA 

IV 

Yo siempre existo bajo el firmamento, 
yo circundo la faz de nuestra esfera; 
nadie me traga y soy un alimento, 
nadie me toca y toco por doquiera. 

Siendo indomable sirvo a los humanos, 
siendo incoloro doy su azul al cielo, 
muevo las moles y no tengo manos, 
• corro sin patas y sin alas vuelo. 

Y, aunque no me halle todo el que me busca, 
aunque no tenga tálamo o guarida, 
y no respire, grite, mande o luzca, 
yo sustento los mundos de la vida. 

l46. La bendición del aire. 

Así como un cómico personaje del teatro francés sólo 
en sus viejos años descubrió que hacía prosa sin saberlo, 
hasta la primera mitad del siglo xix no nos dimos cuenta 
de que, si el aire es absolutamente indispensable a la vida, 
es porque al respirar nos proveemos del elemento más 
esencial para nuestras funciones. Esta idea surgió del des- 
cubrimiento de que toda combustión es una combinación 
con el oxígeno del aire, de la cual resulta un desarrollo 
de energía bajo forma de calor. No se tardó entonces en 
averiguar que, en una atmósfera privada de oxígeno, la 
vida es tan imposible como las combustiones. Y se en- 
contró la explicación al comprobar que constantemente 
absorbemos oxígeno y exhalamos anhídrido carbónico, en 
cantidades matemáticamente proporcionales a la labor in- 
terna de nuestro organismo y a la suma de esfuerzo que 
realizan nuestros miísculos. 

Está, pues, rigurosamente demostrado que el oxígeno 
del aire alimenta lo mismo la palpitación de nuestros tejidos 



LA NATURA LEZ \ 385 

que la llama que nos alumbra; que la energía de com- 
bustión mueve la máquina animal en virtud de las mismas 
leyes quimicofísicas bajo las cuales jadean las locomo- 
toras. La circulación de la sangre, en su incesante y ver- 
tiginoso torbellino, distribuye el oxígeno que ésta recoge en 
los pulmones y del que los tejidos se hallan continuamente 
sedientos; y, si el motor central cardíaco se para, o si no 
podemos hacer funcionar el fuelle respiratorio, la vida se 
suspende al punto, al suspenderse las combustiones que 
la mantienen. 

Pero no sólo por esto tenemos hambre incesante de 
aire puro, y el hálito perfumado de los campos nos es 
más grato que el amontonamiento de miasmas de una 
oficina o de un taller mal ventilados. Junto con el 
anhídrido carbónico, nuestros pulmones exhalan una acti- 
vísima ponzoña. Encerrando a un conejj en una campana 
hermética, en la cual sea renovado constantemente el oxí- 
geno que absorbe y eliminado el anhídrido carbónico que 
exhala, el animalito no tarda, sin embargo, en morir en 
sopor: no asfixiado, pero sí envenenado por los miasmas 
de su propia respiración. De semejante modo moría antes 
mucha gente hacinada en los buques negreros y en las 
prisiones de guerra. Y hoy mismo, a cada momento nos 
encontramos con sujetos debilitados y anémicos, o en 
peor estado aun, quienes no sospechan que esto lo de- 
ben ante todo al envenenamiento por el aire viciado en 
que viven. 

La noción de que la pureza del aire es tan indispen- 
sable como la del agua, y de que un aire viciado por las 
exhalaciones respiratorias es tan sucio como un agua con- 
taminada por deyecciones cloacales, es todavía poco ge- 
neral, aun entre los hombres cultos. Tampoco reflexiona- 
mos siempre, en la vida diaria, que para que el aire de 
una habitación sea puro, es necesario que se renueve con 
frecuencia y abundantemente. 

Nuestros abuelos, enemigos del agua, que hace a la 



386 CUADROS Y F- SES DE LA VIDA ARGENTINA 

piel resistente a los cambios de temperatura, e ignorantes 
del transcendental mecanismo de la respiración, nos han 
transmitido el mal hábito del encierro y la superstición de 
los peligros del aire. Pero nosotros, mejor informados, no 
tenemos la misma excusa. Innumerables observaciones y 
vastas estadísticas enseñan que los resfríos, bronquitis y 
pulmonías resultan principalmente de la vida confinada, por 
la sensibilidad patológica al aire frío que origina. Hace 
cuatro años que mis ventanas permanecen abiertas de par 
en par, día y noche, y otros tantos que no me resfrío. 
Lo mismo observan todos los que, en número siempre 
creciente, se resuelven a adquirir tan saludable costum- 
bre. ¿Podrían decir esto los que pasan la vida calafatean- 
do aberturas y tiritando al menor soplo? 

Lo peor" es que el miedo al aire es activo, intransi- 
gente, batallador. Anda siempre en acecho de aberturas, y, 
por poco que amengüe el calor, arma incidentes a diario, 
en trenes y tranvías. Para el que padece esta psiconeurosis 
de la «aerofobia», ninguna ventana cierra bastante, y las 
querría dobles, como entre los hielos de Rusia, para que 
no filtrara al interior la más mínima molécula de aire 
puro. La brisa más fresca y aromada que le llegue, no 
hace palpitar de placer sus narices ni hincharse con frui- 
ción su pecho ; estremecido de pavor, busca con los ojos 
la rendija autora del delito, y con aire feroz la cierra. 
Todos los aerófobos, gordos y flacos, los que andan 
envueltos en chales y los que no saben abrigarse, tienen 
un rasgo común: para ellos son los primeros resfríos del 
año, y pasan el invierno tosiendo y con las narices hechas 
un manantial. Pero, desgraciadamente, no son ellos los 
únicos castigados, ya que su intransigente horror somete 
a igual encierro a todos los que lo rodean. Son, pues, tan 
enemigos de la salud ajena como de la propia. 

Gracias a la suavidad del clima, estamos nosotros 
lejos de los extremos que se observan en ciertos países 
extranjeros, donde se vive en el perpetuo terror de los 



LA NATURALEZA 387 

famosos courants d'alr {<si corrientes de aire »), a los que 
se atribuye desde el dolor de muelas hasta la peritonitis. 
Sin embargo, algo nos falta aún para libertarnos total- 
mente de estos risibles aunque funestos prejuicios... El 
viajero argentino puede comprobar en otras partes hasta 
qué puntos son capaces de afeminar un pueblo y de ener- 
var la raza, entregándola sin fuerzas al alcoholismo y a 
la tuberculosis. 

Los más siniestros acompañantes de la aerofobia son 
los nombrados: ¡la tuberculosis y el alcoholismo! La 
tuberculosis, cuyo más eficaz remedio es la vida en un 
aire idealmente puro, representa un producto del hacina- 
miento y mala ventilación. En estas condiciones se di- 
funde más fácilmente el contagio bacilar: el organismo 
deprimido por los miasmas y por la pobreza del aire 
confinado constituye el mejor elemento para el desarrollo 
de la enfermedad. 

Respecto del alcoholi^mo, oportuno es recordar que la 
apetencia de excitantes y narcóticos es tanto mayor cuanto 
más defectuosamente funciona la máquina vital. Si a cada 
momento se siente crujir algún rodaje y ceder algún re- 
sorte, si el cansancio permanente envuelve el ánimo en 
su bruma, si hasta la lucidez intelectual amengua a ratos, 
son bienvenidos los « paraísos artificiales », especialmente 
el alcohol, cuya influencia narcótica suprime la sensación 
de fatiga y el malestar interno, y cuyo falso calor da la 
ilusión del bienestar y de la fuerza. Y el aire confinado 
a cuya insuficiencia no resiste ninguna energía, bajo cuya 
intoxicación la fatiga es más temprana y al mismo tiempo 
más tenaz, es de lo que hace mayor número de bebedo- 
res profesionales. 

¡Cuánto más eficaz estímulo es el aire puro! El atleta 
que inhala oxígeno por algunos minutos puede realizar 
en seguida records sorprendentes y su corazón queda in- 
tacto. El placer que da una copa del vino más añejo no 
es comparable a la serena, a la fecunda embriaguez de 



388 CUADROS Y Fases de la vida argentina 

oxígeno y ozono que da el recorrer un bosque aspirando 
con unción el aire purísimo, deliciosamente saturado de 
esencias y aromas. No es ella un fuego fatuo como el de 
los excitantes artificiales. Salimos purificados y robusteci- 
dos, con la sangre más rica, el sistema nervioso apacigua- 
do y la mente poblada por imágenes amables. ¡ Qué bien 
comprendemos entonces al viejo Pan, a su risa y a su flauta! 
¡ Amemos y busquemos el aire en virtud del cual vi- 
vimos ! En vez de encerrarnos suicidas, abramos nuestras 
ventanas día y noche a esta bendición de la Naturaleza. Si 
tenemos frío, para esto hay lana y calefacción, pero respi- 
remos la brisa a plenos pulmones. Y, en vez de figurarnos 
que su leve aleteo en las mejillas es el zarpazo de la 
muerte, comprendamos de una vez que es una caricia 
buena que nos da vida y felicidad. 

AufiUSTO BUNGE. 

l47. La madrugada. 

(Fragmento del poema gauchesco Fausto). 

1. Ya la luna se escondía 
y el lucero se apagaba, 

y ya también comenzaba 
a venir dañando el día. 

2. ¿No ha visto usté de un yesquero 
loca una chispa salir, 

como dos varas seguir, 

y de ahí perderse, aparcero? 

3. Pues de ese modo, cuñao^ 
caminaban las estrellas 

a morir, sin quedar de ellas 
ni un triste rastro borrao. 

4. De los campos el aliento 
como sahumerio venía, 

y alegre ya se ponía 
el ganao en movimiento. 



LA NATURALEZA 

5. En los verdes arbolitos 
gotas de cristal brillaban, 

y al suelo se descolgaban 
cantando los pajaritos. 

6. Y era, amigaso, un contento 
ver los junquillos doblarse 

y los claveles cimbrarse 
al soplo del manso viento. 

7. Y al tiempo de reventar 
el botón de alguna rosa, 
venir una mariposa 

y comenzarlo a chupar. 

8. Y si se pudiera el cielo 
con un pingo comparar, 
tamién podría afirmar 

que estaba mudando el pelo. 

Estanislao del Campo (Anastasto el PolW. 

l48. Las cuatro estaciones. 

1. El Tiempo era 
un dios anciano, 

que tenía cuatro hijos: Primavera, 
Otoño, Invierno y Verano- 

2. Los cuatro hijos, 
de opuestos gustos, 
revolvían la casa con prolijos 
gritos, riñas y disgustos. 

3. El rudo Invierna. 
con gesto aleve, 

desparramaba en el hogar paterno 
sus anchos copos de nieve. 



:390 CUADROS y fasf.s de la vida argentina 

4. La Primavera 
quería flores, 

y trocaba el jardín y la pradera 
en dulce nido de amores. 

5. Cuando el Verano 
entraba luego, 

pronto encendía con violenta mano 
magnífico sol de fuego. 

6. Y con brutales, 
locos rencores, 

el Otoño barría en vendavales 
la nieve, el calor, las flores... 

7. Al fin cansado 
de tanta guerra, 

el Tiempo echó a los hijos de su lado, 
a vagar sobre la Tierra. 

8. Y, en sus bridones, 
de cerro en vega, 

se persiguen hasta hoy las estaciones; 
cuando una sale otra llega. 

l49. La vida de un zorro. 

Encerrado en estrecho cajón, llegó un día, al Jardín 
Zoológico, un zorro. Desclavada la tapa de su encierro, 
fué soltado en una jaula donde había muchísimos más. 
Todos los espectadores lo notaron, y los zorros también: 
jal recién llegado le faltaba la cola! Los niños se reían, 
y los zorros, después de haberlo olfateado un rato con el 
hocico en el aire, lo dejaron solo, en un rincón de la jaula. 

En aquel día el pobre forastero no probó ni agua; pero, 
al siguiente, un zorrito joven y alegre se le acercó, lo 
tocó con sus patitas, y jugando lo llevó hacia el bebede- 



LA NATURALEZA 391 

ro. ¡Qué sed tenía! ¡Y qué hambre también!... Al fin, el 
pobre zorro sin cola había encontrado un amigo al que 
contó sus penas... 

Los zorros, como los demás animales, no hablan; pero 
se miran en los ojos y se entienden. Como todos los hom- 
bres que aman a los animales, yo también los entiendo; 
y, en la plácida hora del mediodía, cuando el Jardín Zooló- 
gico, lleno de sol, está desierto y callado, comprendí la 
historia que contaba de su vida el pobre zorro sin cola. 

Los dos, echados uno frente a otro, con el hociquito 
pegado en el suelo, se miraban fijamente, y el chico decía: 

— ¿Cómo tú, tan grande y tan fuerte, has caído en 
manos del hombre? Yo desperté un día dentro de una 
casa, rfli mamá no estaba ya y otro animal me criaba ; 
supe más tarde que era una perra. Yo no conozco la vida 
del campo; cuéntame tu historia. 

Y el zorro sin cola, en el gran silencio de la siesta, 
dijo con su larga y profunda mirada: 

— «Yo tenía un hermanito. Volvíamos en una cueva muy 
linda y profunda, bajo un ombú. Un día en que madre 
había ido a cazar, resolvimos salir de allí. ¡Qué bonito era 
el campo, grande, verde y lleno de pajaritos que venían 
a posarse sobre las ramas de nuestra casa! Llegó madre, 
nos cogió con la boca y nos llevó a la cama. Pero una 
semana más tarde salió y al rato nos llamó afuera. El 
ombú tenía sobre el suelo raíces como montañas, donde 
trepábamos, y jugando caíamos al suelo... Madre nos mi- 
raba y miraba por todas partes. De pronto hízonos escon- 
der, alarmada; al rato oímos raspar la tierra, y, después, 
en la puerta de nuestra casa, un olfateo fuerte como un 
resuello y gritos terribles. Acurrucados en el fondo y detrás 
de madre, vimos en la puerta dos ojos grandes y una bo- 
caza tremenda. Después de largo rato volvió el silencio. 
Madre nos dijo que era un perro, y no había podido 
entrar porque la puerta era chica; que era un pariente malo 
vendido al hombre y que nos mataría si nos encontrase. 



892 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

« Pobre madre, salió una mañana y no volvió más. 
Teníamos hambre. Al anochecer salimos al campo y la 
Hamamos largo rato, pero no contestó a nuestros gritos. 
Vimos lejos, al claro de la luna, dos hombres a caballo 
que pasaban, y el viento nos trajo el eco de las palabras 
de uno de ellos, t|ue decía: «Los zorros están llamando 
a Juan ». No sabían, seguramente, que teníamos hambre y 
llamábamos a madre. 

« A la otra mañana fuimos a cazar, y, detrás de una 
mata de pasto, mi hermano consiguió agarrar una torcaza. 
No me la quiso dar como hacía madre, y se la quité; 
nos peleamos, y aquel día no volvimos al ombü. Caminé 
toda la noche; asustábame cuando las martinetas, desper- 
tadas a mi paso, se levantaban de improviso; y, al día 
siguiente, para almorzar no encontré otra cosa que una 
osamenta vieja y reseca, perdida en el campo. Subí a la 
cabeza de aquella vaca muerta para orientarme. El campo 
era grande, grande y verde, todo igual al lugar donde nací, 
pero el ombü no se veía ya. Había vacas que dormían, 
había corderos que retozaban, y, muy lejos, un bulto don- 
de los caranchos se reunían alegres. Madre decía siempre 
que estos pájaros son amigos nuestros, pues nos enseñan 
dónde hay comida. 

« Iba hacia allá, cuando oí temblar el suelo por un 
galope. Tuve apenas tiempo para entrar en una vizcachera; 
pero dos perros me habían visto, y ladraban y me des- 
afiaban para que saliese .. El hombre que galopaba en su 
caballo andaba de prisa y los llamó; hasta me pareció 
percibir el chasquido del cabestro con que los castigaba. 

« Por ia noche, cuando todo era silencio y me dirigía 
al punto en que había visto los caranchos, estos buenos 
amigos se lo habían engullido todo. Me hubiera quizá muerto 
de hambre, si unos teros, que me oyeron venir, no hu- 
biesen gritado. Madre solía decir que a poca distancia 
de donde gritan los teros está un nido lleno de huevos, 
i Y qué ricos son los huevos de tero ! Tú, chicuelo, nunca 



LA NATURALEZA 393 

los has probado. Me comí los cuatro que había; después 
me hice una cama mullida, abriendo las pajas del nidito. 

« Había comprendido que de día me sería imposible 
andar por la campiña. ¡Caminaba tanto todas las noches! 
A veces me encontraba con otros zorros: un saludo un 
cuan seco, y cada uno por su lado. Llegué una noche a 
un arroyuelo ; enfrente había algo grande con luces: una 
casa del hombre, como diría madre, donde hay mucha 
comida, y también mucho peligro, izstuve largo rato olfa- 
teando. Allí sólo había un perro grande que gritaba; 
cuando todo fué silencio, me acerqué con prudencia. El 
perro me oyó y ladró, aunque sin moverse ; estaba atado 
con una cadena. Di una larga vuelta para que no me viera, 
y sigilosamente entré en una habitación muy tibia y de 
donde salía un rico olor. No estaba nadie allí; había que- 
dado solamente el olor. Encontré en el suelo un hueso 
grande, desnudo y blanco, duro y desabrido como una 
piedra. Salí decepcionado y recordé que en la puerta ha- 
bía despreciado cierto bulto, que fui ahora a hurguetear 
impaciente: era un recado, y del bozal, muy duro y reseco, 
colgaba una magnífica manea fresca y recientemente so- 
bada. La manea fué la pobre cena de esa noche, y estaba 
tan correosa que no conseguí comerla toda y volví a la 
noche siguiente ; mientras trabajaba en ablandar el botón, 
resonó detrás de mí un ruido seco, y me encontré con 
la cola prendida entre unos dientes de hierro. 

«¡Qué angustias, amiguito ! ¡Y qué dolor! Pasé horas 
horribles, y la alborada empezaba ya a aclarar el cielo del 
otro lado del arroyo. Mi linda cola, la que pensaba lucir 
con una hermosa zorra que había encontrado una noche, 
me martirizaba y me detenía ; no había tiempo que per- 
der; rápidamente me di vuelta, mordí con rabia mi cola 
y quedé libre. Perdí mucha sangre hasta llegar a una 
cueva, a la que fueron a sacarme con picos y palas. Me 
hice el muerto, pues madre decía que es una estratagema 
que a veces permite la fuga. Pero un hombre dijo: «No 



394 CUADROS Y FASES DE LA V/DA ARGENTINA 

se descuiden; don Juan se hace el muerto y no lo está». 
Me encerraron en un cajón con un olor insufrible, el mismo 
de ciertas luces que usan los hombres y que creo llaman 
de petróleo... Estuve allá dentro en la obscuridad, por 
largas horas... Oí silbidos, bufidos, ruidos de herrajes, 
hasta que ayer me encontré aquí, entre tantos compañeros 
de desgracia y que me miran en menos porque no tengo 
cola... jVaya una situación para hacerse los orgullosos!». 

Según G. Onelli. 

l5o. Los nidos de las aves- 
Nada hay en la Naturaleza tan lleno de gracia y de 
ternura como los nidos de las aves. Ya en el follaje de 
los árboles, ya en la orilla de las lagunas, ora en las agrias 
crestas de la montaña, ora sobre el mullido césped de los 
campos, un nido, con sus frágiles y pintados huevecillos, es 
como un símbolo de calor maternal y de infantil alegría. 
Al construirlo, las aves demuestran una previsión y una 
voluntad que difícilmente se supondrían en sus ingenuas 
cabecitas. Se piensa que sólo han nacido para cantar sus 
trinadas rapsodias, para hendir los aires, para alegrar el 
paisaje; pero, al contemplar sus nidos, descúbrese í}ue 
también viven, que ante todo viven para criar a sus hijos. 
Como los demás seres orgánicos, también esas cosas 
ligeras y aladas saben trabajar y sacrificarse por la vida 
de la especie. Verdad es que hay pájaros excepcionales, 
como cierta clase de tordos, que proceden a manera de 
parásitos en punto a la crianza de la prole. Haraganes 
incorregibles, picaros calaveras, ponen subrepticiamente los 
huevos en nidos ajenos, y se pasan la breve existencia en 
revoloteos y paseos... ¡Son de ver, en cambio, los pobres 
padres adoptivos, los pequeños chingólos, por ejemplo, 
cuando se desviven, cuando se descrisman por alimentar 
entre los suyos al robusto e insaciable pichón de tordo, que 
creen también fruto de sus amores! 



LA NATURALEZA 395 

En la enramada de un duraznero en flor, una pareja de 
torcazas, con pajuelas y plumas, ha construido su hogar. No 
lo abandonan un instante ; la madre y el padre protegen 
echados los huevecillos, blancos como gruesas perlas, del 
frío, de la lluvia, del viento. Sobre un poste, los horneros 
fabrican su eztraña casa de barro para abrigar a la prole 
contra los embates del viento. Oculta entre el follaje de 
la glorieta, los picaflores han tejido una delicada canas- 
tilla, en la que hay un par de diminutos pichoncitos, no 
mayores que dos garbanzos. Para defenderse de posibles 
asechanzas e indiscreciones, benteveos, urracas, calandrias, 
y cotorras hacen altos y grandes nidos con sarmientos 
pequeños y espinosos. La urraca europea adorna además 
el suyo con objetos brillantes, audazmente robados donde 
los encuentra. A ras del suelo pone el terutero sus huevos 
cenicientos y veteados de café; como se confunden con 
el color de la tierra, no pueden ser fácilmente des- 
cubiertos. Entre las matas, los nidales de las perdices 
guardan los suyos, de brillante color chocolate, semejan- 
tes a los de Pascua. El carpintero rompe con el pico los 
duros troncos de los árboles, para esconder allí dentro su 
nidada. La gaviota, el cuervo pampeano, el flamenco, el 
mirasol y muchas más aves de laguna, en su mayor parte 
zancudas, levantan sus nidos uno junto a otro, formando 
curiosas colonias en ciertos parajes pantanosos. Otras, 
como las gallaretas, tienen nidos flotantes, a merced de 
la corriente. Las aves de la montaña — águilas, cóndores, 
buitres — ponen los huevos en inaccesibles cimas. En 
cambio, las lechuzas de las pampas y los loros barran- 
queros los empollan en cuevas a veces profundas. 

¡Cuánta variedad de formas y cuan vivo ingenio ar- 
quitectónico ofrecen los nidos de las aves! Unos son como 
altos castillos feudales; otros, como preciosos palacios de 
follaje; los hay como flores de las plantas trepadoras, 
como ingeniosas chozas de barro seco, como ligeras em- 
barcaciones; algunos se dirían duendes escondidos en el 



396 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

corazón de los árboles viejos, o bien simples eflorescencias 
de la tierra, si no tesoros sepultados por diligentes gnomos, 
y todos, en fin, todos son joyas de la Naturaleza. 

Los niños revelan, en el campo, invencible propen- 
sión a robar nidos. La ciencia moderna compara a los ni- 
ños con los salvajes; y nunca, en efecto, demuestran 
mejor estos pequeños salvajes la incultura de sus instin- 
tos que cuando atacan a mansalva los amables hogares 
de los pájaros. Un nido, en la rama de un árbol, es un 
objeto vivo y encantador, una caja de música ; detiene la 
vista y regocija el ánimo. Arrancado de la rama, es un 
objeto muerto y hasta repulsivo : un montón de pajuelas 
y de residuos. Un nido, inviolado por la mano del hombre, 
entraña una fuente ó germen de nuevos pájaros y de 
nuevos nidos. En poder de un niño representan un triste 
y antihigiénico despojo. ¿Por qué, pues, quitar a los pobres 
pajarillos su único tesoro? ¿Por qué destruir con torpe 
mano tantas vidas útiles y agradables? ¿Por qué despojar 
a la Naturaleza y al campo de su mejores galas y atrac- 
tivos?... Pensad un momento, ¡oh, niños!, en vuestro acto 
de vandalismo, y tai vez así lleguéis a contener el cruel 
instinto que os impulsa... ¡Niños, respetad los nidos! 

¿Conocéis la historia de «la gallina de los huevos de 
oro » ? Había una vez un hombre poseedor de una gallina 
que ponía diariamente un huevo de oro. El hombre debía 
hacerse rico en poco tiempo; tenía en su gallina el ca- 
pital de un millonario. Pero el demonio de la curiosidad 
no le dejaba en paz. ¿Cómo podía poner huevos de oro 
aquella ave? Y, si ponía huevos de orOj, ¡qué sabrosa 
sería su carne en un buen puchero!... Ello fué que el 
hombre mató a la gallina de los huevos de oro, y encon- 
tró que, por dentro, era como cualquier otra... El niño 
que destruye un nido procede con la necedad de este 
hombre. Puesto que no ha de ser tan simple que pre- 
tenda empollar y criar luego a los polluelos, como Ber- 
toldino, en sus manos dañinas los huevos del nido no 



LA NATURALEZA 397 

son más que miserables cascaras. Pero, en el suave ca- 
lorcito del nido, esos pequeños globos rojos, verdes, 
blancos, azules, multicolores, son siempre huevos de oro. 

l5l. ¡Pobre Juan! 

(Soneto . 

Te argüirán, entre muecas desdeñosas, 
los nenitos de Juan el carpintero, 
« que sería más útil un obrero, 
si ambas manos tuviese habilidosas. . . » 

Y, después de soltar tan graves cosas, 
como quien echa migas a un jilguero, 
te dirán « que rosal y duraznero 
son rosáceos los dos, porque dan rosas ». 

Pero ven cuatro plantas florecidas 
esos grandes filósofos enanos, 
¡y van y las destrozan inhumanos, 

cual rapaces querubes homicidas! 
Niños, en cada flor hay muchas vidas, 
y las manos que matan no son manos. 

Pfdro B PALACiOb ( Alma fuerte) 

l52. El firmamento. 

Si la contemplación del cielo estuviese prohibida o 
costase dinero, seguramente lo conoceríamos mejor. Como 
se trata de un espectáculo gratuito, a la disposición de 
todos los que no son ciegos y hasta de muchos animales, 
de ahí proviene la común indiferencia que inspira. Sin 
embargo, bueno es acostumbrarse desde niño a gozar de su 
esplendor; su contemplación nos proporciona un purísimo 
placer del espíritu, amplía nuestras ideas y nos muestra 
la pequenez de las humanas vanidades Un cielo estre- 
llado, en noche apacible y límpida, nos ofrece un espec- 



398 CUADROS Y FASES DiC LA VIDA ARGENTINA 

táculo mil veces más sugestivo y hermoso que el jardíir 
más admirable. Mientras las flores duran apenas un día^ 
los astros, flores luminosas del firmamento, no se mar- 
chitan jamás. 

También el cielo, como nuestros jardines, cambia de 
flores según la estación ; pero, por cierto, con mucha más 
puntualidad. Las violetas, los claveles y las rosas, con 
frecuencia se adelantan o retardan ; las estrellas (no los 
planetas), las estrellas, esas flores del cielo que brillan en 
vez de perfumar, aparecen y se van en la misma época. 
Más tarde, niños, cuando seáis grandes y estudiéis muchas 
cosas interesantes, aprenderéis que también los astros, como 
las flores, mueren alguna vez, variando mientras tanto 
las fechas de sus apariciones... Mas, para que esto suceda 
a los astros, es menester un tiempo tan largo que ni 
siquiera se llega a imaginar. Podemos decir, pues, sin faltar 
a la verdad relativa, que las estrellas nunca mueren ni 
cambian de lugar. 

La matemática puntualidad de las estrellas para encon- 
trarse a tal o cual altura sobre el horizonte de un lugar 
en un momento dado del año, es de gran utilidad para el 
hombre. La navegación, sin la cual el progreso sería quizá 
imposible, se basa en la posición de los astros, en la brújula 
y el cronómetro.. Los astros son asimismo auxiliares eficaces 
de la historia, pues con ellos pueden determinarse exacta- 
mente las épocas, las fechas y hasta las horas de un 
acontecimiento remoto. Por ejemplo, si se ignorase el año, 
el mes y el día del nacimiento en Yapeyú de nuestro 
inmortal Libertador, bastaría que en. aquella fecha un obser- 
vador del cielo hubiese anotado con prolijidad el paso de 
una estrella por el meridiano de Yapeyú, o de cualquier 
otro, para descubrir, mediante un cálculo, que el general 
San Martín nació el 25 de febrero de 1778. 

Cada país tiene su cielo. Solamente los situados a 
igual latitud cuentan con el mismo, aunque a distinta hora. 
Los habitantes de las regiones ecuatoriales son los únicos 



LA NATURALEZA 399- 

que pueden darse el lujo de contemplar el cíelo entero 
durante el transcurso del año... siempre que no salgan de 
su país. Si pudiésemos llegar a cualquiera de los polos 
de la Tierra, no veríamos desde allí más que, o todo el 
cielo austral, o todo el boreal, es decir, una mitad del cie- 
lo entero. Ahora bien, la República Argentina se encuen- 
tra entre el Ecuador y el Polo Sur; luego, su cielo deberá 
ser menor que el del Ecuador y mayor que el del Polo. 
Desde Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, o mejor dicho, 
desde cualquier punto del país situado entre 31° y 35° de 
latitud, pueden verse las cuatro quintas partes del cielo 
entero durante el año, o sea, todo el cielo austral y la 
miíad del boreal. 

Los poetas, los curiosos, y hasta los ociosos alguna 
vez, suelen preguntar cuántas son las estrellas visibles 
sin anteojo. Naturalmente, esto depende de la latitud del 
sitio, de su altura sobre el nivel del mar, de la pureza de 
la atmósfera, y, sobre todo, del ojo del observador. En ge- 
neral, desde el centro de Europa, no alcanzan a 5.000 
las estrellas que pueden contarse en el transcurso del año. 
Sin embargo, un astrónomo alemán, con vibta penetrante 
y educada en un largo ejercicio, llegó a contar 5.421. Se- 
gún otro astrónomo, desde Córdoba se podrían contar 
cerca de 8.000. Es que el cielo austral es mucho más 
rico que el boreal. Y, en cuanto a las estrellas que sólo 
pueden verse con el telescopio, son tantas que se consi- 
deran ¡numerables. Con las estrellas fijas y visibles se han 
dibujado en el mapa del cielo las constelaciones, o 
grupos de estrellas, que representan figuras imaginarias de 
hombres, animales u objetos. Estas constelaciones, que son 
como provincias del firmamento, sirven para reconocer 
fácilmente en el conjunto la posición en que se ven las 
estrellas desde la Tierra. 

Gracias a la situación de nuestra patria, podemos ver 
desfilar durante el año todas las estrellas de primera mag- 
nitud del firmamento. Estas estrellas, según la manera de 



400 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

apreciar su brillo, son 18 ó 20; más justo sería tal vez 
decir 19, sin contar la estrella beta de la Cruz del Sur. 
Desde el centro de Europa no pueden verse, en cambio, 
más que 13 estrellas de primera magnitud. 

No estará nunca de más conocer los nombres de estos 
19 soles, entendiendo que toda verdadera estrella es un 
sol. Las estrellas del cielo boreal son : Vega, en la cons- 
telación de la Lira, blancoazulina, muy hermosa; Capella, 
en el Cochero, amarilla; Betelguese, en Orion, amarillo- 
rojiza; Arturo, en el Boyero, amarillorrojiza ; Régulo, en 
el León, blancoazulina; Altair, en el Águila, blancoazulina; 
Aldebarán, en el Toro, amarillorrojiza; Froción, en el Can 
Menor, amarillenta, y Pólux, en los Gemelos, amarillenta. 

Las del cielo austral son ; Sirio, la más espléndida de 
todo el firmamento, en el Can Mayor, blancoazulina; 
Canope, muy hermosa también, en el Navio, blanca; alfa 
del Centauro, amarilla: Rigel, en Orion, blancoazulina; 
beta del Centauro, blancoazulina ; Achernar, en el Bridan, 
blancoazulina; Antares, en el Escorpión, roja; alfa de 
la Cruz del Sur, blancoazulina; Espiga, en la constela- 
ción de la Virgen, blancoazulina; Formalhaut, blancoazu- 
lina también, en el Pez Austral. La alfa del Centauro es 
la estrella más próxima a la Tierra, No obstante, su luz 
tarda en llegar hasta nosotros 4 años y medio, recorrien- 
do 18.000.000 de kilómetros por minuto. Vista a través 
del telescopio menos poderoso, resulta la estrella doble 
más notable de todo el cielo 

En la feliz época de las vacaciones, desde la Pampa, 
las montañas o el mar, en una noche profunda y diáfana, 
sin luna, muchos de vosotros, niños, habréis notado, al mirar 
distraídamente hacia lo alto, una ancha faja de fuz blanque- 
cina y suave atravesando el firmamento. Se diría que es 
el humo de un incendio lejano, o el rastro misterioso de 
una gran serpiente del cielo. .Esta faja es la Vía Láctea. 
Mirado por el telescopio, el humo se transforma en polvo 
de brillantes; el rastro de la serpiente misteriosa es un 



LA ESCUELA ' 401 

gran río de soles; son millones de estrellas, a una distancia 
inmensa. La Vía Láctea circunda el cielo íntegro. Nuestro 
sol y todas las estrellas visibles se encuentran dentro de 
esta majestuosa corona de luz. 

Según Martín Gil 

V. LA ESCUELA 

l53. El coleéíaL 

1. Con entusiasmo voy a la escuela 
y llevo siempre listo el deber, 

porque comprendo que el tiempo vuela; 
corta es la vida, largo el saber. 
Antes las clases todas perdía, 
charla que charla, sin atender; 
ahora que veo lo mal que hacía 
tengo vergüenza, quiero aprender. 

2. Ya no me oculto detrás del banco, 
que no me vayan a preguntar; 

tomo mi puesto, sencillo y franco; 

voy preparado, sé contestar. 

Ya no hago burla de los maestros; 

su misión alta sé respetar... 

Era en diabluras de los más diestros, 

hoy en conducta soy ejemplar. 

3. Amo el estudio, porque ennoblece, 
busco anheloso toda verdad; 

así el talento se nutre y crece 
y se mejora la humanidad. 
Amo la escuela, santuario hermoso 
de la opulencia, de la orfandad; 
es su enseñanza, foco radioso, 
de amor, de ciencia y de igualdad. 

Anqbl Mbnchaca 



402 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 



l54. Refranes aplicables a los estudios. 

I. Saber es poder. 

II. La sabiduría es la base de la felicidad. 

III. Tanto vales cuanto sabes. 

IV. Lo que no aprendió Juanito, Juan lo aprenderá. 

V. Quien mucho abarca, poco aprieta, 

VI. Mucho de algo y no algo de mucho. 

VII. Más vale una onza de hechos que un quintal de- 
buenas razones. 

l55. Fernando en el coleéio. 

Fernando ha cumplido catorce años, y ha entrado en 
el tercero del Colegio nacional Amadeo Jacques. Es uno 
de los mejores alumnos; le estiman por igual compañeros 
y profesores. Es sano y fuerte. Jamás ha hecho alarde de 
su fuerza para provocar a otros muchachos tuertes como 
el, ni para dominar a los débiles. Todos le respetan, pero 
no por su vigor y por sus músculos endurecidos en el 
ejercicio físico, sino por el respeto que tiene a los demás 
y por la cortesía con que trata a todos. A nadie humillan 
su aplicación, su inteligencia, su atención a las explica- 
ciones de clase, su exactitud en el cumplimiento de sus 
deberes, la puntualidad de su asistencia. A nadie mortifica 
que los profesores y el rector del colegio le consideren 
entre los mejores o le juzguen el primero entre todos. 
¿Por qué?... Se ha visto, en otras clases o en otros co- 
legios, alumnos que aspiran a la misma distinción y cla- 
sificaciones, sin alcanzar nunca la simpatía de sus condis- 
cípulos, y que crean a veces, en torno suyo, antipatías 
molestas, penosas para todos. ¿ Por qué existe tal dife- 
rencia entre Fernando y estos jóvenes de otras clases o 
colegios?... 

Difícil será explicarse consecuencias tan diversas de 
conductas aparentemente iguales. También los otros niños 



LA ESCUELA 403 

O jóvenes son puntuales, atentos, trabajadores, respetuosos. 
Entre tantas suposiciones que pueden hacerse para dar con 
la razón de semejante diferencia, imaginemos una: Fernando 
tiene la aspiración del bien por el bien mismo. No sabe 
él, y tal vez nadie puede saber en absoluto, lo que es el 
bien, lo bueno; pero, más o menos vagamente, tiene la 
aspiración, la voluntad de que su conducta sea buena. 
Obtener la mejor calificación del profesor no es su guía; 
podría el profesor tener preferencias injustas y dar el 
mejor puesto a otro, que para él sería lo mismo. Le 
bastaría saber que de su parte ha hecho todo lo que debía 
hacer; y esta idea del deber, que no podría definir, en 
general, se le presenta en cada caso y en relación con cada 
hecho, con cada obligación, con cada dificultad, com.o una 
brújula que le indica e! camino. Alcanzar la simpatía de 
sus compañeros no es tampoco un móvil de su conducta. 
Tiene toda esta simpatía, pero no se ha propuesto conse- 
guirla. La tiene porque es sincero; no disimula un afecto y 
no lo finge. La sinceridad, que constituye el culto individual 
de la verdad, es la cualidad del carácter cuyos beneficios 
estimamos más cuanto más avanzamos en la experiencia 
de la vida. Fernando no se acerca a nadie con el propósito 
de captarse una simpatía que pueda servirle alguna vez para 
algo. No se propone que otro sea menos que él; no hace 
sentir a los demás su superioridad intelectual o física, y los 
que le observan más de cerca dicen que su positiva supe- 
rioridad es moral. 

En aquellos otros de quienes hablamos, el bien no es 
un fin o un estímulo; la brújula que consultan no marca este 
norte. Tienen la vanidad de distinguirse. No se mantienen, 
como Fernando, en la línea de la dignidad personal, que 
da en cada movimiento la expresión exacta de lo que se 
siente y piensa. Subordinan su conducta a lo que les 
conviene: adulan a los fuertes y tienen cierto desprecio 
por los débiles. Si no reaccionan y se forman un concepto 
mejor de sus deberes, llegarán a ser soberbios con los 



404 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

humildes y humildes con los soberbios. Si llegan a encon- 
trarse un día en situación de obtener una ventaja cometiendo 
una mala acción, cometerán la mala acción con tal de lograr 
la ventaja, o por lo menos vacilarán, dudarán si deben 
sacrificarla o no antes que incurrir en una conducta repro- 
chable. En cambio, Fernando no tendrá jamás este problema; 
jamás vacilará, y sacrificará cualquier beneficio a la opinión 
que él mismo tiene de su conducta, sin someterse a la 
opinión de los demás. 

Según Kouoi.Fo Rivauola.. 

l56. El maestro de escuela. 

La Naturaleza inanimada y las sociedades humanas 
presentan a cada paso ejemplos de efectos inmensos pro- 
ducidos por causas infinitamente pequeñas. Los pólipos de) 
mar, seres vivientes que apenas tienen forma, han alzado, 
desde las profundidades del abismo hasta la superficie de 
las aguas, la mitad de las islas, floridas hoy, y habitadas 
por millares de hombres, en Oceanía. Las catedrales góticas 
de Europa, la maravilla de la arquitectura, en cuanto 
a sus detalles, columnatas, estatuas, rosetones, pináculos 
y calados en la piedra, han sido obra de artesanos obs- 
curos, de millares de albañiles, cofrades de una hermandad, 
que trabajaban sin salario, en cumplimiento de un deber, 
de un voto o por la fe ; sucedíanse una generación a 
otra, los aprendices a los maestros, hasta dejar sobre la 
tierra un monumento de la inteligencia, de la belleza, de 
la audacia y de la elevación del genio humano. Los 
maestros de escuela son, en nuestras sociedades modernas, 
esos artífices obscuros a quienes está confiada la obra más 
grande que los hombres puedan ejecutar, a saber: terminar 
la obra de la civilización del género humano, principiada 
desde los tiempos históricos en tal o cual punto de la 
tierra, transmitida de siglo en siglo de unas naciones a 
otras, continuada de generación en generación en uníi 



LA ESCUELA 



405 



clase de la sociedad, y generalizada sólo en este último 
siglo en algunos pueblos adelantados a todas las clases y a 
todos los individuos. El hecho de un pueblo entero, hombres 
y mujeres, adultos y niños, ricos y pobres, educados o do- 
tados de los medios de educarse, es nuevo en la tierra; y» 
aunque todavía imperfecto, vese ya consumado o en vís- 
peras de serlo, en una escogida porción de los pueblos 
cristianos en Europa y América, en países desde muy an- 
tiguo habitados, y en territorios cuya cultura data de ayer 
solamente, para mostrar que la generalización de la cul- 
tura es menor el resultado del tiempo que el esfuerzo de 
la voluntad, y el movimiento espontáneo y la necesidad de 
la época. El caudal de los conocimientos que posee hoy 
el hombre, fruto de siglos de observación de los hechos, 
del estudio de las causas y de la comparación de unos 
resultados con otros, es la obra de los sabios; y esta obra 
eterna, múltiple, inacabable, está al alcance de toda la es- 
pecie. La prensa la hace libro, y el que lea un libro, con 
todos los antecedentes para comprenderlo, ese tal sabe 
tanto como el que lo escribió, pues éste dejó consignado 
en sus páginas cuanto sabía sobre la materia. 

El humilde maestro de escuela de una aldea pone, 
pues, toda la ciencia de nuestra época al alcance del hijo 
del labrador, a quien enseña a leer. El maestro no inventó 
la ciencia ni la enseñanza: acaso no la alcanza sino en 
sus más simples rudimentos; acaso la ignora en la mag- 
nitud de su conjunto; pero él abre las puertas cerradas al 
hombre naciente y le muestra el camino; él pone en re- 
lación al que recibe sus lecciones con todo el caudal de 
conocimientos que ha atesorado la humanidad. 

El sacerdote, al derramar el agua del bautismo sobre 
la cabeza del párvulo, le hace miembro de una congrega- 
ción que se perpetúa en los siglos, al través de las gerie- 
raciones, y lo liga a Dios, origen de todas las cosas. Padre 
y Creador de la raza humana. El maestro de escuela, al po- 
ner en las manos del niño el silabario, le constituye miem- 



406 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

bro integrante de los pueblos civilizados del mundo, y le 
liga a la tradición escrita de la humanidad, que forma el 
caudal de conocimientos con que ha llegado, aumentán- 
dolos de generación en generación, a separarse irrevoca- 
blemente de la masa de la creación bruta. El sacerdote le 
quita el pecado original con que nació; el maestro, la ta- 
cha de salvaje, que es el estado originario del hombre, 
puesto que aprender a leer es sólo poseer la clave de 
ese inmenso legado de trabajos, de estudios, de experien- 
cias, de descubrimientos, de verdades y de hechos que for- 
man, por decirlo así, nuestra alma, nuestro juicio. Para el 
salvaje no hay pasado, no hay historia, no hay artes, no 
hay ciencia. Su memoria individual no alcanza a atesorar 
hechos míís allá de la época de sus padres y abuelos, 
en el estrecho recinto de su tribu, que los trasmite por la 
tradición oral. Pero el libro es la memoria de la especie 
humana durante millones de siglos: con el libro en la mano 
nos acordamos de Moisés, de Homero, de Sócrates, de 
Platón, de César, de Confucio, sabemos palabra por pala- 
bra, hecho por hecho, lo que dijeron o hicieron. Hemos 
vivido, pues, en todos los tiempos, en todos los países, y 
conocido a todos los hombres que han sido grandes, o 
por sus hechos, o por sus pensamientos, o por sus des- 
cubrimientos. 

Todo un curso completo de educación puede redu- 
cirse a esta simple expresión : Leer lo escrito, para cono- 
cer lo que se sabe, y continuar con su propio caudal de 
observación la obra de la civilización. 

Esto es lo que enseña el maestro en la escuela, este 
es su empleo en la sociedad. El juez castiga el crimen 
probado, sin corregir al delincuente; el sacerdote enmienda 
el extravío moral, sin tocar a la causa que lo hace nacer ; 
el militar reprime el desorden público, sin mejorar las 
ideas que lo alimentan o las incapacidades que lo esti- 
mulan. Sólo el maestro de escuela, entre estos funciona- 
rios que obran sobre la sociedad, está puesto en lugar 



LA ESCUELA 407 

adecuado para curar radicalmente los males sociales. El 
hombre adulto es para él un ser extraño a sus desvelos. 
Él se halla en el umbral de la vida, para los que van 
recientemente a lanzarse a ella: El ejemplo del padre, el 
ignorante afecto a la madre, la pobreza de la familia, las 
desigualdades sociales, producen caracteres, vicios, virtu- 
des, hábitos diversos y opuestos en cada niño que llega a 
su escuela. Pero él tiene una sola regla para todos. Él 
los domina, amolda y nivela entre sí, imprimiéndoles el 
mismo espíritu, las mismas ideas, enseñándoles las mis- 
mas cosas, mostrándoles los mismos ejemplos, y el día en 
que todos los niños de un mismo país pasen por esta 
preparación para entrar en la vida social, y en que todos los 
maestros llenen con ciencia y conciencia su destino, ese 
día venturoso, una nación será una familia con el mismo 
espíritu, con la misma moralidad, con la misma instruc- 
ción, la misma aptitud para el trabajo un individuo como 
otro, sin más gradaciones que el genio, el talento, la acti- 
vidad o la paciencia. 

, Según Domingo K. Sahmiento. 

l57. La elección de compañeros. 

(Preceptos y refranes populares;. 

Sé muy circunspecto en la elección de tus compañe- 
ros. «Dime con quién andas y te diré quién eres». «En la 
sociedad de tus iguales hallarás más placer; en la de tus 
superiores, más ventajas ». « Al que se arrima a buen ár- 
bol, buena sombra le cobija». «Ser el mejor entre los 
presentes es el modo de empeorar; para mejorar conviene 
escoger aquella sociedad en la cual seamos los peores». 

Los malos compañeros forman los malos hábitos. « El 
hábito hace al hombre ». El vicio es contagioso como la 
peste. Apártate de los viciosos como de los apestados, si es 
que no puedes corregir a los unos ni curar a los otros. 

Los buenos compañeros han de elegirse por sus con- 



408 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

diciones y no por su importancia y prestigio; cada hombre 
vale por sí mismo, y no por la expectabilidad que puedan 
oíros prestarle. Las buenas compañías aprovechan, más 
por su influencia sobre el individuo que por su influencia 
sobre los extraños. Buscar la compañía del orgulloso es 
exponerse a sufrir sus imposiciones; el hombre se rebaja 
y el carácter se deprime. 

Si es conveniente la buena compañía, el hombre fuerte 
requiere también la soledad. En cambio, el hombre débil 
tiene miedo a la soledad. Necesita siempre el bullicio de 
los camaradas; nunca quiere estar a solas consigo mismo. 
Para no desgastarte en ociosa junta de compañeros, sé fuerte 
y trata de recogerte diariamente algunos instantes en tu pro- 
pio pensamiento. Adquiere el hábito de interrogarte todas 
las noches: «¿He cumplido hoy con mi deber?» De este 
modo, familiarizándote con tu propia personalidad, apren- 
derás a conocerte. Tendrás en ti mismo tu mejor compañía 

VI. LA CONCIENCIA 

l58. Preceptos y proverbios. , 

I. PRECEPTOS 

1. Ama a tu prójimo como a ti mismo. 
IL Venera a tus padres, respeta a tus maestros y con- 
sidera a los mayores. 

III. Antes que el hombre está la familia, y, antes que 
la familia, la patria. 

IV. Gana tu pan con el sudor de tu rostro, y el res- 
peto de todos con tu respeto a ti mismo. 

V. No hagas a los demás lo que no quieras que te 
hagan a ti mismo. 

VL Si no sabes dominar tus malos impulsos, tú mismo 
serás tu peor enemigo. 

Vil. Los vicios convierten al listo en tonto, al bueno 
en malo y al hombre en bestia. 



LA CONCIENCIA 



409 



II. PROVERBIOS 

I. Alma sana en cuerpo sano. 

II. Amor con amor se paga. 
IlL Una mano lava la otra. 

IV. Dime con quién andas y te diré quién eres. 

V. No hay deuda que no se pague, ni plazo que no 
se cumpla. 

VI. Quien mal anda, mal acaba. 

VII. Vida alegre, muerte triste. 

l59. La conciencia. 



(Fábula I 



1. Cuenta fantástica historia 
que se colocó en la frente 
de un emperador de Oriente 
una diadema de gloria. 
Si alcanzaba una victoria, 
como premiando su hazaña, 
trocábase en luz extraña... 
Mas fué vei.cido en la guerra, 
y le aplastó bajo tierra, 
convirtiéndose en montaña. 



2. Es verdad en Occidente, 

do todos somos ¡guales, 
para los simples mortales, 
esta conseja de Oriente. 
Cada cual lleva en la frente 
una diadema que es ciencia 
y fanal de la existencia: 
si bien obra, le ilumina; 
si mal obra, le fulmina... 
La diadema es la conciencia. 



l60. Erl deber del aseo. 

En una escuela del Estado. La campana suena, ale- 
gre. Los niños guardan los útiles en los pupitres., y sa- 
len de la clase, a gozar del recreo. Queda retrasado un 
niño sucio y roto, aunque de mirada inteligente y pen- 
sativa. 

El maestro, llamándole. — Ün momento, Luisito ; ten- 
go que hablarte. 

El niño se detiene. 

El maestro. — Dime, Luisito, ¿por qué no cuidas de 
tu persona ni de tu ropa? 

El niño, baja la mirada, en silencio. . . 



410 CUADROS Y FASES DE LA VIDA AnGENriKA 

El maestro. — Sé sincero conmigo, Luisito. Siendo 
tu maestro, soy tu mejor amigo. (Se acerca, le mira fija- 
mente y le pone la mano ei los hombros). Contéstame, 
Luisito. Harto sabes, pues te lo he enseñado, que «el 
aseo es la elegancia del pobre». 

El niño, tímidamente. — ¡El aseo!... Esto es cosa de 
ricos, señor Vila. . . 

El maestro. — Explícate. Estamos solos aquí; te es- 
cucho. 

El niño. — Los ricos andan aseados porque tienen 
ropa con que mudarse, y todo lo necesario... 

El maestro. -- \ En tu casa hay también agua y jabón, 
supongo, y un cepillo para la ropa! 

El niño. — Los hay; pero yo no tengo tiempo para usar- 
los. . . Por la mañana voy al mercado ; haciendo unas chan- 
güitas, gano algunos centavos, para llevárselos a mi mamá. .. 

El maestro. — Aplaudo, Luisito, tu buena resolución 
de ayudar diariamente a tu señora madre con lo que 
ganes en esas comisiones. El trabajo honra siempre. (Una 
pausa). Dime, Luisito, al volver del mercado, ¿no dis- 
pondrías de algunos minutos para lavarte, cepillarte la 
ropa y pegarte los botones? 

El niño calla, asintiendo. * 

El maestro. — Quedamos, pues, en que, si quisieras, 
podrías tener aseo y aliño. La pobreza y el trabajo no 
constituyen un obstáculo insuperable. Así lo demuestran al- 
gunos de tus compañeros, no menos pobres que tú. Miguel, 
por ejemplo, vive en una estrecha carbonería, y viene 
limpio a la escuela. . . 

El niño continúa en silencio. . . 

El maestro. — Ahora bien, dime por qué no jue- 
gas en el recreo con tus compañeros. . . ¿ No te gusta 
jugar? 

El niño. —¡Oh, sí! 

El mahstro. — Yo te diré por qué no juegas : tu 
propio desaliño te avergüenza. ¿No es verdad?... ¡Pues 



LA CONCIENCIA 411 

si te avergüenza, no ha de ser bueno! ¿Has visto que 
alguien se avergüence de lo bueno? 

El niño. — No. . . 

El maestro —Conveniente es que uses el agua y el 
cepillo; está en tu interés, para que no te sientas tonta- 
mente deprimido y puedas jugar a tu gusto con tus com- 
pañeros. Ellos son bondadosos y te quieren ; eres tú quien 
huye de ellos, y no porque tengas especiales motivos, 
sino porque tu propia conciencia te remuerde (Una pausa). 
¡Espero que ahora hayas comprendido la utilidad del aseo! 

El niño. — Sí, señor Vila. . . 

El maestro. — Y hay más todavía. ¿Sabes de qué 
provienen en gran parte las enfermedades? 

El niño. — ¿De los microbios? 

El maestro. — De los microbios. ¿Cómo se los 
combate ? 

LuisiTo - Con la higiene, con la limpieza... 

El maestrc'. — ¡Desde luego! Los microbios se esta- 
blecen y propagan donde encuentran alimento fácil y se 
les permite instalarse. La grasienta mugre de las telas y 
de la piel constituye para ellos un medio favorable. ¿Qué 
debe hacerse ante todo contra los microbios? 

El niño. — Tener la piel limpia, la ropa cepillada. . . 

El M/^ estro. — Perfectamente ; nada mejor para pre- 
servar la salud. ¿Y la salud, dime, es necesaria sólo para 
el rico, o también lo es para el pobre ! 

El niño. — ¡Para el rico y para el oobre! 

liL maestro. - hwu pOcria ceciLse que ts lodavía más 
indispensable al pobre, porque no dispone de tantos me- 
dios para curarse, y sin salud no se puede trabajar. ¿No 
te parece? 

El niño. — Es claro. . . 

El maestro. — ¿Y qué conclusiones sacas de todo esto? 

El niño. — Que los pobres y los ricos deben tener 
aseo, •>■ liasta más, si es posible, los pobres que los ricos, 
aunque tal vez no les sea tan fácil. 



412 CUADROS Y FASrS DE LA VIDA ARGENTINA 

El maestro. — Esto es lo que yo tenía que demos- 
trarte. Los antiguos decían: «Alma sana en cuerpo sano». 
Nosotros, los modernos, .podríamos decir: «Alma limpia en 
cuerpo limpio, y cuerpo limpio en traje limpio... » {Una 
larga pausa). ¿Vendrás mañana más arreglado? 

El niño, con los ojos húmedos. — Sí, señor Viia. 

El maestro. — Gracias; ahora vete a jugar... 

El niño se dirige a la puerta; luego vuelve hacia el 
maestro, indeciso... 

El maestro. — ¿Qué te ocurre, Luisiío? 

El niño. - Nada, señor Vila. . . Con esta facha, no me 
atrevo a mezclarme con mis compañeros... Pienso si no 
sería mejor que ahora mismo me permitiera usted ir a mi 
casa para lavarme y arreglarme; volvería muy pronto... 

El maestro, riendo. — ¡Así me gustan los hombres, 
decididos y francos!... ¡Lástima que aquí en la escuela 
tengas ahora tus deberes que cumplir!.,. 

El niño. — Pero usted, señor Vila, creo que me lo 
acaba de enseñar. . . El aseo es también un deber. . . 

El MAESTRO, dándole una palmada en la espalda. — 
¡Bien dicho!... ¿Para con quiénes tenemos este deber? 

El niño, animándose. — Para con nosotros mismos, a 
fin de preservar nuestra salud... Para con la familia, a fin 
de poder trabajar y ayudarla. . . Para con los demás, a fin 
de no dar mal ejemplo y de no propagar enfermedades... 

El maestro. — ¡Bravo, Luisito!... Ahora sí que estoy 
dispuesto a darte permiso para que vayas a tu casa y 
vuelvas pronto, si me prometes cumplir con una condi- 
ción. Cuelga en tu aposento un cartel, en el que, para no 
olvidarlo nunca, escribas con letras gordas... 

El niño. — ¡Se lo prometo, señor Vila) Pondré un 
letrero que diga : El aseo es un deber. 



LA CONCIENCIA 413 



161. La modestia. 

Varios niños organizaban una partida de campo. Uno 
de ellos tomó la palabra y dijo: Yo soy el más inteligente 
y el más rico y generoso. Yo os guiaré al mejor sitio y 
os llevaré las mejores provisiones. Esperadme un momento, 
que voy a comprarlas. Cuando vuelva, todos debéis seguirme 
y obedecerme . Fuese el niño, y, al volver cargado de 
provisiones, se halló con que sus compañeros habían partido 
dejándole solo. Retiróse furioso a su casa. Preguntóle su 
padre la causa de su enojo, y él no pudo ocultarla. Entonces, 
el padre le hizo esta advertencia: Tus compañeros te 
acaban de dar una lección inolvidable. Los hombres jac- 
tanciosos y petulantes se hacen incómodos y antipáticos. 
Nadie debe andar pregonando a todos los vientos su 
superioridad, antes bien puede demostrarla en silencio. Si 
eras, en efecto, más inteligente que tus compañeros, no 
debiste decirlo, sino probarlo con una proposición acertada. 
Si eras más rico y generoso, tampoco debiste decirlo, sino 
también probarlo aportando callado tus provisiones. Para 
que se te considere, sé modesto. Cuando llegues a una 
cumbre, los que están en el llano te verán, sin necesidad 
de que los ofendas gritándoles que estás más alto que 
ellos. La verdadera superioridad es como la luz: se difunde 
e impone por sí misma. Solamente la falsa superioridad, 
peligro de hombres y de pueblos, necesita los anuncios 
y pregones de los malos artículos industriales Por esto 
se la teme y execra como a los vicios. La jactancia 
engendra desconfianza. La modestia demuestra la verdadera 
grandeza». 

162. La crueldad. 

Juan, siéntate y escucha. Te he visto hoy jugando 
con un ratón atado de la pata, y quiero hablarte de la 
crueldad. ¿Sabes tú que los animales sufren más o menos 
como nosotros?... ¿Te gustaría que un gigantazo, cinco 



414 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

veces mayor que tú, te atara del pie y jugase contigo^ 
hasta dejarte por muerto?... 

Si carecieras de buenos sentimientos, me replicarías 
que, no existiendo gigantes, puedes siempre darte el gusto 
de martirizar a los animales, sin temor de que a ti se te 
martirice... Lo reconozco; pero, ya que mi razón de orden 
sentimental no te convence, puedo aducir otra de orden 
intelectual, y mucho más importante. Escucha... 

Al atormentar a un animal, te acostumbras a la crueldad. 
Acostumbrado a ella, podrás emplearla más tarde con los 
mismos hombres; castigarás severamente a los niños, a los 
débiles, a los subordinados, a los malos... Pues bien, na 
sólo es probable que en nada beneficies a quienes así 
castigues, sino que además te expondrás a sus iras y 
represalias. Siendo ahora cruel con los animales, propende- 
rás a serlo más tarde también con los hombres, y entonv:es, 
a su vez, los hombres han de ser crueles contigo. 

¿Me escuchas? ¿Comprendes que te aconsejo la bondad 
para con los -animales, no tanto quizá en interés de 
éstos, cuanto en tu propio interés?... Hoy fué tu víctima 
un inofensivo ratoncillo; mañana lo serás tú mismo. Sé 
bueno con los demás, para que los demás sean buenos 
contigo. 

Como eres, Juan, un chico razonador, preveo tus 
objeciones. Me dirás, en primer lugar, que puedes tratar 
de un modo a los animales y de otro a tus prójimos. 
También se te ocurrirá decirme que no '^ienune es de 
temer el desquite... ¿Qué te contestaré yo? Ante todo, que 
tengo más experiencia que tú de ¡a vida y del corazón 
humano. M>ientras seas niño, "debes confiarte a la experien- 
cia de tus padres y maestros; harto sabes lo que te quieren... 
¿Por qué no habían de aconsejarte según tu conveniencia 
y para tu felicidad?... 

Escucha, Juan. La crueldad para con los animales, 
defecto de que quiero corregirte, es nociva, no sólo ai 
individuo, sino también a la colectividad social A ti te 



LA CONCIENCIA 415 

gusta, por ejemplo, matar avecillas que alegran la vista 
con su bello plumaje y deleitan el oído con su canto. Si 
todos los hombres pensaran como tú, pronto se extingui- 
rían esas especies ; perderíamos una fuente de goces puros 
y sencillos. Conviene, pues, a todos enseñar a cada uno 
que las respete. Son patrimonio común de los hombres, y 
especialmente de los que, por su pobreza, no pueden 
procurarse otro placeres. Si amas a tu prójimo, ama por 
él las aves hermosas y canoras. 

Podrías argüir que hay especies de animales inútiles 
y dañinos... No me opongo, Juan, a que ejercites en su 
contra tu destreza de cazador ; pero sí a que hagas sufrir 
innecesariamente a ningún animal, por antipático que sea. 
Atormentar a una víbora porque tiene veneno, es simple- 
mente una tontería. ¿Cabe imputarle la culpa de ser como 
es? Además, piensa que sus colmillos constituyen para ella 
un arma indispensable en la lucha por la vida. . . Mátala si 
la encuentras, mas no para castigarla, sino para suprimirla. 
Aunque la necesidad determina crueldades inevitables, nunca 
o muy rara vez justifica un refinamiento de crueldad. 

Cuando seas hombre, Juan, si te aficionas a- la caza 
y a la pesca, podrás también procurarte presas útiles por 
su carne o por su piel. Para ello te bastará tomarlas en 
su sazón y oportunidad, de la manera menos dura. En- 
tonces no tratarás de exterminarlas a tontas y a locas, 
porque estará en tu interés el respetar en su estación 
las pequeñas crías, para que luego abunden las buenas 
piezas. Una cosa es el placer de la crueldad, y otra el 
placer de procurarnos provechosos recreos y de ejercitar 
nuestras fuerzas. 

Aun más debo decirte, Juan. El placer de la crueldad 
es una verdadera anomalía, es una aberración del senti- 
miento. Un animal sano mata por necesidad, para alimen- 
tarse y defenderse, pero no con especial fruición, no por 
vicio. Igualmente, sólo un hombre débil y enfermo goza en 
la contemplación de! dolor ajeno. Podrás comprobar esto 



416 CUADROS Y FASFS DE LA VIDA ARGENTINA 

Último cuando hayas crecido y conozcas mejor a tus se- 
mejantes. 

La pasión por los espectáculos de sangre fué siem- 
pre, en la vida de los pueblos, síntoma de afeminamiento 
y de decadencia. Los romanos de la república, edad heroi- 
ca, no deliraron por el circo, como el pueblo corrompido 
del Bajo Imperio. 

Aunque en nuestros días se ha prohibido en todas 
las naciones civilizadas la lucha mortal de los antiguos 
gladiadores, consérvanse a veces algunos espectáculos 
sangrientos, como las riñas de gallos y las corridas de 
toros. Sin duda, tales espectáculos, sobre todo el último, 
tienen cierto interés y hasta plástica belleza, si bien no en 
tan alto grado como los antiguos combates del circo. En 
cambio de este pequeño mérito, ¡cuan funestos resultan por 
su negativa educación social! La fascinación de la lucha 
domina al público, las pasiones atávicas se desbordan 
en torrente, la energía nerviosa se desgasta, el ánimo 
se deprime, ¡la humanidad se degrada! Y aquella turba 
frenética, que llena la plaza con sus gritos, sus exclama- 
ciones, sus denuestos, sus aplausos, tiene tan horrible 
poder de contagio y de asimilación, que anula las per- 
sonalidades y rebaja a su nivel a los hombres más nobles 
y, cultos; es como una fiera apocalíptica que debilita los 
cuerpos y devora las almas. 

Hay quien dice que semejantes espectáculos templan 
el carácter y estimulan el valor. ¿El carácter y el valor de 
quiénes? ¿Acaso del público?... Lejos de ello, obsérvase 
que éste sale del circo enfermizamente excitado. La bárbara 
emoción tiende a deprimir su temple; hace haraganes a 
los activos, tristes a los alegres, brutales a los tranquilos, y, 
aun diré que, a todos, hombres decadentes y violentos. Si 
esas luchas, generalmente tan innobles, dan carácter y 
valor, no será a la muchedumbre, no, antes bien a los 
toreros, a los toros, a los gallos de riña. Parece que 
infunde a éstos los bríos que toma de aquélla, como si 



LA CONCIENCIA 417 

se transvasara su sangre en los luchadores; el pueblo, 
aunque nervioso y excitado, queda abatido, anémico, ex- 
hausto. El espectáculo sanguinario viene a ser como un 
veneno lento y seguro, comparable con el alcohol y la 
morfina, esto es, con los llamados < paraísos artificiales >. 

Tal vez me digas, Juan, que a veces la crueldad es 
necesaria para con el hombre mismo; se castiga a los 
criminales, se mata al enemigo en la guerra. . . Desde lue- 
go; castígase para atemorizar, para ejemplarizar, para es- 
carmentar, y esto constituye una necesidad durísima. Máta- 
se, por otra necesidad no menos dura, en defensa de la 
patria. Pero, ¿acaso se complace el hombre de bien, sano 
de cuerpo y de alma, en el suírmiiento del criminal o del 
enemigo? . . . 

Sé fuerte, Juan, sé enérgico, sé valiente, ejercita tus 
músculos, desarrolla tus bíceps; con todo esto contribuirás 
a procurarte la dicha. Mas no oivides que el placer de la 
crueldad sólo podrá labrar tu desgracia. Tanto más capaz 
es el hombre, cuanto más generoso, y, tanto más débil, 
cuanto más cruel. 

l63. La beneficencia. 

La señorita Lía, maestra del quinto grado, hacía leer 
a sus discípulos. Tocóle el turno a Jorge Pondal, y el 
niño no tenía su libro de lectura. ¿Lo has olvidado en 
tu casa?, le preguntó la maestra. — No, señorita... — ¿Lo 
has perdido? — No, señorita... — ¿Lo has roto? — No, se- 
ñorita... — ¿Qué has hecho de él, pues?». Encarnado como 
una cereza, el niño respondió : « Cuando venía a la escuela 
encontré en la calle a un chico muy pobre, que me pidió 
una limosna. . . Dióme lástima, y, como no llevaba dinero, le 
regalé el libro. . . Sonrióse bondadosamente la señorita Lía, 
y dijo a Jor^ito: «Tus sentimientos te honran; te felicito 
por tu acto de generosidad. Puesto que los pobres sufren 
como nosotros, nosotros debemos ayudarlos en cuanto po- 
damos. La caridad, beneficencia o filantropía, como quiera 



418 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

que se llame al amor al prójimo, especialmente en su 
desgracia, es una virtud social. 

Hizo la señorita una pausa, y añadió: «¿Sabes, Jor- 
gito, si el chico a quien diste el libro sabía leer? — 
Probablemente no sabía, señorita, porque miró el libro del 
lado del revés, con las letras patas arriba. . . — ¿ Crees que 
podrá aprender a leer en ese libro tan adelantado ya? 
¿No le hubiera sido más útil, en todo caso, una cartilla?. . . 
— Seguramente. . . — Y más útil aún, ¿ no hubiera sido man- 
darle a la escuela? — Claro, señorita. — Pues bien, tu acto 
de caridad resulta acaso completamente ineficaz. ¡Para 
qué quiere ese niño el libro de lectura! Cualquier cosa 
le sería de mayor provecho: vestido, alimento para el 
cuerpo, el alimento para el espíritu que se da en la es- 
cuela. . . — Pero yo no podía mandarle a la escuela, seño- 
rita. . . — Tú no ; otros pueden hacerlo en vez de ti. . . El 
Estado y ciertas sociedades públicas sostienen asilos-escue- 
las para los niños pobres . 

Dirigiéndose luego la señorita Lía a toda la clase, 
que había escuchado en silencio el diálogo, dijo desde la 
cátedra: La caridad que practican los particulares, cada 
uno por su lado, llámase beneficencia privada. La que 
realizan el Estado y ciertas sociedades en establecimientos 
abiertos al público, llámase beneficencia pública. La be- 
neficencia privada, por ejercerse más o menos ocasional 
y aisladamente, no remedia de raíz los males de la pobre- 
za; apenas ¡os aiivia un rnumento. Es insu;ic¡jnte, y a 
menud;> resulta mal encaminada y peor aprovechada. En 
algi'í^os casos es hasta perniciosa. Dar una limosna a un 
va:::;dbundo borracho, por ejemplo, será favorecer su vicio. 
Para ciertos mendigos, la limosna privada constituye un 
'veneno lento, que carcome su dignidad de hombres y 
perjudica su salud. Sólo una caridad racional y sistemática 
puede cumplir sus altos fines, propendiendo a mejorar la 
suerte de los menesterosos. 

< Como esta caridad racional y sistemática, continuó 



LA CONCIENCIA 419 

la señorita Lía, requiere una organización y medios de que 
no pueden disponer los particulares mejor dotados, se 
realiza sólo en la beneficencia pública. Jorgito Pondal 
quiso favorecer a un chico mendigo, y, deseoso de que 
se instruyera, le regaló su hermoso libro de lectura. 
¿Aprenderá a leer el chico en este libro? Sabemos ya 
que no; luego, la dádiva de Jorgito ha sido inútil. Habría 
que mandar al chico a un asilo-escuela, y Jorgito, con 
toda su buena voluntad, no puede proporcionárselo por sí 
mismo. A los chicos que mendigan en la vía pública, antes 
se los daña que beneficia si se los alienta con limosnas, 
en un sistema de vida que los deprime y desmoraliza; 
deberíase alojarlos en una casa protectora y enseñarles 
un oficio. Para cambiar de condición, no requiere e! 
ebrio consuetudinario unos centavos, sino larga perma- 
nencia en un establecimiento higiénico, donde se le cure 
médicamente de su vicio y se le habitúe a trabajar. La 
beneficencia sostiene igualmente escuelas para los sordo- 
mudos, los ciegos y los débiles de espíritu; refugios para 
los enfermos crónicos, los lisiados, los valetudinarios; en 
fin, toda suerte de locales y establecimientos cuyos fines 
estriban en la realización de la filantropía, de una manera 
eficiente y social». 

Un niño preguntó entonces a la maestra: «Señorita 
Lía, si la beneficencia pública es la verdaderamente buena, 
¿cómo pueden hacer caridad los particulares? — A esto 
iba, repuso la maestra. Los particulares pueden colaborar 
en la beneficencia pública favoreciendo sus establecimientos 
con generosos donativos, y también aportando desinteresa- 
damente su trabajo personal a la dirección y administra- 
ción. — ¿No debe, pues, darse limosna? — En ciertos casos... 
Pero hay que darla con tino y oportunidad, y, especial- 
mente, cada uno debe contribuir al desarrollo de la bene- 
ficencia pública. La beneficencia ha de ser, más que la 
obra de éste o de aquél, la obra de todos». 



420 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

l64. El ladrón. 

«Alguien llama a la puerta; ve, Marta, y abre», dice 
a su anciana criada el ingeniero Robio, fumando su larga 
pipa, de sobremesa. «Señor, contesta la criada, no olvide 
usted que estamos solos esta noche ; por esto he atrancado 
la puerta. Puede ser un ladrón el que llama; en los pueblos 
vecinos ha merodeado en estos días una gavilla... — También 
puede ser un pobre viajero perdido en esta noche de 
perros. No se debe dejarle afuera, expuesto a la lluvia... 
Ve, Marta, y abre la puerta ; si es un ladrón, ya le echa- 
remos... — Señor, es extraño que no ladren los perros... — 
Acaso conozcan al viajero. — Señor, tengo miedo de abrir 
la puerta... — Yo la abriré». 

Abre el ingeniero Robio la puerta de su casa, y entra 
un joven miserablemente vestido y empapado por la lluvia. 
«Buenas noches. ¿Qué buscas en esta casa? — Me he 
perdido en el campo, señor, y busco un techo para pasar 
la noche... — ¿Has cenado? — No, señor... — Marta, sirve 
a este mozo de cenar y dale de beber un buen vaso de 
vino». La criada manifiesta aparte a su amo, que teme 
llevar al forastero a la cocina... «Sírvele aquí, en el 
comedor», replica el amo. 

Sombrío y preocupado, el joven cena ávidamente. Cuan- 
do termina, pide al dueño de casa que le indique dónde 
pasará la noche. «Si no estás muy cansado, dice el inge- 
niero, conversaremos antes un momento; no es saludable 
acostarse en seguida de comer. ¿Fumas?... Marta, pasa a 
este mozo un cigarrillo y sírvele una copita de cognac. — 
¡Oh, señor! Usted hace demasiado por mí, demasiado... — 
Esta noche eres mi huésped y quiero obsequiarte >. 

Cambian algunas palabras el señor Robio y su hués- 
ped, y, de pronto, el joven, conmovido por la conversa- 
ción y algo excitado por el alcohol y el tabaco, excla- 
ma: «Señor, soy indigno de sus bondades... Yo venía 
a robarle. . ., tal vez a matarle. . . » Y se echa a sollozar. 



LA CONCIENCIA 421 

posando la frente en la mesa. El ingeniero comprende. 
La gavillla de foragidos que merodea por los alrededores 
intenta aprovechar aquella noche la ausencia de los peones, 
que han ido a un baile en el pueblo vecino. Proyéctase 
dar un golpe de mano para robarle en su propia casa; el 
perro guardián ha desaparecido misteriosamente; el joven 
es el enviado que va a abrir la puerta a sus cómplices, en 
el sigilo de la media noche... 

Acércase el ingeniero a su huésped y le palmea en el 
hombro. «¿Por qué lloras?. . . ¡Todavía no me has robado, 
supongo, ni asesinado!. . . No hay razón para tanto arrepen- 
timiento. . . Bebe un trago de cognac para reponerte, y ha- 
blemos. . . ¡Vamos, sé hombre! — ¡Soy un miserable ! — Yo 
solo sé que eres desgraciado. ¿Te place mucho la compañía 
de ladrones y vagabundos? - No conozco otra, señor. . . — 
¿Tienes padre, madre, hermanos? — Nunca los conocí ni 
los tuve. Abandonado en una escuela-asilo, huí de muy 
niño y me refugié entre mala gente ; para vivir los sigo y 
los sirvo. . . —Eres feliz en tu profesión de Caco?. . . — 
¡No, no! — Sufres hambres, fríos, soles, quizás también fre- 
cuentes castigos. . . — i El trabajo es duro !. . . — Te hallas, 
además, expuesto a que te prenda la policía y se te en- 
cierre en una cárcel. ¿No amas la libertad? — ¡Demasiado, 
señor! — Pues si amas la libertad y no te intimida el tra- 
bajo, ¿por qué no te haces hombre de bien? — No lo 
he podido hasta ahora. . . — ¡No lo has podido! Pero, por 
lo menos comprendes que es más cómodo ser honrado 
que picaro. — Lo comprendo. . . — Pues yo te he de dar una 
ocupación. Seguramente te trataremos aquí menos mal que 
en tu gavilla. Y, estando ya a mi servicio, apróntate a pasar 
la noche en vela conmigo y la criada ; tendremos las luces 
encendidas y las puertas seguras para evitar una sorpre- 
sa... Nada temas; no he de denunciar a tus compañeros; 
me bastará evitarlos. . . — ¿Cómo agradecerle señor?. . . ¡Es 
la primera vez de mi vida que se me habla así!. . . ¿Cómo 
agradecerle, señor? — ¡Haciéndote hombre de bien!». 



422 



CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 



l65. Los dos éatos. 

(Fábula 



1. Dijo el gato casero 
al gato libertino: 

— ¡Tu vida, compañero, 
es un gran desatino ! 

2. Mientras por los tejados 
andas tú de pelea, 

trago yo mis bocados 
junto a la chimenea. 



3. Y el gato libertino 
dijo al gato casero : 

— ¡Tan blando esta destino, 
como eres tú -evero ! 

4. ¿Ignoras, mentecato, 
que nui.ca, ni por juego, 
nadie b'indó a este gato 
un rincón junto al fuego?... 



5. No juzgue la indigencia, 
ni se jacte de fuerte, 
quien debe la sap encia 
sólo a su buena suerte. 

l66. El honor. 

(Carta de un padre a su hijo). 

Mi hijo : 

Acabo de recibir tu cariñosa carta, y, como me lo pi- 
des, sin demorar ni una liora, paso a contestarla, « a vuel- 
ta de correo». He de agradecerte, ante todo, que, en una 
duda acerba de tu espíritu, para resolver una situación que 
te parece delicada, acudas a consultarme. No te ha detenido 
la falsa vergüenza que a tantos detiene en tales casos, 
encaminándolos más bien hacia un amigo de confianza. 
El amigo, impetuoso e impresionable como ellos, no es 
por cierto el consejero más seguro. Como el padre, difí- 
cilmente lo será, pues carece de la clarividencia del amor 
paterno. Conoce el padre tan hondamente a sus hijos, 
porque también él ha sido joven y sus hijos se le parecen. 
Es, para el hijo, una especie de - otro yo » más experi- 
mentado y sereno, j El padre debe ser el verdadero amigo 
de confianza. 

Agradecido, pues, a tu consulta, trataré de darte since- 



LA CONCIENCIA 



423 



ramente mi opinión. Pero tu carta es tan difusa, por 
haberla escrito tú en un momento de excitación febril» 
que, francamente, me ha costado un esfuerzo comprender 
lo que llamas tu «caso». Para hablar con precisión, te lo 
expondré, tal cual lo entiendo. 

Hace cosa de un par de años te contrataste, como 
empleado, en la casa comercial de Rivara, Tabel y Com- 
pañía, establecida en el Rosario. Estando entonces ausente 
el señor Tabel, te entendiste con el señor Rivara. Como 
eres activo y honesto, pronto te ganaste su aprecio y 
llegaste a ser algo como su brazo derecho. Debiendo a su 
vez ausentarse para Europa tu jefe el señor Rivara, y acaso- 
porque le inspirasen cierta desconfianza los demás empleados 
de la casa, obtuvo de ti la promesa de que permanecerías 
hasta su vuelta en el puesto de cajero. ¿No es esto?... 

Días después de partir el señor Rivara, estaba de regreso 
su socio el señor Tabel, que era el jefe con quien debías 
entenderte en adelante. Aquí llegamos al nudo de la cues- 
tión... El señor Tabel, que no te conoce como el señor 
Rivara, no te traía del mismo modo. Le atribuyes maneras 
impertinentes, y temes que desconfíe de tu probidad. Por 
sus últimas requisas y observaciones, te crees ofendido en 
tu «honor». Así dices, ¿no? ¡Tu «honor»! 

El honor ofendido, según crees, te pone en la dura 
necesidad de obtener amplia satisfacción; quieres renunciar 
a tu cargo y pedírsela al señor Tabel. Aunque no me lo 
dices, leo entre líneas que has pensado hasta en provocarle 
a duelo, puesto que eres un hombre de honor... Felizmente, 
antes de tomar tal resolución, que sería irreparable, me 
consultas. 

Debo recordarte, ante todo, que tienes un brillante 
porvenir en la casa de Rivara, Tabel y Compañía. Mucho 
te perjudicaría el retirarte de allí; sólo por un motivo serio, 
si realmente el honor te lo mandara, yo te lo aconsejaría... 

Pero sé me antoja que tu situación no es tan crítica 
como supones, a lo menos hasta ahora. No constituye un 



424 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

caso de fuerza mayor, y tu honra, por otra parte, te manda 
que aguantes y te quedes en la casa mientras puedas... En 
efecto, ¿no diste tu palabra al señor Rivara de permanecer 
en tu puesto durante su ausencia? Si te retiras, sin un 
motivo que lo justifique, faltas a tu palabra, ¡y cumplirla 
es el primer deber de un hombre de honor! 

Eres un tanto quisquilloso y altanero. Siempre lo fuiste, 
desde niño, y hasta pienso que has heredado esto en parte 
de mí. Pues bien, debes saber que la quisquillosidad y 
altanería no son cualidades esenciales del honor; antes lo 
serían de un falso honor. En estos tiempos democráticos 
ha perdido ya el honor su antiguo carácter militar; es una 
virtud crítica y más bien pacífica. Muy contadas y excep- 
cionales son las circunstancias en que disculpa el uso de 
la fuerza y violencia, aunque no lo impone. 

En virtud de las complicaciones de la vida moderna 
y de los misterios del corazón humano, el honor se nos 
presenta ahora, no tanto como una impulsión agresiva, 
cuanto como un motivo para resolver conflictos de deberes, 
de intereses, de sentimientos. Tal ocurre en tu caso. Chocan 
ahí, en primer término, tu deber de hacer respetar tu 
dignidad de hombre honrado por el señor Tabel ; en 
segundo, tu deber de cumplir la palabra que empeñaste 
al señor Rivara, y, en tercero, tu deber para contigo 
mismo, de trabajar y de abrirte camino en el mundo. 
Según el primero de estos deberes, tendrías que proceder 
enérgicamente contra el ofensor, real o supuesto; según 
los dos últimos, tendrías más bien que tolerarle en silencio, 
hasta la vuelta del señor Rivara. Ya lo ves; quizá tu 
honor te manda que te vayas, quizá tu honor te manda 
que te quedes... 

Conociendo tu carácter, no me atrevo a aconsejarte que 
dejes las cosas como están y aguardes, lo que para otros 
temperamentos sería sin duda lo más acertado. Pero tam- 
poco te aconsejo que procedas a sangre y fuego... ¡Nada de 
estol Procura tener una entrevista amistosa con el señoi 



LA CONCIENCIA 425 

Tabel. Siendo él tu jefe, habíale con deferencia. No le pi« 
das una satisfacción, lo cual sería intempestivo y contrapro- 
ducente ; ruégale que te diga si está descontento de tus ser- 
vicios. Si él quiere que te retires, te lo dará a entender así; 
si quiere que permanezcas en la casa, te expondrá sus condi- 
ciones. En el primer supuesto, tu honor te manda retirarte 
a tiempo, sin una queja ni una reconvención ; en el segundo, 
tu honor te indicará, sin que yo te lo aconseje, que acep- 
tes esas condiciones, o bien que las rechaces. 

«¿Qué es, pues, el honor?», me preguntarás acaso. 
El honor, más que una espada siempre dispuesta a herir 
al contrincante, es hoy un juez íntimo para fallar, en caso 
de duda, cuál será la conducta que merezca la aprobación 
de nuestros iguales. De ahí que el honor presente dos caras: 
una interna y subjetiva, hija de la conciencia y de la re- 
flexión propias, y otra externa y objetiva, hija de la con- 
ciencia y de la reflexión ajenas. 

Como harto lo deseas, hijo mío, cumple con lo que te 
manda el honor; mas no el falso honor del espadachín, que 
defiende a mandobles una conducta tal vez indigna, sino el 
verdadero honor del hombre de bien, que se impone con 
una conducta siempre digna. Esto es lo que te aconseja 

Tu padre. 

l67. Encuentro con un anticuo condiscípulo. 

Una tarde había ido yo a comer a un cuartel, donde 
estaba alojado un batallón, cuyo jefe era mi amigo. A los 
postres me habló de un curioso recluta que la ola de la 
vida habia arrojado, como un resto de naufragio, a las 
filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo, y el coman- 
dante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la ma- 
yoría; pero, ¡era tan vicioso! En aquel momento pasaba 
por el patio, y el jefe le hizo llamar: al entrar, su marcha 
era insegura. Había bebido. Apenas la luz dio en su ros- 
tro sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara para 



426 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis an- 
tiguos condiscípulos más queridos, con el que me había 
ligado en el colegio. Una inteligencia clara y rápida, una 
facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre glorio- 
so en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para 
haber surgido en el mundo. Había salido del colegio antes 
de terminar el curso, y durante diez años no supe nada 
de él. ¡ Cómo habría sido de áspera y sacudida esa exis- 
tencia para haber caído tan bajo a los treinta años!.. . Poco 
después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levan- 
tarle, le conseguí un puesto cualquiera, que pronto aban- 
donó para perderse de nuevo en la sombra; todo era in- 
útil; el vicio había llegado a la médula. 

MiGUEi. Gané. 

168. Los jóvenes y los viejos. 

Un anciano llevaba a cuestas un haz de leña. Rendido 
por el cansancio, sentóse a orillas del camino. Pasó un 
mozo y se comidió a ayudarle. «¿Para qué vas a trabajar, 
le preguntó el anciano, si no tengo con qué pagarte?» 
Y el mozo repuso: «Los jóvenes debemos ayudar a los 
viejos para que, cuando seamos viejos, nos ayuden los 
Jóvenes » . 

l69. ¡Adelante! 

(Soneto, de la serie titulada Siete sonetos medicinales). 

Si te postran diez veces, te levantas 
otras diez, otras cien, otras quinientas... 
No han de ser tus caídas tan violentas, 
ni tampoco, por ley, han de ser tantas. 

Con el hambre genial con que las plantas 
asimilan el humus avarientas, 
deglutiendo el rencor de las afrentas 
se formaron los santos y las santas. 



EL CAMPO 427 

Obsesión casi asnal, para ser fuerte, 
nada más necesita la criatura, 
y en cualquier infeliz se me figura 

que se rompen las garras de la suerte... 
¡Todos los incurables tienen cura, 
cinco minutos antes de la muerte! 

Pedro B. Palacios f Alma fuerte). 

l7o. O enfermo y la Muerte. 

(Glosa de una fábula antigua) 

En un rapto de desesperación, exclamó un enfermo: 
«¡Ven, por fin, oh Muerte! Apareciósele ella, y le dijo: 
«Aquí estoy. ¿Qué me quieres?» Asustado y arrepentido, 
el enfermo repuso: ^< Discúlpame. . . Quería pedirte un re- 
medio para sanar y vivir». 



VII. EL CAMPO 

l7l. Del campo. 

1. ¡Pradera, feliz día! Del regio Buenos Aires 
quedaron allá lejos el luego y el hervor; 

hoy en tu verde triunfo tendrán mis sueños vida, 
respiraré tu aliento, me bañaré en tu sol. 

2. Muy buenos días, huerto. Saludo la frescura 
que brota de las ramas de tu durazno en flor; 
formada de rosales, tu calle de Florida 

mira pasar la Gioria, la Banca y el Sport. 

3. Un pájaro poeta rumia en su buche versos; 
chismoso y petulante, charlando va un gorrión; 
las plantas trepadoras conversan de política, 

las rosas y los lirios, del arte y del amor. 



428 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

4. De noche, cuando muestra su medio anillo de oro, 
bajo el azul tranquilo, la amada de Pierrot, 

es una fiesta pálida, la que en el huerto reina; 
toca en la lira el aire su do-re-mi-fa-sol. 

5. De pronto se oye el eco del grito de la Pampa ; 
brilla como una puesta del argentino sol ; 

y un espectral jinete como una sombra cruza: 
Jobre su espalda, un poncho; sobre su faz, dolor. 

6. — ¿Quién eres, solitario viajero de la noche? 
— Yo soy la Poesía que un tiempo aquí reinó; 
¡yo soy el postrer gaucho, que parte para siempre, 
de nuestra vieja patria llevando el corazón ! 

(Abreviado; Rubén Dabío. 



l72. i Adelante! 

1. ¡Ea, muchachos, es la aurora] ¡arriba! 
Tomad el hacha y el martillo y vamos; 

si como ayer tenaces trabajamos, 

el monte derribado caerá. 

Alcemos con sus troncos nuestras casas, 

asilo de la enérgica pobreza; 

donde creció el jaral y la maleza 

la viña lujuriante medrará. 

2. Que el muelle artesano la fortuna 
busque adulando a su señor adusto, 

el torpe corazón siempre con susto 
de perder de su afán el fruto vil. 
iVlientras esparce el odio y la cizaña, 
nuestras robustas manos siembren trigo; 
mientras ve en cada hombre un enenngo, 
amémonos con pecho varonil. 



EL Campo 



429 



3. El vínculo sagrado que nos une 
se apretará con la honradez probada. 
¡Sus, al combate', a la conquista ansiada 
del trabajo fecundo en la legión. 
¡Victoria al más intrépido! Bizarro, 

sus pensamientos en la patria fijos, 
ese llegue a tener hermosos hijos, 
hombres libres, de limpio corazón. 

4. La gran Naturaleza nos invita 

a su festín suntuoso; seamos parcos, 
y al repasar por sus triunfales arcos, 
ia libertad nos guíe con su luz. 
Bajo su influjo bienhechor, la dicha, 
la paz y la abundancia nos esperan: 
¡a los valientes que en la lucha mueran, 
un recuerdo, una palma y una cruz! 

5. No desmayéis, conscriptos del progreso; 
rasgue el arado el seno de la tierra; 

guerra a la incuria, a ia ignorancia guerra, 
amor a Dios, respeto por la ley. 
Diques al mar pongamos, freno al vicio, 
allanemos la rispida montaña, 
y sea nuestro orgullo y noble hazaña 
en cada ciudadano ver un rey. 

6. Así avancemos como un haz; la rula. 
nos haga menos ardua el dulce canto 
del poeta; las artes con su encanto 
den a nuestra energía el galardón. 
Busquemos la gran patria en que los hombres 
se reconozcan prósperos y hermanos, 
invitando a los pueblos soberanos 
a seguir de los libres el pendón. 



430 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

7. ¡Y dulce será ver en nuestros lares 
de la jornada al fin, todos reunidos, 
a los seres amables y queridos 
que ennobleció el trabajo y la virtud, 
recordando los triunfos del pasado 
en las largas veladas del invierno, 
o elevando sus preces al Eterno, 
que nos da la esperanza y la salud! 

Caülos Guido y Spano-, 



l73. Consejos del viejo «Viscacha'*, 

(Fragmento del poema gauchesco La vuelta de Martin l'ierro). 

1. El primer cuidao del hombre 
es defender el pellejo. 

Llévate de mi consejo, 
fíjate bien en lo que hablo: 
el diablo sabe por diablo, 
pero más sabe por viejo. 

2. Hacete amigo del juez, 
no le des de qué quejarse; 
y cuando quiera enojarse 
vos te debes encoger, 

pues siempre es güeno tener 
palenque ande ir a rascarse. 

3. Nunca le ¿leves la contra, 
porque él manda la gavilla. 
Allí sentao en su silla 
ningún giiey le sale bravo: 

a uno le da con el clavo, 
a otro con la contramina. 



i:l campo 



4. El hombre, hasta el más soberbio, 
con más espinas que un tala, 

afLueja andando en la mala 
y es blando como manteca. 
Hasta la hacienda baguala 
cai al jagüel en la seca. 

5. No te debes afligir 
aunque el mundo se desplome. 
Lo que más pr^cisi el hombre 
tener, según yo discurro, 

es la memoria del burro, 
que nunca olvida ande come. 

6 Deja que caliente el horno 
el dueño del amasijo. 
Lo que es yo nunca me aflijo 
y a todito me hago el zorro: 
el cerdo vi^^ tan gordo 
y se come hista los hijos. 

7. El zorro, que es ya corrido, 
dende lejos olfatea. 

No se apure quien desea 
haceVlo que le aproveche: 
la vaca que más ramea 
es la que da mejor leche. 

8. El que gana su comida 
giieno es que en silencio coma. 
Ansina vos, ni por broma, 
querrás llamar la atención: 
nunca escapa el cimarrón 

si dispara por la loma. 



-^ 



432 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

9. Los que no saben guardar 
son pobres aunque trabajen. 
Nunca por más que se atajen 
se librarán del cimbrón: 

al que nace barrigón 
es al ñudo que lo fajen. 

10. Vos sos pollo, y te convienen 
toditas estas razones. 

Mis consejos v lesiones 

no eches nunca en el olvido : 

en las riñas he aprendido 

a no peLiar sin puyones. 

("Abreviado I José Hernández. 

l74. Estancias y colonias. 

La mayor riqueza de la República Argentina está en 
sus industrias rurales: la ganadería y la agricultura. La 
ganadería, cría y pastoreo de vacas, caballos y ovejas, se 
explota en las estancias; la agricultura, labranza de la 
tierra, especialmente para el cultivo de cereales — trigo, 
maíz, lino, avena, cebada, centeno — , se ejercita en las 
« colonias ». Existen entre ambas industrias estrechas rela- 
ciones: la ganadería requere a menudo el forraje produ- 
cido por la agricultura, y la agricultura, la tracción de 
bueyes y caballos producidos por la ganadería. Por esto, 
en las estancias se practica algo de agr'cultura y en las 
colonias suele criarse ganado. Hay además establecimientos 
mixtos, que son al propio tiempo ganaderos y agrícolas, 
estancias y colonias. 

¿Has estado en alguna estancia? Habrás visto allí 
animales vacunos, caballares y ovinos sueltos en el cam- 
po; habrás visto también otros en galpones y establos. 
Hay, pues, dos principales negocios: el pastoreo de animales 



I-.L CAMPO 433 

< ordinarios» a campo, para que se multipliquen, y el cui- 
dado y selección de animales finos >\ para mejorar las ra- 
zas. VéndéVise los productos de ambos negocios, los unos 
por decenas y centenas, y los otros por carísimos ejem- 
plares típicos y aislados. El primero, favorecido por la be- 
nignidad del clima y la fertilidad del campo, es el antiguo 
negocio de estancia; el segundo es el de los modernos 
criadores, el negocio poéticamente Humado de la « cabana ». 




Además, es negocio de estancia el que suele apellidarse 
de invernada»; se compran animales jóvenes y flacos a 
bajo precio, se sueltan en buenos campos para que se des- 
arrollen y engorden, y luego se venden con ganancia. Y no 
sólo se venden las reses, sino que asimismo se comercia 
con los cueros, la lana, las crines, en fin, con todo lo que 
produce el ganado y tiene un precio en los mercados del 
mundo. Los seguros beneficios de estas industrias explican 
y justifican el exorbitante valjr de las tierras de pastoreo 
y de labranza en la República Argentina. 

¿Has observado alguna vez las faenas de la estancia? 
Los adelantos de la técnica moderna han transformado el an- 
tiguo sistema criollo. Antes, el ganado se << paraba» en pleno 
campo, rodeado por peones de a caballo, esto es, formando 
rodeo », y se enlazaba, apartaba y sacrificaba a mansalva. 



43Í' CUADROS Y FASES OF, LA VIDA ARGENTINA 

Ahora existen cómodos potreros cercados, amplios corra- 
les, y se usa poco el lazo, que tanto estropea las reses. 
La yerra o hierra, el acto de señalar a los anirtiales caba- 
llares y vacunos con una marca de hierro candente, se 
opera deteniéndolos en bretes o corrales angostos, sin 
pialarlos, es decir, sin enlazarlos de las patas y arrojarlos 
al suelo. La esquila de ios animales lanares, esto es, ej 
acto de esquilarlos, se realiza con tijeras mecánicas, mo- 
vidas por motores, que no desperdician lana ni tajean 
la piel. Menos rudas y groseras, las faenas rurales son 
también más provechosas. Con pocos brazos, ayudados 
por ingeniosos mecanismos, funcionan vastos establecí, 
mientos. 

El carácter del criollo, tan amante de los clásicos 
trabajos de estancia, es poco inclinado a las pacíficas fae- 
nas de la agricultura. Como esta industria exige gran nú- 
mero de trabajadores, se explota, más que en las estancias, 
en poblaciones formadas por inmigrantes y por sus hijos 
y deseen jientes: las colonias. El propietario de la tierra 
las funda; trayendo colonos agricultores. Les entrega la 
tierra, las máquinas y a veces hasta los habilita con di- 
nero. Ellos labran, siembran y recogen la cosecha, y se 
reparten luego las ganancias con el propietario. Si el ne- 
gocio es proficuo para éste, que aprovecha su capital, 
también lo es para aquéllos, pues hallan, no sólo una re- 
muneración de su trabajo, sino también una nueva patria, 
• y de libertad y de gloria ! Con esfuerzo y ahorro, el colono 
puede a su vez llegar en algunos años a ser propietario 
y legar a sus hijos un pedazo de la tierra que los vio 
nacer y que constituye ahora su única patria. 

La ganadería y la agricultura producen, en el bendito 
suelo de la República Argentina, un excedente enorme so- 
bre lo que necesitan sus habitantes para el consumo. En 
cambio, existen muchos países que no producen lo sufi- 
ciente para alimentar a los suyos. De ahí que de la Re- 
pública Argentina se envíen a esos países millares y 



F.l, CAMI'O 



43r 




436 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

millares de toneladas de cereales y muchos millares y 
millares de reses vacunas y ovinas. El ganado se exporta 
a veces en pie, o bien, más generalmente, expórtase la 
carne congelada. En ciertos establecimientos llamados «fri- 
goríficos» se compra el ganado, se matan las reses, se las 
desuella, se las limpia, y todo se utiliza y separa, hasta los 
cuernos y las pezuñas. Luego, las reses, partidas en cuatro 
cuartos, o bien en dos grandes mitades o «costillares», con 
sus correspondientes patas, pecho y muslo, se cuelgan en 
grandes cámaras de temperatura muy baja, para que se 
congelen; así se embarca, se transporta y se vende la carne 
en los mercados de Europa, tan fresca como si el animal 
acabara de matarse. 

Visita tú cuando halles oportunidad las estancias y 
frigoríficos y las colonias. En las estancias y frigoríficos 
aprenderás la economía de la industria moderna, que nada 
desperdicia. En las colonias verás praderas interminables 
erizadas de espigas, como las lanzas de copiosísimo ejército 
que ha de llevar el pan de la vida a lejanas tierras. Entonces 
te formarás una idea de las inmensas riquezas de tu patria, 
que sirven de base a sus mucho mayores riqueza- morales, 
cual una columna de oro que sostuviera a la más bella 
estatua de mármol. 

VIII. LA CIUDAD 

l75. La ciudad. 

Contempla el espectáculo de una gran ciudad, sea 
Buenos Aires, Córdoba, Bahía Blanca. Recorre sus calles, 
atestadas de gente que va y viene, de carruajes, de auto- 
móviles, de tranvías eléctricos, de trenes a flor de tierra 
y quizá también en alto y subterráneos. Es como un 
hormiguero humano, un hormic^uero maravilloso de activi- 
dad y de industrias. En ciertos momentos la muchedumbre 
parece oleada que rueda por las vías públicas. Leván- 
tanse enormes edificios; bajo el suelo existe además 



LA CIUDAD 437 

Otra ciudad de sótanos y de cimientos. El aire se halla 
cruzado por los incontables hilos del telégrafo y del telé- 
fono. Las altas chimeneas de las fábricas, como enormes 
esfuminos, ponen sobre el azul del cielo sus trazos de ne- 
gro de humo. Todo es agitación febril, trabajo metódico, 
pensamiento y acción, en fin, vida civilizada... 

Recuerda que, hace relativamente breve tiempo, el cam- 
po donde hoy se yergue la ciudad era un desierto tal 
vez inhospitalario. Recorríanlo en todas direcciones las 
bestias silvestres, y, si acaso, alguna mísera tribu de sal- 
vajes armados de flechas. La inteligencia y la voluntad 
del hombre, que no en vano se apellida a sí mismo el 
«rey de la creación», bastaron para transformar aquí la 
haz de la tierra, como doquiera que existan planicie y 
clima templado. ¡ Cuántos esfuerzos, cuántos dolores, cuán- 
tos triunfos se compendian en el incomparable espec- 
táculo de una ciudad ! Diríase un gran libro de piedra y 
hierro en que se presenta una síntesis de la historia. No 
posee sin duda la inarmónica armonía de líneas y de colo- 
res que ofrece un agreste paisaje de la Naturaleza; pero 
muestra, en cambio, lo más bello que la propia Naturaleza 
ha producido, si bien por modo indirecto: la obra del 
hombre. 

¡ La obra del hombre ! Para llegar al portentoso re- 
sultado de la cultura moral y material de los modernos 
tiempos, la palanca fué el trabajo ; mas no el trabajo des- 
ordenado y oportunista, no, antes bien la disciplina del 
trabajo. Si cada uno hubiera procedido por sí solo y para 
sí mismo, el hombre viviría aiín de los frutos silvestres. 
Ha sido necesario aprovechar históricamente las fuerzas 
de todos, gracias a lo que se llama la « división social del 
trabajo». La Naturaleza ha diferenciado específicamente a 
los hombres, según su sexo, su edad, su estirpe, su propia 
individualidad. Sus aptitudes son distintas. Unos, más in- 
teligentes, sirven para las altas disciplinas de la poesía, 
las bellas artes, la ciencia, o si no para el gobierno y 



438 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

la política; otros, en cambio, sin poseer capacidad espe- 
culativa, tienen especiales dotes para las artes manuales. 
Hay quienes inventan y fijan derroteros ; hay quienes 
aplican estos inventos y siguen estos derroteros. La hu- 
manidad es como una inmensa pirámide : en su base está 
el trabajo de los agricultores y obreros ; en su zona media, 
el de los técnicos e industriales; más arriba, el de los 
gobernantes y hombres de Estado; hacia la cúspide, el 
de los hombres de ciencia y de pensamiento, y, en la 
cúspide misma, los orandes filósofos y poetas, es decir, 
los genios que fijan, queriéndolo o no, el criterio del Bien 
y del Mal. Cuanto más alto y difícil sea el trabajo, tanto 
más rara es la existencia del artífice correspondiente. Así, 
en un millón de hombres, habrá nove-cientos mil que sólo 
poseen aptitudes de labradores y de operarios; noventa 
mil con capacitad de comerciantes y de industriales ; nueve 
mil hombres de estudio y de gobierno; novecientos inven- 
tores e innovadores; noventa y tantos hombres de ciencia 
y de pensamiento original, y apenas uno que sea un ver- 
dadero hombre de genio. 

No se me oculta que esta manera de considerar la 
ciudad del hombre irrita tus nobles sentimientos de igual- 
dad humana. ¿Qué quieres?. . . La vida tiene sus desigual- 
dades: unos seres nacen plantas, otros animales, otros 
hombres, y, entre los hombres, unos nacen con mejores 
cualidades que otros, así como unos nacen hembras y otros 
machos. La historia demuestra también que la cultura no 
es más que el producto de una larga y sistemática divi- 
sión del trabajo, y que éste, por su parte, resulta de las 
diferencias étnicas e individuales de los hombres. 

Acaso pienses que, sometidos todos los niños de 
una ciudad ideal a una misma educación, lleguen a ser 
iguales en aptitudes. Aunque no en absoluto, la experien- 
cia se ha hecho; la experiencia se hace todos los días. 
Edúcanse para jefes quienes sólo valen para soldados, 
y, para soldados, quienes valen para jefes. El fracaso de 



LA CIUDAD 



.39 




/l4 ) ( UADROS Y FASES DE LA VID \ ARGENTINA 

aquéllos y el encumbramiento de éstos prueba que la 
educación, si bien mejora y desarrolla las capacidades, o 
aunque torpemente las desconozca y deje de fomentarlas, 
no rehace la especificidad del hombre. La humanidad no 
es más que una generosa abstracción ; más bien hay 
pueblos, o, mejor dicho, sólo hay individuos. 

No quiero decirte que en la ciudad ocupe cada uno 
el puesto correspondiente a sus verdaderas aptitudes. Por 
desdicha, aun en las democracias más perfectas, impídenlo 
desigualdades sociales no siempre justas. Pero estas mismas 
desigualdades, cuando hay bienestar general y siquiera la 
enseñanza primaria se difunde por todo el pueblo, repre- 
sentan a veces vivo acicate para que luchen los injustamente 
desalojados y desalojen a los gue llamaría usurpadores de 
dirección y preeminencia. Constituye esto lo que tan gráfi- 
camente se llama la «lucha por la cultura». 

La ciudad es, por excelencia, el campo de la lucha por 
la cultura. ¿Ves aquel joven pálido y de traje gastado, 
que marcha cabizbajo, con un voluminoso paquete de 
papeles? Es un auior pobre y todavía desconocido; busca 
un editor para que imprima su obra, literaria o científica. 
Si la obra vale, tarde o temprano ha de encontrar el 
editor que la acepte, por el interés de su casa comercial. 
Después del éxito, el joven saldrá de la penumbra, y, de 
miembro de una clase dirigida, pasará a serlo de una 
clase directora. Aquel obrero de blusa que corre presuroso 
a escuchar una conferencia científica, rumia un invento; 
cuando llegue a realizarlo se hará rico. En cambio, ese 
lechuguino que ves pasar en un automóvil, es hijo de 
un millonario poderoso. Como resulta incapaz de trabajar 
y aficionado al lujo, los millones de su padre irán 
indireciamente a parar al bolsillo del obrero inventor, y 
el joven publicista ha de substituirle con el tiempo en 
su rango ^social. Quizá el lechuguino sepa conservar 
su patrimonio y hasta simule capacidad... ¡No importa! 
Si sus hijos y sus nietos son tan inútiles como él, a guna 



LA CIUDAD 



441 



vez, en las futuras generaciones; pasarán su peculio y su 
poder a quienes sean más dignos de poseerlos. A la larga 
y en definitiva, la lucha por la cultura hace justicia a los 
hombres. 

Estudíate. «Sé tú mismo». Descubre en tu alma tu 
verdadera vocación, como una perla escondida. Engarza 
luego esta perla en la joya del trabajo. Comprendida 
tu idiosincrasia y determinada tu especialidad, sigue tu 
camino en línea recta; «breve es la vida y largo el arte». 
Si te demoras en el camino y te sientas a descansar 
en una piedra, o pierdes un tiempo precioso en recoger 
las flores del cerco y aun en desandar lo andado, jamás 
llegarás a la meta. Piensa en un ideal más lejano, para 
alcanzar lo más próximo. No te apresures demasiado, 
sobre todo al subir las cuestas, porque podrías fatigarte 
antes de tiempo. Marcha, marcha siempre a paso igual 
y a jornadas regulares; el camino se compone de muchos 
pasos y de muchas jornadas. Ayuda a los que van 
junto a ti; pero no te detengas, ni trates de detener a 
los demás. ¡Para todos se abre la ruta y el sol brilla 
para todos! 

No te amilanen las dificultades, ni te aturrulle el bullicio 
de la gran ciudad. Si tropiezas y caes, levántate y sigue 
adelante con más cuidado. Por duro que sea el camino, 
la ciudad es generosa con los que llegan. Disfruta de 
antemano, en tu imaginación, la probabilidad del triunfo; 
ten fe en tu destino. Pero no envidies a aquellos a 
quienes la pródiga mano de la Naturaleza ha dotado 
mejor que a ti; quizá sean menos dichosos... La dicha 
no consiste en pretender lo que no se puede, sino en 
hacer lo que se puede. 

Ahí tienes la ciudad, abierta ante ti, con su comercio, 
su técnica, su pensamiento, sus bellas artes. Ahí tienes la 
ciudad, que espera tu conquista. Tü eres el bárbaro que 
viene del horizonte lejano, para poseerla por el esfuerzo 
de tu voluntad y de tu inteligencia. Mas tu posesión no 



442 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

será miütar e imperiosa, no será total y egoísta, sino, 
simplemente, el señorío del sitio que a tus obras corres- 
ponda. Según tu capacidad, serás el honesto artesano, en 
su hogar sencillo y amable; o serás el activo industrial, 
lleno de planes y proyectos de lucro progresista; o serás 
el estudioso, en su laboratorio o bufete; o bien el gober- 
nante, el conductor de pueblos, el filósofo, e! poeta... Pero 
fueres lo que fueres, no olvides que en la consideración de 
tus semejantes hallarás el mejor estímulo de tu vida y el 
más sólido cimiento de tu dicha. Entra en la ciudad. ¡La 
ciudad es justa ! 

l76. Historia de un libro. 

Contempla y analiza el espectáculo del trabajo universal 
que te ofrece una gran ciudad. En sus industrias y en 
la producción de los artículos que poseen sus habitantes, 
han trabajado y trabajan millones de hombres. El más 
insignificante de estos artículos — un alfiler, una cinta, una 
hoja impresa — ha sido fabricado por la cooperación 
social de varias ramas de la industria. Primero se ha 
extraído el hierro de las minas, para construir las máqui- 
nas; luego se han aplicado estas máquinas a productos 
minerales, ganaderos o agrícolas... La ciencia y la expe- 
riencia seculares han ido perfeccionando ios procedimientos, 
pues, según se na dicho, «la humanidad es como un 
hombre que aprende siempre y nunca muere». Así, en 
la producción de la hoja impresa ha intervenido la labor 
de ingenieros, mineros, fundidores, mecánicos, agricultores, 
ganaderos, acaso también de artistas y escritores, en fin, 
toda la legión de la humana actividad... Con los adelantos 
de la técnica moderna, los artículos se abaratan y gene- 
ralizan; pero también la producción se complica más y 
más. Necesítanse grandes maquinas movidas por el vapor 
o la electricidad, y el trabajo se divide en interminable 
serie de especializaciones y momentos. ¡Todos trabajan 
para todos! 



L C UD D 443 

Sería interesante conocer la historia de la producción 
de un objeto determinado; sea el libro que tienes entre 
las manos y lees en este momento. Ante todo, supone 
un autor. El autor, después de largos estudios en letras 
y ciencias, concibe su obra ; piensa que puede consti- 
tuir una contribución a la literatura patria. Toma notas, 
se traza el plan, y, para dilucidar sus dudas, consulta 
muchos libros y autores, antiguos y modernos. « No po- 
demos ver muy lejos, se ha dicho, sin encaramarnos en 
los hombros de los demás». Larga y laboriosa gestsción 
mental precede, pues, al acto de componer el libro. Para 
escribirlo, emplea el autor papel, plumas, tinta y otros 
adminículos de escritorio, los cuales, a su vez, represen- 
tan felices invenciones y arduos trabajos de la industria 
hun^ana 

El autor escribe y piensa en ti, es decir, en el lec- 
tor, en los lectores. Desea que el libro sea provechoso 
y agradable; si no lo fuese, ¿para qué escribirlo?... El 
placer de la producción intelectual se acidula un tanto 
con la autocrítica. .Compuesta la obra, el autor debe juz- 
garla como si perteneciera a un extraño, constituyéndose 
en severo juez. Entonces se entrega a la tarea de limar- 
la, de mejorarla, de cambiar cuanto le parezca mal, de 
corregir lo equivocado, de agregar lo necesario, de supri- 
mir lo superfluo. Crecido el bosque, entra hacha en mano 
a podarlo y a abrir claros y caminos. . . ¡ Hay también que 
poner un título al libro ! El autor ha pensa:io en varios, 
pero ninguno le satisface ; propónese uno, y otro, y otro, 
y, al fin, por eliminación, desechados los demás, se queda 
con el definitivo. 

Una vez corregida, copiada y bautizada la obra, en- 
vuelve el autor amorosamente el manuscrito. Producto de 
su int:ligenca, el libro es su hijo y lo ama como un 
padre. Con el paquete debajo del brazo, va a ver a un 
ed tor, para qu2 lo publique, pues él no e tá en condi- 
ciones de hacer por -í mismo el negocio de impre:-ión 



444 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

y dé librería. El editor, si el autor no tiene una repu- 
tación hecha, exclama: <v ¡Un libro más! ¡Se imprime tanto, 
se lee tan poco! En fin, veremos...» Toma el original, 
escucha al autor, le invita a volver dentro de unos días, 
y, por último, si la empresa le cuadra, uno y otro arre- 
glan 'as condiciones de la publicación. Puesto que todo 
trabajo debe ser remunerado y el autor no ha de vivir del 
aire, se !e paga un precio por la obra. Generalmente, el 
autor, que como busn padre adora a su hijo, sale descon- 
tento del precio. Pero se consuela pronto pensando en el 
renombre literario, en la gloria que !e ha de reportar el 
libro; el gajo de laurel que adornará su frente compensará 
la pérdida de vil moneda. 

Concertado con el autor, el editor manda el manus- 
crito a una imprenta, y determina la letra o tipo, el papel, 
el tamaño del libro. En la imprenta, el regente reparte 
entre los obreros tipógrafos las cuartillas del original. Cada 
tipógrafo debe componer la parte que se le encomienda. 
Tiene delante una gran caja de madera dividida en mu- 
chos cajednes, donde están en orden y separados los 
tipos de imprenta. Aludiendo a esta disposición suele 
llamarse «cajas» a la imprenta, y «cajista», al tipógrafo. 
Éste sabe muy bien dónde se halla cada letra o tipo, 
y lo toma de su sitio. Lee las cuartillas y las copia, colo- 
cando las letras de imprenta, o sea, los caracteres de 
plomo y antimonio, uno junto a otro; forma palabras con 
las letra-, líneas con las palabras, párrafos con las líneas, 
y llena los espacios blancos entre las palabras y las líneas 
con listones del mismo metal, llamados «regleta:». Cuando 
se ha compuesto una parte del texto, un tipógrafo ata y 
unta la «composición» con tinta, pone encima papeles 
en blanco, y estampa o saca «pruebas». 

i Engorrosa tarea la de corregir las pruebas de imprenta! 
En el establecimiento hay siempre un empleado, el « co- 
rrector », quien se encarga de revisar las que primero se 
sacan, en columnas o «galeradas». Con signos conven- 



LA CIUDAD 445 

cionales anota al margen los- errores cometidos en la 
composición tipográfica; debe tener una especial educa- 
ción de la vista, para que nada se le escape, ni siquiera 
un punto mayor que el del tipo o una « o » puesta al re- 
vés. A fin de cerciorarse en caso de duda, usa una lente de 
aumento. Además, para cumplir en conciencia su misión, 
ha de saber gramática. No sólo corrige las erratas, sino 
alguna vez también el texto del autor, cuando éste se ha 
descuidado en el uso de cierta palabrilla o en la construc- 
ción de algún párrafo . . . 

Subsanados los errores advertidos por el corrector, en- 
víanse al autor las pruebas « de segunda », todavía en 
galeradas una vez, y luego, por fin, en páginas. El autor 
corrige las erratas que al corrector se le hayan escapado, 
y, en ocasiones, también términos de su propio- texto. 
Este procedimiento es impropio ; debía haberse corregido 
definitivamente la obra antes de mandarla a la imprenta. 
Pero un verdadero autor sabe que siempre puede mejorar 
el estilo; rehace cien veces su trabajo, y después, si hay 
tiempo, piensa que aun puede rehacerlo nuevamente... 
Recordando que la perfección es imposible para el hom- 
bre, la autocrítica debe ponerse un freno en la corrección 
de pruebas de imprenta, so pena de no concluir jímás. Y 
es de notar que, a pesar de las prolijas revisiones del co- 
rrector y del autor ha de desh'zarse siempre alguna pequeña 
errata, fácilmente enmendable en la lectuia; no se ha dado 
hasta ahora el caso de un libro extenso que, tipográfica- 
mente, carezca de algún lunarcillo. 

Una vez corregidas y compaginadas las pruebss, con 
el « visto bueno » del autor y el del regente, se colocan y 
ajustan en la máquina de imprimir. Es una máquina com- 
plicada. En un plano de madeía se pofie la pila de pa- 
peles extendidos. Sobre un lado de cada uno de ellos, la 
máquina, con movimientos oportunos, producidos por la 
fuerza del vapor o de la electricidad, estampa las páginas de 
caracteres tipográficos. Cuando toda la pila de papeles ha 



446 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

sido impresa por una de esas caras, ármanse a su vez en 
la máquina las páginas correspondientes a la otra cara, y 
del mismo modo se estampan. Impresa así la hoja de 
papel por ambos lados, se dobla por la mitad, y una, dos, 
tres o cuatro veces más, y se forma un pliego de cuatro, 
ocho, diez y seis o treinta y dos páginas, siendo el ta- 
maño más común el de diez \' seis. Terminada la impre- 
sión y doblados todos los pliegos de la obra, se reúnen 
por su orden en mazos que constituyen volúmenes o ejem- 
plares; y se cosen y encuadernan, o bien en papel, es 
decir, « a la rústica », o bien en tela o pasta. Los cientos 
o millares de libros están ya fabricados, y el editor los 
manda a las librerías para ser puestos en venta. Allí, en 
una de estas librerías, has comprado el que tienes entre las 
manos y lees en este momento. Tai es su historia. 

l77. Una visita al Jardín 2oolóéico. 

(Del di.ario de un niño). 

El señor Vila, maestro de nuestra clase, nos prome- 
tió el otro día llevarnos hoy al Jardín Zoológico. Fuimos 
a la escuela arreglados ya para salir a paseo, y al Jardín 
Zoológico nos llevó el señor Vila, Cumple él cuanto pro- 
mete, sean paseos o pescozones. . . 

Brillaba un claro sol de invierno. Abandonamos tan 
contentos el aula, que nos atropellábamos gritando y 
tirábamos al aire las gorras. Para contener el alboroto, 
díjonos el señor Vila: «¡Tened juicio o nos volvemos a 
clase!» 

¡ Santo remedio ! Todos nos quedamos como en misa, 
salimos a la calle de dos en dos y tomamos el tranvía. 
Éramos tantos quj, por no encontrar asiento, algunos fue- 
ron de pie en la plataforma. Yo, que me senté de los 
primeros, me arrepentí después. Julito Blázquez iba de 
pie, haciendo de las suyas a espaldas del señor Vila ¡Có- 
mo debían divertirse los que estaban en la plataforma coa 
Julito Blázquez ! 



I A CIUDAD H^, 

Llegamos en un abrir y cerrar de ojos, y bajamos 
del tranvía. Varios exclamaron, al entrar en el Jardín 
Zoológico: «¡Vamos a ver los leones! ¡Vamos a ver los 
leones!» Pero el señor Vila no lo permitió diciendo: 
"Veremos primero los demás animales; lo mejor lo de- 
jamos para postre . 

Marianito Piera murmuró, sin que le oyera el señor 
Vila: «Cualquiera creería que los leones son de azúcar...» 
Marianito Piera está siempre rezongando; pero nadie le 
hace caso sino para burlarse de él. . . Es enteramente un 
perrito gruñón. 

Primero nos detuvimos ante la jaula de los monitos- 
Hacíamosles morisquetas y los amenazábamos por broma 
con la mano, y ellos se burlaban de nosotros imitando 
nuestras amenazas y morisquetas. ¡Qué monos son los 
monitos I ¡Parecen de juguete, con cuerda! Si tuvieran 
cuerda, ¿quién daría cuerda a los monitos?... 

Jorge Pondal quiso obsequiarlos con unos caramelos 
que llevaba en los bolsillos. El señor X'^ila le mostró en- 
tonces un letrero en que decía: «Está prohibido arrojar 
alimento a los animales». «¿Por qué está prohibido., pre- 
guntó Jorge. ¿Qué más quiere el gobierno que ahorrarse 
el alimento de los animales? — Está prohibido, declaró 
el señor Vila, porque hay hombres tontos y perversos que 
les arrojan veneno. — Debían poner en penitencia a se- 
mejantes hombres », opinó Juanito, un chico a quien lla- 
mamos Juanito Melón, porque tiene una cabeza en forma 
de melón, y creo que con cascos y todo. ¡Tal vez haya 
dentro hasta semillas!... Nos reímos mucho de Juanito. 
¡Poner en penitencia a unos hombres grandes!... 

« Debían ponerlos presos, corrigió el hermano mayor 
de Juanito. — ¡Y cobrarles una multa, y pegarles una pa- 
liza, y hacerles comer el veneno que tiran a los pobres 
animales!, agregó otro niño, creo que Yniatovich, el de pelo 
rojo. — No tanto, dijo sonriendo el señor Vila. En todo caso, 
bastaría imponerles la pena de una multa. Y mejor que 



448 CUADROS Y F.>SES DE LA VIDA ARGENTINA 

la multa sería que alguien les enseñara que los animales 
sufren, que son buenos y que son útiles ». El picaro in- 
soportable de Julio Biázquez se atrevió a decir: No 
todos tienen la suerte de tener tan buenos maestros como 
nosotros para que les enseñen esas cosas. . . ¿No es 
verdad, señor Vila? > El señor Vila no contestó, y se- 
guimos nuestro camino. 

Ante la casa de las jirafas, que parecen hijas de un 
camello y de una pantera, preguntamos al señor Vila: 
«¿Por qué tienen tan largo el cuello las jirafas? — Porque 
se alimentan del follaje de los árboles », nos contestó el 
señor Vila. Julito objetó: «¿Y no se podría decir al re- 
vés, que las jirafas se alimentan del follaje de los árboles 
porque tienen el cuello largo? — Es lo mismo, apunté yo. 
— No es lo mismo, dijo el señor Vila. Precisamente esas 
dos opiniones dividen todavía a los naturalistas en dos 
bandos. . . Pero la cuestión me parece demasiado difícil para 
que vosotros la comprendáis. — Muy tonto es eso de dis- 
cutir si las jirafas tienen el cuello largo porque comen 
hojas de árbol, añadí yo, fijo en mi idea, o comen hojas de 
árbol porque tienen largo el cuello. . . — No es muy tonto^ 
aseguró el señor Vila. Y los niños no deben, así como 
así, juzgar acciones o ideas de los mayores y resolver sin 
conocimientos los grandes problemas de la ciencia ». 

Siempre inocente y' expansivo. Garlitos Repen excla- 
mó: «¡Qué lindo sería tener el cuello tan largo como las 
jirafas ! — ¿ Para comer las hojas de los árboles?, le pre- 
guntó Julito. Tú no lo necesitas... Para pastar, te basta 
con echarte de barriga. — ¡ Cuidado, cuidado con las bro- 
mas! Podéis divertiros como buenos camaradas; pero no 
debéis ofenderos», declaró el señor Vila, y, aunque puso 
una cara seria, reía por dentro. Muchas veces quiere 
echárselas de malo el señor Vila y se ríe por dentro. 
Yo sé, y todos sabemos desde luego, cuando tiene ganas 
de reír y lo disimula. ¡Debemos divertirle y cansarle 
tanto con nuestras cosas!... ¡Qué penoso oficio el de 



LA CIUDAD 44'» 

maestro de escuela!... ¡Pobre señor Vila! De puro bueno, 
a veces parece tonto.. 

Como nos lo mandara, continuamos nuestra jira. Vimos 
dos hipopótamos, que semejaban dos islas flotantes. Había 
un zorro igualito a José, el portero de la escuela. Un 
elefante, tan alto como una montaña, sacudía siempre la 
trompa, espantando a las moscas, como si dijera que no, 
que no, que no. Un rinoceronte nos amenazó con el cuerno 
de su nariz, porque a hurtadillas le tiramos piedrecitas, 
para ver lo que hacía. También vimos águilas, cuervos, 
lobos, víboras, osos blancos, osos pardos, osos negros, 
¡de cuanto Dios crió! 

Frente al lago de los lobos marinos, Juanito exclamó, 
como un sabio: «Debería haber también sirenas en este 
Jardín Zoológico. Las sirenas, ios dragones y los unicor- 
nios son seres fantásticos, repuso el señor Vila. No existen 
ni han existido jamás». 

Cuando siguió adelante el señor Vila, insistió Juanito : 
«Existen; las sirenas existen. Las he visto en los libros 
que hay en casa. — Los libros dicen a veces mentiras, le 
hice notar. — Sí, ¡pero no los que hay en casa! Además, 
papá las ha visto en Europa »... 

Para demostrar nuestra incredulidad, Julito Blázquez 
se puso a hacer con la boca un ruido de sacar corchos y 
yo silbaba «bicho feo ... Incomodándose, Juanito contini;ó, 
sin saber lo que decía, de rabioso que estaba: «¡Sí, señor!... 
En Europa hay sirenas. Las hay en todos los buenos jar- 
dines zoológicos, y en los mares, y en los ríos, y hasta 
en las calles, para que sepan ustedes, ¡hasta en las calles, 
cuando llueve y corre el agua!... Aquí debería haberlas en 
una jaula con rejas de hierro, para que no se metan con 
la gente... — rí Sabes lo que debería más bien haber aquí?», 
dije a Juanito. El, con curiosidad y desconfianza, me pre- 
guntó: «¿Qué? — Pues lo que debería haber aquí, encerrado 
en una jaula con rejas de hierro, para que no se meta con 
la gente, es un Juanito Melón, ¡y atado de una pata, para 



45j cuadros y fases de la vida argentina 

que no se escape!» Tiróme Juanito un puntapié como 
para partirme en dos. Yo corrí a tiempo y me refugié 
junto al señor Vila. Allí esperé que se le pasara la 
rabieta, porque, a pesar de todo, es un buen amigo y nos 
queremos mucho... 

Mientras mirábamos una tortuga viejísima, Mangólo 
Rey, un gordinflón que pesa muchos kilos (aunque no 
327 y 11 gramos, como asegura Juiito Blázquez), se 
compró una torta del tamaño de un queso. El señor Vila 
nos había prohibido que compra'semos nada a los vende- 
dores ambulantes, porque sus golosinas son de dudosa 
limpieza. Se enojó, pues, cuando vio a Mangólo con la 
boca llena, mordiendo la torta, y le mandó que 'a tirase. 
Mangólo la tiró; pero, en cuanto el maestro le dio la 
espalda, la recogió y la limpió con la mano... i Eso sí que 
se llama gula! j Uf, qué asco! 

Para disimular, Mangólo se paró en e! borde del 
lago, haciendo como que arroiaba miguitas a los cisnes- 
Sin embargo, nada arrojaba realmente a los cisnes; él se 
lo comía todo. El señor Vila, que io vio desde lejos, le 
gritó que fuera a su lado, porque podía caerse al agua. 
Mangólo, haciéndose el sordo, se zampó un bocado tan 
grande, tan grande, que perdió pie, y, ¡ patapiüm !..., ¡castigo 
de Dios!..., ¡se !ué de narices al agua!... Los cisnes 
huyeron despavoridos. Él no se ahogó, porqut flotaba 
como una pelota de football. Tendímosle las manos, y, 
entre el señor Vila, Juiito Blázquez y yo, lo. sacamos 
a tierra. Parecía una esponja, ¡y aun tenía la torta en 
la mano!... Hubo que llevarlo a la casilla del guardián 
para que se secara las ropas, i Ojal i vaya mañana a la 
escuela! Ha de estar resfriado; es;ornudará a cada instante, 
y algunos le haremos coro. ¡Ya tendremos diversión para 
rato! 

Al fin llegamos a la casa de los leones. Estaban mag- 
níficos; mirándolos nos quedamos embobados.. < ¿Qué 
haríais vosotros si se escapara un león?», nos preguntó 



LA CIUDAD 451 

€l señor Vila. Un niño contestó : « Yo le tiraría un tiro. » 
Otro : « Yo me subiría a un árbol. » Otro : "- Yo me echa- 
ría a correr. » Y el señor Vila dijo : « Pues probablemente 
nada de eso haríais vosotros; quedaríais más bien parali- 
zados de terror. El terror inhibe, en el primer momento, 
a los animales y a los hombres ». 

Bernabé, un miedocito a quien solemos llamar « Ber- 
nabela », poniéndose a respetable distancia de la jaula y 
escondiéndose detrás del señor Villa, cerró los puños y 
anunció, con feroz arrogancia: « ¡Yo le hari'a frente!» Todos 
nos echamos a reír. ¿Por qué será que los menos valerosos 
son los más íanfarrones?. . . Se lo preguntaré a papá... 
¡No! ¡Papá podría burlarse de mí!... Se lo preguntaré 
al señor Vila, ya que él lo sabe todo... ¡Para eso es 
maestro ! 

Vistos los leones, regresamos a nuestras casas. ¡ No 
hay nada más interesante que el paseo por el Jardín Zoo- 
lógico ! ¡Y tan instructivo! El señor Vila nos expiicó mu- 
chísimas cosas de la vida y costumbres de los animales; 
no las escribo ahora porque es tarde. Además... me he 
olvidado de casi todo. 

Tanto me interesa el Jardín Zoológico que me gustaría 
vivir en él. Pero no en una jaula, por supuesto; suelto, 
paseándome. Cuando sea grande, si no soy abogado como 
papá, ni general con un sombrero adornado con plumas 
blancas, ni confitero con una confitería llena de pasteles y 
de dulces, me haré guardián del Jardín Zoológico. ¡ Qué 
dicha sera ser grande! 

l78. Una visita al Museo histórico nacional- 
Si la vida campestre es la más sana y plácida, la 
vida urbana posee también honestos atractivos. Aparte de 
sus calles, paseos públicos, teatros y demás espectáculos 
y diversiones, las grandes ciudades ofrecen, a los espí- 
ritus observadores y estudiosos, magníficas colecciones 



452 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

de objetos dignos de atención. En los jardines zooló- 
gicos se hallan animales de la más varias especies vi- 
vas, y, en los de plantas, toda suerte de vegetales Los 
museos paleontológicos presentan sorprendentes formas y 
restos de especies hoy extinguidas: los fósiles. Encuéntranse 
en los museos arqueológicos notables vestigios de pasadas 
civilizaciones. Los museos de bellas artes brindan a la ge- 
neral admiración las obras maestras de la pintura y de la 
escultura. Los museos históricos ostentan gloriosos trofeos 
de la patria y curiosa muestras de la vida pública y pri- 
vada de los grandes hombres. Hay además exposiciones 
industriales y técnicas, que revelan la moderna producción 
económica. En fin, de una manera tan. amplia y generosa 
como no podría serlo en el campo o en las pequeñas 
villas, las ciudades proporcionan recursos y elementos de 
observación y de estudio a los naturalistas, historiadores, 
poetas, comerciantes, o bien a los simples ciudadanos de- 
seosos de conocer la ciencia y la patria. 

Ya acompañados por personas de su familia o amigos, 
ya guiados por su maestros o monitores, los niños deben 
estar siempre dispuestos a visitar esos vastos museos y 
preciosas colecciones. Allí se aprende sin esfuerzo; el 
atractivo del paseo y la curiosidad de la visita procuran 
el provecho de una lección. El conocimiento entra por los 
ojos ; basta mirar para ilustrarse. ¡ Pero hay que saber 
mirar! Pasar a tontas y a locas una rápida ojeada en de- 
rredor implica generalmente no ver nada. El buen observa- 
dor ha de pararse, si no ante todas las piezas y ejemplares, 
para lo cual no habría tiempo, siquiera ante los más Ha. 
mativos e interesantes, según se le ocurra o se le acon- 
seje. Conviene que consulte siempre los letreros en que 
se define cada objeto ; si hay un catálogo, ha de reque- 
rirlo, de anotarlo y de guardarlo luego cuidadosamente, 
para que ayude a la memoria a recordar lo que se ha visto. 
Aun convendría que, de vuelta en su casa, precisara y 
fíjase sus frescos recuerdos en una composición para el 



LA CIUDAD 453 

maestro, en una carta para algún pariente o amigo, en una 
página de su diario, si lo lleva, o al menos en breves apun- 
tes. Así, cuando se vierte rica esencia en frasco de cristal, 
tápase el frasco para que no se evapore la esencia. 

Una visita razonada al Museo Histórico Nacional, en 
la ciudad de Buenos Aires, nos rememora los episodios 
más importantes de la historia patria y nos evoca sus 
mayores glorias. Hállaníe allí representadas todas las épo- 
cas de la evolución del pueblo argentino. Estudiemos sus 
recuerdos, analicemos sus trofeos, veneremos sus reliquias. 
Apliquémonos con religioso fervor a comprender y a sen- 
tir los tesoros de civismo y de virtudes acumulados por 
la inteligente mano de los coleccionistas y de los historia- 
dores. Entremos con la cabeza descubierta y el alma le- 
vantada, como se entra a orar en los templos. ¡ Es un 
templo de la patria I 

Ante todo, yendo nuestras observaciones por orden 
cronológico, poco o nada encontramos proveniente de la 
barbarie indígena anterior al descubrimiento y la conquista. 
Los recuerdos de este género no se han excluido por azar 
o por capricho, sino porque, en realidad, poco o nada debe 
a aquella barbarie la cultura argentina. Nuestra civilización 
es legítima descendiente de las antiguas civilizaciones de 
Europa: ¡Grecia, Roma, España! Más que sus ideas y 
conocimientos, los indios aportaron o sacrificaron gene- 
rosamente a la cultura americana, su sangre, su preciosa 
sangre de pueblos libres. ¡Y la sangre no se coagula en 
los museos, sino que hierve en las venas! 

Aun de la época colonial, no es mucho lo que el 
Museo nos ofrece. La guerra de la Independencia no con- 
servó las formas de la cultura española. Todo lo arrasó 
lo substituyó, lo transformó, no tanto por odio a esa do- 
minación y a sus instituciones, como por la tendencia 
filosófica de su siglo: destruir el pasado, despreciando su 
saludable experiencia, para crear el presente con un cri- 
terio racional y sistemático de humano perfeccionamiento. 



454 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

No obstante, los escasos objetos de los tiempos españoles 
expuestos en el Museo tienen una alta significación, que 
demuestran la importancia y la naturaleza de este primer 
período de nuestra historia con la muda elocuencia de 
las cosas grandes y verdaderas. 

Los retratos de los virreyes representan pomposos 
caballeros de corte. Un pequeño escudo de piedra trae 
en sus cuarteles las armas hispánicas: coronados leones 
y torres con almenas, símbolos de militar imperialismo. 
Otro escudo de piedra, de tamaño mayor y más compli- 
cados símbolos hieráticos, es el de los reyes de Portugal, 
antes colocado en el frontispicio de una casa, en la Co- 
lonia del Sacramento. He ahí, en estos escudos, frente a 
frente, las dos monarquías europeas que se disputaron el 
río de la Plata y, de ambos, el más pequeño y menos 
ostentoso es el de España, acaso porque ella estaba más 
segura de su derecho. Los pocos muebles del siglo xvni 
no revelan ningún lujo; las costumbres eran sencillas en 
el río de la Plata, hasta para los funcionarios reales. Sólo 
atraen la mirada dos trajes de calzón corto, uno de seda 
celeste, otro de seda marrón, y los dos ricamente borda- 
dos de plata. Son oropeles cortesanos que desentonan en 
el conjunto, sobre todo si se los contempla después de 
observar el croquis del fuerte de Buenos Aires: una pobre 
barraca de barro y piedra, que sustenta, a manera de hu- 
milde zócalo, la enorme bandera roja y* gualda de la 
dominación española, desplegada por las brisas del mar... 
La carcomida plancha de una pequeña y tosca imprenta, 
llamada de los « Niños expósitos », demuestra cuan se- 
cundaria importancia tuvo en estas playas remotas el no- 
bilísimo arte de la publicidad. Un excepcional artículo 
verdaderamente moderno se descubre entre los restos de 
la época; es un cómodo reloj mural, donado en 1806 
por el general Beresford al Cabildo de Buenos Aires. 
i Extraño símbolo ! El general inglés quiso halagar al 
indomable pueblo con ofrendas y regalitos, apenas más 



LA CIUDAD 455 

valiosos que los chirimbolos y baratijas con que los con- 
quistadores europeos compran la voluntad de los pueblos 
salvajes de África y de Oceanía Además, las invasiones 
inglesas, al aportar ideas nuevas, trajeron también prácticos 
objetos de los nuevos tiempos... ¡Ese reloj es el de la historia! 

Aunque síntesis de su espíritu y luchas, de su pobreza 
y grandeza, los recuerdos del coloniaje son, pues, escasos. 
¡Qué profusión se nota, en cambio, de recuerdos militares 
procedentes de las épocas de la Independencia y de la 
Organización nacional! Puede decirse que llenan el Museo. 
Sólo uno que otro retrato representan algún eminentísimo 
personaje civil: los militares lo invaden, lo desalojan 
todo. No se ven casi libros o manuscritos de escritores, 
ropas civiles, utensilios industriales, sino armas, vistosos 
uniformes, banderas, pinturas de batallas, trofeos, airones... 
¡La guerra, siempre la guerra! Había ante todo que luchar 
sangrientamente por constituir la nación: no era llegada 
aún la hora de preeminencia para las artes y ciencias 
de la paz..; 

Entre tantos objetos, en su mayor parte bélicos, des- 
cúbrese el tintero de Mariano Moreno. Es una esfera de 
plata; de ahí salieron los vibrantes escritos y arengas que 
marcaron a la Revolución el rumbo de la democracia. Esta 
esfera es un mundo, un mundo de libertad y de progreso. 
La mirada se detiene luego preferentemente en el catre de 
campaña y el sombrero elástico de negro hule del general 
San Martín. ¡Son recuerdos del Libertador de medio conti- 
nente, del valiente militar y repúblico modelo de ciudadanas 
virtudes! En un cuadro está representado el último episodio 
de la batalla de Maipo, con esta gloriosa leyenda: «Ter- 
minada la batalla, el Director Supremo de Chile, general 
O'Higgins, que se encontraba en la capital, a dos leguas 
de distancia, se dirigió a gran galope hacia donde estaba 
el general San Martín, y, echándole al cuello su brazo 
izquierdo, exclamó: «¡Gloria al salvador de Chile!» En 
otra parte del Museo se ha reconstituido el dormitorio 



45f) CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

del Libertador argentino, tal como estaba amueblado en 
su voluntaria expatriación en Europa: una cama angosta, 
un velador, un pequeño sofá, unas cuantas sillas, la mesa 
de trabajo, un lavabo modestísimo, muebles todos sencillos, 
de estilo Imperio. Un grabado popular recuerda al prohom- 
bre su patria y su gloria, pues lo representa en la edad 
juvenil, llevando en la mano la victoriosa bandera azul y 
blanca. El aposento es grave, parco, pero sin ostentación 
de austeridad, y aun, podría decirse, ¡glorioso sin vana- 
gloria! De otros héroes — de Belgrano, de Alvear, de 
Lavalle, de Urquiza — , vense también varios y honrosos 
recuerdos. Hay bastones de mando, como el del patricio 
progresista por excelencia, Bernardino Rivadavia. Entre la 
muchedumbre de galoneados uniformes militares sorprende 
una simple levita de paño negro, que parece ocultarse 
avergonzada. Si el observador se acerca, nota un gran 
rasgón en la espalda; por allí pasó el puñal de los 
sicarios federales que cortaron, en Montevideo, la vida de 
Florencio Várela. 

No faltan muestras de la época de Rosas. Abundan 
divisas de color de sangre, en que, con letras negras, se dan 
vivas al ^< Ilustre Restaurador de las Leyes», «Padre y Señor 
Nuestro», «Libertador de los Pueblos», y no sin los corres- 
pondientes mueras a los «salvajes, asquerosos, inmundos 
unitarios», al «cabecilla asesino Lavalle» y al «loco traidor 
Urquiza». Hay rojos carteles que anuncian funciones de 
teatro, esquelas, invitaciones, todo con los espantables le- 
treros; hasta en el dorso de un par de guantes blancos 
se leen esos vivas y mueras, y, pintado con colorines, 
destácase el retrato del tirano. Pero, entre todos estos 
curiosísimos objetos, nada más significativo que un cuadro 
de lienzo, dibujado y coloreado por torpísimo pincel y con 
leyendas tan pomposas como antigramaticales. Representa a 
un grupo de negros y mulatos que entregan reverentemente 
al dictador un pliego, en el que se le adula y proclama 
su héroe. Es la plebe, la gente de color, que respeta y 



LA CIUDAD 457 

sostiene a la tiranía ; es la obscura demagogia de abajo^ 
donde se asienta el poder del tirano, aunque él, por su 
nacimiento, tenga también sus secuaces, parientes y ami- 
gos pertenecientes a la clase conservaiora e ilustrada. 
Vese asimismo alguna divisa unitaria, blanca como la 
inocencia, mas no sin bárbaras inscripciones, que revelan 
la común incultura de la época. 

De los tiempos posteriores a la tiranía de Rosas, no 
hay todavía muchos recuerdos. Habría que buscarlos en 
archivos, en establecimientos oficiaies, y hasta en domici- 
lios particulares, como el que fué del general Bartolomé 
Mitre, situado en la misma ciudad de Buenos Aires, y con- 
vertido en Museo y Biblioteca públicos. Existen, sin em- 
bargo, en el Museo Histórico, interesantes cuadros de la 
guerra del Paraguay. Llama singularmente la atención un 
proyecto de corona imperial de Francisco Solano López. 
Este peregrino objeto explica mejor que nada la dura 
necesidad y el carácter pasajero de una guerra que fué 
dolorosa para los propios vencedores, en sus humanitarios 
ideales de confraternidad internacional. 

Abundan las banderas torradas al enemigo en el cam- 
po de batalla. Las hay inglesas de la Defensa y Recon- 
quista de Buenos Aires; españo.as, de Suipacha, Salta, 
Tucumán, Chacabuco, Pasco, Lima; brasileñas, de Ituzain- 
gó ; uruguayas, de Cagancha; paraguayas, del Boquerón y 
Curupaytí. .. Y es oportuno recordarlo: no hubo jamás ban- 
dera argentina cautiva en el extranjero, pues las tomadas 
por las escuadras francesa e inglesa en Obligado, que se 
hallan en los « Inválidos » de París, lo fueron en tiempo de 
la dictadura de Rosas, y pertenecían a la provincia o Es- 
tado de Buenos Aires y no verdaderamente a la Nación 
Argentina, entonces anarquizada y dividida por caudillos 
regionales. 

La visita al Museo Histórico de Buenos Aires produce, 
en el primer momento, desconcertadora impresión. La 
mente se extravía en un dédalo de sombras y de luces. 



458 CUADROS \ FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

Pero, poco a poco, vanse despejando las sombras. La luz 
pierde paulatinamente sus primeros destellos rojizos y 
baña la imaginación con plácidos y tibios rayos primave- 
rales. Repónese el ánimo. Como en lontananza, se des- 
cubren batallas, laureles, sonantes arpas, y, por último, 
nítidas imágene? que forman una especie de guardia de 
honor de la patria, ¡la apoteosis de la patria! Entonces, 
más que nunca, nos sentimos verdaderamente orgullosos 
de nuestra nacionalidad de argentinos, y el recuerdo de 
las bellas y grandes cosas que hemos hecho en lo pasa- 
do nos estimula a hacer las grandes y bellas cosas del 
presente y del porvenir. 

IX. LA NACIÓN 

l79. Nuestra lengua. 

Es el lenguaje la primera palanca de la humana cultura. 
Quitad al hombre esta arma divina, y retrogradará más 
allá de la barbarie y del saivajismo, a una época siniestra, 
a la vida puramente animal. Si la humanidad aprovecha la 
división del trabajo colectivo, es porque sabe hablar, y, s 
utiliza la experiencia histórica, a modo de « un hombre 
que aprende siempre y nunca muere », es porque sabe 
escribir. Sin la palabra, el pensamiento se pierde en el 
nebuloso estado de sensación; el pensamiento hablado es 
como la luz que ilumina dentro de nosotros mismos el 
íntimo teatro de nuestras percepciones. Por esto, saber ha- 
blar es saber pensar. Por esto, saber hablar es, si no 
sentir, hacer sentir. La palabra, hablada y escrita, consti- 
tuye, pues, un hecho tan positivo como las acciones mate- 
riales, ¡y hasta más positivo aún, si se tiene en cuenta el 
supino dinamismo de la ¡dea I 

Cada pueblo posee un alma social, y la mejor ex- 
presión de esta alma es el patrio idioma. ¡ Hay que de- 
cirlo muy alto! Los hombres «prácticos» no deben ya 
desconocer el valor práctico del lenguaje. Los patriotas 



LA NACIÓN 459 

que piden « hechos y no palabras », no pueden ignorar que 
la palabra es el primero y más grande de los hechos huma- 
nos, ¡el Hecho por antonomasia! Cierto es que el vulgo, 
y al decir el vulgo quiero significar una inmensa mayoría, 
ha dado en mirar con olímpica indiferencia, cuando no con 
el desprecio de la ignorancia, todo lo que atañe al estudio 
y culto del idioma nacional. Pues bien, conviene que este 
vulgo no olvide que, por lengua, gramática y retórica, no se 
entienden meras teorizaciones filosóficas, escolares pedante- 
rías o purismos pueriles, ¡no! El problema del idioma es, 
en parte, el del carácter nacional; su culto es el del pa- 
triotismo; su estudio es el del razonamiento, y, por ende, 
el desarrollo de la lógica del espíritu. 

Hanos tocado en suerte a los argentinos una lengua 
única: el castellano. En ella están escritas magníficas obras 
maestras de la literatura española y americana. Ninguna 
lengua moderna es tan susceptible del hipérbaton o cons- 
trucción figurada de los latinos. Ninguna más capaz, ya 
de lapidaria sobriedad, ya de majestuosa elocuencia; nin- 
guna más rica, más amplia, más dúctil. Tal es el idioma 
que nos legó nuestro histórico pasado: un tesoro inagota- 
ble de belleza, de pensamiento, de cultura. 

Sólo pueden censurar en el castellano, ciertos espíri- 
tus agrios y descontentadizos, que no haya sido suficien- 
temente trabajado en los dos últimos siglos, xvni y xix. 
Aseguran esos implacables aristarcos que la lengua de 
Lope y de Cervantes, de Ercilla y del Inca Qarcilaso, de 
Bello y de Sarmiento, se halla en decadencia... ¿No im- 
plicaría esto un estímulo más para que los argentinos la 
cultivásemos con empeño y pasión, a fin de darle un bri- 
llo y vigor que acaso no han sido previstos en los siglos 
pretéritos ni serán superados en los futuros?... Si es verdad 
que el defecto del castellano estriba hoy en carecer de la 
precisión y sutileza de otros idiomas modernos, imprimá- 
mosle también nosotros nuestra alma, el alma argentina, 
que es un alma moderna por excelencia. Entonces el cas- 



460 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

tellano será otra vez, como lo fué en los siglos xvi y xvii, 
en la « época de oro » de la literatura española, el primer 
idioma del mundo. 

180. A mí bandera. 

1. Página eterna de argentina gloria, 
melancólica imagen de la patria, 
niícleo de inmenso amor desconocido 

que en pos de ti me arrastras, 
¿bajo qué cielo flameará tu paño 
que no te siga sin cesar mi planta? 

2. Cuando el rugido del cañón anuncia 
el día de la gloria en la batalla, 

tú, como el Ángel de la inmensa Muerte, 

¡te agitas y nos llamas! 
I Allá voy, allá voy sobre las olas, 
allá voy, allá voy sobre la Pampa, 
bajo el cañón del enemigo injusto, 
a levantarte un trono en su muralla! 

3. ¡Ah, que la sombra de la noche eterna 
me anuble para siempre la mirada, 

si un día triste te verán mis ojos 

huyendo en la batalla, 
página eterna de argentina gloria, 
melancólica imagen de la patria ! , 

Juan Chassaino. 

181. La Libertad. 
I. DEFINICIÓN DE LA LIBERTAD 

La libertad es el poder de ser buenos. La libertad es 
ía conquista de la inteligencia y el premio del patriotismo. 
La libertad no es, propiamente hablando, la fuente origi- 



LA NACIÓN 461 

nal del saber y de la moral, sino más bien una conse- 
cuencia rigurosa del sentido común y de las espontáneas 
virtudes de los pueblos. ¿Queréis ser libres? Aprended 
a serlo. Estudiad vuestros derechos y no olvidéis vuestros 
deberes. Sostened el orden, única garantía de la paz, y 
respetad las sagradas exigencias de la humanidad, y hasta 
sus mismas miserias. Son el patrimonio del hombre sobre 
la tierra, con el que debe cambiar, mejorando su suerte, 
y continuar indefinidamente en el camino del progreso a 
que lo impelen los designios de la Providencia. 

Justo José de Urqüiza 

II. LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD 

La libertad es responsabilidad. Responsabilidad del 
hombre ante su conciencia, ante la luz y la opinión de 
sus semejantes; por eso es por lo que, sólo después de 
adquirida la última convicción de haber dado exacto cum- 
plimiento a sus obligaciones, nace para el individuo el uso 
seguro de su derecho. 

La libertad así entendida será útil y fecunda en la 
práctica: si la opinión y la ley consagran como dogma 
que es tan obligatorio poner en acción nuestros derechos 
políticos como desempeñar estrictamente nuestros deberes. 
La libertad, en el fondo, se ha dicho, no es más que el 
orden durable establecido sobre el respeto de los deberes 
y el ejercicio de los derechos. 

Los pueblos, como los individuos, que abandonan pe- 
rezosamente lo que constituye la garantía de sus liberta- 
des, se jactarán en vano de su posesión. Tan grande ben- 
dición no se obtiene sino merced a incesante lucha, y no 
se conserva sino por el trabajo perseverante y la más 
severa moralidad. 

Salvador Muíía del Carril. 



CUADROS Y FASES DE LA VID \ ARGENTINA 

lU. LA LIBERTAD Y LA PUBLICIDAD 

Debe reputarse la publicidad como la más sólida ga- 
rantía para la libertad. El misterio es uno de los venenos 
destructores del gobierno representativo, por lo mismo que 
es una de las mejores bases del despotismo. El día en 
que los actos del gobierno se pongan a la luz y se en- 
treguen a la .crítica, cuando se pueda hablar y censurar 
en cualquier parte, aunque sea a los pies del déspota, no 
habrá déspota que se tenga firme. 

Según Octavio Gabrigós. 

IV. LA LIBERTAD DEL SILENCIO 

La libertad de la palabra es, sin duda, una preciosa 
libertad ; pero es más preciosa la libertad del silencio. La 
h'bertad de callar supone el señorío completo de sí mismo. 
Es a menudo la palabra un expediente forzado, que cubre 
la imposibilidad de decir una palabra comprometedora. 
! No son capaces de silencio sino los hombres y los 
pueblos libres; los demás son forzados a decir lo que no 
creen ni sienten. Su lenguaje es la verbosidad sonora y 
exuberante del esclavo. La libertad oral de este género 
se parece a la libertad de locomoción de algunas ciuda- 
des, donde todos son libres de circular por sus cajles em- 
pedradas con su coche, con tal de no hacerlo por el em- 
pedrado, sino por los rieles de un tranvía, que reduce su 
libertad a mero nombre. 

Juan Bautista Alberui. 

V. LA DISTRIBUCIÓN DEL PODER 

Para ser libres es indispensable reconocer la inviola- 
bilidad del individuo, del distrito, de la villa, de la ciudad, 
de la provincia, de la nación. Esta sabia distribución del 
poder es lo que definitivamente constituye el gobierno re- 
publicano. 

Según NicASio OuoSo. 



LA NACIÓN 4ü3 

VI. LOS PARTIDOS POLÍTICOS 

Los partidos políticos tienen derecho a existir, como 
los hombres que* los componen. No es permitido atentar 
contra la existencia de los partidos políticos, como no 
puede atentarse contra ia vida humana. Los partidos no 
realizarán progreso alguno si él no beneficia igualmente 
a sus adversarios. Un solo egoísmo es permitido a los 
partidos políticos: reivindicar para sí la gloria del bien 
que realizan. 

Juan E. Toruenx. 

182. El periodismo. 

El periodismo es función pública, misión social, apos- 
tolado cívico. Tal como está constituido, nada escapa a su 
competencia jurisdiccional, ni aun lo que está vedado a las 
demás jurisdicciones. De ahí que, entre los agentes de 
poder y de fuerza que ha creado la civilización moderna, 
ninguno sea superior a la prensa. 

No siempre están en lo cierto los periódicos cuando 
se intitulan órganos de la opinión pública, y no es difícil 
que en la inversión de los términos estemos más cerca de 
la verdad, pues en general influyen más ellos en la opinión, 
que la opinión en ellos. Deriva de esto su verdadero po- 
der, pues es claro que quien^'encauza y orienta corrientes 
de opinión, ejerce superior función directiva. En todos los 
países libres de la tierra, con mayor o menor amplitud, 
gobierna en definitiva la opinión pública. 

De estas consideraciones generales fluyen múltiples 
consecuencias, entre las cuales se señalan los dos siguien- 
tes derivados. El primero consiste en que esa gran fuerza 
en constante crecimiento no puede marchar, en países po- 
líticamente organizados como el nuestro, excéntrica a todo 
régimen legal ; porque la excepción es contraria al espíritu 
de las instituciones libres; porque es nociva para los bien 
entendidos intereses del periodismo honrado ; porque es 



464 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

incentivo de abusos y de excesos deplorables, y, en fin, 
porque es elemental la noción de que la armonía de fun- 
ciones de un organismo, individual o colectivo, sólo se 
mantiene cuando todas las actividades que lo constituyen 
están regidas por la ley física o moral que les corresponde. 
El segundo derivado de las premisas establecidas se 
enuncia en la consideración de que un resorte, a la vez 
tan delicado y eficiente como el que tiene por lema quod 
scripsi, scripsi (« lo que he escrito, lo he escrito »), no 
puede y no debe ser manejado sino por hombres de men- 
talidad superior y de intachable moralidad, que practiquen 
por educación y por principio el viejo precepto fundamental 
del derecho romano: vivir honestamente. 

José Figüeroa Alcorta. 

l83. El deber de votar. 

La "Nación Argentina es una república democrática. 
Llámase democracia al gobierno del pueblo. En éste reside 
la verdadera soberanía nacional ; representa la autoridad 
suprema, que dicta leyes para su propio bienestar. Pero, 
como es siempre numeroso, resulta materialmente imposi- 
ble que se gobierne por sí mismo ; debe, pues, delegar la 
facultad de gobernarse en sus representantes o mandatarios. 
Estos representantes, para ejercer las complejas y delicadas 
funciones del gobierno, divídense en tres poderes: el legisla- 
tivo, el ejecutivo y el judicial. El poder legislativo dicta las 
leyes en nombre del pueblo; en su nombre las cumple el 
poder ejecutivo ; en su nombre las aplica el poder judicial. 
El pueblo es la fuente primera de todo poder legítimo. 

No pudiendo gobernar por sí mismo, a causa de su 
composición y también de la falta de capacidad en la ma- 
yoría, tiene el derecho de elegir, directa e indirectamente, sus 
mandatarios, los gobernantes. Directamente elige, en los 
comicios públicos, a los miembros del poder legislativo, 
Cámara de Diputados y Cámara de Senadores; indirecta- 



LA NACIÓN 465 

mente, eligiendo a los electores que a su vez designarán 
al presidente y ai vicepresidente, nombra a los jefes del 
poder ejecutivo; el poder ejecutivo, dimanado así del pue- 
blo, designa por su parte a los ministros de Estado, y, con 
el acuerdo del poder legislativo, a los miembros del poder 
judicial. Esto en el orden nacional ; las autoridades pro- 
vinciales y municipales tienen el mismo origen y funda- 
mento. La base de todo el organismo político reposa en 
las elecciones populares o comicios públicos. Si el pueblo 
no sabe escoger a los hombres más dignos y aptos para 
las funciones del gobierno, el gobierno será malo. Para 
que sea bueno es indispensable que el pueblo ejerza con 
ciencia y conciencia su derecho de voto. 

El derecho de voto no puede ejercerse así, cuando el 
pueblo no es suficientemente ilustrado y moral. La organi- 
zación del gobierno democrático depende de la capacidad 
del pueblo para gobernarse a sí mismo, y esta capacidad 
se demuestra ante todo en el ejercicio del derecho de voto. 
El ciudadano debe saber discernir, entre la muchedumbre de 
sus conciudadanos, quiénes son los mejores para las funcio- 
nes del gobierno. El ciudadano ha de conocer, por lo tanto, 
las opiniones de aquellos que figuren como candidatos, y ha 
de poder apreciarlas. El ciudadano debe tener ideas polí- 
ticas, y para tenerlas no hay más que un medio : edu- 
carse. Una autocracia puede componerse de analfabetos y 
progresar si el autócrata es capaz ; una democracia sólo 
progresará si los ciudadanos son conscientes y virtuosos. 

Votan únicamente los ciudadanos varones, mayores de 
diez y ocho años. La ley niega el derecho de votar a los 
niños, por su falta de dicernimiento, y a las mujeres, acaso 
por suponerlas sujetas a la influencia de sus padres, tuto- 
res, maridos o deudos en general. No por esto puede con- 
siderarse a las mujeres, y ni siquiera a los niños, como 
extraños e indiferentes al gobierno democrático. Las mu- 
jeres educan a sus hijos y contribuyen a su vez con su 
criterio a la opinión de sus deudos; los niños varones, 



466 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

mientras estudian, se preparan para ejercer a su tiempo 
los derechos de la ciudadanía. 

Más que un derecho, el votar es un deber, un inelu- 
dible deber, cívico y social. La indolencia en su ejercicio 
puede traer como efecto la elección y encumbramiento de 
mandatarios indignos e ineptos. Nadie puede lógicamente 
quejarse del gobierno si no cumple con el deber de votar y 
aun de enseñar a los que votan. El temor de fraudes o vicios 
electorales no es pretexto suficiente para eludirlo. Estos 
fraudes o vicios, si existen, dimanan ante todo de la indi- 
ferencia pública. Cuando una inmensa mayoría del pueblo 
se propone fiscalizarlos y evitarlos, usando al efecto de los 
medios legales, no es ya posible el fraude, salvo el desgra- 
ciadísimo caso de completa corrupción del organismo polí- 
tico. Esta corrupción, el mayor mal- posible para un pueblo, 
se nota sólo en muy determinados momentos históricos de 
general decadencia, y jamás podrá suponerse en una na- 
ción que progresa en los otros ordenes de la vida: las 
industrias, el comercio, las ciencias, el arte. 

En las democracias, el Estado sostiene escuelas públi- 
cas, cuyos estudios son gratuitos y obligatorios, a fin de 
que las nuevas generaciones se preparen para ejercer más 
tarde los derechos de la soberanía popular. Cuanto ahora 
estudiéis, ¡oh niños!, ha de serviros, no sólo para gobernaros 
a vosotros mismos como hombres, sino también para saber 
ser gobernados y gobernar como ciudadanos. Futuros ciu- 
dadanos, pensad desde ahora que un día seréis llamados a 
realizar vuestro derecho de voto. Si sabéis cumplir este 
sagrado deber, contribuiréis al bienestar general y a la 
grandeza de la patria. ¡ Si no lo sabéis, seréis indignos de 
llevar el nombre de argentinos! 

l84. El patriotismo. 

A medida que avanza el país en el desenvolvimiento 
de una amplitud de progreso realmente extraordinario, son 
más imperiosas las exigencias impuestas por los hechos x 



LA NACIÓN 467 

las circunstancias a la difusión, no del principio de nacio- 
nalidad, sino del sentimiento de nacionalidad, que es piedra 
angular del patriotismo. 

El amor a la patria, que se traduce en la fe en sus 
destinos, en el anhelo de servirla, de honrarla, de trabajar 
por su prosperidad, por su grandeza, por su gloria; que 
se manifiesta a la vez en la práctica de los deberes y 
las virtudes cívicas, en el sentimiento del interés publico, en 
el respeto por sus leyes, en la veneración de sus tradiciones 
y de sus proceres, y el culto de su libertad y de su 
honor, el amor a la patria requiere entre nosotros una 
exteriorización más activa y eficiente, si hemos de usufruc- 
tuar sin mengua los intereses fundamentales, los beneficios 
legítimos de los múltiples factores de progreso que se 
acogen a nuestra hospitalidad generosa. 

José Figueroa Alcorta. 



l85. A la Patria. 

1. ¡República Argentina! ¡Patria amada! 
Tu espléndida corona matizada 

de gayas flores las naciones ven: 
la cariñosa mano de tus bardos 
puso rosas, jazmines, violas, nardos, 
entra los verdes lauros de tu sien. 

2. Yo no vengo a mezclar con esas flores 
de olímpicos perfumes y colores 

las silvestres y humildes que aquí ves. 
Vengo, Patria gioriosa, solamente 
a doblar la rodilla, reverente, 
y deshojar las mías a tus pies. 

Estanislao del Campo (Anasiasio el Pollo). 



468 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

186. Patria. 

1. Brota la planta, y del fecundo suelo 
ser, impulso y vigor tierna recibe, 

y en la sonrisa del nativo cielo 
acariciada del ambiente vive; 
y aunque la tierra que la nutre, el vuelo 
de su suave existencia circunscribe, 
gallarda crece, y recibiendo amores, 
espléndida se cubre en fruto y flores. 

2. Así al hombre también, cuando aparece 
en esta de la vida infausta escena, 

celosa, la región do nace y crece 
con poderosos lazos encadena: 
ella a su vista hermosa resplandece, 
ella su alma de perfumes llena, 
y pidiéndole culto amor, radiosa 
se alza ante él con majestad de diosa. 

3. ¡Sacro nombre de Patria! En él fulgura 
cuanto de grande y dulce el mundo encierra: 
del casto hogar la íntima ventura, 

la gloria conquistada en santa guerra, 
fe y costumbres, artística hermosura, 
la ley severa que al malvado aterra, 
el monte, el río, el ave en libre vuelo, 
el campo inmenso, el esplendor del cielo. 

4. ¡Oh tú, entre todas las que el mundo ostenta» 
rica, joven, hermosa Patria mía, 

que al gran rumor del porvenir atenta, 
himnos entonas al naciente día! 
¡Tú, en cuyo noble rostro la opulenta 
llama del sol gozosa se extasía, 
y altiva llevas, con vigor sereno, 
toda el alma de América en tu seno! 



LA NACIÓN 469- 

5. ¡Qué limpio y claro resplandor de gloria 
bañó, entre estruendos bélicos, tu oriente, 
para anunciar el sol de la victoria, 

que alzaba en los espacios su áurea frente! 
Sol cuya lumbre, a engrandecer tu h storia, 
de San Martín la espada hiriendo ardiente, 
desde las amplias márgenes del Plata 
al imperio del Inca se dilata. 

6. Digno heroísmo, a fe, de los tesoros 
que derramó en tus labios la Natura, 

tus grandes ríos al rodar sonoros 

cantan tu gloria y copian tu hermosura. 

Manan riquezas tus abiertos poros, 

todo, fulgente, tu destino augura, 

que Dios en ti arrojó, al trazarte en grande, 

la Pampa, el Guaira, el Paraná y el Ande. 

7. Tu suelo hospitalario, abierto al mundo, 
a noble lid la humanidad convida, 

y de las razas al hervor profundo, 
más amplia actividad brilla encendida; 
al raudal de tu espíritu, el fecundo 
torrente universal de ímpetu y vida: 
brindas al mundo hogar, estadio abierto, 
y él te recibe en su inmortal concierto. 

8. ¡Feliz si logras en tan gran torneo 
incólume salvar tu íntima esencia! 

Tu tradición gloriosa es el trofeo 
mayor de tu ventura y tu opulencia. 
Fe y amor de tu raza, alto deseo, 
iluminen por siempre tu existencia, 
y cuando engarce en ti, ser y destino, 
ciña luciente nimbo de argentino. 



470 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

9. Ya a coronar tu frente vencedora, 
la nueva edad resplandeciendo viene, 

y a recoger la herencia que atesora 

la gloriosa Europa, te previene. 

Tú harás, que fresca en ti, fecundadora, 

la inmensa fuente de la vida suene, 

y que el puro pensar, que hoy muerde el suelo, 

flote otra vez en el azul del cielo. 

10. ¡Oh patria! ¡Oh Madre! Tu visión radiante 
de respeto y de amor mi alma llena, 

y en estrechar me gozo en cada instante 
la que me enlaza a ti dulce cadena. 
¡Pueda mi vida en tu regazo amante, 
consagrada a tu bien, pasar serena, 
y al recibirme al fin la muerte amiga, 
tu sol contemple y tu esplendor bendiga! 

Calixto Otuela. 

l87. La patriotería y el patriotismo. 

Entre los muchachos de la escuela, Simón es el que 
más alardea de patriotismo. Ostenta siempre, en la so- 
lapa, los colores da la bandera. No admite que en su 
país haya nada censurable, ni que fuera de su país haya 
algo que no merezca censura. El género humano, para 
él, se compone exclusivamente de sus connacionales, 
pues considera a los extranjeros como una especie de 
brutos, acreedores sólo de menosprecio y aun de odio. 
Sin embargo, no hace el menor esfuerzo para llegar a 
ser un hombre útil a su patria; no estudia, no trabaja, 
no se apercibe para la vida. No considera a los héroes 
nacionales como ejemplos dignos de imitarse, sino más 
bien como temas de vacuas disertaciones. Todas las fies- 
tas patrióticas le resultan escasas para abandonarse a la 
más completa holganza. Ahora bien, ¿qué es Simón? Un 



t.A NACIÓN 471 

patriotero. ¿Y qué es un patriotero? Un botarate que se 
jacta de patriotismo, aunque generalmente carece de este 
noble sentimiento. 

A la inversa de Simón, Lucas, uno de los muchachos 
más aplicados de la escuela, estudia, trabaja, se apercibe 
para la vida. Si bien habla poco de la patria, no se le 
oculta la conveniencia de perfeccionarla. No la ve única- 
mente en la bandera, en el escudo, en las insignias 
militares y en los altos funcionarios del Estado, sino 
también en los compatriotas más modestos, y en el cielo, 
en las pampas, en la flora, en la fauna, en todas las 
cosas de su tierra. El amor a los propios no le hace 
aespreciar ni odiar a los extraños, y está siempre dispuesto 
a reconocer el mérito, dondequiera que lo halle. Por esto, 
Simón le acusa alguna vez de indiferencia. Sin embargo, 
Lucas daría con gusto su sangre por la patria. El culto 
que le profesa es un sentimiento silencioso e íntimo, y 
no una actitud insolente y provocadora. Para él, ella 
existe, no sólo en los días de fiestas patrióticas, sino 
todos los días del año, y la mejor manera de amarla 
estriba en el puntual cumplimiento de sus deberes. Ahora 
bien, ¿qué es Lucas? Un patriota. ¿Y qué es un patriota? 
Un ciudadano que ama a la patria y está siempre dispuesto 
a servirla. 

La patriotería es un vicio, y el patriotismo una virtud. 
Aquélla se pierde en palabras vanas, y éste perdura en 
obras útiles. Disípase aquélla como el humo y desentona 
como el papel pintado, y éste es duro como la piedra y 
agudo como el acero. La una resulta antipática, soberbia y 
contraproducente, y el otro, amable, modesto y eficaz. La 
una constituye un disfraz impúdico de las almas pequeñas, 
y el otro representa la castísima desnudez de las almas 
grandes. En fin, la patriotería es la caricatura del patriotismo. 
El patriota es el hombre, con todas las cualidades propias 
de su estirpe divina, y el patriotero es el mono que parodia 
las actitudes más hermosas del hombre. 



472 CUADROS Y FASES DE LA. VIDA ARGENTINA 



188 <iQué es la Patria? 

¿Qué es la Patria? Es el suelo donde nacimos, donde 
vimos la primera luz, donde respiramos el aire vivificante 
que nos dio movimiento, la atmósfera que influyó en nuestra 
complexión; todos los objetos externos que formaron 
nuestros gustos, nuestros hábitos, que excitaron nuestras 
afecciones y se ligaron a nosotros por los vínculos de la 
Naturaleza y de la sociedad. La reunión de todos esos 
objetos que nos son caros, es lo que forma ese ser ideal 
tan querido que se llama Patria. ¿Qué son las instituciones!^ 
Las leyes, los usos y costumbres que nos aseguran la 
fruición de ese coniunto de objetos a que está vinculado 
el amor de los ciudadanos. 

Juan Ignacio Gorriti. 

La Patria es la madre común de todos los compatriotas 
vuestros. Su nombre venerando simboliza la unión de todos 
los intereses en su solo interés, de todas las vidas en una 
sola vida imperecedera. La patria no es solamente el 
suelo donde nacisteis y donde tienen arraigo todos vues- 
tros recuerdos y esperanzas, el cielo que os cobiia, el 
aire que respiráis, la tierra que os alimenta y alimentó 
a vuestros padres y en cuyo seno descansan los huesos 
de vuestros antepasados, sino también la sociedad misma- 
viviendo de una vida común, trabajando con un fin, y 
marchando a realizar con el tiempo la misión que la 
Providencia le ha señalado. 

Esteban EchevkhrIa. 

l89. El konibre sin patria. 

En el acto de ir a lanzar una bomba de dinamita den- 
tro de una iglesia llena de fieles, la policía aprehendió a 
un anarquista. Preventivamente preso, la ¡usticia le seguía 
un juicio por su tentativa. Invitósele a nombrar un defen- 



LA NACIÓN 473 

sor, y, ya porque mi nombre le, hubiera sido sugerido, ya 
porque conociese algunos de mis libros y simpatizara con 
mis ideas, el hecho es que me designó para que le pa- 
trocinase como abogado. 

No dejándome tiempo para pleitos mis trabajos socio- 
lógicos y literarios, resolví declinar la designación. Pero 
pensé que sería cruel negar toda defensa a un hombre 
sobre quien pesaba acusación tan grave; quizá no encon- 
trase él por sí mismo otro letrado idóneo. . . Así, aunque 
no aceptara la gestión, parecióme un deber de humani- 
dad ir a verle a la caree! ; podría tal vez recomendar la 
causa a un buen jurista, que dispusiera de más tiempo. 
Confieso, por otra parte, que sentía viva curiosidad por 
conocer al reo, pues la prensa y el piíblico le presentaban 
como una especie de orangután, como un repugnante 
monstruo, moral y físico. 

Cuando entré de visita en la prisión y le vi, no pude 
menos de preguntar al carcelero: «¿No nos habremos 
equivocado de celda? ¿Es éste el hombre, realmente?» 
Aseguróseme que lo era* y que no había tal equivocación, 
y pedí que se nos dejara solos, al reo y a mí. Aquel te- 
rrorista, acusado de tres o cuatro atentados en Europa ; 
aquella bestia feroz, siempre sedienta de sangre — el oran- 
gután, el monstruo — , era simplemente un muchacho páli- 
do, enjuto, encorvado, con aire de tristeza y de fatiga. 

Díjele primeramente que le agradecía el haber puesto 
su confianza en mí. Aunque no podía representarle perso- 
nalmente, recomendaría la defensa, mediante su autor, - 
zación, a quien pudiera hacerla acaso mejor que yo mismo. 
El terrorista se encogió de hombros; tanto le daba que 
fuese yo como cualquier otro. . . 

Apenado por el destino del infeliz, no me dejé vencer 
por su hosquedad y descortesía. Al contrario, tuteándole 
como si fuera mi hijo o mi discípulo, le dije: «Mira, no 
sólo quiero que seas generosamente defendido por tu mala 
acción, ante los jueces; quiero también defenderte de tus 



474 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

malas ideas, ante ti mismo >. Tendió hacia mí las manos 
con marcada impaciencia, como para rechazarme ; en su 
mirada brilló un relámpago de ira .. 

« Harto sé, amigo mío, continué, impasible, que tienes 
tus principios » y que no careces de cierta ilustración. Sé 
también que no será fácil convencerte. Pero, seamos ló- 
gicos: una idea, para ser buena, ¿no ha de provenir del 
razonamiento? Tú no conoces más que un aspecto de la 
« cuestión social » ; hasta ahora no has leído más que libros 
de propaganda anarquista. ¿No sería justo que, para ra- 
zonar fundadamente, conocieses también las opiniones 
opuestas? ¿Cómo puedes condenar a la sociedad sin 
haberla escuchado? ¿Acaso la sociedad te condena a ti 
sin escuchar tu defensa?... ¡Muy flojas serán tus convic- 
ciones si tanto temes una doctrina contraria ! . . . Porque, 
entiéndelo bien, no vengo aquí a recriminarte; vengo sólo 
a cambiar ideas contigo. Tal vez saque yo algo tuyo de 
nuestra plática, tal vez saques tú algo mío, tal vez no in- 
fluya ella nada en nuestros ánimos... ¡Si antes has tenido 
valor físico para arrojar una bomba, tenlo ahora moral 
para escuchar a un hombre que sólo desea tu bien ! » 

Mis argumentos parecieron ejercer alguna influencia 
en el reo. Clavó en mí la mirada con cierta curiosidad, 
y se puso como involuntariamente en actitud de escu- 
charme. Tomé asiento en un banco frente a él, saqué la 
petaca, ofrecíle un cigarrillo, que no me fué aceptado, y 
encendí el mío. Luego le pregunté : « Dime cuál es tu 
patria». Sombrío, enérgicamente sombrío, repuso con 
marcado acento extranjero : « j Yo no tengo ni tuve jamás 
patria ! » 

Después de una pausa, le dije: «He ahí algo que yo 
no alcanzaré nunca a comprender. Para mí es tan extraño 
que un hombre me asegure que desconoce la idea de 
patria, como si me sostuviera que nunca tuvo padres, que 
nació del aire o de la tierra. Todo hombre, por el solo 
hecho de nacer, tiene o tuvo padres, y, por el solo hecho 



LA NACIÓN 475 

de vivir, tiene o tuvo una patria, originaria o adoptiva: 
el país en que vive, el país que ama. — i Yo no amo a 
país alguno! La patria en que nací es para mí una 
cueva de ladrones... — ¡En hora buena! Veo que princi- 
piamos a entendernos. No niegas iií que, así como naciste 
de padres humanos, tienes una patria originaria, el país 
en que naciste. Pero niegas, ignoro si con razón o sin 
ella, que tal patria sea digna de ser amada. Por esto la 
has abandonado y te refugias en la República Argentina. 
¿Negarás asimismo que la República Argentina, por la 
liberalidad de sus leyes e instituciones, es una patria digna 
de ser amada? »... 

No respondiendo a mi pregunta, encastillóse el joven 
en esta respuesta, que era en él como una obsesión: 
«¡Yo no tengo patria ni Dios! — ¡No confundamos las 
cuestiones, mi amigo!, le repliqué al punto. Puedes creer 
o no creer en tal o cual Dios; aquí no se te obliga, ni 
jurídica ni moralmente, a profesar un credo determinado. 
Por otra parte, no trataré yo de probarte la existencia 
de Dios, porque esto implicaría entrar en un campo de 
abstracciones donde quizá no podamos entendernos, y yo 
quiero ante todo que nos entendamos. La patria no es una 
abstracción, como las ideas religiosas; es algo concreto: un 
país, una historia, un pueblo... Tú puedes verla, palparia, 
sentirla. ¿Negarás acaso la existencia de la República 
Argentina, como niegas la de Dios?».,. 

Estimulado por mis observaciones, el hombre sin 
patria explayó sus ideas. Creía que la sociedad, que todas 
las sociedades del mundo estaban injustamente organizadas; 
debían suprimirse la autoridad, la propiedad, la ley... 
«¿Para qué?, le pregunté yo. — ¡Para nuestra dicha!, 
repuso. — Esto es, para la dicha de la mayoría. Pero, 
¿crees tú que los hombres de nuestra época serían felices 
si volvieran a la vida de los bosques? ¿No se ha adaptado 
ya el organismo humano al uso de trajes, de habitaciones, 
de ferrocarriles y de vapores, en fin, al ambiente de la 



476 CUADROS Y FASES DE LA VIDA ARGENTINA 

civilización? — No podría desconocerlo... — Ahora bien, 
¿crees que es posible realizar la cultura sin uua división 
adecuada del trabajo social, sin leyes, sin instituciones, sin 
autoridades?»... 

En este punto volvió a disertar animadamente el 
hombre sin patria. Debía muy bien haber trabajo social 
y normas de conducta, aunque no leyes ni instituciones; 
no aspiraba él a destruir la sociedad, sino a redimirla, a 
sanear sus bases y sentimientos, sus usos y costumbres... 
«Te comprendo, le interrumpí. ¡Para apresurar el adve- 
nimiento de una nueva era de progreso es para lo que 
tú supones convenientísimo arrojar bombas explosivas, 
sacrificando millares de inocentes!... ¿Has pensado si tal 
medio es realmente eficaz? Yo opino más bien que, 
para el triunfo de las ideas avanzadas, resulta contrapro- 
ducente, en definitiva. Un atentado anarquista o terrorista 
produce, ante todo, el efecto de cerrar las filas de los 
conservadores. En la inmensa mayoría del pueblo se 
provoca una reacción contra el radicalismo. Lejos de 
hacer avanzar tu «causa», suponiendo que sea una legítima 
causa social, la haces retroceder. Lejos de favorecer al 
partido, la sangrienta injusticia de semejante crimen lo 
perjudica... ¡Crees ir adelante, y, en tu propio carril, 
retrogradas! ». 

Vacilando, el hombre sin patria me preguntó: «¿Cómo 
propagar, pues, nuestras ideas de progreso? — ¡Por la 
persuasión, le contesté, no por la violencia, siempre por 
la persuasión! ¿Hay acaso quien te lo pueda impedir en 
la Repiíbh'ca Argentina? ¡Aquí, más que en ninguna parte, 
si eres radical, por temperamento o por convicción, para 
hacer aceptar tus propias ideas debes ser también acérrimo 
antiterrorista! ». 

Por la expresión del rostro de mi interlocutor, más 
que por sus palabras, ratifiqué mi presunción de que no 
se trataba de uno de aquellos degenerados que arrojan 
bombas como en un acceso epiléptico. Más bien era una 



LA NACIÓN 477 

víctima de una información sociológica deficiente y mal 
encaminada. Lanzado a estas playas por un horrible 
naufragio de su existencia, de su familia, casi diría de su 
patria originaria, resultaba entre nosotros un ser exótico, 
pero no sin vitalidad para poderse adaptar al nuevo medio 
social. Necesitaba una sana enseñanza, que equilibrase o 
destruyese los nocivos efectos de sus escasos e incompletos 
conocimientos de la política, de la historia, de la vida. Pude 
yo dársela, en cinco o seis largas conversaciones; con 
arduo trabajo expuse al hombre sin patria lo que había 
sido, lo que era y lo que debía ser la patria. 

Si no descuidé yo su instrucción, tampoco descuidó 
el abogado su defensa. No obstante la gran indignación 
pública que había producido su tentativa criminal, conde- 
nósele a una pena que tenía cumplida ya en su prisión 
preventiva durante la substanciación del juicio. Acostum- 
brado al régimen mucho más severo de su antiguo país, 
él mismo debió sorprenderse de la benignidad de las leyes 
y jueces. Escribióme una carta muy agradecido, y luego 
desapareció de mi vista, entre la muchedumbre. 

Años y años pasaron en los que nada supe del hombre 
sin patria. «¿Qué habrá sido de él?, solía preguntarme. 
¿Será todavía un peligroso anarquista? ¿Habrá muerto en 
el patíbulo, después de atentar en el extranjero contra la 
vida de algún gobernante, monárquico o republicano?»... En 
esta incertidumbre, no habiendo podido olvidar del todo a 
mi discípulo de ocasión, un día, a propósito de la impre- 
sión de un libro, tuve que ir personalmente a los talleres 
de una imprenta para dar mis instrucciones al regente. El 
regente era un hombre grueso, y por todos los poros 
respiraba honradez, salud y buen humor. Recibióme visi- 
blemente turbado... En alguna parte había yo visto aquel 
rostro... ¿Dónde?... ¿Cuándo?... No tardó él mismo en 
sacarme de dudas: ¡era, hecho hombre, el joven anarquista 
de marras! Trabajaba, tenía mujer e hijos, era feliz cuanto 
se puede serlo en este mundo... ¿Y sus ideas? ¡Aquello, un 



478 CUADROS Y FASES DE LA V DA ARGENTINA 

mal sueño de la juventud, estaba ya lejos, muy lejos!... 
Ahora era un buen ciudadano argentino, y, por cierto, ¡más 
conservador que yo mismo!... Siempre se acordaba de 
mí, si bien, por cortedad, iba dejando de un día para otro 
el hacerme una visita con su mujer y sus hijos, como lo 
tenía proyectado. Yo había sido su salvador; a mí, sólo a 
mí me'debía su dicha... «¿Cómo?, le pregunté. — ¡Usted 
hizo mi felicidad, me contestó, porque usted me enseñó a 
amar a la patria! >. 

Ninguna lección mía, ni la más erudita que haya dado 
ante mi habitual auditorio universitario, ha producido mayor 
provecho. ¡Había yo labrado la felicidad de un hombre! 
¡ Había yo dado a la patria un ciudadano útil, padre de 
varios otros!... ¡Jamás podré olvidar su frase de gratitud, 
que he grabado con letras de oro en el libro de mi vida! 
Placeríame proclamarla a todos los padres, a todos los 
maestros, a todos los vientos: « i Sabedlo! ¡Enseñar a 
amar a la patria es hacer la felicidad de los hombres!». 

l90. ¡Viva la Patria! 

(Glosa de una parábola antigua*. 

Érase un sabio anciano, padre de siete robustos 
mancebos, que vivían en la indiferencia y la discordia. 
Sintiendo cercana la hora de la muerte, un día los llamó. 
Presentóles un haz de siete varas sólidamente atado, y les 
dijo: «Legaré toda mi hacienda a aquel de vosotros que 
pueda quebrar este haz». 

Uno por uno lo intentaron en vano los siete mancebos 
que vivían en la indiferencia y la discordia, y exclamaron: 
«No podemos, padre». 

Entonces el anciano desató el haz y lo rompió sin 
esfuerzo, vara tras vara. Hiciéronle notar sus hijos: «Así, 
también podríamos haberlo hecho nosotros, padre». Y el 
anciano repuso: «Esta lección, hijos míos, es la mejor he- 
rencia que os dejo. Aprovechadla. Desunidos, cualquiera os 



LA NACIÓN 479 

podrá quebrar, como yo quebré esas varas. Unidos todos 
por el amor de hermanos seréis fuertes e invencibles 
como el haz ». 

Esto, que dijo aquel sabio anciano a sus hijos, debe 
repetir la patria a los suyos. Un pueblo no es más que 
una familia. Una nación es sólo un numeroso grupo de 
hermanos. 

Los pueblos cuyos hijos viven en la indiferencia y 
la discordia, desgastan sus fuerzas en estériles reyertas. 
La Envidia siega las cabezas que sobresalen, con la gua- 
daña de la muerte. La nación mata sus mejores guías, 
como Saturno que devoraba a sus hijos. La guerra civil 
desangra a la patria, y la difamación la envenena. Enróscase 
entonces en su cuerpo indefenso la Anarquía, una hidra 
feroz de dos cabezas : la mediocridad y el despotismo. 

Los pueblos que fueron gloriosos en la historia, lo 
fueron siempre porque sus hijos amaban a la patria. Y 
todos los hombres que fueron grandes, cimentaron su 
grandeza en el desprecio a los intereses mezquinos y en 
el amor a los ideales generosos, especialmente ai ideal 
de la patria. 

Sólo en las sociedades decadentes y corrompidas los 
hombres carecen de patriotismo. Estas sociedades están 
destinadas a debilitarse y perecer, pues en la tierra hay 
muchas naciones, y las fuertes son a veces enemigas de 
las débiles ; codician sus riquezas y requieren sus territo- 
rios. Ningún pueblo puede relajar sus lazos de asociación, 
porque ningún pueblo está solo en el mundo. 

Aunque se pertenezca a un pueblo de historia innoble 
y lamentable, debe amarse a la patria. Pero, cuando se 
tiene la suerte de nacer en una patria libre e invicta, como 
la República Argentina, amarla no entraña forzado sacrificio, 
sino legítimo orgullo. Pertenecer al pueblo de San Martín 
y Belgrano, de Rivadavia y Sarmiento, de Echeverría y 
Alberdi, es sentirse miembro de una familia de hombres 
ilustres, y esto nos obliga a ser dignos de nuestros padres- 



480 CUADRO.S Y FASES DF. LA VIDA ARGENTINA 

Mas no ha de confundirse la gloria con la vanagloria, 
el patriotismo con la patriotería. Éste es la torpe jactan- 
cia de los débiles e incapaces; aquél, el esfuerzo callado 
y potente de los que trabajan y obran. Lo uno es femenino 
apego al oropel y ai fausto ; lo otro, fuerza de varón y 
pujanza de héroe. Cubrios de hierro como los caballeros 
de los siglos medios, y no de brocados y encajes como 
las damas. En la palestra de la vida, los fuertes no son 
espectadores, sino luchadores. 

Se dice que el amor a la patria es un sentimiento «lí- 
rico », sin valor en la vida práctica del individuo... ¡Nunca 
error más torpe ! La grandeza de la patria constituye para 
el individuo la más pura y fecunda fuente de goces, y su 
derrota, principio de inagotables penas y hasta de físicas 
penurias. Vivir en tiempos de derrota es vivir en la indi- 
gencia, la tristeza, la sombra. En cambio, los triunfos 
de la patria son la luz y el aire para las almas de los 
ciudadanos, buenos o malos. ¡Seamos patriotas hasta por 
egoísmo ! 

La patria nos devuelve con creces nuestros servicios 
y homenajes. De su poder y felicidad dependen el poder 
y felicidad de cada uno. Seamos, pues, como los pámpanos, 
que cobijan y protegen amorosamente los dulces racimos 
de la madre vid. 

Si el culto de la patria es el culto de lo mejor de nos- 
otros mismos, el amor a la patria se funda en el conoci- 
miento de nuestra historia. Es nuestro pasado lo que nos 
une para defender nuestro porvenir. Suprimid el recuerdo 
de nuestras glorias y de nuestros hombres, y la nación se 
disgregará como las perlas de un collar cuyo, hilo se desata 
o se corta. Somos grandes por la memoria de lo que juntos 
hemos hecho, y fuertes, por la esperanza de lo que juntos 
hemos de hacer. 

Amar a la patria es servirla. Y no hay más que un 
medio de servirla : el trabajo. Para que el trabajo sea armó- 
nico y congruente, no hay más que un sistema: que cada 



LA NACIÓN 481 

uno siga su línea, como los soldados cuando marchan en 
formación hacia el campo de batalla. Si codeamos a nuestro 
vecino o nos apartamos de nuestro puesto, el ejército 
perderá su cohesión y el enemigo puede sorprendernos en 
el desorden. 

El trabajo con que sirvamos a la patria no será eficaz 
si no se respeta la ley. La ley dispone lo necesario para 
que cada ciudadano pueda realizar sus fines particulares y 
tiene por objeto la felicidad de todos. Quien falta a la ley, 
ataca a los demás. Si los ataca, no los ama, y no amar a 
los conciudadanos implica no amar a la patria. 

La República Argentina es un país grande y rico. Pero 
el pueblo argentino, aunque noble y generoso, es todavía 
relativamente chico y pobre. Es chico, por su escasa 
población respecto de su vasto territorio. Es pobre, porque 
debe muchos millones de deuda externa, y sus empresa^ 
más lucrativas están explotadas por capitalistas extranjeros. 
¡Hay, pues, que poblar el país y que pagar esa deuda 
externa y rescatar esos capitales! ¿Cómo? Por la dedicación 
al trabajo y el respeto a la ley. 

No olvidemos, ¡ah!, no olvidemos la lección de aquel 
sabio anciano, padre de siete robustos mancebos, que 
vivían en la indiferencia y la discordia. No olvidemos que 
desunidos seremos débiles y miserables, y que unidos 
seremos fuertes y poderosos. No olvidemos que sólo un 
sentimiento podrá ligarnos y dar cohesión a nuestros 
esfuerzos: el patriotismo. Y así en las horas de lucha 
como en las horas de triunfo, así en los recuerdos como 
en las esperanzas, así en la vida como en la muerte, 
elevemos siempre los corazones para clamar todos con 
una sola voz: «¡Viva la Patria!». 



ÍNDICE 



Los arffcutos que llevan el signo * son poesías. 

Los artículos que no llevan firma, salvo los romances y proverbios 

populares, son originales del autor. 

PARTE PRIMERA 

La tradición y la historia del pueblo argentino 
N6m. pág. 

1.* Ofrenda a la Patria 1 

I. La leyenda de América 

2.* Atlántida (fragmento i O. V. Andrade 2 

3. La leyenda de la Atlántida 2 

4* América ("fragmento) José Mármol 4 

II. La cuitara indígena 

5. La leyenda de Manco-Capac Diógenes Decoud 5 

6. La cultura quichua Según y. V González 6 

7. La cultura quichua de los Luies Según P. Groussac 8 

8. Restos de la cultura calchaquí Según y. B. Ambrosetti 10 

III. El pueblo español 

9.* Entrada del rey Wamba en Toledo, para coronarse rey (romance 

anónimo) 13 

10.* El Cid y el moro Abdalla (romance anónimo) 14 

11* Elogio del Cid (romance anónimo) 15 

12.* El hombre que perdió su sombra 15 

13. Hidalguía espaiiola 17 

14.* Las dos grandezas E. de la Barra 18 

15.* Felipe II y la noticia de la batalla de Lepante (romance anónimo) 20 

1 6. El genio español 20 

IV. El descubrimiento y la conquista 

17. Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo Según M. A. Pelliza 23 

18.' A Colón (soneto) Bartolomé Mitre 25 

19. Agudeza de Atahualpa Según El Inca Garcilaso de la Vega 25 

20. El descubrimiento del río de la Plata Según L. L. Domínguez 26 

21. La tradición de Lucía Miranda — Según G. Funes y y. M. Gutiérrez 28 

22. La fundación de Buenos Aires 

I. La primera fundación Según L. L.. Domínguez 32 

II. La comarca P. Groussac 35 

III. La segunda y definitiva fundación J. L. Cantilo 36 



484 ÍNDICE 



V. Leyendas indígenas y coloniales 
N6m. PAg 

23. Una leyenda indígena y colonial Según A, Qairoga 

I. La leyenda indígena J<^.\^^... 39 

II. La leyenda colonial .^. . . . .~. . . : :'. 40 

24. Leyendas del País de la Selva SCáün R. Hojas 

I. El País de la Selva, sus leyendas y trovadorés^i^rt^v-í^w-. ...V *8 
Il-Zupay 8SÍV>)^c..D.V.J5?4 

III. El Kacuy .^^\..^.'. ..../j^45 

25.* El alma del payador (fragmento) yjSf ^í^i bLigado 49 

26. La leyenda de Santos Vega .^^f/Sf . . . . . 50 

VI. La épcca colonial 

27. La ciudad colonial Según/. M. Ramos Mejia 32 

28. La industria ganadera en la Pampa Según P. C. Cattáneo 54 

29. Viajes por mar y por tierra. 

I. Viaje indirecto de Cádiz a Buenos Aires (siglo xvii) 56 

II. Viaje directo de Cádiz a Buenos Aires (siglo xviii) 61 

30. Las Misiones jesuíticas 66 

31. La colación de grados en la Universidad de Cóidoba 68 

32. La administración de Vértiz Según J. M. Gutiérrez y V. F. López 70 

33. La sublevación de Tupac-Amaru 75 

34. Liniers y la Reconquista de Buenos Aires Según P. Groussac 

I. Los preparativos y la marcha hacia Buenos Aires 76 

II. La Reconquista 78 

35. Las clases sociales y la vida colonial 82 

VII. La época de la independencia 

36. El 25 de Mayo de 1810 Bartolomé Mitre 85 

37. Libertad e Igualdad Mariano Moreno 90 

38. Mariano Moreno J. M. Estrada ( 1 

39. Saavedra y Moreno 93 

40. El deber del marino 95 

41.* El tambor de Tacuarí R. Obligado 96 

42. La jura de la bandera Según B. Mitre 

I. Origen y antecedentes de los colores patrios 96 

II. Inauguración de la bandera argentina ■ 98 

43- La asamblea del año 1813 y el Escudo Nacional 99 

44 * Himno Nacional Argentino V. López y Planes 101 

45* Güemes (soneto) 104 

46* El combate de San Lorenzo O. V. Andrade 104 

47. El marinero y el capitán 106 

48. Cumplir la consigna Según ./.;>/. £"s/)í)ra 106 

49. La lealtad de San Martin Según /. yW. Espora 107 

50. La declaración de la Independencia... Según V. F. López y B. Mitre 108 

51.* La Independencia (soneto) G Guido y Spano 111 

52.* El paso de los Andes (fragmento) O. V. Andrade 112 

53. El paso de los Andes y Chacabuco J. M. Gutiérrez 

I. El paso de los Andes 113 

II. Chacabuco 115 



ÍNDICE 485 



PÁG. 



51* A la victoria de Chacabuco (fragmento) E. de Luca y Patrón 116 

55.* En la Victoria de Maipo (abreviado» V. López y Planes 118 

56. Paralelo ^entre Bel Jrano y San Martín Bartolomé Mitre 119 

57.* Buchardó (soneto) D. Torres Frías 122 

VIH. La época de la Organización nacional 

58. Los 3.000 pesos de Donego 122 

59. Rivadavia y sus reformas Según J. M. Gutiérrez 1 25 

60* Alegoría de la victoria de Ituzaingó /. C. Várela 129 

61. Perder a ia patria, salvándola 130 

62. El general Paz y el caudillaje J V. Uonzálcz 131 

65 • Al general LaValle O. V. Andrade 134 

64. La personalidad moral de Rosas J. M. Ramos Mefia 135 

65. La presidencia de Urquiza. 

I. Antecedentes '37 

II. La administración en la presidencia de Urquiza 140 

66. La democracia argentina 143 

67. El federalismo argentino - 145 

68. La Constitución Nacional 148 

69. El nombre de la República Argentina. 

I. Origen del nombre del río de la Plata Según E. Madero 150 

II. Origen del nombre de la República Argentina 151 

70. Nuestra pairia y las demás naciones 152 

PARTE SEGUNDA 

La poesía argentina 

71* La poesía argentina 158 

I. La poesía popnlar 

72. La poesía gauchesca 158 

73. Anastasio el Pollo 165 

74. El gaucho Martín Fierro. 

I. El gaucho malo ■•■• 166 

II. Martín Fierro '70 

II. La poesía artística 

75. El Himno Nacional Argentino y su autor 172 

76. La muerte de Esteban de Luca 176 

77. Florencio Balcarce, el poeta adolescente 177 

78. Juan Cruz Várela, el poeta clásico 179 

79. Echeverría, el poeta romántico 182 

80. Mármol, el poeta proscripto 189 

81. Juan María Gutiérrez, el maestro poeta 193 

82. Juan Chassaing, el poeta soldado '96 

83. Ricardo Gutiérrez, el poeta cristiano 197 

84. Andrade, el poeta fantástico 199 



486 ÍNDICE 



PARTE TERCERA 

En el país argentino 

NÚM. PÁG 

85.* El tesoro del país argentino '2ü'2 

I. Ed la región oriental 

86.* El Paraná y el Uruguay L. L. Domínguez 203 

87. La formación del Paraná y de sus islas Según E. L Holmberg 204 

88. El Tempe argentino Según M. Sastre 208 

89. Peludiando en el País de los Matreros 

Según./. S. Alvarez (Frc,y Mocho) 211 

90. La Mesopotamia argentina 213 

91.* La vuelta al hogar O V. Andradc 215 

92. Los gauchos judíos A. Gerchunoff 

I. El Himno Nacional 216 

II. La trilla 220 

93. Escena de una creciente del río Paraná en Corrientes 

Según y. G. Guaslavino 222 

94. La selva misionera L. Lugoncs 223 

95. La maravilla de América '/. Bernárdez 229 

il. En la Pampa 

96.* El Desierto (fragmento) £". Echeverría 232 

97.* Al Pampero R. Obligado 234 

98." El Ombú (abreviado) L. L. Domínguez 254 

99.* En la Pampa (soneto) .-1. do Estrada (hijo) 236 

100. Lluvia en la Pampa /?. / Pa^ró 236 

101. Los nidos de los cuervos pampeanos Según R. Senet 239 

102. La yerra Martíniano Leguizamón 243 

103. El gaucho 245 

I. Semblanza del gaucho. 

II. Vida y costumbres del gaucho 247 

III. El payador 251 

IV. Decadencia y significación del gaucho 253 

III. En el interior 

1 04. El país de las colonias /. Alvarez 

I. El país 257 

II. La población indígena y la colonización española 260 

III. La colonización argentina 261 

105. Las sierras de Córdoba 263 

106. La sierra puntana ./. \/. Gcz 267 

107. Los bosques de Santiago del Estero Según L. Fazio 269 

108.* fucumán (fragmento) E. Echeverría 272 

109. Panorama de Tucumán P. Groussac 273 

110. Frente al Aconquija Según M. Bernárdez 275 

111. Tipos clásicos del campo D. F. Sarmiento 277 

I. El rastreador 277 

II El baquiano 280 

III. El cantor 283 

1 12. El arriero de la llanura interior C. Jbarguren 285 

113. La vuelta de la zafra Según M. Bernárdez 288 



ÍNDICE 487 



IV. En la región central andina 

WftM. PÁG 

1 14. Mendoza, la moderna ciudad de los Césares 289 

115. Las alboradas en la ciudad de Mendoza 5. Estrada 293 

116. Travesía de la cordillera de los Andes por el paso del Portillo — 

Según 5. Estrada 293 

117. Valles vecinos a la ciudad de San Juan.. Según M. Bernárdez 299 

118. Una bodega 301 

119. La noche en las montañas de La Rioja Según y. V. González 303 

120- El valle de Catamarca Según F. Espeche 305 

V. En el Norte 

121. Panorama de la ciudad de Salta.' Según M. Bernárdez 306 

122. Los «tajaretes» de Salta 313 

123. Los ríos de Ju)uy Según E. A. Holmberg (hijo) 314 

121* El indio viejo (romance) M. Gálvez 316 

125. Una aventura en el Chaco 316 

VI. En el Sor 

126. Los faros de las costas argentinas 321 

127. La Australia argentina Según C. M. Moyana y R. J. Hayró 323 

128. La Suiza Argentina Según F. P. Moreno 

I. Paisaje del lago Nahuel-Huapí 324 

II. La Suiza Argentina 326 

129. Navegación en los canales de Tierra del Fuego.. Según R. J. Payró 3^'' 

PARTE CUARTA 

Cuadros y fases de la vida argentina 

130* Nuestra vida 332 

I. El hogar 

131.* El consejo maternal O. V. Andrade 332 

132. Amor paterno Víctor Mercante 334 

133.* En el hogar /'/I/ Aowe> C. Guido y Spano 338 

134. La obediencia de los hijos 340 

135. La asistencia de los hijos 341 

136. Los hermanos malos y el buen hermano 342 

137.* La mujer /. M. Gutiérrez 545 

138. La familia Según /. M. Torres 

I. La constitución de la familia 344 

II. El matrimonio 344 

III. El gobierno de la familia 3 15 

II. La casa y la haerta 

1 39. La casa parterna ü. h. Sarmiento 346 

140.* El ratoncillo (fábula) 351 

141. El naranjo A. de Estrada (hijo) 351 

142. Las aves de corral o54 



488 índice 



III. El niño 

mu. P^» 

143. Recuerdos de la infancia. 

I. Los primeros recuerdos 356 

II. Los primeros entusiasmos 361 

III. Las primeras lecciones 366 

IV. Los primeros experimentos 374 

V. Conclusión 378 

144. Los juegos de los niños 381 

IV. La Nataralezi 

145.* Adivina, adivinador 383 

146. La bendicen del aire Á. Bunge 584 

147.* La madrugada E. del Campo (Anastasio el Pollo) 388 

148.* Las cuatro estaciones 389 

149. La vida de un zorro C Onelli 390 

150. Los nidos de las aves 394 

151.* ¡Pobre Juan! (soneto) :.... P. fl. A'a/ac/os (Almafuerte) 397 

152. El firmamento Sg^^úu Martin Gil 397 

V. La Eicaela 

153.* El colegial.. A. Menchaga 401 

154. Ref I anes aplicables a los estudios ' 402 

155. Fernando en el colegio Se^inn R. Rivarola 402 

156. El maestro de escuela Según D. F. Sarmiento 404 

157. La elección de compañeros 407 

VI. La Conciencia 

158. Preceptos y proverbios. 

I. Preceptos 408 

II. Proverbios 409 

159.' La conciencia (fábula) 409 

160. El deber oel aseo 409 

161. La modestia 415 

162. La crueldad 413 

163.* La beneficencia 417 

164. El ladrón 420 

165.* Los dos gatos (fábula) 422 

166. El honor 422 

167. Encuentro con un antiguo condiscípulo M. Canet 425 

168. Los jóvenes y los viejos 426 

169.* ¡Adelante! (soneto) P. B. Palacios (Almafuerte) 426 

170. El enfermo y la Muerte 427 

VII. £1 campa 

171.* Del campo Rubén Darío 427 

172.* ¡Adelante! C. Guido j» Snano 428 

173.* Consejos del viejo «Viscacha» (fragmento) / Hernández 430 

174. Estancias y colonias 451 



ÍNDICE 489 



VIH. La cindad 

Ndm. PI5. 

175. La ciudad 436 

176. Historia de un libro 442 

177. Una visita al Jardín Zoológico 446 

178. Una visita al Museo Histórico nacional 451 

IX. La NaciÓB 

179. Nuestra lengua 458 

180* A mi bandera J Chassaing 460 

181. La Libertad. 

I. Definición de la libertad J. J. de Urqniza 460 

II Libertad y responsabilidad 5. M. del Carril 461 

III. La libertad y la pub.icidad Según O. Garn'gós 462 

IV. La libertad del silencio /. B. Albcrdi 462 

V. La distribución del poder Según N. Oroño 462 

VI. Los partidos políticos JE. Torrenl 463 

182. El periodismo J Figueroa Alearla 463 

183. El deber de votar 464 

184. El patriotismo ./ Figueroa Alcona 466 

185.* A la Patria E. del Campo (Anastasio el Pollo) 467 

186.* Patria C Oyuela 468 

187. La patriotería y el patriotismo 470 

188. ¿Qué es la Patria? /• / Gorrili y E. Echeverría 472 

189. El hombre sin patria 472 

190. ¡Viva la Patrial 478 



ÍNDICE PARA LA ENSEÑANZA DE LA MORAL 

Moral indiTidaal 

146. La bendición del aire A. Bunge 384 

150. Los nidos de las aves 394 

159.* La conciencia (fábula) 409 

160. El deber del aseo 409 

161. La modestia 413 

1 62. La crueldad 413 

166. El honor 422 

169 » ¡Adelante! (soneto) P. B. Palacios (Almafuerte) 426 

1 70. El enfermo y la Muerte 427 

172.* ¡Adelante ! . C. Guido y Spano 428 

Moral doméstica 

131.* El consejo maternal O. V. Andradc 532 

132. j.mor paterno Viciar Mercante 334 

133 • En el hogar (Al home) C. Guido y Spano 338 

134. La obediencia de los hijos 340 

135. La asistencia délos hijos 341 

136. Los hermanos malos y el buen hermano 342 

138. La familia Según./..)/. Torres 544 



L 



490 índice 



Moral social 

NÚM. PÁG 

49. La lealtad de San Martín Según J. M. Espora 107 

58. Los 3.000 pesos de Doireífo 122 

93. Escena de una creciente del río Paraná en Corrientes .' 

Según y. G. Guaslavino 2-22 

156. El maestro de escuela Según D. F. Sarmiento 404 

157. La elección de compañeros. . . 407 

158. Preceptos y proverbios 408 

163. La beneficencia 419 

164. El ladrón Jí 420 

165.* Los dos gatos (fábula) M. 422 

168. Los jóvenes y los viejos ff' 428 

Moral cívica 

I.* Ofrenda a la Patria '. 1 

37. Libertad e Igualdad 1/ Moreno 90 

40. El deber del marino' 95 

47. El marinero y el capitán 106 

48. Cumplir la co isigna Según J. M. Espora 106 

61. Perder a la patria, salvándola 130 

85 * El tesoro del país argentino 202 

183.* A mi bandera ./ Chassaing 460 

181. La libertad J J de Urquiza y otros 460 

182. El periodismo José Figueroa Alearla 463 

183. El deber de votar 464 

184. El p ttriotismo José Fiu.uerüa AlcorUi 4o6 

187. La patriotería y el patriotismo 470 

188 ¿Qué es la Patria? J. L. Gorrili y E. Echeverría 472 

189. El hombre sin patria 472 

190. ¡Viva la Patria! 478 



poesías para cantar 

1.* Ofrenda a la Patria 1 

25.» El alma del payador R. Obligado 49 

44.* Himno Nacional Argentino V. López v Planes 101 

71 * La poebía argentina ^^jl^siti^ 158 

15 I.* El colegial aJlCSSlEA^^^^'^á''' *0' 



ÍNDICE DE LAS LAMn|UA^P" / J 

Aspecto físico de los valles Calchaquíes y^O^SBtl^...y/..... i I 

Combate d^^l Cid y el moro Abdalla !^^^L^^ ^.^T. 14 

Las carabelas de Solís en el río de la Plata 'i^ 

Un convoy de carretas en la Pampa 59 



V 



ÍNDICE 491 



Pie. 



Ante el Cabildo de Buenos Aires, el 25 de Mayo de 1810 87 

El Escudo Nacional 100 /- í 

Una payada de contrapunto 151 . ' /r fh'f ' 

Vista del río Paraná 203 / 

Un paisaje del Tigre 210 

La selva misionera 226 

La cascada del Iguazú 231 

Ganado Vacuno, en el campo 244 

El dique de San Roque 264 

Frente a un jaguar 519 a, — : 

En los canales de Tierra del Fuego 328 

Ganado caballar, en el campo 435 

Una trilladora 435 

Diagonal Presidente Sáenz Peña 43d 




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